Archivo de la etiqueta: Alemania

Anabaptismo: del sueño a la pesadilla (I)

«Fueron días de tempestad, recorridos por voces cargadas de inconformidad y rabia. Hoces transformadas en espadas, azadas convertidas en lanzas, hombres sencillos que dejaron el arado para trocarse en impávidos guerreros y algún anómimo leñador se puso a la cabeza de las filas de Cristo cómo el capitán más invencible de los ejércitos. Hombres y mujeres que unieron su fe e hicieron de ella una bandera de venganza y que, en nombre de Dios y bajo la doctrina del Anabaptismo, comenzaban a considerarse libres e iguales» [1]. Seguir leyendo Anabaptismo: del sueño a la pesadilla (I)

La Terrible Historia de la Eugenesia

«60.000 marcos [aprox. 250.000 €] es lo que esta persona con defectos hereditarios le cuesta al Estado durante toda su vida. ¡También es su dinero, ciudadano! Lea Neues Volk, la revista mensual de la Oficina de políticas raciales del NSDAP.» Este cartel podría ser la ilustración perfecta para uno de los episodios más oscuros de la reciente historia de la ciencia: el abrumador éxito de la eugenesia desde finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX.

El padre de la teoría eugenésica moderna fue el científico inglés Francis Galton (1822-1909). Galton, que hizo investigaciones en diversos campos científicos, como la meteorología, la biología o la estadística, quedó profundamente marcado por la lectura de El origen de las especies, de Charles Darwin (quien, por cierto, era su primo), y llegó a la conclusión de que era necesario aplicar una selección artificial al ser humano para evitar la decadencia de la especie. Por extraño que nos parezca hoy día, las ideas de Galton tuvieron un éxito arrollador y fueron adoptadas por una gran parte de la población educada del mundo occidental, aunque de una manera bastante más radical que lo previsto inicialmente por Galton: era necesario impedir que los seres humanos inferiores (enfermos mentales, homosexuales, inmigrantes, judíos, extranjeros, etc.) se reprodujeran más rápido que los superiores, porque si eso ocurría, se produciría el colapso de la especie humana.

Hoy en día es evidente la carga de racismo que contiene la teoría de la eugenesia, pero eso no ocurría entonces. Estar a favor de ella era avanzado, era progresista, era preocuparse por el mundo que se iba a entregar a la generación siguiente. La eugenesia era la teoría científica del momento. Los científicos la aceptaron. Se investigaba en las universidades y en otros centros especializados, y esa investigación la financiaban tanto los estados como prestigiosas fundaciones privadas. Grandes personajes de la política y las artes afirmaron públicamente su importancia y la necesidad de ponerla en práctica para evitar una catástrofe. Entre sus defensores se encontraban políticos como Theodore Roosevelt, Winston Churchill y Salvador Allende, inventores como Alexander Graham Bell, o literatos como George Bernard Shaw y H.G. Wells.

Es de sobra conocido cuál fue el final de ese camino: el extermino masivo de judíos, homosexuales, discapacitados y enfermos mentales, entre otros, en los campos de concentración nazis. No lo son tanto sus etapas intermedias, como las brigadas de «Higiene social», las esterilizaciones forzosas o los programas de «defensa de la raza» que se desarrollaron durante la primera mitad del siglo XX en Estados Unidos, Escandinavia o Chile, entre otros países. En cualquier caso, las atrocidades nazis eliminaron todo el prestigio que tenía la eugenesia, aunque durante los años 60 y 70 se siguieron practicando esterilizaciones forzosas en los países escandinavos.

Para saber más:

M. Crichton, «¿Por qué es peligrosa la politización de la ciencia?», apéndice teórico a la novela Estado de miedo, Madrid 2004.

Fuentes de las imágenes:

1) Cartel de propaganda nazi a favor de la eugenesia, Wikipedia: http://upload.wikimedia.org/ wikipedia/commons/1/12/EnthanasiePropaganda.jpg.
2) Francis Galton, padre de las teorías eugenésicas, Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/ Archivo:Francis_Galton_1850s.jpg.
3) Judíos «inútiles para el trabajo», de El album de Auschwitz, la única colección de fotografías de la época que muestra el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau en funcionamiento: http://www1.yadvashem.org/exhibitions/album_auschwitz/index.html.

