Archivo de la categoría: Historia y Cine

Isabel

En Aquí fue Troya somos así, señora. No nos mire mal. Sabemos de sobra que Isabel se estrenó hace bastante y que en su momento prometimos escudriñarla al límite, como hicimos con Toledo. De verdad que sí. Lo cumplimos a medias: quien esto escribe vio el primer capítulo y tomó notas al vuelo, pero hasta hoy no las ha publicado. Cosas del directo, señora, deje de mirarnos mal o la tendremos.

Pero seamos sinceros. La demora es achacable a una única causa de doble filo: Isabel no es tan mala y, por lo tanto, no había tantas ganas de despellejarla como sí sucedió con Toledo. Dios santo, es que Toledo era tan atroz que aún en artículos ajenos (como éste) me entran ganas de denunciar a sus creadores al Tribunal de La Haya.

Admitamos que Isabel, en general, es una serie que se deja ver. Al contrario que Toledo –sí, otra vez la infumable Toledo–, basada en personajes ficticios con presunto trasfondo real, Isabel bebe de asuntos más o menos históricos para desarrollar su trama, lo cual es muy de agradecer. Divulgar no divulga demasiado, vale, pero al menos se nutre de una época convulsa (y, por tanto, interesante) y unos protagonistas que conocen hasta los monetes de Gibraltar. Qué graciosos, los monetes, los jodíos.

El problema, cómo no, es que uno no es de piedra, sino de carne, huesos, vísceras y unos cuantos fluidos que no vienen al caso. Y siendo historiador es difícil no removerse en el sofá cuando observa algunos fallos de bulto que, lo avanzo ya, son responsabilidad última de la asesora histórica de la serie, una tal Teresa Cunillera con un único registro en Dialnet. Ni ella ni los guionistas (ojo, licenciados en Historia) pueden evitar lo peor.


¿Era necesario?:

Isabel contiene fallos históricos, como cualquier otra serie. La cuestión es si eran necesarios. Porque puede haber gazapos sin importancia (ejemplo, ese violonchelo que aparece y que, como ya se apuntó en Twitter, no se inventó hasta un siglo más tarde), pero otros errores no aportan nada a la trama y, para colmo, se enfrentan tozudamente a la realidad. Porque es de traca, óiganme bien, de traca, que en la serie –sobre todo en su promoción– se insista machaconamente en que Isabel fue la primera reina de Castilla, como si a inicios del siglo XII no hubiese existido una tal Urraca I (sobrina, a su vez, de otra Urraca, reina en Zamora). Poco se farda en España de una reina con nombre de pájaro. Una lástima.

Tampoco era estrictamente necesario hacer de Isabel de Portugal, madre de los infantes Isabel y Alfonso, una señora fatal de lo suyo y loca de atar allá por 1461, cuando arranca la serie. Cierto es que fue recluida en Arévalo con sus hijos acusada de enajenación mental (algo que la serie no termina de explicar), pero encamarla para que parezca en las últimas carece de sentido si tenemos en cuenta que falleció en 1496. Treinta y cinco años agonizando, que se dice pronto.

Es comprensible que detalles como el anterior puedan pasarse por alto, dada la brutal cantidad de datos (personajes, fechas, lugares) que proporciona el primer capítulo. Despista a cualquiera, incluso a medievalistas irredentos. Aplaudiría esa profusión de datos si fueran ciertos, pero fastidia oír a Enrique IV ampararse en que Beltrán de la Cueva le salvó la vida en una batalla contra los musulmanes, de lo cual no hay constancia en las crónicas, como tampoco hay constancia de que Isabel fuese la madrina de Juana la Beltraneja o de que los nobles del reino cometieran la imprudencia de jurar ante notario que la recién nacida no era hija del monarca. Puede que Beltrán de la Cueva cayera mal –no era precisamente el tipo con más amigos en Facebook–, pero convertirle en el pim pam pum de la serie es una cabronada.

La serie también derrapa en aspectos protocolarios. En una escena vemos a la reina Juana ordenando limpiar el suelo a todo un arzobispo toledano, cabeza de la Iglesia castellana y pornochacho en sus ratos libres. No esperábamos menos de una corte tan cachonda en la que apenas hay que esforzarse para asistir en vivo a actos carnales con erótico resultado, siendo testigos de ello tanto Isabel como la propia reina, que en un encomiable arranque también se despelota ante Beltrán de la Cueva. Gracias, guionistas. Y aún más gracias, Bárbara Lennie.


Esas minucias (o no):

Isabel tiene aciertos. Que sí. Creedme. Verbigracia, el cuidado y precioso vestuario, al margen de la manía de vestir casi siempre de blanco a Isabel, como si viniese del futuro a anunciar lejía. O las localizaciones exteriores, incluyendo el quitarle al alcázar de Segovia sus característicos tejados de pizarra, mandados colocar en el siglo XVI por Felipe II.

Aún así, a servidor le chirrían determinadas minucias. Acabo de alabar los planos exteriores del alcázar, pero en esos mismos planos echo de menos la antigua catedral de Segovia, situada frente a él y derruida tras la Guerra de las Comunidades. Si seguimos con Segovia, tampoco comprendo que las escenas de la coronación de Isabel se rodaran en la concatedral de Cáceres, existiendo todavía la iglesia segoviana de San Miguel, donde se produjeron tales hechos. Los interiores, en cambio, sólo me sugieren una palabra: cartonpiedrismo. No pido a los decoradores que hagan un cursillo CCC de cantería medieval, pero al menos podrían haberse esmerado en imitar las estancias del mismísimo alcázar en el que se sitúan gran parte de los acontecimientos. Que no cuesta tanto (4’50 € la entrada), chavales.

Por cierto, tampoco es mucho pedir que Isabel mejore su caligrafía. O, mejor dicho, que la adapte a la realidad, que la haga gótica cortesana y no tan clarita y legible. Ah, y que aprenda a escribir bien su nombre, con i griega (“Ysabel”) en vez de i latina. Más que nada, para no joderse el futuro símbolo del yugo correspondiendo con su inicial.


Nota final:

Me enfrenté a Isabel con una mezcla de miedo y ganas de sangre, pero he de aceptar que el resultado, en general, es aceptable. No pasa del aprobado justo, aunque aprueba, que ya es decir para una serie histórica española que encima no cuenta con tramas para toda la familia ni con supuestas escenas jocosas basadas en equívocos de encefalograma plano, ambas dos cosas muy dignas de elogio.

En cuanto al reparto, reconozco que quizás la edad de los actores no se adecue a la de sus personajes, del mismo modo que reconozco que la elección de Michelle Jenner no me convenció cuando comenzó a rodarse la serie. Sostengo lo primero, pero me callo lo segundo: susurros al margen –¡los del fondo no te oyen!–, Michelle Jenner sale más que airosa de un papel enormemente complicado. Si hubo un personaje que me decepcionó fue Enrique IV (Pablo Derqui), pero su esposa en la ficción me hizo olvidarlo pronto.

Sí, por eso mismo que estáis pensando: #TETAS.

Fernando III, S02E00

Como decíamos ayer (en realidad el jueves, pero esto de citar a los clásicos con coherencia espaciotemporal aún no lo domino del todo), Fernando III bien merece una serie propia. La primera temporada de la misma, o al menos tal y como yo la había planeado, terminaba con una Castilla invadida por Alfonso IX de León, quien estaba dispuesto a ocupar los castillos fronterizos que tantos quebraderos de cabeza habían dado en décadas anteriores.

Mientras tanto, Castilla carecía de rey al haber fallecido Enrique I muy patéticamente y no aceptar buena parte del reino a Fernando y mamá Berenguela, quienes se encontraban cerradas las puertas de las ciudades y el corazón de sus súbditos. No es mal punto de partida para la…

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Fernando III, S01E00

No es la primera vez que trato sobre series en este espacio. Si me leéis a menudo sabréis que soy capaz de escribir sobre Juego de tronos sin haber leído ninguno de los libros o visto ningún capítulo, o que en la elaboración del artículo sobre Toledo, cruce de destinos sufrí y disfruté -a la vez- tanto como el marqués de Sade en una matanza típica haciendo él de cerdo protagonista. Pero lo de hoy es distinto. Es personal.

