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Un rey sin corazón

Braveheart es una de las pocas películas que esquivan mis recelos hacia el denominado “cine histórico”. Es más, hasta diría que es mi película favorita, si por favorita entendemos haberla visto unas veinte veces y saber de memoria los diálogos en español e inglés. Admito que tiene fallos históricos imperdonables, pero las filias y fobias dependen mucho de los estados de ánimo y hace años que Braveheart se ganó mi corazoncito.

Angus Macfadyen como Roberto I ("Braveheart").

Muy heroico no es que se retratara a Roberto I en "Braveheart", las cosas como son.

Braveheart y corazoncito. De eso quería escribir hoy, no os quejéis de cómo he hilado temas. Porque hay una historia que no muchos conocen relacionada con uno de los personajes de dicha película. No, no es William Wallace, tampoco es que haya demasiada información sobre él; y no, tampoco es Eduardo I, el apodado Longshanks, aunque pocos sepáis que era el cuñado de nuestro Alfonso X y que se casó en el monasterio burgalés de Las Huelgas. Me refiero a Robert the Bruce, a quien -lo aclaro desde ya, para ahorrarnos líos- de ahora en adelante llamaré Roberto I.

En Braveheart se presenta a Roberto I como alguien sin mucha iniciativa política, como un traidor a Wallace al luchar junto a los ingleses en Falkirk (1298) y como un ser torturado por el remordimiento que se corona rey de una Escocia independiente tras la batalla de Bannockburn (1314). Un curriculum completito que, como cualquier otro curriculum, enmascara la realidad. Que miente, vamos.

Cierto es que Roberto I y su padre juraron lealtad al poderoso Eduardo I de Inglaterra, pero lo hicieron para defender sus derechos familiares al trono escocés. Sí, trono escocés, del que apenas hablan en la película: éste lo ocupaba Juan I, del clan Balliol, rival de los Bruce; al principio, allá por 1292, Juan I fue apoyado por el propio Eduardo I, pero terminaron tan a mal que Eduardo I no sólo le borró del Facebook, sino que invadió Escocia y se la anexionó, deponiendo a Juan I después de derrotarlo en la batalla de Dunbar (1296).

Fue entonces cuando Roberto I y su padre, en plan carroñero, se ofrecieron para cubrir la vacante de la corona escocesa. Ya que Eduardo I no quería desprenderse de Escocia y que varios nobles escoceses, liderados por Wallace, habían comenzado una nueva insurrección, los Bruce oscilaron entre ambos bandos durante un tiempo. Así, mientras se sucedían las batallas de Stirling (1297) y la mencionada de Falkirk, los Bruce se mantuvieron al margen. Y sí, con esto insinúo que Roberto I no luchó contra los escoceses en Falkirk: sencillamente no acudió al llamamiento de Wallace por tener cosas mejores que hacer.

Como, por ejemplo, suceder al mismísimo Wallace como Guardián de Escocia, el título que recibían sus máximos mandatarios en épocas de interregno. Vamos, que Roberto I no estaría tan mal visto entre sus paisanos si éstos le concedían tal honor. Roberto I abandonó el cargo dos años después, pero continuó ejerciendo gran influencia sobre los nobles escoceses, quienes en 1304 se rindieron a Eduardo I. ¿Todos? No: Wallace, que había regresado de su exilio en Francia e Italia, no cejó en su empeño y acabó como acabó, es decir, capturado y descuartizado en 1305. Como apuntó el sabio (?): “que naprenguin!“.

Pero el problema de Roberto I -huérfano desde 1304- no era ya Wallace, sino John Comyn, quien también se postulaba como candidato al trono de Escocia. Tras dimes, diretes y un presunto incumplimiento de contrato, Roberto I asesinó a Comyn en la iglesia de Greyfriars de Dumfries en febrero de 1306. Sólo había dos salidas: o convertirse en un proscrito excomulgado o en monarca escocés, libre ya de toda competencia, de perdidos al río y que salga el sol por Antequera.

Estatua de Roberto I en Bannockburn

Estatua de Roberto I en Bannockburn: aquí sí que se pusieron épicos de verdad, qué menos.

Mes y medio después Roberto I fue coronado rey de Escocia. Sí, en 1306, no justo antes de Bannockburn (1314), pese a lo narrado en Braveheart. Hasta Bannockburn pasaron ocho añitos (aquí me tenéis, demostrando que sé restar) en los que Roberto I trató de imponer su precaria autoridad sobre el resto de clanes escoceses. Por suerte, Eduardo I había fallecido en 1307, heredando el trono inglés su hijo, el débil Eduardo II; no había color y, obviamente, Roberto I quiso aprovecharlo para desafiar a los ingleses mediante unas escaramuzas a las que sería difícil incluir en la categoría de “batalla campal”.

