Archivo de la categoría: Historia Moderna

El arte y práctica de la diplomacia y la negociación en el mar océano mediante el uso persuasivo de la fuerza A.K.A. La piratería.

El embrollo de los nombres.

Al hablar de piratería encontramos distintos sinónimos asociados a este concepto: piratas, corsarios, filibusteros, bucaneros… Son varios los autores que dedican páginas y más páginas a matizar cada uno de estos nombres; tienen en cuenta su tipo de barco, sus delitos favoritos, la legislación de diversos estados… Muchas consideraciones para sólo poder diferenciar de manera clara entre corsarios y el resto.

Así tenemos -a nivel teórico- que un corsario actúa en tiempos de guerra prestando servicio a un estado y contra un enemigo declarado, mientras que un pirata -y demás ralea- no responde ante ningún estado y los considera rivales a todos. Hay otras consideraciones, por ejemplo el que un corsario, en caso de ser apresado, es tratado como prisionero de guerra, mientras que un pirata es ajusticiado sin más. El primero actúa autorizado mediante una patente, el segundo sólo se obedece a él mismo. El corsario suele provenir de una clase social acomodada, con vínculos con la oligarquía mercantil, mientras que los piratas suelen ser lo mejor de cada casa.

La famosa Isla Tortuga
La famosa Isla Tortuga

La Cofradía de la Hermandad de la Costa.

La piratería, ya desde el Mediterráneo del mundo clásico contra Roma, tiene un sentido ideológico de rebeldía contra la Pax Romana que va más allá del mero furtivismo naval. Los piratas aniquilados en tres grandes campañas por Pompeyo, César,-que llega a ser su prisionero-, y Octavio, no sólo representan una amenaza hacia el comercio, si no también hacia la unidad de poder del Mediterráneo, con un agudo sentido rebelde.

Punto aparte son los casos de la piratería china y musulmana: no sólo no tienen un espíritu rebelde contra el estado, sino que de hecho forman parte de su desarrollo económico y contribuyen a la expansión de su imperialismo.
Durante los siglos XVI a XVIII le toca el turno de recibir las acometidas de los piratas a la Pax Hispánica. El comercio y los asentamientos de la Monarquía Hispánica, además de las actuaciones de Francia, Holanda y Gran Bretaña mediante los corsarios, se ven seriamente amenazados por la Cofradía de la Hermandad de la Costa. Formada por desertores, bandidos, desclasados, herejes, rebeldes, antiguos esclavos, indios y gente de bien -hombres honrados exiliados por las circunstancias-, actúa principalmente en el Caribe, desde su base en la Isla de la Tortuga. Significativamente, y si bien para franceses e ingleses no supone ningún problema y, de hecho se sirven de ellos para abastecerse, los españoles nunca tratarán con ellos y, menos aún, reconocerán esta supuesta soberanía en las islas.

Si bien la Monarquía Hispánica representa una prolongación de la idea medieval del Sacro Imperio y la Civitas Dei, la Hermandad de la Costa representa la contraparte, la rebeldía ante todas las leyes y autoridad.
A lo largo de la Historia siempre hay quienes creen firmemente en lo de «muerto el perro se acabó la rabia»; por supuesto suelen estar equivocados, pero la convicción y el énfasis en esta idea no les permite percibir los daños que pueden desencadenar. La Monarquía Hispánica así lo piensa, cuando en 1638 ataca la Tortuga, donde captura a gran número de piratas y ejecuta a unos trescientos de ellos de manera sumaria. El problema, para los españoles, es que no todos los piratas están ese día en la Tortuga, con lo que al regresar entierran a sus compañeros y juran sobre sus tumbas vengarse de tal acto. Como otras veces, y no suele fallar, la idea de una expedición de represalia y castigo suele dar pie, por parte de las víctimas, a un follón de proporciones épicas. Y, lo peor -o tal vez lo mejor-, es que esta gente tenía en la cabeza cierta ideología.

cartura-de-barbanegra
La Captura de Barbanegra

¿Sabes aquélla frase en V de Vendetta que dice «las ideas son a prueba de balas»? Pues ya puedes imaginarte lo que pasa respecto a este tema: un pequeño grupo de piratas se propone, muy en serio, desafiar abiertamente al Imperio hispánico. Aquí vemos el halo del romanticismo: el pequeño desafiando al grande; el débil atacando al poderoso. Probablemente los españoles no lo toman en mucha consideración, pero franceses e ingleses algo deben ver al aplaudir y frotarse las manos. De nuevo estos chicos malos no son tan malos para según quién: así, por ejemplo, Henry Morgan nunca recibe una patente de corso, pero -al contrario que otros piratas- jamás ataca los intereses británicos. Al final obtiene un perdón real por vía de Su Graciosa Majestad, es ennoblecido y se convierte en gobernador de Jamaica.

