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Hamish

Cuando las vacas salvaron a la Humanidad

Vaya por delante, si me perdonan la expresión, que a mí las vacas me caen de puta madre. Me es imposible ser objetivo con tan adorables rumiantes. Gracias a ellas obtenemos chuletones, leche, cachopos, bostas para abonar nuestros campos, quesos, mantequilla, cuero, entrecots, cecina, yogures y hasta pergaminos. Incluso, con suerte, puedes disfrutar de leche merengada si tu vaca lechera no es una vaca cualquiera. ¡Pardiez, pero si hasta hay vacas con club de fans propio!

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Mujeres y medicina en Roma

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Cualquier persona que se haya acercado, aunque sea mínimamente, a la historia de la medicina en la Antigüedad Clásica, conocerá los nombres de Hipócrates y Galeno. Los dos médicos griegos fueron los pilares sobre los que se asentó toda la medicina occidental hasta el advenimiento de la Revolución Científica, ya bien entrado el siglo XVIII. No hace falta decir que, además de estas dos figuras fundamentales, existió toda una legión de médicos, cirujanos y otro tipo de practicantes de la medicina que mantuvieron en funcionamiento el, por así llamarlo, sistema sanitario existente en la época grecorromana. La actividad de todos estos profesionales sanitarios de la Antigüedad Clásica se conoce bastante bien gracias a los estudios que se han venido haciendo desde finales del siglo XIX.

Menos se ha sabido del rol que jugaron las mujeres en la medicina grecorromana. En los últimos años, sin embargo, se ha avanzado en ese conocimiento, gracias a numerosos trabajos de investigación en campos como la arqueología, la historia de la medicina y, también, las disciplinas de corte filológico. En este artículo nos centraremos precisamente en la contribución que la filología clásica ha hecho a la comprensión del papel que desempeñaron las mujeres en la medicina de la época romana. En ese sentido, es importante saber que existen textos, si bien no muy numerosos, que nos informan sobre la existencia de mujeres dedicadas al ejercicio de la medicina en la Roma de la Antigüedad. Esos testimonios escritos se encuentran generalmente en tratados médicos y textos jurídicos, pero también en obras literarias, y en inscripciones funerarias.

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En cualquier caso, el estudio detallado de esos testimonios nos ha permitido descubrir la existencia de tres grandes categorías en las que se encuadraban las mujeres que practicaban la medicina en Roma:

La primera categoría es la de las obstetrices, a las que podemos considerar una especie de comadronas. Se encargaban de asistir a las mujeres durante el parto, aunque en los casos difíciles tenían que ser ayudadas por los médicos especializados. También administraban drogas para provocar abortos o lograr la fertilidad. Además jugaban un papel muy importante en ciertas disputas legales. Por ejemplo, en los casos de divorcio en los que las mujeres negaban estar embarazadas para privar a sus ex maridos de un heredero legítimo, ellas eran las encargadas de demostrar sí existía o no ese embarazo. También comprobaban que las esclavas vendidas como vírgenes lo eran efectivamente.

En la segunda categoría encontramos a las medicae, cuya función es muy difícil de diferenciar de la de las obstetrices. Generalmente se considera que desempeñaban el mismo papel que aquéllas, pero que sin embargo tenían un nivel de instrucción teórica muy superior. Una segunda diferencia, más importante, es que no sólo se ocupaban de labores ginecológicas y obstétricas, sino también de otras disciplinas médicas. Además, las medicae solían ser mujeres libres, que gozaban de cierta consideración social, y que podían incluso hacer fortuna gracias al ejercicio de la medicina. Por el contrario, las obstetrices eran normalmente esclavas o libertas, esto es, esclavas que habían sido liberadas por sus amos pero que seguían estando bastante mal consideradas socialmente. Así, en los textos literarios suelen presentarlas como incompetentes, borrachas y supersticiosas. Además, se las acusaba frecuentemente de tráfico de niños o de administrar abortivos prohibidos.

La última categoría es la de la iatromea, una figura borrosa a la que se supone o bien medio camino entre las obstetrices y las medicae, o bien en un peldaño más arriba, como una especialista que combinara los saberes de ambas.

