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Violencia política en La Transición (I): Los nacionalismos periféricos.

La Transición Española, mitificada por unos y denostada por otros, está marcada por un buen número de hitos y días que se recuerdan sin dificultad: el 20-N, el 6 de diciembre, el 23-F, etc., pero si pudiéramos hacer un salto en el tiempo y nos trasladáramos al Madrid, Bilbao o Barcelona de la época, nos daríamos cuenta de que lo que probablemente más nos llamaría la atención por contraste con nuestra situación actual, es el grado de violencia y crispación política existente en el país. La década de los setenta supone para el sistema social y político español que se había labrado desde los años treinta una crisis en todos los sentidos. La muerte de Carrero Blanco, la apertura realizada por los tecnócratas, la enfermedad y posterior muerte de Franco, la Revolución de los Claveles en Portugal y la llegada de ministros con clara vocación reformista al gobierno sembraban de incertidumbre un panorama en el que diferentes corrientes y fuerzas buscaban reubicarse.

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Una de tópicos sobre nacionalismos…

Antes de comenzar con el post me gustaría dar las gracias a la gente que dirige Aquí fue Troya por dejarme participar en este bello proyecto de divulgación histórica en Internet. Como historiador considero que por muy poco que sea lo que yo haya podido aprender durante la carrera y mis investigaciones, ese trabajo y conocimiento debe revertir en la sociedad aunque sea de una pequeña manera.

Muchas veces, cuando en España se habla de nacionalismos, se hace de una manera excesivamente simplista, utilizando aquella manida frase que afirma que “el nacionalismo catalán es cívico y el vasco étnico” (añadimos también que el gallego es romántico y los demás absurdos, obviando muchas veces la existencia del nacionalismo por antonomasia dentro del país: el español), pero en realidad nos preguntamos si ello se corresponde con la realidad de estas dos tendencias políticas.

Antes de continuar habría que definir qué entendemos como nacionalismo cívico (también llamado político) y nacionalismo étnico. El nacionalismo cívico es aquel que construye la nación a través de un pacto implícito entre sus individuos, sin necesidad alguna de características previas. Podríamos decir que dicho contrato se basa en la unión de individuo, territorio y voluntad. El nacionalismo étnico, en cambio, es aquel que excluye en el amplio sentido de la palabra, debido a que dentro del mismo sólo pueden adscribirse individuos que poseen una serie de características culturales o étnicas comunes (lazos de sangre, religión, lengua, raza…) obviando el pacto anteriormente mencionado. Entonces, ¿es cierta la forma de definir a los dos nacionalismos periféricos?

Enric Prat de la Riba: “La lengua catalana es nuestra patria, indestructible, vigorosa. Es el pasado y el futuro de los Países Catalanes […] No han entendido aún que no se puede destruir, anihilar una patria”
La respuesta a ésta pregunta es un rotundo NO. Nombres tan importantes para la historia del nacionalismo catalán como Enric Prat de la Riba (amante del romanticismo alemán) igualaron los términos de lengua y nación. En cambio, en Euskadi dicha diferencia en los últimos años no ha sido utilizada, además de que la construcción nacional de los partidos políticos vasquistas, dónde podemos incluso meter sin miedo a errar a la coalición Partido Socialista de Euskadi-Euskadiko Ezkerra, han desarrollado un discurso nacionalista integrador, no sabemos si por la modernización de las estructuras de pensamiento en los mismos o, simplemente por un afán de protagonismo político debido a que Euskadi se convirtió en las últimas décadas del siglo XX en un territorio receptor de emigración extranjera y estatal, generando esto una realidad y unas sensibilidades diferentes.

La cuestión es por qué se tiende a realizar esta distinción entre uno y otro. El primer motivo es que la historiografía catalana y española siempre han resaltado al sector mayoritario de los movimientos nacionalistas que son claramente cívicos al igual que colaboracionistas con el gobierno central (es la lectura del “hombre, después de décadas aguantándonos, ¿te vas a ir ahora?, pero si estamos en lo mejor de la fiesta”) en un relato en el que las similitudes son mayores que las diferencias.

El caso vasco es diferente debido a que hace demasiado hincapié en la figura de Arana. La idea que demasiada gente tiene de la génesis del nacionalismo vasco es que al amigo Sabino un día le dio por subir al Monte Aitxurri y Dios le entregó las tablas de la Ley cual Moisés euskaldún (muy al estilo del algún sketch de Vaya Semanita) y éste que era algo racista (en el sentido romántico de la palabra) creó la identidad de los vascos sobre valores étnicos.

