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El Grupo de Cáceres

Este sábado 22 de octubre se celebrará en Villanueva de la Serena un acto cívico en memoria de las víctimas del franquismo. Dicha población fue una de las más castigadas por el conflicto, habida cuenta de que (como aún reza su escudo) era la puerta de La Serena, comarca que resistió durante dos años los ataques de las tropas golpistas.

Edificios derruidos en la Plaza de España de Villanueva de la Serena (Colección Manuel Sánchez Gálvez)

La toma de Villanueva de la Serena supuso, en cambio, el inicio de una represión que dejó más de setecientos damnificados y casi trescientos muertos en la localidad. Una de las decenas y decenas de historias al respecto es la de quienes fueron conocidos durante años como el Grupo de Cáceres.

El 20 de julio de 1936, Manuel Gómez Cantos, capitán de la Guardia Civil, se levantó en armas y puso a Villanueva de la Serena bajo control del bando franquista. En cuatro días detuvo a sesenta vecinos con los que hubo de huir a la cercana Miajadas ante la incapacidad de resistir el asedio de las fuerzas republicanas que pretendían recobrar la localidad.

Ya en Miajadas, ese mismo 24 de julio, se decidió enviar a los prisioneros a la cárcel de Cáceres, a la cual arribaron cincuenta y seis hombres (tres pudieron escapar y otro murió en el camino por heridas de bala). Permanecieron recluidos en aquel lugar sin razón aparente durante dos años, periodo en que hubo un nuevo fallecido y otros veintidós fueron canjeados o liberados.

Imagen aérea del bombardeo franquista sobre Villanueva de la Serena (Colección Juan Ramón Rayego Severo)

En ese tiempo la llamada Bolsa de La Serena había logrado frenar el avance franquista. No obstante, sucumbió ante la ofensiva final entre los días 20 y 24 de julio de 1938. Dos semanas más tarde, el 8 de agosto de 1938, los treinta y tres últimos integrantes del Grupo de Cáceres fueron trasladados a Badajoz, en cuya prisión se les retuvo otro mes.

Por aquel entonces, el citado Gómez Cantos, además de participar en la polémica matanza de la plaza de toros de Badajoz, había sido designado Delegado del Orden Público de dicha provincia. Fue así como de nuevo se hizo cargo de los treinta y tres prisioneros y los condujo a Villanueva de la Serena el 8 de septiembre, a quienes encerró esa noche en la cárcel local.

Fotografía de Vicente Blázquez Benítez (García Suances, I., "Grupo de Cáceres")

Al día siguiente, en la céntrica Plaza de España, el propio Gómez Cantos instruyó un juicio popular desprovisto de toda legalidad o legitimidad. Con todo, y delante de familiares y vecinos, los treinta y tres acusados fueron condenados a muerte. A continuación, los presos fueron llevados a la sierra de Yelbes, al norte del río Guadiana, cerca de Medellín.

Los miembros del Grupo de Cáceres fueron asesinados en un lugar indeterminado al pie de una loma, recibiendo sepultura en una fosa común. Entre los fusilados se hallaba mi tío abuelo, Vicente Blázquez Benítez, miembro de las Juventudes Comunistas de Villanueva.

Él, como el resto de sus compañeros, fue declarado inocente tras anularse la sentencia cinco años más tarde (noviembre de 1943, causa 4251/39). Pero nadie indemnizó a sus familias ni recuperó sus restos. Todavía no se han encontrado, setenta y tres años después.

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Puede hallarse más información sobre estos hechos en el libro de GARCÍA SUANCES, Iván, Grupo de Cáceres. Fusilados en Medellín. [S. L.]: ARMHEx, 2008.

Asimismo, la propia ARMHEx ha elaborado un listado con los represaliados de Villanueva de la Serena, acompañándolo de un breve análisis de tales datos. Por otro lado, la web del Proyecto para la Recuperación de la Memoria Histórica de Extremadura incluye un buscador de víctimas, fosas y documentación sobre la represión franquista en la región.

La fallida Yihad de Ibn al-Qitt contra Zamora

Me piden que escriba unas líneas -más de tres y menos de mil quinientas- para presentarme. Que digo yo que resulta raro presentarse uno a sí mismo, aunque yo ya lo haya hecho… a mi manera. Pero bueno, haré el sacrificio e introduciré el vídeo de cierta comunicación en la que (oh, cielos) yo mismo salgo hablando sobre un tal Ibn al-Qitt y su campaña para arrebatarle Zamora a los cristianos.

