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Foto: Marina Cruz

La metamorfosis de la cultura

Desde que Truman, con su famoso discurso, pusiera en marcha el tren del desarrollo, allá por 1949, este polémico y difuso concepto se ha ido apostillando de diversos modos (“sostenible”, “humano”, “participativo”, “integral”…), de la mano de una serie de conceptos que podríamos llamar paradigmáticos (sostenibilidad, nueva ruralidad, emprendimiento…) que han logrado gran aceptación y se han convertido en verdaderos marcos estructurales de referencia para la construcción de realidad. Complejamente combinados y superpuestos, éstos han ido delineando los mundos de sentido bajo los que han surgido,  durante los últimos 30 años[1], las tendencias internacionales en materia de desarrollo.

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Comunidad pehuenche de Quinquén

Viajando por la tierra del Gran Caupolicán

Seguramente más de un lector de Aquí Fue Troya haya leído alguna vez el poema al Gran Caupolicán. Lo escribió Rubén Darío allá por 1888  para recordar la fuerza de este  jefe militar mapuche del siglo XVI. Hubo otros grandes líderes guerreros (toquis, en lengua mapudungún) como él, pero un nombre como el de Caupolicán no se olvida fácilmente:  refleja bien la fuerza de este pueblo, el mapuche, que resistió a la llegada de los españoles y, poco antes, también a los incas de Túpac Yupanqui.

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Plaza Mayor de Salamanca

Diez curiosidades de Salamanca

Salamanca, capital de la provincia del mismo nombre, cuenta con una población estimada de casi 150.000 habitantes. Uno de ellos -aunque se empeñe en no empadronarse- es quien esto escribe, que además ha podido estudiar e investigar en su universidad. Siempre queda bien escuchar eso de “ah, vives en Salamanca, qué suerte”, pero confieso que, al mismo tiempo, cansa leer la típica ristra de estereotipos facilones que pueblan guías, revistas y blogs de viajes. Culpa de ello también la tenemos los historiadores y la alergia de muchos a divulgar, de ahí el listado que viene a continuación.

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De lo auténtico, lo típico y otras invenciones

Hoy empiezo mi post invitando a los lectores y lectoras de Aquí Fue Troya a revisar con atención cualquier descripción comercial sobre un viaje turístico: ¿cuántas veces os habéis encontrado la palabra “auténtico” u otras similares? Seguramente, cuanto más opuesto a nuestra cotidianidad occidental sea la actividad o el destino que hayáis elegido para vuestra búsqueda  (por lo lejano, lo poco masificado, lo rural, en suma, por lo diferente), más cargados de elementos auténticos habrá estado su presentación. Tranquilos, que no quiero hablar de cómo el marketing intenta embelesarnos, sino haceros esta pregunta (que seguramente algunos de vosotros ya os habréis hecho): ¿sabemos qué es eso de la autenticidad?

Así pues, con el post de hoy me propongo reflexionar con vosotros sobre “lo auténtico”, y en concreto, sobre su carácter convencional, construido ( no “natural”), o si queremos, inventado. Para hacerlo, me serviré de algunos ejemplos en los que lo auténtico es visto como valor turístico, aunque ya veremos que lo de que se trata de una invención no se limita ni al fenómeno turístico, ni a las relaciones del mercado.

Vamos concretando: viajemos  a uno de los lugares más fascinantes y emblemáticos en el imaginario turístico de muchos de nosotros, la Isla de Pascua. Rapa Nui, como la llaman hoy en la lengua local, es el lugar habitado más lejano de cualquier otro existente en el planeta (dista más de 2000 km de las Islas Pitcairn, y casi 3600 de las costas chilenas). Su remota ubicación en medio del Pacífico confiere a cualquiera que ponga los pies allí un notorio avance de posiciones en el ranking del estatus turístico alcanzado. Pero, una vez en el club de los privilegiados, el turista en busca de lo auténtico tendrá que esforzarse un poco más para lograr su objetivo. Sin duda, visitar alguno de los moáis más remotos  o darse un buen madrugón para ver con cierta exclusividad las famosísimas estatuas de Anakena o Tongariki, ayudarán mucho a ese tipo de viajero, acercándolo –según él- al origen prístino, conocido sólo por los locales -o más aún, quizás sólo por sus habitantes de otros tiempos-, de la isla y de sus misteriosas esculturas  (los moáis son más de 600 según algunas fuentes, e incluso más de 800 según otras, construidos entre los ss. XII  y XVII. Como es sabido, además,  no están del todo claras las causas que llevaron a los propios habitantes de Pascua a abandonar su construcción, y hasta a destruir las estatuas ya erigidas en sus altares).

