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Toledo, cruce de destinos

Muy señores míos, siendo sincero he de admitir que hubiese preferido titular este artículo Toledo, cruce de desatinos o ¿Quién me devuelve esta hora y media de vida? Pero el posicionamiento en Google es el posicionamiento en Google y bueno, ya me entienden. Así que si han llegado hasta aquí gracias a Google o de cualquier otra manera, pasen, relájense y déjenme explicarles por qué Toledo, cruce de destinos (en adelante, Toledo) es una serie mala. Pero mala, mala. Mala con avaricia, de sentarse en un sillón con sonrisa malévola mientras se acaricia a un gato.

El punto de partida de la serie, de entrada, tenía su interés. La segunda mitad del siglo XIII es quizás el periodo que mejor ejemplifica esa España de las tres culturas, la idealizada pacífica convivencia y colaboración de cristianos, musulmanes y judíos. Además, Alfonso X es un rey bastante conocido -sobrevalorado, en mi opinión- por el gran público, aunque sólo sea de oídas. Y no sé de nadie a quien no le guste una ciudad tan extraordinaria como Toledo. Los tres factores citados, unidos a un guión coherente y a una cuidada ambientación, podrían hacer de Toledo una serie atractiva.

 

Pero no:

Sin embargo, eso no ha sido así. Por muy ambicioso que haya sido su creador, Emilio Díez, por mucho que se haya esforzado la productora Boomerang TV o por mucha confianza que haya depositado Antena 3 en una serie española de temática medieval, el resultado es muy decepcionante, como mínimo desde el punto de vista histórico.

Toledo

Panorámica de Toledo, según Antena 3

Comencemos por el envoltorio. Por un lado es de aplaudir que se haya trabajado en diversas localizaciones tratando de buscar la mayor verosimilitud sin abusar demasiado del croma; de hecho, tengo la impresión de que sólo se ha modificado por ordenador la vista general de Toledo, con un alcázar que no es el actual, pese a que el aspecto de su torre principal chirríe. No obstante, edificios, atrezo, vestuario y mobiliario no parecen auténticos: algunos, pese a su inspiración medieval, se presentan perfectos e inmaculados en una apoteosis del cartón piedra, mientras que otros recuerdan más a siglos posteriores, como un crucifijo que tenía poco del siglo XIII, construcciones renacentistas y barrocas o el escudo de los Reyes Católicos que se observa en el toledano puente de Alcántara.

Esos fallos son apreciables por la mayoría, por supuesto. Pero al meterme en harina histórica es cuando me entran todos los males, de uno en uno y no en fila india, sino en una avalancha nivel “El Corte Inglés un 7 de enero”. Porque una cosa es distorsionar una miaja la realidad para ajustarla a la ficción y otra es saltársela sin venir a cuento, de modo gratuito, y sin que el cambio aporte absolutamente nada a la trama.

 

La harina histórica en sí:

Pongamos que Toledo se desarrolla entre 1270 y 1274. El capítulo arranca con una razzia musulmana, impensable por entonces, y muestra a los cristianos una década después sitiando Consuegra tras haber tomado Maqueda poco antes. Olvidemos que el castillo que aparece no es el de Consuegra -¿qué les costaría, pardiez?- y, a cambio, señalemos que Consuegra y Maqueda llevaban en manos cristianas, como mínimo, desde hacía más de un siglo.

Según la serie, en Consuegra se hallaba refugiado un tal Abu Bark (sic) cuya dignidad desconocemos, pero que se antoja tan peligrosísimo para Castilla que Alfonso X le ofrece la paz. Al arribar a Toledo, Abu Bark precisa de un traductor para comunicarse con los cristianos, pero acto seguido habla en un perfecto castellano sin ningún tipo de acento. Ya quisiéramos saber quién es ese inteligente Abu Bark, dado que no hay ningún rey nazarí que conste con ese nombre. Habría que preguntárselo a la atrevida musulmana que se bañaba completamente desnuda, al aire libre, en una alberca de su palacio… y no en uno de los hammam o baños árabes. El destape viaja al siglo XIII, señores.

¿Alfonso X o Theoden?

¿Alfonso X o Theoden?