¿Cuál es el problema de esta lectura? El exceso de simpleza de la misma, ya que partimos obviando que la construcción del ideario nacionalista vasco comienza antes del aranismo y la edificación del mismo le sobrepasa en el tiempo, llegando incluso hasta nuestros días. Esto es algo que a una parte importante de la historiografía le cuesta ver: algunos autores no dudan un ápice en considerar el catalanismo proveniente del federalismo como parte de la historia del nacionalismo catalán, mientras que existen componentes muy similares en el tardocarlismo de la zona vasca que no se ligan con el discurso nacionalista, lo que antes mencionábamos acerca del carácter mesiánico de Arana.

Artículo 7 del Estatuto de Autonomía de Euskadi:
1.- A los efectos del presente Estatuto tendrán la condición política de vascos quienes tengan la vecindad administrativa, de acuerdo con las Leyes generales del Estado, en cualquiera de los municipios integrados en el territorio de la Comunidad Autónoma.
2.- Los residentes en el extranjero, así como sus descendientes, si así lo solicitaren, gozarán de idénticos derechos políticos que los residentes en el País Vasco, si hubieran tenido su última vecindad administrativa en Euskadi, siempre que conserven la nacionalidad española.

El segundo de los motivos por los que esta distinción se produce es más cercano en el tiempo y son las expresiones de grandes nombres de ambos “movimientos”. Esto puede resultar más difuso, pero no es lo mismo decir que “Es catalán quien vive y trabaja en Cataluña y quiere serlo”, como mencionaba Pujol, que la continua obsesión de Xabier Arzalluz con la sangre cual Conde Drácula: léase “En Europa, étnicamente hablando, si hay una nación, ésa es Euskal Herria” o “No estoy diciendo que los vascos tengan derecho a quién sabe qué supremacía. La cuestión de la sangre con el RH negativo confirma sólo que este pueblo antiguo tiene raíces propias, identificables desde la prehistoria como sostienen investigaciones de célebres genetistas”. Puede parecer una simplificación asimilar todo un movimiento a las opiniones de pocas personas, es cierto, pero hay dos cosas irrefutables: la primera es que Arzalluz (al igual que Pujol) no pertenecía precisamente a un partido pequeño, sino al que más resonancia tiene en la sociedad vasca y uno de los más influyentes en el territorio estatal, teniendo una importancia notable en la generación de opinión pública. La segunda es que cuando eres presidente de un partido (lo fue durante 24 años de nada) una persona debe medir sus palabras.

En mi debut en este espacio de divulgación no he querido afrontar un tema excesivamente profundo, pero sí realizar una serie de pequeñas aclaraciones dentro de una temática siempre en boca de todos como es el caso del nacionalismo. Con estas líneas no quiero “acusar” al nacionalismo catalán de excluyente, ni “limpiar las conciencias” del vasco, sólo aportar un poco de luz a un tema que se aborda con demasiadas ideas preconcebidas según mi parecer.

A modo de conclusión sería oportuno preguntarnos dónde englobar a estos dos movimientos y la respuesta sería “en ninguna parte”. El primero de los motivos es la amplia heterogeneidad de los mismos: no hay un nacionalismo catalán o vasco siendo estrictos, pero si aún aceptáramos que son un eje monolítico (cosa harto difícil en la realidad) nos encontramos con que ambos poseen en su interior realidades y deseos que van haciendo que los discursos y las prioridades cambien y, sobre todo, que ambos han atravesado diversos procesos en los que los argumentos utilizados para legitimarse necesitaban de una reforma o un cambio. Lo cierto de todo esto es que ambos viven en un contexto determinado que les hace modificar y readaptar sus discursos.

 

La Corona… ¿de dónde?

Uno de los objetivos de Aquí fue Troya es la divulgación de la Historia dentro del contexto del dospuntocerismo. Adaptar a Clío a los nuevos tiempos, vestirla con ropa más actual y no con túnicas griegas, salvo que el emporio Inditex las vuelva a poner de moda. Y hablando de trapitos y dospuntocerismo, fue @bydiox quien nos lanzó un guante al hilo de un vídeo medianamente polémico que, como mandan los cánones, tuvo amplio calado en Menéame.

En el vídeo, que está justo bajo este párrafo, el zaragozano Miguel Cortés expone su queja ante Elena Sánchez, defensora del espectador de RTVE, quien se la traslada a Esteve Crespo, editor del Telediario. La queja es sencilla: ¿por qué se le llama corona catalano-aragonesa y no Corona de Aragón?

Quizás en el vídeo parezca que se ha dado una respuesta satisfactoria, pero los historiadores somos muy puntillosos y puñeteros. O al revés. Así que intentaré aclarar el asunto de la mejor manera posible o, en su defecto, de forma entretenida, que lo mismo ni ustedes ni yo nos enteraremos de nada, pero al menos habremos echado el rato tan ricamente.

