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Violencia política en la Transición (III): Los grupos de extrema derecha y la represión del Estado

El último capítulo del serial sobre la violencia política en La Transición (tras los del nacionalismo violento y la izquierda radical) se cierra con dos casos de violencia DIFERENTES entre sí, que se presentan juntos porque ambos obedecen a un mismo condicionante: la nostalgia de épocas pasadas.
Como hemos podido ver en los dos capítulos anteriores, la violencia política durante los setenta era el pan de cada día. La situación de transformación en el país generaba que muchos grupos buscaran reubicarse en el nuevo marco de fuerzas políticas. Algunos de ellos buscaban la vuelta a un “pasado glorioso”, utilizando para ello incluso la fuerza y la intimidación, o transportaban al presente los vicios inherentes de una dictadura que recientemente había tocado a su fin.
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Violencia política en La Transición (II): Los grupos de izquierda radical.

Hace aproximadamente un mes subíamos a la web la primera parte de este serial sobre violencia política en la Transición española, dedicando el primer capítulo a la violencia perpetrada por los llamados nacionalismos periféricos. Pero las acciones perpetradas entre inicios de la década de los setenta y principios de los ochenta no sólo correspondieron a grupos cuya motivación principal para la lucha eran reclamaciones ligadas a la autodeterminación y/o independencia de sus respectivos territorios, también existieron otro tipo de bandas que actuaron en este período de tiempo y cuyas motivaciones para la lucha estaban relacionadas con la totalidad del territorio español.

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Violencia política en La Transición (I): Los nacionalismos periféricos.

La Transición Española, mitificada por unos y denostada por otros, está marcada por un buen número de hitos y días que se recuerdan sin dificultad: el 20-N, el 6 de diciembre, el 23-F, etc., pero si pudiéramos hacer un salto en el tiempo y nos trasladáramos al Madrid, Bilbao o Barcelona de la época, nos daríamos cuenta de que lo que probablemente más nos llamaría la atención por contraste con nuestra situación actual, es el grado de violencia y crispación política existente en el país. La década de los setenta supone para el sistema social y político español que se había labrado desde los años treinta una crisis en todos los sentidos. La muerte de Carrero Blanco, la apertura realizada por los tecnócratas, la enfermedad y posterior muerte de Franco, la Revolución de los Claveles en Portugal y la llegada de ministros con clara vocación reformista al gobierno sembraban de incertidumbre un panorama en el que diferentes corrientes y fuerzas buscaban reubicarse.

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Adolfo Suárez: luces y sombras de un tahúr de Ávila

 Siempre he pensado que el oficio de historiador, como el de cualquier científico social, debe prescindir de opiniones y estar centrado en el análisis no sesgado, pero en ocasiones ello se torna harto difícil, como sucede en el caso del reciente fallecimiento del ex-presidente Adolfo Suárez. Pero, ¿quién fue Adolfo Suárez?

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Carrillo y el 23-F

Mucho se ha hablado del 23-F, el icónico 23 de febrero de 1981. Sobre él se han escrito cientos y cientos de ensayos y artículos repletos de lugares comunes: el mayor desafío al que se sometió nuestra (por entonces joven) democracia, la prueba de fuego para una sociedad española recién salida de una dictadura, el papel de sus diversos protagonistas u otras reacciones más mundanas, como el típico caso del sobrino de la vecina de un cuñado que planeó su fuga al extranjero mientras se zampaba con patatitas las octavillas marxistas impresas de manera clandestina porque total, aquí cada uno sacia el hambre lo mejor que puede y quiénes somos nosotros para juzgarlo.

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Los últimos juicios del franquismo

El 27 de septiembre de 1975, apenas dos meses antes de la muerte de Franco, fueron ejecutados en Madrid, Barcelona y Burgos, cinco personas por última vez, dándose la orden desde el consejo de ministros. Estas cinco personas fueron José Humberto Baena, Jose Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz del Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP); y Paredes Manot Txiki y Ángel Otaegui de ETA. Últimas ejecuciones donde se intentó demostrar que la España de Franco no estaba tan debilitada como se pensó después del proceso de Burgos donde se indultaron a seis miembros de ETA en sus respectivas condenas a muerte.