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Retomando el hilo, ya tenemos aquí algo más de luz sobre el significado de lo auténtico: nos remite casi siempre a un pasado difícil de ubicar cronológicamente con exactitud, y nos acerca a unos otros diferentes, de forma que la experiencia de lo auténtico se convierte en vehículo privilegiado a través del cual el de fuera (en este caso, el turista) accede al  interior de ese otro grupo, a lo que ese grupo es.

Lo que somos, la identidad…Un concepto que sin duda ayudará poco a quienes estuvieran esperando una definición simple y cerrada de autenticidad… Veámoslo con otro ejemplo pascuense: el turista de nuestro relato (ya sabéis, aquel que sueña con experimentar lo genuino), frunciría el ceño ante la propuesta de asistir a un espectáculo programado de bailes locales. Lo consideraría una puesta en escena  ficticia “para turistas” y, si acabara asistiendo, lo haría probablemente lleno de prejuicios. Ahora bien, si tuviera la suerte de ser invitado a una fiesta privada en la que se ejecutaran los mismos bailes para un grupo de íntimos (locales), podría incluso considerarlo una de las experiencias de viaje más inolvidables de su vida.

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Sin embargo, lo que nuestro amigo turista tal vez no sepa es que cuando los rapa nui de hoy  cantan y bailan al son de su  melodía más típica, el sau-sau, ya sea ante un público que los ciega con sus flashes, o en la intimidad de la fiesta privada en torno a la hoguera, cantan en cualquier caso una canción que llegó a la isla en años muy recientes, en torno a 1940. De  origen probablemente samoano, no está claro cómo la aprendieron los habitantes de  Pascua: algunos dicen que la escucharon  de marineros alemanes que a su vez la habían aprendido en Tahití; otros, de tripulantes tahitianos que la enseñaron a los locales… Sea como sea, las palabras que componen la letra de la canción parecen proceder de un raro dialecto de Samoa, y su significado se añade a la lista de misterios de la isla, como el significado y el por qué de la destrucción de los moáis, o el desciframiento de su sistema de escritura, el rongo rongo.

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En fin, volviendo al sau sau, cuando nuestro turista se entera un poco más de su historia, probablemente se  pregunte un tanto perplejo (¿hasta fastidiado?) cómo puede ser que una canción de la que los rapa nui ni siquiera comprenden las primeras estrofas (después han añadido otras en su lengua), una canción llegada hace sólo unos 70 años, se haya convertido en uno de los símbolos de esta isla remota, que tan bien se presta a ensoñaciones pasadas, casi míticas…. Pues bien, querido turista que querías vivir la Isla de Pascua de verdad: te has topado con las curiosidades del trabajo cultural, del trabajo de los grupos humanos. Porque los humanos para existir necesitamos relacionarnos, y para relacionarnos necesitamos estar más o menos de acuerdo sobre quiénes somos nosotros y quiénes son los otros, los de fuera.  Y a veces creamos identidad buscando fuera, y en tiempos recientes, referencias que nos sirvan a tal fin, y poco a poco  las vamos haciendo nuestras, auténticas. Y esto vale para los pascuenses y para todos, en cualquier lugar del mundo.

