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Una, grande, libre… ¿e imperial?

A pesar de que estemos en pleno 2011 todavía hay aspectos de la política franquista que permanecen ocultos al gran público, esperando quizá una obra definitiva que los saque a la luz. Este artículo no será esa obra, por supuesto, pero tiene como objetivo primordial esbozar unas pinceladas de algo que muchos ignoran: las fallidas aventuras coloniales del franquismo. Para ello nos remontaremos a octubre de 1940.

Actas del encuentro de Franco y Hitler
Actas del encuentro de Franco y Hitler

En esa fecha, Hitler acude a Hendaya y negocia con Franco los términos y condiciones para que España entre como aliada en la II Guerra Mundial. Mientras el Führer sólo pedía las Canarias, una base naval y quizás la isla de Fernando Póo, Franco se descolgó exigiendo -según reza la tradición- Gibraltar, Marruecos, Guinea y gran parte del imperio colonial de una Francia en descomposición. Sin embargo, las actas del encuentro no recogieron una conversación que sí detalló en sus memorias Joachim von Ribbentrop, ministro de exteriores alemán:

“El Caudillo llevó aparte al Führer y le rogó que entretuviera a Pétain, convocándole con cualquier motivo, para así poder colmar una de las aspiraciones de Franco: invadir Andorra”.
(von Ribbentrop, J., “Zwischen London und Moskau“, 1953, p. 78).

Pétain había sido en 1939 embajador en España y, obviamente, conocía las cloacas del incipiente nacionalcatolicismo. Franco se amparaba en el apoyo de la Iglesia para reclamar para sí la posesión de Andorra, un principado cuyos jefes de Estado todavía hoy son el Presidente de la República Francesa y el obispo de La Seu d’Urgell. Para Franco resultaría muy sencillo que el obispo suplente de Urgell, Ricard Fornesa, cediese su mando sobre el pequeño país; contaba, asimismo, con la ayuda del también catalán Enrique Plá y Deniel, obispo salmantino, futuro arzobispo primado de España y amigo íntimo de los dos, quien mediaría para que el plan llegase a buen puerto.

Franco y Mussolini, en Bordighera
Franco y Mussolini, en Bordighera

Meses más tarde, en febrero de 1941, Franco se reunió con Mussolini en Bordighera. Il Duce trató de convencer a Franco para que participara en la guerra, pero el español se negó mientras no se le cediesen trigo, combustible, los territorios antes mencionados… ¿y algo más? No lo expuso abiertamente en sus Diarios, pero el conde Ciano, ministro de exteriores italiano, dejó al respecto unas curiosas notas:

En vez de solicitar la entrega de Juan de Borbón, quien desde Roma (bajo una eventual amenaza de Mussolini) se oponía al régimen y deseaba reinar en España, Franco insinuó durante la comida, tal vez de manera lacónica, que él era depositario de los derechos dinásticos de la monarquía hispana en tanto en cuanto Jefe de Estado. Días después, Il Duce me confesó sus temores: Franco podría presionar a Hitler y añadir el Milanesado y Cerdeña a sus pretensiones.
(Ciano, G. G., “Diario“, 1946, p. 371).

No obstante, los servicios secretos de Alemania e Italia abortaron la entrada en la II Guerra Mundial de España, que adoptó desde entonces el famoso término “no beligerancia”: esto es, Franco aguardaba el desarrollo de los acontecimientos con un apoyo nominal al Eje, aunque no dudaría en beneficiarse de una probable salida italogermana del norte de África. El devenir de la contienda, la victoria aliada y el ostracismo español, sin embargo, obligaron a Franco a posponer sus planes durante décadas.

Fueron ésas unas décadas (cuarenta, cincuenta y sesenta) en las que Franco encerró a España en sí misma, como un niño enfurruñado. Él era España y España era él. Milanesado y Cerdeña al margen, la herida abierta, sangrante, supurante, era la andorrana: Franco no entendía, por ejemplo, cómo Andorra prefería tener como copríncipe a un socialista como Léon Blum, ni cómo este socialista podía aceptar -si tan socialista se decía- semejante rango, de no ser por las ventajas para Francia de contar bajo su manto con un doble paraíso fiscal, Mónaco y Andorra, para evadir capitales. Asimismo, la idea de forzar al obispado de La Seu d’Urgell no gozaba del beneplácito del Vaticano y Franco renunció a contrariar a uno de sus pocos aliados internacionales: él, como otros tantos españoles, debería conformarse con la Andorra de Teruel y, como mucho, ahorrarse el IVA comprando radios en el país pirenaico.

