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Gracias, Sir Francis Drake

Es fácil que el turista se olvide de la presencia del mar en Cartagena de Indias: paseando por su centro histórico a pleno sol y en compañía de otros muchos congéneres, el Caribe sigue pareciendo tan lejos como cuando lo vemos en las postales…

Pero Cartagena fue uno de los puertos más importantes de América entre los siglos XVI y XVIII, y algunos visitantes buscan hoy con expectativas un tanto ingenuas los restos de aquel puerto y aquel mar de galeones y piratas. Para esos turistas (entre los que me incluyo), la vista del cordón amurallado, con sus cuatro siglos de historia, provoca una emoción parecida a la que siente el público de un teatro antes de que se abra el telón de una gran obra. El chasco viene después, cuando tras subir fatigosamente las rampas o escaleras que permiten caminar sobre la muralla, ocupar garitas o imaginarse uno mismo como artillero de cañones, se descubre que una nueva muralla de asfalto y coches ahoga desde fuera a la original y se interpone entre la ciudad y el mar, restando mucha poesía a la vista que se ofrece ante sus ojos.

Aun así, el viajero con ganas de echar a volar la imaginación puede consolarse pensando que hace tres siglos el susto por asomar la nariz sobre los muros de piedra podía ser mucho mayor. Piratas y corsarios ingleses o franceses, sobre todo, visitaron con frecuencia Cartagena, atraídos por las riquezas que se acumulaban en la ciudad -uno de los más prósperos enclaves comerciales en la Carrera de Indias-, y animados por sus respectivas monarquías.

Una placa en el  Fuerte de San Felipe recuerda el asedio de la ciudad por el  Barón de Pointis
Una placa en el Fuerte de San Felipe recuerda el asedio de la ciudad por el Barón de Pointis

Las carracas españolas se escoltaron con galeones y pusieron patas arriba medio mundo, transportando manufacturas europeas hacia América, materias primas y metales preciosos americanos con los que inundar las arcas del viejo continente, costear sus guerras, y, algo más tarde, pagar los lujosos y exóticos productos asiáticos. Se comerció también con personas: mano de obra esclava, arrancada de África, con la que cultivar las prósperas plantaciones del Nuevo Mundo. Ante este panorama, Drake fue uno de los primeros en dejar constancia de que ni sus compañeros de profesión ni las demás potencias coloniales estaban dispuestos a quedarse mirando el monopolio español. Asaltos como el de Sir Francis Drake en 1586 (con tan alto título lo había premiado la reina Isabel I de Inglaterra por sus servicios a la corona), que se saldó con la quema de la ciudad y su liberación sólo después del pago de un elevado rescate, habían convencido a Felipe II  para ordenar la construcción de la muralla que le  valió a Cartagena el sobrenombre de “la inexpugnable” (o casi). No podía imaginar el monarca en cuyo Imperio no se ponía el sol, que toda aquella plata expoliada en América y tan celosamente defendida de los avaros ataques de otros vecinos europeos, iba  a colapsar el mercado español, provocando la famosa inflación del siglo XVI y, después, la profunda crisis del XVII.

Hay que decir que cuando el presente se transforma en Historia, y ésta se evoca varios siglos después desde un breve post que además pretende ser ameno, se corre el riesgo de que parezca que se banalizan hechos que causaron enorme sufrimiento e injusticias que aún hoy colean, como el exterminio y sometimiento de los pueblos originarios de América, o el tráfico de esclavos. Nada más lejos de mi intención.

Dicho esto, y volviendo a mirar este relato con los ojos del turista que visita hoy la evocadora Cartagena de Indias con expectativas de encontrar vestigios de historia y confirmaciones a su imaginario, hay que dar las gracias a los colonos  que levantaron la ciudad por el acierto  con  que alinearon y colorearon sus enormes casonas de piedra, la sombra de los grandes árboles tropicales que respetaron,  y la armonía  de torres y cúpulas que con que dibujaron el perfil de la ciudad. Y por supuesto, hay que agradecer  a Sir Drake y a sus amigos  aquellas visitas  que fueron el pistoletazo de salida para la construcción del corralito de piedra (como los cartageneros gustan de referirse a su ciudad vieja, custodiada como un rebaño en el redil de su muralla).

