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20-N o el inevitable fin del franquismo

Soy historiadora, así que tal vez a algunos les pueda parecer, por lo pronto, una locura lo que estoy a punto de decir, pero me gustan los riesgos. Allá va: no soy muy de fechas. Vamos, que incluso tengo una memoria atroz. Historiadora con mala memoria, ésa soy yo. Si no me acuerdo de lo que comí ayer o de lo que hice este verano, ¿alguien pretende que me acuerde de las fechas de inicio y final de la Guerra de los Treinta años? ¿En serio? ¿Duró de verdad treinta años? Ah, pues sí, lo pone en la Wikipedia.

Portada del diario Arriba (21-XI-1975)
Por si alguien no se había enterado.

A pesar de esta horrible confesión, espero ganarme el favor de los historiadores que lean estas líneas porque, tranquilos, aún soy capaz de jugar al Trivial de manera bastante resuelta, así que no todo está perdido. Debo aclarar que no soy un desastre total: no es que no “crea” en las fechas -comillas, comillas, imaginen que pongo los deditos a ambos lados de mi cabeza, teatralizando mucho el gesto-, simplemente no confío mi vida a ellas como si fueran mi tabla de salvación o mi religión particular. Sucede que soy más de procesos, de estructuras, de coyunturas, del trinomio causas-desarrollo-consecuencias… Y sí, ya sé que hago unas frases muy largas, pero mejor se me van acostumbrando, que todavía me queda para rato.

Volviendo al tema que nos ocupa, debo decir que, como amante de la historia social, del estudio de los procesos y los cambios que llevan a un hecho concreto y no a otro, etcétera, no puede importarme menos que las próximas e inminentes elecciones se sitúen en un 20-N. No me importa más allá de la curiosa casualidad o de la manía que tenemos los humanos por “aniversalizarlo” todo, si me permiten este palabro que me acabo de sacar de la manga. Que es un veinte de noviembre… pues bueno, pues vale, pues me parece que es el día que cae entre el 19 y el 21 y que, casualmente, es domingo, que es el día en el que tengo entendido plantan las elecciones para fastidiarnos muy convenientemente el fin de semana. Más allá de eso y sobre las idas y venidas en torno a los “¿lo habrán hecho a propósito?”, “¿querrán desvirtuar el sagrado significado de tan importante onomástica?” o “¿es que no habrán encontrado más fines de semana en noviembre, los muy capullos?”, no entro ni salgo.

Arias Navarro anunciando la muerte de Franco.
¿Saben aquel que diu? Ah, que ya se lo saben...

Dejando de lado esta parrafada introductoria y antes de irme por los cerros de cierta ciudad jienense en la que ni siquiera he estado (pero que me han dicho que es asaz hermosa, oiga), alquilemos un DeLorean y viajemos a cierta noche que cambió para siempre la historia de este pedacito del mundo en el que nos encontramos. Me refiero a la noche en la que un Arias Navarro tembloroso y compungido se asomó a millones de saloncitos españoles, bajo la sevillana que vive por defecto encima de cada televisor, y dijo cuatro palabras que están grabadas a fuego en nuestro inconsciente colectivo: “Españoles… Franco ha muerto”. Estas palabras, pronunciadas la noche del 20 de noviembre de 1975, supusieron el final de un ciclo que se había extendido durante casi cuarenta años.

¿Pero era este momento concreto realmente el final de un ciclo o sólo una parada más en una inevitable cadena de acontecimientos? Y es aquí donde quería llegar yo. Me ha costado, ¿verdad? ¿Todavía hay alguien ahí, llegados a este punto? Espero que sí. No me malinterpreten, que no digo que el 20-N no sea una fecha crucial de nuestra historia, pero no está de más constatar que una fecha o un único acontecimiento, aunque puede ser un desencadenante de un fenómeno mayor, las más de las veces es parte de algo más grande que no termina de entenderse del todo hasta que no se ve desde fuera, a vista de pájaro. Vamos, una muesca más en la rueda interminable de la Historia, tal y como la veían los griegos, unos tipos muy listos, según me han dicho, que entendieron muy pronto que la Historia está entretejida por medio de ciclos y no es absolutamente lineal (igual que la economía, ¡qué casualidad!).

