Archivos de la categoría Religión

Monseñor-Romero

La Iglesia Católica y la izquierda, una relación (no tan) extraña

El imaginario colectivo es curioso, en muchas ocasiones se impregna de arquetipos o tópicos basados en extender un pensamiento mayoritario a la totalidad del cuerpo que compone la institución, colectivo o tendencia en cuestión y ello genera una pasión bien extendida como es el frikismo, entendido el concepto friki como el diferente, el rompedor e, incluso en una devaluación del término, el revolucionario. Se puede aplicar esta descripción a la nueva estrella mediática de la Iglesia en España, la monja dominica Sor Lucía Caram. “Azote de los políticos” o “monja revolucionaria” son algunos de los apelativos que le otorgan los medios que dan cobijo y difusión a sus prédicas. Con un discurso populista (aquí está medianamente bien definido lo que es y ella lo conoce muy bien porque su país de origen es una potencia exportadora tradicional) de izquierdas ha despertado el apetito de las audiencias por ese rara avis que la consumen (porque la televisión también es consumo) con fruición mientras le asalta la sorpresa de cómo es posible que exista esa monja de izquierdas. Sigue leyendo

Panteón Real San Isidoro

De Cáliz de Doña Urraca a Santo Grial

Actualización.- El Museo de San Isidoro ha vuelto a exponer el Cáliz de Doña Urraca [1].

El 23 de marzo, además de morir Adolfo Suárez, la prensa leonesa recogía una asombrosa noticia bajo el titular “El Santo Grial está en León”. El hecho pasó ligeramente desapercibido hasta que ayer, día 26, todos los medios se hicieron eco y medio país quiso entender que sí, que el Santo Grial llevaba siglos en León y corrió a abrazarlo cual nuevo dogma irrefutable. Que esto es España y aquí todos somos expertos en reliquias, faltaría más.

Sigue leyendo

Iglesia de San Juan de Duero (Soria)

El altar cristiano

El altar es el centro de la liturgia cristiana, siendo el lugar donde se encuentran Dios y el hombre. El altar es una mesa que representa la mesa, con perdón por la redundancia, donde Cristo partió el pan y tomó el vino durante la Última Cena. La liturgia de la misa cristiana gira en torno al altar porque a partir del altar Cristo comenzó a ejercer su sacerdocio. Por su misma naturaleza es la mesa peculiar del sacrificio y el convite pascual. Es el ara donde el sacrificio de la cruz se perpetúa sacramentalmente, siendo un signo del mismo Cristo. El altar es también un honor a los mártires, por eso se mantiene la costumbre de introducir en éste una reliquia sacra del mártir al que es honorado. El altar ha de ser único y fijo, sin estar adosado a la pared, ya que el sacerdote ha de dar vueltas alrededor de éste durante la liturgia.

Sigue leyendo

Muret, 1213

Cada 11 de septiembre se celebra la Diada en Cataluña en recuerdo del asalto final a Barcelona que en 1714 puso fin a la Guerra de Sucesión española. Sin embargo, cada 12 de septiembre, cuando políticos y medios escrutan los actos del día anterior, hay medievalistas que aprietan sus puñitos y se van al rincón de llorar al ver cómo repetida y obstinadamente se ignora una efeméride que, como el tan cacareado 11 de septiembre de 1714, cambio el curso de la Historia.

Me refiero a una batalla que ni vende ni acarrea connotaciones políticas, ergo no hay demasiado interés en recordarla y, menos aún, remarcarla como una fecha clave e identitaria. Me refiero a la batalla de Muret. Ya. Que no os suena mucho. Normal.

Si no queréis perder tiempo, leed sólo este párrafo por si os toca la pregunta en el quesito amarillo del Trivial: el 12 (o el 13, según otras fuentes) de septiembre de 1213 las tropas francesas y cruzadas derrotaron en el sur de Francia al ejército del rey Pedro II de Aragón y amigos, a raíz de lo cual murió el monarca y la Corona de Aragón vio interrumpida su vocación transpirenaica.

Ahora, si tenéis unos minutillos y gustáis, os cuento la versión larga. Con su contexto, su dramatis personae y sus rumbosas consecuencias en el resto de la Edad Media.


Lo que pasó antes de Muret:

Para entender lo ocurrido en Muret hay que explicar, antes de nada, qué pintaba Pedro II por esos andurriales. Y además hay que hacerlo de forma concisa y amena o si no me esperaréis a la salida de Internet dispuestos a partirme la cara. Con razón.

