Seguimos con nuestra serie dedicada a la alimentación en Roma, y aunque lo normal en los restaurantes sea servir primero los pescados y después las carnes, aquí vamos a hacerlo al revés, y una vez terminado el repaso a lo que de la tierra comían en Roma, le toca el turno a los alimentos que proceden del mar.
Lo primero que hay que decir al respecto es que el pescado era un alimento esencial en la antigua Roma. Los romanos conocían aproximadamente 150 especies de pescados comestibles, tanto de mar como de río, pero resulta muy difícil identificarlos. Las especies más apreciadas eran, quizá, el esturión, el atún (como el que vemos en la imagen superior) y los salmonetes. Por estos últimos se llegaban a pagar precios descomunales, porque su hígado hervido con vino servía para elaborar una salsa utilizada como condimento de lujo. Pero consumían otras muchas especies, como lampreas y rayas, anguilas y morenas, truchas y salmones (que se conocieron tarde, ya que proceden de los ríos del norte de Europa), gobios, percas o barbos.
En cuanto a su conservación, lo más común era conservar el pescado en salazón, pero utilizaban otros métodos, como el secado, aunque estaba poco extendido y sólo se utilizaba cuando la preparación del plato lo exigía. No hay noticias, sin embargo, de que conocieran uno de los métodos más extendidos hoy: el ahumado. Quizá lo más destacable es que también acostumbraban a conservar el pescado vivo, introduciéndolo en grandes vasijas de arcilla o vidrio a fin de mantenerlo fresco hasta el mismo momento de consumirlo. Sigue leyendo


