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Bajos Fondos Sevillanos I. De picaros y gente de vida apretada

La Sevilla Barroca

“Quien no ha visto Sevilla, no ha visto maravilla”…Así rezaba un dicho durante la Edad Moderna, lo que nos puede ayudar a hacernos una idea de lo que era la Sevilla de la época, la que Cervantes apeló “¡Roma triunfante en ánimo y nobleza!”…La nueva Roma, así se le consideraba y es que Sevilla fue el centro del comercio con el nuevo continente, a su puerto arribaban galeones con sus tripas atiborradas de oro y plata indiano, Sevilla era el puerto más importante del Imperio, la puerta de entrada y salida de occidente, el punto que concentro todas las relaciones con las Indias occidentales.

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Muret, 1213

Cada 11 de septiembre se celebra la Diada en Cataluña en recuerdo del asalto final a Barcelona que en 1714 puso fin a la Guerra de Sucesión española. Sin embargo, cada 12 de septiembre, cuando políticos y medios escrutan los actos del día anterior, hay medievalistas que aprietan sus puñitos y se van al rincón de llorar al ver cómo repetida y obstinadamente se ignora una efeméride que, como el tan cacareado 11 de septiembre de 1714, cambio el curso de la Historia.

Me refiero a una batalla que ni vende ni acarrea connotaciones políticas, ergo no hay demasiado interés en recordarla y, menos aún, remarcarla como una fecha clave e identitaria. Me refiero a la batalla de Muret. Ya. Que no os suena mucho. Normal.

Si no queréis perder tiempo, leed sólo este párrafo por si os toca la pregunta en el quesito amarillo del Trivial: el 12 (o el 13, según otras fuentes) de septiembre de 1213 las tropas francesas y cruzadas derrotaron en el sur de Francia al ejército del rey Pedro II de Aragón y amigos, a raíz de lo cual murió el monarca y la Corona de Aragón vio interrumpida su vocación transpirenaica.

Ahora, si tenéis unos minutillos y gustáis, os cuento la versión larga. Con su contexto, su dramatis personae y sus rumbosas consecuencias en el resto de la Edad Media.


Lo que pasó antes de Muret:

Para entender lo ocurrido en Muret hay que explicar, antes de nada, qué pintaba Pedro II por esos andurriales. Y además hay que hacerlo de forma concisa y amena o si no me esperaréis a la salida de Internet dispuestos a partirme la cara. Con razón.

Pedro II de Aragón, el Hipster (fuente: Wikipedia).

Pedro II de Aragón, el Hipster (fuente: Wikipedia).

Como cualquier otro rey que se precie de serlo, Pedro II tenía un padre, Alfonso II, quien falleció en 1196 legándole la corona aragonesa. La herencia recibida, en este caso, implicaba asumir los intereses en el sur de Francia de los condados catalanes (recordemos que Pedro II era nieto de Petronila y Ramón Berenguer IV, la pizpireta pareja que tan gratos momentos nos deparó en este artículo y sus no menos jacarandosos comentarios). Así pues, como nietísimo de Ramón Berenguer IV e hijísimo de Alfonso II, Pedro II acumulaba poder a ambos lados de los Pirineos: además del Rosellón, la Cerdaña y la Provenza, obtuvo el condado de Montpellier -gracias a su matrimonio con María de Montpellier- y el vasallaje sobre varios señoríos occitanos.

Esos señoríos occitanos estaban en manos de los amigos anteriormente citados. Para no liarnos demasiado, hay dos Raimundos y un Bernardo: Raimundo VI, conde de Tolosa (la actual Toulouse, no la Tolosa de Xabi Alonso) y cuñado de Pedro II; Raimundo Roger, conde de Foix; y Bernardo IV, conde de Cominges. Todos estos condados se ubicaban en torno al núcleo duro de (peligro, puede contener trazas de Dan Brown) la herejía de los cátaros.

En este momento no es plan -”¡no, no lo es!, ¡ahórratelo!”, claman las masas- escribir un tractatus sobre el catarismo. Me limitaré a enlazar el artículo de la Wikipedia y dejar dos reflexiones: a) no hay guerras por religión, sino guerras con religión, y b) que tanto va el cátaro a la fuente que al final se acaba rompiendo Occitania.

Occitania en 1213 (fuente: Wikipedia).

Occitania en 1213 (fuente: Wikipedia).

Lo de guerras con religión no es nuevo. La religión es una excusa como cualquier otra para lograr poder, dinero, fama o acostarse con quien te haga tilín. En la Francia de los siglos XII y XIII el catarismo era el último grito en herejías y a Felipe II le pareció una razón fantástica para fortalecer aún más su posición frente a la aristocracia del reino y monarquías vecinas, a quienes jamás dudó en atacar para ampliar sus territorios. Al proclamar en 1209 el llamamiento a la cruzada (PLS RTcontra los cátaros, el papa Inocencio III le hizo un favor impagable a Felipe II al darle en bandeja el casus belli.

No obstante, y para velar por la pureza ideológica, el Vaticano envió al inquisidor Arnaldo Amalric, famoso por el conciliador “matadlos a todos: Dios reconocerá a los suyos” que legó para la posteridad tras arrasar los cruzados la ciudad cátara de Béziers. De las cuestiones militares de la cruzada se encargaba el noble Simón de Montfort, tan buen estratega como bestia sanguinaria. El típico salvaje al que nunca entregarías a tu hijo de tres años salvo si eres Pedro II de Aragón y ese hijo es el futuro Jaime I.

Un último inciso con líos de cama. Pedro II no le daba a su esposa María ni con un palo, de ahí que el cronista Bernard Desclot narrara cómo ella se hizo pasar por una amante del rey para engendrar al heredero. El sainete le hizo tan poca gracia a Pedro II que, en cuanto pudo, se quitó al niño de en medio enviándolo a Carcasona bajo la tutela de Simón de Montfort. El mismo Simón de Montfort que se plantó en Muret con ganas de moler a palos a Pedro II. Lo normal.


