Archivos de la categoría Patrimonio

Panteón Real San Isidoro

De Cáliz de Doña Urraca a Santo Grial

Actualización.- El Museo de San Isidoro ha vuelto a exponer el Cáliz de Doña Urraca [1].

El 23 de marzo, además de morir Adolfo Suárez, la prensa leonesa recogía una asombrosa noticia bajo el titular “El Santo Grial está en León”. El hecho pasó ligeramente desapercibido hasta que ayer, día 26, todos los medios se hicieron eco y medio país quiso entender que sí, que el Santo Grial llevaba siglos en León y corrió a abrazarlo cual nuevo dogma irrefutable. Que esto es España y aquí todos somos expertos en reliquias, faltaría más.

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Plaza Mayor de Salamanca

Diez curiosidades de Salamanca

Salamanca, capital de la provincia del mismo nombre, cuenta con una población estimada de casi 150.000 habitantes. Uno de ellos -aunque se empeñe en no empadronarse- es quien esto escribe, que además ha podido estudiar e investigar en su universidad. Siempre queda bien escuchar eso de “ah, vives en Salamanca, qué suerte”, pero confieso que, al mismo tiempo, cansa leer la típica ristra de estereotipos facilones que pueblan guías, revistas y blogs de viajes. Culpa de ello también la tenemos los historiadores y la alergia de muchos a divulgar, de ahí el listado que viene a continuación.

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Documental “El Triunfante”: Campaña de Microfunding en Arqueología Subacuática

El Centro de Arqueología Subacuática de Cataluña pone en marcha una campaña de microfunding para terminar el documental sobre “El Triunfante“, el primer barco de guerra español excavado con métodos científicos en nuestro país y una de las piezas más importantes de nuestro patrimonio.

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Arqueología experimental: un espectáculo científico

La Arqueología experimental, nos dicen Colin Renfrew y Paul Bahn en Arqueología. Teorías, Métodos y Práctica, “constituye un medio eficaz de estudiar los procesos postdeposicionales a largo plazo”. Los autores se refieren al experimento de Overton Down, pero la arqueología experimental, mediante la simulación, la fabricación y la recreación también pueden aportar importante información sobre el pasado.

Montículo experimental de Overton Down

En 1960, se puso en marcha en Overton Down un proyecto de arqueología experimental de larga duración. El experimento consistía en la creación de un gran terraplén de creta y turba de 21 metros de longitud, 7 metros de anchura y 2 metros de altura, con un foso paralelo. El objetivo del experimento era establecer el modo en el que se altera el montículo y el foso con el paso del tiempo así como el modo en el que se comportan los materiales (cerámica, cuero y tejidos) que fueron sepultados en su interior. A fin de controlarlo, se estableció que se llevarían a cabo cortes de seguimiento en 1962, 1964, 1968, 1976, 1992, 2024 y 2088. Un experimento a largo plazo que ya ha arrojado información interesante: en 1964, por ejemplo, la cerámica permanecía inalterada, el cuero poco afectado y los tejidos ya se estaban debilitando y decolorando.

Sin embargo, y aunque el experimento de Overton Down se encuentra ya en los libros de texto, no es ni mucho menos el único ejemplo. De hecho, es, quizá, uno de los menos vistosos. No os aburriré con ejemplos a base de montoncitos de tierra: la arqueología experimental, además de una técnica muy interesante para probar o desmentir teorías sobre el pasado, es una de las variantes de la Arqueología con mayor capacidad para asombrar.

Arqueología experimental, todo un espectáculo
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Saqueadores arqueológicos: ladrones del patrimonio de todos

El pasado 2 de marzo aparecía en El País la noticia de que un jubilado había expoliado en los últimos veinte años más de 4.000 piezas de varios yacimientos de Castilla y León y de Aragón. El expolio de material arqueológico supone un delito contra el patrimonio nacional y la pérdida irremediable de valiosa información sobre nuestro pasado más remoto.

Piezas celtíberas incautadas. FUENTE: El País

Piezas celtíberas incautadas. FUENTE: El País

A principios de marzo salía a luz el saqueo sistemático que un individuo (me niego a darle otro nombre) había realizado en varios yacimientos en torno a su localidad de residencia. La Guardia Civil ha recuperado más de 4.000 piezas de todo tipo que estaban almacenadas en su vivienda de cualquier manera (en botes de café o cajas de bombones) y vincula a este saqueador con varios cascos celtíberos en venta por algunas subastas europeas. La operación, aparentemente, es un éxito y quizá permita reclamar los susodichos cascos. Que repiquen las campanas.

El problema es que, como ya he comentado anteriormente en las entradas relacionadas con el Caso Odyssey (ver artículo final aquí), las piezas producto de un saqueo, que han sido extraídas de los yacimientos sin los adecuados métodos y sin guardar registro detallado del contexto, pierden gran parte de su valor arqueológico. La mayor parte de la información que podría haberse sacado de estas piezas se ha perdido, puf, a tomar por saco, y ahora son poco más que objetos decorativos pintorescos. Sí, aun podrán hacerse algunos análisis, relacionarse con otro tipo de datos e inferir alguna información, pero donde eran realmente útiles era en las tumbas de las que han sido sacados. Gracias a este individuo hemos, esencialmente, perdido parte del pasado de la Península Ibérica. Mándenle una bonita postal de agradecimiento.

