Iglesia argentina y dictadura: una barca en tiempos de zozobra

CRISTINA-BERGOGLIO

Bergoglio y los Kirchner, una relación no demasiado apasionada… por el momento.

Saltó la sorpresa en el cónclave (aunque, para desgracia de los llamados vaticanólogos, la verdadera sorpresa llegará cuando no haya sorpresa) y los cardenales con derecho a voto encontraron al nuevo Papa al otro lado del mundo, en Argentina, como señaló irónicamente el propio Jorge Mario Bergoglio nada más salir al balcón de la Plaza de San Pedro. “El primer Papa latinoamericano”, “el primer Papa argentino”, “el primer Papa jesuita”, fueron las primeras etiquetas que se le endosaron al tal Francisco; pero, una vez pasada la sorpresa inicial, la curiosidad por el personaje y la necesidad de más detalles sobre el perfil y la biografía del nuevo líder religioso (y político) fueron formulando nuevas preguntas sobre el presente y el pasado del nuevo obispo de Roma.

Como siempre, ante un hecho de tal magnitud y tan sobrevenido, las historias reales y las leyendas se fueron mezclando sin que la voracidad informativa dejara mucho espacio a las comprobaciones. Se decía que el tipo era tan humilde que viajaba en metro o en bus, o que había regresado a su hotel a pagar lo que debía tras su estancia por el cónclave. Se supo pronto que era hincha de San Lorenzo de Almagro (un club porteño al que apodan “el santo” o “el cuervo”, lo que no podría ser más oportuno). Se dijo también que era peronista (condición que, tras la del equipo de fútbol, define a un argentino en un sentido o en otro), que estuvo ligado a la línea Guardia de Hierro (sin relación con los nazistas rumanos, pero no precisamente el ala más radical del justicialismo), si bien sus relaciones con el gobierno de Cristina Fernández han sido cuanto menos tirantes hasta el momento (no olvidemos, eso sí, que la principal característica del peronismo es, precisamente, su flexibilidad de cintura, así que podremos esperar cualquier cosa sobre esta relación en el futuro).

Pero si hay una pregunta que cae inevitablemente como una losa para cualquier argentino con canas es “¿y vos qué hiciste durante la dictadura?”. El país vivió un convulso siglo XX, lleno de golpes militares y de gobiernos autoritarios o de una democracia muy sui generis, pero ninguna dictadura produjo una marca tan profunda (y a tan distintos niveles) como la iniciada la noche del 24 de marzo de 1976. Así, las acciones u omisiones que se cometieron en esos años entre 1976 y 1983 han marcado para el resto de vida a una generación de argentinos.

Bergoglio era en aquel entonces el provincial (el jefe, por así decirlo) de los jesuitas en Argentina, lo que no dejaba de ser un lugar de responsabilidad en un contexto muy complicado. Casi inmediatamente después de que se conociera la identidad del nuevo papa, Horacio Verbitsky (un importante periodista, ahora afín a los Kirchner, que conoce de primera mano aquellos años de plomo) vinculó a Bergoglio con el secuestro y posterior tortura, por cinco meses, en el centro de detención clandestino de la ESMA -Escuela Suboficiales de Mecánica de la Armada- de los sacerdotes jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics. Por lo que se sabe de este espinoso tema, el pecado de Bergoglio tuvo que ver más con la omisión (con rebajar la protección hacia esos curas, con no hacer más por impedir su secuestro desde su importante posición) que con la acción (si bien algunos lanzan la acusación de delator y cómplice del secuestro). En contraste, se tiene constancia también de que el ahora Papa ayudó a varias personas a salir del país y a escapar de las garras de la implacable represión militar, por lo que se puede concluir (con los datos que tenemos por el momento) que Bergoglio fue un personaje gris, ni un ángel ni un demonio absoluto, como la gran mayoría que atravesó esos momentos tan difíciles de la historia argentina. Pero, ¿se trató de un personaje gris dentro de “la Iglesia que oscureció al país”, como ha calificado Estela de Carlotto a la Iglesia del Proceso?

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Videla y monseñor Tórtolo: uno di noi.