La batalla de Muret:

Felipe II no puso un pie en Muret. Ni falta que hacía: para eso ya estaban los cruzados. Éstos ocupaban dicha ciudad cuando, a finales de agosto de 1213, el bando occitano le puso cerco tras fracasar los intentos pacificadores de Pedro II de Aragón; de hecho, el monarca había pactado con Simón de Montfort la boda de los hijos de ambos, Jaime y Amicia, en aras de sosegar los ánimos y apuntalar los dominios aragoneses más allá de los Pirineos.

Sin embargo, era bastante previsible que Felipe II y el Vaticano no dejarían que fuese Simón de Montfort el único que sacase tajada. Para evitar sustos ante semejante coalición, los nobles occitanos se fueron sometiendo a Pedro II, en buena parte gracias a su prestigio como reciente vencedor en la batalla de Las Navas de Tolosa (1212). Tras varios días de asedio, Pedro II llegó a Muret dispuesto a derrotar a los cruzados de Montfort a campo abierto. Su cuñado Raimundo VI de Tolosa, más cauto, optaba por mantener el cerco hasta rendir la ciudad, táctica que despreció Pedro II. Ya saben, señores: el gen peninsular nos obliga a desconfiar de todo lo que aconseje un cuñao.

Por su parte, Simón de Montfort era consciente de su debilidad. Frente a los miles de soldados del ejército rival (entre quince y veinte mil hombres, dependiendo de las fuentes), los cruzados apenas contaban con mil quinientos efectivos para los que sería casi imposible resistir un asedio de manera prolongada. El único recurso cruzado era, precisamente, romper el asedio por sorpresa y jugárselo todo en una batalla campal.

Batalla de Muret (fuente: Wikipedia).

Batalla de Muret (fuente: Wikipedia).

El arma principal de los cruzados era su caballería pesada. De madrugada, Simón de Montfort salió de Muret con sus novecientos jinetes, vadeó el río Louge y cargó contra aragoneses y occitanos, tan desprevenidos que no lograron frenar los arreones de los cruzados. Éstos, además, sabían que la victoria no dependía de prolongar durante horas las cabalgadas contra un ejército mucho mayor, sino de dar un golpe de efecto irreversible. Es decir, o matar a Pedro II o sembrar el pánico con la discografía de Juan Magán.

Dado que el electro latino aún no se había pergeñado (laus Deo), la opción más factible era acabar con el rey aragonés, quien -todo sea dicho- era tan osado como imprudente. De creer al trovador Guillermo de Tudela, en su Cançó de la Croada, Pedro II intercambió la armadura con otro caballero y, al ser éste abatido por los cruzados, el monarca les sacó del error al grito de “yo soy el rey”. Tres hurras por Pedro II, maestro del incógnito.


Lo que pasó después de Muret:

La muerte de Pedro II supuso la desbandada de aragoneses y occitanos, lo cual hizo aún más sencilla la victoria total cruzada y reorganizó el mapa político de la zona. La principal consecuencia fue que la Corona de Aragón, además de perder a su rey, hubo de renunciar a casi todas sus tierras ultrapirenaicas y aspiraciones sobre el Mediodía francés. Del antaño territorio natural de expansión (dentro de lo poco natural que resulta toda expansión política, huelga aclarar) sólo permanecieron en la corona aragonesa los condados de Montepellier, Rosellón y Cerdaña.

Simón de Montfort, el amigo de los niños (fuente: Wikipedia).

Simón de Montfort, el amigo de los niños (fuente: Wikipedia).

Al margen de Felipe II, quien vio aumentado su poder en detrimento de Aragón, el gran beneficiado por Muret fue Simón de Montfort. Éste añadió a sus títulos el condado de Tolosa y prosiguió su campaña militar por Occitania con un as en la manga: la custodia de Jaime I, convertido en nuevo rey de la corona aragonesa. No lo liberó hasta 1214, cuando la presión del Vaticano -”oye, Simón, que te encargamos una Cruzada, no una guardería”- al fin surtió efecto.

Devuelto Jaime I a este lado de los Pirineos se produjo la transformación definitiva de la política exterior de la Corona de Aragón. Al igual que otros monarcas coetáneos (Fernando III o el mismo Felipe II de Francia), Jaime I dedicó sus primeros años a imponerse sobre la nobleza antes de embarcarse en una fase de conquistas que incorporó a sus dominios los reinos musulmanes de Mallorca y Valencia. Puesto que a la corona aragonesa poco le quedaba por rascar en la Península Ibérica (el propio Jaime I rubricó en 1244 el Tratado de Almizra), todo acrecentamiento del reino pasaba por lanzarse al Mediterráneo. El primero en dedicarse a tales menesteres fue Pedro III, hijo de Jaime I, que en 1282 se coronó rey de Sicilia en la genialidad táctica que tan bien narró mi idolatrado Steven Runciman.

¿Y los cátaros? Ah. Los cátaros. Bueno, digamos que el frenesí cruzado aminoró tras Muret y hasta 1244, ya en tiempos de Luis IX, no se dio por finiquitada la cruzada albigense. Causalmente -digo “causalmente” y no “casualmente” porque nada es casual en este asunto- la cruzada solía reactivarse en aquellos momentos en los que los monarcas franceses deseaban ampliar sus posesiones y acabar con la resistencia de sus opositores en Occitania: a fin de cuentas, los cátaros nunca dejaron de ser una mera excusa para que la corona francesa y los señores feudales occitanos dirimieran sus diferencias mediante la diplomacia del mandoble.

Las minas de mercurio de Almadén

Las minas de mercurio de Almadén (Ciudad Real), fueron las minas de mercurio más importante de la Historia Moderna. Se utilizaban para la técnica del Amalgama que era una fórmula más barata para poder aprovechar la plata de manera más pura. El descubrimiento de las minas de Potosí, hizo que Almadén y Sevilla tuvieran un enlace directo para transportar el mercurio a América y poder traer la plata pura y de calidad.