Concienciación: Una asignatura pendiente

Dejemos clara una cosa. Los restos arqueológicos son tan parte del patrimonio nacional como las iglesias y los castillos y el daño o apropiación del patrimonio nacional es un delito que puede ser castigado con la cárcel. El patrimonio arqueológico es un bien precioso que nos pertenece a todos y cuando alguien roba, saquea o expolia (llámenlo como quieran), nos están robando, saqueando y expoliando nuestro pasado a todos. Como si entraran en su casa y se llevaran todos los recuerdos familiares y éstos fueran la única manera de mantener viva su memoria.

Pero esta conciencia de que los restos arqueológicos no tienen valor si no se pueden estudiar en relación con el contexto en el que fueron encontrados es una asignatura pendiente y que debemos tratar de aprobar en el futuro.

La verdad es que los museos, los libros de arte, los periódicos y el cine no han ayudado a extender esta idea. Especialmente los museos (aunque ya se están modernizando mucho) dan más importancia a la pieza que al contexto en sus exposiciones y lo que el visitante recuerda al final es”lo bonita que era tal o cual vasija”, la “cantidad de monedas que había” o los “chulo que era ese broche”… De tal forma que el museo es recordado más como una extensión de la tienda de regalos.

Centro de Interpretación de Segóbriga en Saelices, Cuenca. FUENTE: Comunidad de Castilla la Mancha

Centro de Interpretación de Segóbriga en Saelices, Cuenca. FUENTE: Comunidad de Castilla la Mancha

Los “Centros de Interpretación Arqueológica” intentaban, además de generar turismo en los pueblos que albergaban yacimientos, atraer la atención sobre el contexto histórico y arqueológico de las piezas que normalmente vemos en los museos. Concienciar a la gente que los materiales arqueológicos no eran importantes por estar en un museo sino por dónde y cómo habían sido encontrados. Lamentablemente, fruto del boom económico, los centros también han sido víctimas de la crisis y languidecen vacíos e incluso cerrados a lo largo y ancho de la península.

Visita a Atapuerca. FUENTE: Fundación Atapuerca.

Visita a Atapuerca. FUENTE: Fundación Atapuerca.

En la actualidad, proliferan las exposiciones que intentan concienciar al público de la importancia de los yacimientos en sí mismos y de la existencia de un contexto. Algunos yacimientos han empezado a abrir sus puertas a grupos de visitantes (escolares y adultos) para enseñarles que lo que el arqueólogo hace en el campo no es un picnic sino trabajo científico y que el proceso es tan importante como los materiales que se encuentran.

Con un poco de suerte las futuras generaciones tendrán una idea más desarrollada de la importancia del patrimonio arqueológico de la península y casos como el de este saqueador serán motivo de escándalo nacional.

Mientras tanto, seguiremos confiando en que los pillen a tiempo… y no tras veinte años de actividad.

Colombia aprueba una ley que permite la venta de su patrimonio subacuatico

El pasado día 11, Colombia aprobó una ley que permite la venta de su patrimonio subacuático por parte de las empresas Cazatesoros en contra de la opinión no sólo de sus arqueólogos nacionales sino de la comunidad científica internacional.

 

Arqueologos colombianos protestando en el Congres. Fuente, ABC

 

El pasado día 11 de Diciembre, el congreso de Colombia aprobó la ley 125 que permite a las empresas de cazatesoros, la venta del patrimonio cultural subacuático en sus aguas bajo un criterio de repetición. A la ley se han opuesto tanto políticos como arqueólogos colombianos, así como el conjunto de la comunidad científica internacional.

Hace unas horas, un buen amigo, José Mateos, de Golpes del Revés, me preguntaba “¿qué tiene de malo esto?” Como es una pregunta que se habrá hecho mucha gente, creo que podemos decidarle un ratito.

 

Patrimonio Arqueológico. ¿Cuál es su valor?

Desde que los hombres del  Renacimiento empezaran a mostrar interés por las obras de arte de la antigüedad, la arqueología ha evolucionado mucho. En los últimos 80 años los distintos países han empezado a proteger su patrimonio arqueológico y cultural como una parte importante, vital e irrepetible de su pasado. En tierra, las legislaciones para la protección de yacimientos arqueológicos se han implementado y mejorado, haciéndose cada vez más restrictivas, para asegurar que el patrimonio arqueológico se conserve y pueda ser disfrutado por todos los ciudadanos, hoy y en el futuro.

Objetos arqueológicos vs Yacimientos

La arqueología, como todas las ciencias, ha evolucionado mucho. Desde los coleccionistas de antiguedades, interesados sólo en las piezas consideradas de valor por sus materiales o sus cualidades estéticas, hasta una ciencia o una técnica, que, de una manera sistemática y cuidados intenta, através del estudio del conjunto del yacimiento, obtener información del pasado.

Para los anticuaristas, los coleccionistas y los cazatesoros que los suministran, el valor económico está en la pieza, la obra de arte, la moneda de oro. Para el arqueólogo, los elementos individuales carecen de valor si no forman parte de un conjunto, de un yacimiento. Y da igual que sea una moneda de plata que el craneo de un caballo. Si está descontextualizado, si se lo separa de su conjunto, no tiene ningún valor.