La pregunta es tramposa, en cuanto que es simplificadora y anuladora de los muchos matices que encierra la cuestión (y, a fin de cuentas, nuestro trabajo como historiadores es plantear todos los problemas en una escala de grises). Tanto la dictadura -es decir, los actores que se movían detrás de ese régimen- como la Iglesia católica (incluso circunscribiéndonos a la jerarquía de esos años) son conceptos abstractos que encierran dentro de ellos hombres distintos, con intereses y formas de actuar diferentes. Por supuesto, esa diversidad no quiere decir que necesariamente haya en esta historia buenos y malos: los militares que hicieron mundialmente famosa la palabra “desaparecidos” eran personajes deleznables y criminales, pero siempre resulta interesante rascar la superficie y ver que no todos remaban en la misma dirección, sino todo lo contrario.

En el caso de la Iglesia católica ocurría lo mismo. Estamos, en primer lugar, ante una institución que había vivido numerosos y muy rápidos cambios en las últimas décadas. La Iglesia, por ejemplo, había pasado de ser uno de los principales sostenes del primer gobierno peronista (un movimiento que se identificaba en esos años con el humanismo cristiano) a convertirse en uno de sus más feroces opositores. Sin embargo, los cambios más profundos llegarían desde el exterior, en los años 60, con el Concilio Vaticano II y sus aires renovadores, el Documento de Medellín y el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y su opción por los pobres. La convulsión que produjeron en Argentina todos estos cambios en la Iglesia se dejó sentir a todos los niveles: desde la relación con el mundo laico a lo ideológico, lo litúrgico, lo pastoral, lo social y, por supuesto, lo político. Y, obviamente, produjo una fractura, cada vez más visible, en los altos estamentos eclesiásticos. Martín Obregón, autor de un trabajo sobre el tema, diferencia, por ejemplo, un sector tradicionalista, prácticamente integrista, representado por monseñor Tórtolo y monseñor Bonamín; un sector conservador, con una mayor cintura que el anterior, en el que destacaban Aramburu y Quarrancino, y un sector renovador, en el que se encontraban los más entusiastas del Concilio Vaticano II.

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Civilización occidental y cristiana

La llegada del golpe de 1976 ahondará estas divisiones. Hasta cierto punto, claro, porque el retorno de los militares al poder (apenas tres años después de abandonarlo) apenas produjo críticas en la jerarquía de la Iglesia argentina. Personajes como Tórtolo, como era casi obvio, recibieron a los uniformados con júbilo, entusiasmados ante un golpe que llevaría a la “restauración del espíritu nacional” y a una suerte de cruzada por restaurar el orden, pero incluso los obispos más aperturistas como Zazpe dieron su beneplácito al nuevo régimen.

Tampoco es de extrañar este apoyo unánime: militares y eclesiásticos compartían una cosmovisión similar desde hacía décadas y el Proceso, que afirmaba que luchaba para que Argentina siguiera siendo occidental y cristiana, parecía la barrera perfecta para frenar la ola radicalizadora que, según ellos, se extendía por el país. Los obispos, a cambio, daban un muy necesario (no es fácil justificar miles de asesinatos en la sombra) soporte ideológico y legitimador al cruel régimen. Incluso en el tema de los Derechos Humanos, en esos años más oscuros de la dictadura, las voces que salían de la Iglesia eran débiles o ambiguas y sólo obispos como Angelelli, Hesayne o Novak se mostraban verdaderamente críticos. Algunos miembros de la Iglesia, por supuesto, iban más allá de lo ideológico y abrazaban el nuevo orden hasta las últimas consecuencias: se conocen casos de capellanes militares que ejercían de delatores y que incluso llegaban a participar en las sesiones de tortura.

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Monseñor Angelelli, obispo de La Rioja, muerto en muy extrañas circunstancias durante la dictadura.

La Iglesia, su jerarquía, estuvo por tanto en la vereda oscura en los años de la dictadura. Pero también fue víctima de ella. En julio de 1976 la ciudad de Buenos Aires despertó con la noticia del asesinato de tres sacerdotes y dos seminaristas de la orden de los palotinos, acribillados por uno de los siniestros grupos de tareas de los militares. Se les acusaba de zurdos y de adoctrinar mentes vírgenes. Poco más tarde, monseñor Angelelli, obispo de La Rioja y una de las pocas voces críticas que partían de la Iglesia, moría en un extraño incidente automovilístico. Tan extraño que un testigo señaló que su vehículo había sido seguido y acorralado por otro y que en el cuello de Angelelli aparecieron extrañas marcas, como si hubiera sido previamente golpeado. Hasta hoy no ha podido demostrarse judicialmente la tesis del asesinato (la posición oficial de la Iglesia fue, por otra parte, el silencio), pero la dictadura se alivió con su muerte de un elemento muy incómodo.