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Evolución histórica desde la Edad Antigua hasta principios de la Edad Moderna

La primera referencia histórica de las Minas de Almadén la realiza Plinio en su libro Historia Natural, en el siglo I d.C. Pero, las minas, son utilizadas desde la época prehistórica. En un principio el principal uso de las minas de Almadén era para él bermellón, un pigmento rojizo que hacía de tinte. Este tinte rojizo era muy cotizado tanto que había condenas a muerte por la utilización del bermellón para la escritura. Según el propio Plinio, el Azogue (mercurio) irá empleándose en técnicas para la separación del oro, ya que era el único metal que no flotaba en el mercurio. Sirve también para eliminar las impurezas y para recubrir piezas en oro, es decir, darle un baño de oro. El propio Plinio y Estrabón nombran las minas de Almadén como de las mejores del mundo.

En la Edad Media, los árabes explotaban la mina de Almadén extrayendo mercurio y cinabrio y enviándolo a todos los países del mundo. Para la extracción del mercurio cada uno tenía una función concreta dentro del proceso de extracción: transporte, fundición, combustión, arranque del mineral, etc. Pero es a partir de la conquista castellana cuando las minas cambian de manos pasando a la orden de Calatrava. Son otorgadas en 1158 cuando defendió la conquista del sur de Toledo y el rey, como agradecimiento, le otorgó las minas de Almadén. Estas minas seguirán perteneciendo a Calatrava hasta la Edad Moderna, aunque en muchas ocasiones compartirían a medios los beneficios de la mina entre la orden y la corona. En el siglo XIV hubo un arrendamiento a unos particulares catalanes que tuvieron que querellarse contra habitantes de Almadén por el mal trato llevado contra los mineros, finalmente este arrendamiento no duró más de dos años y las minas volvieron a manos de la orden de Calatrava. También hubo arrendamientos a genoveses afincados en Sevilla en numerosas ocasiones durante los siglos XIV y XV. Por último, los Reyes Católicos firmaron un acuerdo con Alonso Gutiérrez para el beneficio de un asiente en las minas durante cuatro años.

Las minas de Almadén en el siglo XVI y XVII

Las minas sufrieron un cambio nada más empezar el siglo XVI. Los Reyes Católicos otorgaron a Luis Xuárez la gobernación de las minas, a partir de este momento vemos un aumento de la producción global de las minas de azogue. Pero la administración de la mina volverá pronto a los arriendos, habrá arrendatarios menores como Pedro Díaz de la Caballería, Gaspar Rótulo o Bartolomé Belser. Pero también quedará los dos arriendos de Antonio Fugger, primero entre 1512 y 1524 y otro entre los años 1537 y 1541. El arriendo se produjo ante las numerosas deudas que tenía con éste Carlos V. Fue la primera vez que la una familia extrajera entró dentro de las minas de Almadén.

Antonio Fugger realizó numerosas obras en la mina para la protección de ésta, para facilitar la extracción de azogue, la iluminación con candiles…todo esto hizo aumentar los beneficios de las minas de Almadén y, además, enfrentarse en pleitos con la orden de Calatrava. Los Fugger fueron los principales prestamistas de Carlos V y uno de los impulsores para el nombramiento de éste como emperador. El impulso que le dieron a las minas en la administración fue tan espectacular que llegaron a tener repercusión en el siglo XX.

En 1550 hubo un incendio que perduró hasta 1557, las consecuencias fueron graves para el transporte de azogue en América y tuvo repercusión directa con la obtención de la plata americana, lo que volvió a provocar numerosos pleitos con la corona. Otras concesiones se realizaron tras este pleito, Domingo de Izárraga o Ambrosio Rotulo son elegidos gobernadores de las minas. La mina no ha estado nunca sin inspeccionar, así en 1557 Francisco de Mendoza visitó la mina para inspeccionarla, encontró varias obras y varias mejoras desde la última inspección, pero también hay que tener en cuenta que pasaron muy pocos meses desde que se consiguió extinguir el incendio de las minas de Almadén. De ahí tantas obras y tantas mejoras. Rotulo intensificó la reedificación de la mina y la producción de azogue.

Los Fugger tuvieron nuevamente asiento en varias etapas: a) 1563-1572, b) 1573-1582, c) 1583-1594, d) 1594-1604, e) 1605-1614, f) 1615-1624, g) 1625-1635, h) 1636-1645. En todo periodo de tiempo los Fugger tuvieron mejoras y crisis tanto de mercurio, como de mineros. Pero tuvo ideas muy interesantes e innovadoras como la creación del hospital, rotación de montes, sistema de excavación, desagüe, etc., creación de hornos, otorgó privilegios a mineros, ordenó una repoblación en Almadén tras la huida de muchos vecinos por la crueldad de algunos capataces, fortificación de la mina o creación de la cofradía de San Miguel. En el siglo XVII, los Fugger están en crisis económica y sus negocios están en crédito exorbitante contra la Real Hacienda, además se produjo un nuevo incendio que sirvió para mejorar la mina.

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Tras el control de minas de los Fugger hasta la primera mitad del siglo XVII, el consejo de Hacienda se hace con el control de las minas de Almadén. En su lugar colocan a superintendentes, como Bustamante que le da nombre a uno de los hornos que han estado funcionando hasta hace relativamente poco tiempo. Se van sucediendo numerosos hombres al cargo de las minas como Juan de Zubiaurre, Juan de Salazar Otañez, Juan Manuel Otañez, Fernando Caniego de Guzmán, Antonio de Torices, Bernardino Tirado y Leiva, Baltasar de Montoya, Antonio Muñoz de Castilblanque, Pedro de Ayala y Rojas y Miguel de Unda y Garibay. Todos estos fueron superintendentes entre los años 1641 y 1709. Teniendo grandes problemas económicos que fueron solventados a partir de esta mitad del siglo XVII, donde, gracias al control de la hacienda castellana les fue otorgado parte del servicio de millones para poder salir de las deudas económicas que tenían las minas, donde por ejemplo en el año 1648 se debían a los trabajadores 21.327.231 maravedíes, deudas acumuladas desde hacía dos años. Por último, en 1708, la deuda ascendía hasta los 27 millones de maravedíes.