Concientes de sus limitaciones los piratas desarrollan diversas tácticas con las que sorprender y vencer a los españoles: sus tipos de barco, su manera de acechar y acercarse, sus engaños, su manera de combatir… Alexander Exquemelin -uno de sus cirujanos- detalla varias de estas técnicas y narra algunos de los más sonados episodios de su éxito, por ejemplo el asalto al galeón Santa Maria, que reporta a cada uno de los veintiocho asaltantes -en cifras actuales- unos 12 millones y medio de euros.

Así cualquiera se hace pirata, podemos pensar. Pero hay un truco: la tasa de supervivencia es extremadamente corta. Edward Teach -el famoso Barbanegra- tiene una carrera de sólo quince meses y, desde luego, no puede contarse siempre con la suerte de asaltar con éxito una nave repleta de grandes riquezas.

La aparición de los diablos del Infierno es desastrosa para los intereses de la Monarquía Hispánica, aunque no tanto por lo que hacen, sino por impedir de manera indirecta lo que debería haber ocurrido. Centrados en combatir a la Hermandad de la Costa, asegurar las rutas, los barcos y los asentamientos, los españoles no tienen más opción que retraerse y defenderse, abandonando de esta manera la expansión hacia sus incipientes colonias a lo largo de norteamérica, cosa que temen franceses e ingleses.

Ataque de Henry Morgan a Maracaibo
Ataque de Henry Morgan a Maracaibo

Outsiders del Caribe.

Por encima de todo a los integrantes de la Hermandad de la Costa les preocupa no perder su condición de hombres libres, la libertad que supone el mar; así la Hermandad se convierte en un ensayo serio de sociedad anarquista.

¿Cuál es su método de organización? ¿Qué debaten? Poco, muy poco nos queda escrito de primera mano sobre la Hermandad. A pesar de contar con individuos ilustrados, lo que nos llega es la tradición oral de esta fraternidad. Su constitución se basa, principalmente, en protegerse de la tiranía y fortalecer la importancia de cada individuo, donde se le garantizan los derechos, la libertad y el equilibrio de cada uno dentro del conjunto. En Tortuga nadie es francés o inglés, católico o protestante; nadie posee nada -ni tierras ni barcos, sólo su parte del botín-; no hay actividades obligadas; no hay castigo a los que abandonen la sociedad y, lo que más, aunque en un primer momento no se admiten mujeres en la isla, se forman parejas -que no matrimonios- dónde la mujer es parte igual, con idénticos derechos, a cualquier hombre. No hay tampoco ninguna rígida estructura de poder: los jefes militares -los capitanes- se eligen por votación y así pueden ser depuestos y sólo de cara al combate; su autoridad es indiscutida pero no deja de ser uno más fuera de las competencias propias de su cargo. El Consejo de Ancianos, formado por veteranos, vela por el mantenimiento del espíritu libertario. La Carta Constitucional, fechada en 1722, es un indiscutible documento democrático con el principio d eun hombre, un voto.

El manejo de la guillotina durante la Revolución Francesa supone el fin del Antiguo Régimen. Previamente a este momento se habían dado episodios que intentaron socavar esta manera de ejercer el poder: el comunismo de los campesinos de la Suabia, el anarquismo de los anabaptistas y los enardecidos seguidores de wiclefitas y hussitas. Todos estos movimientos van acompañados de sangre por las calles, una ideología consistente -consistente al menos para los que la siguen- y la pátina de romanticismo aportada por la literatura y el cine. De entre ellos uno con más años a sus espaldas es la piratería.