Pedro II de Aragón, el Hipster (fuente: Wikipedia).
Pedro II de Aragón, el Hipster (fuente: Wikipedia).

Como cualquier otro rey que se precie de serlo, Pedro II tenía un padre, Alfonso II, quien falleció en 1196 legándole la corona aragonesa. La herencia recibida, en este caso, implicaba asumir los intereses en el sur de Francia de los condados catalanes (recordemos que Pedro II era nieto de Petronila y Ramón Berenguer IV, la pizpireta pareja que tan gratos momentos nos deparó en este artículo y sus no menos jacarandosos comentarios). Así pues, como nietísimo de Ramón Berenguer IV e hijísimo de Alfonso II, Pedro II acumulaba poder a ambos lados de los Pirineos: además del Rosellón, la Cerdaña y la Provenza, obtuvo el condado de Montpellier -gracias a su matrimonio con María de Montpellier- y el vasallaje sobre varios señoríos occitanos.

Esos señoríos occitanos estaban en manos de los amigos anteriormente citados. Para no liarnos demasiado, hay dos Raimundos y un Bernardo: Raimundo VI, conde de Tolosa (la actual Toulouse, no la Tolosa de Xabi Alonso) y cuñado de Pedro II; Raimundo Roger, conde de Foix; y Bernardo IV, conde de Cominges. Todos estos condados se ubicaban en torno al núcleo duro de (peligro, puede contener trazas de Dan Brown) la herejía de los cátaros.

En este momento no es plan -“¡no, no lo es!, ¡ahórratelo!”, claman las masas- escribir un tractatus sobre el catarismo. Me limitaré a enlazar el artículo de la Wikipedia y dejar dos reflexiones: a) no hay guerras por religión, sino guerras con religión, y b) que tanto va el cátaro a la fuente que al final se acaba rompiendo Occitania.

Occitania en 1213 (fuente: Wikipedia).
Occitania en 1213 (fuente: Wikipedia).

Lo de guerras con religión no es nuevo. La religión es una excusa como cualquier otra para lograr poder, dinero, fama o acostarse con quien te haga tilín. En la Francia de los siglos XII y XIII el catarismo era el último grito en herejías y a Felipe II le pareció una razón fantástica para fortalecer aún más su posición frente a la aristocracia del reino y monarquías vecinas, a quienes jamás dudó en atacar para ampliar sus territorios. Al proclamar en 1209 el llamamiento a la cruzada (PLS RTcontra los cátaros, el papa Inocencio III le hizo un favor impagable a Felipe II al darle en bandeja el casus belli.

No obstante, y para velar por la pureza ideológica, el Vaticano envió al inquisidor Arnaldo Amalric, famoso por el conciliador “matadlos a todos: Dios reconocerá a los suyos” que legó para la posteridad tras arrasar los cruzados la ciudad cátara de Béziers. De las cuestiones militares de la cruzada se encargaba el noble Simón de Montfort, tan buen estratega como bestia sanguinaria. El típico salvaje al que nunca entregarías a tu hijo de tres años salvo si eres Pedro II de Aragón y ese hijo es el futuro Jaime I.

Un último inciso con líos de cama. Pedro II no le daba a su esposa María ni con un palo, de ahí que el cronista Bernard Desclot narrara cómo ella se hizo pasar por una amante del rey para engendrar al heredero. El sainete le hizo tan poca gracia a Pedro II que, en cuanto pudo, se quitó al niño de en medio enviándolo a Carcasona bajo la tutela de Simón de Montfort. El mismo Simón de Montfort que se plantó en Muret con ganas de moler a palos a Pedro II. Lo normal.


La batalla de Muret:

Felipe II no puso un pie en Muret. Ni falta que hacía: para eso ya estaban los cruzados. Éstos ocupaban dicha ciudad cuando, a finales de agosto de 1213, el bando occitano le puso cerco tras fracasar los intentos pacificadores de Pedro II de Aragón; de hecho, el monarca había pactado con Simón de Montfort la boda de los hijos de ambos, Jaime y Amicia, en aras de sosegar los ánimos y apuntalar los dominios aragoneses más allá de los Pirineos.