Fernando III
Fernando III’s seal of approval

De siempre me ha fascinado Fernando III. No ya porque sea mi santo (de hecho, jamás nadie me verá llamarlo “San Fernando III”, que es una catetada. Es más, si lo hago podéis hincharme a collejas hasta sangrar), sino porque creo que es uno de los reyes más importantes e infravalorados de nuestra Historia. Porque aquí todos conocen a tótems sagrados como Don Pelayo, Abderramán III, Sancho III, Alfonso X o Jaime I, pero Fernando III ha quedado en un segundo plano, discreto e incómodo a partes iguales.

Ya va siendo hora, digo yo, de recuperar a Fernando III para el gran público. Siempre pensé que su figura daría para una película, no una película épica sobre sus conquistas, qué va, sino una especie de thriller político que reflejase cómo se hizo con su doble corona. Sin embargo, hoy día se llevan más las series televisivas, de ahí que me disponga a publicar cinco artículos como cinco soles para otras tantas cinco temporadas. La idea es que todo ello sirva como una brevísima relación de la vida y milagros de Fernando III tomando como base un buen puñado de tuits que solté el 30 de mayo con el hashtag #FernandoIIIesTOP. Y si algún productor televisivo o cinematográfico lee esto, que me llame. Ya está tardando.


Primera temporada:

En esta primera temporada se presentarían los personajes más relevantes de la más que complicada trama. Esto es muy importante y lo subrayaría (mucho) si supiera cómo hacerlo en WordPress. No olvidemos que cuando Fernando vino al mundo en 1201 se le consideró el heredero, en un futuro no muy lejano, de los reinos de León y Castilla, puesto que sus padres eran Alfonso IX de León y la reina Berenguela, güigüigüí, hija de Alfonso VIII de Castilla. Si nos ponemos en plan mesiánico toca recordar que el nacimiento se produjo en el paraje de Valparaíso, en el camino entre Zamora y Salamanca, adonde la reina se dirigía. Sólo faltaba un portal con el buey y la mula.

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La Última Cena [Cine histórico]

Acostumbramos a ver en televisión por estas fechas todo tipo de películas relacionadas con la pasión de Cristo, incluso vemos películas que la parodian, tales como la obra maestra de los Monty Python, La Vida de Brian. La película de la que os quiero hablar hoy es de un estilo completamente diferente.

La Última Cena de la que hablamos no se realiza en Jerusalén, sino en un ingenio cubano, y no en la contemporaneidad del hijo de Dios, sino en el siglo XVIII. Es la Semana Santa de un año sin identificar de ese siglo. En Cuba el azúcar es la primera explotación agrícola, y los esclavos negros la primera fuerza de trabajo.

En esta Semana Santa del siglo XVIII, el señor dueño del ingenio se pasa por allí para hacer una visita de rigor. Al llegar intenta ponerse al corriente del día a día del ingenio, habla con el mayoral y con el cura, principales autoridades en su ausencia, amén del químico del ingenio, que se encarga del laboratorio. Le enseñan las instalaciones y le describen las novedades. Y es en este momento cuando comienza la peculiar interpretación de la Pasión de Cristo.

Hablando con el cura, éste le explica que no va bien el asunto de la instrucción religiosa de los negros y esto se eleva a caso práctico cuando se encuentra que los guardas están dedicados en pleno a la búsqueda de un cimarrón. Ante esta tesitura, al señor se le ocurre una idea genial, organizar una cena, a imitación de la cena que Cristo tuvo con sus discípulos, con doce esclavos elegidos (aunque no se dice, uno de cada tipo de negro, procedencia, cultura, estatus, etc.), entre ellos el cimarrón, que representaría la traición de Judas. El objetivo de la cena no es otro que instruirlos en la religión católica, y especialmente en el mensaje de que Dios, en su divina providencia, ha hecho con los hombres unas distinciones, les ha dado a cada uno un lugar y una labor, y aceptar eso con resignación abrirá las puertas de un cielo en el que todos se igualarían y vivirían felices.

Durante la cena, sin embargo, además de esto, se vienen explicando todos y cada uno de los tipos de esclavos, cómo los cogieron, a qué se dedicaban, sus culturas, etc. Además, se ven claramente diferentes actitudes ante la situación. El vino corre, al señor se le va soltando la legua y a partir de ahí os haría spoilers de la película.

El Señor hablando con el esclavo cimarrón durante la cena. Toda la escena de la cena se rodó únicamente con la iluminación que procedía de los candelabros situados en la mesa.

La película está dirigida por el cubano Tomás Gutiérrez Alea, y se engloba dentro de un cine exigido por el gobierno revolucionario en los 70. Este cine debería ser pedagógico y se dedicaría a explicar que la vida en la colonia era lo peor de lo peor. Dentro de estas exigencias del gobierno revolucionario, Gutiérrez Alea realiza dos películas, Una pelea cubana contra los demonios (1972) y la referida La Última Cena (1976). Ambas hablan sobre la esclavitud en la Cuba colonial y, aunque la situación en la que se hace la película pueda suponer otra cosa, son dos ejemplos de muy buen cine histórico. Con una excepcional ambientación y una mejor documentación, se aprecia cómo Alea se inspira en los libros de Fernando Ortiz, Una pelea cubana contra los demonios para la película homónima, y en El Ingenio de Manuel Moreno Fraginals, para La Última Cena. Además, en ambas películas se documenta con una las mejores monografías escritas sobre la esclavitud en el Caribe, Los negros esclavos de Fernando Ortiz.

Tomás Gutierrez Alea, director de la película, conocido como el Berlanga cubano por su film "Muerte de un burócrata", de un estilo muy parecido al de Berlanga. Ambos directores han reconocido la influencia que en ellos tuvo Luis Buñuel.

En la película de Alea, amén de una excelente calidad cinematográfica con los medios con los que se contaba entonces, podemos destacar varias cosas muy interesantes que nos ayudarán a entender el periodo:

  • Por una parte tenemos las relaciones de poder, del señor como autoridad máxima, el mayoral, el cura, el hombre de ciencia, los esclavos del  ingenio y los del servicio doméstico. Durante la película vemos cómo el mayoral tiene problemas con el cura, puesto que los días de catequismo o de culto no siempre responden a intereses comunes. Vemos cómo el cura y el químico se enzarzan en un par de debates morales. Y, por último, un auténtico detalle es cuando el señor le cuenta al esclavo que le hace de criado personal su intención de organizar la cena, éste le pregunta si tiene que asistir y le responde, “por supuesto que no, tú eres mi esclavo”.
  • Apreciamos, durante la cena, la relación de los esclavos entre ellos, sus historias del camino que recorren desde que son hombres libres hasta que llegan a Cuba como esclavos, y los que son nacidos ya esclavos en la misma hacienda. Nos trasmite muy bien cuál sería el pensamiento de esos esclavos y cómo digieren esa situación.
  • Otra de las cosas maravillosas de la película es cómo Gutierrez Alea nos trasmite una cuestión muy actual: cómo la incompetencia de una persona que no tiene ni idea de lo que ocurre en el lugar, pero que tiene todo el poder, puede llevar al desastre todo con una decisión desafortunada.  

Una auténtica maravilla de película, altamente recomendable para todo aquel que esté interesado en el tema de la esclavitud, y por la que los años han pasado estupendamente bien.

Vals con Bashir – Análisis histórico de una película

Con este artículo, Iris Pascual nos propone un análisis desde el punto de vista histórico de la película de animación Vals con Bashir (Vals im Bashir), del director Ari Folman (Haifa, Israel, 1962); coproducida con la participación de Francia, Alemania, Suiza, EEUU, Finlandia, Australia, Bélgica, e Israel, estrenada en el año 2008.

Vals con Bashir – Análisis histórico de una película

Cartel de Vals con Bashir

Vals con Bashir es al mismo tiempo un profundo relato sobre el sinsentido de la guerra y un ejemplo sobresaliente de investigación histórica.

