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¿Por qué Turismo Responsable? Algunas reflexiones para nómadas errantes

El turismo se ha convertido en una de las actividades económicas más potentes a nivel mundial, moviendo nada menos que a casi mil millones de personas cada año, y generando un volumen de negocio que convierte al sector turístico en uno de los más importantes a nivel global. Yacimientos arqueológicos, museos, lugares de interés etnológico y, en general, todo aquello que tiene cabida en el amplísimo -aunque difícilmente manejable- cajón de sastre que es “lo cultural”, son recursos fundamentales sin los que la actividad turística no sería posible.

El turismo responsable de yacimientos arqueológicos puede ser una herramienta muy efectiva para combatir la pobreza.

Soy totalmente consciente del hecho de que “lo cultural” tiene un valor que va mucho más allá de su potencial como recurso turístico, si bien en el panorama actual que describo brevemente más arriba, poblado de ceros y de beneficios millonarios, parece lógico que nos planteemos algunos interrogantes: ¿cómo es posible que muchos yacimientos arqueológicos de inestimable valor, que sin duda podrían atraer a algunos de esos tantos millones de turistas, permanezcan olvidados, con el consecuente deterioro y riesgo de expolio que esto conlleva? Además, muchas de las regiones más pobres del mundo poseen un riquísimo patrimonio cultural, tangible e intangible. Entonces, ¿cómo es que no se logra poner en valor y preparar para el disfrute turístico dicho patrimonio, generando puestos de trabajo dignos para los habitantes de esos territorios y ofreciéndoles una alternativa al saqueo, la venta ilegal, o el simple desconocimiento –e incluso desprecio- por un patrimonio que hasta ahora no ha sabido o no ha podido contribuir a mejorar las condiciones de vida de estas personas?

Probablemente, más de un lector estará pensando en las consecuencias dudosamente positivas que ha tenido el uso turístico de sitios arqueológicos que ahora mismo podríamos calificar de muchas maneras, excepto de olvidados o desconocidos… Pero no todos los turismos son iguales: el Turismo Responsable se presenta, de hecho, como una manera de viajar capaz de contribuir a la puesta en marcha de un turismo más justo y sostenible, en lugar de alimentar una actividad turística invasiva, homogeneizadora y de alto impacto.

Niños camboyanos jugando en el templo de Beng Mealea.

El Turismo Responsable comparte y hace suyos los fundamentos del desarrollo sostenible, asumiendo la necesidad de prestar atención a las tres dimensiones sin las que dicho desarrollo no es posible: la dimensión económica, la medioambiental y la sociocultural. Pero ya decíamos al principio que lo cultural es un inmenso cajón de sastre, y si bien esto podría explicarse en parte por la amplitud del concepto mismo de cultura, también es cierto que resulta cómodo, cuando se trata de poner en marcha proyectos de turismo reales, concretos, confinar en esta casilla a todos aquellos elementos con los que no se sabe muy bien qué hacer, cómo usarlos -léase “cómo venderlos”-, de modo que “lo cultural” termina reduciéndose en demasiados casos a la compra de una artesanía supuestamente tradicional y local, a la contemplación de alguna manifestación más o menos espectacularizada y adaptada a las expectativas atribuidas al turista, o a una excursión relámpago al yacimiento que todas las guías dicen que no podemos dejar de ver.

De lo anterior podemos deducir que conciliar patrimonio cultural y turismo resulta complejo, y que aún para las iniciativas y proyectos turísticos que desean realmente presentarse como una alternativa sostenible al turismo de masas, el aspecto cultural sigue siendo uno de los puntos que más desafíos plantea: equilibrio entre conservación y número de visitantes, apropiación social del patrimonio por parte de las comunidades locales, distribución equitativa de los beneficios… A que existan tales dificultades contribuye también, muy probablemente, el hecho de que se trate de crear un punto de encuentro equilibrado entre dos mundos –el de los profesionales de la cultura y los del turismo- profundamente separados aún por la convicción mutua de que cualquier intento de entendimiento y colaboración con el otro sería vano, pues existe toda una serie de prejuicios de los que a unos y otros aún les sigue costando mucho deshacerse. Como consecuencia, sigue siendo difícil encontrar buenos profesionales formados en ambos campos, aunque por fortuna esto está empezando a cambiar.

