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La Historia que aprendemos, la Historia que enseñamos. Dos ejemplos.

Dice la sabiduría popular que no hay nada como sentarse al otro lado de la mesa para apreciar la realidad con nuevos ojos. Que la empatía, el ponerse en el lugar del otro, hace milagros a la hora entender el mundo que te rodea y valorarlo de una forma más justa. Igualmente, es sabido que dar clase es algo muy, muy difícil. Doy fe. No hay nada como subirse a un estrado delante de, pongamos por caso, cincuenta chavales (ojo, les llamamos chavales, pero antes de ayer éramos como ellos) para que todas las gracias, chistes y chascarrillos que rodaban, ruedan y rodarán por un aula te parezcan bastante menos graciosos que antes.

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La Historia según Wert

[Esta publicación se hizo el día 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, donde es tradición en España publicar noticias falsas. Por muy creíble que pueda sonar la noticia, no es real].

Cualquiera con más de dos dedos de frente conoce la famosa estrategia política de promulgar leyes en fechas donde puedan pasar desapercibidas. Hay casos flagrantes aprovechando la Semana Santa (recordemos la legalización del PCE un Sábado Santo), colándolas de tapadillo en un frenesí de escándalos de corrupción, antes de la final de la Champions, etcétera. Lo que sea con tal de pillar a la sociedad con un pie en plena Operación Salida y otro pie en la playita a punto de degustar una ensaladilla rusa cargadita de salmonelosis.

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¿El sí de las niñas?

En 1940, Pablo Picasso visitó las recién descubiertas cuevas de Lascaux en la Dordoña francesa. Allí contempló pasmado la interpretación que nuestros prehistóricos antepasados habían hecho de diversos animales –ciervos, caballos y toros, entre otros- y se dio cuenta de que, en realidad, no eran tan diferentes de los que habían protagonizado, apenas tres años antes, su inmortal Guernica. De modo que Picasso, perplejo, no tuvo más remedio que concluir que “nous n’avons rien inventé”. Vamos, que no hemos inventado nada.

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Discurso de Martha C. Nussbaum. Principe de Asturias 2012

Os dejamos el discurso de Martha C. Nussbaum en la recogida de su premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales. Un auténtico alegato a la necesidad de una educación basada en las ciencias humanas y no en la creación de meras herramientas de trabajo.

Los “contentamientos” de Felipe II

Retrato de Felipe II

Cuando uno lee biografías acerca de reyes y príncipes, una de las cosas más llamativas que encuentra en su lectura, al menos en mi opinión, son los detalles de la infancia, el cómo se educa a un rey para su puesto o qué cuidados tienen con él.Felipe II, de pequeño, era un apasionado de la caza, una de sus actividades favoritas, y entre las cuentas de palacio se encontraban gastos enormes en ballestas, jabalinas y flechas. Preocupados por que le gustara más la caza que cualquier otra cosa, y sobre todo, por encima de las lecciones de “leer y escribir”, que llevaba con mucho retraso, mandó Carlos I que se le dieran al ayuda de cámara “30 ducados que cobra él cada mes para las cosas que dan contentamiento a su Alteza”Con esos treinta ducados, el mencionado ayuda de cámara debía comprar objetos que entretuvieran al niño, principalmente juguetes. Entre estos juguetes se hallaban un par de cajas con caballos de plata, un soldado, también de plata, con todas las piezas y un caballo más, seis piezas pequeñas de artillería en oro, y una pieza grande en bronce encabalgada en el carretón. Juguetes estos que tenían por objetivo encender el espíritu militar en el muchacho.

También aparecen entre los documentos objetos únicamente lúdicos: una marioneta, unos “trucos que son dos paletas labradas de burxe y un puente y dos bolos y un birlo”, además de objetos llamativos llegados de América y una baraja de cartas.

Se le regaló al chico una gran pajarera (aviario) ya que tenía muchos pájaros, de los que se cegaba a algunos para que mejoraran en su canto, y existe una xilografía que muestra al príncipe con un pájaro atado a un cordel, a modo de juego. El joven heredero tenía entre sus mascotas otros animales: un perro, una mona, cobayas y un papagayo.

Como se puede apreciar, los entretenimientos del príncipe eran los que cualquier niño soñaría, rodeado de animales de compañía, y con muñecos, típicos y extraños, con los que jugar a la guerra. Todo esto venía a intentar acabar con las travesuras del muchacho, que se creía rey mucho antes de que le tocara y que metió en más de un lío a algún paje de la corte por sus jueguecitos.

Pero “Felipito” -así lo llamaba el bufón-, también se hacía mayor y sus juegos fueron cambiando. Entre las cuentas de palacio aparecen entonces compras de bolos, pelotas, guantes para jugar a la pelota, ajedrez o tejos. También contratan a su primer bufón personal -el anteriormente referido era el bufón de la corte- y se crea una auténtica cámara de música con dos tenores, dos sopranos, dos contraltos, dos contrabajos y dos organistas -casi nada-. Se contaban entre su corte profesores de danza y canto, e incluso él mismo pidió un libro grande en blanco para dibujar.

Todas las citas aparecen en el libro “Felipe II. La biografía definitiva” de Geoffrey Parker, pp.51-52 y 62-64 relativas a la educación del príncipe. También es más que recomendable toda la obra relativa al príncipe escrita por Gonzalo Sánchez – Melero.