Una batalla campal se antojaba necesaria, puesto que tales escaramuzas se habían saldado con tantas victorias como derrotas. Bannockburn tendría que ser esa batalla y como tal la preparó Eduardo II, quien invadió Escocia en junio de 1314 con un ejército que doblaba y casi triplicaba el de Roberto I. Aún así, los escoceses se impusieron con facilidad y Eduardo II hubo de escapar a duras penas tras ser perseguido por el furibundo sir James Douglas, uno de los más fieles compañeros de Roberto I.

El triunfo de Bannockburn le garantizó a Roberto I la supremacía definitiva sobre todos los clanes escoceses, la estabilidad del reino y un estremecedor estribillo para un himno oficioso. Sin embargo, Roberto I no fue reconocido como monarca por los ingleses hasta 1328, un año después de haber derrocado Eduardo III a su padre. De poco le sirvió a Roberto I, quien fallecería en 1329 dejando una última voluntad de lo más absurda: en su lecho de muerte le pidió a James Douglas que llevara su corazón de Cruzada, dado que él nunca había podido cumplir ese sueño.

La cara del pobre Douglas tuvo que ser un poema, épico para más señas, aunque obedeció el deseo de su rey y amigo. Antes de enterrar a Roberto I se le sacó el corazón para embalsamarlo e introducirlo en una urna de plata. En 1330, Douglas se colgó al cuello dicha urna y partió con una treintena de acompañantes hacia el único lugar donde se encontraba lo más parecido a una Cruzada: ni Jerusalén, ni Acre, ni Damasco, sino la frontera del reino de Granada, inaugurando así la tradicional querencia británica por el sur de la Península Ibérica y la Santísima Trinidad de sol, sangría y playa.

Douglas, el corazón de Roberto I y el resto de la expedición escocesa llegaron a Sevilla, donde Alfonso XI les recibió -no sabemos con qué cara- antes de marchar hacia Teba, plaza fuerte nazarí en la actual provincia de Málaga. Las tropas castellanas cercaron el lugar a principios de agosto y poco después comenzaron las refriegas contra los soldados del temido Ozmín, quien prefería hostigar a los cristianos y evitar un desfavorable enfrentamiento a campo abierto.

Monumento en Teba a James Douglas.

Monumento en memoria de James Douglas en Teba.

Con todo, Douglas y sus escoceses, que no estarían muy acostumbrados ni a las tácticas de la Reconquista ni al sofocante calor andaluz, pagaron la novatada y cayeron en una emboscada. Según la leyenda, Douglas se vio cabalgando solo detrás de los musulmanes, con apenas un puñado de sus hombres, rodeados todos tras un fugaz contraataque del enemigo. Douglas, desesperado, lanzó la urna con el corazón de Roberto I gritando: “¡ve primero, como hubieras querido, y Douglas te seguirá o morirá!”.

Douglas y sus compañeros murieron, como era de esperar, aunque los cristianos lograron conquistar Teba a finales de ese mes. De paso, recuperaron el cadáver de Douglas y, lo que era aún más importante, el corazón de Roberto I, que a saber qué excusa daban en Escocia si regresaban diciendo que sí, que lo habían llevado de Cruzada, que mucho frenesí cristiano, expiación de pecados y ardor guerrero, pero que no sabían dónde se lo habían dejado.

Uno de los pocos escoceses supervivientes -se libró de luchar por culpa de un brazo roto- fue sir William Keith, quien se encargó de volver a Escocia con los huesos de Douglas (sólo los huesos: imaginad semanas de viaje con carne putrefacta) y la urna con el corazón real. Éste fue depositado en la abadía de Melrose, pese a que Roberto I estaba sepultado a unos 80 kilómetros, en la abadía de Dunfermline.

Que no nos parezca tan raro: al cuerpo de Felipe el Hermoso, enterrado en la Capilla Real de Granada, también le falta su corazón… que está a más de 1.600 kilómetros, en la iglesia de Nuestra Señora de Brujas. Y sin arriesgarse a perderlo en una Cruzada.

Sobre la Reconquista: el exabrupto final

Yo les pregunto: ¿quién dijo que algo de tan rancia consideración como la Historia debía llevarse mal con las modernísimas redes sociales?
Yo les respondo: no lo sé, pero no podía estar más lejos de la realidad.
Y yo les explico: tras cierto tüit escrito por un servidor hace año y pico se desató en mi Féisbuq una pequeña tormenta metodológico-historiográfica que requeriría mayor atención y una reflexión tirando a profunda. Pero, por desgracia, sólo me ha salido lo que viene a continuación.

