Archivo de la categoría: Sociedad

Violencia política en la Transición (III): Los grupos de extrema derecha y la represión del Estado

El último capítulo del serial sobre la violencia política en La Transición (tras los del nacionalismo violento y la izquierda radical) se cierra con dos casos de violencia DIFERENTES entre sí, que se presentan juntos porque ambos obedecen a un mismo condicionante: la nostalgia de épocas pasadas.
Como hemos podido ver en los dos capítulos anteriores, la violencia política durante los setenta era el pan de cada día. La situación de transformación en el país generaba que muchos grupos buscaran reubicarse en el nuevo marco de fuerzas políticas. Algunos de ellos buscaban la vuelta a un “pasado glorioso”, utilizando para ello incluso la fuerza y la intimidación, o transportaban al presente los vicios inherentes de una dictadura que recientemente había tocado a su fin.
Seguir leyendo Violencia política en la Transición (III): Los grupos de extrema derecha y la represión del Estado

Mercosur: Un mito de la integración latinoamericana

Termina el Mundial de Brasil y las sensaciones para las dos grandes selecciones de América, Brasil y Argentina, son cuanto menos agridulces. Quizás con el tiempo se valoraran más los resultados, sobre todo con los recursos con los que ambos conjuntos enfocaban la competición, pero la finalización del Mundial también supone la vuelta a la normalidad de las sociedades argentina y brasileira.

Argentina y Brasil, Brasil y Argentina, no importa el orden de los factores de las dos tradicionales potencias de la región sudamericana, fronterizas y tradicionalmente en conflicto, no siempre del todo pacífico, por la hegemonía del subcontinente sudamericano, sobre todo durante unas dictaduras militares que buscaron enemigos fuera que focalizaran el fervor nacional (véase Malvinas).

Seguir leyendo Mercosur: Un mito de la integración latinoamericana

Cómo conocí a vuestro padre (político): Definiendo el populismo.

En el análisis político actual se han generado una serie de términos-comodín los cuales el tertuliano o el político de turno se encuentra muy acostumbrado a repetir una y otra vez cuando lo que dice el oponente no le gusta. Frases como: “su argumento es una falacia…”, “eso que usted dice es demagógico…” o “esa medida es populista…” son normales en cualquier confrontación política, el problema es que una gran parte de los que las utilizan desconocen los significados de dichos términos. Seguir leyendo Cómo conocí a vuestro padre (político): Definiendo el populismo.

La metamorfosis de la cultura

Desde que Truman, con su famoso discurso, pusiera en marcha el tren del desarrollo, allá por 1949, este polémico y difuso concepto se ha ido apostillando de diversos modos (“sostenible”, “humano”, “participativo”, “integral”…), de la mano de una serie de conceptos que podríamos llamar paradigmáticos (sostenibilidad, nueva ruralidad, emprendimiento…) que han logrado gran aceptación y se han convertido en verdaderos marcos estructurales de referencia para la construcción de realidad. Complejamente combinados y superpuestos, éstos han ido delineando los mundos de sentido bajo los que han surgido,  durante los últimos 30 años[1], las tendencias internacionales en materia de desarrollo.

Seguir leyendo La metamorfosis de la cultura

Bajos Fondos Sevillanos I. De picaros y gente de vida apretada

La Sevilla Barroca

“Quien no ha visto Sevilla, no ha visto maravilla”…Así rezaba un dicho durante la Edad Moderna, lo que nos puede ayudar a hacernos una idea de lo que era la Sevilla de la época, la que Cervantes apeló “¡Roma triunfante en ánimo y nobleza!”…La nueva Roma, así se le consideraba y es que Sevilla fue el centro del comercio con el nuevo continente, a su puerto arribaban galeones con sus tripas atiborradas de oro y plata indiano, Sevilla era el puerto más importante del Imperio, la puerta de entrada y salida de occidente, el punto que concentro todas las relaciones con las Indias occidentales.

Seguir leyendo Bajos Fondos Sevillanos I. De picaros y gente de vida apretada

Después de… [VIDEO]

Comenzamos un nuevo curso, y con él me gustaría compartir con vosotros un documental que he conocido a través del blog Elearning de mi amigo @eraser. Es una recopilación de documentos de la época más crucial de la reciente Historia de España, la Tansición. En él podemos palpar cuál es el sentimiento de los miembros activos de la política española, pero sobre todo de los incorformistas de la transición tal y como estaba llevándose a cabo y de los nostálgicos del régimen anterior. Está grabado entre 1978 y 1981, y se termina de realizar justo antes del golpe de Tejero el 23 de Febrero de 1981.