Hay muchos ejemplos equivalentes al sau-sau en otras latitudes. Uno de los que más suele sorprendernos es el de los kilt escoceses, que, según el historiador E. Hobsbawm[1] “lejos de ser un vestido tradicional highland, fue inventado por un inglés después de la Unión de 1707”  Después, las faldas escocesas marcharon en África, vistiendo a los soldados del colonialismo británico. De ellos  adoptó el pueblo masái los célebres cuadros negros y rojos con los que a menudo se confecciona hoy la shuka, vestimenta símbolo de este pueblo fascinante…

Y así, llegados por fin al final de este post, queridos lectores y lectoras de Aquí Fue Troya, ¿estáis por casualidad pensando en cuántas otras “sorpresas” hay detrás de nuestros símbolos, costumbres y tradiciones? ¿sospecháis de “lo auténtico” que se nos ofrece por aquí y por allá, ya sea en los rincones más remotos del planeta o en las fiestas de vuestro pueblo, el verano pasado? ¡Ojo que lo auténtico puede ser nuevo, prestado, reapropiado…y nada de eso lo vuelve necesariamente “falso” o “malo”! Aun así, la sospecha puede ser muy sana. Y muy útil para espantar intolerancias, fanatismos, y otros demonios.


[1] Hobsbawm, E. y Ranger, T. La Invención de la Tradición. Crítica, Barcelona. 2002

Hoy vías verdes, ayer vías férreas

Con la llegada del buen tiempo apetece salir a dar paseos por las sendas, caminos o por la playa, y tal vez algunos de vosotros os hayáis encontrado con algún edificio antiguo, medio caído, o un puente del que se desconoce el porqué de su construcción, ¿de dónde vienen estas construcciones abandonadas en mitad de la nada?, ¿por qué están aquí? En este artículo desvelaremos estas incógnitas, invitándoos también a que visitéis alguno de estos parajes que sin lugar a duda es parte de nuestra historia, al mismo tiempo que disfrutáis de un paseíllo.

Gracias a la iniciativa aprobada en 1993 por el Ministerio de Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente (actualmente por el Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino) en colaboración con Adif, Renfe y Feve, que  ha conseguido transformar el pasado y aprovechar muchas infraestructuras olvidadas durante décadas o en desuso, para poder hoy contemplar esos paisajes transformados por la mano del hombre.

Fuente: Noelia Labrador

Entre las vías señaladas podemos, hay dos clases: las que se llegaron a terminar unas décadas más tarde y las que se dejaron inacabadas, correspondiendo a un proyecto llevado a cabo en las primeras décadas del siglo XX, durante la dictadura de Primo de Rivera, con el objetivo de mejorar las comunicaciones e infraestructuras en España.

Durante primeros años de la dictadura, se decretan una serie de normas para regular el estado desastroso en que se encontraban las vías de comunicación, siendo el inicio de la nacionalización de los caminos del hierro, ya que desde que se construyó la primera línea Barcelona-Mataró en 1848, fueron las compañías privadas las que se dedicaron a construir todo el entramado de vías.

Durante 1924, el Estado mandó redactar al Consejo Superior de Ferrocarriles una normativa para regular las relaciones entre el Estado y las compañías, un año más tarde y coincidiendo con un cambio en el gobierno ( se pasa de un directorio militar a un gobierno civil), la Gaceta de Madrid recogerá el anteproyecto de ampliación de las vías férreas, siendo bastante ambicioso y caro para la situación económica por la que pasaba España (debemos recordar que durante la Primera Guerra Mundial, fue uno de los países exportadores de uniformes y textiles para el abastecimiento de los soldados, esto y el inicio del crac del 29 hacen que se cree una economía proteccionista). En 1926 se produce un cambio ministerio de fomento, siendo nombrado Rafael Benjumea (Conde de Guadalhorce), haciéndose cargo del anteproyecto y realizando una serie de recortes en los gastos, con el fin de mejorar las infraestructuras se pasa de 9.136 Km que se tenían proyectados en 1925 a 800 Km en 1926.

Fuente: BNE- Revista Ilustrada de Banca

El ministro de fomento comenzará el Plan Preferente de Ferrocarriles de Urgente Construcción o Plan Gudalhorce, con algunas oposiciones por parte de los ayuntamientos por donde pasaba en anteproyecto de construcción, como en el caso de Ciudad Real manifestando su desaprobación al ministro, a pesar de ello el Plan  se llevó a cabo.