Las minas de Almadén en el siglo XVIII

El 15 de octubre de 1708 se creó la Junta de Azogue, bajo jurisdicción del Consejo de Indias. Formada por diferentes ministros de este mismo consejo, sus funciones eran entender y conocer todo lo relativo y perteneciente a aquellas minas y fábricas con jurisdicciones de Consejos y Tribunales. El primer objetivo de la Junta de Azogue tras un informe de Miguel de Unda, fue que se produjeran perpetuamente cada año 12.000 quintales de azogue, a diez pesos de escudos de plata cada quintal. Para ello se necesitaba diferentes productos como trigo o cebada para el pan de los forzados y otras medidas como intentar reaprovechar los medios para conducir a Sevilla el transporte de azogue.

Hasta finales del siglo XVIII las minas contaban con cinco pisos en la mina del Pozo y la mina del Castillo. El método de explotación era profundizar en vertical, se perdía fácilmente la veta y de ahí que fuera preciso abrir otro pozo para hallarla. Así se perdía mucho tiempo y trabajo, además de privar aire de la parte más profunda. El objetivo de excavar una caña o galería era localizar alguna muestra de metal, si había una muestra se iniciaba un torno o pozo para buscar una piedra útil para la fundición. Los tornos se utilizaban para desagües.

El 7 de enero de 1755 se produce un incendio. Este incendio fue extinguido totalmente el 23 de julio de 1757. Esto no quería decir que no hubiese trabajo durante la mina, pero sí provocó gran descenso en la producción del mineral de azogue. El humo hacía que fuera imposible la continuidad en muchas de las zonas para trabajar. Pero las innovaciones tecnológicas continuaban en las minas. En los cuadros de abajo (parte final del trabajo) tenemos información sobre las herramientas utilizadas en las minas.

Bartolomé Medina y la amalgama en América

Hay un documento fechado en 1554 donde se aclara que Bartolomé de Medina fue el introductor del procedimiento de beneficiar el mineral  de plata por amalgama con el mercurio. Este documento es una carta firmada por Juan Velázquez de Salazar, don Fernando de Portugal y Antonio Rivero Espinosa. Aunque Bartolomé Medina no fue el descubridor de esta técnica, sino que fue un alemán –probablemente relacionado con la familia Fugger− quien lo introdujo en Nueva España. Pero lo que no sabemos es donde se llevó a cabo por primera vez, si fue en Alemania o en España.

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Hay que tener en cuenta que, en los años que estamos hablando, está la mina de Almadén en llamas, por esta razón, además de ser los primeros años de reinado de Felipe II, no se vio la gran productividad que, sin embargo, pocos años mas tarde de la extinción del incendio, sí que se pudo comprobar los beneficiosos efecto de la técnica nueva empleada en América. A partir de 1557, los gobernadores escriben al rey ante la necesidad del envío de azogue para sacar la plata, ya que beneficiará en cantidad de plata a sacar y en coste.

De esta forma comenzó un nuevo comercio con el azogue enviado desde las minas de Almadén. Pero este comercio no se llegó a dilatar en exceso por el descubrimiento de las minas de azogue de Tamaxaltepec, en México. La corona, en esos momentos envió una Real Cédula prohibiendo el envío de azogue hacia las Indias. Esta decisión fue protestada desde los distritos mineros por la calidad del azogue que llegaba desde Almadén que perjudicaba en los beneficios. Finalmente, la corona aceptó el envío de azogue hacia las Indias bajo la venta de una licencia para importar azogue y poderlo expedir por Indias. Es decir, la corona de un primer momento, su objetivo era intentar sacar beneficios de este nuevo comercio de azogue que estaba comenzando y que era una realidad por los numerosos beneficios que se estaba obteniendo.

Relación de Almadén con América

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Almadén y Sevilla han tenido, durante toda la Edad Moderna, una gran relación comercial. El azogue era enviado desde las minas de Almadén hasta Sevilla, donde desde allí se enviaba a América para que, con la técnica de la amalgama, se pudiese sacar la plata. Aún hoy en Almadén se tiene una visión de Sevilla como núcleo comercial importante para el propio pueblo.

El transporte desde Almadén hacia Sevilla se realizaba por diferentes trayectos. Se realizaba a través de bolsas de cueros que se cerraban y eran transportados en carretillas. También había un cajón que se podía meter tres barriles, pero que resultaba ser demasiado pesado. Pero lo común a pesar de todo eran envíos en baldreses, aunque se producían derrames importantes.

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En cuanto a los fletes y averías, se realizaban en barcos que llevaban el azogue junto con otros productos de la tierra y manufacturas, muy escasas en América. La relación del envío de mercurio con la llegada de remesas de plata procedentes de las Indias es lineal. La plata se obtenía del azogue y, cuando escaseaba el azogue, seguidamente desde el Perú se enviaban peticiones o quejas con respecto a este tema.

El trabajo de los forzados

Gran parte del trabajo de los forzados en las minas de Almadén las conocemos por el informe que realizó el inspector Mateo Alemán a finales del siglo XVI. El trabajo que realizaron los reos o forzados que estaban en la cárcel de Almadén eran los más duros y sólo les correspondían vestimentas y alimentos para satisfacer las necesidades básicas. El historiador Bleiberg realizó un estudio sobre la situación de los forzados a partir del informe secreto que realizó Mateo Alemán.