Pasemos al bando cristiano. En Toledo, la gran cuita de Alfonso X es alcanzar la paz: se apunta que Castilla lleva décadas en guerra y medio arruinada, cuando el perfil político de Alfonso X no fue tan militar como el de su padre, Fernando III, sino que se benefició de una etapa económica expansiva. Aún así, se sugiere que la paz entre cristianos y musulmanes es un avance hasta entonces inédito, si bien la tónica de la Reconquista es que eran menos las fases de guerra que de paz, caracterizadas éstas por las parias que en la serie se ignoran porque interesa más vender equívocos culturales, amoríos interétnicos y prejuicios que combatir en pos del bien común y el buen rollo universal, pero procurando dejar claro que, en caso de duda, los malos son los musulmanes y/o quienes quieran alterar la paz mundial.

Por otro lado, al rey se le denomina “Alfonso X” en vez de Alfonso, a secas, cuando ni en documentos ni de forma oral se le llamaría así. Aunque al Alfonso X de Toledo le martiriza un problema más grave que el onomástico: el familiar. Lo cierto es que su hijo Sancho, el futuro Sancho IV, le dio más de un disgusto, guerra civil incluida. Pero los guionistas (Emilio Díez y Alberto Úcar, responsables de subproductos como Los Serrano, El Internado o Los Hombres de Paco), lejos de aprovechar esa tensión, han preferido mancillar la Historia y mearse sobre su cadáver sin que ello, repito, redunde en una mejora del argumento.

Sólo dos hijos de Alfonso X se citan. Para mal, claro. En un rincón tenemos a Sancho, a quien en la serie se le considera el primogénito -hijo de un matrimonio de conveniencia anterior, ejem- y se le otorga el título de príncipe. En la otra esquina, Fernando, supuestamente su hermanastro, hijo de la reina Violante, y de quien se comenta que “no es una opción como heredero” dado que es el hijo menor y sólo un infante. Tracatrá, señores, tracatrá. Y en párrafo aparte les explico el porqué.

Una corte de cartón piedra

Una corte de cartón piedra

Alfonso X sólo tuvo una esposa, Violante de Aragón. Tuvieron por descendencia once vástagos, de los cuales, y en este orden, los varones fueron Fernando, Sancho, Pedro, Juan y Jaime, todos vivos en los años en los que se desarrolla Toledo. Esto es, que Fernando de hijo menor no tenía nada, sino que hasta su muerte en 1275 fue el heredero al trono de la Corona de Castilla. Sancho, obviamente, no pudo ser fruto de un matrimonio de conveniencia -¿cómo?, ¿Alfonso X casándose por conveniencia?, melospliquen, por favor-, ni mucho menos ser príncipe, título que no ostentó heredero alguno hasta la creación, en 1388, del título de príncipe de Asturias.

Si se deshiciera semejante entuerto no se alteraría la esencia de Toledo. Sancho seguiría siendo un conspirador y un broncas (más aún cuando no podría acceder al trono), mientras que Fernando dejaría de ser el niño mimado. ¿Niño? Calculando que la trama oscila entre 1270 y 1274 nos topamos con otro problema: para esa fecha el conocido como Fernando de la Cerda ya había pisado altar y bautizado un hijo, Alfonso. Pero en la serie prefieren un Sancho que, pese a ser primogénito aún no es heredero (?), y a un Fernando púber que se trajina a la joven esposa de un comerciante. Ajá.

Claro, que estas cosas se arreglarían consultando no ya libros de Historia, sino la Wikipedia. En una escena, Violante le asegura al infante Fernando que Jaime I, su abuelo, fue rey de Aragón a los tres años. Se da por hecho que Jaime I ya estaba muerto, cuando falleció en 1276, poco después que su nieto, y para colmo resulta que fue coronado no a los tres, sino a los cinco años. ¿Cambiaría la verdad el sentido del diálogo? No, pero quizás les hubiese provocado alergia a los guionistas.

 

Lo llaman alergia y no lo es:

Comprobemos otros síntomas de tal alergia a los libros. Un personaje principal es Rodrigo Pérez de Ayala, presunto conquistador de Maqueda, un noble que se tiró una década seguida guerreando contra los musulmanes sin poder ver a sus hijos; más aún, es nombrado magistrado de la ciudad de Toledo por el rey, quien afirma de Rodrigo que es “mi mano derecha, mi voluntad y el representante de mi justicia en todo el reino”, algo que no es obstáculo para que, según se sugiere en un determinado momento, Rodrigo hubiese vivido un romance con la reina Violante. Ole y ole.