Sin embargo, era bastante previsible que Felipe II y el Vaticano no dejarían que fuese Simón de Montfort el único que sacase tajada. Para evitar sustos ante semejante coalición, los nobles occitanos se fueron sometiendo a Pedro II, en buena parte gracias a su prestigio como reciente vencedor en la batalla de Las Navas de Tolosa (1212). Tras varios días de asedio, Pedro II llegó a Muret dispuesto a derrotar a los cruzados de Montfort a campo abierto. Su cuñado Raimundo VI de Tolosa, más cauto, optaba por mantener el cerco hasta rendir la ciudad, táctica que despreció Pedro II. Ya saben, señores: el gen peninsular nos obliga a desconfiar de todo lo que aconseje un cuñao.

Por su parte, Simón de Montfort era consciente de su debilidad. Frente a los miles de soldados del ejército rival (entre quince y veinte mil hombres, dependiendo de las fuentes), los cruzados apenas contaban con mil quinientos efectivos para los que sería casi imposible resistir un asedio de manera prolongada. El único recurso cruzado era, precisamente, romper el asedio por sorpresa y jugárselo todo en una batalla campal.

Batalla de Muret (fuente: Wikipedia).
Batalla de Muret (fuente: Wikipedia).

El arma principal de los cruzados era su caballería pesada. De madrugada, Simón de Montfort salió de Muret con sus novecientos jinetes, vadeó el río Louge y cargó contra aragoneses y occitanos, tan desprevenidos que no lograron frenar los arreones de los cruzados. Éstos, además, sabían que la victoria no dependía de prolongar durante horas las cabalgadas contra un ejército mucho mayor, sino de dar un golpe de efecto irreversible. Es decir, o matar a Pedro II o sembrar el pánico con la discografía de Juan Magán.

Dado que el electro latino aún no se había pergeñado (laus Deo), la opción más factible era acabar con el rey aragonés, quien -todo sea dicho- era tan osado como imprudente. De creer al trovador Guillermo de Tudela, en su Cançó de la Croada, Pedro II intercambió la armadura con otro caballero y, al ser éste abatido por los cruzados, el monarca les sacó del error al grito de “yo soy el rey”. Tres hurras por Pedro II, maestro del incógnito.


Lo que pasó después de Muret:

La muerte de Pedro II supuso la desbandada de aragoneses y occitanos, lo cual hizo aún más sencilla la victoria total cruzada y reorganizó el mapa político de la zona. La principal consecuencia fue que la Corona de Aragón, además de perder a su rey, hubo de renunciar a casi todas sus tierras ultrapirenaicas y aspiraciones sobre el Mediodía francés. Del antaño territorio natural de expansión (dentro de lo poco natural que resulta toda expansión política, huelga aclarar) sólo permanecieron en la corona aragonesa los condados de Montepellier, Rosellón y Cerdaña.

Simón de Montfort, el amigo de los niños (fuente: Wikipedia).
Simón de Montfort, el amigo de los niños (fuente: Wikipedia).

Al margen de Felipe II, quien vio aumentado su poder en detrimento de Aragón, el gran beneficiado por Muret fue Simón de Montfort. Éste añadió a sus títulos el condado de Tolosa y prosiguió su campaña militar por Occitania con un as en la manga: la custodia de Jaime I, convertido en nuevo rey de la corona aragonesa. No lo liberó hasta 1214, cuando la presión del Vaticano -“oye, Simón, que te encargamos una Cruzada, no una guardería”- al fin surtió efecto.

Devuelto Jaime I a este lado de los Pirineos se produjo la transformación definitiva de la política exterior de la Corona de Aragón. Al igual que otros monarcas coetáneos (Fernando III o el mismo Felipe II de Francia), Jaime I dedicó sus primeros años a imponerse sobre la nobleza antes de embarcarse en una fase de conquistas que incorporó a sus dominios los reinos musulmanes de Mallorca y Valencia. Puesto que a la corona aragonesa poco le quedaba por rascar en la Península Ibérica (el propio Jaime I rubricó en 1244 el Tratado de Almizra), todo acrecentamiento del reino pasaba por lanzarse al Mediterráneo. El primero en dedicarse a tales menesteres fue Pedro III, hijo de Jaime I, que en 1282 se coronó rey de Sicilia en la genialidad táctica que tan bien narró mi idolatrado Steven Runciman.