Mateo Alemán nació el 28 de septiembre de 1547 en Sevilla, probablemente murió en Nueva España pero no se sabe muy bien en qué fecha, pero en 1615 aún estaba vivo en Nueva España, fueron las últimas noticias que hay de este personaje. Alemán fue empleado del consejo de Hacienda y, gracias a esto, pudo embarcar hacia las Indias. Según tres legajos del Archivo Histórico Nacional de Madrid, Mateo Alemán realizó una inspección en las minas de Almadén en 1593. Es comisionado para la inspección del Consejo de Órdenes.

El informe que se realiza de los forzados se realiza al mismo tiempo que los galeotes sirvan como reos. Los galeotes son los rufianes, ladrones, criminales de sangre (moriscos del Albaicín o gitanos), bandoleros o esclavos. Los Fugger, dueños en ese momento de las minas, eran contrarios a la inspección de éstas. Alemán estuvo acompañado por el escribano Juan de Cea y el 7 de febrero de 1543 comienza la investigación.

En un primer momento se dice que hay 13 forzados y un loco, ya que, debido a las condiciones a las que eran expuesto los forzados, perdían el juicio. Mateo Alemán fue interrogando uno por uno a todos los galeotes y así constituyó el informe secreto. Los forzados realizaban los trabajos más duros, los trabajos de desagüe: llenar zacas en las calderas, girar tornos para subir agua de los pozos…que hacía que hombre robustos y jóvenes morían en un plazo de dos años con llagas, convulsiones, etcétera, precipitando también el suicidio. El hospital era para daños muy graves y el mismo día que el enfermo sanaba se dirigía directamente a la mina para seguir con los trabajos forzados. Los esclavos eran comprados incluso desde Sevilla, pero también había delincuentes comunes. Los forzados cumplían condenas diversas, pero la mayoría no sabía del tiempo que llevaban en la mina, también debido a que un sistema de galerías que se dirigen por debajo de las calles de Almadén hacía que los forzados nunca vieran el sol y perdían el sentido del tiempo.

La cárcel, actual universidad politécnica de Ciudad Real, estaba compuesta de celdas de unos 5 metros cuadrados, compartido por dos forzados y siempre con grilletes. Estas condiciones hacían que se provocaran muchas fugas, teniendo muchos libres que trabajar como jornaleros, pero nunca bajo las condiciones de los forzados. La forma de vida de un forzado, en cuanto a comida, estaba bien servida, ya que se necesitaba que los reos estuvieran en forma para los trabajos. La vestimenta se cambiaba cada dos años y todos los forzados estaban enfermos, incluso algún que otro moría trabajando. Los trabajos no sólo eran duros, sino que también eran peligrosos como el quemar azogue, ya que los gases hacían que se infectaran los pulmones. El azogue provocaba la enfermedad de hidrargirismo y las condiciones de trabajo llevaban a la locura.

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Las minas de Almadén cerraron en 2003 por la prohibición de comercialización de mercurio a partir de 2010. Estas minas han sido parte importante de la historia de Castilla y de América. El problema siempre fue la mala gestión de casi todos los propietarios que compartieron las minas.

Magdalena de la Cruz. El imaginario del Diablo.

 

Hola, queridísimos lectores de Aquí Fue Troya. Les presento a Magdalena de la Cruz. Magdalena era monja franciscana, y vivió entre los años 1487 y 1560, entre Córdoba y Andújar.

Y dirán ustedes, ¿y este imbécil porqué viene hoy a hablarnos de una monja que está ya mayor? Pues bien, no era oro todo lo que relucía en la vida de Magdalena. Era ésta una señora muy santa y muy beata. Llevaba a sus espaldas más de cuarenta años de poco discreta santidad y su prestigio recorría todos los rincones de la incipiente España Moderna. Era tal su fama que cuando nació el heredero a la corona, que no era un cualquiera, sino el futuro Felipe II, le mandaron unos hábitos de Sor Magdalena para que lo envolvieran en ellos y ahuyentar así a los demonios venideros.

Casi nada era Magdalena. Magdalena había sido abadesa del convento y luchaba por recuperar su posición. Para ello se valía de un arma bastante importante y es que, debido a su fama, Magdalena controlaba las limosnas que la gente piadosa y de bien (es decir, las limosnas de verdad, nada de moneda de vellón) otorgaba al convento y las repartía como le salía del mismísimo hábito. Las monjas no la querían de jefa y ella, ere que erre. Imaginamos que por esta razón, Magdalena sufrió en 1546 el destierro de su convento cordobés y la mandaron a Andújar a otro convento, y lo decidió así nada menos que la Inquisición.

¿Por qué os cuento esto? La Inquisición en Castilla, la llamada “Inquisición Española”, se crea en el año 1478 (aunque en Aragón existiera desde 1232); es decir, en 1546 aún eran principiantes en esto de perseguir herejías. Además, la “Inquisición Española” estaba más destinada a ir a por falsos conversos que a por brujas, y claro, donde no hay interés, se coge lo primero que tienen a mano. Total, que los chavales abrieron la Wikipedia y encontraron un libro reciente, el Fortalitium Fidei de Alfonso de la Espina, obispo de Orense (aquí tenéis la edición impresa en Lyon en 1487 que conserva la Universidad de Sevilla), y por ahí se guiaban a la hora de investigar los casos que tenían que ver con el Diablo.

[Ahora la Inquisición, ¿pero este chaval de qué va?]. La Fortalitium explica varias cosas de los demonios malos malísimos. Nos cuenta que son seres muy inteligentes, que se dedican a embaucar gente ingenua. Se disfrazan de Hadas (tejedoras del destino) en las que mucha gente tenía creencia. Se visten de duendes que te cambian las cosas de sitio. Se camuflan de ángeles buenos para burlarse de los actos de éstos, que ya le pasó a Jacob, a Moisés y a Josué. Además, se disfrazan de mujer, que dice Espina que esto les ha ido muy bien desde que lo probaron con Eva, aunque a las santas y a las beatas las dejan un poco de lado, que eso no embaucaba a nadie.