Esta película es un relato autobiográfico en la cual su protagonista, el propio director, indaga en su participación en la invasión israelí de Líbano (iniciada en junio de 1982) y especialmente en el papel desempeñado en la matanza de refugiados palestinos de los campos de Sabra y Shatila (16 y 17 de septiembre de 1982). Espoleado por las pesadillas de su camarada Boaz Rein, Folman se lanza a investigar su papel en la guerra, para lo cual contactará con antiguos compañeros de armas y especialistas. Con ellos (y a través de ellos) una imagen recurrente (el protagonista y otros dos jóvenes flotando en una playa en un paseo marítimo bombardeado) se convierte en un estudio no sólo de un acontecimiento histórico, sino del significado de todo un periodo y, más aún, del impacto de la guerra en diferentes colectivos.

El momento histórico de la película

La inestabilidad político-social en la que se encontraba inmerso Líbano desde su independencia de Francia (1943) estalla de forma definitiva en 1975. Este país de Oriente Próximo había sido incapaz de crear una estructura estatal integrada, más allá de las comunidades. Estas entidades, hasta el siglo XIX relativamente armonizadas, se configuran a partir de este momento como entidades cerradas, religiosamente homogéneas y lideradas por caudillos tradicionales. El reconocimiento durante el protectorado francés (1936) de 18 “comunidades históricas” imposibilitó la formación de partidos políticos nacionales y desarrolló una nacionalidad atrofiada, en la que el individuo se identifica en exclusiva con su comunidad, identificada a su vez con un credo religioso.

Cuando en abril de 1975 comienzan los disturbios en Beirut, Siria ocupó el país llamada por el parlamento libanés; paralelamente, en 1977 Israel ocupó una franja de terreno al sur del país. Este hecho fue fuertemente contestado por la población y el ejército libanés y, especialmente, por los palestinos asentados en el país (tras la Guerra de los Seis Días y la ocupación israelí de Cisjordania en 1967 la cúpula de la OLP y miles de civiles palestinos se refugiaron en Jordania; su posición inestable llevó a choques entre la OLP y el ejército jordano en 1970, por lo que este grupo humano fue reasentado en el sur de Líbano, creando una estructura paraestatal profundamente desestabilizante). La presencia palestina llevó a Israel a invadir Líbano en junio de 1982. El primer ministro israelí Menahem Begin justificó esta acción tanto en la defensa de su país como en la protección que Israel debía dispensar a la comunidad cristiana: el 23 de agosto Bashir Gemayel, líder del Partido Falangista y exponente de la comunidad cristiana, alcanza la presidencia del país. Sin embargo, el 14 de septiembre es asesinado. En un primer momento se culpó a Siria, sin embargo investigaciones más recientes apuntan a sectores del propio falangismo, descontentas con el acercamiento del presidente electo hacia las comunidades musulmanas. La respuesta del falangismo hacia este hecho, hacia la muerte de una estrella, un ídolo, un príncipe, alguien admirable (así define Carmi Cna´an, antiguo compañero de Folman cómo los falangistas percibían a su líder) será las matanza de civiles palestinos en los campos de refugiados de Sabra y Shatila.

La Guerra Civil libanesa supone la combinación de multitudes influencias, tanto a nivel nacional como externo, en permanente interrelación. Sin embargo, teniendo en cuenta que el hecho fundamental de la película este asesinato masivo, el aspecto fundamental a tener en cuenta de este conflicto es, siguiendo al economista y politólogo libanés Georges Corm, la guerra miliciana. Sería una guerra en la que no hay objetivos militares, sino que se fundamentará en la masacre indiscriminada de población civil. Para Corm no es una guerra que persiga el control de los resortes estatales, sino la desintegración de los mismos en unidades religiosas homogéneas. La violencia solía ejercerse en las áreas periféricas de las comunidades y buscaba impedir la interrelación entre de las mismas para que sus miembros se aglutinen en torno a las milicias adscritas a cada comunidad. Sabra y Shatila no son ni mucho menos un episodio aislado, sino una expresión paradigmática de un proceso iniciado anteriormente: en el llamado Sábado Sangriento (6 de diciembre de 1975) doscientos musulmanes fueron asesinados por falangistas. En la región de Quarantaine los cristianos perpetraron una nueva matanza en enero de 1976 y en la región de Damour unos cinco mil cristianos fueron asesinados por la OLP. Y en la región de Chouf cristianos y drusos practicaron una auténtica limpieza étnica en los años 1982 y 1983. La Guerra Civil en Líbano no finalizará hasta los Acuerdos de Taif (22 de octubre de 1989).

La visión de Ari Folman

La conclusión fundamental a la que llega Ari Folman en esta cinta es que la masacre de Sabra y Shatila fue perpetrada por las milicias falangistas libanesas, respaldadas en lo material y lo logístico por el ejército israelí. La película recoge testimonios (del periodista Ron Ben-Yishai y el militar Dror Harazi) que permiten pensar que las élites políticas israelíes estaban al corriente de los hechos. En varias escenas aparece el primer ministro Menahem Begin y el ministro de defensa Ariel Sharon en televisión o manteniendo conversaciones telefónicas, lo que les sitúa como unos “cerebros grises” que manejan los hilos de los acontecimientos, en los que personajes colectivos (tanto israelíes como palestinos) serían unas víctimas más o menos equivalentes. Esta perspectiva, junto con la visión maniquea de las milicias cristianas, enfocadas esencialmente en su fanatismo y crueldad, no sólo es la constatación de una investigación, sino una necesidad metafísica del director. Perteneciente a una familia afectada por el Holocausto, afirma sentirse aterrado al considerarse posible ejecutor de un genocidio. Aun cuando históricamente sea cierta la perspectiva sobre la matanza que Folman ofrece, no podemos olvidar que su perspectiva incide en otro aspecto: en presentarse a sí mismo y a su círculo (Carmi Cna´an, Boaz Rein, etc.) como exponente de otro protagonista colectivo: toda una generación de jóvenes israelíes criados en la abundancia y no sometidos a sacrificios, participantes de la cultura de su generación, y que de repente son lanzados hacia una guerra de proporciones que claramente les superan. Esta superación se manifestará en pesadillas y alucinaciones y entronca esta película directamente con el alegato antimilitar de Erich María Remarque, en el sentido de presentar una generación amargada y truncada por la guerra, aunque aparentemente ilesa.

Alcanzamos así la segunda conclusión fundamental de la película, que va más allá de la pura exégesis de un acontecimiento o un proceso: la guerra como absurdo. La importancia dada al subconsciente incide en presentar la guerra como un acontecimiento antihumano y demencial, con un gran potencial desequilibrante. El vehículo para transmitir este enfoque es la imagen. Los dibujos animados permiten una reconstrucción a la vez irreal y tremendamente realista no sólo de los acontecimientos, sino especialmente de las percepciones, las alucinaciones, los recuerdos y las pesadillas. Será el medio más adecuado para expresar los profundos temores, esperanzas, etc de toda una generación marcada por la guerra. Elementos como la pesadilla con los perros de Boaz Rein, la alucinación en la barca de Carmi Cna´an o la imagen recurrente del propio director serían inimaginables en el caso de haberse rodado, y si así hubiera sido, su capacidad expresiva hubiera sido indudablemente menor. Otro recurso al servicio de esta tesis y en relación con la imagen es la elaboración de las propias animaciones. Los primeros planos y las figuras más cercanas presentan un trazo en cierto modo rápido y descuidado, simplificador (aunque en absoluto naïf). Mientras que los fondos, los escenarios, son mucho más concretos, y en ocasiones casi indistinguibles de una imagen tomada en un exterior, real, con un juego de luces hiperrealista. Esta disparidad podría deberse a una necesidad de acentuar lo que la guerra supuso para estos individuos: la disolución de la personalidad, la pérdida de los límites del yo, la implicación en la masa, y el desasosiego y los conflictos interiores que esto provocará. Esta imagen, en combinación con una música envolvente, crea una atmósfera asfixiante que nos retrotrae al delirio bélico de Apocalypse Now.