Caza de Tesoros vs Arqueología

Los caza tesoros tienen como objetivo el beneficio económico, enriquecerse, con la venta de piezas arqueológicas de valor (oro, plata, piedras preciosas, antiguedades en general) mientras que el objetivo de los arqueólogos es la investigación del pasado. Ambas profesiones, dirán algunos, son perfectamente legítimas, el problema es que la acción de unos, los cazatesoros, (que solo les beneficia a ellos), imposibilita que los arqueólogos puedan hacer su trabajo (que nos beneficia a todos).  ¿Por qué? Pues porque para el cazatesoro, ninguna otra parte del yacimiento tiene importancia y la intervención que realiza destruye todo el contexto en el que se encuentran los restos. Sólo le interesa la pieza.

Criterio de Repetición

Los objetos arqueológicos son únicos. Hasta el siglo XX, en el que se impone la producción encadena y la utomatización, la producción estaba sujeta a muchas variantes. Los objetos, incluso las monedas, aunque nos parezcan iguales no lo son. Y es precisamente cuando contamos con muchos ejemplos, cuando podemos empezar a extraer conclusiones. Una de las técnicas de análisis de materiales más utilizadas hoy por hoy es la estadística. Los arqueólogos miden, cuantifican, decenas de variables y las someten a estudios estadísticos. De tal forma que, cuantos más “objetos repetidos” tengamos, mejor serán nuestra comprensión de la producción de dichos objetos. Más es mejor y, en esencia, cada objeto es único e irrepetible.

Conservación

Bueno, pero encontes, si lo que hace falta es tener datos, pues cogemos los datos y luego ya vendemos el resto, ¿no? El problema de ese argumento es que las técnicas de análisis siguen mejorando cada año. Hoy en día un arqueólogo puede saber más de cómo, dónde y cuándo se hizo una pieza de lo que podía saber cualquier arqueólogo hace 40 años. Así que nuestro deber es guardar los materiales, asegurarnos de que en el futuro, con mejores técnicas de análisis, los arqueólogos que vengan tengan posibilidad de volver a estudiarlas. La arqueología, al contrario que la geología o la química, no puede salir al campo a por más granito, o generar más reacciones químicas a voluntad; los objetos arqueológicos son finitos, un día ya no habrá más que estudiar.

¿Y cómo afecta a esto la nueva ley colombiana?

La ley 125 permite que las empresas cazatesoros “recuperen” objetos de yacimientos sumergidos (barcos hundidos o cualquier otro tipo de yacimiento) y se les pague con una parte del botín. Algunos opinan que esto ayudará a aumentar el conocimiento de los yacimientos sumergidos colombianos, pero lo único que hace es abrir la puerta a su destrucción.

Por un lado, los cazatesoros, cuyo único objetivo es el beneficio, sólo están interesados en aquellos yacimientos que contengan elementos que ellos (y esta ley) consideran de valor: joyas, oro, plata, piedras preciosas, obras de arte… Cosas que se pueden vender. Bueno, la verdad es que el 90% de los yacimientos subacuáticos carecen de dichos materiales o su presencia es tan baja que su explotación económica es inviable (mover un barco, poner buceadores en el agua, etc, es muy caro). Pero eso no lo sabes hasta que excavas el barco. Cuando un cazatesoros encuentra un barco “vacío”, lo abandona a su suerte y se va en busca de otro.

Por otro lado, las técnicas de los cazatesoros son altamente destructivas. Como al cazatesoros sólo le interesa aquello que pueda vender, la extracción se lleva a cabo con técnicas altamente dañinas para el resto de materiales. Por todo el planeta se han dado casos en los que los cazatesoros han utilizado taladros para separar el metal precioso de otros restos arqueológicos y han hecho agujeros en los cascos de los barcos para poder acceder a la carga, destrozando el maderamen (de cuya construcción sabemos bien poco y gracias a estas actividades no sabremos nada).

Por último, la idea de la repetición es una aberración científica. Como ya he dicho, cada objeto arqueológico (se un lingote de oro o un plato de cerámica) es irrepetible. Y es através del estudio de los conjuntos, de cuantos más elementos mejor, como aprendemos algo del pasado.

¿Y por qué debe importarnos?

Bueno, si el argumento de que el pasado es un bien común y que su conocimiento es útil para todo el mundo, tambi’en puede quedarse con un aspecto más pequeño de este gran conocimiento universal. El patrimonio arqueológico colombino al que esta ley afecta principalmente no es sólo suyo, sino que forma parte del pasado compartido por toda hispanoamérica. Su patrimonio cultural, su pasado, también es el nuestro y esta ley abre la puerta a que en el futuro, nuestro conocimiento del pasado sea menor o inexistente.

¿Quién tiene la culpa?

Bueno, es evidente que el Congreso de Colombia ha sido presionado, o sus congresistas coeccionados, para que esta ley salga adelante. No hay que ser muy mal pensado para pensar que el hecho de que al principio esta ley planteara un 12% de “compensación económica” para el cazatesoros, y se haya aprobado con un 50% está relacionado con intereses económicos privados más que el conocimiento del patrimonio subacuático colombiano, de hecho, el representante de varias “empresas rescatadoras” solicitaba al gobierno que la “compensacion” ascendiera hasta el 80%.

Pero, desengañémonos, los arqueólogos tenemos mucha culpa en esto. Mientras nuestras técnicas se modernizaban, y aprendíamos que la importancia no está en la pieza sino en el conjunto de ellas, no hemos sido capaces de enseñar al público general a ver el patrimonio arqueológico de una manera más moderna y la población sigue viendolo como lo veían los anticuarios del siglo XVIII.