¿Y dónde podría decirse que encontramos el “principio” y el “final” de esta trascendental etapa de nuestra historia? El final, parece claro, debemos situarlo en la conclusión de la Transición. Pero no me hagan dar vueltas sobre este punto, que no es el tema y unos dirán que es el ’77, otros me saldrán con el ’78, luego protestarán los de allá con el ’81 y los de acullá con el ’82; empezarán los tirones de pelo, los “no sabe usted con quién está hablando” y ya la tenemos liada. Pero el principio, el principio es otra cosa…

Cuando Franco agonizaba en su cama de hospital en ese frío noviembre de 1975, apenas una sombra de lo que fue, ajeno a los tejemanejes de su entorno de familiares, políticos y chupópteros varios, lo cierto es que ya no estaba en la España o paraíso del nacionalsindicalismo que él creía gobernar con mano de hierro. No era la misma España que celebrara los veinticinco años de paz en 1964, no se parecía apenas a la que suprimiera las cartillas de racionamiento en 1952 y ni siquiera saludaría a su prima de 1940 si la viera por la calle. Franco moría dejando una España distinta, que cambió con él y a pesar de él. Una España cuyo cambio era un alud que no habría conseguido detener ni una veintena de Arias Navarro y, me temo, tampoco un Carrero Blanco. Y si no me creen a mí, crean al menos al insigne Tusell cuando decía que “la sensación predominante que produce el Franco de los últimos diez años de su vida es la de un gobernante que experimenta un creciente desconcierto ante una realidad que ya no le resulta fácil de captar y de dirigir” [1].

Si algún día les da por montar una dictadura –que no sé si venden kits en el IKEA–, sepan que es relativamente sencillo controlar a un pueblo por medio del miedo, cuando no tiene más salidas que el hambre, la cárcel, el exilio o la muerte. Más aún si vive aislado del mundo exterior (que ni Facebook tenían, se ve). Pero esta tarea se vuelve poco menos que hercúlea en España a partir de finales de los ‘50 y, sobre todo, en la década de los ’60. El desarrollo económico despierta a un país en coma y atrae al turismo de corte industrial y masificado. Y si las fronteras se abren para dejar entrar a los turistas que venían por millones, también lo hacen para el gran éxodo de emigrantes, que no se marchan ya por razones políticas, sino económicas. Ende, el mundo se hace más pequeño y las nuevas ideas viajan más rápido. En ese momento el país ya no muere de hambre –a grandes rasgos- y nos lanzamos en masa tras la máxima Primum vivere deinde philosophari: la oposición se reorganiza y, por primera vez, los que no se marcharon allende nuestras fronteras, sino que se quedaron aguantando el chaparrón, tienen más fuerza que las cúpulas de sus partidos instaladas en el extranjero y que, todavía en algún caso, ven a España desde el prisma añejo y descolorido de 1939. Los estudiantes y los sindicatos hacen lo propio y, desde la clandestinidad y esos secretos que no son tan secretos, se mueven deprisa. No, desde luego que España no era la misma.

Imagen de "Cuéntame".
Y ahora nos vamos a quedar sin ver la pinícula de la noche…

De hecho, a España ya no la conocía ni su padre y decir lo contrario era negar la evidencia. El régimen o lo que quedaba de él en los últimos años, era como un sillón orejero en una casa de diseño, que será de la abuela y tal, pero no pega con el resto de la decoración. Para eso Dios inventó los guardamuebles. Lo que quiero decir con esta metáfora tan burda es que la España del milagro económico, la emergente clase media, los 600, las hordas de turistas, los universitarios que leían El Libro Rojo de Mao con avidez –sin admitir que en realidad era un tostón- o escuchaban a Lluís Llach cantando no sé qué de una estaca… no encajaba con la envoltura obsoleta de la dictadura franquista. Primum vivere deinde philosophari, amigos, había llegado el momento de filosofar. Más si cabe en el contexto en el que vivíamos –¡no olvidemos nunca el contexto, pardiez!-, rodeados de países masones democráticos o en vías de serlo, como el Portugal de la inolvidable Revolución de los Claveles, demasiado cerca como para alarmar a más de uno. Una Europa democrática que nos mira por encima del hombro y nos restriega por la cara el embrión de la futura UE, a cuyo acceso estábamos completamente vetados por el insignificante detallito de ser una dictadura.

En estos últimos y agónicos estertores del franquismo, hay, sin embargo, dos momentos clave. Primero, en 1969, la definición de un futuro que hasta ese momento permanecía en suspenso por expreso deseo del dictador: la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, que ponía al actual Juan Carlos I en la mira de todos los que constataban la evidencia de que, en efecto, el Caudillo no era inmortal y pasaría a mejor vida más tarde o temprano. Y segundo, la muerte de Luis Carrero Blanco en 1973, dinamitando (sin segundas, lo juro) en principio la posibilidad de que un Franco 2.0 heredara España, como si fuera un jersey de ochos que pasa del hermano mayor al pequeño, aunque a priori le quede un poco mal de la sisa.