Las conclusiones a las que llega Folman son producto de una particular percepción de la investigación del pasado. Acuciado por un recuerdo que no puede explicar, se lanza a investigar acerca de su experiencia en Líbano, y para ello interrogará a amigos, antiguos camaradas e investigadores, periodistas, etc. A medida que avanza en la investigación de su propio yo ésta se entremezcla con la explicación de Sabra y Shatila. Es decir, un interés meramente particular da lugar a una investigación histórica. Es especialmente reseñable como su amigo Ori Sivan anima al protagonista a la búsqueda de datos. En un momento dado, el director se halla en un punto muerto: nadie que conozca puede ayudarle a reconstruir su participación en la masacre de los campos de refugiados palestinos. Será su amigo director quien le estimule a la búsqueda de datos concretos, detalles y más detalles, como dirá, que permitirán reconstruir un hecho concreto pero con vocación de exégesis general. Este planteamiento denota un enfoque de la investigación histórica sumamente particular e interesante. Vals con Bashir tendría aspectos de “reconstitución histórica”, ya que se esforzará por reconstruir fielmente y explicar un acontecimiento histórico y, sin embargo, empleará una estética absolutamente irreal y alucinante para lograrlo.

Conclusiones finales

Vals con Bashir no sólo es el análisis de un acontecimiento histórico (bastante esclarecido y asumido por Israel desde su ejecución) sino especialmente un relato colectivo del sinsentido de la guerra y de su impacto en toda una sociedad, más aún, en una sociedad que, como la israelí, se identifica profundamente con los patrones mentales occidentales y que suele percibirse desde fuera como un conjunto hermético, arrogante y con un aura de invencibilidad ajeno al sufrimiento.

Como nota final sólo decir que esta película ha abierto una nueva tendencia en el cine israelí, en el sentido de profundizar en la crítica de la acción exterior de su país y de la gestión de sus gobernantes. Líbano (Samuel Maoz, 2009), ganadora de la Palma de Oro de la Mostra de Venecia ha seguido esta senda. Esta vía ha sido practicable quizá por la concatenación de dos factores: la reanudación de la tensión militar entre Israel y Líbano (con momentos de extrema tensión en julio-agosto de 2006 y agosto de 2010) y la desaparición de la vida pública de Ariel Sharon, en estado vegetativo tras un infarto cerebral en enero de 2006.

Toledo, cruce de destinos

Muy señores míos, siendo sincero he de admitir que hubiese preferido titular este artículo Toledo, cruce de desatinos o ¿Quién me devuelve esta hora y media de vida? Pero el posicionamiento en Google es el posicionamiento en Google y bueno, ya me entienden. Así que si han llegado hasta aquí gracias a Google o de cualquier otra manera, pasen, relájense y déjenme explicarles por qué Toledo, cruce de destinos (en adelante, Toledo) es una serie mala. Pero mala, mala. Mala con avaricia, de sentarse en un sillón con sonrisa malévola mientras se acaricia a un gato.

El punto de partida de la serie, de entrada, tenía su interés. La segunda mitad del siglo XIII es quizás el periodo que mejor ejemplifica esa España de las tres culturas, la idealizada pacífica convivencia y colaboración de cristianos, musulmanes y judíos. Además, Alfonso X es un rey bastante conocido -sobrevalorado, en mi opinión- por el gran público, aunque sólo sea de oídas. Y no sé de nadie a quien no le guste una ciudad tan extraordinaria como Toledo. Los tres factores citados, unidos a un guión coherente y a una cuidada ambientación, podrían hacer de Toledo una serie atractiva.

 

Pero no:

Sin embargo, eso no ha sido así. Por muy ambicioso que haya sido su creador, Emilio Díez, por mucho que se haya esforzado la productora Boomerang TV o por mucha confianza que haya depositado Antena 3 en una serie española de temática medieval, el resultado es muy decepcionante, como mínimo desde el punto de vista histórico.

Toledo
Panorámica de Toledo, según Antena 3

Comencemos por el envoltorio. Por un lado es de aplaudir que se haya trabajado en diversas localizaciones tratando de buscar la mayor verosimilitud sin abusar demasiado del croma; de hecho, tengo la impresión de que sólo se ha modificado por ordenador la vista general de Toledo, con un alcázar que no es el actual, pese a que el aspecto de su torre principal chirríe. No obstante, edificios, atrezo, vestuario y mobiliario no parecen auténticos: algunos, pese a su inspiración medieval, se presentan perfectos e inmaculados en una apoteosis del cartón piedra, mientras que otros recuerdan más a siglos posteriores, como un crucifijo que tenía poco del siglo XIII, construcciones renacentistas y barrocas o el escudo de los Reyes Católicos que se observa en el toledano puente de Alcántara.

Esos fallos son apreciables por la mayoría, por supuesto. Pero al meterme en harina histórica es cuando me entran todos los males, de uno en uno y no en fila india, sino en una avalancha nivel “El Corte Inglés un 7 de enero”. Porque una cosa es distorsionar una miaja la realidad para ajustarla a la ficción y otra es saltársela sin venir a cuento, de modo gratuito, y sin que el cambio aporte absolutamente nada a la trama.

 

La harina histórica en sí:

Pongamos que Toledo se desarrolla entre 1270 y 1274. El capítulo arranca con una razzia musulmana, impensable por entonces, y muestra a los cristianos una década después sitiando Consuegra tras haber tomado Maqueda poco antes. Olvidemos que el castillo que aparece no es el de Consuegra -¿qué les costaría, pardiez?- y, a cambio, señalemos que Consuegra y Maqueda llevaban en manos cristianas, como mínimo, desde hacía más de un siglo.

Según la serie, en Consuegra se hallaba refugiado un tal Abu Bark (sic) cuya dignidad desconocemos, pero que se antoja tan peligrosísimo para Castilla que Alfonso X le ofrece la paz. Al arribar a Toledo, Abu Bark precisa de un traductor para comunicarse con los cristianos, pero acto seguido habla en un perfecto castellano sin ningún tipo de acento. Ya quisiéramos saber quién es ese inteligente Abu Bark, dado que no hay ningún rey nazarí que conste con ese nombre. Habría que preguntárselo a la atrevida musulmana que se bañaba completamente desnuda, al aire libre, en una alberca de su palacio… y no en uno de los hammam o baños árabes. El destape viaja al siglo XIII, señores.

¿Alfonso X o Theoden?
¿Alfonso X o Theoden?

Pasemos al bando cristiano. En Toledo, la gran cuita de Alfonso X es alcanzar la paz: se apunta que Castilla lleva décadas en guerra y medio arruinada, cuando el perfil político de Alfonso X no fue tan militar como el de su padre, Fernando III, sino que se benefició de una etapa económica expansiva. Aún así, se sugiere que la paz entre cristianos y musulmanes es un avance hasta entonces inédito, si bien la tónica de la Reconquista es que eran menos las fases de guerra que de paz, caracterizadas éstas por las parias que en la serie se ignoran porque interesa más vender equívocos culturales, amoríos interétnicos y prejuicios que combatir en pos del bien común y el buen rollo universal, pero procurando dejar claro que, en caso de duda, los malos son los musulmanes y/o quienes quieran alterar la paz mundial.

Por otro lado, al rey se le denomina “Alfonso X” en vez de Alfonso, a secas, cuando ni en documentos ni de forma oral se le llamaría así. Aunque al Alfonso X de Toledo le martiriza un problema más grave que el onomástico: el familiar. Lo cierto es que su hijo Sancho, el futuro Sancho IV, le dio más de un disgusto, guerra civil incluida. Pero los guionistas (Emilio Díez y Alberto Úcar, responsables de subproductos como Los Serrano, El Internado o Los Hombres de Paco), lejos de aprovechar esa tensión, han preferido mancillar la Historia y mearse sobre su cadáver sin que ello, repito, redunde en una mejora del argumento.

Sólo dos hijos de Alfonso X se citan. Para mal, claro. En un rincón tenemos a Sancho, a quien en la serie se le considera el primogénito -hijo de un matrimonio de conveniencia anterior, ejem- y se le otorga el título de príncipe. En la otra esquina, Fernando, supuestamente su hermanastro, hijo de la reina Violante, y de quien se comenta que “no es una opción como heredero” dado que es el hijo menor y sólo un infante. Tracatrá, señores, tracatrá. Y en párrafo aparte les explico el porqué.