Vayámonos a los umbrales del siglo X, cuando el emirato cordobés estaba hecho unos zorros y capeaba como podía la fitna o crisis interna. En ese contexto, un pseudoprofeta llamado Ibn al-Qitt se intituló Mahdī (profeta para los amigos) y comenzó a predicar la renovación del Islam y el refuerzo de al-Andalus, para lo cual era requetenecesario levantarse contra Abdalá I y zurrarle también a los cristianos. ¿Cómo? Organizando un movimiento mesiánico y declarando una yihad que recuperara Zamora, repoblada por Alfonso III de Asturias años atrás.

Todo parecía irle bien para Ibn al-Qitt. Al éxito político y religioso estaba a punto de unírsele el militar. Hasta que se topó con los bereberes y, más concretamente, con los Banu Warayul y su líder, Zual b. Yais b. Furaniq, quien primero acogió a Ibn al-Qitt en su castillo de Mojáfar o Umm Ŷa’far, segundo se convirtió en su lugarteniente y tercero le traicionó a las puertas de Zamora: gran persona este Zual b. Yais b. Furaniq, amigo de sus amigos.

Metidos en harina, les dejo con el vídeo en cuestión. Que lo disfruten más que el propio Ibn al-Qitt.

 

Esta comunicación se realizó en el I Foro de jóvenes historiadores de Castilla y León, donde tuvimos el enorme gusto de participar, ofrecerlo en directo y grabar algunas de las comunicaciones.

Microhistoria para la Inquisición, dos recomendaciones

Llevo tiempo pensando en escribir acerca del Tribunal de la Inquisición, pero, siendo sinceros, no termino de atreverme. Sin embargo, si me atrevo a recomendar algunos libros que en su día hicieron que me acercara a esta institución perdiéndole el miedo inicial que tenía a tocar un tema tan maltratado a lo largo de los años.

Son dos libros que no hablan de la institución en sí, no son grandes tratados sobre el funcionamiento, la estructura, o lo que queráis. Son dos casos, sencillamente dos procesos inquisitoriales, muy bien contados, en sitios muy distintos, con protagonistas que nada tienen que ver el uno con los otros, pero que dibujan muy claramente como era el funcionamiento real de esta institución.

 

 

El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del SXVI, Carlo Ginzburg. Ed. Península, 2001.

 

Aunque la fecha de la edición de la Editorial Península es de 2001, el libro, con su título original: Il formaggio e i vermi; vio la luz en 1976.

 

Ginzburg viene a contarnos la historia de un molinero, en al región de Friuli, en Montereale, península itálica, en el SXVI. Domenico Scandella (o Menocchio, como era conocido), su protagonista, el molinero

 

, es un especímen curioso. Siendo un molinero, más o menos vivía bien, y, para llevar la administración del molino, sabe leer y escribir. Con estas características, Menocchio comienza a leer varios libros, algunos prohibidos, cosa que, aunque viene siendo importante, se convierte en minucia en la vida de nuestro protagonista.

 

Y es que el molinero, además de leer, comienza a pensar. Sí, habéis leído bien, a pensar. ¿Y qué es lo que piensa Menocchio? Pues esta es la cuestión principal del libro: Menocchio es acusado por sus vecinos de herejía. Y es que nuestro amigo el molinero va creándose, poco a poco, su propia cosmovisión, y claro, un descubrimiento así no se puede quedar guardado en casa. Iba el inocente contándole a todo el mundo su descubrimiento, el Mundo, para él, era un ciclo orgánico, donde todos y cada uno de nosotros tenemos una función natural, biológica que diríamos ahora. Y lo ejemplificaba, ponía como modelo el queso que, al ir pudriéndose, va llenándose de gusanos. Para él el mundo era algo parecido, un queso lleno de gusanos, donde el trabajo de todos debía conformar un fin esencial que se estaba formando. Y, claro, además de pensarlo, el hombre iba contándolo por las tabernas del pueblo.

Así empiezan a investigarlo y a interrogarlo. Es muy curioso, llamativo, cómo Domenico va explicándole a los “detectives” inquisitoriales su teoría cosmogónica.