¿Y los cátaros? Ah. Los cátaros. Bueno, digamos que el frenesí cruzado aminoró tras Muret y hasta 1244, ya en tiempos de Luis IX, no se dio por finiquitada la cruzada albigense. Causalmente -digo “causalmente” y no “casualmente” porque nada es casual en este asunto- la cruzada solía reactivarse en aquellos momentos en los que los monarcas franceses deseaban ampliar sus posesiones y acabar con la resistencia de sus opositores en Occitania: a fin de cuentas, los cátaros nunca dejaron de ser una mera excusa para que la corona francesa y los señores feudales occitanos dirimieran sus diferencias mediante la diplomacia del mandoble.

Iglesia argentina y dictadura: una barca en tiempos de zozobra

CRISTINA-BERGOGLIO
Bergoglio y los Kirchner, una relación no demasiado apasionada… por el momento.

Saltó la sorpresa en el cónclave (aunque, para desgracia de los llamados vaticanólogos, la verdadera sorpresa llegará cuando no haya sorpresa) y los cardenales con derecho a voto encontraron al nuevo Papa al otro lado del mundo, en Argentina, como señaló irónicamente el propio Jorge Mario Bergoglio nada más salir al balcón de la Plaza de San Pedro. “El primer Papa latinoamericano”, “el primer Papa argentino”, “el primer Papa jesuita”, fueron las primeras etiquetas que se le endosaron al tal Francisco; pero, una vez pasada la sorpresa inicial, la curiosidad por el personaje y la necesidad de más detalles sobre el perfil y la biografía del nuevo líder religioso (y político) fueron formulando nuevas preguntas sobre el presente y el pasado del nuevo obispo de Roma.

Como siempre, ante un hecho de tal magnitud y tan sobrevenido, las historias reales y las leyendas se fueron mezclando sin que la voracidad informativa dejara mucho espacio a las comprobaciones. Se decía que el tipo era tan humilde que viajaba en metro o en bus, o que había regresado a su hotel a pagar lo que debía tras su estancia por el cónclave. Se supo pronto que era hincha de San Lorenzo de Almagro (un club porteño al que apodan “el santo” o “el cuervo”, lo que no podría ser más oportuno). Se dijo también que era peronista (condición que, tras la del equipo de fútbol, define a un argentino en un sentido o en otro), que estuvo ligado a la línea Guardia de Hierro (sin relación con los nazistas rumanos, pero no precisamente el ala más radical del justicialismo), si bien sus relaciones con el gobierno de Cristina Fernández han sido cuanto menos tirantes hasta el momento (no olvidemos, eso sí, que la principal característica del peronismo es, precisamente, su flexibilidad de cintura, así que podremos esperar cualquier cosa sobre esta relación en el futuro).

Pero si hay una pregunta que cae inevitablemente como una losa para cualquier argentino con canas es “¿y vos qué hiciste durante la dictadura?”. El país vivió un convulso siglo XX, lleno de golpes militares y de gobiernos autoritarios o de una democracia muy sui generis, pero ninguna dictadura produjo una marca tan profunda (y a tan distintos niveles) como la iniciada la noche del 24 de marzo de 1976. Así, las acciones u omisiones que se cometieron en esos años entre 1976 y 1983 han marcado para el resto de vida a una generación de argentinos.

Bergoglio era en aquel entonces el provincial (el jefe, por así decirlo) de los jesuitas en Argentina, lo que no dejaba de ser un lugar de responsabilidad en un contexto muy complicado. Casi inmediatamente después de que se conociera la identidad del nuevo papa, Horacio Verbitsky (un importante periodista, ahora afín a los Kirchner, que conoce de primera mano aquellos años de plomo) vinculó a Bergoglio con el secuestro y posterior tortura, por cinco meses, en el centro de detención clandestino de la ESMA -Escuela Suboficiales de Mecánica de la Armada- de los sacerdotes jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics. Por lo que se sabe de este espinoso tema, el pecado de Bergoglio tuvo que ver más con la omisión (con rebajar la protección hacia esos curas, con no hacer más por impedir su secuestro desde su importante posición) que con la acción (si bien algunos lanzan la acusación de delator y cómplice del secuestro). En contraste, se tiene constancia también de que el ahora Papa ayudó a varias personas a salir del país y a escapar de las garras de la implacable represión militar, por lo que se puede concluir (con los datos que tenemos por el momento) que Bergoglio fue un personaje gris, ni un ángel ni un demonio absoluto, como la gran mayoría que atravesó esos momentos tan difíciles de la historia argentina. Pero, ¿se trató de un personaje gris dentro de “la Iglesia que oscureció al país”, como ha calificado Estela de Carlotto a la Iglesia del Proceso?

tortolo-videla
Videla y monseñor Tórtolo: uno di noi.

