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Sophie Scholl y la Rosa Blanca

“A través de un gradual, traicionero y sistemático abuso, el sistema ha encarcelado a cada hombre en una prisión espiritual.”

La Rosa Blanca

La Alemania bajo la dictadura del Canciller Adolf Hitler (1933-1945) se caracterizó por una callada aceptación y participación de la población en los mecanismos de represión que desde el estado y el Partido Nacionalsocialista se pusieron en marcha para recortar las libertades y los derechos que habían sido conquistados durante la corta, brillante y trágica vida de la República de Weimar (1918-1933).

En esa sociedad donde la delación se había aceptado como un hecho más de la vida cotidiana, donde la población se vigilaba a sí misma, aún hubo algunos que superaron el terror natural del hombre a la exterminación física, convirtiéndose en parte de la resistencia, del enemigo interior contra el que el nazismo no dejó de luchar nunca.

La historia de los hermanos Scholl (Hans y Sophie), Alex Schmorell y Cristian Probst, retratada en las películas de Marc Rothemund (Sophie Scholl, los últimos días, 2005) y de Michael Verhoeven (La Rosa Blanca, 1982) es la historia de unos estudiantes universitarios que desde 1942 hasta su muerte, condenados a la pena capital por guillotina, practicaron la rebeldía de las ideas. En un régimen que había decretado la total adhesión de la población a las organizaciones del partido (sindicatos únicos entre los que estaba la organización de estudiantes nazi, la Liga Nacional de Estudiantes), estos jóvenes organizaron un grupo que cuestionaba la propaganda nazi. No practicaron nunca la rebelión violenta, se limitaban a distribuir panfletos de forma anónima entre los estudiantes. Se denominaban La Rosa Blanca.

Y es que, al margen del conocimiento o no de la barbarie cometida por el régimen contra los judíos, la población era consciente y muda consentidora de la represión contra la disidencia política. Aceptaban la propaganda del Partido y el estado sin cuestionársela, aunque la realidad llevara abofeteándoles varios meses.

Bertolt Brecht se hacía eco del inmovilismo de su sociedad ante la represión:

“Primero cogieron a los comunistas,/yo no dije nada por que yo no era comunista./ Luego vinieron por los obreros,/ yo no dije nada porque no era ni obrero ni sindicalista./ Luego se metieron con los católicos,/ y no dije nada porque yo era protestante,/ Y cuando finalmente vinieron por mí,/ no quedaba nadie para protestar”[1].

Estos estudiantes fueron condenados a muerte en juicios sumarios por un sistema judicial controlado por el partido y que consideraba, por decreto ley, que la legalidad y la jurisprudencia emanaban del Fürher y éste no podía ser cuestionado por los jueces y magistrados. La farsa de juicio les condenó a muerte por el delito de alta traición pero era la sociedad alemana la que estaba delinquiendo en su propia traición.

Lectura y visionados recomendados:

- El Laberinto Alemán de José Ramón Díez Espinosa

- Rebeldes del Swing (EE.UU. 1993)

- El hombre de la cabina de cristal (EE.UU. 1975)

[1] No puedo afirmar que esta cita pertenezca a Brecht, en el articulo de la Wikipedia enlazado se atribuye dicha cita a Martin Niemoeller.