Una nave histórica amarrada en el antiguo puerto
Una nave histórica amarrada en el antiguo puerto

Así que se podría decir que los piratas, pese a todo, salvaron a esta pequeña joya que desde 1984 es Patrimonio UNESCO, provocando la construcción de una muralla que ha podido así preservar un casco histórico casi intacto. Extramuros, el desarrollo urbanístico desenfrenado, no planificado o de planificación dudosa, ha hecho más estragos a la Bahía de Cartagena que muchos ataques de piratas juntos…Creo que visitar Cartagena merece la pena tanto por la belleza del patrimonio que conserva (y por su gente, de una hospitalidad maravillosa), como por la reflexión que inspira sobre la fragilidad de ese mismo patrimonio. Quién sabe hasta cuándo resistirá la muralla…

Manila, tras las huellas de la perla del oriente

Lugar: Intramuros, Manila, Filipinas

Donde alojarse: White Knight desde 38 euros 

Donde comer: Ilustrado

Que visitar: Fort Santiago, Casa Manila, Iglesia de San Agustin, Museo Nacional de Filipinas

Donde comprar mementos: La monja loca

Actividades: prueba el tour “Walk this way” de Carlos Celdran, donde pisaras las huellas de José Rizal, viajaras en calesa por las calles de Intramuros y terminaras el tour con un delicioso halo-halo.

 

Solo hay dos maneras de contemplar Manila: con desdén o con melancolía. Lo primero que uno se encuentra tras salir del aeropuerto depende de la hora a la que llegue. El paisaje diurno esta dominado por la contaminación, el ruido y los barrios de chabolas. De noche, las llamativas luces de neón anunciando “karaokes” en coreano o japonés dominan el paisaje a ambos lados de la carretera.  El calor húmedo se pega al cuerpo, mezclado con el olor del carburante de los jeepneys y el ruido incesante de una ciudad que nunca duerme. Esta es la carta de presentación de Manila, que da más pie a detestar la ciudad que a admirarla por su belleza. Las aceras irregulares, los negocios que irrumpen en ellas sin dar tregua al paseante, son un recuerdo de lo mucho que aun queda por hacer en esta ciudad. Observando el caos organizado del trafico manileño uno se pregunta si España estuvo realmente allí; circuitos alzados de hormigón, Wendy’s, grandes centros comerciales, Correos, el Museo Nacional de Filipinas, todos parecen salidos de un set de película de Estados Unidos. Un recuerdo de los escasos 50 años que estuvieron allí.

 

Resulta difícil entre tanto cemento encontrar algún trazo de arquitectura castellana, o mestiza, o local; cualquier cosa que nos narre la historia de la ciudad, que nos recuerde como era aquel emporio comercial que conectaba Asia con América a través del Galeón de Manila (o de Acapulco). Al final uno se da cuenta de que lo que nos esta contando el cemento es el relato desgarrador de la guerra. No hay nada porque no quedó nada de Manila tras la segunda guerra mundial.   Los encuentros ibéricos con Oriente comenzaron en el siglo XVI. Primero llego Portugal por la ruta africana, y más tarde se le unió España por la ruta americana. Magallanes descubrió las islas en 1521, pero no sería hasta 1565 cuando Miguel López de Legazpi fue enviado a las islas para conquistarlas. En esa misma expedición iba Andrés de Urdaneta, a quien había sido encomendada la labor de realizar con éxito el Tornaviaje. Mientras Urdaneta se hacia a la mar en busca de su ruta de retorno a América, Legazpi establecía un asentamiento español en Cebú desde donde iniciar su conquista. En 1570, las fuerzas de Legazpi llegaron a la bahía de Manila, en la isla de Luzón. Allí, junto al rio Pasig, bullían los reinos de Maynila y Tondo, gobernados por los rajás musulmanes locales Soleyman, Matanda y Lakandula. Tras varias batallas, los musulmanes prendieron fuego a la ciudad de Maynila y huyeron a Tondo, dejando el territorio a los conquistadores. En 1571, se inicio la construcción del fuerte que luego se convertiría en el corazón de la ciudad de Manila. Tras diversas revueltas musulmanas y un ataque del pirata chino Li Ma Hong, Manila fue poco a poco transformándose en la capital española de Oriente, desde la que se organizaban tanto empresas comerciales como campañas evangelizadoras. La ciudad fue creciendo poco a poco con el marcado estilo burloloy –donde se mezclan estilos decorativos de todo tipo- que caracteriza al pueblo filipino. Las calles empedradas de Manila recuerdan mucho a las calles de Sevilla, pero en lugar de paredes opacas, las casas manileñas tenían elegantes conchas engarzadas en marcos de madera a modo de pared. Las ventanas correderas dejaban pasar el aire para mitigar el intenso calor tropical de la zona.

