Archivos de la categoría Portugal

Museo Militar, Lisboa

A la conquista de Lisboa

Mañana se juega en Lisboa la final de la Liga de Campeones (Champions League para quienes nos lean desde Wichita) que enfrentará, por vez primera, a dos equipos de la misma ciudad: Real Madrid contra Atlético de Madrid. Este hecho, ya de por sí histórico, justificaría que hablásemos de fútbol en Aquí fue Troya, pero hemos querido ir más allá y dar unos consejitos a las decenas de miles de aficionados que se desplacen a la capital portuguesa. No hablamos de qué ver, qué comer o qué comprar. Hablamos de cómo conquistar Lisboa.

Panorámica de Lisboa desde el elevador de Santa Justa.
Lisboa desde el elevador de Santa Justa (foto del autor y click para ampliar, que mola).

Sigue leyendo

Adeste fideles

Adeste fideles, laeti triumphantes,
venite, venite in Bethlehem.

No, no me he equivocado, sé que no estamos en Navidad. De hecho, odio la Navidad. Pero me encanta Portugal y su historia, ésa que tenemos tan ignorada por una sencilla razón: en España somos tan paletos que preferimos conocer al dedillo el día a día de la Esteban que el nombre de los hijos de nuestros vecinos de escalera. Así que he aprovechado el villancico para hablaros de Juan IV, artífice de la restauración de la monarquía portuguesa en 1640.

Juan IV nació en 1604. Era hijo de los duques de Braganza, Teodosio II y la noble española Ana de Velasco y Girón, y entre sus ancestros se hallaban varios reyes lusos por esas cosillas de la endogamia que luego te habilitan para reclamar un trono. Sin embargo, en aquellos momentos Portugal era gobernada por los reyes de España (los Felipes II, III y IV nuestros, que para los portugueses son I, II y III) y la inquietud monárquica pendía del hilo del sebastianismo, tan irreal y absurdo que aún hoy sobrevive, si bien todo el embrollo de Sebastián I, el V Imperio y la chufa de línea sucesoria de la corona portuguesa bien merece un artículo propio que no será éste. Dicho queda.


Natum videte, Regem angelorum,
venite adoremus, venite adoremus, venite adoremus Dominum.

Un detalle del Castillo de Braganza (Foto del autor)
Un detalle del Castillo de Braganza (Foto del autor)

La casa ducal de Braganza, nacida en la Edad Media en la bella ciudad homónima y cuyo eje de poder se había trasladado a Vila Viçosa, fue desde el principio una de las mejor situadas para reemplazar a la extinta dinastía de Avis. Y bien por ellos, porque si querían oponerse a los españoles algo habría que hacer mientras Sebastián I se decidía o no a regresar, el señorito, que vaya horas y encima oliendo a tabaco negro y alcohol barato.

El abuelo de Juan IV, el también duque Juan I de Braganza, había intentado que se reconocieran tanto sus derechos como los de su esposa Catalina de Avis, nieta del rey Manuel I. No tuvo éxito, como tampoco lo tuvo su hijo, el citado Teodosio II, que había consumido su cuota de suerte en vida sobreviviendo con sus tiernos diez añitos a la desastrosa batalla de Alcazarquivir y posterior presidio en Marruecos.

Fue Juan IV, ya en 1640, quien logró ser designado rey de Portugal. Lo hizo, además, siguiendo la moda imperante aquel año en los dominios de Felipe IV, esto es, liándola bastante parda.

 

Sigue leyendo

Una, grande, libre… ¿e imperial?

A pesar de que estemos en pleno 2011 todavía hay aspectos de la política franquista que permanecen ocultos al gran público, esperando quizá una obra definitiva que los saque a la luz. Este artículo no será esa obra, por supuesto, pero tiene como objetivo primordial esbozar unas pinceladas de algo que muchos ignoran: las fallidas aventuras coloniales del franquismo. Para ello nos remontaremos a octubre de 1940.

