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OPEC PRODUCTION LEVEL

Cuando éramos reyes: la OPEP y la crisis energética de los setenta.

A pesar de que en España los consumidores no lo estamos notando en demasía, el petróleo lleva varias semanas de caída constante y generando quebraderos de cabeza a algunos gobernantes de países productores a los que no les salen las cuentas. Tras haber superado los 120 dólares el barril en épocas relativamente largas de bonanza (y gasto) para los países productores, muchos Nostradamus de nuestra época lanzaban el grito al cielo acerca de que el llamado peak oil, se encontraba a la vuelta de la esquina. Quizás se peque de ventajismo, pero con un barril brent en lenta pero estable caída y que ya se ha situado en torno a los 70 dólares el barril y con la elasticidad que ha demostrado tener el lado de la oferta (nuevas inversiones, fracking, implementación de energías complementarias, etc.) mantener que el petróleo se va a acabar relativamente pronto es, a día de hoy, cuanto menos algo aventurado. Sigue leyendo

Conquista de Capilla

Fernando III, S03E00

Los productores estaban preocupados. El guionista, directamente, no levantaba cabeza. Pese a la buena acogida de la primera y la segunda temporadas, la audiencia de la serie Fernando III no acababa de despegar. Quizás fuera la desigual competencia en la programación contra la Champions o quizás la falta de sexo guarrete y violencia; sea como fuere, la cadena aparcó el proyecto de la tercera temporada de manera indefinida.

No obstante, la presión desmedida de los fans, conocidos en el mundillo televisivo como fernanders, obligó a replantear la cuestión. Si Veronica Mars pudo resurgir -¡y cómo!- de las cenizas, también podría hacerlo Fernando III (la serie, no el rey, que de cenizas nada, que es una momia que aún recibe visitas porque estará muerta pero aún tiene una educación). Sigue leyendo

Magdalena de la Cruz. El imaginario del Diablo.

 

Hola, queridísimos lectores de Aquí Fue Troya. Les presento a Magdalena de la Cruz. Magdalena era monja franciscana, y vivió entre los años 1487 y 1560, entre Córdoba y Andújar.

Y dirán ustedes, ¿y este imbécil porqué viene hoy a hablarnos de una monja que está ya mayor? Pues bien, no era oro todo lo que relucía en la vida de Magdalena. Era ésta una señora muy santa y muy beata. Llevaba a sus espaldas más de cuarenta años de poco discreta santidad y su prestigio recorría todos los rincones de la incipiente España Moderna. Era tal su fama que cuando nació el heredero a la corona, que no era un cualquiera, sino el futuro Felipe II, le mandaron unos hábitos de Sor Magdalena para que lo envolvieran en ellos y ahuyentar así a los demonios venideros.

Casi nada era Magdalena. Magdalena había sido abadesa del convento y luchaba por recuperar su posición. Para ello se valía de un arma bastante importante y es que, debido a su fama, Magdalena controlaba las limosnas que la gente piadosa y de bien (es decir, las limosnas de verdad, nada de moneda de vellón) otorgaba al convento y las repartía como le salía del mismísimo hábito. Las monjas no la querían de jefa y ella, ere que erre. Imaginamos que por esta razón, Magdalena sufrió en 1546 el destierro de su convento cordobés y la mandaron a Andújar a otro convento, y lo decidió así nada menos que la Inquisición.

¿Por qué os cuento esto? La Inquisición en Castilla, la llamada “Inquisición Española”, se crea en el año 1478 (aunque en Aragón existiera desde 1232); es decir, en 1546 aún eran principiantes en esto de perseguir herejías. Además, la “Inquisición Española” estaba más destinada a ir a por falsos conversos que a por brujas, y claro, donde no hay interés, se coge lo primero que tienen a mano. Total, que los chavales abrieron la Wikipedia y encontraron un libro reciente, el Fortalitium Fidei de Alfonso de la Espina, obispo de Orense (aquí tenéis la edición impresa en Lyon en 1487 que conserva la Universidad de Sevilla), y por ahí se guiaban a la hora de investigar los casos que tenían que ver con el Diablo.

[Ahora la Inquisición, ¿pero este chaval de qué va?]. La Fortalitium explica varias cosas de los demonios malos malísimos. Nos cuenta que son seres muy inteligentes, que se dedican a embaucar gente ingenua. Se disfrazan de Hadas (tejedoras del destino) en las que mucha gente tenía creencia. Se visten de duendes que te cambian las cosas de sitio. Se camuflan de ángeles buenos para burlarse de los actos de éstos, que ya le pasó a Jacob, a Moisés y a Josué. Además, se disfrazan de mujer, que dice Espina que esto les ha ido muy bien desde que lo probaron con Eva, aunque a las santas y a las beatas las dejan un poco de lado, que eso no embaucaba a nadie.