Quizás la fuerza del Turismo Responsable, lo que explica que cada vez más personas veamos en esta forma de hacer turismo una posibilidad real de hacer mejor las cosas, también en lo que se refiere a lo cultural, esté en el hecho de que nos involucra a todos: a las autoridades encargadas de la planificación del destino, al sector privado que conforma la oferta turística, al mundo académico, a los gestores culturales, los guías y los intérpretes del patrimonio, y sobre todo, y ésta es la novedad, a cada uno de esos mil millones de personas que, por citar un ejemplo, fuimos turistas en 2008.

También nosotros somos responsables, con nuestro comportamiento antes, durante y después de cada viaje, de cómo y en qué medida contribuya el turismo a conservar y promover el patrimonio cultural, valorizando así elementos clave para la identidad de los pueblos, y por tanto, para un desarrollo menos economicista y más humano, orientado a la continuidad.

Pompeya. Un problema de conservación

Pompeya se desmorona. Estas son las conclusiones de algunos expertos sobre la ciudad sepultada por la piedra pómez hace casi 2000 años. Esto es debido a los varios derrumbes de muros y estructuras arqueológicas ocurridas, sobre todo, durante este último mes de noviembre de 2010.

Derrumbe en Pompeya, fuente: elmundo.es, cultura, 05/12/2010

A principios de noviembre se desplomó la Escuela de los Gladiadores, con sus frescos, en la calle de la Abundancia, la principal de la antigua urbe. Después se derrumbaron dos paredes sin decoración en una bodega de la calle Strabiana (en el área de los teatros) y en otro edificio, detrás de la casa del Centenario. Por último, en el jardín de la Casa del Moralista, sin acceso al público, cedieron seis metros del muro perimetral. Pero, según el presidente de la asociación nacional de arqueólogos, ha habido siete derrumbes en un año.

El problema, parece ser que se centra en una mala gestión del patrimonio, donde han primado los grandes proyectos puntuales y llamativos para la atracción de turismo, dejando de lado, la labor de conservación y restauración de las estructuras arqueológicas, que presentan un frágil estado de preservación, siendo su estabilización una acción prioritaria cuando se lleva a cabo cualquier excavación arqueológica.

Pero tenemos que tener en cuenta, que las estructuras de la ciudad seguramente ya estuvieran resentidas por los movimientos de tierra que precedieron a la explosión piroplástica del Vesubio, ya que unos años antes se produjo un terremoto en la ciudad que causó diferentes daños en varias zonas de la urbe que, según los expertos, estaban en fase de reparación durante la catástrofe del año 79. Sin olvidar que estos temblores han ido continuando cada cierto tiempo en la zona, como el último producido en 1980.

Fuente: elmundo.es, cultura, 05/12/2010

Por lo que antes de acometer cualquier proceso de conservación el grupo de expertos designados en Pompeya (entre ellos arqueólogos, restauradores, geólogos y arquitectos) deben llevar a cabo un estudio exhaustivo del estado de conservación real de cada una de las casas, teniendo gran relevancia el estado de los cimientos, ya que atajando el problema de raíz es el único modo para el posible mantenimiento de la ciudad romana.

Otros problemas, que parecen menos graves pero que van minando la firmeza de las estructuras, como son la acción de hierbas silvestres que crecen a su libre albedrío, la contaminación atmosférica, la erosión provocada por los viandantes en calles y mosaicos, la invasión de turistas (unos dos millones de visitantes al año) y el vandalismo que sufren las diferentes estructuras y piezas (pintadas y graffitis, extracción de fragmentos de frescos o muros,…) han acrecentado los problemas de estabilización de la urbe en estos últimos tiempos ya que el presupuesto dedicado a su mantenimiento y vigilancia era escaso, haciendo peligrar un bien declarado patrimonio histórico-artístico de la Humanidad por la UNESCO.

Con todo esto, para devolver parte del esplendor a Pompeya, primero debe de haber una campaña de concienciación en la que la idea primordial debe ser la conservación general, en la que la limpieza y la consolidación de las estructuras deben ser los conceptos prioritarios, para poder, luego, realizar un recorrido coherente en la que los visitantes tomen conciencia y formen parte en la conservación de la urbe, haciéndose una idea de nuestro patrimonio y de su fragilidad, ya que la perduración de estos bienes en el tiempo corre de nuestra cuenta y de nosotros depende que las generaciones venideras puedan admirar los restos de las antiguas civilizaciones que forman parte de nuestro pasado y de nuestra historia.
Estamos convencidos que estas medidas, junto con otras actuaciones que se adecuen al problema que está sufriendo la ciudad de Pompeya, se tomarán o se estarán tomando por parte de los expertos, para devolver el esplendor a una cuidad mítica.