Actas del encuentro de Franco y Hitler
Actas del encuentro de Franco y Hitler

En esa fecha, Hitler acude a Hendaya y negocia con Franco los términos y condiciones para que España entre como aliada en la II Guerra Mundial. Mientras el Führer sólo pedía las Canarias, una base naval y quizás la isla de Fernando Póo, Franco se descolgó exigiendo -según reza la tradición- Gibraltar, Marruecos, Guinea y gran parte del imperio colonial de una Francia en descomposición. Sin embargo, las actas del encuentro no recogieron una conversación que sí detalló en sus memorias Joachim von Ribbentrop, ministro de exteriores alemán:

“El Caudillo llevó aparte al Führer y le rogó que entretuviera a Pétain, convocándole con cualquier motivo, para así poder colmar una de las aspiraciones de Franco: invadir Andorra”.
(von Ribbentrop, J., “Zwischen London und Moskau“, 1953, p. 78).

Pétain había sido en 1939 embajador en España y, obviamente, conocía las cloacas del incipiente nacionalcatolicismo. Franco se amparaba en el apoyo de la Iglesia para reclamar para sí la posesión de Andorra, un principado cuyos jefes de Estado todavía hoy son el Presidente de la República Francesa y el obispo de La Seu d’Urgell. Para Franco resultaría muy sencillo que el obispo suplente de Urgell, Ricard Fornesa, cediese su mando sobre el pequeño país; contaba, asimismo, con la ayuda del también catalán Enrique Plá y Deniel, obispo salmantino, futuro arzobispo primado de España y amigo íntimo de los dos, quien mediaría para que el plan llegase a buen puerto.

Franco y Mussolini, en Bordighera
Franco y Mussolini, en Bordighera

Meses más tarde, en febrero de 1941, Franco se reunió con Mussolini en Bordighera. Il Duce trató de convencer a Franco para que participara en la guerra, pero el español se negó mientras no se le cediesen trigo, combustible, los territorios antes mencionados… ¿y algo más? No lo expuso abiertamente en sus Diarios, pero el conde Ciano, ministro de exteriores italiano, dejó al respecto unas curiosas notas:

En vez de solicitar la entrega de Juan de Borbón, quien desde Roma (bajo una eventual amenaza de Mussolini) se oponía al régimen y deseaba reinar en España, Franco insinuó durante la comida, tal vez de manera lacónica, que él era depositario de los derechos dinásticos de la monarquía hispana en tanto en cuanto Jefe de Estado. Días después, Il Duce me confesó sus temores: Franco podría presionar a Hitler y añadir el Milanesado y Cerdeña a sus pretensiones.
(Ciano, G. G., “Diario“, 1946, p. 371).

No obstante, los servicios secretos de Alemania e Italia abortaron la entrada en la II Guerra Mundial de España, que adoptó desde entonces el famoso término “no beligerancia”: esto es, Franco aguardaba el desarrollo de los acontecimientos con un apoyo nominal al Eje, aunque no dudaría en beneficiarse de una probable salida italogermana del norte de África. El devenir de la contienda, la victoria aliada y el ostracismo español, sin embargo, obligaron a Franco a posponer sus planes durante décadas.

Fueron ésas unas décadas (cuarenta, cincuenta y sesenta) en las que Franco encerró a España en sí misma, como un niño enfurruñado. Él era España y España era él. Milanesado y Cerdeña al margen, la herida abierta, sangrante, supurante, era la andorrana: Franco no entendía, por ejemplo, cómo Andorra prefería tener como copríncipe a un socialista como Léon Blum, ni cómo este socialista podía aceptar -si tan socialista se decía- semejante rango, de no ser por las ventajas para Francia de contar bajo su manto con un doble paraíso fiscal, Mónaco y Andorra, para evadir capitales. Asimismo, la idea de forzar al obispado de La Seu d’Urgell no gozaba del beneplácito del Vaticano y Franco renunció a contrariar a uno de sus pocos aliados internacionales: él, como otros tantos españoles, debería conformarse con la Andorra de Teruel y, como mucho, ahorrarse el IVA comprando radios en el país pirenaico.

