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Muret, 1213

Cada 11 de septiembre se celebra la Diada en Cataluña en recuerdo del asalto final a Barcelona que en 1714 puso fin a la Guerra de Sucesión española. Sin embargo, cada 12 de septiembre, cuando políticos y medios escrutan los actos del día anterior, hay medievalistas que aprietan sus puñitos y se van al rincón de llorar al ver cómo repetida y obstinadamente se ignora una efeméride que, como el tan cacareado 11 de septiembre de 1714, cambio el curso de la Historia.

Me refiero a una batalla que ni vende ni acarrea connotaciones políticas, ergo no hay demasiado interés en recordarla y, menos aún, remarcarla como una fecha clave e identitaria. Me refiero a la batalla de Muret. Ya. Que no os suena mucho. Normal.

Si no queréis perder tiempo, leed sólo este párrafo por si os toca la pregunta en el quesito amarillo del Trivial: el 12 (o el 13, según otras fuentes) de septiembre de 1213 las tropas francesas y cruzadas derrotaron en el sur de Francia al ejército del rey Pedro II de Aragón y amigos, a raíz de lo cual murió el monarca y la Corona de Aragón vio interrumpida su vocación transpirenaica.

Ahora, si tenéis unos minutillos y gustáis, os cuento la versión larga. Con su contexto, su dramatis personae y sus rumbosas consecuencias en el resto de la Edad Media.


Lo que pasó antes de Muret:

Para entender lo ocurrido en Muret hay que explicar, antes de nada, qué pintaba Pedro II por esos andurriales. Y además hay que hacerlo de forma concisa y amena o si no me esperaréis a la salida de Internet dispuestos a partirme la cara. Con razón.

Pedro II de Aragón, el Hipster (fuente: Wikipedia).
Pedro II de Aragón, el Hipster (fuente: Wikipedia).

Como cualquier otro rey que se precie de serlo, Pedro II tenía un padre, Alfonso II, quien falleció en 1196 legándole la corona aragonesa. La herencia recibida, en este caso, implicaba asumir los intereses en el sur de Francia de los condados catalanes (recordemos que Pedro II era nieto de Petronila y Ramón Berenguer IV, la pizpireta pareja que tan gratos momentos nos deparó en este artículo y sus no menos jacarandosos comentarios). Así pues, como nietísimo de Ramón Berenguer IV e hijísimo de Alfonso II, Pedro II acumulaba poder a ambos lados de los Pirineos: además del Rosellón, la Cerdaña y la Provenza, obtuvo el condado de Montpellier -gracias a su matrimonio con María de Montpellier- y el vasallaje sobre varios señoríos occitanos.

Esos señoríos occitanos estaban en manos de los amigos anteriormente citados. Para no liarnos demasiado, hay dos Raimundos y un Bernardo: Raimundo VI, conde de Tolosa (la actual Toulouse, no la Tolosa de Xabi Alonso) y cuñado de Pedro II; Raimundo Roger, conde de Foix; y Bernardo IV, conde de Cominges. Todos estos condados se ubicaban en torno al núcleo duro de (peligro, puede contener trazas de Dan Brown) la herejía de los cátaros.

En este momento no es plan -“¡no, no lo es!, ¡ahórratelo!”, claman las masas- escribir un tractatus sobre el catarismo. Me limitaré a enlazar el artículo de la Wikipedia y dejar dos reflexiones: a) no hay guerras por religión, sino guerras con religión, y b) que tanto va el cátaro a la fuente que al final se acaba rompiendo Occitania.

Occitania en 1213 (fuente: Wikipedia).
Occitania en 1213 (fuente: Wikipedia).

Lo de guerras con religión no es nuevo. La religión es una excusa como cualquier otra para lograr poder, dinero, fama o acostarse con quien te haga tilín. En la Francia de los siglos XII y XIII el catarismo era el último grito en herejías y a Felipe II le pareció una razón fantástica para fortalecer aún más su posición frente a la aristocracia del reino y monarquías vecinas, a quienes jamás dudó en atacar para ampliar sus territorios. Al proclamar en 1209 el llamamiento a la cruzada (PLS RTcontra los cátaros, el papa Inocencio III le hizo un favor impagable a Felipe II al darle en bandeja el casus belli.