Una obra recomendable a cualquiera, y creo que muy interesante para las enseñanzas secundarias, donde no sólo se aplica un proceso inquisitorial, sino que deja ver como, a pesar de estar en  una época de pensamiento único, de control de las mentalidades, y de poder autoritario,  hasta un “mísero” molinero alpino es capaz de pensar por si mismo, y crear muchos problemas, aun sin darse cuenta de ello.

 

El pecado nefando del Obispo de Salamina. Un hombre sin concierto en la corte de Felipe II, Francisco Núñez Roldán. Ed. Universidad de Sevilla, 2002.

Francisco Nuñez Roldán, el autor (y profesor del que guardo un gratísimo recuerdo), nos cuenta en el preámbulo que este libro nace de la casualidad, que no es otra que la de encontrar un proceso inquisitorial llamativo, por el protagonista, y por la acusación.

Este libro sí es un proceso inquisitorial al completo, desde el principio hasta el fin, que nos cuenta desde el momento en que se presenta la denuncia, con nombres y apellidos, hasta que se dictamina la sentencia, y  desde la detención hasta los interrogatorios.

Fray Francisco de Salazar, obispo de Salamina, y  su paje, “Lorencillo”, son acusados, en Julio de 1578, ante los inquisidores de la localidad de Llerena, por un labrador de la localidad de Campillo, ambas al suroeste de Extremadura, de sodomitas, que es lo que viene llamándose el pecado nefando.

Con una narrativa muy digerible, el autor nos va contando como de camino a Sevilla, este Obispo y su paje van levantando sospechas allá donde pernoctan. Una de las cosas que más me llamó la atención, además del tratamiento que los inquisidores van dando a cada uno de los entrevistados, es el lenguaje que utiliza el paje. Y es que el profesor Núñez nos transcribe literalmente gran parte de los documentos estudiados.

Otra gran recomendación, esta, quizá, para alumnos más adultos, que hace que desees ir a explorar cualquier archivo que tengas a mano.

 

Dos obras de microhistoria para acercarse, y quizá entender, uno de los capítulos más complejos de la historia europea, la inquisición, esa gran desconocida.

 

Juego de Tronos a lo cañí

Los ingleses se aburren mucho. Algunas causas para respaldar tal afirmación serían una climatología adversa, una gastronomía definible como “muy presunta” y el aislamiento respecto a Europa. De hecho, ese aislamiento ha provocado que, desde la victoriosa arribada de los normandos en Hastings (1066), la isla no haya sufrido ninguna otra invasión en casi un milenio: que se lo digan a Felipe II, Napoleón o Hitler, que sólo lograron conquistarla en el Risk y no sin hartarse a lanzar dados y perder efectivos.

Ricardo Corazón de León, supuesto inventor del balconing cuando descubrió el Mediterráneo en las Cruzadas

Como decía, los ingleses se aburren mucho. Se les ve faltos de vidilla, lo cual conlleva una dedicación plena al desenfreno en cuanto abandonan su isla, acogiéndose muchos a la santísima trinidad que constituye la fusión de enrojecimiento dérmico, alcoholismo desatado y balconing. Pero en la Edad Media no existían ni los vuelos baratos ni la destrucción de nuestras costas, de ahí que (sorpresa) se aburrieran mucho más.


Lo que hace el aburrimiento:

Poniéndome simplón y reduccionista –como buen tertuliano–, aclararé que los ingleses medievales sólo se divirtieron durante siglo y medio. Y cuando escribo “divertir” me refiero a tener una historia movidita, como la de la Península Ibérica, con sus reconquistas, sus guerras entre cristianos, sus guerras entre musulmanes y sus Ramones Berengueres.

En cambio, y al margen de sus asuntillos dinásticos y sus puntuales excursioncitas a Tierra Santa, los ingleses se conformaron con enlazar la Guerra de los Cien Años (1337-1453) y la Guerra de las Dos Rosas (1455-1485). Les faltaba un algo, un no sé qué. Quizá por eso –e insisto: también por aburrirse mucho– el orbe anglosajón siempre ha tendido a buscar en la literatura la forja de una mitología donde realidad, leyenda, épica y magia fuesen tan cogidas de la mano como Hitler y Stalin en 1939.