Las torres de las iglesias empezaron a sobresalir en el horizonte con el éxito de los evangelizadores. El edificio más alto de Manila, situado en Intramuros, era la torre de la iglesia de Binondo, erigida en 1596. Varios terremotos a lo largo de los siguientes siglos terminarían por destruir parte de la estructura de la Iglesia, que fue reconstruida en al menos cuatro ocasiones. Pero Binondo era más que una iglesia; de allí partían todas las carreteras, de allí salían los misioneros,  allí latía el corazón de Manila. Teniendo en cuenta el éxito evangelizador de los cristianos en las islas, resulta sorprendente que en Filipinas no se hable en castellano. Parece que la experiencia misionera en América hizo que se diera prioridad a la evangelización en lengua autóctona, como escribía Felipe II: “No parece conveniente apremiarlos a que dejen su lengua natural, mas se podrán poner maestros para los que voluntariamente quisieren aprender la castellana, y se dé orden cómo se haga guardar lo que está mandado en no proveer los curatos, sino a quien sepa la de los indios“. Sea cual fuere su objetivo, la Iglesia consiguió aislar al pueblo filipino de la corona española, y convertirse en inevitable mediador entre ambos.

Este control férreo de los religiosos hizo que las iras de ilustrados como José Rizal –educado en Madrid- les identificaran como el mayor de los males para el pueblo filipino. Para cuando estallo la guerra del 1898 con Estados Unidos de América, un fuerte movimiento independentista había tomado forma en las islas al mando de José Aguinaldo. Con la llegada de los americanos Filipinas se modernizó; mas de 500 profesores fueron enviados a Filipinas a dar clases de ingles, llego el primer tranvía, los helados, la Coca-Cola, la primera línea aérea. Manila se convertía así en la Perla del Oriente; una mezcla sorprendente de arquitectura castellano-mestiza, tecnología americana y esencia asiática, una parada inevitable para todos aquellos que estaban a caballo entre América y Asia.

Pero todo el jazz dejo de sonar con el ruido de las bombas. En 1941, el general MacArthur era informado del ataque sobre Pearl Harbor, pero tardó en reaccionar y la gran mayoría de sus aviones de guerra fueron destruidos en un ataque al aeropuerto de Clark. MacArthur abandonó Manila a su suerte, lo que dió pie a la invasión japonesa de la ciudad. Lo que vino cuatro años después, conocido como la Batalla de Manila, fue un despropósito bélico sin sentido destinado más a resarcir el orgullo de MacArthur que a ninguna táctica de guerra. El general Yamashita había ordenador la retirada, pero el vicealmirante Iwabuchi desobedeció las ordenes y permaneció en la ciudad. MacArthur ya había visto en otras contiendas del Pacifico como los japoneses no eran capaces de rendirse ni en la peor de las circunstancias. Aun así, decidió hacer un asalto directo a la ciudad en lugar de esperar (para entonces los aliados iban ganando). Miles de bombas fueron lanzadas indiscriminadamente sobre la hermosa ciudad de Manila. Alrededor de 1,000 soldados americanos y más de 16,000 soldados japoneses perdieron la vida en una lucha que atrapó a la población civil de Manila. Se estima que 100,000 filipinos (hombre, mujeres y niños) fueron asesinados por los japoneses o muertos por la artillería aliada. Manila fue arrasada. Sólo la torre de la iglesia de San Agustín se mantuvo en pie, todo lo demás quedó en escombros. La iglesia de Binondo y sus archivos, quemados.