Una corte de cartón piedra
Una corte de cartón piedra

Alfonso X sólo tuvo una esposa, Violante de Aragón. Tuvieron por descendencia once vástagos, de los cuales, y en este orden, los varones fueron Fernando, Sancho, Pedro, Juan y Jaime, todos vivos en los años en los que se desarrolla Toledo. Esto es, que Fernando de hijo menor no tenía nada, sino que hasta su muerte en 1275 fue el heredero al trono de la Corona de Castilla. Sancho, obviamente, no pudo ser fruto de un matrimonio de conveniencia -¿cómo?, ¿Alfonso X casándose por conveniencia?, melospliquen, por favor-, ni mucho menos ser príncipe, título que no ostentó heredero alguno hasta la creación, en 1388, del título de príncipe de Asturias.

Si se deshiciera semejante entuerto no se alteraría la esencia de Toledo. Sancho seguiría siendo un conspirador y un broncas (más aún cuando no podría acceder al trono), mientras que Fernando dejaría de ser el niño mimado. ¿Niño? Calculando que la trama oscila entre 1270 y 1274 nos topamos con otro problema: para esa fecha el conocido como Fernando de la Cerda ya había pisado altar y bautizado un hijo, Alfonso. Pero en la serie prefieren un Sancho que, pese a ser primogénito aún no es heredero (?), y a un Fernando púber que se trajina a la joven esposa de un comerciante. Ajá.

Claro, que estas cosas se arreglarían consultando no ya libros de Historia, sino la Wikipedia. En una escena, Violante le asegura al infante Fernando que Jaime I, su abuelo, fue rey de Aragón a los tres años. Se da por hecho que Jaime I ya estaba muerto, cuando falleció en 1276, poco después que su nieto, y para colmo resulta que fue coronado no a los tres, sino a los cinco años. ¿Cambiaría la verdad el sentido del diálogo? No, pero quizás les hubiese provocado alergia a los guionistas.

 

Lo llaman alergia y no lo es:

Comprobemos otros síntomas de tal alergia a los libros. Un personaje principal es Rodrigo Pérez de Ayala, presunto conquistador de Maqueda, un noble que se tiró una década seguida guerreando contra los musulmanes sin poder ver a sus hijos; más aún, es nombrado magistrado de la ciudad de Toledo por el rey, quien afirma de Rodrigo que es “mi mano derecha, mi voluntad y el representante de mi justicia en todo el reino”, algo que no es obstáculo para que, según se sugiere en un determinado momento, Rodrigo hubiese vivido un romance con la reina Violante. Ole y ole.

Vale, toleramos la invención de ese tal Rodrigo Pérez de Ayala e incluso lo del revolcón con la reina, pero de ahí a que en diez años no viera a sus criaturas por hallarse luchando y que conquistara Maqueda cuando ya hemos dejado claro que ni lo uno ni lo otro… Por no hablar, de paso, de esa magistratura que en la serie es ambicionada como si de una vicepresidencia se tratara, a pesar de que hubiera que compartirla con un judío y un musulmán, algo inconcebible para un cargo que, en efecto, es más falso que la aventura colonial de Franco.

"Vaya, «Las Siete Partidas» no es la «Hobby Consolas» medieval"
"Vaya, «Las Siete Partidas» no es la «Hobby Consolas» medieval"

El asunto es que Rodrigo tiene dos nenes, guapísimos ellos; el mayor, Martín, es nombrado asistente (aceptamos barco) del infante Fernando. Martín se niega, pues anhela ser caballero, cosa que enoja a su padre, quien aduce que ésa no es una opción para él, siendo la corte lo mejor para un noble. Como si ser noble no te habilitara para ser caballero, más aún si eras asistente (aceptamos flotador de patitos) de un infante y sales en una escena peleando con espada frente al público en una suerte de Operación Triunfo de la esgrima.

Es fácil intuir el porvenir de Martín en Toledo: el Justin Bieber del siglo XIII. Sobre todo porque le toca defender al infante de una conspiración para derrocarle, asesinándole si hiciera falta. En la sombra acechan dos influyentes prohombres de la corte, el conde de Miranda y el arzobispo Oliva, partidarios del príncipe (sic) Sancho y tan pérfidos que, a su lado, Bin Laden tiene la medalla al mérito civil.

¿De veras eran tan malvados? No se sabe, más que nada porque son ficticios. Insisto: no pongo pegas a que haya personajes ficticios, sino a que se creen sin motivo alguno y sin añadir valor a la historia, habiendo otros reales más válidos. Lo del conde de Miranda tendría un pase, aunque lo más parecido a ese condado sea el salmantino de Miranda del Castañar, fundado en 1457. Sin embargo, no se entiende el personaje del arzobispo Oliva, quien, como es obvio, no figura en lista arzobispal alguna; de hecho, entre 1266 y 1275 el arzobispo de Toledo era Sancho de Aragón, jovencísimo (nacido en 1250) y hermanísimo de la reina Violante. Ya me dirán ustedes si no daría más juego un arzobispo en la edad del pavo que otro que, al referirse a la Reconquista, indica que “es una guerra santa, como la que libran nuestros hermanos en Jerusalén”… cuando las tropas cristianas habían abandonado Jerusalén casi treinta años atrás.

Quizás todo esto no sea alergia, sino atrevida ignorancia de los guionistas sobredichos. Pero también hay que señalar la teórica labor de los consultores históricos que se citan en los títulos de crédito: José Miguel Merino de Cáceres y María José Martínez Ruiz, catedrático de Historia de la Arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid y profesora de Historia del Arte en la Universidad de Valladolid. Imagino que ambos habrán “asesorado” y dado el visto bueno, por encima, a lo que se cocía, pero que no habrían aguantado tanta tontería en el guión si hubiesen llegado a leerlo detenidamente.

 

Despedida y cierre:

"Al salir de la Escuela de Traductores"
"Al salir de la Escuela de Traductores"

Con todo, ni guionistas ni consultores ni productores tienen la culpa de las mediocres interpretaciones de su elenco. Ya, no es para tirar cohetes, pero uno esperaría algo más de actores de la talla de Juan Diego o Álex Angulo. O que el reparto supiera vocalizar y entonar de otro modo que no fuera el de siempre: en castellano estándar, todos con deje de Madrid, y a correr. Que sí, que no van a hablar como en el siglo XIII, que musulmanes y judíos usen también el castellano, pero oigan, un acento pido. Algo que te demuestre que son actores y no la megafonía del Mercadona glosando las ofertas del día.

¿Quiere todo esto decir que recomiendo encarecidamente ver Toledo? ¿Y todavía hay alguien que se lo pregunte?, ¿qué han estado vuesas mercedes haciendo todos estos párrafos, maldita sea? No, claro que no. Les ruego que no vean la serie, so pena de perder hora y media de su vida cada miércoles. Hora y media que nadie les va a devolver y que mejor harían ahorrando para poder visitar la maravillosa Toledo, cuyo nombre aparecerá desde ahora asociado a semejante bodrio.

Downton Abbey, una serie de otra época

Lores, sirvientes, herencias y reencillas en los grandes salones y entre los fogones de la cocina. Dos estructuras, upstairs and downstairs, los señores y sus sirvientes, como reflejo la una de la otra. El reflejo de una sociedad a través de una casa, los Crawley, es el pastel que la ITV nos ha preparado bajo el nombre de Downton Abbey y cuya segunda temporada llegará a Antena 3 mañana martes.

El pasado año, la ITV puso en marcha un drama de época llamado Downton Abbey. Para muchos seriéfilos la cadena ITV es un sello de calidad y el que suscribe este artículo opina que Downton Abbey no desmerece en absoluto esa opinión.

Downton Abbey es un drama de época ambientado en los duros comienzos del siglo XX. Desde la perspectiva de los habitantes de una gran propiedad nobiliaria inglesa, la ITV recrea con detalle la encorsetada sociedad de clases británica del momento y cómo diversos acontecimientos afectan a esa pequeña comunidad formada por la familia noble y su servicio. Aunque es cierto que en ocasiones se producen algunos anacronismos, la serie aguanta bien el escrutinio.

A algunos de nuestros lectores les habrá venido a la cabeza la exitosa Arriba y abajo (Upstairs, downstairs, 1971-1975) la cual, recientemente, ha conocido también un remake en 2010, esta vez de la mano de la cadena BBC.