De entrada, ¿qué se entiende por “corona”? La RAE la define, para el caso que nos atañe, como “dignidad real” y “reino o monarquía” en sus acepciones decimocuarta y decimoquinta, respectivamente. Y es a partir de aquí donde arranca el inicio de la explicación.


El inicio de la explicación:

Miento. En realidad el inicio de todo esto se remonta a 1134, cuando el fallecimiento de un rey revolvió toda la Península, y a 1137, cuando tuvo lugar un enlace conyugal tan enrevesado como… miren, no encuentro una palabra que suavice el tan contemporáneo concepto subyacente de pederastia. Porque en 2011 es muy difícil comprender que un padre entregue a su hija de un año en santo matrimonio a un veinteañero. Pero la ecuación cuadra si cambiamos 2011 por 1137, padre por Ramiro II de Aragón, hija de un año por Petronila de Aragón y veinteañero por Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona.

Retrato de Ramiro II (Manuel Aguirre y Monsalbe, 1885)

A Ramiro II no le apetecía en absoluto ser rey. Fatiguita le daba. Que le asparan si así lo quería, feliz como era siendo obispo de Roda-Barbastro (curiosidad: Roda de Isábena, con una cincuentena de habitantes, es la sede catedralicia más pequeña del país). Pero a su hermano mayor, Alfonso I de Aragón y Pamplona, de quien podríamos estar hablando horas porque además de “el Batallador” era una buena pieza, le dio por morirse sin descendencia en 1134 y, peor aún, a nombrar como herederas de sus dominios a las órdenes militares del Hospital, del Temple y del Santo Sepulcro.

De inmediato, el nieto de El Cid, García V Ramírez el Restaurador -sin nada que ver con la hostelería, por otro lado- fue proclamado rey de Pamplona por nobleza y clero locales; por su parte, Alfonso VII de Castilla y León ocupó Zaragoza exigiendo vasallaje; mientras que el papa Inocencio II presionaba para que templarios, hospitalarios y caballeros del Santo Sepulcro recibieran su porción del pastel. La aristocracia aragonesa, atrapada entre esos frentes, reconoció como su monarca al citado Ramiro II.

Así pues, Ramiro II hubo de abandonar su obispado para subir al trono. Quiso mantener el celibato, pero los nobles no le permitieron apadrinar a García V de Pamplona y le obligaron a casarse de muy mala gana con la viuda Inés de Poitou o de Aquitania. Ambos tuvieron en 1136 una hija, Petronila, e Inés se volvió a Francia de inmediato, cual común vientre de alquiler.

Y si a estas alturas del artículo ustedes están maldiciéndome por haberlo escrito, imaginen qué no habría maldecido Ramiro II contra su hermano por morírsele y meterle en todo este embolado.


El meollo del artículo:

Petronila I de Aragón y Ramón Berenguer IV (copia de1634, original de Filippo Ariosto, 1586-87)

Ramiro II había cedido ya demasiado, o eso pensaría él. Sin embargo, con una heredera podría negociar con esa nobleza que tantos quebraderos de cabeza le había dado y retirarse para huir, al fin, del mundanal ruido. Pero para ello necesitaba encontrar un candidato idóneo a quien otorgarle la mano (y el reino) de su hija, cuestión nada sencilla dado lo renuentes que eran nuestros ancestros medievales a ser gobernados por una mujer.

Ciertamente, el joven y animoso Ramón Berenguer IV no era un mal partido. Su padre, Ramón Berenguer III, había fallecido en 1131 y dividió sus dominios entre sus hijos gemelos: Ramón Berenguer IV se quedó con el condado de Barcelona, mientras que Berenguer Ramón I fue nombrado conde de Provenza. Y si piensan que ya han tenido demasiados Ramones y Berengueres, recuerden que los abuelos de estos jovenzuelos también fueron gemelos, con los mismos nombres, y que uno ordenó matar al otro, lo cual demuestra que la onomástica condal barcelonesa era limitadísima y que los asesinatos son muy perjudiciales para la salud.

Maticemos, de paso, que ser conde de Barcelona no era lo mismo que ser conde de Peñaflor de Argamasilla, por poner un ejemplo. No, ser conde de Barcelona significaba liderar una confederación de más de diez condados, los llamados “condados catalanes”, cuyos orígenes se remontaban a la Marca Hispánica carolingia. Por tanto, Ramón Berenguer IV contaba con una fuerza más que respetable y, sobre todo, podría brindarle a Aragón el apoyo necesario frente al poderoso Alfonso VII de Castilla y León, quien desde 1135 se hacía llamar Imperator totius Hispaniae tras serle reconocido dicho título honorífico por el resto de fuerzas políticas peninsulares. Y ello, qué duda cabe, podría suponer una amenaza sobre la independencia aragonesa si Ramiro II -como anhelaba- dejaba a su recién nacida hija al mando del reino.