A partir de la puesta en vigor del plan, cada año se fue destinando a la construcción y mejora de infraestructuras, locomotoras o material rodante y electrificación del territorio,  un presupuesto que se repartía entre: a las Compañías de vía estrecha, vía ancha (M.Z.A., Compañía del Norte, Compañía de Ferrocarriles Andaluces) y  un mejor porcentaje de estos presupuestos para el mismo Estado, ya que no podemos olvidar que al mismo tiempo esta ampliación y mejora tenía un carácter militar y por lo tanto tenían sus propias líneas.

Con lo que respecta a la financiación del Plan, se realizaría mediante ayuda pública, percibiendo mayor cantidad de dinero las compañías de vía ancha que las de vía estrecha. La diferencia entre ambas viene dada por su función, las primeras son las vías principales que enlazan con otras comunidades, por el contrario las vías estrechas (ferrocarriles secundarios o económicos) se vinculan ámbito regional, local  y dentro del ámbito minero, sirviendo para comunicar esas zonas con la red ferroviaria principal.

El Plan contemplaba la realización de las siguientes líneas: Línea Zamora-Ourense-A Coruña; Ferrocarril Madrid-Burgos; Ferrocarril transversal Baeza-Saint Girons; Cuenca-Utiel; Puerto Llano-Marmorejo; Talavera de la Reina-Villanueva de la Serena; Soria-Castejón; Jerez de la Frontera-Almagen; Toledo-Bargas; Huelva-Ayamonte; Plasencia con la frontera de Portugal; Totana-Pinilla,…

Fuente: Archivo General de la Región de Murcia

Como vemos un mallado bastante extenso y obedeciendo a un patrón estudiado por el ministro de fomento. En los trabajos de realización de los Caminos del Hierro, en ocasiones se emplearon o se dio trabajo a mineros, como es el caso de Murcia donde la minería se encontraba en decadencia a pesar de los beneficios que habían reportado; en otras ocasiones las compañías quedan reflejado este aumento mediante un informe que enviaban al Anuario de los Ferrocarriles, aunque en estos informes los datos aportados pertenecen sobre todo a los jornaleros fijos, los eventuales son más difíciles de seguir dado que las compañías no realizaban estos estudios con pulcritud. Lo que sí está claro es la gran cantidad de gente que tuvo que mover este proyecto, al igual que los materiales empleados para ello.

Fuente: Archivo Histórico de la Provincia de Burgos

Pero a pesar de todo, solamente uno de estos ferrocarriles puede considerarse como el gran proyecto de la dictadura de Primo de Rivera, inaugurado en 1927 seria el ferrocarril que unía Vitoria y Estella, los demás proyectos tuvieron dos finales distintos. Por un lado las líneas que se terminaron en otros periodos posteriores (como es el caso de la línea Zamora- Ourense- A Coruña terminada en 1957, o la de Toledo a Bargas terminada en 1938 para pasar a no tener servicios en 1947 y cerrada seis años más tarde), y por otro las vías que iniciaron su construcción pero que no llegaron a terminarse (líneas de Totana a la Pinilla o Talavera de la Reina a Villanueva de la Serena).

El fin de estas vías viene dado por varias cuestiones, la principal sería la económica que podemos enlazar con los acontecimientos políticos, con el fin de la dictadura de Primo de Rivera y el inicio de un periodo intermedio antes de la Segunda República, el Ministro de Fomento Leopoldo Matos (1930) decretó el fin de las aportaciones públicas a las compañías del ferrocarril para seguir con las obras. Con la llegada de la Segunda República la paralización de las obras continuará debido a la escasez de ingresos económicos prolongándose hasta después de la Guerra Civil, inaugurándose las primeras líneas en 1940.

Como vemos el panorama que describimos, quizás recuerde a los tiempos que estamos viviendo existiendo edificios abandonados y construidos en un momento de fervor económico. Este año se cumplen 20 años de la iniciativa de conservación de estas líneas con sus edificios y puentes abandonados durante décadas sin utilidad alguna, quien sabe si en un futuro nuestras construcciones contemporáneas puedan ser empleadas para lo que un día fueron planeadas, dar un servicio a la sociedad.