No obstante, y para velar por la pureza ideológica, el Vaticano envió al inquisidor Arnaldo Amalric, famoso por el conciliador “matadlos a todos: Dios reconocerá a los suyos” que legó para la posteridad tras arrasar los cruzados la ciudad cátara de Béziers. De las cuestiones militares de la cruzada se encargaba el noble Simón de Montfort, tan buen estratega como bestia sanguinaria. El típico salvaje al que nunca entregarías a tu hijo de tres años salvo si eres Pedro II de Aragón y ese hijo es el futuro Jaime I.

Un último inciso con líos de cama. Pedro II no le daba a su esposa María ni con un palo, de ahí que el cronista Bernard Desclot narrara cómo ella se hizo pasar por una amante del rey para engendrar al heredero. El sainete le hizo tan poca gracia a Pedro II que, en cuanto pudo, se quitó al niño de en medio enviándolo a Carcasona bajo la tutela de Simón de Montfort. El mismo Simón de Montfort que se plantó en Muret con ganas de moler a palos a Pedro II. Lo normal.


La batalla de Muret:

Felipe II no puso un pie en Muret. Ni falta que hacía: para eso ya estaban los cruzados. Éstos ocupaban dicha ciudad cuando, a finales de agosto de 1213, el bando occitano le puso cerco tras fracasar los intentos pacificadores de Pedro II de Aragón; de hecho, el monarca había pactado con Simón de Montfort la boda de los hijos de ambos, Jaime y Amicia, en aras de sosegar los ánimos y apuntalar los dominios aragoneses más allá de los Pirineos.

Sin embargo, era bastante previsible que Felipe II y el Vaticano no dejarían que fuese Simón de Montfort el único que sacase tajada. Para evitar sustos ante semejante coalición, los nobles occitanos se fueron sometiendo a Pedro II, en buena parte gracias a su prestigio como reciente vencedor en la batalla de Las Navas de Tolosa (1212). Tras varios días de asedio, Pedro II llegó a Muret dispuesto a derrotar a los cruzados de Montfort a campo abierto. Su cuñado Raimundo VI de Tolosa, más cauto, optaba por mantener el cerco hasta rendir la ciudad, táctica que despreció Pedro II. Ya saben, señores: el gen peninsular nos obliga a desconfiar de todo lo que aconseje un cuñao.

Por su parte, Simón de Montfort era consciente de su debilidad. Frente a los miles de soldados del ejército rival (entre quince y veinte mil hombres, dependiendo de las fuentes), los cruzados apenas contaban con mil quinientos efectivos para los que sería casi imposible resistir un asedio de manera prolongada. El único recurso cruzado era, precisamente, romper el asedio por sorpresa y jugárselo todo en una batalla campal.

Batalla de Muret (fuente: Wikipedia).
Batalla de Muret (fuente: Wikipedia).

El arma principal de los cruzados era su caballería pesada. De madrugada, Simón de Montfort salió de Muret con sus novecientos jinetes, vadeó el río Louge y cargó contra aragoneses y occitanos, tan desprevenidos que no lograron frenar los arreones de los cruzados. Éstos, además, sabían que la victoria no dependía de prolongar durante horas las cabalgadas contra un ejército mucho mayor, sino de dar un golpe de efecto irreversible. Es decir, o matar a Pedro II o sembrar el pánico con la discografía de Juan Magán.

Dado que el electro latino aún no se había pergeñado (laus Deo), la opción más factible era acabar con el rey aragonés, quien -todo sea dicho- era tan osado como imprudente. De creer al trovador Guillermo de Tudela, en su Cançó de la Croada, Pedro II intercambió la armadura con otro caballero y, al ser éste abatido por los cruzados, el monarca les sacó del error al grito de “yo soy el rey”. Tres hurras por Pedro II, maestro del incógnito.