En Downton, dos acontecimientos marcan la primera y la segunda temporada respectivamente. En la primera temporada vimos cómo (no os preocupéis no voy a soltar spoilers) el hundimiento del Titanic tenía un fuerte impacto en las expectativas de la familia Crawley al morir su heredero y cómo la llegada de un nuevo heredero (fruto de una serpenteante línea sucesoria) obligaba a todos a entrar en contacto con una nueva realidad.

- There is a war on. Things cannot be the same when there is a war on.

- I do not agree, keeping up standars is the only way to show the germans that they will not beat us in the end.

En la segunda temporada, como no podía ser de otra manera, los habitantes de Downton Abbey lidian con la crudeza de la Primera Guerra Mundial y los cambios sociales, económicos y políticos que ésta tuvo en la Inglaterra de la época.

Entre estos cambios se encuentra una mayor presencia de la mujer en el mundo laboral y social: no en vano, pocos hechos han tenido más repercusiones en el camino hacia la igualdad de la mujer como las dos guerras mundiales. También el dramático efecto que la guerra tuvo entre la población joven europea al llevarse por delante a una buena parte de la misma. El crecimiento de la fuerza de los movimientos de izquierda en el que tuvo gran importancia la aparición de la Rusia comunista.

Sin embargo, también asistiremos a la resistencia a los cambios. La idea de que, tras la guerra, todo volvería a la normalidad. Que las cosas no iban a cambiar dramáticamente. Claro que el final de la Gran Guerra no borró los cambios.

Un rey sin corazón

Braveheart es una de las pocas películas que esquivan mis recelos hacia el denominado “cine histórico”. Es más, hasta diría que es mi película favorita, si por favorita entendemos haberla visto unas veinte veces y saber de memoria los diálogos en español e inglés. Admito que tiene fallos históricos imperdonables, pero las filias y fobias dependen mucho de los estados de ánimo y hace años que Braveheart se ganó mi corazoncito.

Angus Macfadyen como Roberto I ("Braveheart").
Muy heroico no es que se retratara a Roberto I en "Braveheart", las cosas como son.

Braveheart y corazoncito. De eso quería escribir hoy, no os quejéis de cómo he hilado temas. Porque hay una historia que no muchos conocen relacionada con uno de los personajes de dicha película. No, no es William Wallace, tampoco es que haya demasiada información sobre él; y no, tampoco es Eduardo I, el apodado Longshanks, aunque pocos sepáis que era el cuñado de nuestro Alfonso X y que se casó en el monasterio burgalés de Las Huelgas. Me refiero a Robert the Bruce, a quien -lo aclaro desde ya, para ahorrarnos líos- de ahora en adelante llamaré Roberto I.

En Braveheart se presenta a Roberto I como alguien sin mucha iniciativa política, como un traidor a Wallace al luchar junto a los ingleses en Falkirk (1298) y como un ser torturado por el remordimiento que se corona rey de una Escocia independiente tras la batalla de Bannockburn (1314). Un curriculum completito que, como cualquier otro curriculum, enmascara la realidad. Que miente, vamos.

Cierto es que Roberto I y su padre juraron lealtad al poderoso Eduardo I de Inglaterra, pero lo hicieron para defender sus derechos familiares al trono escocés. Sí, trono escocés, del que apenas hablan en la película: éste lo ocupaba Juan I, del clan Balliol, rival de los Bruce; al principio, allá por 1292, Juan I fue apoyado por el propio Eduardo I, pero terminaron tan a mal que Eduardo I no sólo le borró del Facebook, sino que invadió Escocia y se la anexionó, deponiendo a Juan I después de derrotarlo en la batalla de Dunbar (1296).

Fue entonces cuando Roberto I y su padre, en plan carroñero, se ofrecieron para cubrir la vacante de la corona escocesa. Ya que Eduardo I no quería desprenderse de Escocia y que varios nobles escoceses, liderados por Wallace, habían comenzado una nueva insurrección, los Bruce oscilaron entre ambos bandos durante un tiempo. Así, mientras se sucedían las batallas de Stirling (1297) y la mencionada de Falkirk, los Bruce se mantuvieron al margen. Y sí, con esto insinúo que Roberto I no luchó contra los escoceses en Falkirk: sencillamente no acudió al llamamiento de Wallace por tener cosas mejores que hacer.

Como, por ejemplo, suceder al mismísimo Wallace como Guardián de Escocia, el título que recibían sus máximos mandatarios en épocas de interregno. Vamos, que Roberto I no estaría tan mal visto entre sus paisanos si éstos le concedían tal honor. Roberto I abandonó el cargo dos años después, pero continuó ejerciendo gran influencia sobre los nobles escoceses, quienes en 1304 se rindieron a Eduardo I. ¿Todos? No: Wallace, que había regresado de su exilio en Francia e Italia, no cejó en su empeño y acabó como acabó, es decir, capturado y descuartizado en 1305. Como apuntó el sabio (?): “que naprenguin!“.

Pero el problema de Roberto I -huérfano desde 1304- no era ya Wallace, sino John Comyn, quien también se postulaba como candidato al trono de Escocia. Tras dimes, diretes y un presunto incumplimiento de contrato, Roberto I asesinó a Comyn en la iglesia de Greyfriars de Dumfries en febrero de 1306. Sólo había dos salidas: o convertirse en un proscrito excomulgado o en monarca escocés, libre ya de toda competencia, de perdidos al río y que salga el sol por Antequera.

Estatua de Roberto I en Bannockburn
Estatua de Roberto I en Bannockburn: aquí sí que se pusieron épicos de verdad, qué menos.

Mes y medio después Roberto I fue coronado rey de Escocia. Sí, en 1306, no justo antes de Bannockburn (1314), pese a lo narrado en Braveheart. Hasta Bannockburn pasaron ocho añitos (aquí me tenéis, demostrando que sé restar) en los que Roberto I trató de imponer su precaria autoridad sobre el resto de clanes escoceses. Por suerte, Eduardo I había fallecido en 1307, heredando el trono inglés su hijo, el débil Eduardo II; no había color y, obviamente, Roberto I quiso aprovecharlo para desafiar a los ingleses mediante unas escaramuzas a las que sería difícil incluir en la categoría de “batalla campal”.

Una batalla campal se antojaba necesaria, puesto que tales escaramuzas se habían saldado con tantas victorias como derrotas. Bannockburn tendría que ser esa batalla y como tal la preparó Eduardo II, quien invadió Escocia en junio de 1314 con un ejército que doblaba y casi triplicaba el de Roberto I. Aún así, los escoceses se impusieron con facilidad y Eduardo II hubo de escapar a duras penas tras ser perseguido por el furibundo sir James Douglas, uno de los más fieles compañeros de Roberto I.

El triunfo de Bannockburn le garantizó a Roberto I la supremacía definitiva sobre todos los clanes escoceses, la estabilidad del reino y un estremecedor estribillo para un himno oficioso. Sin embargo, Roberto I no fue reconocido como monarca por los ingleses hasta 1328, un año después de haber derrocado Eduardo III a su padre. De poco le sirvió a Roberto I, quien fallecería en 1329 dejando una última voluntad de lo más absurda: en su lecho de muerte le pidió a James Douglas que llevara su corazón de Cruzada, dado que él nunca había podido cumplir ese sueño.

La cara del pobre Douglas tuvo que ser un poema, épico para más señas, aunque obedeció el deseo de su rey y amigo. Antes de enterrar a Roberto I se le sacó el corazón para embalsamarlo e introducirlo en una urna de plata. En 1330, Douglas se colgó al cuello dicha urna y partió con una treintena de acompañantes hacia el único lugar donde se encontraba lo más parecido a una Cruzada: ni Jerusalén, ni Acre, ni Damasco, sino la frontera del reino de Granada, inaugurando así la tradicional querencia británica por el sur de la Península Ibérica y la Santísima Trinidad de sol, sangría y playa.