Y, por supuesto, la Iglesia, como el resto de la sociedad, evolucionó a lo largo de los años de Proceso y cambió su posición respecto a los militares. Nunca encontraremos una oposición frontal, ni siquiera en sus sectores más aperturistas (en su descargo, también es difícil encontrar algo así en los partidos políticos de la época), pero ya en 1977, todavía en la etapa más cruda del régimen, la Conferencia Episcopal lanzó un documento en el que empezaba a subrayar la importancia del respeto a los Derechos Humanos. Lo hacía de una forma tibia y velada, pero pocos textos críticos similares encontraremos en esos años por parte de otras instituciones. El alejamiento de la Iglesia con los militares, relativo, por supuesto, se acentuará conforme avanzaba el régimen y el Proceso se iba enfangando cada vez en sus propias contradicciones y luchas internas, hasta llegar a la debacle final de Malvinas. No veremos tampoco a la Iglesia capitaneando el proceso de transición a la democracia, ni encabezando las manifestaciones contra la dictadura: la legitimidad de la lucha contra los militares la atesorarían principalmente las organizaciones de Derechos Humanos y la iniciativa política la tomarían, a partir de 1982 (y con pinzas) los partidos, pero sí veremos en esos años a una Iglesia en diálogo con estos sectores prodemocráticos y alentando el final de la dictadura, aunque al mismo tiempo colocando un colchón para amortiguar su caída.

Bergoglio formó, por tanto, parte (y en una posición con altas responsabilidades) de esa Iglesia oscura de los años de la dictadura, en la que el nuncio papal solía jugar al tenis semanalmente con el almirante Massera. Pero, como vemos, incluso en los momentos más oscuros se pueden distinguir algunos grises.

Codex Calixtinus, el retorno

Hoy es una de esas veces en las que toca entonar el mea culpa. Hace casi un año escribí por estos pagos unos párrafos en los que sostenía que el robo del Codex Calixtinus podría deberse al capricho no ya de un rico cualquiera, sino de alguien tan rico “que tiene a Amancio Ortega fregándole los baños” (sic). Me equivoqué de pleno y les explicaré a continuación por qué, si es que aún no se han enterado.

El códice ha vuelto... ¿y en forma de chapa?

El códice ha vuelto… ¿y en forma de chapa?

A pesar de las (más que lógicas) sospechas iniciales, el Codex Calixtinus no se hallaba en la cámara ultrasecreta de la mansión de veintisiete cuartos de baño y tres trasteros de un pérfido magnate coleccionista de arte. De hecho, ayer se recuperó a pocos kilómetros de Santiago de Compostela, en manos de un electricista cuyo interés no era el económico, sino la venganza. Eso sí, al menos los tiros no iban demasiado errados: el electricista era millonario, a tenor de los 1.200.000 € que se encontraron al registrar su domicilio.

“Vale que haya muchos autónomos que cobren en negro y así va el país, ¿pero tanto?”, se preguntarían los policías al descubrir semejante cantidad de dinero. Acto seguido, cundió el pánico: si el Codex Calixtinus no aparecía en casa del electricista y sí había más de un millón de euros era fácil deducir que el libro había sido vendido, más aún cuando el electricista, su esposa, su hijo y la novia de éste se negaban a confesar el paradero del códice. Sin embargo, horas después se solucionó el enigma. El Codex Calixtinus estaba en un garaje propiedad del electricista, dentro de una bolsa de plástico, un detallito que cabría agradecerle al ladrón para evitar la degradación de la obra.

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¿Para qué sirve el Codex Calixtinus?