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Y es que, desde la perspectiva del franquismo, los juicios de Burgos, en diciembre de 1970, se vieron como una debilidad del régimen más que como una clemencia. Esta visión de debilidad se vio acrecentada cuando en 1973 se produjo la muerte de Carrero Blanco por un ataque terrorista. Este echo condujo a Franco a enjuiciar los ataques terroristas con la mayor pena posible, en este caso, la condena a muerte. De esta forma se pensó que se fortalecería el régimen franquista si se buscaba culpables de delitos y se les condenaba a la pena capital.

Hecho que ocurrió en verano de 1975, cuando se utilizó la legislación penal del código militar para utilizarlo en contra de los terrorista y poder así, de esta forma, ejecutar las órdenes de pena de muerte en Consejo de Guerra. Los Consejos de guerra comenzaron a reunirse el 28 de agosto de 1975 en Burgos. Aquí fueron condenados José Antonio Garmendia y Ángel Otaegui (ambos de ETA) por la muerte del cabo del Servicio de Información de la Guardia Civil, Gregorio Posadas. Garmendia fue condenado por ser el brazo ejecutor de los hechos y Otaegui por ser el planificador, finalmente Garmendia sería absuelto de la pena capital. El 19 de Septiembre de 1975 en Barcelona, fue juzgado Juan Paredes Manot, alias Txiki (ETA), por un atraco a una sucursal bancaria, donde fue herido de muerte el cabo primero de la policía armada Ovidio Díaz. A su vez, en Madrid, fueron enjuiciados y condenados a muerte, los días 11 y 12 de septiembre, los miembros del FRAP Manuel Blanco Chivite, Vladimiro Fernández Tovar y José Humberto Baena. Los dos primeros se les conmutaría la pena capital, pero no así a José Humberto Baena. También en Madrid, el día 18 de Septiembre de 1975 fueron condenados Ramón García Sanz, José Sánchez Bravo, Concepción Tristán, María Jesús Dasca y Manuel Cañavera. Los tres últimos serían indultados a la muerte, pero no a García Sanz y Sánchez Bravo. Por último, el Consejo de Ministros, presidido por Francisco Franco, se reunió el 26 de septiembre de 1975 para indultar a seis de los once condenados a muerte. Sin embargo, se les dio el “enterado” (la denegación del indulto y, por lo tanto, la orden de ejecución inmediata) a las cinco últimas personas que fueron condenadas a muerte en la historia de España, por un Consejo de Ministros. Las ejecuciones se llevaron a cabo al día siguiente.

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Los intentos para evitar los fusilamientos fueron muchos tanto dentro, como fuera del país. En España se realizaron gestiones desde el Colegio de Abogados de Barcelona con el Vaticano, la madre de Otaegui visitó a los cardenales Jubani y Tarancón y al obispo Iniesta. Incluso Nicolás Franco, el hermano de Franco, le escribió a éste para que lo reconsiderase. Fuera de nuestras fronteras, el Papa Pablo IV pidió clemencia, el primer ministro sueco, Olof Palme, salió a la calle en forma de protesta. El presidente Mexicano, Luis Echeverría, pidió la expulsión de España de las Naciones Unidas y 12 países occidentales retiraron sus embajadas de Madrid. Las embajadas españolas de diversos países fueron atacadas.

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La respuesta del régimen frente a ésta oleada de protestas en contra del régimen y de las ejecuciones fue el último discurso de Franco y su última aparición, donde volvió a reiterar que las protestas acaecidas contra España se debían a un complot masónico-izquierdista.

Las ejecuciones fueron realizadas el 27 de septiembre de 1975. En Barcelona se ejecutó a Juan Paredes Manot, Txiki, de 21 años. En Burgos fue ejecutado Ángel Otaegui, de 33. En Hoyo de Manzanares, en Madrid, fueron ejecutados los miembros de FRAP Ramón García Sanz, José Luis Sánchez Bravo y Humberto Baena.entre las 9 y las 10 de la mañana. A pesar de ser una ejecuión pública, sólo pudo acudir el párroco de la localidad madrileña.