 

Codex Calixtinus, el retorno

Hoy es una de esas veces en las que toca entonar el mea culpa. Hace casi un año escribí por estos pagos unos párrafos en los que sostenía que el robo del Codex Calixtinus podría deberse al capricho no ya de un rico cualquiera, sino de alguien tan rico “que tiene a Amancio Ortega fregándole los baños” (sic). Me equivoqué de pleno y les explicaré a continuación por qué, si es que aún no se han enterado.

El códice ha vuelto... ¿y en forma de chapa?

El códice ha vuelto… ¿y en forma de chapa?

A pesar de las (más que lógicas) sospechas iniciales, el Codex Calixtinus no se hallaba en la cámara ultrasecreta de la mansión de veintisiete cuartos de baño y tres trasteros de un pérfido magnate coleccionista de arte. De hecho, ayer se recuperó a pocos kilómetros de Santiago de Compostela, en manos de un electricista cuyo interés no era el económico, sino la venganza. Eso sí, al menos los tiros no iban demasiado errados: el electricista era millonario, a tenor de los 1.200.000 € que se encontraron al registrar su domicilio.

“Vale que haya muchos autónomos que cobren en negro y así va el país, ¿pero tanto?”, se preguntarían los policías al descubrir semejante cantidad de dinero. Acto seguido, cundió el pánico: si el Codex Calixtinus no aparecía en casa del electricista y sí había más de un millón de euros era fácil deducir que el libro había sido vendido, más aún cuando el electricista, su esposa, su hijo y la novia de éste se negaban a confesar el paradero del códice. Sin embargo, horas después se solucionó el enigma. El Codex Calixtinus estaba en un garaje propiedad del electricista, dentro de una bolsa de plástico, un detallito que cabría agradecerle al ladrón para evitar la degradación de la obra.

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Libros perdidos, hoy rescatados: Los libros de Galeras

¿Quién no ha sentido en alguna ocasión un pequeño aguijón de curiosidad al observar un documental sobre barcos hundidos y se ha preguntado viendo estos antiguos galeones, cómo podría ser la vida cotidiana en ellos, qué clase de personas sobrevivían a estos largos viajes de semanas o meses en un estado lamentable, poca o ninguna higiene, con una alimentación monótona, sufriendo maltratos y enfermedades, lejos de las idílicas imágenes de galeones a que nos tiene acostumbrados en la gran pantalla?

Pues bien, según la noticia aparecida en el periódico El País, del pasado mes de marzo, sobre la restauración de los libros de galeras, podemos saber por fin cómo se desarrollaba la vida “de a bordo” en estos barcos empleados durante varios siglos para la guerra en el mar; y es que han sido muchos los documentos escritos que han desaparecido a lo largo de la historia y, luego, siglos más tarde, gracias a nuevas tecnologías o a donaciones de coleccionistas han vuelto a resurgir para devolvernos esas piezas que faltaban del puzzle de la historia.

Un libro de galeras es una lista descriptiva de los hombres y mujeres que poblaban estos barcos, siendo la mayoría esclavos y presos. Estos libros pueden ser de gran importancia para conocer la vida de la tripulación a bordo; los libros comienzan a aparecer a partir de 1624 llegando hasta 1748 aproximadamente y reflejan datos tanto de presos como de marineros y soldados. Hoy disponemos de un total de once de los veinticinco libros, entre los que había dieciocho sobre presos forzados, tres a esclavos y cuatro relacionados con soldados y marineros, aportando no sólo conocimientos de las condiciones en las que vivían estos tripulantes, sino de los nombres y las condenas que cumplían.

Y es que no todos los que viajaban a bordo de las galeras tenían una historia en común, es decir, existía una división abordo:

Las denominadas “gente del cabo” (oficiales, marineros, lombarderos, artilleros, solados y arcabuceros) y por otra parte la “gente de remo” (galeotes, esclavos, buenas boyas o asalariados experimentados en el mar). A los remeros también se les denominaba “galeotes” siendo en su mayoría ladrones, traidores, salteadores, asesinos, pero también había gente con delitos menores que eran llevados a las galeras en periodos de necesidad, es decir, cuando eran necesarios más remeros o gente de a bordo. En estos casos se endurecían las penas y personas que habían tenido problemas menores con la justicia o habían faltado en el ámbito religioso acababan en el remo. En los libros, para distinguirlos, a parte de quedar registrado el nombre y la procedencia de estos, se añadían los rasgos distintivos de cada persona, así por ejemplo encontramos: “Carlo Antonio chicote, natural de Panadrian, Reino de Napoles, Hijo de chicote, 35, dos heridas en medio de la frente, lunarillo en la oreja izquierda á la pare de abajo”.

Las condiciones en las que vivían estos pasajeros eran pésimas, desde que llegaban al barco eran amarrados con grilletes al remo; comían, dormían, hacían sus necesidades, encontrando muchos de ellos la muerte en el mismo banco; tal es la cosa, que los testimonios recogidos aseguran que se sabía cuándo llegaba una galera por el olor que ésta desprendía… y es que tenemos que tener en cuenta que durante este período de la historia la sanidad y la condiciones higiénicas no eran tomadas muy en cuenta. Y respecto a la comida que recibían, la gente de cabo y remo la llamaban bizcocho y estaba compuesto por pan duro, potaje y su ración de agua diaria.