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Antes de poner fin a nuestro artículo, es importante dejar claro que estas distinciones sólo valen para la época posterior a la introducción de la medicina griega en Roma. Antes de eso, las únicas mujeres que practicaban la medicina en Roma eran las comadres, es decir, mujeres sin ningún tipo de instrucción profesional y cuyas prácticas se acercaban más a la magia que a la medicina. Por el contrario, después de la llegada a Roma de la medicina griega, surgieron estas figuras de las obstetrices, las medicae y las iatromeae, que sí contaban con una cierta formación profesional, aunque no fuera científica, ya que no es posible hablar estrictamente de ciencia médica con anterioridad al siglo XIX, aunque en la medicina griega sí podamos hallar algunos rasgos que apuntan la existencia de una cierta mentalidad científica.

* * *

Una versión más puramente académica de este artículo puede encontrarse en:

J.P. Barragán Nieto, “El espacio de la mujer en la medicina romana”, en F. Oliveira, C. Teixeira y P. Barata Dias. (coords.). Espaços e Paisagens (Proccedings of the VII Congresso da Asociaçao Portuguesa de Estudos Clássicos). Coimbra: APEC; 2009. vol. I, pp. 83-88.  Accesible en http://es.scribd.com/doc/137852933/Barragan-Nieto-2009-El-espacio-de-la-mujer

Imágenes:

1)     Mosaico procedente de Centocelle, siglo I d.C.

2)     Relieve procedente de Isola Dell’ Sacra, Ostia, siglo I a.C.

3)     Imagen de Juno, siglos I-II d.C.

La Terrible Historia de la Eugenesia

«60.000 marcos [aprox. 250.000 €] es lo que esta persona con defectos hereditarios le cuesta al Estado durante toda su vida. ¡También es su dinero, ciudadano! Lea Neues Volk, la revista mensual de la Oficina de políticas raciales del NSDAP.» Este cartel podría ser la ilustración perfecta para uno de los episodios más oscuros de la reciente historia de la ciencia: el abrumador éxito de la eugenesia desde finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX.

El padre de la teoría eugenésica moderna fue el científico inglés Francis Galton (1822-1909). Galton, que hizo investigaciones en diversos campos científicos, como la meteorología, la biología o la estadística, quedó profundamente marcado por la lectura de El origen de las especies, de Charles Darwin (quien, por cierto, era su primo), y llegó a la conclusión de que era necesario aplicar una selección artificial al ser humano para evitar la decadencia de la especie. Por extraño que nos parezca hoy día, las ideas de Galton tuvieron un éxito arrollador y fueron adoptadas por una gran parte de la población educada del mundo occidental, aunque de una manera bastante más radical que lo previsto inicialmente por Galton: era necesario impedir que los seres humanos inferiores (enfermos mentales, homosexuales, inmigrantes, judíos, extranjeros, etc.) se reprodujeran más rápido que los superiores, porque si eso ocurría, se produciría el colapso de la especie humana.

Hoy en día es evidente la carga de racismo que contiene la teoría de la eugenesia, pero eso no ocurría entonces. Estar a favor de ella era avanzado, era progresista, era preocuparse por el mundo que se iba a entregar a la generación siguiente. La eugenesia era la teoría científica del momento. Los científicos la aceptaron. Se investigaba en las universidades y en otros centros especializados, y esa investigación la financiaban tanto los estados como prestigiosas fundaciones privadas. Grandes personajes de la política y las artes afirmaron públicamente su importancia y la necesidad de ponerla en práctica para evitar una catástrofe. Entre sus defensores se encontraban políticos como Theodore Roosevelt, Winston Churchill y Salvador Allende, inventores como Alexander Graham Bell, o literatos como George Bernard Shaw y H.G. Wells.

Es de sobra conocido cuál fue el final de ese camino: el extermino masivo de judíos, homosexuales, discapacitados y enfermos mentales, entre otros, en los campos de concentración nazis. No lo son tanto sus etapas intermedias, como las brigadas de «Higiene social», las esterilizaciones forzosas o los programas de «defensa de la raza» que se desarrollaron durante la primera mitad del siglo XX en Estados Unidos, Escandinavia o Chile, entre otros países. En cualquier caso, las atrocidades nazis eliminaron todo el prestigio que tenía la eugenesia, aunque durante los años 60 y 70 se siguieron practicando esterilizaciones forzosas en los países escandinavos.