Tren en dirección a Madrid / Vía Verde de la Jara

Gracias, Sir Francis Drake

Es fácil que el turista se olvide de la presencia del mar en Cartagena de Indias: paseando por su centro histórico a pleno sol y en compañía de otros muchos congéneres, el Caribe sigue pareciendo tan lejos como cuando lo vemos en las postales…

Pero Cartagena fue uno de los puertos más importantes de América entre los siglos XVI y XVIII, y algunos visitantes buscan hoy con expectativas un tanto ingenuas los restos de aquel puerto y aquel mar de galeones y piratas. Para esos turistas (entre los que me incluyo), la vista del cordón amurallado, con sus cuatro siglos de historia, provoca una emoción parecida a la que siente el público de un teatro antes de que se abra el telón de una gran obra. El chasco viene después, cuando tras subir fatigosamente las rampas o escaleras que permiten caminar sobre la muralla, ocupar garitas o imaginarse uno mismo como artillero de cañones, se descubre que una nueva muralla de asfalto y coches ahoga desde fuera a la original y se interpone entre la ciudad y el mar, restando mucha poesía a la vista que se ofrece ante sus ojos.

Aun así, el viajero con ganas de echar a volar la imaginación puede consolarse pensando que hace tres siglos el susto por asomar la nariz sobre los muros de piedra podía ser mucho mayor. Piratas y corsarios ingleses o franceses, sobre todo, visitaron con frecuencia Cartagena, atraídos por las riquezas que se acumulaban en la ciudad -uno de los más prósperos enclaves comerciales en la Carrera de Indias-, y animados por sus respectivas monarquías.

Una placa en el  Fuerte de San Felipe recuerda el asedio de la ciudad por el  Barón de Pointis
Una placa en el Fuerte de San Felipe recuerda el asedio de la ciudad por el Barón de Pointis

Las carracas españolas se escoltaron con galeones y pusieron patas arriba medio mundo, transportando manufacturas europeas hacia América, materias primas y metales preciosos americanos con los que inundar las arcas del viejo continente, costear sus guerras, y, algo más tarde, pagar los lujosos y exóticos productos asiáticos. Se comerció también con personas: mano de obra esclava, arrancada de África, con la que cultivar las prósperas plantaciones del Nuevo Mundo. Ante este panorama, Drake fue uno de los primeros en dejar constancia de que ni sus compañeros de profesión ni las demás potencias coloniales estaban dispuestos a quedarse mirando el monopolio español. Asaltos como el de Sir Francis Drake en 1586 (con tan alto título lo había premiado la reina Isabel I de Inglaterra por sus servicios a la corona), que se saldó con la quema de la ciudad y su liberación sólo después del pago de un elevado rescate, habían convencido a Felipe II  para ordenar la construcción de la muralla que le  valió a Cartagena el sobrenombre de “la inexpugnable” (o casi). No podía imaginar el monarca en cuyo Imperio no se ponía el sol, que toda aquella plata expoliada en América y tan celosamente defendida de los avaros ataques de otros vecinos europeos, iba  a colapsar el mercado español, provocando la famosa inflación del siglo XVI y, después, la profunda crisis del XVII.

Hay que decir que cuando el presente se transforma en Historia, y ésta se evoca varios siglos después desde un breve post que además pretende ser ameno, se corre el riesgo de que parezca que se banalizan hechos que causaron enorme sufrimiento e injusticias que aún hoy colean, como el exterminio y sometimiento de los pueblos originarios de América, o el tráfico de esclavos. Nada más lejos de mi intención.

Dicho esto, y volviendo a mirar este relato con los ojos del turista que visita hoy la evocadora Cartagena de Indias con expectativas de encontrar vestigios de historia y confirmaciones a su imaginario, hay que dar las gracias a los colonos  que levantaron la ciudad por el acierto  con  que alinearon y colorearon sus enormes casonas de piedra, la sombra de los grandes árboles tropicales que respetaron,  y la armonía  de torres y cúpulas que con que dibujaron el perfil de la ciudad. Y por supuesto, hay que agradecer  a Sir Drake y a sus amigos  aquellas visitas  que fueron el pistoletazo de salida para la construcción del corralito de piedra (como los cartageneros gustan de referirse a su ciudad vieja, custodiada como un rebaño en el redil de su muralla).