Hagan un gran esfuerzo e imaginen, por un momento, que servidor de ustedes, a pesar de dedicarse a algo tan de pobres como la Historia, es rico. Atrozmente rico. Tan rico que podría contratar a Amancio Ortega como asistente limpiándome los baños con delantal y cofia. E imaginen, asimismo, que me diese un pronto, pero no un pronto cualquiera, sino un pronto extravagante, como esos prontos que tienen los multimillonarios de chistera y puro: hacer el Camino de Santiago, pero no como un plebeyo cualquiera del siglo XXI, sino como un plebeyo cualquiera de la Edad Media.

Santiago Apóstol en el "Codex Calixtinus"

Santiago Apóstol en el "Codex Calixtinus"

Para eso mismo querría el Codex Calixtinus, como mínimo su quinto libro, el Iter pro peregrinis ad Compostellam. Porque el Codex Calixtinus no sólo es la primera guía del peregrino, sino un conjunto de textos derivados del Liber Sancti Iacobi, obra de la primera mitad del siglo XII promovida por el ínclito Gelmírez que, en pocas palabras, constituye el típico “grandes éxitos” del apóstol compilado por más de una docena de autores. Del Liber Sancti Iacobi (o de según qué partes) se hizo un puñado de copias que, asombrosamente, no han sido reclamadas por la SGAE. Y una de esas copias es el Codex Calixtinus, claro.

Resumiendo mucho, el Codex Calixtinus contiene una carta del papa Calixto II -de ahí el título-, cinco libros y dos apéndices, una estructura que lo convierte en sospechoso predecesor de El Señor de los Anillos, con la salvedad de que nadie en la Tierra Media hablaba latín ni gallego. Bien jugado, Tolkien, así te libraste de las acusaciones por plagio. Y sí, podríamos decir que el paseíto hasta el Monte del Destino equivaldría a peregrinar a Santiago, pero no hemos venido aquí a hacer analogías tontorronas: eso lo dejaremos para los comentarios.

Aquí hemos venido a hablar del Codex Calixtinus, del cual casi tres cuartas partes están dedicadas a Santiago el Mayor (pues el Menor también era apóstol) mediante la exposición de misas, rezos, vida y milagros, así como el traslado de sus restos a Compostela que tanto sorprendieron -adjunten ustedes cuantas comillas quieran- a sus descubridores en el 813. Otro libro versa sobre Carlomagno y su desastrosa incursión en la Península Ibérica. Y el quinto, como dijimos, es la citada guía de viajes, donde se señalan y describen los principales hitos del camino, sus iglesias, reliquias, hospitales, gentes, tierras y hasta los peligros que acechan al peregrino, salmonela inclusive. Bueno, no, no hay ni salmonela ni toros ni sangría ni chiringuitos ni flamenco ni paella, de ahí que no se trate de una guía turística al uso. Cosas del siglo XII.

Volvamos al inicio. Yo soy ese ricachón que tiene a Amancio Ortega fregándole los baños y quiero marcarme un Camino de Santiago medieval. Pero como las bibliotecas me producen urticaria y los facsímiles se me antojan para meros directivos de bancos del chichinabo, decido apropiarme porque sí del Codex Calixtinus original. En fin, soy un multimillonario y, por definición, soy malvado, así que urdo un plan para ejecutar el robo del siglo… sin serlo.

No es el robo del siglo porque ha resultado demasiado sencillo. O eso, o las películas nos han malacostumbrado. Contactar con un ladrón de obras de arte, soltarle equis mil euros y que te traiga incólume el Codex Calixtinus no tiene mérito alguno si uno se entera de la serie de vergonzosos despropósitos que rodeaban la custodia del manuscrito: un encargado irresponsable, varios días sin descubrir su desaparición, cámaras que no lo enfocaban, una caja fuerte abierta sin problemas y ningún seguro que cubriera su robo. Con la ley en la mano, el cabildo compostelano al completo y el resto de sus familiares deberían pasar el resto de sus vidas pudriéndose en la cárcel.

¿Y el culpable del robo? Bueno, recuerden que soy el rico del principio. A mí esto me da igual. Es más, bastante tengo con saber qué es el Codex Calixtinus, cuando la inmensa mayoría de la sociedad lo desconocía hasta anteayer. Por tanto, y si me lo permiten, voy a empezar a preparar mi equipaje, que un Camino de Santiago al estilo medieval no se hace solo.