En las galeras todo era contado, administrado y debidamente registrado en otro tipo de libros llamados “de cuentas”, conservados, entre otros, en la “Colección Navarrete”, donde se recogen todos los elementos necesarios para la navegación en las galeras: los metros de tela para las velas, la cantidad de comida que debía ir a bordo, los hombres de remo que debían ir en cada barco “para harmar los 18 barcos que tiene, 90 hombres de Remo, los quales seande repartir y bogar en esta manera; los 54 dellos han de bogar desde la popa hasta el Arbol, a razón de tres por barco, y los 36 restatnes an de bogar den dos en dos a cumplimiento de los dichos 18 barcos”. Una valiosa información que puede ser consultada hoy día en el Archivo Naval de Madrid.

Gracias a la labor que hoy se sigue realizando (me refiero al rescate de muchos libros que se encuentran abandonados, deteriorándose por las malas condiciones de conservación), podemos disfrutar de una imagen de la realidad de nuestro pasado desconocida y olvidada durante siglos.

¿Por qué Turismo Responsable? Algunas reflexiones para nómadas errantes

El turismo se ha convertido en una de las actividades económicas más potentes a nivel mundial, moviendo nada menos que a casi mil millones de personas cada año, y generando un volumen de negocio que convierte al sector turístico en uno de los más importantes a nivel global. Yacimientos arqueológicos, museos, lugares de interés etnológico y, en general, todo aquello que tiene cabida en el amplísimo -aunque difícilmente manejable- cajón de sastre que es “lo cultural”, son recursos fundamentales sin los que la actividad turística no sería posible.

El turismo responsable de yacimientos arqueológicos puede ser una herramienta muy efectiva para combatir la pobreza.

Soy totalmente consciente del hecho de que “lo cultural” tiene un valor que va mucho más allá de su potencial como recurso turístico, si bien en el panorama actual que describo brevemente más arriba, poblado de ceros y de beneficios millonarios, parece lógico que nos planteemos algunos interrogantes: ¿cómo es posible que muchos yacimientos arqueológicos de inestimable valor, que sin duda podrían atraer a algunos de esos tantos millones de turistas, permanezcan olvidados, con el consecuente deterioro y riesgo de expolio que esto conlleva? Además, muchas de las regiones más pobres del mundo poseen un riquísimo patrimonio cultural, tangible e intangible. Entonces, ¿cómo es que no se logra poner en valor y preparar para el disfrute turístico dicho patrimonio, generando puestos de trabajo dignos para los habitantes de esos territorios y ofreciéndoles una alternativa al saqueo, la venta ilegal, o el simple desconocimiento –e incluso desprecio- por un patrimonio que hasta ahora no ha sabido o no ha podido contribuir a mejorar las condiciones de vida de estas personas?

Probablemente, más de un lector estará pensando en las consecuencias dudosamente positivas que ha tenido el uso turístico de sitios arqueológicos que ahora mismo podríamos calificar de muchas maneras, excepto de olvidados o desconocidos… Pero no todos los turismos son iguales: el Turismo Responsable se presenta, de hecho, como una manera de viajar capaz de contribuir a la puesta en marcha de un turismo más justo y sostenible, en lugar de alimentar una actividad turística invasiva, homogeneizadora y de alto impacto.

Niños camboyanos jugando en el templo de Beng Mealea.

El Turismo Responsable comparte y hace suyos los fundamentos del desarrollo sostenible, asumiendo la necesidad de prestar atención a las tres dimensiones sin las que dicho desarrollo no es posible: la dimensión económica, la medioambiental y la sociocultural. Pero ya decíamos al principio que lo cultural es un inmenso cajón de sastre, y si bien esto podría explicarse en parte por la amplitud del concepto mismo de cultura, también es cierto que resulta cómodo, cuando se trata de poner en marcha proyectos de turismo reales, concretos, confinar en esta casilla a todos aquellos elementos con los que no se sabe muy bien qué hacer, cómo usarlos -léase “cómo venderlos”-, de modo que “lo cultural” termina reduciéndose en demasiados casos a la compra de una artesanía supuestamente tradicional y local, a la contemplación de alguna manifestación más o menos espectacularizada y adaptada a las expectativas atribuidas al turista, o a una excursión relámpago al yacimiento que todas las guías dicen que no podemos dejar de ver.

De lo anterior podemos deducir que conciliar patrimonio cultural y turismo resulta complejo, y que aún para las iniciativas y proyectos turísticos que desean realmente presentarse como una alternativa sostenible al turismo de masas, el aspecto cultural sigue siendo uno de los puntos que más desafíos plantea: equilibrio entre conservación y número de visitantes, apropiación social del patrimonio por parte de las comunidades locales, distribución equitativa de los beneficios… A que existan tales dificultades contribuye también, muy probablemente, el hecho de que se trate de crear un punto de encuentro equilibrado entre dos mundos –el de los profesionales de la cultura y los del turismo- profundamente separados aún por la convicción mutua de que cualquier intento de entendimiento y colaboración con el otro sería vano, pues existe toda una serie de prejuicios de los que a unos y otros aún les sigue costando mucho deshacerse. Como consecuencia, sigue siendo difícil encontrar buenos profesionales formados en ambos campos, aunque por fortuna esto está empezando a cambiar.

Quizás la fuerza del Turismo Responsable, lo que explica que cada vez más personas veamos en esta forma de hacer turismo una posibilidad real de hacer mejor las cosas, también en lo que se refiere a lo cultural, esté en el hecho de que nos involucra a todos: a las autoridades encargadas de la planificación del destino, al sector privado que conforma la oferta turística, al mundo académico, a los gestores culturales, los guías y los intérpretes del patrimonio, y sobre todo, y ésta es la novedad, a cada uno de esos mil millones de personas que, por citar un ejemplo, fuimos turistas en 2008.