Lo que antes fue Manila, hoy ha quedado reducido a una pequeña sección de la ciudad que se conoce como Intramuros. Los esfuerzos de Imelda Marcos dieron fruto en los 80, cuando la zona empezó a ser reconstruida con el aire mestizo que debió tener en algún momento la ciudad. Si cuando uno visita por primera vez Manila la mira con desdén, yo le recomiendo que vaya a Intramuros, atraviese el Fuerte Santiago y mire más allá del rio Pasig. Al otro lado, en la calle Escolta, lo que hoy es un conglomerado de edificios desaliñados fue hace un siglo una de las calles mas bonitas del lejano oriente.

Canteras de Cusa, Sicilia: viaje a una fábrica de templos.

Para los locos por la arqueología, visitar un yacimiento o un buen museo puede ser algo casi místico: unos pocos objetos, unas ruinas, nos bastan para -con un poco de imaginación- evocar fragmentos de vidas pasadas, metiéndonos fugazmente en ellos como si fueran recuerdos lejanos de una vida nuestra. Y por si la imaginación no nos da para tanto, las carambolas de la historia nos regalan a veces lugares en que imaginar casi no hace falta.

Sección de un fuste de columna, abandonada mientras era transportada con la ayuda de cuñas. Es visible la cavidad destinada a la grapa de unión con otra sección.

Uno de esos lugares, fascinante tanto por el valor mismo del yacimiento como porque lo más probable es que no coincidamos con muchas otras personas al visitarlo, son las Cavas de Cusa, en Sicilia. De estas canteras se nutrían los grandiosos templos de la vecina Selinunte, y en ellas la expresión “parado en el tiempo” adquiere todo su sentido: esparcidos entre árboles de olivo y naranjos, encontramos fústeles y basamentos en todas las posibles fases de elaboración, desde aquellos que sólo con dificultad se distinguen del bloque de piedra original, hasta los que prácticamente se han fosilizado con el suelo mientras rodaban, transportados con palancas y cuñas. Todo está tal y como lo dejaron los obreros que trabajaban en Cusa cuando un día del 409 a.C el inesperado ataque de los cartagineses les obligó a abandonar la cantera para correr a defender la ciudad. Casi todos sus habitantes morirían o serían hechos prisioneros, y los templos a los que estaban destinados aquellas columnas nunca llegarían a construirse.

Sección de un fuste de columna, abandonada mientras era transportada con la ayuda de cuñas. Es visible la cavidad destinada a la grapa de unión con otra sección.

Desde entonces, el esplendor de Selinunte no volvió a ser el mismo, aunque por suerte las ruinas de su Acrópolis nos cuentan aún hoy que allí estuvo uno de los más poderosos enclaves comerciales de la Magna Grecia.
Pero, pese a la magnificencia de sus templos -y aun a riesgo de desatar las iras de Zeus, Hera o Apolo, algunos de los dioses a quienes estuvieron consagrados- tengo que decir que son las Cavas de Cusa las que con más fuerza tejieron mi recuerdo de este extremo de Sicilia, que visité un verano de hace 4 años. De hecho admito que, mientras caminaba entre aquellos restos entre el fragor de las cigarras, escuchar de un momento a otro el martilleo de dinteles y la voz de alerta ante la llegada del invasor no sólo me pareció posible, sino perfectamente razonable.