Aún así, el sueño de Franco no se había extinguido. Los libros de texto de la época atestiguan el empecinamiento nacionalcatólico en recordar las glorias imperiales. Obligó a bautizar como “camiseta imperio” a dicha prenda, popularizada gracias al servicio militar obligatorio. Más aún, en alguna conversación informal alardeaba de que sólo necesitaba añadirle otra cabeza a su emblema del águila de San Juan, el hoy llamado “pollo”, para así convertirlo en el águila imperial de la Casa de Austria.

Fue en los años setenta cuando, habiendo garantizado (a trompicones y sui generis) el desarrollo económico español, Franco retomó su plan, en esta ocasión con más ambición todavía que treinta años atrás. Las circunstancias históricas así lo propiciaban, en realidad. El dictador había tutelado la formación del príncipe Juan Carlos, a quien incluso animó a casarse con Sofía de Grecia. La boda se celebró en 1962 y fue ampliamente recompensada por Franco cediéndole a Juan Carlos la sucesión en la jefatura estatal.

Boda de Juan Carlos y Sofía
Boda de Juan Carlos y Sofía

La decisión no era un gesto desprendido, sino un paso necesario para más altas miras. Franco estaba al tanto, gracias a subterfugios diplomáticos, de la inestabilidad de la monarquía helena, sujeta a la denominada Dictadura de los Coroneles desde 1967. De hecho, en la Fundación Francisco Franco se custodia un documento de Fernando María Castiella, ministro de exteriores por entonces, muy esclarecedor de las intenciones franquistas:

El Caudillo nunca desayuna, almuerza o cena sin saber antes qué es de Grecia, cuál es las (sic) situación de Constantino II y la disposición de la Armada griega. Como un moderno Alejandro Magno, sabe que es imposible controlar Grecia sin garantizar el dominio del Egeo.
(Archivo FNFF, sección Exteriores, leg. 118, doc. 14).

La estrategia de Franco era obvia. En caso de debilidad de la corona griega podría presentar a Juan Carlos y Sofía como los perfectos candidatos para reemplazar al impopular Constantino II. Todo había sido calculado por Franco: Sofía aportaba la legitimidad dinástica, pese a que sería reacia a suplir a su hermano, mientras que Juan Carlos ostentaba los títulos nobiliarios de los ducados de Atenas y Neopatria, región donde nuestro actual rey disponía de gran apoyo social. Sin embargo, el exilio de Constantino II y el derrumbe de la dictadura militar no fueron aprovechados por Franco, quien -como tanto ha repetido Pío Moa- “pecó de gallego y cauteloso. Pero sobre todo de gallego” (Moa, P., De un tiempo y de un país, 2002, p. 207).

Quedaba, no obstante, un último objetivo franquista: Portugal. Cierto es que Franco y Salazar siempre habían hecho buenas migas, pero la asunción del poder en el Estado Novo por Marcelo Caetano y, sobre todo, la muerte de Salazar rompieron esa bonita amistad. Asimismo, la Revolución de los Claveles (1974) asustó al gobierno franquista, temeroso de un contagio allende las fronteras, pero también reavivó viejas llamas.

Por un lado, Franco envidiaba que un país como Portugal, pequeño y arrinconado, conservara aún colonias en África y Asia, huellas de su esplendor pretérito. Por otro lado, Arias Navarro, recién llegado a la presidencia nacional, buscaba un gesto firme que le asentara y despejara su fama de blandito en comparación con el asesinado Carrero Blanco. No hacía falta mucha más excusa que esta conjunción astral de hambre y ganas de comer, aunque en caso de conflicto internacional la dictadura franquista planteó esgrimir otro título del príncipe Juan Carlos: a él le correspondía, por legítimo derecho, el reino del Algarve, que aún hoy le pertenece.

Así pues, España invadiría Portugal, la conquistaría con facilidad (sin plan alguno, eso sí, para la cuestión de un Juan de Borbón afincado en Estoril) y cumpliría el nunca extinto proyecto de una Unión Ibérica que campeara, imperial y colonial, de nuevo por el mundo. Un reflejo de aquella España -y Portugal- de Felipe II, donde nunca se ponía el sol. No se preveía demasiada resistencia lusa, pero para evitar disgustos, Arias Navarro le comunicó a Kissinger las intenciones de ir a la guerra contra Portugal. Los miembros del Departamento de Estado yanqui se llevaron las manos a la cabeza (¿más tensiones aún en la Europa de la Guerra Fría?) y sutilmente fueron retrasando el visto bueno a las operaciones.

Tanto lo retrasaron que Franco murió, en su cama, sin concretar ninguna de sus ilusiones imperiales. Ni siquiera reconquistando Gibraltar… y hasta perdiendo el Sáhara Occidental.