También nosotros somos responsables, con nuestro comportamiento antes, durante y después de cada viaje, de cómo y en qué medida contribuya el turismo a conservar y promover el patrimonio cultural, valorizando así elementos clave para la identidad de los pueblos, y por tanto, para un desarrollo menos economicista y más humano, orientado a la continuidad.

El fin de la odisea: Nuestra Señora de las Mercedes vuelve a casa

Las ediciones digitales del ABC y de El País amanecían hoy con la noticia que pone fin definitivamente a la lucha entre el Estado Español y la empresa Odyssey por la propiedad de los restos arqueológicos del pecio Nuestra Señora de las Mercedes.

La fragata Nuestra Señora de las Mercedes se hunde tras explotar su santabárbara

Tras un largo proceso judicial, los tribunales estadounidenses han fallado en favor de España en la causa por la propiedad del material arqueológico que la empresa Odyssey Marine Exploration había extraído del lugar del hundimiento de la fragata española, Nuestra Señora de las Mercedes. La sentencia dictamina que el barco, hundido en 1804 frente a las costas del Algarve, en Portugal, era y es propiedad del Estado Español como “navío de pabellón” y “tumba de guerra”, dos figuras legales que aseguran a España la total jurisdicción y propiedad sobre el sitio del hundimiento, independientemente de las aguas en las que se encuentre.

En Aquí Fue Troya queremos dedicar este artículo a este lío. Aunque quiero avisar que este artículo está basado en los artículos de la prensa nacional. A lo largo de esta página habrá unos cuantos enlaces a distintos artículos de El País en su edición digital. No quiere decir que la noticia no haya sido cubierta por otros medios (como El Mundo, el ABC, etc.) pero ya es bastante embrollo ordenar unas cuantas noticias de un solo medio como para enlazar a más de un periódico. Espero que sepan perdonarme.

Breve historia de un hundimiento

Antes de meternos en el meollo, deberíamos hablar un poco del barco. Al principio de esta historia, la compañía Odyssey Marine Exploration se guardó muy mucho de compartir con la prensa y el gobierno español sus sospechas sobre la procedencia y nombre del pecio que habían encontrado. Por aquel entonces (2007), Odyssey decidió darle al hundimiento el nombre de Black Swan (“Cisne Negro”) y quedarse tan panchos.

Sin embargo, el barquito cuyos restos habían extraído con tanta diligencia pertenecían a la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, que se hundió el 5 de octubre de 1804.

La Mercedes formaba parte de un convoy compuesto por ésta, las fragata Clara, Medea y Fama, así como otras tres embarcaciones comerciales a las que protegían: El Castor, La Joaquina, El Astigarraga y Las Dos Amigas. La flotilla había salido de Montevideo el 9 de agosto de ese mismo año rumbo a puertos peninsulares. A bordo de las embarcaciones iban nuevos caudales americanos (sobre todo plata) fruto de las explotaciones mineras y la recaudación de la Corona, así como patrimonio de origen privado que se encomendaba a la protección de la armada por comerciantes y propietarios locales que repatriaban dineros rumbo a sus casas en la península o destinados a iniciar intercambios comerciales.

Los mares de entonces no eran especialmente seguros. A las acciones de  la piratería había que sumar la candente situación internacional. Ya saben,  los franceses habían revolucionado la política internacional con esa manía suya de “libertad, igualdad y fraternidad”, y Napoleón Buenaspartes estaba dando bien por el saco a los ingleses. Así que, aunque España en ese momento aún era una nación neutral, cuando la flota avistó velas en el horizonte aquel día de octubre de 1804, el comandante dio la orden de zafarrancho, que más valía prevenir que curar.

Sin embargo, el 5 de octubre de 1804 no sirvió de nada prevenir. Las velas en el horizonte eran las de una flota inglesa que, con ganas de gresca y presas jugosas (en tiempos de guerra hace falta dinero, ya saben), se liaron a cañonazos con la flota española hasta hacerlas rendir la bandera y poner rumbo a la Gran Bretaña, God save the King. Pero para aquel entonces, La Mercedes ya no estaba en situación de poner las velas mirando a ninguna parte. En medio del combate, pocos minutos después de comenzar, un disparo certero había hecho blanco en la santabárbara de la fragata. Este depósito de pólvora y munición hizo estallar por los aires el buque y se fue a pique con su cargamento y las 249 personas a bordo (el relato de uno de los supervivientes se publica hoy en El País).

El ataque a la flota española y su captura provocaron que el 14 de diciembre de 1804, España declarara la guerra a Inglaterra y todo se fue yendo poco a poco al traste. Pero ésa es otra historia.

Comienza el litigio

Después de poneros en antecedentes, estaréis deseando llegar al lío, ¿verdad? Esta que leéis no es la primera entrada que se publica en Aquí Fue Troya a raíz del caso Odyssey. Aquella vez, yo mismo me limitaba a dar un par de pinceladas a raíz de las últimas noticias. Ahora que parece que todo llega a su fin, es hora, quizá,  de detenernos un poco más.