Al famoso ciclo artúrico y al romanticismo del siglo XIX les siguió la extraordinaria obra de Tolkien (y la de C. S. Lewis, en menor medida) en el segundo tercio del siglo XX. Es más, resulta muy lógico pensar que Tolkien se aburría como una ostra, teniendo tiempo como tuvo para crear un universo propio, con sus razas, sus mitos, sus lenguas, sus mapas, sus historias, sus personajes empanados a los que no se les ocurre mandar a las águilas al Monte del Destino a destruir el anillo y ahorrarse tanto follón, etcétera.

Sea como fuere, en los últimos años ha revivido este interés literario relativo a la Albión medieval. El máximo exponente es el estadounidense George R. R. Martin, autor del conjunto de novelas fantásticas Canción de Hielo y Fuego, cuya ambientación recuerda a la Inglaterra de la Guerra de las Dos Rosas. Precisamente ayer se estrenó en España la serie que adapta el primero de dichos libros, Juego de Tronos, de ahí que publique este artículo: llámenme oportunista, aunque prefiero que me sigan llamando Fer.

 

Nuestro propio Juego de Tronos:

Lord Eddard Stark, uno de los personajes principales de Juego de Tronos (Fuente: Google Images)

De entrada confieso dos cosas: una, que ni he leído las novelas de Canción de Hielo y Fuego ni he visto nada de Juego de Tronos, salvo los casi quince minutos publicados como adelanto; y dos, que jamás se me pasaría por la cabeza una versión de Juego de Tronos realizada por ninguna televisión española. No, no, no y más NO, incluso en mayúsculas. Porque la serie, como en casi todas las demás series carpetovetónicas, removería a Clío en su tumba y haría girar el ochenta por ciento del argumento en torno a lo que sucediera en la taberna, al más descarado emplazamiento publicitario, a las andanzas sentimentales de sus protagonistas –sobre todo de los adolescentes y niños, que también montarían un grupo musical en plan mester de juglaría– y a los teóricamente jocosos malentendidos protagonizados por el Fiti, la Juani o el insoportable Javier Gutiérrez de turno.

Sin embargo, uno siente sana envidia cuando observa el cuidado depositado por la cadena yanqui HBO al rodar la serie. Sana envidia y, de paso, una mezcla de admiración por el trabajo bien hecho y de rabia por no encontrarse nada semejante en esta otra orilla del Atlántico. Y miren que material tenemos de sobra para emular las rivalidades entre bandos que nos muestra Juego de Tronos; si ésta se promociona con la frase “Se acerca el invierno”, la etapa medieval de nuestra más que curtida piel de toro (Portugal inclusive) debería publicitarse con el lema “Se acerca el infierno”.

Como expuse en algún sitio, no ha habido en nuestra convulsa Edad Media más de medio siglo sin una guerra civil, sin una crisis dinástica o sin una mala conspiración que echarnos a la boca. Los reinos medievales de las actuales España y Portugal se asomaron (y empujaron) a menudo al mayor de los abismos… para milagrosamente recuperarse casi sin saber cómo. Ejemplos hay muchos, desde la caída del reino visigodo hasta el ocaso del califato cordobés, desde los repetidos conflictos entre Castilla y León hasta la permanente amenaza –luego hecha realidad– de colapso de Navarra; un sinfín de argumentos, personajes y carnaza, que es lo que en verdad nos gusta a todos, historiadores incluidos.

Sí, por estos pagos podríamos montarnos tantos Juegos de Tronos que esto parecerían las olimpiadas del medievalismo y la mala leche. Así que, si no les importa, déjenme presentarles a los Banū Waraŷūl –desde ahora, Banu Warayul, que escribir acentos raritos es una tortura–, mis candidatos para protagonizar su propio culebrón.

 

¿Los Banu Qué?:

Creo que muy pocos de ustedes conocerán a los Banu Warayul. Total, Google (¡Google, pardiez!) apenas sabe quiénes son, ni ellos ni los Banu Furaniq, que es como también se les suele denominar en algunos textos. Que no cunda el pánico: aquí estoy yo para hablar de los Banu Warayul y, si hace falta, para ponerles a parir, que están muertos y no pueden defenderse.

Siendo breve, los Banu Warayul eran los líderes de un clan de la tribu bereber de Nafza –con raíces también muladíes– y dominaron, desde inicios del siglo IX hasta el año 928, todo el tercio oriental del Guadiana extremeño. Su sede se ubicaba en el hişn Umm Ŷa’far (dejémoslo en Umm Yafar, se lo ruego), el desaparecido castillo de Mojáfar de las crónicas cristianas, en las cercanías de la pacense Villanueva de la Serena. Eso, siendo breve.