Prefacio:
Hasta que murió Franco, año arriba año abajo, se entendía por Reconquista ese trabajillo que, a tiempo parcial, caracterizó la Edad Media peninsular. Pero los historiadores, que tienen (tenemos) la bendita y puta manía de dudar de todo, replantearon (aquí no me incluyo porque ni había nacido ni había profesado aún) el concepto y la etimología del vocablo en sí.
[No hubo agallas, si me permiten la expresión y el inciso, de renegar de la propia acción de la Reconquista, factor que habría conllevado titánicos denuedos y más de una maldición para reescribir ocho siglos de nuestra historia borrados de un plumazo].
Así pues, dos grandes tendencias se pusieron muy de moda entre los medievalistas: una, cuestionar el uso de la palabra “Reconquista”, y dos, estigmatizar todo aquello relacionado con la misma para no intoxicar al resto del gremio. Como si la madre Clío nos estuviese regañando: “Reconquista, caca, niño, eso no se toca”.
Abogando por un simplismo ramplón -valga la redundancia-, el meollo de la Reconquista se habría solucionado sin la propia Reconquista. Vamos, que si Tariq no se hubiera marcado la excursioncita nos habríamos ahorrado, ustedes y yo, todo este asunto. Pero la culpa no fue ni de Tariq, ni de Musa, ni de godo alguno, ni del incipiente feudalismo (o no) que brotaba en aquella Hispania y que tantos debates ha hecho proliferar al respecto.
La culpa, muy señores míos, es de los mozárabes. Así, como lo leen.

Estatua de Alfonso II, Plaza de la Catedral, Oviedo

Estatua de Alfonso II el Casto, Plaza de la Catedral, Oviedo. Foto: ferdiazgil (Flickr, licencia Creative Commons)

La culpa es de los mozárabes:
Claro que sí. Los mozárabes podrían haberse quedado quietecitos en al-Andalus, pero su obstinado afán de protagonismo les condujo, entre jornadas del foso y revueltas del arrabal, a la más y mejor directa represión. Ciertamente escarmentados, algunos pusieron rumbo al norte y se toparon con una monarquía astur a la que le vino a ver la virgen (en sentido figurado).
El reino de Asturias, por aquel entonces, era un ente del chichinabo, con perdón. Pelayo fue el jefecillo de unos asnos salvajes (sic), lo de Covadonga fue una piltrafa de batalla, al memo de Favila nos lo mata un oso y Alfonso I fue un yernísimo enchufado: tres hurras por este pedazo de mito fundacional.
Y en éstas arribaron los mozárabes. Alfonso II, que sería casto pero no cortito de miras y precisaba de una ideología a módico precio, tiró de estos Goebbels de baratillo. Como el cliente siempre tiene la razón y los mozárabes eran de todo menos escrupulosos, el resultado fue destrozar la Historia y la genealogía entera para alegar que los reyes astures eran descendientes de los visigodos; de propina, además, se descubrieron los presuntos restos del apóstol Santiago (que ya es casualidad, oigan), una prueba más del detallazo de Dios para con estos cristianos irredentos.
Puede que, en pleno siglo XXI, nos sorprenda que una falsedad tan burda como manifiesta alcanzase rango de “versión oficial”, pero cometemos el error de no pensar como alguien del siglo IX, el error de no ponernos en su escasamente aseada piel. La cosa, no obstante, es que en el siglo IX tampoco habría gente que se tragara tal mentira, mas dicha mentira les convenía sobremanera.
Por tanto, Alfonso III, que de magno sólo tenía el jabón, promovió la redacción de semejante programa político en forma de crónicas. Ya estaba el lío montado.

Verba volant, scripta manent:
Si Alfonso III hubiese encargado un tratado de horticultura, hoy quizás seríamos todos musulmanes y expertos en acelgas. Pero a Alfonso III le dio por defender tan peculiar sagrada providencia reflejada en las crónicas, justificando así sus decisiones.
El paso de las centurias, el frenesí bélico y las miserias cotidianas no lograron discutir lo apropiado del término “Reconquista”. Para las gentes del Medievo la tiranía de lo escrito se impuso sobre el pertinente bulo y/o mentirijilla piadosa. Y ya metidos en la harina de la pseudocruzada -sustantivo válido en 1212-, no placía mucho que te viniese un tiquismiquis y te soltara “no me desuelles al agareno, por favor, que estás luchando por un concepto más falso que un maravedí de cartón piedra”.

A modo de conclusión:
Yendo al grano, lo que un servidor pretende expresar respecto a tan espinoso tema es que no somos nadie para negarles a estas criaturitas medievales el uso de la palabra “Reconquista”. Ellos se lo creían (o querían hacerlo, por venirles como anillo al dedo), mientras que nosotros, acomodaticios medievalistas e historiadores en general, nos ponemos espléndidos y pretendemos rebautizar el asunto sin pedirles permiso en una clamorosa falta de respeto.
Somos bien capaces de distinguir mito y realidad, leyenda e historia. De todos es sabido que, a la más mínima, la Historia es despojada de toda veracidad sin miramiento alguno para acomodarla a intereses particulares. Y es verdad que el tratamiento que se le ha dado a la Reconquista -ahora sin comillas- ha sido irregular y sospechosamente subjetivo en muchas ocasiones. Pero todo ello no debe conducirnos a revisar sólo este caso. O sea, y nunca mejor dicho, o todos moros o todos cristianos.
Porque si ninguna guerra civil puede ser civil, ni nadie habla de la Guerra de los Ciento Dieciséis Años, ¿qué derechos podemos esgrimir para desterrar la maldita palabra “Reconquista” de nuestra Historia?