Renqueante y apolillada, la dictadura se precipitaba hacia su final, de eso no había duda. Y aunque no quiero abusar, creo que aquí me viene de perlas la siguiente cita de Fusi y Palafox, Dios bendiga su manual de Historia Contemporánea: “El hecho era –aciertos o desaciertos gubernamentales aparte- que desde 1969 había una verdadera crisis de régimen. España era un Estado católico en donde la Iglesia condenaba al régimen; un Estado que prohibía las huelgas y donde éstas se producían por miles; una Dictadura que buscaba legitimarse en nombre de la democracia; un Reino sin Rey, donde el jefe de la Casa Real, don Juan, padre del futuro Rey, condenaba desde el exilio al régimen, […] recibía a la oposición […] y al que incluso se le prohibía pisar suelo español” [2]. Por mucho que España haya sido siempre un mar de contradicciones, cuando tiras mucho de la cuerda, la cuerda se acaba rompiendo.

Nuestra dictadura estaba cimentada en torno a la figura del no tan eterno Caudillo, quien le había insuflado vida y sentido (o sinsentido). De hecho, podríamos decir que dictador y dictadura conformaban una relación casi simbiótica; por eso siempre he pensado que el término franquismo es más adecuado incluso que dictadura, por todo lo que ello implica. Dictador y régimen se marchitaron casi simultáneamente, pero cuando Francisco Franco Bahamonde murió el 20 de noviembre de 1975, su gran obra política estaba bajo tierra mucho antes, aunque entonces no pudiéramos ver el final del túnel con claridad. Habría de pasar algún tiempo todavía, pero las piezas ya se estaban moviendo. Eso, sin embargo, es otra historia.

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1 TUSELL, Javier, Dictadura franquista y democracia, 1939-2004. Barcelona: Crítica, 2005. Pp. 195 y 196.

2 FUSI, Juan Pablo y PALAFOX, Jordi, España: 1808-1996. El desafío de la modernidad. Madrid: Espasa Calpe, 1998. Pp. 322 y 323.

O General sem Medo

Los perros son unos animales simpatiquísimos y admito que ganas no me faltan de tener uno. Sólo me lo impide mi casero y dos cuestiones: los residuos que genera (cacotas varias, claro) y su manía por remover la tierra sin saber qué narices van a encontrarse. El cadáver de un opositor portugués, por ejemplo, lo típico que te sucede si eres un pastor de Villanueva del Fresno en 1965 y a tu perro le da por comportarse como un perro.

Humberto Delgado posa con la bandera portuguesa
Humberto Delgado posa con la bandera portuguesa (Fuente: http://humbertodelgado.pt)

Pongámonos en antecedentes, porque un cadáver no llega así por así al hocico de tu perro. El cadáver en cuestión era el de Humberto Delgado (1906-1965), controvertido general del ejército portugués, y estaba acompañado por el de su secretaria y amante. Obviamente, tal descubrimiento fue reseñado en los telediarios portugueses tras pasar la pertinente censura.

Pero en Aquí fue Troya no estamos para censurar nada, sino para contarlo todo: a Salazar, dictador del país vecino, no le hacía demasiada gracia la mera existencia de Humberto Delgado, con lo amigos que ambos habían sido. El propio Delgado había participado en el golpe de Estado que el 28 de mayo de 1926 acabó con la I República de Portugal e instauró la dictadura militar; es más, durante casi tres décadas este general de las fuerzas aéreas desempeñó importantes cargos al servicio de la misma y del Estado Novo. Un hombre leal al régimen… hasta que se le rompió el amor de tanto usarlo.

 

O General nas Eleições

Humberto Delgado, aclamado en Oporto
Humberto Delgado, aclamado en Oporto (Fuente: http://humbertodelgado.pt)

De ese hastío y del ofrecimiento de la oposición democrática al régimen surgió la candidatura de Humberto Delgado a la presidencia republicana portuguesa, cuyas funciones eran meramente ceremoniales. No obstante, recordemos que el humildísimo Salazar sólo -institucional y nominalmente hablando- era primer ministro. Ya, claro, sólo primer ministro. Había que ser muy inocente para creérselo. O eso o ser Humberto Delgado, quien, tras preguntársele qué haría con Salazar si venciese en las elecciones, respondió “Obviamente, demito-o!” (“¡obviamente, lo destituyo!”).