Vale, toleramos la invención de ese tal Rodrigo Pérez de Ayala e incluso lo del revolcón con la reina, pero de ahí a que en diez años no viera a sus criaturas por hallarse luchando y que conquistara Maqueda cuando ya hemos dejado claro que ni lo uno ni lo otro… Por no hablar, de paso, de esa magistratura que en la serie es ambicionada como si de una vicepresidencia se tratara, a pesar de que hubiera que compartirla con un judío y un musulmán, algo inconcebible para un cargo que, en efecto, es más falso que la aventura colonial de Franco.

"Vaya, «Las Siete Partidas» no es la «Hobby Consolas» medieval"

"Vaya, «Las Siete Partidas» no es la «Hobby Consolas» medieval"

El asunto es que Rodrigo tiene dos nenes, guapísimos ellos; el mayor, Martín, es nombrado asistente (aceptamos barco) del infante Fernando. Martín se niega, pues anhela ser caballero, cosa que enoja a su padre, quien aduce que ésa no es una opción para él, siendo la corte lo mejor para un noble. Como si ser noble no te habilitara para ser caballero, más aún si eras asistente (aceptamos flotador de patitos) de un infante y sales en una escena peleando con espada frente al público en una suerte de Operación Triunfo de la esgrima.

Es fácil intuir el porvenir de Martín en Toledo: el Justin Bieber del siglo XIII. Sobre todo porque le toca defender al infante de una conspiración para derrocarle, asesinándole si hiciera falta. En la sombra acechan dos influyentes prohombres de la corte, el conde de Miranda y el arzobispo Oliva, partidarios del príncipe (sic) Sancho y tan pérfidos que, a su lado, Bin Laden tiene la medalla al mérito civil.

¿De veras eran tan malvados? No se sabe, más que nada porque son ficticios. Insisto: no pongo pegas a que haya personajes ficticios, sino a que se creen sin motivo alguno y sin añadir valor a la historia, habiendo otros reales más válidos. Lo del conde de Miranda tendría un pase, aunque lo más parecido a ese condado sea el salmantino de Miranda del Castañar, fundado en 1457. Sin embargo, no se entiende el personaje del arzobispo Oliva, quien, como es obvio, no figura en lista arzobispal alguna; de hecho, entre 1266 y 1275 el arzobispo de Toledo era Sancho de Aragón, jovencísimo (nacido en 1250) y hermanísimo de la reina Violante. Ya me dirán ustedes si no daría más juego un arzobispo en la edad del pavo que otro que, al referirse a la Reconquista, indica que “es una guerra santa, como la que libran nuestros hermanos en Jerusalén”… cuando las tropas cristianas habían abandonado Jerusalén casi treinta años atrás.

Quizás todo esto no sea alergia, sino atrevida ignorancia de los guionistas sobredichos. Pero también hay que señalar la teórica labor de los consultores históricos que se citan en los títulos de crédito: José Miguel Merino de Cáceres y María José Martínez Ruiz, catedrático de Historia de la Arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid y profesora de Historia del Arte en la Universidad de Valladolid. Imagino que ambos habrán “asesorado” y dado el visto bueno, por encima, a lo que se cocía, pero que no habrían aguantado tanta tontería en el guión si hubiesen llegado a leerlo detenidamente.

 

Despedida y cierre:

"Al salir de la Escuela de Traductores"

"Al salir de la Escuela de Traductores"

Con todo, ni guionistas ni consultores ni productores tienen la culpa de las mediocres interpretaciones de su elenco. Ya, no es para tirar cohetes, pero uno esperaría algo más de actores de la talla de Juan Diego o Álex Angulo. O que el reparto supiera vocalizar y entonar de otro modo que no fuera el de siempre: en castellano estándar, todos con deje de Madrid, y a correr. Que sí, que no van a hablar como en el siglo XIII, que musulmanes y judíos usen también el castellano, pero oigan, un acento pido. Algo que te demuestre que son actores y no la megafonía del Mercadona glosando las ofertas del día.

¿Quiere todo esto decir que recomiendo encarecidamente ver Toledo? ¿Y todavía hay alguien que se lo pregunte?, ¿qué han estado vuesas mercedes haciendo todos estos párrafos, maldita sea? No, claro que no. Les ruego que no vean la serie, so pena de perder hora y media de su vida cada miércoles. Hora y media que nadie les va a devolver y que mejor harían ahorrando para poder visitar la maravillosa Toledo, cuyo nombre aparecerá desde ahora asociado a semejante bodrio.