Lo que pasó después de Muret:

La muerte de Pedro II supuso la desbandada de aragoneses y occitanos, lo cual hizo aún más sencilla la victoria total cruzada y reorganizó el mapa político de la zona. La principal consecuencia fue que la Corona de Aragón, además de perder a su rey, hubo de renunciar a casi todas sus tierras ultrapirenaicas y aspiraciones sobre el Mediodía francés. Del antaño territorio natural de expansión (dentro de lo poco natural que resulta toda expansión política, huelga aclarar) sólo permanecieron en la corona aragonesa los condados de Montepellier, Rosellón y Cerdaña.

Simón de Montfort, el amigo de los niños (fuente: Wikipedia).
Simón de Montfort, el amigo de los niños (fuente: Wikipedia).

Al margen de Felipe II, quien vio aumentado su poder en detrimento de Aragón, el gran beneficiado por Muret fue Simón de Montfort. Éste añadió a sus títulos el condado de Tolosa y prosiguió su campaña militar por Occitania con un as en la manga: la custodia de Jaime I, convertido en nuevo rey de la corona aragonesa. No lo liberó hasta 1214, cuando la presión del Vaticano -“oye, Simón, que te encargamos una Cruzada, no una guardería”- al fin surtió efecto.

Devuelto Jaime I a este lado de los Pirineos se produjo la transformación definitiva de la política exterior de la Corona de Aragón. Al igual que otros monarcas coetáneos (Fernando III o el mismo Felipe II de Francia), Jaime I dedicó sus primeros años a imponerse sobre la nobleza antes de embarcarse en una fase de conquistas que incorporó a sus dominios los reinos musulmanes de Mallorca y Valencia. Puesto que a la corona aragonesa poco le quedaba por rascar en la Península Ibérica (el propio Jaime I rubricó en 1244 el Tratado de Almizra), todo acrecentamiento del reino pasaba por lanzarse al Mediterráneo. El primero en dedicarse a tales menesteres fue Pedro III, hijo de Jaime I, que en 1282 se coronó rey de Sicilia en la genialidad táctica que tan bien narró mi idolatrado Steven Runciman.

¿Y los cátaros? Ah. Los cátaros. Bueno, digamos que el frenesí cruzado aminoró tras Muret y hasta 1244, ya en tiempos de Luis IX, no se dio por finiquitada la cruzada albigense. Causalmente -digo “causalmente” y no “casualmente” porque nada es casual en este asunto- la cruzada solía reactivarse en aquellos momentos en los que los monarcas franceses deseaban ampliar sus posesiones y acabar con la resistencia de sus opositores en Occitania: a fin de cuentas, los cátaros nunca dejaron de ser una mera excusa para que la corona francesa y los señores feudales occitanos dirimieran sus diferencias mediante la diplomacia del mandoble.

Magdalena de la Cruz. El imaginario del Diablo.

 

Hola, queridísimos lectores de Aquí Fue Troya. Les presento a Magdalena de la Cruz. Magdalena era monja franciscana, y vivió entre los años 1487 y 1560, entre Córdoba y Andújar.

Y dirán ustedes, ¿y este imbécil porqué viene hoy a hablarnos de una monja que está ya mayor? Pues bien, no era oro todo lo que relucía en la vida de Magdalena. Era ésta una señora muy santa y muy beata. Llevaba a sus espaldas más de cuarenta años de poco discreta santidad y su prestigio recorría todos los rincones de la incipiente España Moderna. Era tal su fama que cuando nació el heredero a la corona, que no era un cualquiera, sino el futuro Felipe II, le mandaron unos hábitos de Sor Magdalena para que lo envolvieran en ellos y ahuyentar así a los demonios venideros.

