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La armada ficticia de Baltasar de Guevara

En 1716, un marino español, Baltasar de Guevara (Madrid, 1673 – Puerto Rico, 1724), hijo natural del Duque de Nájera, protagonizó uno de esos episodios de la Historia Naval que, por su ingenio, debería ser recordado.

La isla de Corfú

La guerra Turco-Veneciana y las conquistas del emperador

Durante el año 1716, el emperador Carlos VI se encontraba liberando la porción de Hungría en manos turcas. Un conflicto muy productivo que se desarrollaría entre 1716 y 1718 y del que el emperador saldría con incrementos territoriales en Serbia y Hungría, alcanzando por fin el Danubio. Ocupada como estaba la soberana cabeza de Carlos VI en tales menesteres, dejó desguarnecidos sus nuevos dominios en Italia.

Un poco antes, en diciembre de 1714 se había iniciado la última Guerra Veneciana o Turco-Veneciana. Los Turcos habían tomado las islas de Tinos y Egina, cruzado el itsmo y tomado Corinto. El almirante de la flota veneciana, Dolfin, juzgó entonces conveniente salvaguardar la flota en vez de proteger Morea y cuando quisieron llegar allí, Nauplia, Modon, Corono y Malvasia habían caído y las bases de Levkas (en el Egeo) y Spinalonga y Suda en Creta habían sido abandonadas. Los turcos entraron en el Adriático y desembarcaron en Corfú, aunque sus defensores lograron rechazarlos.

Como hemos dicho, a los turcos les fue mal en el continente. En agosto de 1716, sufrirían una gran derrota en la Batalla de Petrovaradin. Pero en el mar, en el Egeo y Dardanelos, 1717 y 1718 serían bastante más satisfactorios.

Las cosas terminaron en julio de 1718 con el Tratado de Passarowitz en el que el Imperio Otomano renunció a los territorios que habían caído en manos de Carlos VI mientras que Italia perdía Morea a cambio de pequeñas compensaciones en Albania y Dalmacia. La gran armada veneciana había comenzado su declive.

El papel de España

En España acabábamos de salir de la Guerra de Sucesión. Felipe V, nieto del Rey Sol, se sentaba en el trono español con el reconocimiento de sus pares europeos desde la Paz de Utrecht en 1713; aunque a costa de perder los territorios europeos de la Corona entre los que hacía especial daño la pérdida de los italianos, pues Sicilia había pasado a manos de los Saboya mientras que Nápoles y Cerdeña pasaban a manos austriacas.

Giulio Alberoni

Aunque sentado, Felipe V no estaba cómodo. Desde 1714, tenía una segunda esposa, Isabel de Farnesio, y nuevos hijos a los que debía dar un lugar en el mundo. Así que el hombre de confianza de la nueva reina, Giulio Alberoni, un abate cincuentón, llevaría a cabo entre 1716 y 1719 varios intentos de revisar el Tratado de Utrecht. Primero con el beneplácito de Inglaterra y luego sin él (si no me hacen caso, bueno soy yo para darme por vencido, y buena es la Reina – debió decir el signore Alberoni).

En este contexto, la brillante intervención de Don Baltasar podría verse como una primera acción en el Mediterráneo para hacernos notar allí donde queríamos recuperar ciertos territorios (naderías, un par de islas grandes aquí y allá y unos cuantos acres de tierra).

La isla de Corfú y Baltasar de Guevara

Así las cosas, el emperador Carlos VI dándole estopa al Imperio Otomano, el Imperio Otomano dándole estopa a la Serenísima República de Venecia y los españoles penando por volver a Italia, 1716 brindaba una bonita oportunidad para el mejor postor.

Como hemos dicho, los turcos entraron en el Adriático y desembarcaron en Corfú. Los venecianos estaban en horas bajas y los austriacos no estaban por la labor de echar una mano. Así que Alberoni, la Farnesio y nuestro primer Borbón aprovecharon la situación para entrar en Italia. Nunca se recibe mejor a un ejército que cuando viene a salvarte el culo.

España envió en 1716 al marino español don Baltasar de Guevara con una pequeña flota de 5 galeras y 6 navíos de la escuadra del Marqués don Esteban de Mari a fin de liberar Corfú de las manos del Turco. Guevara tenía órdenes de acudir en auxilio de Venecia, socorriendo a la isla de Corfú. Los turcos habían desembarcado allí a treinta mil hombres y tres mil caballos, bajo el mando del bajá Dianum Codgi, que ya había intentado un primer asalto a la ciudad aunque sin éxito.

La verdad es que había mucha tela que cortar y 5 galeras y 6 navíos no parecían suficientes para echar de la isla a tanto soldado turco. Sin embargo, don Baltasar resultó ser una caja de sorpresas. Consciente de la debilidad de su armada, Baltasar de Guevara, durante la travesía hasta la isla y con la ayuda de Venecia, se aplicó a la tarea de requisar cuantos barcos mercantes encontró en el trayecto. De tal forma que a su llegada a Corfú, la flotilla inicial de 5 galeras y 6 navíos había aumentado hasta conformar una armada ficticia de imponente apariencia.

Cuando el bajá turco se encontraba a punto de lanzar su segundo ataque a la ciudad, los vigías de la costa anunciaron la presencia de multitud de velas. La imponencia de esta fuerza presentada de improviso llevó al general otomano a abandonar la isla con su flota de 22 navíos, dejando atrás, en el campo de batalla, cincuenta y seis cañones, ocho morteros, los hospitales, las tiendas y las provisiones.

Baltasar de Guevara, al mando de 5 galeras, 6 navíos y mercantes de todo tipo, había puesto en fuga a una armada mucho más poderosa con un ingenioso ardid basado en la mera apariencia.

La acción traería a Alberoni la gratitud del Papa Clemente XI, que le otorgó el capelo cadenalicio, al tiempo que se reconciliaba con Felipe V y recomendaba a la iglesia española la ayuda económica al rey.

La acción de Corfú tuvo también el efecto propagandístico deseado en Italia. Alberoni había conseguido afianzar la presencia de la política exterior española en el área del Mediterráneo. Pero, claro, si haces mucho ruido se te quejan los vecinos e Inglaterra no tardaría en reactivar los juegos de alianzas primero con Holanda, luego con Francia y por último con Austria. No os engañéis, que no tardaron en darnos para el pelo. En 1718 una escuadra inglesa derrotaba a la española en el Cabo Passaro, Sicilia, y se nos torcían las cosas de nuevo. Pero eso, amigos, ya es otra historia.