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El desastre de Sicilia (III): El sitiador sitiado

Nicias recibió sus ansiados caballos en la primavera del 414 a.C. Ahora sí, todo estaba dispuesto para poner el cerco sobre Siracusa. Los atenienses comenzaron a levantar un muro que encerraría por tierra la ciudad, ya dominada por mar, con la seguridad que aportaba a sus labores la vigilancia de la caballería. Pero en Siracusa no se quedaron de brazos cruzados, sino que decidieron evitar la mordaza con varios contramuros que les otorgasen una momentánea vía de escape y suministro así como un preciado tiempo. Hermócrates, aquel hombre que avisó a sus incrédulos vecinos de la expedición ateniense, era el encargado de dirigir la defensa.  Seguir leyendo El desastre de Sicilia (III): El sitiador sitiado

Canteras de Cusa, Sicilia: viaje a una fábrica de templos.

Para los locos por la arqueología, visitar un yacimiento o un buen museo puede ser algo casi místico: unos pocos objetos, unas ruinas, nos bastan para -con un poco de imaginación- evocar fragmentos de vidas pasadas, metiéndonos fugazmente en ellos como si fueran recuerdos lejanos de una vida nuestra. Y por si la imaginación no nos da para tanto, las carambolas de la historia nos regalan a veces lugares en que imaginar casi no hace falta.

Sección de un fuste de columna, abandonada mientras era transportada con la ayuda de cuñas. Es visible la cavidad destinada a la grapa de unión con otra sección.

Uno de esos lugares, fascinante tanto por el valor mismo del yacimiento como porque lo más probable es que no coincidamos con muchas otras personas al visitarlo, son las Cavas de Cusa, en Sicilia. De estas canteras se nutrían los grandiosos templos de la vecina Selinunte, y en ellas la expresión “parado en el tiempo” adquiere todo su sentido: esparcidos entre árboles de olivo y naranjos, encontramos fústeles y basamentos en todas las posibles fases de elaboración, desde aquellos que sólo con dificultad se distinguen del bloque de piedra original, hasta los que prácticamente se han fosilizado con el suelo mientras rodaban, transportados con palancas y cuñas. Todo está tal y como lo dejaron los obreros que trabajaban en Cusa cuando un día del 409 a.C el inesperado ataque de los cartagineses les obligó a abandonar la cantera para correr a defender la ciudad. Casi todos sus habitantes morirían o serían hechos prisioneros, y los templos a los que estaban destinados aquellas columnas nunca llegarían a construirse.

Sección de un fuste de columna, abandonada mientras era transportada con la ayuda de cuñas. Es visible la cavidad destinada a la grapa de unión con otra sección.

Desde entonces, el esplendor de Selinunte no volvió a ser el mismo, aunque por suerte las ruinas de su Acrópolis nos cuentan aún hoy que allí estuvo uno de los más poderosos enclaves comerciales de la Magna Grecia.
Pero, pese a la magnificencia de sus templos -y aun a riesgo de desatar las iras de Zeus, Hera o Apolo, algunos de los dioses a quienes estuvieron consagrados- tengo que decir que son las Cavas de Cusa las que con más fuerza tejieron mi recuerdo de este extremo de Sicilia, que visité un verano de hace 4 años. De hecho admito que, mientras caminaba entre aquellos restos entre el fragor de las cigarras, escuchar de un momento a otro el martilleo de dinteles y la voz de alerta ante la llegada del invasor no sólo me pareció posible, sino perfectamente razonable.