La pregunta es tramposa, en cuanto que es simplificadora y anuladora de los muchos matices que encierra la cuestión (y, a fin de cuentas, nuestro trabajo como historiadores es plantear todos los problemas en una escala de grises). Tanto la dictadura -es decir, los actores que se movían detrás de ese régimen- como la Iglesia católica (incluso circunscribiéndonos a la jerarquía de esos años) son conceptos abstractos que encierran dentro de ellos hombres distintos, con intereses y formas de actuar diferentes. Por supuesto, esa diversidad no quiere decir que necesariamente haya en esta historia buenos y malos: los militares que hicieron mundialmente famosa la palabra “desaparecidos” eran personajes deleznables y criminales, pero siempre resulta interesante rascar la superficie y ver que no todos remaban en la misma dirección, sino todo lo contrario.

En el caso de la Iglesia católica ocurría lo mismo. Estamos, en primer lugar, ante una institución que había vivido numerosos y muy rápidos cambios en las últimas décadas. La Iglesia, por ejemplo, había pasado de ser uno de los principales sostenes del primer gobierno peronista (un movimiento que se identificaba en esos años con el humanismo cristiano) a convertirse en uno de sus más feroces opositores. Sin embargo, los cambios más profundos llegarían desde el exterior, en los años 60, con el Concilio Vaticano II y sus aires renovadores, el Documento de Medellín y el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y su opción por los pobres. La convulsión que produjeron en Argentina todos estos cambios en la Iglesia se dejó sentir a todos los niveles: desde la relación con el mundo laico a lo ideológico, lo litúrgico, lo pastoral, lo social y, por supuesto, lo político. Y, obviamente, produjo una fractura, cada vez más visible, en los altos estamentos eclesiásticos. Martín Obregón, autor de un trabajo sobre el tema, diferencia, por ejemplo, un sector tradicionalista, prácticamente integrista, representado por monseñor Tórtolo y monseñor Bonamín; un sector conservador, con una mayor cintura que el anterior, en el que destacaban Aramburu y Quarrancino, y un sector renovador, en el que se encontraban los más entusiastas del Concilio Vaticano II.

occidental y cristiana
Civilización occidental y cristiana

La llegada del golpe de 1976 ahondará estas divisiones. Hasta cierto punto, claro, porque el retorno de los militares al poder (apenas tres años después de abandonarlo) apenas produjo críticas en la jerarquía de la Iglesia argentina. Personajes como Tórtolo, como era casi obvio, recibieron a los uniformados con júbilo, entusiasmados ante un golpe que llevaría a la “restauración del espíritu nacional” y a una suerte de cruzada por restaurar el orden, pero incluso los obispos más aperturistas como Zazpe dieron su beneplácito al nuevo régimen.

Tampoco es de extrañar este apoyo unánime: militares y eclesiásticos compartían una cosmovisión similar desde hacía décadas y el Proceso, que afirmaba que luchaba para que Argentina siguiera siendo occidental y cristiana, parecía la barrera perfecta para frenar la ola radicalizadora que, según ellos, se extendía por el país. Los obispos, a cambio, daban un muy necesario (no es fácil justificar miles de asesinatos en la sombra) soporte ideológico y legitimador al cruel régimen. Incluso en el tema de los Derechos Humanos, en esos años más oscuros de la dictadura, las voces que salían de la Iglesia eran débiles o ambiguas y sólo obispos como Angelelli, Hesayne o Novak se mostraban verdaderamente críticos. Algunos miembros de la Iglesia, por supuesto, iban más allá de lo ideológico y abrazaban el nuevo orden hasta las últimas consecuencias: se conocen casos de capellanes militares que ejercían de delatores y que incluso llegaban a participar en las sesiones de tortura.

ange
Monseñor Angelelli, obispo de La Rioja, muerto en muy extrañas circunstancias durante la dictadura.