Para saber más:

M. Crichton, «¿Por qué es peligrosa la politización de la ciencia?», apéndice teórico a la novela Estado de miedo, Madrid 2004.

Fuentes de las imágenes:

1) Cartel de propaganda nazi a favor de la eugenesia, Wikipedia: http://upload.wikimedia.org/ wikipedia/commons/1/12/EnthanasiePropaganda.jpg.
2) Francis Galton, padre de las teorías eugenésicas, Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/ Archivo:Francis_Galton_1850s.jpg.
3) Judíos «inútiles para el trabajo», de El album de Auschwitz, la única colección de fotografías de la época que muestra el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau en funcionamiento: http://www1.yadvashem.org/exhibitions/album_auschwitz/index.html.

La trepanación: Vivir con un agujero en la cabeza

 

En la película Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal, el héroe de la saga debe buscar a un antiguo colega desaparecido en el Perú. Durante esa búsqueda encuentra un misterioso cráneo deformado tallado en cristal de roca. No es cuestión de desvelar aquí el final de la película descubriendo quién es el dueño del cráneo. Lo que nos interesa es que, por muy extraño que parezca, la calavera de cristal se inspira en hechos reales. En concreto, en los cráneos deformados encontrados en las necrópolis de la llamada cultura de Paracas, que se desarrolló en el Antiguo Perú. En esta cultura, y por razones bastante oscuras, a algunos niños se les aplicaban vendajes opresivos en la cabeza antes de que se les hubieran endurecido los huesos del cráneo. El resultado era una cabeza deformada, generalmente en forma de melón, como la de la imagen inferior, aunque podían obtenerse otras formas según el modo en que se dispusieran los vendajes. Pero también practicaban otro tipo de intervenciones sobre el cráneo.

Cráneo deformado de la cultura de Paracas

La trepanación era, sin duda alguna, la más extendida de dichas prácticas. Es una operación quirúrgica que consiste, literalmente, en hacer agujeros en el cráneo. Era practicada por los paracas, como acabamos de decir, pero también por otros muchos pueblos, tanto en América como en el resto del mundo. En Europa se han encontrado cientos de cráneos trepanados provenientes de épocas prehistóricas. Es más, la trepanación fue una práctica bastante habitual en la medicina occidental hasta el Renacimiento, como atestigua, por ejemplo, el famoso cuadro de El Bosco La extracción de la piedra de la locura.

 

La extracción de la piedra de la locura, El Bosco

Existían diversas maneras de practicar una trepanación. La forma más primitiva consistía en golpear repetidamente el cráneo con una piedra afilada hasta agujerearlo. Con el tiempo se fueron utilizando instrumentos más precisos, como punzones, cuchillos, sierras y taladros.
¿Cuáles eran las razones para practicar la trepanación? Es difícil de saber, pero se suele apuntar a que las primeras trepanaciones se llevaron a cabo por razones rituales. En épocas posteriores se practicaron generalmente por razones médicas. Así, entre los pueblos de cazadores y recolectores, de creencias animistas, se pensaba que las enfermedades estaban producidas por espíritus malignos que se introducían en el cuerpo de las personas y las hacían enfermar. Una de las formas de expulsar a esos espíritus malignos era hacer un agujero en el cráneo del enfermo para que el espíritu pudiera salir del cuerpo más fácilmente. En la medicina grecorromana, más científica, la trepanación se practicaba principalmente para aliviar la presión intracraneal después de un golpe en la cabeza, algo muy común en el ejército.
Quizá lo más sorprendente a nuestros ojos es que una gran parte de los pacientes sobrevivían a las trepanaciones. Esto se deduce del hecho de que muchos de los cráneos trepanados que se conservan muestran los huesos volvieron a crecer tras la operación.
Por último, es de destacar que un extraño paralelo de la trepanación alcanzó un éxito enorme como tratamiento médico durante la primera mitad del siglo XX. Se trata de la lobotomía, de cuya oscura historia hablaremos otro día.

Fuentes de las imágenes: Calavera de cristal, Cráneo deformado.