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¿El sí de las niñas?

En 1940, Pablo Picasso visitó las recién descubiertas cuevas de Lascaux en la Dordoña francesa. Allí contempló pasmado la interpretación que nuestros prehistóricos antepasados habían hecho de diversos animales –ciervos, caballos y toros, entre otros- y se dio cuenta de que, en realidad, no eran tan diferentes de los que habían protagonizado, apenas tres años antes, su inmortal Guernica. De modo que Picasso, perplejo, no tuvo más remedio que concluir que “nous n’avons rien inventé”. Vamos, que no hemos inventado nada.

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Diez curiosidades de Salamanca

Salamanca, capital de la provincia del mismo nombre, cuenta con una población estimada de casi 150.000 habitantes. Uno de ellos -aunque se empeñe en no empadronarse- es quien esto escribe, que además ha podido estudiar e investigar en su universidad. Siempre queda bien escuchar eso de “ah, vives en Salamanca, qué suerte”, pero confieso que, al mismo tiempo, cansa leer la típica ristra de estereotipos facilones que pueblan guías, revistas y blogs de viajes. Culpa de ello también la tenemos los historiadores y la alergia de muchos a divulgar, de ahí el listado que viene a continuación.

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Si no hay lomo…

Antes de comenzar, querría pedirles perdón por algo bien sencillo: no son contemporaneísta. También pediría perdón por escribir contemporaneísta en cursiva, porque es una palabra de plena aceptación en el mundillo de los historiadores, pero se ve que nuestro mundillo es pequeño porque la RAE no ha oído hablar de él. Y si la RAE no admite una palabra, servidor que la pone en cursiva, así de estricto soy.

El asunto es que, pese a no ser contemporaneísta, tengo un papelito que certifica que soy licenciado en Historia. En toda la Historia. Es como los diplomas de los cursos de natación, que pregonaban que estabas capacitado para nadar, pero no decían donde y se lavaban las manos si con ocho años querías cruzar el Atlántico. Así que, si me permiten el símil, me disfrazaré de contemporaneísta y, con todo el cuidado del mundo, evitaré irme a lo hondo, donde no me cubra.

A fin de cuentas, a cualquiera le gusta la Historia Contemporánea, al menos la del siglo XX (a mí es que el XIX, quitando momentos puntuales, me parece de un tedio magnífico). Y yo tuve mis escarceos con ella, interesado como estoy en el tema de la memoria histórica, de lo cual hablaré en otro día si mis jefes en este blog me lo permiten y si termino de arrancar con este artículo.

Retrocedamos en el tiempo en busca de la mina de oro del cine español, esto es, hasta la Guerra Civil y anexos, una época más turbulenta que la política de alcoba de Isabel II (de España, de la del Reino Unido prefiero no preguntar). Sin embargo, hay anécdotas capaces de romper la infinita rutina de salvajadas y atropellos cometidos en aquellos años y, en menor medida, de sacar una sonrisa a quienes se hallen investigando sobre la materia.

Aceuchal, 1922 (Fondo Fotográfico Fernando Garrorena, Diputación de Badajoz)
Aceuchal, 1922 (Fondo Fotográfico Fernando Garrorena, Diputación de Badajoz)

El hambre, ese jinete del apocalipsis que antaño cabalgaba por nuestros campos, agudiza el ingenio. Pero cuando uno se comería hasta los baldosines de las calles una cosa es ser ingenioso y otra bien distinta es ser un idiota redomado: prueba de ello es el documento que hoy traigo a colación, y nunca mejor dicho, encontrado por quien esto escribe en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, antiguo Archivo de la Guerra Civil.

Estamos en febrero de 1936, en el pueblo de Aceuchal (Badajoz), famoso no por sus vinos -y eso que pertenece a la Tierra de Barros-, sino por sus ajos. Tras ganar las elecciones el Frente Popular, cohortes milicianas recorren la región causando tumultos en diversas localidades, entre ellas Aceuchal: mil cien milicianos irrumpen en una población de cinco mil habitantes y, a su manera, la lían parda, tal y como demuestra el informe que expongo a continuación.

“Qué han destruidos (sic):
Iglesias: Ninguna.
Conventos: Ninguno.
PUENTE: Intentaron volar el que existe en esta carretera a Badajoz, entre esta villa y Villalba de los Barros y por falta de pericia dinamitera, sólo consiguieron ligeros desperfectos.
Domicilios particulares: Ninguno.
Comercios y almacenes: Ninguno asaltaron en masa. Sí se dedicaron algunos a exigir en los establecimientos alpargatas, gorras, calcetines, pañuelos y otros útiles. En casas particulares, varias veces exigieron comida prefiriendo siempre con exigencia jamón, lomo etc., rechazando cuando alguien les facilitaba chorizo, morcilla o tocino“.
(Archivo de la Guerra Civil, P. S. Extremadura, leg. 24, nº 54, fol. 1; la cursiva es mía).

A situaciones tan delirantes como la anterior conducía la jambre a los extremeños. ¿Hambrientos? Como Carpanta. ¿Pobres? De solemnidad. ¿Cafres? Y garrulos, si nos ponemos. Pero con una moraleja para la infancia: si no hay lomo… asaltad a quienes lo tengan.