La Iglesia, su jerarquía, estuvo por tanto en la vereda oscura en los años de la dictadura. Pero también fue víctima de ella. En julio de 1976 la ciudad de Buenos Aires despertó con la noticia del asesinato de tres sacerdotes y dos seminaristas de la orden de los palotinos, acribillados por uno de los siniestros grupos de tareas de los militares. Se les acusaba de zurdos y de adoctrinar mentes vírgenes. Poco más tarde, monseñor Angelelli, obispo de La Rioja y una de las pocas voces críticas que partían de la Iglesia, moría en un extraño incidente automovilístico. Tan extraño que un testigo señaló que su vehículo había sido seguido y acorralado por otro y que en el cuello de Angelelli aparecieron extrañas marcas, como si hubiera sido previamente golpeado. Hasta hoy no ha podido demostrarse judicialmente la tesis del asesinato (la posición oficial de la Iglesia fue, por otra parte, el silencio), pero la dictadura se alivió con su muerte de un elemento muy incómodo.

Y, por supuesto, la Iglesia, como el resto de la sociedad, evolucionó a lo largo de los años de Proceso y cambió su posición respecto a los militares. Nunca encontraremos una oposición frontal, ni siquiera en sus sectores más aperturistas (en su descargo, también es difícil encontrar algo así en los partidos políticos de la época), pero ya en 1977, todavía en la etapa más cruda del régimen, la Conferencia Episcopal lanzó un documento en el que empezaba a subrayar la importancia del respeto a los Derechos Humanos. Lo hacía de una forma tibia y velada, pero pocos textos críticos similares encontraremos en esos años por parte de otras instituciones. El alejamiento de la Iglesia con los militares, relativo, por supuesto, se acentuará conforme avanzaba el régimen y el Proceso se iba enfangando cada vez en sus propias contradicciones y luchas internas, hasta llegar a la debacle final de Malvinas. No veremos tampoco a la Iglesia capitaneando el proceso de transición a la democracia, ni encabezando las manifestaciones contra la dictadura: la legitimidad de la lucha contra los militares la atesorarían principalmente las organizaciones de Derechos Humanos y la iniciativa política la tomarían, a partir de 1982 (y con pinzas) los partidos, pero sí veremos en esos años a una Iglesia en diálogo con estos sectores prodemocráticos y alentando el final de la dictadura, aunque al mismo tiempo colocando un colchón para amortiguar su caída.

Bergoglio formó, por tanto, parte (y en una posición con altas responsabilidades) de esa Iglesia oscura de los años de la dictadura, en la que el nuncio papal solía jugar al tenis semanalmente con el almirante Massera. Pero, como vemos, incluso en los momentos más oscuros se pueden distinguir algunos grises.

Codex Calixtinus, el retorno

Hoy es una de esas veces en las que toca entonar el mea culpa. Hace casi un año escribí por estos pagos unos párrafos en los que sostenía que el robo del Codex Calixtinus podría deberse al capricho no ya de un rico cualquiera, sino de alguien tan rico “que tiene a Amancio Ortega fregándole los baños” (sic). Me equivoqué de pleno y les explicaré a continuación por qué, si es que aún no se han enterado.

El códice ha vuelto... ¿y en forma de chapa?
El códice ha vuelto… ¿y en forma de chapa?

A pesar de las (más que lógicas) sospechas iniciales, el Codex Calixtinus no se hallaba en la cámara ultrasecreta de la mansión de veintisiete cuartos de baño y tres trasteros de un pérfido magnate coleccionista de arte. De hecho, ayer se recuperó a pocos kilómetros de Santiago de Compostela, en manos de un electricista cuyo interés no era el económico, sino la venganza. Eso sí, al menos los tiros no iban demasiado errados: el electricista era millonario, a tenor de los 1.200.000 € que se encontraron al registrar su domicilio.

“Vale que haya muchos autónomos que cobren en negro y así va el país, ¿pero tanto?”, se preguntarían los policías al descubrir semejante cantidad de dinero. Acto seguido, cundió el pánico: si el Codex Calixtinus no aparecía en casa del electricista y sí había más de un millón de euros era fácil deducir que el libro había sido vendido, más aún cuando el electricista, su esposa, su hijo y la novia de éste se negaban a confesar el paradero del códice. Sin embargo, horas después se solucionó el enigma. El Codex Calixtinus estaba en un garaje propiedad del electricista, dentro de una bolsa de plástico, un detallito que cabría agradecerle al ladrón para evitar la degradación de la obra.

Sigue leyendo

¿Para qué sirve el Codex Calixtinus?