Aún así, el sueño de Franco no se había extinguido. Los libros de texto de la época atestiguan el empecinamiento nacionalcatólico en recordar las glorias imperiales. Obligó a bautizar como “camiseta imperio” a dicha prenda, popularizada gracias al servicio militar obligatorio. Más aún, en alguna conversación informal alardeaba de que sólo necesitaba añadirle otra cabeza a su emblema del águila de San Juan, el hoy llamado “pollo”, para así convertirlo en el águila imperial de la Casa de Austria.

Fue en los años setenta cuando, habiendo garantizado (a trompicones y sui generis) el desarrollo económico español, Franco retomó su plan, en esta ocasión con más ambición todavía que treinta años atrás. Las circunstancias históricas así lo propiciaban, en realidad. El dictador había tutelado la formación del príncipe Juan Carlos, a quien incluso animó a casarse con Sofía de Grecia. La boda se celebró en 1962 y fue ampliamente recompensada por Franco cediéndole a Juan Carlos la sucesión en la jefatura estatal.

Boda de Juan Carlos y Sofía
Boda de Juan Carlos y Sofía

La decisión no era un gesto desprendido, sino un paso necesario para más altas miras. Franco estaba al tanto, gracias a subterfugios diplomáticos, de la inestabilidad de la monarquía helena, sujeta a la denominada Dictadura de los Coroneles desde 1967. De hecho, en la Fundación Francisco Franco se custodia un documento de Fernando María Castiella, ministro de exteriores por entonces, muy esclarecedor de las intenciones franquistas:

El Caudillo nunca desayuna, almuerza o cena sin saber antes qué es de Grecia, cuál es las (sic) situación de Constantino II y la disposición de la Armada griega. Como un moderno Alejandro Magno, sabe que es imposible controlar Grecia sin garantizar el dominio del Egeo.
(Archivo FNFF, sección Exteriores, leg. 118, doc. 14).

La estrategia de Franco era obvia. En caso de debilidad de la corona griega podría presentar a Juan Carlos y Sofía como los perfectos candidatos para reemplazar al impopular Constantino II. Todo había sido calculado por Franco: Sofía aportaba la legitimidad dinástica, pese a que sería reacia a suplir a su hermano, mientras que Juan Carlos ostentaba los títulos nobiliarios de los ducados de Atenas y Neopatria, región donde nuestro actual rey disponía de gran apoyo social. Sin embargo, el exilio de Constantino II y el derrumbe de la dictadura militar no fueron aprovechados por Franco, quien -como tanto ha repetido Pío Moa- “pecó de gallego y cauteloso. Pero sobre todo de gallego” (Moa, P., De un tiempo y de un país, 2002, p. 207).

Quedaba, no obstante, un último objetivo franquista: Portugal. Cierto es que Franco y Salazar siempre habían hecho buenas migas, pero la asunción del poder en el Estado Novo por Marcelo Caetano y, sobre todo, la muerte de Salazar rompieron esa bonita amistad. Asimismo, la Revolución de los Claveles (1974) asustó al gobierno franquista, temeroso de un contagio allende las fronteras, pero también reavivó viejas llamas.

Por un lado, Franco envidiaba que un país como Portugal, pequeño y arrinconado, conservara aún colonias en África y Asia, huellas de su esplendor pretérito. Por otro lado, Arias Navarro, recién llegado a la presidencia nacional, buscaba un gesto firme que le asentara y despejara su fama de blandito en comparación con el asesinado Carrero Blanco. No hacía falta mucha más excusa que esta conjunción astral de hambre y ganas de comer, aunque en caso de conflicto internacional la dictadura franquista planteó esgrimir otro título del príncipe Juan Carlos: a él le correspondía, por legítimo derecho, el reino del Algarve, que aún hoy le pertenece.