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De estas muertes se han escrito varios libros como “27 de septiembre de 1975. Cinco héroes del pueblo”, se han realizado documentos visuales como “La plataforma Memoria, Dignidad y Lucha” de 2005. Varias películas como “La noche más larga” de García Sánchez de 1991. Pero, uno de los documentos más interesantes, lo podemos encontrar en la canción de Luis Eduardo Aute, “Al alba”, canción que fue capaz de pasar la censura y fue dedicada a estas cinco personas.

Cronicas de la “España Lampedusiana”

Portada del libro "La transición en Cuadernos de Ruedo Ibérico
Portada del libro “La transición en Cuadernos de Ruedo Ibérico

Que la transición no fue lo que gran parte de la sociedad española había deseado, es algo que venimos oyendo con harta frecuencia en los últimos años. Una sociedad civil anestesiada, una clase política cada vez más alejada de las demandas de la calle, partidos y sindicatos convertidos en estructuras burocráticas de nula representatividad, o profundos desequilibrios territoriales, son rémoras heredadas de los largos “años de paz” del franquismo o del proceso político de transición, que no hemos sabido, podido o querido revertir.

En un momento en que la revisión del modelo de Estado que tenemos es un debate cotidiano, fue cuando menos oportuno que la editorial barcelonesa BlackList publicase en fechas no muy lejanas una selección de artículos de una de las revistas señeras de la oposición antifranquista, bajo el título de La transición en Cuadernos de ruedo ibérico. Resulta sorprendente ver como mucho de los vicios políticos que actualmente padecemos ya habían sido predichos por una serie de autores, agrupados en torno a esta editorial, desde mediados de la década de 1960, ante la indiferencia y (en no pocas ocasiones) desprecio de otros medios, tanto cercanos al régimen como de oposición.

Pero no adelantemos acontecimientos. La editorial Ruedo Ibérico nace en París en 1961, por impulso de, entre otros, José Martínez Guerricabeitia, Nicolás Sánchez Albornoz o Elena Romo. Nace bajo la creencia de que únicamente en el exilio es posible el ejercicio pleno de la libertad de expresión. Ya en 1963 la editorial cuenta con un gran número de artículos y ensayos breves, cuya publicación bajo la forma de monografía no se entendió como apropiada, por lo que Martínez Guerricabeitia, con el apoyo de los disidentes comunistas Fernando Claudín y Jorge Semprún, lanzan Cuadernos de ruedo ibérico en marzo de 1965. En la nueva revista tendrán un lugar especialmente relevante las obras de jóvenes estudiantes españoles que visitaban París por motivos académicos. La vida de la revista será azarosa, con múltiples problemas económicos. Se publicó en tres etapas: 1965-1973, 1974-1977 y 1978-1979, las dos primeras en París y la tercera y última en Barcelona. A sus dificultades no fue ajena su desconexión con el exilio republicano “oficial”, especialmente de un PSOE embarcado en disputas bizantinas, y su proximidad a la oposición interior, donde, por otro lado, no podía financiarse. Los libros y revistas de Ruedo Ibérico no serán legales en España hasta 1977. Ideológicamente próxima al marxismo durante gran parte de su trayectoria, en su etapa barcelonesa, aislada de los relatos oficiales y oficializados de la Transición, Cuadernos primará el enfoque anarquista, en un momento de grave crisis interna de la CNT.

Con prólogo y selección crítica del historiador Xavier Díez, La transición en Cuadernos de ruedo ibérico se articula en torno a cinco bloques, dedicados respectivamente a las características económicas de la España franquista, los elementos que pudieran condicionar el proceso de transición, los principales actores políticos del mismo, y los dos últimos a las continuidades entre el franquismo y el régimen democrático. Esta pervivencia del franquismo más allá de la muerte de Franco es el eje articulador de la obra, puesto que la idea fundamental, que nos presenta Díez en el prólogo, es la de “la España lampedusiana”. Es decir, una España en la que el cambio de sistema político no habría significado una renovación de los poderes fácticos, sino su permanencia, con la connivencia de una oposición “en rebajas” y de unos sindicatos “neocorporativos”. Un país en el que la promesa de Franco de que todo quedaba “atado y bien atado” no es una demencia senil, sino una realidad constatable, con un Estado intacto y liderado por las mismas fuerzas de antaño.