Siendo más explícito y sincero, me gusta definir a los Banu Warayul como unos pequeños cabroncetes, dicho siempre desde el cariño y la fascinación. Porque los cinco Banu Warayul de cuyas andanzas estamos enterados eran muy de apuntarse a todos los saraos posibles, a lo Massiel altomedieval. Y se atrevían a hacerlo, de paso, en la turbulenta fase de la fitna o crisis del emirato de fines del siglo IX e inicios del siguiente, no sólo enzarzándose contra otros clanes y saqueando sus territorios o sublevándose contra los emires cordobeses, sino también yéndose a Zamora en plan yihad o aguantando la cabalgadas de los reyes leoneses por tierras extremeñas.

 

Vida y milagros de los Banu Warayul:

Alfonso III muestra su hastío en el Libro de los Testamentos (Fuente: Wikipedia)

Por desgracia, a mí me faltaría espacio –y a ustedes paciencia– para narrar todos los jaleos en los cuales estuvieron involucrados los Banu Warayul. Si pudiera, les relataría cómo Lubb b. Jalid, en torno al 826, asesinó a Marwan al-Yilliqí, a quien el emir Abderramán II le había ordenado sofocar a los rebeldes emeritenses. O cómo, al estallar la fitna, regresó el prestigioso Furaniq b. Lubb (hijo de Lubb b. Jalid) a Mojáfar desde Córdoba, reclamado por su clan para oponer resistencia a Alfonso III en sus sucesivas irrupciones en las tierras de los Nafza y no precisamente para venderles enciclopedias; o cómo más tarde hubo de soportar las correrías de Ibn Marwan, fundador/repoblador de Badajoz e hijo de Marwan al-Yilliqí, cuya muerte quiso vengar atacando las posesiones de los Banu Warayul.

Ojalá pudiese explicarles, con todo lujo de detalles, cómo el discreto Isà b. Qutí legó la jefatura de los Banu Warayul al nieto de Furaniq b. Lubb, el impetuoso Zual b. Yais b. Furaniq, quien en el Muqtabis –tal vez la mayor crónica andalusí, obra de Ibn Hayyan– fue tildado de temeroso, conspirador, envidioso, lleno de odio, malvado y traidor. Y todo ello por minucias, sólo por declararse en rebeldía frente al emir cordobés Abdalá I, por ser uno de los comandantes de la desastrosa yihad que quiso arrebatar Zamora en el 901 a los cristianos y por sembrar cizaña entre las tropas islámicas contra el falso profeta Ibn al-Qitt (quien guiaba la campaña) por un mero arranque de celos, traicionándole y provocando así una deserción masiva en el campo de batalla justo cuando los musulmanes se disponían a tomar la ciudad. Minucias, ya digo.

De veras que me encantaría contarles cómo se descompuso el cadáver de Ibn al-Qitt, con su cabeza colgada a las puertas de Zamora, mientras Zual b. Yais b. Furaniq retornaba al sur, tranquilo, a su aire, como si nada hubiese pasado, para luego firmar la paz con Abdalá I, que tampoco estaba el emir para ponerse escrupuloso. O cómo Zual b. Yais b. Furaniq, esa joyita, hubo de plantarle cara en el sufrido verano del 915 al nieto del citado Ibn Marwan y, acto seguido, a Ordoño II de León, emperrados como estaban en depredarle las tierras y pisarle lo sembrado.

Y, cómo no, querría cerrar la saga hablándoles de Abdalá b. Isà b. Qutí, hijo de Isà b. Qutí, y de cómo le preparó otra buena insurrección al emir cordobés, en este caso a un tal Abderramán III, quien en el 928, y decidido como estaba a acabar con tanta tontería para poder proclamarse califa en condiciones, le envió un poco amigable ejército para obligarle a entregar Mojáfar de una vez por todas… cosa que consiguió, no sin antes tenérselas tiesas ambos bandos y rubricándose después un ventajoso tratado de paz que le supuso al último de los Banu Warayul un jugoso indulto y un retiro dorado en al-Ruşāfa d’Or, arrabal de vacaciones.