Una nave histórica amarrada en el antiguo puerto
Una nave histórica amarrada en el antiguo puerto

Así que se podría decir que los piratas, pese a todo, salvaron a esta pequeña joya que desde 1984 es Patrimonio UNESCO, provocando la construcción de una muralla que ha podido así preservar un casco histórico casi intacto. Extramuros, el desarrollo urbanístico desenfrenado, no planificado o de planificación dudosa, ha hecho más estragos a la Bahía de Cartagena que muchos ataques de piratas juntos…Creo que visitar Cartagena merece la pena tanto por la belleza del patrimonio que conserva (y por su gente, de una hospitalidad maravillosa), como por la reflexión que inspira sobre la fragilidad de ese mismo patrimonio. Quién sabe hasta cuándo resistirá la muralla…

Canteras de Cusa, Sicilia: viaje a una fábrica de templos.

Para los locos por la arqueología, visitar un yacimiento o un buen museo puede ser algo casi místico: unos pocos objetos, unas ruinas, nos bastan para -con un poco de imaginación- evocar fragmentos de vidas pasadas, metiéndonos fugazmente en ellos como si fueran recuerdos lejanos de una vida nuestra. Y por si la imaginación no nos da para tanto, las carambolas de la historia nos regalan a veces lugares en que imaginar casi no hace falta.

Sección de un fuste de columna, abandonada mientras era transportada con la ayuda de cuñas. Es visible la cavidad destinada a la grapa de unión con otra sección.

Uno de esos lugares, fascinante tanto por el valor mismo del yacimiento como porque lo más probable es que no coincidamos con muchas otras personas al visitarlo, son las Cavas de Cusa, en Sicilia. De estas canteras se nutrían los grandiosos templos de la vecina Selinunte, y en ellas la expresión “parado en el tiempo” adquiere todo su sentido: esparcidos entre árboles de olivo y naranjos, encontramos fústeles y basamentos en todas las posibles fases de elaboración, desde aquellos que sólo con dificultad se distinguen del bloque de piedra original, hasta los que prácticamente se han fosilizado con el suelo mientras rodaban, transportados con palancas y cuñas. Todo está tal y como lo dejaron los obreros que trabajaban en Cusa cuando un día del 409 a.C el inesperado ataque de los cartagineses les obligó a abandonar la cantera para correr a defender la ciudad. Casi todos sus habitantes morirían o serían hechos prisioneros, y los templos a los que estaban destinados aquellas columnas nunca llegarían a construirse.

Sección de un fuste de columna, abandonada mientras era transportada con la ayuda de cuñas. Es visible la cavidad destinada a la grapa de unión con otra sección.

Desde entonces, el esplendor de Selinunte no volvió a ser el mismo, aunque por suerte las ruinas de su Acrópolis nos cuentan aún hoy que allí estuvo uno de los más poderosos enclaves comerciales de la Magna Grecia.
Pero, pese a la magnificencia de sus templos -y aun a riesgo de desatar las iras de Zeus, Hera o Apolo, algunos de los dioses a quienes estuvieron consagrados- tengo que decir que son las Cavas de Cusa las que con más fuerza tejieron mi recuerdo de este extremo de Sicilia, que visité un verano de hace 4 años. De hecho admito que, mientras caminaba entre aquellos restos entre el fragor de las cigarras, escuchar de un momento a otro el martilleo de dinteles y la voz de alerta ante la llegada del invasor no sólo me pareció posible, sino perfectamente razonable.

 

 

¿Por qué Turismo Responsable? Algunas reflexiones para nómadas errantes

El turismo se ha convertido en una de las actividades económicas más potentes a nivel mundial, moviendo nada menos que a casi mil millones de personas cada año, y generando un volumen de negocio que convierte al sector turístico en uno de los más importantes a nivel global. Yacimientos arqueológicos, museos, lugares de interés etnológico y, en general, todo aquello que tiene cabida en el amplísimo -aunque difícilmente manejable- cajón de sastre que es “lo cultural”, son recursos fundamentales sin los que la actividad turística no sería posible.

El turismo responsable de yacimientos arqueológicos puede ser una herramienta muy efectiva para combatir la pobreza.