La cosa es que Salazar, por si alguien no lo había adivinado, no era un primer ministro cualquiera. De entrada, y pese al gran apoyo popular dado a Delgado allá donde acudía, la duda del pucherazo sobrevoló los comicios del 8 de junio de 1958, donde Delgado obtuvo un mísero 25% frente al rotundo 75% del candidato oficialista, Américo Tomás.

Delgado, tan optimista como ingenuo
Humberto Delgado, tan optimista como ingenuo (Fuente: http://praestantia1.blogspot.com)

Por si no bastara, a los delegados demócratas no se les permitió inspeccionar el voto, cambiando Salazar la ley para evitar futuros sustos y chapuzas electorales: del sufragio directo se pasó a uno indirecto -un colegio electoral designado a dedo- que perpetuara al nada intervencionista Américo Tomás en la presidencia. Y aprovechando que el Dão pasa por Viseu, Humberto Delgado fue despedido de las fuerzas armadas portuguesas. Se evitaba así cualquier resistencia interna al régimen y, sobre todo, se le despojaba de la inmunidad militar ante la PIDE (Polícia Internacional e de Defesa do Estado).

 

O General no Exilio

Dado que el ambiente estaba calentito en Portugal, Humberto Delgado solicitó asilo en la embajada de Brasil en Lisboa a principios de 1959, huyendo meses después a Río de Janeiro. Una vez allí concluyó que, si un clavo saca a otro clavo, el golpe de Estado era la única forma de derrocar a un Salazar que andaba con la mosca detrás de la oreja tras sofocar la tentativa del golpe Botelho Moniz, liderado en abril de 1961 por militares hasta entonces afines a -y miembros de- su gobierno.

Ese mismo 1961 fue calentito para Humberto Delgado. Comenzó el año asumiendo la responsabilidad del secuestro del trasatlántico Santa María en aguas brasileñas, continuó convenciendo a varios militares para efectuar un nuevo golpe de Estado y terminó entrando clandestinamente en Portugal para coordinar desde Beja las operaciones del mismo en cuanto arrancara 1962. Sin embargo, la conspiración fue descubierta y Delgado tuvo que escapar, primero a Madrid (donde ridiculizó a la PIDE fotografiándose con el Ya) y después fuera de Europa, primero a Brasil y después a Argelia.

Pese al fracaso, Humberto Delgado maduró la idea del golpe de Estado en Argelia, donde se le reconocía como líder de una Frente Patriótica de Libertação Nacional fragmentada en diversas corrientes de opinión. La división de opiniones propició que ninguno de sus planes saliese adelante y que, de paso, la PIDE le devolviera el gol por la escuadra.

 

O General enganado

Sabedores del peligro que entrañaba un Humberto Delgado haciendo amigos por África, agentes de la PIDE se infiltraron en la oposición a Salazar y se ganaron la confianza de Delgado. Éste viajó a Badajoz junto a su secretaria y amante, Arajaryr Campos, para reunirse con los agentes el 13 de febrero de 1965. Estando en Badajoz los agentes, comandados por António Rosa Casaco y Casimiro Monteiro, les invitaron a acercarse a Olivenza, una reclamación clásica del nacionalismo portugués más recalcitrante y a cuyo ayuntamiento Delgado ya había propuesto quemar como medida propagandística ante la comunidad internacional.

Aún así, no hubo forma ni de pisar Olivenza ni mucho menos de sacar a pasear el mechero. Delgado y Campos fueron trasladados a las cercanías de Villanueva del Fresno, donde fueron asesinados sin dejar rastro por los agentes de la PIDE. De hecho, y tras un par de meses sin noticias de Delgado, miembros de la Federación Internacional de Derechos Humanos buscaron, sin éxito, el cuerpo del general.

Hasta que llegó el perro del principio. Y hablando del principio, ya va tocando el final.

 

O General após de morto

Estatua de Delgado en Oporto
Estatua de Delgado en Oporto (Fuente: http://humbertodelgado.pt)

Salazar se desentendió del asesinato de Delgado. Se desentendió tanto que sus palabras al respecto fueron “uma maçada” (“un rollo”). El franquismo, por su parte e intentando no enturbiar las relaciones con Portugal, se limitó a juzgar a Casimiro Monteiro, quien no cumplió la condena de diecinueve años por hallarse ausente.

Un golpe de Estado triunfante (la Revolución de los Claveles) y veinticinco años después, a Humberto Delgado se le restituyeron honores y dignidad ascendiéndole a mariscal y depositando su cadáver en el más que selecto Panteón Nacional portugués.