Según el antropólogo Víctor Turner existen los espacios liminales: escenas concretas que dividen la vida en fases bien diferenciadas; en esencia son ritos de paso, un escenario que cambia al individuo y que la sociedad reconoce. Para algunos es una iniciación a la vida adulta; para otros significa la pureza.
Existe también el espacio liminoide, una escena que no marca ningún hito vital, pero que engloba a unos individuos en un acto concreto. Y ahí se diluyen las diferencias: no hay hombres ni mujeres, ni ricos y pobres, ni ciudadanos de primera o de segunda; la idea es que caigan las rígidas barreras sociales y jerárquicas.
Para Turner lo liminal es un acto social y lo liminoide una comunidad sin barreras. A veces, lo liminal y lo liminoide coinciden; por ejemplo en los pioneros, los hombres de frontera, los conquistadores. Un grupo de gente distinta entre sí, pero que no tiene en cuenta las diferencias y que se lanza hacia un camino que cambiará sus vidas.
Siguiendo a Turner los espacios liminales y liminoides coinciden en la Cofradía de la Hermandad de la Costa.

Thomas jefferson dijo: «Mientras a este país le quede una frontera, habrá un lugar para los inadaptados y los aventureros de América». Puede que pensara en los piratas y su Hermandad. Aunque puede ser que no, pero les encaje a la perfección.

Espadas del fin del mundo

Hace un par de años (o tres, el tiempo es muy relativo y nunca me acuerdo de estos detalles) me dio por el crowdfunding.
Con mejor o peor fortuna —aunque tampoco ha habido ningún descalabro importante, por suerte—, he ido recibiendo los frutos de mis pequeñas, o grandes, inversiones en forma de vino, libros o cerveza,  casi siempre —porque soy una mujer de gustos sencillos y con poco vivo feliz.

Vaya esto por delante para que sepáis que me embarqué en el proyecto de la novela gráfica de la que os vengo a hablar hace bastante (julio de 2015), sin saber muy bien cómo iba a acabar la cosa y sólo porque me interesó el planteamiento —y no son ellos los que se han puesto en contacto con nosotros para que la reseñásemos, ni nos conocemos de nada. Seguir leyendo Espadas del fin del mundo

Algunos hombres malos. Nicolás Maquiavelo.

 

«-¿Alguna vez te preguntas si eres un hombre malo?  -No. No me lo pregunto, Marty. El mundo necesita hombres malos. Somos los que mantenemos a raya a los otros hombres malos».

Nic Pizzolatto, True Detective

No es una novedad que el término «maquiavélico» aparezca vinculado a cualquier aspecto negativo de la política. Desde que escribe El Príncipe, hace quinientos años, el florentino Nicolás Maquiavelo acarrea una leyenda negra, un halo de perversión y maldad en el que se inspiran distintos líderes políticos -de dudosa moralidad todos ellos-. No hace falta más que ver algunas ediciones del libro, comentadas por personajes como Napoleón y Mussolini, para reafirmarse en la idea. Seguir leyendo Algunos hombres malos. Nicolás Maquiavelo.

Desperta Ferro: El tesoro de la Mercedes

Nos sorprendió de una manera muy grata la revista Desperta Ferro con su minucioso análisis sobre el tesoro de la Mercedes. Una revista amena, visual, con mucha historia y análisis de una etapa de la historia de España poco conocida, pero muy importante de cara a todo lo que terminaría aconteciendo el siglo XIX. La Mercedes era una de las cuatro fragatas que parten hacia América a recaudar los caudales de varios años atrás, se aprovecha el tratado de paz de Amiens para dirigir a la flota y darle una mayor seguridad. Una vez de vuelta, a sólo un día de navegación de Cádiz (su destino final), se encuentra con una flotilla inglesa que hace estallar por los aires a la Mercedes con casi un millón de pesos registrados. La explosión de la Mercedes y la incautación de las otras tres fragatas provocarían la ruptura de la Paz de Amiens y la entrada en guerra de España contra Inglaterra, con la que ya estaba en conflicto Francia. Seguir leyendo Desperta Ferro: El tesoro de la Mercedes

Anabaptismo: del sueño a la pesadilla (y II)

[Este artículo es la continuación de éste, publicado hace unos días. Si no lo leíste es recomendable que lo hagas para terminar de entender qué está pasando aquí. Gracias. De nada. A mandar].

Tras Frankenhausen y entre bastidores

«La represalia de los Príncipes se ha revelado a la altura del desafío que lanzamos. Las cabezas de los campesinos permanecen agachadas sobre los arados: ya no son los que empuñaron las hoces como si fueran espadas» [1].

