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Codex Calixtinus, el retorno

Hoy es una de esas veces en las que toca entonar el mea culpa. Hace casi un año escribí por estos pagos unos párrafos en los que sostenía que el robo del Codex Calixtinus podría deberse al capricho no ya de un rico cualquiera, sino de alguien tan rico “que tiene a Amancio Ortega fregándole los baños” (sic). Me equivoqué de pleno y les explicaré a continuación por qué, si es que aún no se han enterado.

El códice ha vuelto... ¿y en forma de chapa?
El códice ha vuelto… ¿y en forma de chapa?

A pesar de las (más que lógicas) sospechas iniciales, el Codex Calixtinus no se hallaba en la cámara ultrasecreta de la mansión de veintisiete cuartos de baño y tres trasteros de un pérfido magnate coleccionista de arte. De hecho, ayer se recuperó a pocos kilómetros de Santiago de Compostela, en manos de un electricista cuyo interés no era el económico, sino la venganza. Eso sí, al menos los tiros no iban demasiado errados: el electricista era millonario, a tenor de los 1.200.000 € que se encontraron al registrar su domicilio.

“Vale que haya muchos autónomos que cobren en negro y así va el país, ¿pero tanto?”, se preguntarían los policías al descubrir semejante cantidad de dinero. Acto seguido, cundió el pánico: si el Codex Calixtinus no aparecía en casa del electricista y sí había más de un millón de euros era fácil deducir que el libro había sido vendido, más aún cuando el electricista, su esposa, su hijo y la novia de éste se negaban a confesar el paradero del códice. Sin embargo, horas después se solucionó el enigma. El Codex Calixtinus estaba en un garaje propiedad del electricista, dentro de una bolsa de plástico, un detallito que cabría agradecerle al ladrón para evitar la degradación de la obra.

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¿Para qué sirve el Codex Calixtinus?

Hagan un gran esfuerzo e imaginen, por un momento, que servidor de ustedes, a pesar de dedicarse a algo tan de pobres como la Historia, es rico. Atrozmente rico. Tan rico que podría contratar a Amancio Ortega como asistente limpiándome los baños con delantal y cofia. E imaginen, asimismo, que me diese un pronto, pero no un pronto cualquiera, sino un pronto extravagante, como esos prontos que tienen los multimillonarios de chistera y puro: hacer el Camino de Santiago, pero no como un plebeyo cualquiera del siglo XXI, sino como un plebeyo cualquiera de la Edad Media.

Santiago Apóstol en el "Codex Calixtinus"
Santiago Apóstol en el "Codex Calixtinus"

Para eso mismo querría el Codex Calixtinus, como mínimo su quinto libro, el Iter pro peregrinis ad Compostellam. Porque el Codex Calixtinus no sólo es la primera guía del peregrino, sino un conjunto de textos derivados del Liber Sancti Iacobi, obra de la primera mitad del siglo XII promovida por el ínclito Gelmírez que, en pocas palabras, constituye el típico “grandes éxitos” del apóstol compilado por más de una docena de autores. Del Liber Sancti Iacobi (o de según qué partes) se hizo un puñado de copias que, asombrosamente, no han sido reclamadas por la SGAE. Y una de esas copias es el Codex Calixtinus, claro.

Resumiendo mucho, el Codex Calixtinus contiene una carta del papa Calixto II -de ahí el título-, cinco libros y dos apéndices, una estructura que lo convierte en sospechoso predecesor de El Señor de los Anillos, con la salvedad de que nadie en la Tierra Media hablaba latín ni gallego. Bien jugado, Tolkien, así te libraste de las acusaciones por plagio. Y sí, podríamos decir que el paseíto hasta el Monte del Destino equivaldría a peregrinar a Santiago, pero no hemos venido aquí a hacer analogías tontorronas: eso lo dejaremos para los comentarios.

Aquí hemos venido a hablar del Codex Calixtinus, del cual casi tres cuartas partes están dedicadas a Santiago el Mayor (pues el Menor también era apóstol) mediante la exposición de misas, rezos, vida y milagros, así como el traslado de sus restos a Compostela que tanto sorprendieron -adjunten ustedes cuantas comillas quieran- a sus descubridores en el 813. Otro libro versa sobre Carlomagno y su desastrosa incursión en la Península Ibérica. Y el quinto, como dijimos, es la citada guía de viajes, donde se señalan y describen los principales hitos del camino, sus iglesias, reliquias, hospitales, gentes, tierras y hasta los peligros que acechan al peregrino, salmonela inclusive. Bueno, no, no hay ni salmonela ni toros ni sangría ni chiringuitos ni flamenco ni paella, de ahí que no se trate de una guía turística al uso. Cosas del siglo XII.

Volvamos al inicio. Yo soy ese ricachón que tiene a Amancio Ortega fregándole los baños y quiero marcarme un Camino de Santiago medieval. Pero como las bibliotecas me producen urticaria y los facsímiles se me antojan para meros directivos de bancos del chichinabo, decido apropiarme porque sí del Codex Calixtinus original. En fin, soy un multimillonario y, por definición, soy malvado, así que urdo un plan para ejecutar el robo del siglo… sin serlo.

No es el robo del siglo porque ha resultado demasiado sencillo. O eso, o las películas nos han malacostumbrado. Contactar con un ladrón de obras de arte, soltarle equis mil euros y que te traiga incólume el Codex Calixtinus no tiene mérito alguno si uno se entera de la serie de vergonzosos despropósitos que rodeaban la custodia del manuscrito: un encargado irresponsable, varios días sin descubrir su desaparición, cámaras que no lo enfocaban, una caja fuerte abierta sin problemas y ningún seguro que cubriera su robo. Con la ley en la mano, el cabildo compostelano al completo y el resto de sus familiares deberían pasar el resto de sus vidas pudriéndose en la cárcel.

¿Y el culpable del robo? Bueno, recuerden que soy el rico del principio. A mí esto me da igual. Es más, bastante tengo con saber qué es el Codex Calixtinus, cuando la inmensa mayoría de la sociedad lo desconocía hasta anteayer. Por tanto, y si me lo permiten, voy a empezar a preparar mi equipaje, que un Camino de Santiago al estilo medieval no se hace solo.