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El arte y práctica de la diplomacia y la negociación en el mar océano mediante el uso persuasivo de la fuerza A.K.A. La piratería.

El embrollo de los nombres.

Al hablar de piratería encontramos distintos sinónimos asociados a este concepto: piratas, corsarios, filibusteros, bucaneros… Son varios los autores que dedican páginas y más páginas a matizar cada uno de estos nombres; tienen en cuenta su tipo de barco, sus delitos favoritos, la legislación de diversos estados… Muchas consideraciones para sólo poder diferenciar de manera clara entre corsarios y el resto.

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Espadas del fin del mundo

Hace un par de años (o tres, el tiempo es muy relativo y nunca me acuerdo de estos detalles) me dio por el crowdfunding.
Con mejor o peor fortuna —aunque tampoco ha habido ningún descalabro importante, por suerte—, he ido recibiendo los frutos de mis pequeñas, o grandes, inversiones en forma de vino, libros o cerveza,  casi siempre —porque soy una mujer de gustos sencillos y con poco vivo feliz.

Vaya esto por delante para que sepáis que me embarqué en el proyecto de la novela gráfica de la que os vengo a hablar hace bastante (julio de 2015), sin saber muy bien cómo iba a acabar la cosa y sólo porque me interesó el planteamiento —y no son ellos los que se han puesto en contacto con nosotros para que la reseñásemos, ni nos conocemos de nada. Seguir leyendo Espadas del fin del mundo

Gracias, Sir Francis Drake

Es fácil que el turista se olvide de la presencia del mar en Cartagena de Indias: paseando por su centro histórico a pleno sol y en compañía de otros muchos congéneres, el Caribe sigue pareciendo tan lejos como cuando lo vemos en las postales…

Pero Cartagena fue uno de los puertos más importantes de América entre los siglos XVI y XVIII, y algunos visitantes buscan hoy con expectativas un tanto ingenuas los restos de aquel puerto y aquel mar de galeones y piratas. Para esos turistas (entre los que me incluyo), la vista del cordón amurallado, con sus cuatro siglos de historia, provoca una emoción parecida a la que siente el público de un teatro antes de que se abra el telón de una gran obra. El chasco viene después, cuando tras subir fatigosamente las rampas o escaleras que permiten caminar sobre la muralla, ocupar garitas o imaginarse uno mismo como artillero de cañones, se descubre que una nueva muralla de asfalto y coches ahoga desde fuera a la original y se interpone entre la ciudad y el mar, restando mucha poesía a la vista que se ofrece ante sus ojos.

Aun así, el viajero con ganas de echar a volar la imaginación puede consolarse pensando que hace tres siglos el susto por asomar la nariz sobre los muros de piedra podía ser mucho mayor. Piratas y corsarios ingleses o franceses, sobre todo, visitaron con frecuencia Cartagena, atraídos por las riquezas que se acumulaban en la ciudad -uno de los más prósperos enclaves comerciales en la Carrera de Indias-, y animados por sus respectivas monarquías.

Una placa en el  Fuerte de San Felipe recuerda el asedio de la ciudad por el  Barón de Pointis
Una placa en el Fuerte de San Felipe recuerda el asedio de la ciudad por el Barón de Pointis

Las carracas españolas se escoltaron con galeones y pusieron patas arriba medio mundo, transportando manufacturas europeas hacia América, materias primas y metales preciosos americanos con los que inundar las arcas del viejo continente, costear sus guerras, y, algo más tarde, pagar los lujosos y exóticos productos asiáticos. Se comerció también con personas: mano de obra esclava, arrancada de África, con la que cultivar las prósperas plantaciones del Nuevo Mundo. Ante este panorama, Drake fue uno de los primeros en dejar constancia de que ni sus compañeros de profesión ni las demás potencias coloniales estaban dispuestos a quedarse mirando el monopolio español. Asaltos como el de Sir Francis Drake en 1586 (con tan alto título lo había premiado la reina Isabel I de Inglaterra por sus servicios a la corona), que se saldó con la quema de la ciudad y su liberación sólo después del pago de un elevado rescate, habían convencido a Felipe II  para ordenar la construcción de la muralla que le  valió a Cartagena el sobrenombre de “la inexpugnable” (o casi). No podía imaginar el monarca en cuyo Imperio no se ponía el sol, que toda aquella plata expoliada en América y tan celosamente defendida de los avaros ataques de otros vecinos europeos, iba  a colapsar el mercado español, provocando la famosa inflación del siglo XVI y, después, la profunda crisis del XVII.

Hay que decir que cuando el presente se transforma en Historia, y ésta se evoca varios siglos después desde un breve post que además pretende ser ameno, se corre el riesgo de que parezca que se banalizan hechos que causaron enorme sufrimiento e injusticias que aún hoy colean, como el exterminio y sometimiento de los pueblos originarios de América, o el tráfico de esclavos. Nada más lejos de mi intención.

Dicho esto, y volviendo a mirar este relato con los ojos del turista que visita hoy la evocadora Cartagena de Indias con expectativas de encontrar vestigios de historia y confirmaciones a su imaginario, hay que dar las gracias a los colonos  que levantaron la ciudad por el acierto  con  que alinearon y colorearon sus enormes casonas de piedra, la sombra de los grandes árboles tropicales que respetaron,  y la armonía  de torres y cúpulas que con que dibujaron el perfil de la ciudad. Y por supuesto, hay que agradecer  a Sir Drake y a sus amigos  aquellas visitas  que fueron el pistoletazo de salida para la construcción del corralito de piedra (como los cartageneros gustan de referirse a su ciudad vieja, custodiada como un rebaño en el redil de su muralla).

Una nave histórica amarrada en el antiguo puerto
Una nave histórica amarrada en el antiguo puerto

Así que se podría decir que los piratas, pese a todo, salvaron a esta pequeña joya que desde 1984 es Patrimonio UNESCO, provocando la construcción de una muralla que ha podido así preservar un casco histórico casi intacto. Extramuros, el desarrollo urbanístico desenfrenado, no planificado o de planificación dudosa, ha hecho más estragos a la Bahía de Cartagena que muchos ataques de piratas juntos…Creo que visitar Cartagena merece la pena tanto por la belleza del patrimonio que conserva (y por su gente, de una hospitalidad maravillosa), como por la reflexión que inspira sobre la fragilidad de ese mismo patrimonio. Quién sabe hasta cuándo resistirá la muralla…