¿Y qué más? Pues una de las cosas más llamativas, desde nuestro prisma de revolución sexual y libertinaje de bajos, nos habla de los incubi y los succubi. Lo que vienen siendo, diablos y diablas (por este orden) que seducen a inocentes para dejarles la semilla o quedarse preñadas. He aquí lo más curioso que por aquel entonces se decía que las mujeres tenían menos control sexual que los hombres (que se lo pregunten a los vascos) y que por eso había más incubi que succubi. Incubi, por cierto, que tenían que ser los Brad Pitts de la época, porque decía Espina que enseñando un crucifijo ya se iban.

Otras creencias era que el Diablo se las ingeniaba para hacer que las brujas, que se habían entregado voluntariamente a él, creyeran cosas como que se había teletransportado o que habían estado en dos lugares a la vez.

Ahora que ya tenéis más o menos claro (o no) cómo se decidía la influencia del diablo nos vamos a Magdalena. Esta santa resulta que había recibido la visita de un ángel de luz cuando tenía 5 años, y que gracias a él había realizado todas las obras buenas buenísimas que se le achacaban. Pero hete aquí que no, que el angelito era un demonio disfrazado, y que cuando la mujer se dio cuenta ya había sido seducida y había fornicado con el muchacho, y que le caía bien, que todo hay que decirlo. Este ángel de luz/demonio  no sería otro que “un familiar”, que era el que recibía esos favores sexuales (o mejor dicho, un demonio en el cuerpo de ese familiar). Este señor le presenta a un “negro muy feo” y Magdalena le enseña el crucifijo. El otro se enfada y le dice que por qué no, que es muy buen chaval, un buen partido, etc. Le hace el lío y Magdalena yace con el señor negro. Pero el señor negro era un vaquero de esos que donde ponen el ojo ponen la bala y nuestra querida monja se queda preñada. Claro: una monja, preñada. A la chica no se le ocurre decir que ha sido el Espíritu Santo (total, si le funcionó a María…).  Tuvo al nene en Navidad (total, si le funcionó a María…). Pero el muchacho desapareció de repente y nada más se supo. Todo eso en la denuncia, imaginad.

Convento de Santa Isabel de los Angeles, residencia de Magdalena.  Fuente: Cordobapedia

Convento de Santa Isabel de los Angeles, residencia de Magdalena.
Fuente: Cordobapedia

Pero claro, la historia no vale así contada, las monjas del convento veían cabrones negros (de machos cabríos) e incluso Magdalena invitó a una compañero a unírsele a la fiesta con el negro diciendo que era un Serafín. También le ponen nombre a los demonios, que se llamarían Balbán y Pantonio, aunque fueron muchos más los que visitaron a la monja), todos ellos disfrazados de hombres galanes que iban a seducirla. También dijeron que estando ella muy enferma y encarcelada, la vieron de repente en el coro del convento arrodillada rezando, y que, corriendo como balas a la celda las compañeras de fatigas, estaba ella allí (y esto sería un engaño del demonio).

Así que, resumiendo, la acusaban de teletransporte, ubicuidad, conveniencia carnal con el demonio, preñamiento del demonio, etc. Lo que venía siendo un menú King Size Premium Total en el tribunal inquisitorial. Al final, poca condena que es el destierro, porque historial tenía aquí la Magda.

Esto es lo que he podido conocer de la historia de Magdalena de la Cruz. Las razones de la denuncia, aunque parezcan obvias, las desconozco. Pero fíjense bien que las historias que se cuentan no distan de las que cuenta Alonso de Espina. Las denuncias parecen siempre realizadas con los manuales de inquisidores presentes. Y aquí mi duda, que os la paso cual pelota a punta de estallar. ¿Es el imaginario colectivo el que hacía ver siempre los mismos hechos? ¿Es la crueldad humana la que inventa historias según decían los teólogos para denunciar al vecino, o al que molesta?

Como dice Angus MacKay en el artículo sobre esta señora: “cuando se descubren casos de mujeres que han hecho un pacto con el diablo y que tienen familiares con quienes se dedican a fornicar, hay que llamar a los inquisidores. No queda más remedio”.

 

 

| “Mujeres Diabólicas”. Angus MacKay y Richard Wood. En Religiosidad Femenina: Expectativas y realidades (SS VIII – XVIII). Colección Laya. Pub por AC AL-MUDAYNA, Instituto de la Mujer y Ministerio de Asuntos Sociales, 1991 (pp. 187-196). ISBN: 84-87090-05-2.

Adeste fideles

Adeste fideles, laeti triumphantes,
venite, venite in Bethlehem.

No, no me he equivocado, sé que no estamos en Navidad. De hecho, odio la Navidad. Pero me encanta Portugal y su historia, ésa que tenemos tan ignorada por una sencilla razón: en España somos tan paletos que preferimos conocer al dedillo el día a día de la Esteban que el nombre de los hijos de nuestros vecinos de escalera. Así que he aprovechado el villancico para hablaros de Juan IV, artífice de la restauración de la monarquía portuguesa en 1640.

Juan IV nació en 1604. Era hijo de los duques de Braganza, Teodosio II y la noble española Ana de Velasco y Girón, y entre sus ancestros se hallaban varios reyes lusos por esas cosillas de la endogamia que luego te habilitan para reclamar un trono. Sin embargo, en aquellos momentos Portugal era gobernada por los reyes de España (los Felipes II, III y IV nuestros, que para los portugueses son I, II y III) y la inquietud monárquica pendía del hilo del sebastianismo, tan irreal y absurdo que aún hoy sobrevive, si bien todo el embrollo de Sebastián I, el V Imperio y la chufa de línea sucesoria de la corona portuguesa bien merece un artículo propio que no será éste. Dicho queda.