Así pues, España invadiría Portugal, la conquistaría con facilidad (sin plan alguno, eso sí, para la cuestión de un Juan de Borbón afincado en Estoril) y cumpliría el nunca extinto proyecto de una Unión Ibérica que campeara, imperial y colonial, de nuevo por el mundo. Un reflejo de aquella España -y Portugal- de Felipe II, donde nunca se ponía el sol. No se preveía demasiada resistencia lusa, pero para evitar disgustos, Arias Navarro le comunicó a Kissinger las intenciones de ir a la guerra contra Portugal. Los miembros del Departamento de Estado yanqui se llevaron las manos a la cabeza (¿más tensiones aún en la Europa de la Guerra Fría?) y sutilmente fueron retrasando el visto bueno a las operaciones.

Tanto lo retrasaron que Franco murió, en su cama, sin concretar ninguna de sus ilusiones imperiales. Ni siquiera reconquistando Gibraltar… y hasta perdiendo el Sáhara Occidental.

O General sem Medo

Los perros son unos animales simpatiquísimos y admito que ganas no me faltan de tener uno. Sólo me lo impide mi casero y dos cuestiones: los residuos que genera (cacotas varias, claro) y su manía por remover la tierra sin saber qué narices van a encontrarse. El cadáver de un opositor portugués, por ejemplo, lo típico que te sucede si eres un pastor de Villanueva del Fresno en 1965 y a tu perro le da por comportarse como un perro.

Humberto Delgado posa con la bandera portuguesa
Humberto Delgado posa con la bandera portuguesa (Fuente: http://humbertodelgado.pt)

Pongámonos en antecedentes, porque un cadáver no llega así por así al hocico de tu perro. El cadáver en cuestión era el de Humberto Delgado (1906-1965), controvertido general del ejército portugués, y estaba acompañado por el de su secretaria y amante. Obviamente, tal descubrimiento fue reseñado en los telediarios portugueses tras pasar la pertinente censura.

Pero en Aquí fue Troya no estamos para censurar nada, sino para contarlo todo: a Salazar, dictador del país vecino, no le hacía demasiada gracia la mera existencia de Humberto Delgado, con lo amigos que ambos habían sido. El propio Delgado había participado en el golpe de Estado que el 28 de mayo de 1926 acabó con la I República de Portugal e instauró la dictadura militar; es más, durante casi tres décadas este general de las fuerzas aéreas desempeñó importantes cargos al servicio de la misma y del Estado Novo. Un hombre leal al régimen… hasta que se le rompió el amor de tanto usarlo.

 

O General nas Eleições

Humberto Delgado, aclamado en Oporto
Humberto Delgado, aclamado en Oporto (Fuente: http://humbertodelgado.pt)

De ese hastío y del ofrecimiento de la oposición democrática al régimen surgió la candidatura de Humberto Delgado a la presidencia republicana portuguesa, cuyas funciones eran meramente ceremoniales. No obstante, recordemos que el humildísimo Salazar sólo -institucional y nominalmente hablando- era primer ministro. Ya, claro, sólo primer ministro. Había que ser muy inocente para creérselo. O eso o ser Humberto Delgado, quien, tras preguntársele qué haría con Salazar si venciese en las elecciones, respondió “Obviamente, demito-o!” (“¡obviamente, lo destituyo!”).

La cosa es que Salazar, por si alguien no lo había adivinado, no era un primer ministro cualquiera. De entrada, y pese al gran apoyo popular dado a Delgado allá donde acudía, la duda del pucherazo sobrevoló los comicios del 8 de junio de 1958, donde Delgado obtuvo un mísero 25% frente al rotundo 75% del candidato oficialista, Américo Tomás.