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Anabaptismo: del sueño a la pesadilla (I)

«Fueron días de tempestad, recorridos por voces cargadas de inconformidad y rabia. Hoces transformadas en espadas, azadas convertidas en lanzas, hombres sencillos que dejaron el arado para trocarse en impávidos guerreros y algún anómimo leñador se puso a la cabeza de las filas de Cristo cómo el capitán más invencible de los ejércitos. Hombres y mujeres que unieron su fe e hicieron de ella una bandera de venganza y que, en nombre de Dios y bajo la doctrina del Anabaptismo, comenzaban a considerarse libres e iguales» [1]. Seguir leyendo Anabaptismo: del sueño a la pesadilla (I)

A la conquista de Lisboa

Mañana se juega en Lisboa la final de la Liga de Campeones (Champions League para quienes nos lean desde Wichita) que enfrentará, por vez primera, a dos equipos de la misma ciudad: Real Madrid contra Atlético de Madrid. Este hecho, ya de por sí histórico, justificaría que hablásemos de fútbol en Aquí fue Troya, pero hemos querido ir más allá y dar unos consejitos a las decenas de miles de aficionados que se desplacen a la capital portuguesa. No hablamos de qué ver, qué comer o qué comprar. Hablamos de cómo conquistar Lisboa.

Panorámica de Lisboa desde el elevador de Santa Justa.
Lisboa desde el elevador de Santa Justa (foto del autor y click para ampliar, que mola).

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Cuando las vacas salvaron a la Humanidad

Vaya por delante, si me perdonan la expresión, que a mí las vacas me caen de puta madre. Me es imposible ser objetivo con tan adorables rumiantes. Gracias a ellas obtenemos chuletones, leche, cachopos, bostas para abonar nuestros campos, quesos, mantequilla, cuero, entrecots, cecina, yogures y hasta pergaminos. Incluso, con suerte, puedes disfrutar de leche merengada si tu vaca lechera no es una vaca cualquiera. ¡Pardiez, pero si hasta hay vacas con club de fans propio!

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Bajos Fondos Sevillanos I. De picaros y gente de vida apretada

La Sevilla Barroca

“Quien no ha visto Sevilla, no ha visto maravilla”…Así rezaba un dicho durante la Edad Moderna, lo que nos puede ayudar a hacernos una idea de lo que era la Sevilla de la época, la que Cervantes apeló “¡Roma triunfante en ánimo y nobleza!”…La nueva Roma, así se le consideraba y es que Sevilla fue el centro del comercio con el nuevo continente, a su puerto arribaban galeones con sus tripas atiborradas de oro y plata indiano, Sevilla era el puerto más importante del Imperio, la puerta de entrada y salida de occidente, el punto que concentro todas las relaciones con las Indias occidentales.

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Muret, 1213

Cada 11 de septiembre se celebra la Diada en Cataluña en recuerdo del asalto final a Barcelona que en 1714 puso fin a la Guerra de Sucesión española. Sin embargo, cada 12 de septiembre, cuando políticos y medios escrutan los actos del día anterior, hay medievalistas que aprietan sus puñitos y se van al rincón de llorar al ver cómo repetida y obstinadamente se ignora una efeméride que, como el tan cacareado 11 de septiembre de 1714, cambió el curso de la Historia.

Me refiero a una batalla que ni vende ni acarrea connotaciones políticas, ergo no hay demasiado interés en recordarla y, menos aún, remarcarla como una fecha clave e identitaria. Me refiero a la batalla de Muret. Ya. Que no os suena mucho. Normal.

Si no queréis perder tiempo, leed sólo este párrafo por si os toca la pregunta en el quesito amarillo del Trivial: el 12 (o el 13, según otras fuentes) de septiembre de 1213 las tropas francesas y cruzadas derrotaron en el sur de Francia al ejército del rey Pedro II de Aragón y amigos, a raíz de lo cual murió el monarca y la Corona de Aragón vio interrumpida su vocación transpirenaica.

Ahora, si tenéis unos minutillos y gustáis, os cuento la versión larga. Con su contexto, su dramatis personae y sus rumbosas consecuencias en el resto de la Edad Media.


Lo que pasó antes de Muret:

Para entender lo ocurrido en Muret hay que explicar, antes de nada, qué pintaba Pedro II por esos andurriales. Y además hay que hacerlo de forma concisa y amena o si no me esperaréis a la salida de Internet dispuestos a partirme la cara. Con razón.

Pedro II de Aragón, el Hipster (fuente: Wikipedia).
Pedro II de Aragón, el Hipster (fuente: Wikipedia).

