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O General sem Medo

Los perros son unos animales simpatiquísimos y admito que ganas no me faltan de tener uno. Sólo me lo impide mi casero y dos cuestiones: los residuos que genera (cacotas varias, claro) y su manía por remover la tierra sin saber qué narices van a encontrarse. El cadáver de un opositor portugués, por ejemplo, lo típico que te sucede si eres un pastor de Villanueva del Fresno en 1965 y a tu perro le da por comportarse como un perro.

Humberto Delgado posa con la bandera portuguesa
Humberto Delgado posa con la bandera portuguesa (Fuente: http://humbertodelgado.pt)

Pongámonos en antecedentes, porque un cadáver no llega así por así al hocico de tu perro. El cadáver en cuestión era el de Humberto Delgado (1906-1965), controvertido general del ejército portugués, y estaba acompañado por el de su secretaria y amante. Obviamente, tal descubrimiento fue reseñado en los telediarios portugueses tras pasar la pertinente censura.

Pero en Aquí fue Troya no estamos para censurar nada, sino para contarlo todo: a Salazar, dictador del país vecino, no le hacía demasiada gracia la mera existencia de Humberto Delgado, con lo amigos que ambos habían sido. El propio Delgado había participado en el golpe de Estado que el 28 de mayo de 1926 acabó con la I República de Portugal e instauró la dictadura militar; es más, durante casi tres décadas este general de las fuerzas aéreas desempeñó importantes cargos al servicio de la misma y del Estado Novo. Un hombre leal al régimen… hasta que se le rompió el amor de tanto usarlo.

 

O General nas Eleições

Humberto Delgado, aclamado en Oporto
Humberto Delgado, aclamado en Oporto (Fuente: http://humbertodelgado.pt)

De ese hastío y del ofrecimiento de la oposición democrática al régimen surgió la candidatura de Humberto Delgado a la presidencia republicana portuguesa, cuyas funciones eran meramente ceremoniales. No obstante, recordemos que el humildísimo Salazar sólo -institucional y nominalmente hablando- era primer ministro. Ya, claro, sólo primer ministro. Había que ser muy inocente para creérselo. O eso o ser Humberto Delgado, quien, tras preguntársele qué haría con Salazar si venciese en las elecciones, respondió “Obviamente, demito-o!” (“¡obviamente, lo destituyo!”).

La cosa es que Salazar, por si alguien no lo había adivinado, no era un primer ministro cualquiera. De entrada, y pese al gran apoyo popular dado a Delgado allá donde acudía, la duda del pucherazo sobrevoló los comicios del 8 de junio de 1958, donde Delgado obtuvo un mísero 25% frente al rotundo 75% del candidato oficialista, Américo Tomás.

Delgado, tan optimista como ingenuo
Humberto Delgado, tan optimista como ingenuo (Fuente: http://praestantia1.blogspot.com)

Por si no bastara, a los delegados demócratas no se les permitió inspeccionar el voto, cambiando Salazar la ley para evitar futuros sustos y chapuzas electorales: del sufragio directo se pasó a uno indirecto -un colegio electoral designado a dedo- que perpetuara al nada intervencionista Américo Tomás en la presidencia. Y aprovechando que el Dão pasa por Viseu, Humberto Delgado fue despedido de las fuerzas armadas portuguesas. Se evitaba así cualquier resistencia interna al régimen y, sobre todo, se le despojaba de la inmunidad militar ante la PIDE (Polícia Internacional e de Defesa do Estado).

 

O General no Exilio

Dado que el ambiente estaba calentito en Portugal, Humberto Delgado solicitó asilo en la embajada de Brasil en Lisboa a principios de 1959, huyendo meses después a Río de Janeiro. Una vez allí concluyó que, si un clavo saca a otro clavo, el golpe de Estado era la única forma de derrocar a un Salazar que andaba con la mosca detrás de la oreja tras sofocar la tentativa del golpe Botelho Moniz, liderado en abril de 1961 por militares hasta entonces afines a -y miembros de- su gobierno.

Ese mismo 1961 fue calentito para Humberto Delgado. Comenzó el año asumiendo la responsabilidad del secuestro del trasatlántico Santa María en aguas brasileñas, continuó convenciendo a varios militares para efectuar un nuevo golpe de Estado y terminó entrando clandestinamente en Portugal para coordinar desde Beja las operaciones del mismo en cuanto arrancara 1962. Sin embargo, la conspiración fue descubierta y Delgado tuvo que escapar, primero a Madrid (donde ridiculizó a la PIDE fotografiándose con el Ya) y después fuera de Europa, primero a Brasil y después a Argelia.

Pese al fracaso, Humberto Delgado maduró la idea del golpe de Estado en Argelia, donde se le reconocía como líder de una Frente Patriótica de Libertação Nacional fragmentada en diversas corrientes de opinión. La división de opiniones propició que ninguno de sus planes saliese adelante y que, de paso, la PIDE le devolviera el gol por la escuadra.

 

O General enganado

Sabedores del peligro que entrañaba un Humberto Delgado haciendo amigos por África, agentes de la PIDE se infiltraron en la oposición a Salazar y se ganaron la confianza de Delgado. Éste viajó a Badajoz junto a su secretaria y amante, Arajaryr Campos, para reunirse con los agentes el 13 de febrero de 1965. Estando en Badajoz los agentes, comandados por António Rosa Casaco y Casimiro Monteiro, les invitaron a acercarse a Olivenza, una reclamación clásica del nacionalismo portugués más recalcitrante y a cuyo ayuntamiento Delgado ya había propuesto quemar como medida propagandística ante la comunidad internacional.

Aún así, no hubo forma ni de pisar Olivenza ni mucho menos de sacar a pasear el mechero. Delgado y Campos fueron trasladados a las cercanías de Villanueva del Fresno, donde fueron asesinados sin dejar rastro por los agentes de la PIDE. De hecho, y tras un par de meses sin noticias de Delgado, miembros de la Federación Internacional de Derechos Humanos buscaron, sin éxito, el cuerpo del general.

Hasta que llegó el perro del principio. Y hablando del principio, ya va tocando el final.

 

O General após de morto

Estatua de Delgado en Oporto
Estatua de Delgado en Oporto (Fuente: http://humbertodelgado.pt)

Salazar se desentendió del asesinato de Delgado. Se desentendió tanto que sus palabras al respecto fueron “uma maçada” (“un rollo”). El franquismo, por su parte e intentando no enturbiar las relaciones con Portugal, se limitó a juzgar a Casimiro Monteiro, quien no cumplió la condena de diecinueve años por hallarse ausente.

Un golpe de Estado triunfante (la Revolución de los Claveles) y veinticinco años después, a Humberto Delgado se le restituyeron honores y dignidad ascendiéndole a mariscal y depositando su cadáver en el más que selecto Panteón Nacional portugués.