Casi nada era Magdalena. Magdalena había sido abadesa del convento y luchaba por recuperar su posición. Para ello se valía de un arma bastante importante y es que, debido a su fama, Magdalena controlaba las limosnas que la gente piadosa y de bien (es decir, las limosnas de verdad, nada de moneda de vellón) otorgaba al convento y las repartía como le salía del mismísimo hábito. Las monjas no la querían de jefa y ella, ere que erre. Imaginamos que por esta razón, Magdalena sufrió en 1546 el destierro de su convento cordobés y la mandaron a Andújar a otro convento, y lo decidió así nada menos que la Inquisición.

¿Por qué os cuento esto? La Inquisición en Castilla, la llamada “Inquisición Española”, se crea en el año 1478 (aunque en Aragón existiera desde 1232); es decir, en 1546 aún eran principiantes en esto de perseguir herejías. Además, la “Inquisición Española” estaba más destinada a ir a por falsos conversos que a por brujas, y claro, donde no hay interés, se coge lo primero que tienen a mano. Total, que los chavales abrieron la Wikipedia y encontraron un libro reciente, el Fortalitium Fidei de Alfonso de la Espina, obispo de Orense (aquí tenéis la edición impresa en Lyon en 1487 que conserva la Universidad de Sevilla), y por ahí se guiaban a la hora de investigar los casos que tenían que ver con el Diablo.

[Ahora la Inquisición, ¿pero este chaval de qué va?]. La Fortalitium explica varias cosas de los demonios malos malísimos. Nos cuenta que son seres muy inteligentes, que se dedican a embaucar gente ingenua. Se disfrazan de Hadas (tejedoras del destino) en las que mucha gente tenía creencia. Se visten de duendes que te cambian las cosas de sitio. Se camuflan de ángeles buenos para burlarse de los actos de éstos, que ya le pasó a Jacob, a Moisés y a Josué. Además, se disfrazan de mujer, que dice Espina que esto les ha ido muy bien desde que lo probaron con Eva, aunque a las santas y a las beatas las dejan un poco de lado, que eso no embaucaba a nadie.

¿Y qué más? Pues una de las cosas más llamativas, desde nuestro prisma de revolución sexual y libertinaje de bajos, nos habla de los incubi y los succubi. Lo que vienen siendo, diablos y diablas (por este orden) que seducen a inocentes para dejarles la semilla o quedarse preñadas. He aquí lo más curioso que por aquel entonces se decía que las mujeres tenían menos control sexual que los hombres (que se lo pregunten a los vascos) y que por eso había más incubi que succubi. Incubi, por cierto, que tenían que ser los Brad Pitts de la época, porque decía Espina que enseñando un crucifijo ya se iban.

Otras creencias era que el Diablo se las ingeniaba para hacer que las brujas, que se habían entregado voluntariamente a él, creyeran cosas como que se había teletransportado o que habían estado en dos lugares a la vez.

Ahora que ya tenéis más o menos claro (o no) cómo se decidía la influencia del diablo nos vamos a Magdalena. Esta santa resulta que había recibido la visita de un ángel de luz cuando tenía 5 años, y que gracias a él había realizado todas las obras buenas buenísimas que se le achacaban. Pero hete aquí que no, que el angelito era un demonio disfrazado, y que cuando la mujer se dio cuenta ya había sido seducida y había fornicado con el muchacho, y que le caía bien, que todo hay que decirlo. Este ángel de luz/demonio  no sería otro que “un familiar”, que era el que recibía esos favores sexuales (o mejor dicho, un demonio en el cuerpo de ese familiar). Este señor le presenta a un “negro muy feo” y Magdalena le enseña el crucifijo. El otro se enfada y le dice que por qué no, que es muy buen chaval, un buen partido, etc. Le hace el lío y Magdalena yace con el señor negro. Pero el señor negro era un vaquero de esos que donde ponen el ojo ponen la bala y nuestra querida monja se queda preñada. Claro: una monja, preñada. A la chica no se le ocurre decir que ha sido el Espíritu Santo (total, si le funcionó a María…).  Tuvo al nene en Navidad (total, si le funcionó a María…). Pero el muchacho desapareció de repente y nada más se supo. Todo eso en la denuncia, imaginad.