Y es que la siempre llamada ejemplar transición española empieza a flaquear con el paso de los años. Una transición llevada a cabo por una parte de la antigua oligarquía que abría las puertas a una nueva, con la que se entiende bastante bien, una transición permitida por el miedo inculcado durante años a la desmembración de la nación y a una nueva guerra, y una transición con el visto bueno de la comunidad internacional conservadora. Una transición a la que se le empiezan a ver las vergüenzas y que comienza a ser cuestionada como proceso histórico ejemplar.

Temas tan de actualidad como el aborto, o la llamada conservadora a la familia [en este caso por el divorcio], la reforma laboral, la represión, las luchas sociales en materia de empleo [destacar el conflicto agrícola], se tratan en el vídeo, y en la calle.

El documental es largo, tiene dos partes de 90 minutos cada una, pero os lo recomiendo fervientemente. Las conclusiones y los debates, espero que podamos llevarlo a cabo en los comentarios. Sin más particular, los vídeos.

 

Discurso de Martha C. Nussbaum. Principe de Asturias 2012

Os dejamos el discurso de Martha C. Nussbaum en la recogida de su premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales. Un auténtico alegato a la necesidad de una educación basada en las ciencias humanas y no en la creación de meras herramientas de trabajo.

20-N o el inevitable fin del franquismo

Soy historiadora, así que tal vez a algunos les pueda parecer, por lo pronto, una locura lo que estoy a punto de decir, pero me gustan los riesgos. Allá va: no soy muy de fechas. Vamos, que incluso tengo una memoria atroz. Historiadora con mala memoria, ésa soy yo. Si no me acuerdo de lo que comí ayer o de lo que hice este verano, ¿alguien pretende que me acuerde de las fechas de inicio y final de la Guerra de los Treinta años? ¿En serio? ¿Duró de verdad treinta años? Ah, pues sí, lo pone en la Wikipedia.

Portada del diario Arriba (21-XI-1975)
Por si alguien no se había enterado.

A pesar de esta horrible confesión, espero ganarme el favor de los historiadores que lean estas líneas porque, tranquilos, aún soy capaz de jugar al Trivial de manera bastante resuelta, así que no todo está perdido. Debo aclarar que no soy un desastre total: no es que no “crea” en las fechas -comillas, comillas, imaginen que pongo los deditos a ambos lados de mi cabeza, teatralizando mucho el gesto-, simplemente no confío mi vida a ellas como si fueran mi tabla de salvación o mi religión particular. Sucede que soy más de procesos, de estructuras, de coyunturas, del trinomio causas-desarrollo-consecuencias… Y sí, ya sé que hago unas frases muy largas, pero mejor se me van acostumbrando, que todavía me queda para rato.

Volviendo al tema que nos ocupa, debo decir que, como amante de la historia social, del estudio de los procesos y los cambios que llevan a un hecho concreto y no a otro, etcétera, no puede importarme menos que las próximas e inminentes elecciones se sitúen en un 20-N. No me importa más allá de la curiosa casualidad o de la manía que tenemos los humanos por “aniversalizarlo” todo, si me permiten este palabro que me acabo de sacar de la manga. Que es un veinte de noviembre… pues bueno, pues vale, pues me parece que es el día que cae entre el 19 y el 21 y que, casualmente, es domingo, que es el día en el que tengo entendido plantan las elecciones para fastidiarnos muy convenientemente el fin de semana. Más allá de eso y sobre las idas y venidas en torno a los “¿lo habrán hecho a propósito?”, “¿querrán desvirtuar el sagrado significado de tan importante onomástica?” o “¿es que no habrán encontrado más fines de semana en noviembre, los muy capullos?”, no entro ni salgo.

Arias Navarro anunciando la muerte de Franco.
¿Saben aquel que diu? Ah, que ya se lo saben...

