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Las Navas de Tolosa, ocho siglos (y dos días) después

Un día como anteayer, hace ochocientos años, tuvo lugar la segunda batalla más decisiva de toda nuestra historia medieval. En ella, las huestes almohades comandadas por el califa Muhammad an-Nasir (Miramamolín para los amigos) fueron derrotadas por la coalición cristiana liderada por Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra, e integrada no sólo por sus respectivos ejércitos, sino también por tropas portuguesas -sin su rey, Alfonso II-, cruzados de toda Europa, diversas órdenes militares y numerosos caballeros del reino leonés que acudieron a título personal. En total, entre ciento cincuenta y doscientos mil combatientes (con amplia superioridad musulmana) congregados en Despeñaperros para zurrarse la badana bajo el bestial sol de julio. Melanoma para todos.

Sin embargo, y como apunté el año pasado acerca de los trece siglos que se cumplían de la invasión de la Hispania visigoda y de la batalla de Guadalete, no parece que nadie esté por la labor de conmemorar la efeméride. Un congreso, un museo y va que chuta, no vaya a invocarse el “mejor no meneallo”. Como si doliese recordar uno de los acontecimientos capitales de nuestro pasado mientras se celebran aniversarios de mucha menor relevancia y a los que no quiero señalar, que tengo una educación y unos párrafos que escribir.


El porqué de Las Navas:

1195 se considera el culmen del dominio almohade en la Península Ibérica. En décadas anteriores, el imperio norteafricano había ido sometiendo los distintos reinos de taifas musulmanes, pero necesitaba un gran triunfo sobre los cristianos para ratificar su posición hegemónica. En este sentido, la batalla de Alarcos (1195) supuso ese golpe de efecto: Alfonso VIII de Castilla sufrió tal derrota que tardó años en recomponer no sólo su ejército, sino también la anterior política de relaciones entre reinos cristianos, en especial entre la noqueada Castilla y la pujante León de Alfonso IX.

Ruinas del castillo de Alarcos (Ciudad Real)
Ruinas del castillo de Alarcos (Ciudad Real)

Sin embargo, las divisiones en el seno de los almohades provocó que apenas pudiesen rentabilizar su victoria en Alarcos. Cierto es que se recuperaron para al-Andalus ciudades como Cáceres, Plasencia o Talavera, pero fracasó el asalto musulmán a Toledo. Se instauró entonces un tenso compás de espera, alargado durante años en los que, pese a las treguas y las parias, se sabía que tarde o temprano se volverían a dirimir los intereses territoriales a guantazo limpio.

De hecho, los grandes actores de Las Navas de Tolosa eran conscientes de que un éxito militar era imprescindible para asegurar su posición en el delicado tablero político ibérico de inicios del siglo XIII. No sólo se trataría de una guerra por religión, sino -sobre todo- de una guerra territorial. Verlo como un “Cristianismo vs Islam: ¡el combate del siglo!” es de mentecatos y supone obviar los conflictos existentes entre Portugal, León, Castilla, Navarra y Aragón, lo cual nos lleva a desmontar el mito de que los reinos cristianos fueron a la batalla juntitos de la mano y montados en unicornios que cabalgaban briosos sobre el arco iris. Más bien no.

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Sobre la Reconquista: el exabrupto final

Yo les pregunto: ¿quién dijo que algo de tan rancia consideración como la Historia debía llevarse mal con las modernísimas redes sociales?
Yo les respondo: no lo sé, pero no podía estar más lejos de la realidad.
Y yo les explico: tras cierto tüit escrito por un servidor hace año y pico se desató en mi Féisbuq una pequeña tormenta metodológico-historiográfica que requeriría mayor atención y una reflexión tirando a profunda. Pero, por desgracia, sólo me ha salido lo que viene a continuación.

Prefacio:
Hasta que murió Franco, año arriba año abajo, se entendía por Reconquista ese trabajillo que, a tiempo parcial, caracterizó la Edad Media peninsular. Pero los historiadores, que tienen (tenemos) la bendita y puta manía de dudar de todo, replantearon (aquí no me incluyo porque ni había nacido ni había profesado aún) el concepto y la etimología del vocablo en sí.
[No hubo agallas, si me permiten la expresión y el inciso, de renegar de la propia acción de la Reconquista, factor que habría conllevado titánicos denuedos y más de una maldición para reescribir ocho siglos de nuestra historia borrados de un plumazo].
Así pues, dos grandes tendencias se pusieron muy de moda entre los medievalistas: una, cuestionar el uso de la palabra “Reconquista”, y dos, estigmatizar todo aquello relacionado con la misma para no intoxicar al resto del gremio. Como si la madre Clío nos estuviese regañando: “Reconquista, caca, niño, eso no se toca”.
Abogando por un simplismo ramplón -valga la redundancia-, el meollo de la Reconquista se habría solucionado sin la propia Reconquista. Vamos, que si Tariq no se hubiera marcado la excursioncita nos habríamos ahorrado, ustedes y yo, todo este asunto. Pero la culpa no fue ni de Tariq, ni de Musa, ni de godo alguno, ni del incipiente feudalismo (o no) que brotaba en aquella Hispania y que tantos debates ha hecho proliferar al respecto.
La culpa, muy señores míos, es de los mozárabes. Así, como lo leen.