¿Y qué más? Pues una de las cosas más llamativas, desde nuestro prisma de revolución sexual y libertinaje de bajos, nos habla de los incubi y los succubi. Lo que vienen siendo, diablos y diablas (por este orden) que seducen a inocentes para dejarles la semilla o quedarse preñadas. He aquí lo más curioso que por aquel entonces se decía que las mujeres tenían menos control sexual que los hombres (que se lo pregunten a los vascos) y que por eso había más incubi que succubi. Incubi, por cierto, que tenían que ser los Brad Pitts de la época, porque decía Espina que enseñando un crucifijo ya se iban.

Otras creencias era que el Diablo se las ingeniaba para hacer que las brujas, que se habían entregado voluntariamente a él, creyeran cosas como que se había teletransportado o que habían estado en dos lugares a la vez.

Ahora que ya tenéis más o menos claro (o no) cómo se decidía la influencia del diablo nos vamos a Magdalena. Esta santa resulta que había recibido la visita de un ángel de luz cuando tenía 5 años, y que gracias a él había realizado todas las obras buenas buenísimas que se le achacaban. Pero hete aquí que no, que el angelito era un demonio disfrazado, y que cuando la mujer se dio cuenta ya había sido seducida y había fornicado con el muchacho, y que le caía bien, que todo hay que decirlo. Este ángel de luz/demonio  no sería otro que “un familiar”, que era el que recibía esos favores sexuales (o mejor dicho, un demonio en el cuerpo de ese familiar). Este señor le presenta a un “negro muy feo” y Magdalena le enseña el crucifijo. El otro se enfada y le dice que por qué no, que es muy buen chaval, un buen partido, etc. Le hace el lío y Magdalena yace con el señor negro. Pero el señor negro era un vaquero de esos que donde ponen el ojo ponen la bala y nuestra querida monja se queda preñada. Claro: una monja, preñada. A la chica no se le ocurre decir que ha sido el Espíritu Santo (total, si le funcionó a María…).  Tuvo al nene en Navidad (total, si le funcionó a María…). Pero el muchacho desapareció de repente y nada más se supo. Todo eso en la denuncia, imaginad.

Convento de Santa Isabel de los Angeles, residencia de Magdalena.  Fuente: Cordobapedia
Convento de Santa Isabel de los Angeles, residencia de Magdalena.
Fuente: Cordobapedia

Pero claro, la historia no vale así contada, las monjas del convento veían cabrones negros (de machos cabríos) e incluso Magdalena invitó a una compañero a unírsele a la fiesta con el negro diciendo que era un Serafín. También le ponen nombre a los demonios, que se llamarían Balbán y Pantonio, aunque fueron muchos más los que visitaron a la monja), todos ellos disfrazados de hombres galanes que iban a seducirla. También dijeron que estando ella muy enferma y encarcelada, la vieron de repente en el coro del convento arrodillada rezando, y que, corriendo como balas a la celda las compañeras de fatigas, estaba ella allí (y esto sería un engaño del demonio).

Así que, resumiendo, la acusaban de teletransporte, ubicuidad, conveniencia carnal con el demonio, preñamiento del demonio, etc. Lo que venía siendo un menú King Size Premium Total en el tribunal inquisitorial. Al final, poca condena que es el destierro, porque historial tenía aquí la Magda.

Esto es lo que he podido conocer de la historia de Magdalena de la Cruz. Las razones de la denuncia, aunque parezcan obvias, las desconozco. Pero fíjense bien que las historias que se cuentan no distan de las que cuenta Alonso de Espina. Las denuncias parecen siempre realizadas con los manuales de inquisidores presentes. Y aquí mi duda, que os la paso cual pelota a punta de estallar. ¿Es el imaginario colectivo el que hacía ver siempre los mismos hechos? ¿Es la crueldad humana la que inventa historias según decían los teólogos para denunciar al vecino, o al que molesta?

Como dice Angus MacKay en el artículo sobre esta señora: “cuando se descubren casos de mujeres que han hecho un pacto con el diablo y que tienen familiares con quienes se dedican a fornicar, hay que llamar a los inquisidores. No queda más remedio”.

 

 

| “Mujeres Diabólicas”. Angus MacKay y Richard Wood. En Religiosidad Femenina: Expectativas y realidades (SS VIII – XVIII). Colección Laya. Pub por AC AL-MUDAYNA, Instituto de la Mujer y Ministerio de Asuntos Sociales, 1991 (pp. 187-196). ISBN: 84-87090-05-2.