Juan Carlos I

La denuncia de esta continuidad se pondrá de manifiesto, especialmente con el rechazo a las sucesivas leyes de amnistía promulgadas por el gobierno de Adolfo Suárez entre julio de 1976 y octubre de 1977. La tesis de Cuadernos será, en líneas generales, que no es asumible ninguna amnistía otorgada por las élites políticas procedentes del franquismo precisamente a quienes habían sufrido la dura represión de la guerra y la posguerra. Así, la Ley de Amnistía de 1977 sería equivalente a una ley de “olvido” y de “punto final”, a semejanza de las promulgadas en Argentina y Uruguay en los años 1980, y actualmente derogadas. Esta posición distanciará definitivamente Cuadernos de otros medios de oposición, más moderados, como El País o Triunfo, que saludaron el perdón de los delitos de intencionalidad política. Esta posición, liderada especialmente por Joan Martínez Alier, alejó a la revista de muchos de sus colaboradores durante sus primeros años de andadura en París, como Pasqual Maragall, Juan Goytisolo o Joaquín Leguina.

La tercera gran aportación de la obra, o mejor dicho, de los Cuadernos, es una visión profundamente renovada del capitalismo español. Martínez Alier, con formación en ciencias agrónomas, analiza el latifundio cordobés, del cual extrae interesantes conclusiones. Alier considera en iguales términos el latifundio “rentista” y el latifundio “empresarial”, entendiendo que la diferencia entre ellos en el arrendamiento a terceros o la explotación directa respectivamente. Sostiene que la historiografía española, incluso en la de tradición marxista, con autores como Ramón Tamames o Manuel Tuñón de Lara, está arraigada una concepción de la contemporaneidad como la lucha entre el liberalismo y el Antiguo Régimen, cuyo exponente sería la nobleza terrateniente, y que habría triunfado en la Guerra Civil. Por ello, a la altura de los años 1970, España aún tendría como asignatura pendiente una revolución liberal, a semejanza de las revoluciones atlánticas. Sin embargo, para Alier, no existiría apenas fuerzas antiguorregimentales en España desde los procesos desamortizadores de mediados del siglo XIX. La mayor parte del latifundio sería empresarial, apenas existiría nobleza rentista. El discurso histórico que incide en la necesidad de una revolución liberal escondería, para este autor, otros presupuestos ideológicos: el arrendamiento de tierras podría mostrar, mediante la explotación autogestionaria de la tierra, la irrelevancia del propietario como factor económico. Sería una burguesía empresarial, capitalista y moderna, no una rancia nobleza, la que vire políticamente hacia soluciones políticas autoritarias desde la década de 1920: para Martínez Alier el liberalismo no habría fracasado frente al Antiguo Régimen, sino que habría propiciado el franquismo.

Se trata, en definitiva, de una obra difícil de leer, a veces árida, profundamente impregnada del lenguaje estructuralista propio de la sociología de las décadas de 1960 y 1970. No se trata, por otro lado, de una obra apta para todas las sensibilidades. Su ataque a partidos de izquierda y sindicatos es duro y tajante, a lo que se une un enfoque marcadamente catalanista. Para un lector no catalán le resultarán quizá complicadas de asimilar afirmaciones como que los actuales medios de comunicación catalanes son “eficientes y responsables”, frente a la desinformación y el control de los medios “de Madrid”, cuando es bien sabido que la única diferencia entre ambos es que responden a intereses contrapuestos. O la consideración recogida en el prólogo de que la Ley de Memoria Histórica es absolutamente justa, y alejada de prejuicios ideológicos. Sin embargo, como obra comprometida que es, pero no dogmática, no aspira en absoluto a la unanimidad, ni rehúye el debate. Se trata de una lectura (no me atrevería a calificarla de “imprescindible”), útil y recomendable. Especialmente en los tiempos que corren. Aunque tan sólo sea para que no podamos decir que no estábamos advertidos.

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Adolfo Suarez en 1995 recibiendo el I premio Alfonso X en Toledo.

VVAA: La transición en Cuadernos de Ruedo ibérico. Edición crítica de Xavier Díez. Barcelona, Ed. BlackList, 2011. 458 páginas.

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