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Díme con quién viajas…. y te diré quién eres (Algunas reflexiones sobre el turismo como lugar de producción identitaria)

Goethe nella campagna romana, 1787. Wilhelm Tischbein

O cómo viajas, dónde, si viajas… Algunos dirán que exagero, pero en una sociedad en la cual aquello que consumimos importa incluso más que lo que producimos, la posibilidad y cualidad de nuestros viajes también nos define, al menos en parte (o eso quisiéramos): antes uno era médico, empleada de fábrica, ama de casa, profesor, dependiente de tienda…; hoy producir identidad en torno a la profesión no es tan fácil, y es que ya se sabe: en un mercado altamente competitivo, hay que reinventarse constantemente o especializarse hasta el aburrimiento… un ir y venir incesante de etiquetas en las que reconocerse y ser reconocidos. En cambio, el consumo de ocio y turismo nos puede ayudar a fijar un “centro de gravedad” en torno al que categorizar y categorizarnos, así que podemos hipotizar que coleccionar viajes puede contribuir a responder a la pregunta del millón: ¿quiénes somos? Seguir leyendo Díme con quién viajas…. y te diré quién eres (Algunas reflexiones sobre el turismo como lugar de producción identitaria)

Canteras de Cusa, Sicilia: viaje a una fábrica de templos.

Para los locos por la arqueología, visitar un yacimiento o un buen museo puede ser algo casi místico: unos pocos objetos, unas ruinas, nos bastan para -con un poco de imaginación- evocar fragmentos de vidas pasadas, metiéndonos fugazmente en ellos como si fueran recuerdos lejanos de una vida nuestra. Y por si la imaginación no nos da para tanto, las carambolas de la historia nos regalan a veces lugares en que imaginar casi no hace falta.

Sección de un fuste de columna, abandonada mientras era transportada con la ayuda de cuñas. Es visible la cavidad destinada a la grapa de unión con otra sección.

Uno de esos lugares, fascinante tanto por el valor mismo del yacimiento como porque lo más probable es que no coincidamos con muchas otras personas al visitarlo, son las Cavas de Cusa, en Sicilia. De estas canteras se nutrían los grandiosos templos de la vecina Selinunte, y en ellas la expresión “parado en el tiempo” adquiere todo su sentido: esparcidos entre árboles de olivo y naranjos, encontramos fústeles y basamentos en todas las posibles fases de elaboración, desde aquellos que sólo con dificultad se distinguen del bloque de piedra original, hasta los que prácticamente se han fosilizado con el suelo mientras rodaban, transportados con palancas y cuñas. Todo está tal y como lo dejaron los obreros que trabajaban en Cusa cuando un día del 409 a.C el inesperado ataque de los cartagineses les obligó a abandonar la cantera para correr a defender la ciudad. Casi todos sus habitantes morirían o serían hechos prisioneros, y los templos a los que estaban destinados aquellas columnas nunca llegarían a construirse.

Sección de un fuste de columna, abandonada mientras era transportada con la ayuda de cuñas. Es visible la cavidad destinada a la grapa de unión con otra sección.

Desde entonces, el esplendor de Selinunte no volvió a ser el mismo, aunque por suerte las ruinas de su Acrópolis nos cuentan aún hoy que allí estuvo uno de los más poderosos enclaves comerciales de la Magna Grecia.
Pero, pese a la magnificencia de sus templos -y aun a riesgo de desatar las iras de Zeus, Hera o Apolo, algunos de los dioses a quienes estuvieron consagrados- tengo que decir que son las Cavas de Cusa las que con más fuerza tejieron mi recuerdo de este extremo de Sicilia, que visité un verano de hace 4 años. De hecho admito que, mientras caminaba entre aquellos restos entre el fragor de las cigarras, escuchar de un momento a otro el martilleo de dinteles y la voz de alerta ante la llegada del invasor no sólo me pareció posible, sino perfectamente razonable.