Natum videte, Regem angelorum,
venite adoremus, venite adoremus, venite adoremus Dominum.

Un detalle del Castillo de Braganza (Foto del autor)

Un detalle del Castillo de Braganza (Foto del autor)

La casa ducal de Braganza, nacida en la Edad Media en la bella ciudad homónima y cuyo eje de poder se había trasladado a Vila Viçosa, fue desde el principio una de las mejor situadas para reemplazar a la extinta dinastía de Avis. Y bien por ellos, porque si querían oponerse a los españoles algo habría que hacer mientras Sebastián I se decidía o no a regresar, el señorito, que vaya horas y encima oliendo a tabaco negro y alcohol barato.

El abuelo de Juan IV, el también duque Juan I de Braganza, había intentado que se reconocieran tanto sus derechos como los de su esposa Catalina de Avis, nieta del rey Manuel I. No tuvo éxito, como tampoco lo tuvo su hijo, el citado Teodosio II, que había consumido su cuota de suerte en vida sobreviviendo con sus tiernos diez añitos a la desastrosa batalla de Alcazarquivir y posterior presidio en Marruecos.

Fue Juan IV, ya en 1640, quien logró ser designado rey de Portugal. Lo hizo, además, siguiendo la moda imperante aquel año en los dominios de Felipe IV, esto es, liándola bastante parda.

 

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Libros perdidos, hoy rescatados: Los libros de Galeras

¿Quién no ha sentido en alguna ocasión un pequeño aguijón de curiosidad al observar un documental sobre barcos hundidos y se ha preguntado viendo estos antiguos galeones, cómo podría ser la vida cotidiana en ellos, qué clase de personas sobrevivían a estos largos viajes de semanas o meses en un estado lamentable, poca o ninguna higiene, con una alimentación monótona, sufriendo maltratos y enfermedades, lejos de las idílicas imágenes de galeones a que nos tiene acostumbrados en la gran pantalla?

Pues bien, según la noticia aparecida en el periódico El País, del pasado mes de marzo, sobre la restauración de los libros de galeras, podemos saber por fin cómo se desarrollaba la vida “de a bordo” en estos barcos empleados durante varios siglos para la guerra en el mar; y es que han sido muchos los documentos escritos que han desaparecido a lo largo de la historia y, luego, siglos más tarde, gracias a nuevas tecnologías o a donaciones de coleccionistas han vuelto a resurgir para devolvernos esas piezas que faltaban del puzzle de la historia.

Un libro de galeras es una lista descriptiva de los hombres y mujeres que poblaban estos barcos, siendo la mayoría esclavos y presos. Estos libros pueden ser de gran importancia para conocer la vida de la tripulación a bordo; los libros comienzan a aparecer a partir de 1624 llegando hasta 1748 aproximadamente y reflejan datos tanto de presos como de marineros y soldados. Hoy disponemos de un total de once de los veinticinco libros, entre los que había dieciocho sobre presos forzados, tres a esclavos y cuatro relacionados con soldados y marineros, aportando no sólo conocimientos de las condiciones en las que vivían estos tripulantes, sino de los nombres y las condenas que cumplían.

Y es que no todos los que viajaban a bordo de las galeras tenían una historia en común, es decir, existía una división abordo:

Las denominadas “gente del cabo” (oficiales, marineros, lombarderos, artilleros, solados y arcabuceros) y por otra parte la “gente de remo” (galeotes, esclavos, buenas boyas o asalariados experimentados en el mar). A los remeros también se les denominaba “galeotes” siendo en su mayoría ladrones, traidores, salteadores, asesinos, pero también había gente con delitos menores que eran llevados a las galeras en periodos de necesidad, es decir, cuando eran necesarios más remeros o gente de a bordo. En estos casos se endurecían las penas y personas que habían tenido problemas menores con la justicia o habían faltado en el ámbito religioso acababan en el remo. En los libros, para distinguirlos, a parte de quedar registrado el nombre y la procedencia de estos, se añadían los rasgos distintivos de cada persona, así por ejemplo encontramos: “Carlo Antonio chicote, natural de Panadrian, Reino de Napoles, Hijo de chicote, 35, dos heridas en medio de la frente, lunarillo en la oreja izquierda á la pare de abajo”.

Las condiciones en las que vivían estos pasajeros eran pésimas, desde que llegaban al barco eran amarrados con grilletes al remo; comían, dormían, hacían sus necesidades, encontrando muchos de ellos la muerte en el mismo banco; tal es la cosa, que los testimonios recogidos aseguran que se sabía cuándo llegaba una galera por el olor que ésta desprendía… y es que tenemos que tener en cuenta que durante este período de la historia la sanidad y la condiciones higiénicas no eran tomadas muy en cuenta. Y respecto a la comida que recibían, la gente de cabo y remo la llamaban bizcocho y estaba compuesto por pan duro, potaje y su ración de agua diaria.

En las galeras todo era contado, administrado y debidamente registrado en otro tipo de libros llamados “de cuentas”, conservados, entre otros, en la “Colección Navarrete”, donde se recogen todos los elementos necesarios para la navegación en las galeras: los metros de tela para las velas, la cantidad de comida que debía ir a bordo, los hombres de remo que debían ir en cada barco “para harmar los 18 barcos que tiene, 90 hombres de Remo, los quales seande repartir y bogar en esta manera; los 54 dellos han de bogar desde la popa hasta el Arbol, a razón de tres por barco, y los 36 restatnes an de bogar den dos en dos a cumplimiento de los dichos 18 barcos”. Una valiosa información que puede ser consultada hoy día en el Archivo Naval de Madrid.

Gracias a la labor que hoy se sigue realizando (me refiero al rescate de muchos libros que se encuentran abandonados, deteriorándose por las malas condiciones de conservación), podemos disfrutar de una imagen de la realidad de nuestro pasado desconocida y olvidada durante siglos.