El 18 de mayo de 2007, la empresa Odyssey Marine Exploration (Odyssey para los amigos y los que no lo son tanto) anunciaba el descubrimiento de un pecio de época moderna en algún punto indeterminado del Atlántico. Le dieron el nombre de Cisne Negro y se callaron como muertos sobre sus sospechas sobre la verdadera identidad del barquichuelo hasta que un juez en Florida les dijo que ya valía de rodeos.

El caso es que nuestras autoridades pusieron el grito en el cielo, se rasgaron las vestiduras e incluso detuvieron el barco de la empresa en puerto. Pero las monedas que Odyssey había sacado del barco terminaron rumbo a EE.UU. en un bonito avión fletado a tal efecto y el barco de la empresa terminó por dejar aguas españolas. Y aquí empezaba el proceso litigante.

El Estado Español denunció a la empresa Odyssey en lo que ellos consideraban un intento de expoliar nuestro patrimonio histórico. El juicio se iniciaba en Tampa Bay, Florida, bajo la instrucción del juez Mark Pizzo.

Con el proceso abierto, otros vinieron a sumarse a la empresa Odyssey en su afán por aprovechar el filón. El Gobierno de Perú decidió que “la historia no es agua pasada” y reclamó el 1 de agosto los reales de a 8 del cargamento. Perú alegaba que, puesto que habían sido acuñados en Lima en tiempos de Carlos IV, le pertenecían, aunque en ese momento Perú como nación no existiera. Además, Odyssey propuso que los descendientes de aquellos mercaderes que habían depositado su dinero en el barco, pudieran reclamar la parte proporcional. Odyssey no era un buen samaritano. En el caso de que la empresa lograra un veredicto favorable y los descendientes reclamaran con éxito las monedas, eso reduciría el impacto negativo que una venta de esa magnitud tendría en el valor de las monedas en el mercado de antigüedades.

No hay que ser cenizo

A pesar de las pocas esperanzas que la profesión tenía en un resultado favorable a España, debido a los diferentes acuerdos internacionales ratificados por los EE.UU, durante todo el proceso judicial hemos asistido a episodios que permitían albergar mejores expectativas. Expectativas que se han visto confirmadas el pasado día 30.

¿Por qué éramos tan negativos al principio? Pues porque entre España y EE.UU. existen dos diferencias fundamentales a nivel jurídico: la tradición y el tratado internacional de la Convención Unesco para la protección del patrimonio cultural subacuático.

En contra de lo que mucha gente piensa, el pecio de La Mercedes se encontraba hundido en aguas internacionales. Eso, hasta la Convención Unesco, dejaba el barco a merced de cualquiera que lo encontrara. Las aguas internacionales son de dominio internacional, un territorio de jauja donde se pueden hacer peleas de monos con cuchillos.

Escudada en esa ley, Odyssey dio comienzo al expolio y el gobierno español tuvo que acudir a juicio en EE.UU., bajo cuyo pabellón se encontraba la empresa Odyssey.

El juicio en EE.UU. planteaba dos grandes problemas: una tradición jurídica en la que, como en Inglaterra, está muy asentado el derecho de búsqueda y rescate (el que lo encuentra se lo queda y si quieres recuperarlo, tienes que pagarle una parte de su valor); y el hecho de que EE.UU. no ha firmado la Convención Unesco.

De tal forma que el Estado Español tenía que convencer a la justicia americana de que La Mercedes era un barco militar, protegido por leyes internacionales que sí han sido firmadas por EE.UU., anulando así los posibles derechos de búsqueda y rescate de la empresa Odyssey.

Y por su parte Odyssey alegaba que La Mercedes estaba, en el momento del hundimiento, llevando a cabo tareas civiles y que por tanto no estaba protegida por la legislación internacional para barcos de pabellón y tumbas de guerra. Más aún, Odyssey alegaba que el Estado Español había perdido sus derechos sobre La Mercedes al considerar que habían “abandonado” el barco. Esto es, que tras su hundimiento se había “dado por perdida” y se había renunciado a la fragata.

La luz al final del túnel

A pesar de que parecía complicado que los jueces estadounidenses dieran la razón a España, lo cierto es que, como he mencionado, durante todo el proceso se asistió a acontecimientos que permitían albergar esperanzas (aunque en los foros de la profesión era muy común escuchar aquella expresión de prudencia de “no empecemos a chuparnos las pollas todavía”).

En Tampa Bay, el juez Mark Pizzo, el 04 de junio del 2009, tras dos años de comerse las uñas, recomendaba que la carga extraída de La Mercedes fuera devuelta a España. Odyssey, como era de esperar, no estaba de acuerdo con la decisión del juez y recalcaba el supuesto aspecto civil del trabajo de La Mercedes y los posibles derechos de los descendientes de aquellos amables comerciantes criollos.

A la espera de que la justicia se volviera a pronunciar, recibimos otra noticia esperanzadora: el Gobierno Federal se pronunciaba en favor de los intereses españoles en octubre de ese mismo año. Evidentemente, gracias a la separación de poderes este hecho no tenía por qué tener repercusiones en la decisión judicial, pero era de agradecer. Además ponía de manifiesto dos cosas: la primera, que la diplomacia española daba sus frutos; y la segunda, que EE.UU. estaba dispuesto a cumplir aquella promesa informal de respetar la Convención Unesco aun sin haberla firmado. O quizá fuera sólo que tenían muy claro que era un barco militar y que “las tumbas de guerra no se han de menear”.