Dejando de lado esta parrafada introductoria y antes de irme por los cerros de cierta ciudad jienense en la que ni siquiera he estado (pero que me han dicho que es asaz hermosa, oiga), alquilemos un DeLorean y viajemos a cierta noche que cambió para siempre la historia de este pedacito del mundo en el que nos encontramos. Me refiero a la noche en la que un Arias Navarro tembloroso y compungido se asomó a millones de saloncitos españoles, bajo la sevillana que vive por defecto encima de cada televisor, y dijo cuatro palabras que están grabadas a fuego en nuestro inconsciente colectivo: “Españoles… Franco ha muerto”. Estas palabras, pronunciadas la noche del 20 de noviembre de 1975, supusieron el final de un ciclo que se había extendido durante casi cuarenta años.

¿Pero era este momento concreto realmente el final de un ciclo o sólo una parada más en una inevitable cadena de acontecimientos? Y es aquí donde quería llegar yo. Me ha costado, ¿verdad? ¿Todavía hay alguien ahí, llegados a este punto? Espero que sí. No me malinterpreten, que no digo que el 20-N no sea una fecha crucial de nuestra historia, pero no está de más constatar que una fecha o un único acontecimiento, aunque puede ser un desencadenante de un fenómeno mayor, las más de las veces es parte de algo más grande que no termina de entenderse del todo hasta que no se ve desde fuera, a vista de pájaro. Vamos, una muesca más en la rueda interminable de la Historia, tal y como la veían los griegos, unos tipos muy listos, según me han dicho, que entendieron muy pronto que la Historia está entretejida por medio de ciclos y no es absolutamente lineal (igual que la economía, ¡qué casualidad!).

¿Y dónde podría decirse que encontramos el “principio” y el “final” de esta trascendental etapa de nuestra historia? El final, parece claro, debemos situarlo en la conclusión de la Transición. Pero no me hagan dar vueltas sobre este punto, que no es el tema y unos dirán que es el ’77, otros me saldrán con el ’78, luego protestarán los de allá con el ’81 y los de acullá con el ’82; empezarán los tirones de pelo, los “no sabe usted con quién está hablando” y ya la tenemos liada. Pero el principio, el principio es otra cosa…

Cuando Franco agonizaba en su cama de hospital en ese frío noviembre de 1975, apenas una sombra de lo que fue, ajeno a los tejemanejes de su entorno de familiares, políticos y chupópteros varios, lo cierto es que ya no estaba en la España o paraíso del nacionalsindicalismo que él creía gobernar con mano de hierro. No era la misma España que celebrara los veinticinco años de paz en 1964, no se parecía apenas a la que suprimiera las cartillas de racionamiento en 1952 y ni siquiera saludaría a su prima de 1940 si la viera por la calle. Franco moría dejando una España distinta, que cambió con él y a pesar de él. Una España cuyo cambio era un alud que no habría conseguido detener ni una veintena de Arias Navarro y, me temo, tampoco un Carrero Blanco. Y si no me creen a mí, crean al menos al insigne Tusell cuando decía que “la sensación predominante que produce el Franco de los últimos diez años de su vida es la de un gobernante que experimenta un creciente desconcierto ante una realidad que ya no le resulta fácil de captar y de dirigir” [1].

Si algún día les da por montar una dictadura –que no sé si venden kits en el IKEA–, sepan que es relativamente sencillo controlar a un pueblo por medio del miedo, cuando no tiene más salidas que el hambre, la cárcel, el exilio o la muerte. Más aún si vive aislado del mundo exterior (que ni Facebook tenían, se ve). Pero esta tarea se vuelve poco menos que hercúlea en España a partir de finales de los ‘50 y, sobre todo, en la década de los ’60. El desarrollo económico despierta a un país en coma y atrae al turismo de corte industrial y masificado. Y si las fronteras se abren para dejar entrar a los turistas que venían por millones, también lo hacen para el gran éxodo de emigrantes, que no se marchan ya por razones políticas, sino económicas. Ende, el mundo se hace más pequeño y las nuevas ideas viajan más rápido. En ese momento el país ya no muere de hambre –a grandes rasgos- y nos lanzamos en masa tras la máxima Primum vivere deinde philosophari: la oposición se reorganiza y, por primera vez, los que no se marcharon allende nuestras fronteras, sino que se quedaron aguantando el chaparrón, tienen más fuerza que las cúpulas de sus partidos instaladas en el extranjero y que, todavía en algún caso, ven a España desde el prisma añejo y descolorido de 1939. Los estudiantes y los sindicatos hacen lo propio y, desde la clandestinidad y esos secretos que no son tan secretos, se mueven deprisa. No, desde luego que España no era la misma.