Estatua de Alfonso II, Plaza de la Catedral, Oviedo
Estatua de Alfonso II el Casto, Plaza de la Catedral, Oviedo. Foto: ferdiazgil (Flickr, licencia Creative Commons)

La culpa es de los mozárabes:
Claro que sí. Los mozárabes podrían haberse quedado quietecitos en al-Andalus, pero su obstinado afán de protagonismo les condujo, entre jornadas del foso y revueltas del arrabal, a la más y mejor directa represión. Ciertamente escarmentados, algunos pusieron rumbo al norte y se toparon con una monarquía astur a la que le vino a ver la virgen (en sentido figurado).
El reino de Asturias, por aquel entonces, era un ente del chichinabo, con perdón. Pelayo fue el jefecillo de unos asnos salvajes (sic), lo de Covadonga fue una piltrafa de batalla, al memo de Favila nos lo mata un oso y Alfonso I fue un yernísimo enchufado: tres hurras por este pedazo de mito fundacional.
Y en éstas arribaron los mozárabes. Alfonso II, que sería casto pero no cortito de miras y precisaba de una ideología a módico precio, tiró de estos Goebbels de baratillo. Como el cliente siempre tiene la razón y los mozárabes eran de todo menos escrupulosos, el resultado fue destrozar la Historia y la genealogía entera para alegar que los reyes astures eran descendientes de los visigodos; de propina, además, se descubrieron los presuntos restos del apóstol Santiago (que ya es casualidad, oigan), una prueba más del detallazo de Dios para con estos cristianos irredentos.
Puede que, en pleno siglo XXI, nos sorprenda que una falsedad tan burda como manifiesta alcanzase rango de “versión oficial”, pero cometemos el error de no pensar como alguien del siglo IX, el error de no ponernos en su escasamente aseada piel. La cosa, no obstante, es que en el siglo IX tampoco habría gente que se tragara tal mentira, mas dicha mentira les convenía sobremanera.
Por tanto, Alfonso III, que de magno sólo tenía el jabón, promovió la redacción de semejante programa político en forma de crónicas. Ya estaba el lío montado.

Verba volant, scripta manent:
Si Alfonso III hubiese encargado un tratado de horticultura, hoy quizás seríamos todos musulmanes y expertos en acelgas. Pero a Alfonso III le dio por defender tan peculiar sagrada providencia reflejada en las crónicas, justificando así sus decisiones.
El paso de las centurias, el frenesí bélico y las miserias cotidianas no lograron discutir lo apropiado del término “Reconquista”. Para las gentes del Medievo la tiranía de lo escrito se impuso sobre el pertinente bulo y/o mentirijilla piadosa. Y ya metidos en la harina de la pseudocruzada -sustantivo válido en 1212-, no placía mucho que te viniese un tiquismiquis y te soltara “no me desuelles al agareno, por favor, que estás luchando por un concepto más falso que un maravedí de cartón piedra”.

A modo de conclusión:
Yendo al grano, lo que un servidor pretende expresar respecto a tan espinoso tema es que no somos nadie para negarles a estas criaturitas medievales el uso de la palabra “Reconquista”. Ellos se lo creían (o querían hacerlo, por venirles como anillo al dedo), mientras que nosotros, acomodaticios medievalistas e historiadores en general, nos ponemos espléndidos y pretendemos rebautizar el asunto sin pedirles permiso en una clamorosa falta de respeto.
Somos bien capaces de distinguir mito y realidad, leyenda e historia. De todos es sabido que, a la más mínima, la Historia es despojada de toda veracidad sin miramiento alguno para acomodarla a intereses particulares. Y es verdad que el tratamiento que se le ha dado a la Reconquista -ahora sin comillas- ha sido irregular y sospechosamente subjetivo en muchas ocasiones. Pero todo ello no debe conducirnos a revisar sólo este caso. O sea, y nunca mejor dicho, o todos moros o todos cristianos.
Porque si ninguna guerra civil puede ser civil, ni nadie habla de la Guerra de los Ciento Dieciséis Años, ¿qué derechos podemos esgrimir para desterrar la maldita palabra “Reconquista” de nuestra Historia?