Unos meses después, el 23 de diciembre, como si de un regalo de Navidad se tratara, otro juez, Steven D. Merryday, de la corte de apelaciones de Tampa, ratificaba la sentencia de Mark Pizzo. Otro golpe para Odyssey que, pese a todo, no daba su brazo a torcer y el 21 de enero de 2010, recurría de nuevo la sentencia aunque esta vez en el Undécimo Tribunal de Apelaciones de EE.UU. en  Atlanta (Georgia), el siguiente nivel en la escala judicial.

Les volvieron a decir que no. El 21 de octubre del 2011, el Undécimo Tribunal recogía, esta vez, un tratado firmado entre EE.UU. y España en 1902 que aseguraba los derechos españoles sobre el pecio y la carga. Pero Odyssey volvió a reafirmarse diciendo que solicitaría una audiencia ante el tribunal para volver a exponer sus argumentos con la esperanza de hacerle cambiar de opinión. “Victoria por desgaste”, lo llaman algunos.

Y los jueces volvieron a decirles que no. El 30 de noviembre del 2011, el Undécimo Tribunal de Apelaciones de Atlanta, tras haber escuchado a Odyssey en audiencia previa y meditar sus reiterativas afirmaciones, desestimaba nuevamente su recurso. “Oiga, que no, que ya le hemos dicho que devuelva el cargamento”.

Parece que ya está, ¿no? Bueno, no exactamente: aun queda una posibilidad. Aunque la noticia da por bueno que está todo el pescado vendido y los expertos consideran que esto está hecho, Odyssey ha recurrido ante el Tribunal Supremo. Sin embargo, los abogados coinciden en que éste no suele aceptar a recurso casos en los que varios tribunales han emitido fallos en la misma dirección. Así que sí, quizá podamos ir “vendiendo” ya la piel del oso.

ULTIMA HORA: Que sí, que era evidente, pero deberíais saber que Odyssey ha gastado el último cartucho.

ACTUALIZACIÓN (09/02/2012): El tribunal Supremo rechaza el recurso de urgencia. Tampa ejecutará la sentencia de forma normal. Odyssey aun puede recurrir al Supremo pero mientras Tampa seguirá el proceso para cerrar el caso.

¿Y ahora qué?

Bueno, lo obvio es que la carga de plata y oro que la empresa Odyssey extrajo del pecio de La Mercedes, será repatriada a España. ¿Pero qué se hará con ella?

He mencionado un par de veces la Convención Unesco para la protección del patrimonio cultural subacuático. Esta Convención, firmada e impulsada en gran medida por España, tiene un valor legal que coloca sus disposiciones justo por debajo de nuestra Constitución y es de obligado cumplimiento. La Convención establece que se considere “Patrimonio Cultural Subacuático”, todo resto producido por el hombre que haya permanecido total o parcialmente sumergido de forma continua o discontinua durante al menos 100 años.

El Patrimonio Cultural Subacuático está sujeto a protección. Entre otras cosas, está prohibida su venta. Por tanto, la carga de La Mercedes, desengáñense si lo pensaban, no puede venderse para sacarnos de la crisis. Los restos acabarán en museos nacionales (el Arqueológico Nacional y el ARQUA, entre otros) para ser fruto de estudios científicos. He leído por ahí que deberían guardarse en el Archivo General de Indias en Sevilla. A esos ansiosos Sevillanos, les diré que no. Que el Archivo de Indias no es un museo. Que se lo pregunten a sus archiveros y ya verás como están de acuerdo conmigo.

¿Entonces por qué hemos gastado tanto tiempo y dinero en esto? Pues porque el cargamento de La Mercedes puede ser utilizado para ampliar nuestro conocimiento de la historia de nuestro país. Por enumerar alguna posibilidad: conocer la producción de las minas de Lima en función de las fechas de acuñación; el nivel de fraude en el manifiesto de estas flotas; analíticas estadísticas sobre la pureza de la plata; etc.

Un daño irreparable

Sin embargo, para mí y seguro que para otros muchos arqueólogos subacuáticos, esta será una victoria amarga. Las acciones de Odyssey nos han impedido para siempre obtener valiosa información que, si no fuera por su afán por el beneficio, habría podido ser recabada en el transcurso de una excavación arqueológica.

Algunos opinarán que de no ser por Odyssey no se habría localizado el barco. Pero el precio que se ha pagado es demasiado alto: recuperar el cargamento de monedas tiene muy poco valor científico en comparación con el potencial de una excavación científica.

De una excavación subacuática se puede obtener muchísima información. Un barco hundido puede darnos mucha información si sabemos hacerle las preguntas apropiadas: los restos de madera hablan de las técnicas constructivas y de las reparaciones llevadas a cabo durante la vida del barco; la toma de medidas pormenorizadas nos permite reconstruir el barco sobre el papel y estudiar su forma (ya que se cuentan con pocos planos de época); la distribución de la carga también nos habla de técnicas y formas de proceder; restos tales como cueros, botones, y vajillas nos cuentan cosas de la vida a bordo que no pueden encontrarse en las grandes crónicas de guerra…

Pero a empresas como Odyssey, cuyo beneficio está enfocado a recuperar piezas de valor económico para los mercados de antigüedades, no prestan atención a estos detalles y la información queda rápidamente destruida ante técnicas invasivas que sólo buscan la extracción con el mínimo coste de tiempo y materiales.

[ULTIMA HORA: 21 de Febrero 2011, Las autoridades españolas se preparan para retornar los restos arqueológicos de La Mercedes a finales de semana.