Douglas, el corazón de Roberto I y el resto de la expedición escocesa llegaron a Sevilla, donde Alfonso XI les recibió -no sabemos con qué cara- antes de marchar hacia Teba, plaza fuerte nazarí en la actual provincia de Málaga. Las tropas castellanas cercaron el lugar a principios de agosto y poco después comenzaron las refriegas contra los soldados del temido Ozmín, quien prefería hostigar a los cristianos y evitar un desfavorable enfrentamiento a campo abierto.

Monumento en Teba a James Douglas.
Monumento en memoria de James Douglas en Teba.

Con todo, Douglas y sus escoceses, que no estarían muy acostumbrados ni a las tácticas de la Reconquista ni al sofocante calor andaluz, pagaron la novatada y cayeron en una emboscada. Según la leyenda, Douglas se vio cabalgando solo detrás de los musulmanes, con apenas un puñado de sus hombres, rodeados todos tras un fugaz contraataque del enemigo. Douglas, desesperado, lanzó la urna con el corazón de Roberto I gritando: “¡ve primero, como hubieras querido, y Douglas te seguirá o morirá!”.

Douglas y sus compañeros murieron, como era de esperar, aunque los cristianos lograron conquistar Teba a finales de ese mes. De paso, recuperaron el cadáver de Douglas y, lo que era aún más importante, el corazón de Roberto I, que a saber qué excusa daban en Escocia si regresaban diciendo que sí, que lo habían llevado de Cruzada, que mucho frenesí cristiano, expiación de pecados y ardor guerrero, pero que no sabían dónde se lo habían dejado.

Uno de los pocos escoceses supervivientes -se libró de luchar por culpa de un brazo roto- fue sir William Keith, quien se encargó de volver a Escocia con los huesos de Douglas (sólo los huesos: imaginad semanas de viaje con carne putrefacta) y la urna con el corazón real. Éste fue depositado en la abadía de Melrose, pese a que Roberto I estaba sepultado a unos 80 kilómetros, en la abadía de Dunfermline.

Que no nos parezca tan raro: al cuerpo de Felipe el Hermoso, enterrado en la Capilla Real de Granada, también le falta su corazón… que está a más de 1.600 kilómetros, en la iglesia de Nuestra Señora de Brujas. Y sin arriesgarse a perderlo en una Cruzada.

Juego de Tronos a lo cañí

Los ingleses se aburren mucho. Algunas causas para respaldar tal afirmación serían una climatología adversa, una gastronomía definible como “muy presunta” y el aislamiento respecto a Europa. De hecho, ese aislamiento ha provocado que, desde la victoriosa arribada de los normandos en Hastings (1066), la isla no haya sufrido ninguna otra invasión en casi un milenio: que se lo digan a Felipe II, Napoleón o Hitler, que sólo lograron conquistarla en el Risk y no sin hartarse a lanzar dados y perder efectivos.

Ricardo Corazón de León, supuesto inventor del balconing cuando descubrió el Mediterráneo en las Cruzadas

Como decía, los ingleses se aburren mucho. Se les ve faltos de vidilla, lo cual conlleva una dedicación plena al desenfreno en cuanto abandonan su isla, acogiéndose muchos a la santísima trinidad que constituye la fusión de enrojecimiento dérmico, alcoholismo desatado y balconing. Pero en la Edad Media no existían ni los vuelos baratos ni la destrucción de nuestras costas, de ahí que (sorpresa) se aburrieran mucho más.


Lo que hace el aburrimiento:

Poniéndome simplón y reduccionista –como buen tertuliano–, aclararé que los ingleses medievales sólo se divirtieron durante siglo y medio. Y cuando escribo “divertir” me refiero a tener una historia movidita, como la de la Península Ibérica, con sus reconquistas, sus guerras entre cristianos, sus guerras entre musulmanes y sus Ramones Berengueres.

En cambio, y al margen de sus asuntillos dinásticos y sus puntuales excursioncitas a Tierra Santa, los ingleses se conformaron con enlazar la Guerra de los Cien Años (1337-1453) y la Guerra de las Dos Rosas (1455-1485). Les faltaba un algo, un no sé qué. Quizá por eso –e insisto: también por aburrirse mucho– el orbe anglosajón siempre ha tendido a buscar en la literatura la forja de una mitología donde realidad, leyenda, épica y magia fuesen tan cogidas de la mano como Hitler y Stalin en 1939.

Al famoso ciclo artúrico y al romanticismo del siglo XIX les siguió la extraordinaria obra de Tolkien (y la de C. S. Lewis, en menor medida) en el segundo tercio del siglo XX. Es más, resulta muy lógico pensar que Tolkien se aburría como una ostra, teniendo tiempo como tuvo para crear un universo propio, con sus razas, sus mitos, sus lenguas, sus mapas, sus historias, sus personajes empanados a los que no se les ocurre mandar a las águilas al Monte del Destino a destruir el anillo y ahorrarse tanto follón, etcétera.

Sea como fuere, en los últimos años ha revivido este interés literario relativo a la Albión medieval. El máximo exponente es el estadounidense George R. R. Martin, autor del conjunto de novelas fantásticas Canción de Hielo y Fuego, cuya ambientación recuerda a la Inglaterra de la Guerra de las Dos Rosas. Precisamente ayer se estrenó en España la serie que adapta el primero de dichos libros, Juego de Tronos, de ahí que publique este artículo: llámenme oportunista, aunque prefiero que me sigan llamando Fer.

 

Nuestro propio Juego de Tronos:

Lord Eddard Stark, uno de los personajes principales de Juego de Tronos (Fuente: Google Images)

De entrada confieso dos cosas: una, que ni he leído las novelas de Canción de Hielo y Fuego ni he visto nada de Juego de Tronos, salvo los casi quince minutos publicados como adelanto; y dos, que jamás se me pasaría por la cabeza una versión de Juego de Tronos realizada por ninguna televisión española. No, no, no y más NO, incluso en mayúsculas. Porque la serie, como en casi todas las demás series carpetovetónicas, removería a Clío en su tumba y haría girar el ochenta por ciento del argumento en torno a lo que sucediera en la taberna, al más descarado emplazamiento publicitario, a las andanzas sentimentales de sus protagonistas –sobre todo de los adolescentes y niños, que también montarían un grupo musical en plan mester de juglaría– y a los teóricamente jocosos malentendidos protagonizados por el Fiti, la Juani o el insoportable Javier Gutiérrez de turno.

Sin embargo, uno siente sana envidia cuando observa el cuidado depositado por la cadena yanqui HBO al rodar la serie. Sana envidia y, de paso, una mezcla de admiración por el trabajo bien hecho y de rabia por no encontrarse nada semejante en esta otra orilla del Atlántico. Y miren que material tenemos de sobra para emular las rivalidades entre bandos que nos muestra Juego de Tronos; si ésta se promociona con la frase “Se acerca el invierno”, la etapa medieval de nuestra más que curtida piel de toro (Portugal inclusive) debería publicitarse con el lema “Se acerca el infierno”.

Como expuse en algún sitio, no ha habido en nuestra convulsa Edad Media más de medio siglo sin una guerra civil, sin una crisis dinástica o sin una mala conspiración que echarnos a la boca. Los reinos medievales de las actuales España y Portugal se asomaron (y empujaron) a menudo al mayor de los abismos… para milagrosamente recuperarse casi sin saber cómo. Ejemplos hay muchos, desde la caída del reino visigodo hasta el ocaso del califato cordobés, desde los repetidos conflictos entre Castilla y León hasta la permanente amenaza –luego hecha realidad– de colapso de Navarra; un sinfín de argumentos, personajes y carnaza, que es lo que en verdad nos gusta a todos, historiadores incluidos.

Sí, por estos pagos podríamos montarnos tantos Juegos de Tronos que esto parecerían las olimpiadas del medievalismo y la mala leche. Así que, si no les importa, déjenme presentarles a los Banū Waraŷūl –desde ahora, Banu Warayul, que escribir acentos raritos es una tortura–, mis candidatos para protagonizar su propio culebrón.

 

¿Los Banu Qué?:

Creo que muy pocos de ustedes conocerán a los Banu Warayul. Total, Google (¡Google, pardiez!) apenas sabe quiénes son, ni ellos ni los Banu Furaniq, que es como también se les suele denominar en algunos textos. Que no cunda el pánico: aquí estoy yo para hablar de los Banu Warayul y, si hace falta, para ponerles a parir, que están muertos y no pueden defenderse.