Soy totalmente consciente del hecho de que “lo cultural” tiene un valor que va mucho más allá de su potencial como recurso turístico, si bien en el panorama actual que describo brevemente más arriba, poblado de ceros y de beneficios millonarios, parece lógico que nos planteemos algunos interrogantes: ¿cómo es posible que muchos yacimientos arqueológicos de inestimable valor, que sin duda podrían atraer a algunos de esos tantos millones de turistas, permanezcan olvidados, con el consecuente deterioro y riesgo de expolio que esto conlleva? Además, muchas de las regiones más pobres del mundo poseen un riquísimo patrimonio cultural, tangible e intangible. Entonces, ¿cómo es que no se logra poner en valor y preparar para el disfrute turístico dicho patrimonio, generando puestos de trabajo dignos para los habitantes de esos territorios y ofreciéndoles una alternativa al saqueo, la venta ilegal, o el simple desconocimiento –e incluso desprecio- por un patrimonio que hasta ahora no ha sabido o no ha podido contribuir a mejorar las condiciones de vida de estas personas?

Probablemente, más de un lector estará pensando en las consecuencias dudosamente positivas que ha tenido el uso turístico de sitios arqueológicos que ahora mismo podríamos calificar de muchas maneras, excepto de olvidados o desconocidos… Pero no todos los turismos son iguales: el Turismo Responsable se presenta, de hecho, como una manera de viajar capaz de contribuir a la puesta en marcha de un turismo más justo y sostenible, en lugar de alimentar una actividad turística invasiva, homogeneizadora y de alto impacto.

Niños camboyanos jugando en el templo de Beng Mealea.

El Turismo Responsable comparte y hace suyos los fundamentos del desarrollo sostenible, asumiendo la necesidad de prestar atención a las tres dimensiones sin las que dicho desarrollo no es posible: la dimensión económica, la medioambiental y la sociocultural. Pero ya decíamos al principio que lo cultural es un inmenso cajón de sastre, y si bien esto podría explicarse en parte por la amplitud del concepto mismo de cultura, también es cierto que resulta cómodo, cuando se trata de poner en marcha proyectos de turismo reales, concretos, confinar en esta casilla a todos aquellos elementos con los que no se sabe muy bien qué hacer, cómo usarlos -léase “cómo venderlos”-, de modo que “lo cultural” termina reduciéndose en demasiados casos a la compra de una artesanía supuestamente tradicional y local, a la contemplación de alguna manifestación más o menos espectacularizada y adaptada a las expectativas atribuidas al turista, o a una excursión relámpago al yacimiento que todas las guías dicen que no podemos dejar de ver.

De lo anterior podemos deducir que conciliar patrimonio cultural y turismo resulta complejo, y que aún para las iniciativas y proyectos turísticos que desean realmente presentarse como una alternativa sostenible al turismo de masas, el aspecto cultural sigue siendo uno de los puntos que más desafíos plantea: equilibrio entre conservación y número de visitantes, apropiación social del patrimonio por parte de las comunidades locales, distribución equitativa de los beneficios… A que existan tales dificultades contribuye también, muy probablemente, el hecho de que se trate de crear un punto de encuentro equilibrado entre dos mundos –el de los profesionales de la cultura y los del turismo- profundamente separados aún por la convicción mutua de que cualquier intento de entendimiento y colaboración con el otro sería vano, pues existe toda una serie de prejuicios de los que a unos y otros aún les sigue costando mucho deshacerse. Como consecuencia, sigue siendo difícil encontrar buenos profesionales formados en ambos campos, aunque por fortuna esto está empezando a cambiar.

Quizás la fuerza del Turismo Responsable, lo que explica que cada vez más personas veamos en esta forma de hacer turismo una posibilidad real de hacer mejor las cosas, también en lo que se refiere a lo cultural, esté en el hecho de que nos involucra a todos: a las autoridades encargadas de la planificación del destino, al sector privado que conforma la oferta turística, al mundo académico, a los gestores culturales, los guías y los intérpretes del patrimonio, y sobre todo, y ésta es la novedad, a cada uno de esos mil millones de personas que, por citar un ejemplo, fuimos turistas en 2008.