Convento de Santa Isabel de los Angeles, residencia de Magdalena.  Fuente: Cordobapedia
Convento de Santa Isabel de los Angeles, residencia de Magdalena.
Fuente: Cordobapedia

Pero claro, la historia no vale así contada, las monjas del convento veían cabrones negros (de machos cabríos) e incluso Magdalena invitó a una compañero a unírsele a la fiesta con el negro diciendo que era un Serafín. También le ponen nombre a los demonios, que se llamarían Balbán y Pantonio, aunque fueron muchos más los que visitaron a la monja), todos ellos disfrazados de hombres galanes que iban a seducirla. También dijeron que estando ella muy enferma y encarcelada, la vieron de repente en el coro del convento arrodillada rezando, y que, corriendo como balas a la celda las compañeras de fatigas, estaba ella allí (y esto sería un engaño del demonio).

Así que, resumiendo, la acusaban de teletransporte, ubicuidad, conveniencia carnal con el demonio, preñamiento del demonio, etc. Lo que venía siendo un menú King Size Premium Total en el tribunal inquisitorial. Al final, poca condena que es el destierro, porque historial tenía aquí la Magda.

Esto es lo que he podido conocer de la historia de Magdalena de la Cruz. Las razones de la denuncia, aunque parezcan obvias, las desconozco. Pero fíjense bien que las historias que se cuentan no distan de las que cuenta Alonso de Espina. Las denuncias parecen siempre realizadas con los manuales de inquisidores presentes. Y aquí mi duda, que os la paso cual pelota a punta de estallar. ¿Es el imaginario colectivo el que hacía ver siempre los mismos hechos? ¿Es la crueldad humana la que inventa historias según decían los teólogos para denunciar al vecino, o al que molesta?

Como dice Angus MacKay en el artículo sobre esta señora: “cuando se descubren casos de mujeres que han hecho un pacto con el diablo y que tienen familiares con quienes se dedican a fornicar, hay que llamar a los inquisidores. No queda más remedio”.

 

 

| “Mujeres Diabólicas”. Angus MacKay y Richard Wood. En Religiosidad Femenina: Expectativas y realidades (SS VIII – XVIII). Colección Laya. Pub por AC AL-MUDAYNA, Instituto de la Mujer y Ministerio de Asuntos Sociales, 1991 (pp. 187-196). ISBN: 84-87090-05-2.

Ejemplos de censura inquisitorial

Se ve que me he animado con el tema de la inquisición a raiz del post anterior en el que recomendaba “El queso y los gusanos” y “El pecado nefando del obispo de Salamina”.

Por lo general, cuando se habla de los índices de libros prohibidos, y de la censura inquisitorial, nos viene a la cabeza una pira llena de papel ardiendo, sin embargo, en muchas ocasiones era algo mucho más sencillo que eso. Pasaban a tapar, de modo muy sencillo, ciertas partes de un libro, y os paso dos fotos:

Retrato censurado de Erasmo de Rotterdam
Retrato de Erasmo de Rotterdam y texto censurado.

Como podeis ver en las imágenes la censura sólo consiste en un borrón sobre el texto, y la modificación de la imagen de un modo muy simple. Ambas imágenes pertenecen a la “Cosmographia” de Sebastian Münster, impresa en Basilea, año de 1550, y que se conservan en la Biblioteca Nacional de Madrid. Las dos son retratos “modificados” de Erasmo, y el texto tachado es de Münster.

Las láminas pertenecen a la obra de Marcel Bataillon “Erasmo y España” , del Fondo de Cultura Económica Sección de Obras de historia Madrid 1991 cuarta reimpresión.  La obra original, “Erasme et l’Espagne” publicada en francés en 1937 y su versión ampliada y corregida en Español se realizan en 1950 y 1966. La obra de Bataillon sigue siendo un referente a la hora de estudiar la influencia del pensamiento erasmista en España. Además, existe otra obra de referencia, del mismo autor, titulada “Erasmo y el erasmismo”, publicada por la editorial Crítica, Biblioteca de Bolsillo, en el año 2000.