Siendo breve, los Banu Warayul eran los líderes de un clan de la tribu bereber de Nafza –con raíces también muladíes– y dominaron, desde inicios del siglo IX hasta el año 928, todo el tercio oriental del Guadiana extremeño. Su sede se ubicaba en el hişn Umm Ŷa’far (dejémoslo en Umm Yafar, se lo ruego), el desaparecido castillo de Mojáfar de las crónicas cristianas, en las cercanías de la pacense Villanueva de la Serena. Eso, siendo breve.

Siendo más explícito y sincero, me gusta definir a los Banu Warayul como unos pequeños cabroncetes, dicho siempre desde el cariño y la fascinación. Porque los cinco Banu Warayul de cuyas andanzas estamos enterados eran muy de apuntarse a todos los saraos posibles, a lo Massiel altomedieval. Y se atrevían a hacerlo, de paso, en la turbulenta fase de la fitna o crisis del emirato de fines del siglo IX e inicios del siguiente, no sólo enzarzándose contra otros clanes y saqueando sus territorios o sublevándose contra los emires cordobeses, sino también yéndose a Zamora en plan yihad o aguantando la cabalgadas de los reyes leoneses por tierras extremeñas.

 

Vida y milagros de los Banu Warayul:

Alfonso III muestra su hastío en el Libro de los Testamentos (Fuente: Wikipedia)

Por desgracia, a mí me faltaría espacio –y a ustedes paciencia– para narrar todos los jaleos en los cuales estuvieron involucrados los Banu Warayul. Si pudiera, les relataría cómo Lubb b. Jalid, en torno al 826, asesinó a Marwan al-Yilliqí, a quien el emir Abderramán II le había ordenado sofocar a los rebeldes emeritenses. O cómo, al estallar la fitna, regresó el prestigioso Furaniq b. Lubb (hijo de Lubb b. Jalid) a Mojáfar desde Córdoba, reclamado por su clan para oponer resistencia a Alfonso III en sus sucesivas irrupciones en las tierras de los Nafza y no precisamente para venderles enciclopedias; o cómo más tarde hubo de soportar las correrías de Ibn Marwan, fundador/repoblador de Badajoz e hijo de Marwan al-Yilliqí, cuya muerte quiso vengar atacando las posesiones de los Banu Warayul.

Ojalá pudiese explicarles, con todo lujo de detalles, cómo el discreto Isà b. Qutí legó la jefatura de los Banu Warayul al nieto de Furaniq b. Lubb, el impetuoso Zual b. Yais b. Furaniq, quien en el Muqtabis –tal vez la mayor crónica andalusí, obra de Ibn Hayyan– fue tildado de temeroso, conspirador, envidioso, lleno de odio, malvado y traidor. Y todo ello por minucias, sólo por declararse en rebeldía frente al emir cordobés Abdalá I, por ser uno de los comandantes de la desastrosa yihad que quiso arrebatar Zamora en el 901 a los cristianos y por sembrar cizaña entre las tropas islámicas contra el falso profeta Ibn al-Qitt (quien guiaba la campaña) por un mero arranque de celos, traicionándole y provocando así una deserción masiva en el campo de batalla justo cuando los musulmanes se disponían a tomar la ciudad. Minucias, ya digo.

De veras que me encantaría contarles cómo se descompuso el cadáver de Ibn al-Qitt, con su cabeza colgada a las puertas de Zamora, mientras Zual b. Yais b. Furaniq retornaba al sur, tranquilo, a su aire, como si nada hubiese pasado, para luego firmar la paz con Abdalá I, que tampoco estaba el emir para ponerse escrupuloso. O cómo Zual b. Yais b. Furaniq, esa joyita, hubo de plantarle cara en el sufrido verano del 915 al nieto del citado Ibn Marwan y, acto seguido, a Ordoño II de León, emperrados como estaban en depredarle las tierras y pisarle lo sembrado.

Y, cómo no, querría cerrar la saga hablándoles de Abdalá b. Isà b. Qutí, hijo de Isà b. Qutí, y de cómo le preparó otra buena insurrección al emir cordobés, en este caso a un tal Abderramán III, quien en el 928, y decidido como estaba a acabar con tanta tontería para poder proclamarse califa en condiciones, le envió un poco amigable ejército para obligarle a entregar Mojáfar de una vez por todas… cosa que consiguió, no sin antes tenérselas tiesas ambos bandos y rubricándose después un ventajoso tratado de paz que le supuso al último de los Banu Warayul un jugoso indulto y un retiro dorado en al-Ruşāfa d’Or, arrabal de vacaciones.

Pero no, no hay espacio ni paciencia. Ni tiempo, además. Ni dinero para llevar a la pantalla estas aventuras y desventuras de los más que peculiares Banu Warayul. Así que, si me lo permiten, ahogaré mis penas contentándome con Juego de Tronos y que sea lo que MegaUpload quiera.

Sophie Scholl y la Rosa Blanca

“A través de un gradual, traicionero y sistemático abuso, el sistema ha encarcelado a cada hombre en una prisión espiritual.”

La Rosa Blanca

La Alemania bajo la dictadura del Canciller Adolf Hitler (1933-1945) se caracterizó por una callada aceptación y participación de la población en los mecanismos de represión que desde el estado y el Partido Nacionalsocialista se pusieron en marcha para recortar las libertades y los derechos que habían sido conquistados durante la corta, brillante y trágica vida de la República de Weimar (1918-1933).

En esa sociedad donde la delación se había aceptado como un hecho más de la vida cotidiana, donde la población se vigilaba a sí misma, aún hubo algunos que superaron el terror natural del hombre a la exterminación física, convirtiéndose en parte de la resistencia, del enemigo interior contra el que el nazismo no dejó de luchar nunca.

La historia de los hermanos Scholl (Hans y Sophie), Alex Schmorell y Cristian Probst, retratada en las películas de Marc Rothemund (Sophie Scholl, los últimos días, 2005) y de Michael Verhoeven (La Rosa Blanca, 1982) es la historia de unos estudiantes universitarios que desde 1942 hasta su muerte, condenados a la pena capital por guillotina, practicaron la rebeldía de las ideas. En un régimen que había decretado la total adhesión de la población a las organizaciones del partido (sindicatos únicos entre los que estaba la organización de estudiantes nazi, la Liga Nacional de Estudiantes), estos jóvenes organizaron un grupo que cuestionaba la propaganda nazi. No practicaron nunca la rebelión violenta, se limitaban a distribuir panfletos de forma anónima entre los estudiantes. Se denominaban La Rosa Blanca.

Y es que, al margen del conocimiento o no de la barbarie cometida por el régimen contra los judíos, la población era consciente y muda consentidora de la represión contra la disidencia política. Aceptaban la propaganda del Partido y el estado sin cuestionársela, aunque la realidad llevara abofeteándoles varios meses.

Bertolt Brecht se hacía eco del inmovilismo de su sociedad ante la represión:

“Primero cogieron a los comunistas,/yo no dije nada por que yo no era comunista./ Luego vinieron por los obreros,/ yo no dije nada porque no era ni obrero ni sindicalista./ Luego se metieron con los católicos,/ y no dije nada porque yo era protestante,/ Y cuando finalmente vinieron por mí,/ no quedaba nadie para protestar”[1].

Estos estudiantes fueron condenados a muerte en juicios sumarios por un sistema judicial controlado por el partido y que consideraba, por decreto ley, que la legalidad y la jurisprudencia emanaban del Fürher y éste no podía ser cuestionado por los jueces y magistrados. La farsa de juicio les condenó a muerte por el delito de alta traición pero era la sociedad alemana la que estaba delinquiendo en su propia traición.

Lectura y visionados recomendados:

- El Laberinto Alemán de José Ramón Díez Espinosa

- Rebeldes del Swing (EE.UU. 1993)

- El hombre de la cabina de cristal (EE.UU. 1975)

[1] No puedo afirmar que esta cita pertenezca a Brecht, en el articulo de la Wikipedia enlazado se atribuye dicha cita a Martin Niemoeller.