Libros perdidos, hoy rescatados: Los libros de Galeras

¿Quién no ha sentido en alguna ocasión un pequeño aguijón de curiosidad al observar un documental sobre barcos hundidos y se ha preguntado viendo estos antiguos galeones, cómo podría ser la vida cotidiana en ellos, qué clase de personas sobrevivían a estos largos viajes de semanas o meses en un estado lamentable, poca o ninguna higiene, con una alimentación monótona, sufriendo maltratos y enfermedades, lejos de las idílicas imágenes de galeones a que nos tiene acostumbrados en la gran pantalla?

Pues bien, según la noticia aparecida en el periódico El País, del pasado mes de marzo, sobre la restauración de los libros de galeras, podemos saber por fin cómo se desarrollaba la vida “de a bordo” en estos barcos empleados durante varios siglos para la guerra en el mar; y es que han sido muchos los documentos escritos que han desaparecido a lo largo de la historia y, luego, siglos más tarde, gracias a nuevas tecnologías o a donaciones de coleccionistas han vuelto a resurgir para devolvernos esas piezas que faltaban del puzzle de la historia.

Un libro de galeras es una lista descriptiva de los hombres y mujeres que poblaban estos barcos, siendo la mayoría esclavos y presos. Estos libros pueden ser de gran importancia para conocer la vida de la tripulación a bordo; los libros comienzan a aparecer a partir de 1624 llegando hasta 1748 aproximadamente y reflejan datos tanto de presos como de marineros y soldados. Hoy disponemos de un total de once de los veinticinco libros, entre los que había dieciocho sobre presos forzados, tres a esclavos y cuatro relacionados con soldados y marineros, aportando no sólo conocimientos de las condiciones en las que vivían estos tripulantes, sino de los nombres y las condenas que cumplían.

Y es que no todos los que viajaban a bordo de las galeras tenían una historia en común, es decir, existía una división abordo:

Las denominadas “gente del cabo” (oficiales, marineros, lombarderos, artilleros, solados y arcabuceros) y por otra parte la “gente de remo” (galeotes, esclavos, buenas boyas o asalariados experimentados en el mar). A los remeros también se les denominaba “galeotes” siendo en su mayoría ladrones, traidores, salteadores, asesinos, pero también había gente con delitos menores que eran llevados a las galeras en periodos de necesidad, es decir, cuando eran necesarios más remeros o gente de a bordo. En estos casos se endurecían las penas y personas que habían tenido problemas menores con la justicia o habían faltado en el ámbito religioso acababan en el remo. En los libros, para distinguirlos, a parte de quedar registrado el nombre y la procedencia de estos, se añadían los rasgos distintivos de cada persona, así por ejemplo encontramos: “Carlo Antonio chicote, natural de Panadrian, Reino de Napoles, Hijo de chicote, 35, dos heridas en medio de la frente, lunarillo en la oreja izquierda á la pare de abajo”.

Las condiciones en las que vivían estos pasajeros eran pésimas, desde que llegaban al barco eran amarrados con grilletes al remo; comían, dormían, hacían sus necesidades, encontrando muchos de ellos la muerte en el mismo banco; tal es la cosa, que los testimonios recogidos aseguran que se sabía cuándo llegaba una galera por el olor que ésta desprendía… y es que tenemos que tener en cuenta que durante este período de la historia la sanidad y la condiciones higiénicas no eran tomadas muy en cuenta. Y respecto a la comida que recibían, la gente de cabo y remo la llamaban bizcocho y estaba compuesto por pan duro, potaje y su ración de agua diaria.

En las galeras todo era contado, administrado y debidamente registrado en otro tipo de libros llamados “de cuentas”, conservados, entre otros, en la “Colección Navarrete”, donde se recogen todos los elementos necesarios para la navegación en las galeras: los metros de tela para las velas, la cantidad de comida que debía ir a bordo, los hombres de remo que debían ir en cada barco “para harmar los 18 barcos que tiene, 90 hombres de Remo, los quales seande repartir y bogar en esta manera; los 54 dellos han de bogar desde la popa hasta el Arbol, a razón de tres por barco, y los 36 restatnes an de bogar den dos en dos a cumplimiento de los dichos 18 barcos”. Una valiosa información que puede ser consultada hoy día en el Archivo Naval de Madrid.

Gracias a la labor que hoy se sigue realizando (me refiero al rescate de muchos libros que se encuentran abandonados, deteriorándose por las malas condiciones de conservación), podemos disfrutar de una imagen de la realidad de nuestro pasado desconocida y olvidada durante siglos.