Hagan un gran esfuerzo e imaginen, por un momento, que servidor de ustedes, a pesar de dedicarse a algo tan de pobres como la Historia, es rico. Atrozmente rico. Tan rico que podría contratar a Amancio Ortega como asistente limpiándome los baños con delantal y cofia. E imaginen, asimismo, que me diese un pronto, pero no un pronto cualquiera, sino un pronto extravagante, como esos prontos que tienen los multimillonarios de chistera y puro: hacer el Camino de Santiago, pero no como un plebeyo cualquiera del siglo XXI, sino como un plebeyo cualquiera de la Edad Media.

Santiago Apóstol en el "Codex Calixtinus"
Santiago Apóstol en el "Codex Calixtinus"

Para eso mismo querría el Codex Calixtinus, como mínimo su quinto libro, el Iter pro peregrinis ad Compostellam. Porque el Codex Calixtinus no sólo es la primera guía del peregrino, sino un conjunto de textos derivados del Liber Sancti Iacobi, obra de la primera mitad del siglo XII promovida por el ínclito Gelmírez que, en pocas palabras, constituye el típico “grandes éxitos” del apóstol compilado por más de una docena de autores. Del Liber Sancti Iacobi (o de según qué partes) se hizo un puñado de copias que, asombrosamente, no han sido reclamadas por la SGAE. Y una de esas copias es el Codex Calixtinus, claro.

Resumiendo mucho, el Codex Calixtinus contiene una carta del papa Calixto II -de ahí el título-, cinco libros y dos apéndices, una estructura que lo convierte en sospechoso predecesor de El Señor de los Anillos, con la salvedad de que nadie en la Tierra Media hablaba latín ni gallego. Bien jugado, Tolkien, así te libraste de las acusaciones por plagio. Y sí, podríamos decir que el paseíto hasta el Monte del Destino equivaldría a peregrinar a Santiago, pero no hemos venido aquí a hacer analogías tontorronas: eso lo dejaremos para los comentarios.

Aquí hemos venido a hablar del Codex Calixtinus, del cual casi tres cuartas partes están dedicadas a Santiago el Mayor (pues el Menor también era apóstol) mediante la exposición de misas, rezos, vida y milagros, así como el traslado de sus restos a Compostela que tanto sorprendieron -adjunten ustedes cuantas comillas quieran- a sus descubridores en el 813. Otro libro versa sobre Carlomagno y su desastrosa incursión en la Península Ibérica. Y el quinto, como dijimos, es la citada guía de viajes, donde se señalan y describen los principales hitos del camino, sus iglesias, reliquias, hospitales, gentes, tierras y hasta los peligros que acechan al peregrino, salmonela inclusive. Bueno, no, no hay ni salmonela ni toros ni sangría ni chiringuitos ni flamenco ni paella, de ahí que no se trate de una guía turística al uso. Cosas del siglo XII.

Volvamos al inicio. Yo soy ese ricachón que tiene a Amancio Ortega fregándole los baños y quiero marcarme un Camino de Santiago medieval. Pero como las bibliotecas me producen urticaria y los facsímiles se me antojan para meros directivos de bancos del chichinabo, decido apropiarme porque sí del Codex Calixtinus original. En fin, soy un multimillonario y, por definición, soy malvado, así que urdo un plan para ejecutar el robo del siglo… sin serlo.

No es el robo del siglo porque ha resultado demasiado sencillo. O eso, o las películas nos han malacostumbrado. Contactar con un ladrón de obras de arte, soltarle equis mil euros y que te traiga incólume el Codex Calixtinus no tiene mérito alguno si uno se entera de la serie de vergonzosos despropósitos que rodeaban la custodia del manuscrito: un encargado irresponsable, varios días sin descubrir su desaparición, cámaras que no lo enfocaban, una caja fuerte abierta sin problemas y ningún seguro que cubriera su robo. Con la ley en la mano, el cabildo compostelano al completo y el resto de sus familiares deberían pasar el resto de sus vidas pudriéndose en la cárcel.

¿Y el culpable del robo? Bueno, recuerden que soy el rico del principio. A mí esto me da igual. Es más, bastante tengo con saber qué es el Codex Calixtinus, cuando la inmensa mayoría de la sociedad lo desconocía hasta anteayer. Por tanto, y si me lo permiten, voy a empezar a preparar mi equipaje, que un Camino de Santiago al estilo medieval no se hace solo.