Como cualquier otro rey que se precie de serlo, Pedro II tenía un padre, Alfonso II, quien falleció en 1196 legándole la corona aragonesa. La herencia recibida, en este caso, implicaba asumir los intereses en el sur de Francia de los condados catalanes (recordemos que Pedro II era nieto de Petronila y Ramón Berenguer IV, la pizpireta pareja que tan gratos momentos nos deparó en este artículo y sus no menos jacarandosos comentarios). Así pues, como nietísimo de Ramón Berenguer IV e hijísimo de Alfonso II, Pedro II acumulaba poder a ambos lados de los Pirineos: además del Rosellón, la Cerdaña y la Provenza, obtuvo el condado de Montpellier -gracias a su matrimonio con María de Montpellier- y el vasallaje sobre varios señoríos occitanos.

Esos señoríos occitanos estaban en manos de los amigos anteriormente citados. Para no liarnos demasiado, hay dos Raimundos y un Bernardo: Raimundo VI, conde de Tolosa (la actual Toulouse, no la Tolosa de Xabi Alonso) y cuñado de Pedro II; Raimundo Roger, conde de Foix; y Bernardo IV, conde de Cominges. Todos estos condados se ubicaban en torno al núcleo duro de (peligro, puede contener trazas de Dan Brown) la herejía de los cátaros.

En este momento no es plan -“¡no, no lo es!, ¡ahórratelo!”, claman las masas- escribir un tractatus sobre el catarismo. Me limitaré a enlazar el artículo de la Wikipedia y dejar dos reflexiones: a) no hay guerras por religión, sino guerras con religión, y b) que tanto va el cátaro a la fuente que al final se acaba rompiendo Occitania.

Occitania en 1213 (fuente: Wikipedia).
Occitania en 1213 (fuente: Wikipedia).

Lo de guerras con religión no es nuevo. La religión es una excusa como cualquier otra para lograr poder, dinero, fama o acostarse con quien te haga tilín. En la Francia de los siglos XII y XIII el catarismo era el último grito en herejías y a Felipe II le pareció una razón fantástica para fortalecer aún más su posición frente a la aristocracia del reino y monarquías vecinas, a quienes jamás dudó en atacar para ampliar sus territorios. Al proclamar en 1209 el llamamiento a la cruzada (PLS RTcontra los cátaros, el papa Inocencio III le hizo un favor impagable a Felipe II al darle en bandeja el casus belli.

No obstante, y para velar por la pureza ideológica, el Vaticano envió al inquisidor Arnaldo Amalric, famoso por el conciliador “matadlos a todos: Dios reconocerá a los suyos” que legó para la posteridad tras arrasar los cruzados la ciudad cátara de Béziers. De las cuestiones militares de la cruzada se encargaba el noble Simón de Montfort, tan buen estratega como bestia sanguinaria. El típico salvaje al que nunca entregarías a tu hijo de tres años salvo si eres Pedro II de Aragón y ese hijo es el futuro Jaime I.

Un último inciso con líos de cama. Pedro II no le daba a su esposa María ni con un palo, de ahí que el cronista Bernard Desclot narrara cómo ella se hizo pasar por una amante del rey para engendrar al heredero. El sainete le hizo tan poca gracia a Pedro II que, en cuanto pudo, se quitó al niño de en medio enviándolo a Carcasona bajo la tutela de Simón de Montfort. El mismo Simón de Montfort que se plantó en Muret con ganas de moler a palos a Pedro II. Lo normal.


La batalla de Muret:

Felipe II no puso un pie en Muret. Ni falta que hacía: para eso ya estaban los cruzados. Éstos ocupaban dicha ciudad cuando, a finales de agosto de 1213, el bando occitano le puso cerco tras fracasar los intentos pacificadores de Pedro II de Aragón; de hecho, el monarca había pactado con Simón de Montfort la boda de los hijos de ambos, Jaime y Amicia, en aras de sosegar los ánimos y apuntalar los dominios aragoneses más allá de los Pirineos.

Sin embargo, era bastante previsible que Felipe II y el Vaticano no dejarían que fuese Simón de Montfort el único que sacase tajada. Para evitar sustos ante semejante coalición, los nobles occitanos se fueron sometiendo a Pedro II, en buena parte gracias a su prestigio como reciente vencedor en la batalla de Las Navas de Tolosa (1212). Tras varios días de asedio, Pedro II llegó a Muret dispuesto a derrotar a los cruzados de Montfort a campo abierto. Su cuñado Raimundo VI de Tolosa, más cauto, optaba por mantener el cerco hasta rendir la ciudad, táctica que despreció Pedro II. Ya saben, señores: el gen peninsular nos obliga a desconfiar de todo lo que aconseje un cuñao.