También nosotros somos responsables, con nuestro comportamiento antes, durante y después de cada viaje, de cómo y en qué medida contribuya el turismo a conservar y promover el patrimonio cultural, valorizando así elementos clave para la identidad de los pueblos, y por tanto, para un desarrollo menos economicista y más humano, orientado a la continuidad.

Pompeya. Un problema de conservación

Pompeya se desmorona. Estas son las conclusiones de algunos expertos sobre la ciudad sepultada por la piedra pómez hace casi 2000 años. Esto es debido a los varios derrumbes de muros y estructuras arqueológicas ocurridas, sobre todo, durante este último mes de noviembre de 2010.

Derrumbe en Pompeya, fuente: elmundo.es, cultura, 05/12/2010

A principios de noviembre se desplomó la Escuela de los Gladiadores, con sus frescos, en la calle de la Abundancia, la principal de la antigua urbe. Después se derrumbaron dos paredes sin decoración en una bodega de la calle Strabiana (en el área de los teatros) y en otro edificio, detrás de la casa del Centenario. Por último, en el jardín de la Casa del Moralista, sin acceso al público, cedieron seis metros del muro perimetral. Pero, según el presidente de la asociación nacional de arqueólogos, ha habido siete derrumbes en un año.

El problema, parece ser que se centra en una mala gestión del patrimonio, donde han primado los grandes proyectos puntuales y llamativos para la atracción de turismo, dejando de lado, la labor de conservación y restauración de las estructuras arqueológicas, que presentan un frágil estado de preservación, siendo su estabilización una acción prioritaria cuando se lleva a cabo cualquier excavación arqueológica.

Pero tenemos que tener en cuenta, que las estructuras de la ciudad seguramente ya estuvieran resentidas por los movimientos de tierra que precedieron a la explosión piroplástica del Vesubio, ya que unos años antes se produjo un terremoto en la ciudad que causó diferentes daños en varias zonas de la urbe que, según los expertos, estaban en fase de reparación durante la catástrofe del año 79. Sin olvidar que estos temblores han ido continuando cada cierto tiempo en la zona, como el último producido en 1980.

Fuente: elmundo.es, cultura, 05/12/2010

Por lo que antes de acometer cualquier proceso de conservación el grupo de expertos designados en Pompeya (entre ellos arqueólogos, restauradores, geólogos y arquitectos) deben llevar a cabo un estudio exhaustivo del estado de conservación real de cada una de las casas, teniendo gran relevancia el estado de los cimientos, ya que atajando el problema de raíz es el único modo para el posible mantenimiento de la ciudad romana.

Otros problemas, que parecen menos graves pero que van minando la firmeza de las estructuras, como son la acción de hierbas silvestres que crecen a su libre albedrío, la contaminación atmosférica, la erosión provocada por los viandantes en calles y mosaicos, la invasión de turistas (unos dos millones de visitantes al año) y el vandalismo que sufren las diferentes estructuras y piezas (pintadas y graffitis, extracción de fragmentos de frescos o muros,…) han acrecentado los problemas de estabilización de la urbe en estos últimos tiempos ya que el presupuesto dedicado a su mantenimiento y vigilancia era escaso, haciendo peligrar un bien declarado patrimonio histórico-artístico de la Humanidad por la UNESCO.

Con todo esto, para devolver parte del esplendor a Pompeya, primero debe de haber una campaña de concienciación en la que la idea primordial debe ser la conservación general, en la que la limpieza y la consolidación de las estructuras deben ser los conceptos prioritarios, para poder, luego, realizar un recorrido coherente en la que los visitantes tomen conciencia y formen parte en la conservación de la urbe, haciéndose una idea de nuestro patrimonio y de su fragilidad, ya que la perduración de estos bienes en el tiempo corre de nuestra cuenta y de nosotros depende que las generaciones venideras puedan admirar los restos de las antiguas civilizaciones que forman parte de nuestro pasado y de nuestra historia.
Estamos convencidos que estas medidas, junto con otras actuaciones que se adecuen al problema que está sufriendo la ciudad de Pompeya, se tomarán o se estarán tomando por parte de los expertos, para devolver el esplendor a una cuidad mítica.