Imagen de "Cuéntame".
Y ahora nos vamos a quedar sin ver la pinícula de la noche…

De hecho, a España ya no la conocía ni su padre y decir lo contrario era negar la evidencia. El régimen o lo que quedaba de él en los últimos años, era como un sillón orejero en una casa de diseño, que será de la abuela y tal, pero no pega con el resto de la decoración. Para eso Dios inventó los guardamuebles. Lo que quiero decir con esta metáfora tan burda es que la España del milagro económico, la emergente clase media, los 600, las hordas de turistas, los universitarios que leían El Libro Rojo de Mao con avidez –sin admitir que en realidad era un tostón- o escuchaban a Lluís Llach cantando no sé qué de una estaca… no encajaba con la envoltura obsoleta de la dictadura franquista. Primum vivere deinde philosophari, amigos, había llegado el momento de filosofar. Más si cabe en el contexto en el que vivíamos –¡no olvidemos nunca el contexto, pardiez!-, rodeados de países masones democráticos o en vías de serlo, como el Portugal de la inolvidable Revolución de los Claveles, demasiado cerca como para alarmar a más de uno. Una Europa democrática que nos mira por encima del hombro y nos restriega por la cara el embrión de la futura UE, a cuyo acceso estábamos completamente vetados por el insignificante detallito de ser una dictadura.

En estos últimos y agónicos estertores del franquismo, hay, sin embargo, dos momentos clave. Primero, en 1969, la definición de un futuro que hasta ese momento permanecía en suspenso por expreso deseo del dictador: la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, que ponía al actual Juan Carlos I en la mira de todos los que constataban la evidencia de que, en efecto, el Caudillo no era inmortal y pasaría a mejor vida más tarde o temprano. Y segundo, la muerte de Luis Carrero Blanco en 1973, dinamitando (sin segundas, lo juro) en principio la posibilidad de que un Franco 2.0 heredara España, como si fuera un jersey de ochos que pasa del hermano mayor al pequeño, aunque a priori le quede un poco mal de la sisa.

Renqueante y apolillada, la dictadura se precipitaba hacia su final, de eso no había duda. Y aunque no quiero abusar, creo que aquí me viene de perlas la siguiente cita de Fusi y Palafox, Dios bendiga su manual de Historia Contemporánea: “El hecho era –aciertos o desaciertos gubernamentales aparte- que desde 1969 había una verdadera crisis de régimen. España era un Estado católico en donde la Iglesia condenaba al régimen; un Estado que prohibía las huelgas y donde éstas se producían por miles; una Dictadura que buscaba legitimarse en nombre de la democracia; un Reino sin Rey, donde el jefe de la Casa Real, don Juan, padre del futuro Rey, condenaba desde el exilio al régimen, […] recibía a la oposición […] y al que incluso se le prohibía pisar suelo español” [2]. Por mucho que España haya sido siempre un mar de contradicciones, cuando tiras mucho de la cuerda, la cuerda se acaba rompiendo.

Nuestra dictadura estaba cimentada en torno a la figura del no tan eterno Caudillo, quien le había insuflado vida y sentido (o sinsentido). De hecho, podríamos decir que dictador y dictadura conformaban una relación casi simbiótica; por eso siempre he pensado que el término franquismo es más adecuado incluso que dictadura, por todo lo que ello implica. Dictador y régimen se marchitaron casi simultáneamente, pero cuando Francisco Franco Bahamonde murió el 20 de noviembre de 1975, su gran obra política estaba bajo tierra mucho antes, aunque entonces no pudiéramos ver el final del túnel con claridad. Habría de pasar algún tiempo todavía, pero las piezas ya se estaban moviendo. Eso, sin embargo, es otra historia.

_________________

1 TUSELL, Javier, Dictadura franquista y democracia, 1939-2004. Barcelona: Crítica, 2005. Pp. 195 y 196.

2 FUSI, Juan Pablo y PALAFOX, Jordi, España: 1808-1996. El desafío de la modernidad. Madrid: Espasa Calpe, 1998. Pp. 322 y 323.