Por su parte, Simón de Montfort era consciente de su debilidad. Frente a los miles de soldados del ejército rival (entre quince y veinte mil hombres, dependiendo de las fuentes), los cruzados apenas contaban con mil quinientos efectivos para los que sería casi imposible resistir un asedio de manera prolongada. El único recurso cruzado era, precisamente, romper el asedio por sorpresa y jugárselo todo en una batalla campal.

Batalla de Muret (fuente: Wikipedia).
Batalla de Muret (fuente: Wikipedia).

El arma principal de los cruzados era su caballería pesada. De madrugada, Simón de Montfort salió de Muret con sus novecientos jinetes, vadeó el río Louge y cargó contra aragoneses y occitanos, tan desprevenidos que no lograron frenar los arreones de los cruzados. Éstos, además, sabían que la victoria no dependía de prolongar durante horas las cabalgadas contra un ejército mucho mayor, sino de dar un golpe de efecto irreversible. Es decir, o matar a Pedro II o sembrar el pánico con la discografía de Juan Magán.

Dado que el electro latino aún no se había pergeñado (laus Deo), la opción más factible era acabar con el rey aragonés, quien -todo sea dicho- era tan osado como imprudente. De creer al trovador Guillermo de Tudela, en su Cançó de la Croada, Pedro II intercambió la armadura con otro caballero y, al ser éste abatido por los cruzados, el monarca les sacó del error al grito de “yo soy el rey”. Tres hurras por Pedro II, maestro del incógnito.


Lo que pasó después de Muret:

La muerte de Pedro II supuso la desbandada de aragoneses y occitanos, lo cual hizo aún más sencilla la victoria total cruzada y reorganizó el mapa político de la zona. La principal consecuencia fue que la Corona de Aragón, además de perder a su rey, hubo de renunciar a casi todas sus tierras ultrapirenaicas y aspiraciones sobre el Mediodía francés. Del antaño territorio natural de expansión (dentro de lo poco natural que resulta toda expansión política, huelga aclarar) sólo permanecieron en la corona aragonesa los condados de Montepellier, Rosellón y Cerdaña.

Simón de Montfort, el amigo de los niños (fuente: Wikipedia).
Simón de Montfort, el amigo de los niños (fuente: Wikipedia).

Al margen de Felipe II, quien vio aumentado su poder en detrimento de Aragón, el gran beneficiado por Muret fue Simón de Montfort. Éste añadió a sus títulos el condado de Tolosa y prosiguió su campaña militar por Occitania con un as en la manga: la custodia de Jaime I, convertido en nuevo rey de la corona aragonesa. No lo liberó hasta 1214, cuando la presión del Vaticano -“oye, Simón, que te encargamos una Cruzada, no una guardería”- al fin surtió efecto.

Devuelto Jaime I a este lado de los Pirineos se produjo la transformación definitiva de la política exterior de la Corona de Aragón. Al igual que otros monarcas coetáneos (Fernando III o el mismo Felipe II de Francia), Jaime I dedicó sus primeros años a imponerse sobre la nobleza antes de embarcarse en una fase de conquistas que incorporó a sus dominios los reinos musulmanes de Mallorca y Valencia. Puesto que a la corona aragonesa poco le quedaba por rascar en la Península Ibérica (el propio Jaime I rubricó en 1244 el Tratado de Almizra), todo acrecentamiento del reino pasaba por lanzarse al Mediterráneo. El primero en dedicarse a tales menesteres fue Pedro III, hijo de Jaime I, que en 1282 se coronó rey de Sicilia en la genialidad táctica que tan bien narró mi idolatrado Steven Runciman.

¿Y los cátaros? Ah. Los cátaros. Bueno, digamos que el frenesí cruzado aminoró tras Muret y hasta 1244, ya en tiempos de Luis IX, no se dio por finiquitada la cruzada albigense. Causalmente -digo “causalmente” y no “casualmente” porque nada es casual en este asunto- la cruzada solía reactivarse en aquellos momentos en los que los monarcas franceses deseaban ampliar sus posesiones y acabar con la resistencia de sus opositores en Occitania: a fin de cuentas, los cátaros nunca dejaron de ser una mera excusa para que la corona francesa y los señores feudales occitanos dirimieran sus diferencias mediante la diplomacia del mandoble.