El naufragio del Batavia

Corría el año 1629 cuando el Batavia, uno de los grandes barcos de la holandesa Compañía de las Indias Orientales, chocó mortalmente con los arrecifes de las islas Abrolhos frente a la costa oriental de Australia. Mientras el sobrecargo, el patrón y algunos hombres leales intentaban alcanzar las costas de Java para reclamar la ayuda de la Compañía, los supervivientes restantes quedarían a merced de la perversa voluntad del ayudante de sobrecargo, Jeronimus Cornelisz.

La Compañía de las Indias Orientales era una compañía por acciones creada en  1602 por los Estados Generales de Holanda que centralizaba bajo un monopolio el comercio de esta nación con las Indias. Durante dos siglos, la Compañía experimentó un crecimiento e importancia enormes tanto económica como políticamente. Tal era su poder que llegó a adquirir poderes cuasi gubernamentales  como declaraciones de guerra, prisión y ejecución de convictos, negociación de tratados, acuñación de moneda y establecimiento de colonias.

El viaje de la doncella

El Batavia fue construido por encargo de la Compañía en 1628 en los alrededores de Amsterdam. Su primer viaje, lo que los marineros llaman “Viaje de Doncella”, se inició a finales de octubre de ese año. Bajo el mando del sobrecargo Francisco Pelsaert y el patrón Ariaen Jacobsz, el Batavia iniciaba su larga ruta de 8 meses hasta Java, donde cargaría sus bodegas con especias y otras mercancías de valor. En sus cubiertas se hacinaban casi trescientas personas, casi 200 marineros a los que había que sumar un puñado de pasajeros distinguidos (un predicador calvinista, una joven que iba al encuentro de su esposo y otros personajes), un grupo de mercenarios alemanes contratados por la Compañía para proteger sus intereses en Java, y unas quince mujeres, algunas con niños de pecho, que habían sido subidas a bordo como polizones  y que engrosarían las listas de pasajeros con dos bebés nacidos a bordo.

El sobrecargo contaba con un ayudante, un ex boticario llamado Jeronimus Cornelisz, que se había enrolado con la intención de, se sabría más tarde, huir de la justicia holandesa por su relación con un herético pintor llamado Torrentius.

La noche del 3 al 4 de Junio de 1629, el largo viaje del Batavia llegó prematuramente a su fin. Debido a los problemas de la época para determinar la posición en el mar (determinar la longitud no fue posible hasta el siglo XVIII), el barco se empotró contra el arrecife de las islas Abrolhos frente a la costa oriental de Australia, un conjunto de 122 islas (islotes apenas) muy lejos de la ruta que pretendían seguir.

Las primeras horas de naufragio fueron un caos. Aunque el barco no se había hundido, gran parte de la tripulación se sumergió en una espiral de excesos fruto de la desesperación. Se asaltaron las reservas de alcohol y se disfrazaron con la ropa elegante de sus pasajeros. Sin embargo al despuntar el día, la situación pareció inspirar al menos un mínimo de esperanza. Llegar a los islotes de Abrolhos era tarea fácil con las dos embarcaciones auxiliares con las que contaba el Batavia y a ello se entregaron el Patrón y el Sobrecargo, desembarcando a las algo más de 180 personas supervivientes. Aunque 70 personas se resistirían a abandonar el barco y varias de ellas morirían cuando finalmente este se hundiera al cabo de unos días.

La situación, sin embargo no dejaba de ser desesperada. Un examen rápido y superficial del “archipiélago” les llevó a creer que las islas no contaban con agua potable de tal forma que Pelsaert y Jacobsz decidieron tomar a los marineros más experimentados y las dos embarcaciones (que a duras penas habrían podido transportar a 50 personas) y emprender una dura travesía hasta Java en busca de ayuda. Cuando quisieron darse cuenta, el grueso de los supervivientes veían cómo este grupo se marchaba sin ellos 4 días después del naufragio.

La hora más cruel

Tras la marcha de los dos jefes de la embarcación tan sólo quedaba en la isla un miembro de la Compañía, el ayudante del sobrecargo, Jeronimus Cornelisz. Los supervivientes que habían quedado atrás, pronto tomaron al ex boticario como la única figura de autoridad ofreciéndole el puesto de presidente del consejo formado para dirigir a la improvisada comunidad.

A medida que pasaba el tiempo, se iba desvelando la personalidad cruel de Jeronimus Cornelisz. Junto con una veintena de hombres a los que había ido ganando para su causa, se hizo con el control de la comunidad. Para ello, no dudó en repartir a los supervivientes por varios islotes con la excusa de mejorar sus condiciones de vida, limitar el acceso a los botes y balsas construídos improvisadamente por los carpinteros que aun había entre los náufragos, guardar para sí y los suyos las escasas armas de fuego rescatadas del pecio y controlar los suministros con los que contaban.