Así pues, entre agosto y noviembre de 1137 se redactaron las capitulaciones matrimoniales entre Ramón Berenguer IV y Petronila, cuyo enlace no tuvo lugar hasta 1150. No esperaría tanto Ramiro II: apenas hubo solucionado el futuro de su niña, salió por peteneras de la escena política para profesar en el monasterio oscense de San Pedro el Viejo. A ver quién se atreve a culparle por ello, habida cuenta de lo demencialmente complejo que resulta entender el acuerdo nupcial entre ambos tortolitos.

Digamos, para resumir mucho, que Ramón Berenguer IV le juró homenaje a Ramiro II y que mediante la fórmula del “matrimonio en casa” Ramón Berenguer IV asumiría la potestad regia, pero no con el título de rey -título que mantendría Ramiro II-, sino con el de príncipe; de hecho, la reina sería siempre Petronila y sólo a ella le pertenecerían los derechos al trono y al territorio. Puntualizaciones jurídicas al margen, la consecuencia última y crucial de esta unión fue el nacimiento (de cinco hijos y) de la Corona de Aragón, entidad que logró poner coto a la superioridad que hasta entonces había ostentado el núcleo castellano-leonés, dándose en cambio un equilibrio entre ambos reinos. Y todo esto entra en el examen.


Parece que está fundando una corona. ¿Necesita ayuda?:

Mapa de los orígenes de la Corona de Aragón (Fuente: Gran Enciclopedia Aragonesa)

Para los rezagados: quede claro que Ramón Berenguer IV ni fue rey de Aragón, ni Aragón se subordinó al condado de Barcelona, ni que ambas entidades se fusionaron en igualdad de condiciones. No. Ya hemos visto que Ramón Berenguer IV le juró homenaje a Ramiro II; repito, en cursiva y todo, le juró homenaje. Ése es el quid de la cuestión, puesto que jurar homenaje implicaba acatar y reconocer la supremacía de un poder sobre otro. Por si ello no fuera suficiente, Ramón Berenguer IV también aceptó ser únicamente príncipe y dejar la dignidad regia al bebé que sería su señora, depositaria absoluta de los derechos asociados a la naciente corona aragonesa, cuyo primer rey fue el hijo de ambos, Alfonso II.

Habrá quienes sostengan que la Corona de Aragón supuso una fusión bajo similares condiciones jurídicas y políticas, amén de conservarse las instituciones propias de cada territorio. Que la Corona de Aragón era un ente democratiquísimo e igualitario. Pues sí y no eran tan especiales, oigan. Pues sí, porque no se eliminaron leyes ni ningún otro órgano de gobierno ni de justicia, mientras que Cataluña cobró vital y creciente relevancia dentro de la nueva corona. Pues no, porque en la España medieval no sólo había una jurisdicción, sino decenas de ellas, y no sólo se respetaban esas peculiaridades en la Corona de Aragón.

Esto es, la Corona de Aragón englobaba y englobaría diversos dominios -reinos de Aragón, Valencia y Mallorca, condados catalanes y demás posesiones mediterráneas-, con sus particulares normas y órganos políticos, pero también lo haría la Corona de Castilla (conformada por numerosos reinos) desde 1230 hasta 1348, cuando el Ordenamiento de Alcalá impusiera el derecho monárquico sobre todas las tierras de realengo, exceptuando las tierras vascas. E insisto, tierras de realengo: órdenes militares y señoríos laicos mantendrían sus diferentes normativas siempre que aceptaran someterse a la corona, fuese ésta castellana o aragonesa.


Cómo no usar una corona:

Si me excedo en la explicación es debido a la necesidad de desmontar cierto andamiaje mitológico. El nacionalismo catalán, surgido en el siglo XIX (como otros tantos, al amparo de la burguesía), tiró de la Historia para apoyar sus teorías. Pero la Historia no siempre casa con los intereses propios, de ahí la querencia de todos los nacionalismos por reescribir el pasado según y cómo para hacer comulgar a sus adeptos con descomunales e indigeribles ruedas de molino.

Que nadie me malinterprete. Cada uno puede tener las ideas políticas que mejor le parezcan, pero la Historia es la que es y, por desgracia para muchos, no debería prostituirse por muchos billetes que se le pongan sobre la mesa. Por eso mismo es inaceptable que se hable de un reino de Cataluña, de una corona catalanoaragonesa o de los Països Catalans como herederos políticos de la misma. De hecho, son afirmaciones con el mismo fundamento histórico que la existencia del dragón derrotado por san Jorge, esto es, ninguno.

No, no hay fundamento histórico posible para ambos casos. Pero nunca faltarán las mentiras mientras haya ignorantes dispuestos a creérselas.