Delgado, tan optimista como ingenuo
Humberto Delgado, tan optimista como ingenuo (Fuente: http://praestantia1.blogspot.com)

Por si no bastara, a los delegados demócratas no se les permitió inspeccionar el voto, cambiando Salazar la ley para evitar futuros sustos y chapuzas electorales: del sufragio directo se pasó a uno indirecto -un colegio electoral designado a dedo- que perpetuara al nada intervencionista Américo Tomás en la presidencia. Y aprovechando que el Dão pasa por Viseu, Humberto Delgado fue despedido de las fuerzas armadas portuguesas. Se evitaba así cualquier resistencia interna al régimen y, sobre todo, se le despojaba de la inmunidad militar ante la PIDE (Polícia Internacional e de Defesa do Estado).

 

O General no Exilio

Dado que el ambiente estaba calentito en Portugal, Humberto Delgado solicitó asilo en la embajada de Brasil en Lisboa a principios de 1959, huyendo meses después a Río de Janeiro. Una vez allí concluyó que, si un clavo saca a otro clavo, el golpe de Estado era la única forma de derrocar a un Salazar que andaba con la mosca detrás de la oreja tras sofocar la tentativa del golpe Botelho Moniz, liderado en abril de 1961 por militares hasta entonces afines a -y miembros de- su gobierno.

Ese mismo 1961 fue calentito para Humberto Delgado. Comenzó el año asumiendo la responsabilidad del secuestro del trasatlántico Santa María en aguas brasileñas, continuó convenciendo a varios militares para efectuar un nuevo golpe de Estado y terminó entrando clandestinamente en Portugal para coordinar desde Beja las operaciones del mismo en cuanto arrancara 1962. Sin embargo, la conspiración fue descubierta y Delgado tuvo que escapar, primero a Madrid (donde ridiculizó a la PIDE fotografiándose con el Ya) y después fuera de Europa, primero a Brasil y después a Argelia.

Pese al fracaso, Humberto Delgado maduró la idea del golpe de Estado en Argelia, donde se le reconocía como líder de una Frente Patriótica de Libertação Nacional fragmentada en diversas corrientes de opinión. La división de opiniones propició que ninguno de sus planes saliese adelante y que, de paso, la PIDE le devolviera el gol por la escuadra.

 

O General enganado

Sabedores del peligro que entrañaba un Humberto Delgado haciendo amigos por África, agentes de la PIDE se infiltraron en la oposición a Salazar y se ganaron la confianza de Delgado. Éste viajó a Badajoz junto a su secretaria y amante, Arajaryr Campos, para reunirse con los agentes el 13 de febrero de 1965. Estando en Badajoz los agentes, comandados por António Rosa Casaco y Casimiro Monteiro, les invitaron a acercarse a Olivenza, una reclamación clásica del nacionalismo portugués más recalcitrante y a cuyo ayuntamiento Delgado ya había propuesto quemar como medida propagandística ante la comunidad internacional.

Aún así, no hubo forma ni de pisar Olivenza ni mucho menos de sacar a pasear el mechero. Delgado y Campos fueron trasladados a las cercanías de Villanueva del Fresno, donde fueron asesinados sin dejar rastro por los agentes de la PIDE. De hecho, y tras un par de meses sin noticias de Delgado, miembros de la Federación Internacional de Derechos Humanos buscaron, sin éxito, el cuerpo del general.

Hasta que llegó el perro del principio. Y hablando del principio, ya va tocando el final.

 

O General após de morto

Estatua de Delgado en Oporto
Estatua de Delgado en Oporto (Fuente: http://humbertodelgado.pt)

Salazar se desentendió del asesinato de Delgado. Se desentendió tanto que sus palabras al respecto fueron “uma maçada” (“un rollo”). El franquismo, por su parte e intentando no enturbiar las relaciones con Portugal, se limitó a juzgar a Casimiro Monteiro, quien no cumplió la condena de diecinueve años por hallarse ausente.

Un golpe de Estado triunfante (la Revolución de los Claveles) y veinticinco años después, a Humberto Delgado se le restituyeron honores y dignidad ascendiéndole a mariscal y depositando su cadáver en el más que selecto Panteón Nacional portugués.