En realidad, Cornelisz fraguaba en su mente una idea: crear un grupo que tomara el control de un hipotético barco de rescate. Y para llevar a cabo esta idea, el número de supervivientes debía reducirse, asegurando así, que los que quedaran le fueran fieles. Para ello, trabajo con denuedo: montó farsas de juicios sumarios y ejecuciones bajo acusaciones de robo de los suministros, y separó a grupos enteros con la intención de que murieran de hambre y de sed.

A medida que se sentía más seguro de su poder, disminuía su recato. Los hombres de Cornelisz comenzaron a llevar a cabo asesinatos de forma descarada. Las mujeres supervivientes eran violadas y obligadas a ejercer de concubinas. Los débiles y los heridos fueron ejecutados. El resto de supervivientes, atemorizados, se convirtieron en marionetas cómplices y la cuadrilla de Cornelisz los obligaba a cometer asesinatos so pena de ser víctimas ellos de su violencia. Como ejemplo, el predicador que mencionabamos antes, servía la mesa de Cornelisz a pesar de que éste había matado a sus hijos y su subalterno amancebaba a su hija.

Algunos hombres buenos

El terror se había instalado en la isla en la que la mayoría de los supervivientes aun estaba refugiados. Pero uno de los grupos separados por los hombres de Cornelisz se transformó en un faro de esperanza.

Un grupo de soldados y marineros, liderados por un soldado raso llamado Wiebbe Hayes, que había sido abandonado por el ex boticario en la llamada Isla Alta, había descubierto en lo que parecía ser una isla hostil, una profusión de pozos de agua. Además, la isla contaba con un gran número de canguros de una especie dócil y cuya carne les aportó una cantidad indispensable de nutrientes.

El grupo de Hayes se convirtió, amen de su situación privilegiada, en un foco de atracción para el resto de personas que se encontraban bajo el yugo de Cornelisz. Y aunque los hombres de Cornelizs intentaron tomar al asalto la isla con las pocas armas de fuego que les contaban, la buena dirección de Hayes, pese a no contar más que con primitivas armas improvisadas, les permitió rechazar sus ataques. No sé dejarlo claro de otra manera: Este tipo era un héroe.

El 17 de septiembre de 1629, tras haber sido capturado ya Cornelisz en uno de esos ataques, los sádicos de la isla principal intentaron un nuevo ataque. Esta vez, bajo una nueva dirección, el ataque se llevó a cabo de forma más sistemática y parecía que podría haber tenido éxito. Tan sólo la llegada de un barco de rescate puso fin al terror que se había instalado en Albrohos.

El final de la pesadilla

Mientras la gente de las islas Albrohos sufrían el yugo del ex boticario Cornelisz, los hombres del sobrecargo Francisco Pelsaert y el patrón Ariaen Jacobsz alcanzaron la costa de Java tras un mes de penosa navegación en el que, pese a haber padecido hambre y sed, todos sobrevivieron.

Pelsaert hizo el viaje de vuelta rumbo al naufragio del Batavia en el balandro Sardam aunque, una vez más, las dificultades de la época para situar la posición de un barco en el mar, complicó el viaje. El Sardam tardó 20 días en llegar a las Albrohos y otro mes en localizar las islas en las que habían encallado.

Al llegar a las islas, Pelsaert y los hombres que traía con él ajusticiaron a Cornelisz (al que le cortaron las manos y ahorcaron) y a algunos de sus hombres más exaltados (a los que sólo ahorcaron) tras someterlos al procedimiento habitual de pesquisas de la justicia holandesa: el tormento en la rueda; después encadenó al resto, rescató a los supervivientes y trabajó con esfuerzo para recuperar la preciada carga del Batavia.

El 15 de noviembre de 1629, el Sardam puso finalmente rumbo a Java con 70 supervivientes entre los que se contaban 16 de los criminales del grupo de Cornelisz. La noticia de los horrores del Batavia tuvieron una gran repercusión en Europa y la historia se publicó en un panfleto con el título de “El infortunado viaje del velero Batavia (Ongeluckige voyagie van ‘t schip Batavia) en 1647.

¿Deseas saber más?

Leys, Simon: Los náufragos del Batavia. Anatomía de una masacre. Editorial Acantilado, Barcelona, 2011.

Dash, Mike: La tragedia del Batavia. Lumen, Barcelona, 2003.