Pero no, no hay espacio ni paciencia. Ni tiempo, además. Ni dinero para llevar a la pantalla estas aventuras y desventuras de los más que peculiares Banu Warayul. Así que, si me lo permiten, ahogaré mis penas contentándome con Juego de Tronos y que sea lo que MegaUpload quiera.

Si no hay lomo…

Antes de comenzar, querría pedirles perdón por algo bien sencillo: no son contemporaneísta. También pediría perdón por escribir contemporaneísta en cursiva, porque es una palabra de plena aceptación en el mundillo de los historiadores, pero se ve que nuestro mundillo es pequeño porque la RAE no ha oído hablar de él. Y si la RAE no admite una palabra, servidor que la pone en cursiva, así de estricto soy.

El asunto es que, pese a no ser contemporaneísta, tengo un papelito que certifica que soy licenciado en Historia. En toda la Historia. Es como los diplomas de los cursos de natación, que pregonaban que estabas capacitado para nadar, pero no decían donde y se lavaban las manos si con ocho años querías cruzar el Atlántico. Así que, si me permiten el símil, me disfrazaré de contemporaneísta y, con todo el cuidado del mundo, evitaré irme a lo hondo, donde no me cubra.

A fin de cuentas, a cualquiera le gusta la Historia Contemporánea, al menos la del siglo XX (a mí es que el XIX, quitando momentos puntuales, me parece de un tedio magnífico). Y yo tuve mis escarceos con ella, interesado como estoy en el tema de la memoria histórica, de lo cual hablaré en otro día si mis jefes en este blog me lo permiten y si termino de arrancar con este artículo.

Retrocedamos en el tiempo en busca de la mina de oro del cine español, esto es, hasta la Guerra Civil y anexos, una época más turbulenta que la política de alcoba de Isabel II (de España, de la del Reino Unido prefiero no preguntar). Sin embargo, hay anécdotas capaces de romper la infinita rutina de salvajadas y atropellos cometidos en aquellos años y, en menor medida, de sacar una sonrisa a quienes se hallen investigando sobre la materia.

Aceuchal, 1922 (Fondo Fotográfico Fernando Garrorena, Diputación de Badajoz)
Aceuchal, 1922 (Fondo Fotográfico Fernando Garrorena, Diputación de Badajoz)

El hambre, ese jinete del apocalipsis que antaño cabalgaba por nuestros campos, agudiza el ingenio. Pero cuando uno se comería hasta los baldosines de las calles una cosa es ser ingenioso y otra bien distinta es ser un idiota redomado: prueba de ello es el documento que hoy traigo a colación, y nunca mejor dicho, encontrado por quien esto escribe en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, antiguo Archivo de la Guerra Civil.

Estamos en febrero de 1936, en el pueblo de Aceuchal (Badajoz), famoso no por sus vinos -y eso que pertenece a la Tierra de Barros-, sino por sus ajos. Tras ganar las elecciones el Frente Popular, cohortes milicianas recorren la región causando tumultos en diversas localidades, entre ellas Aceuchal: mil cien milicianos irrumpen en una población de cinco mil habitantes y, a su manera, la lían parda, tal y como demuestra el informe que expongo a continuación.

“Qué han destruidos (sic):
Iglesias: Ninguna.
Conventos: Ninguno.
PUENTE: Intentaron volar el que existe en esta carretera a Badajoz, entre esta villa y Villalba de los Barros y por falta de pericia dinamitera, sólo consiguieron ligeros desperfectos.
Domicilios particulares: Ninguno.
Comercios y almacenes: Ninguno asaltaron en masa. Sí se dedicaron algunos a exigir en los establecimientos alpargatas, gorras, calcetines, pañuelos y otros útiles. En casas particulares, varias veces exigieron comida prefiriendo siempre con exigencia jamón, lomo etc., rechazando cuando alguien les facilitaba chorizo, morcilla o tocino“.
(Archivo de la Guerra Civil, P. S. Extremadura, leg. 24, nº 54, fol. 1; la cursiva es mía).

A situaciones tan delirantes como la anterior conducía la jambre a los extremeños. ¿Hambrientos? Como Carpanta. ¿Pobres? De solemnidad. ¿Cafres? Y garrulos, si nos ponemos. Pero con una moraleja para la infancia: si no hay lomo… asaltad a quienes lo tengan.