El Fuero de Nuevas Poblaciones. 1767

Las migraciones, el debate eterno, el dolor de cabeza de algunos que no quieren ver a sus vecinos pobres prosperar, es una solución vital inmemorial, de hecho, el planeta anda poblado por una emigración continua en el tiempo. Pero dejémonos de desvaríos.

 

Hace no demasiado tiempo se llevaba el “vente a Alemania, Pepe”, con la promesa de sueldazos, prosperidad, alemanas semidesnudas y las suecas cerquita. Más a la actualidad nos encontramos a “la Merkel” pidiendo ingenieros (y recortes sociales y tal) para que se vayan a Germania en busca de un futuro. Pero hubo un tiempo en que la situación fue diferente.

 

Retrato de Carlos III de cazador. Francisco de Goya, Museo del Prado.

En el último tercio del s. XVIII, exactamente en 1767 se creó en Jaén un pueblo, La Carolina, en honor al monarca Carlos III. Esta fundación tenía un propósito muy claro, la de ser el centro de la repoblación del “desierto de Sierra Morena”.

 

La zona, para hacernos una idea, sería más o menos el trazado de la carretera N-IV (Cádiz-Madrid), entre el final de la provincia de Sevilla y Despeñaperros, o lo que es lo mismo, entre La Luisiana y La Carolina. Pero en aquella época era una zona despoblada y con una gran presencia de bandoleros que hacían los caminos difíciles entre Cádiz, receptora de los tesoros americanos y Madrid. Eran caminos difíciles.

 

Johann Kaspar von Thürriegel, que era reclutador de los ejércitos alemanes, tuvo la idea de proponerle al señor monarca, Carlos III, que se llevara obreros alemanes a levantar algunas zonas de América. Pero, para frenar la “ocupación” de la niña bonita de la corona estaba Pablo de Olavide, que les hizo cambiar los planes, y que, pensó, sería mejor revalorizar cierto terruño algo abandonado de la península, y así, quitarse de en medio la “libertad” que tenían los bandoleros en algunas zonas.

 

El propio Olavide, junto a los famosos consejeros Floridablanca y Campomanes, elaboró lo que se vino a llamar el “Fuero de las Nuevas Poblaciones”. Se estableció que no entrarían en esas nuevas poblaciones los que para los ilustrados de la época eran los mayores males de España: aristocracia y conventos para evitar el latifundismo, y la Mesta junto a sus ganaderos. Además, se decidió que los inmigrantes alemanes serían mitad agricultores, mitad artesanos, debían ser católicos, y sus hijos acudirían a escuelas de primeras letras, pero sin gramática ni posibilidad de hacer carrera universitaria. A cambio se les entregarían tierras, un lote de ganado y una exención fiscal de diez años.

 

Palacio de Pablo de Olavide e Iglesia de la Carolina.

Thürriegel efectuó el “reclutamiento”, y envió a Sierra Morena a casi ocho mil personas, aunque lo de los requisitos no fue tan así, y hubo bastantes quejas porque vinieron vagabundos y gentes sin oficio. Además, fueron varios los que tuvieron que abjurar de su fe protestante ante el tribunal del Santo Oficio. Al principio la cosa no fue tan bien como esperaban, y se hicieron tan duras las condiciones que hubo epidemias, hambrunas y malas cosechas.

 

Sin embargo a la larga fue todo un éxito. Se nombró a Capmany como director de agricultura en las Colonias, y Olavide consiguió romper la idea de la creación de una colonia alemana integrándolos con otros emigrantes, esta vez de la misma península. Además, favorecieron la incorporación femenina al trabajo, creando una serie de talleres de artesanía  y más de ochenta telares de lana, además de la fábrica de loza de La Carolina o la fábrica de ácido sulfúrico y minio.

 

Las Nuevas Colonias fueron un auténtico éxito de los ilustrados españoles más famosos, vemos la participación en todo este asunto de Floridablanca, Campomanes, Antonio de Capmany o Maximiliano Josef Brisseau. Pero el más destacado en todo esto fue Pablo de Olavide. El peruano se instaló en La Carolina, que sería el centro neurálgico de las Nuevas Colonias.

 

Más lecturas:

 

 

Sophie Scholl y la Rosa Blanca

“A través de un gradual, traicionero y sistemático abuso, el sistema ha encarcelado a cada hombre en una prisión espiritual.”

La Rosa Blanca

La Alemania bajo la dictadura del Canciller Adolf Hitler (1933-1945) se caracterizó por una callada aceptación y participación de la población en los mecanismos de represión que desde el estado y el Partido Nacionalsocialista se pusieron en marcha para recortar las libertades y los derechos que habían sido conquistados durante la corta, brillante y trágica vida de la República de Weimar (1918-1933).

En esa sociedad donde la delación se había aceptado como un hecho más de la vida cotidiana, donde la población se vigilaba a sí misma, aún hubo algunos que superaron el terror natural del hombre a la exterminación física, convirtiéndose en parte de la resistencia, del enemigo interior contra el que el nazismo no dejó de luchar nunca.

La historia de los hermanos Scholl (Hans y Sophie), Alex Schmorell y Cristian Probst, retratada en las películas de Marc Rothemund (Sophie Scholl, los últimos días, 2005) y de Michael Verhoeven (La Rosa Blanca, 1982) es la historia de unos estudiantes universitarios que desde 1942 hasta su muerte, condenados a la pena capital por guillotina, practicaron la rebeldía de las ideas. En un régimen que había decretado la total adhesión de la población a las organizaciones del partido (sindicatos únicos entre los que estaba la organización de estudiantes nazi, la Liga Nacional de Estudiantes), estos jóvenes organizaron un grupo que cuestionaba la propaganda nazi. No practicaron nunca la rebelión violenta, se limitaban a distribuir panfletos de forma anónima entre los estudiantes. Se denominaban La Rosa Blanca.

Y es que, al margen del conocimiento o no de la barbarie cometida por el régimen contra los judíos, la población era consciente y muda consentidora de la represión contra la disidencia política. Aceptaban la propaganda del Partido y el estado sin cuestionársela, aunque la realidad llevara abofeteándoles varios meses.

Bertolt Brecht se hacía eco del inmovilismo de su sociedad ante la represión:

“Primero cogieron a los comunistas,/yo no dije nada por que yo no era comunista./ Luego vinieron por los obreros,/ yo no dije nada porque no era ni obrero ni sindicalista./ Luego se metieron con los católicos,/ y no dije nada porque yo era protestante,/ Y cuando finalmente vinieron por mí,/ no quedaba nadie para protestar”[1].

Estos estudiantes fueron condenados a muerte en juicios sumarios por un sistema judicial controlado por el partido y que consideraba, por decreto ley, que la legalidad y la jurisprudencia emanaban del Fürher y éste no podía ser cuestionado por los jueces y magistrados. La farsa de juicio les condenó a muerte por el delito de alta traición pero era la sociedad alemana la que estaba delinquiendo en su propia traición.

Lectura y visionados recomendados:

- El Laberinto Alemán de José Ramón Díez Espinosa

- Rebeldes del Swing (EE.UU. 1993)

- El hombre de la cabina de cristal (EE.UU. 1975)

[1] No puedo afirmar que esta cita pertenezca a Brecht, en el articulo de la Wikipedia enlazado se atribuye dicha cita a Martin Niemoeller.

Goebbels y Churchill

El año de 1940 es decisivo en la historia de Europa. Hitler se lanza a conquistar la Europa Occidental, la intocable, convencido, entre otras cosas, de que ningún país podría hacerle frente. Inglaterra y Francia veían claramente una batalla perdida. Entonces surge una figura importantísima para los devenires europeos: Churchill.

Goebbles escribía en su diario a ultima hora de la noche del 10 de Mayo [de 1940]: “Churchill es ahora primer ministro. ¡El campo está despejado! Eso es lo que queríamos“. Fijémonos ahora lo que escribía Goebbles sobre Churchill en ese mismo diario, el 18 de Junio de 1941 (tres días antes de que los alemanes invadieran Rusia): ” de no ser por él, esta guerra hubiera terminado hace tiempo“.

Extracto de la nota a pie de página de “Sangre, sudor y lágrimas. Churchill y el discurso que ganó una guerra”. John Lukacs. Turner publicaciones. 2008. Página 20. ISBN – 978-84-7506-861-9