La armada ficticia de Baltasar de Guevara

En 1716, un marino español, Baltasar de Guevara (Madrid, 1673 – Puerto Rico, 1724), hijo natural del Duque de Nájera, protagonizó uno de esos episodios de la Historia Naval que, por su ingenio, debería ser recordado.

La isla de Corfú

La guerra Turco-Veneciana y las conquistas del emperador

Durante el año 1716, el emperador Carlos VI se encontraba liberando la porción de Hungría en manos turcas. Un conflicto muy productivo que se desarrollaría entre 1716 y 1718 y del que el emperador saldría con incrementos territoriales en Serbia y Hungría, alcanzando por fin el Danubio. Ocupada como estaba la soberana cabeza de Carlos VI en tales menesteres, dejó desguarnecidos sus nuevos dominios en Italia.

Un poco antes, en diciembre de 1714 se había iniciado la última Guerra Veneciana o Turco-Veneciana. Los Turcos habían tomado las islas de Tinos y Egina, cruzado el itsmo y tomado Corinto. El almirante de la flota veneciana, Dolfin, juzgó entonces conveniente salvaguardar la flota en vez de proteger Morea y cuando quisieron llegar allí, Nauplia, Modon, Corono y Malvasia habían caído y las bases de Levkas (en el Egeo) y Spinalonga y Suda en Creta habían sido abandonadas. Los turcos entraron en el Adriático y desembarcaron en Corfú, aunque sus defensores lograron rechazarlos.

Como hemos dicho, a los turcos les fue mal en el continente. En agosto de 1716, sufrirían una gran derrota en la Batalla de Petrovaradin. Pero en el mar, en el Egeo y Dardanelos, 1717 y 1718 serían bastante más satisfactorios.

Las cosas terminaron en julio de 1718 con el Tratado de Passarowitz en el que el Imperio Otomano renunció a los territorios que habían caído en manos de Carlos VI mientras que Italia perdía Morea a cambio de pequeñas compensaciones en Albania y Dalmacia. La gran armada veneciana había comenzado su declive.

El papel de España

En España acabábamos de salir de la Guerra de Sucesión. Felipe V, nieto del Rey Sol, se sentaba en el trono español con el reconocimiento de sus pares europeos desde la Paz de Utrecht en 1713; aunque a costa de perder los territorios europeos de la Corona entre los que hacía especial daño la pérdida de los italianos, pues Sicilia había pasado a manos de los Saboya mientras que Nápoles y Cerdeña pasaban a manos austriacas.

Giulio Alberoni

Aunque sentado, Felipe V no estaba cómodo. Desde 1714, tenía una segunda esposa, Isabel de Farnesio, y nuevos hijos a los que debía dar un lugar en el mundo. Así que el hombre de confianza de la nueva reina, Giulio Alberoni, un abate cincuentón, llevaría a cabo entre 1716 y 1719 varios intentos de revisar el Tratado de Utrecht. Primero con el beneplácito de Inglaterra y luego sin él (si no me hacen caso, bueno soy yo para darme por vencido, y buena es la Reina – debió decir el signore Alberoni).

En este contexto, la brillante intervención de Don Baltasar podría verse como una primera acción en el Mediterráneo para hacernos notar allí donde queríamos recuperar ciertos territorios (naderías, un par de islas grandes aquí y allá y unos cuantos acres de tierra).

La isla de Corfú y Baltasar de Guevara

Así las cosas, el emperador Carlos VI dándole estopa al Imperio Otomano, el Imperio Otomano dándole estopa a la Serenísima República de Venecia y los españoles penando por volver a Italia, 1716 brindaba una bonita oportunidad para el mejor postor.

Como hemos dicho, los turcos entraron en el Adriático y desembarcaron en Corfú. Los venecianos estaban en horas bajas y los austriacos no estaban por la labor de echar una mano. Así que Alberoni, la Farnesio y nuestro primer Borbón aprovecharon la situación para entrar en Italia. Nunca se recibe mejor a un ejército que cuando viene a salvarte el culo.

España envió en 1716 al marino español don Baltasar de Guevara con una pequeña flota de 5 galeras y 6 navíos de la escuadra del Marqués don Esteban de Mari a fin de liberar Corfú de las manos del Turco. Guevara tenía órdenes de acudir en auxilio de Venecia, socorriendo a la isla de Corfú. Los turcos habían desembarcado allí a treinta mil hombres y tres mil caballos, bajo el mando del bajá Dianum Codgi, que ya había intentado un primer asalto a la ciudad aunque sin éxito.

La verdad es que había mucha tela que cortar y 5 galeras y 6 navíos no parecían suficientes para echar de la isla a tanto soldado turco. Sin embargo, don Baltasar resultó ser una caja de sorpresas. Consciente de la debilidad de su armada, Baltasar de Guevara, durante la travesía hasta la isla y con la ayuda de Venecia, se aplicó a la tarea de requisar cuantos barcos mercantes encontró en el trayecto. De tal forma que a su llegada a Corfú, la flotilla inicial de 5 galeras y 6 navíos había aumentado hasta conformar una armada ficticia de imponente apariencia.

Cuando el bajá turco se encontraba a punto de lanzar su segundo ataque a la ciudad, los vigías de la costa anunciaron la presencia de multitud de velas. La imponencia de esta fuerza presentada de improviso llevó al general otomano a abandonar la isla con su flota de 22 navíos, dejando atrás, en el campo de batalla, cincuenta y seis cañones, ocho morteros, los hospitales, las tiendas y las provisiones.

Baltasar de Guevara, al mando de 5 galeras, 6 navíos y mercantes de todo tipo, había puesto en fuga a una armada mucho más poderosa con un ingenioso ardid basado en la mera apariencia.

La acción traería a Alberoni la gratitud del Papa Clemente XI, que le otorgó el capelo cadenalicio, al tiempo que se reconciliaba con Felipe V y recomendaba a la iglesia española la ayuda económica al rey.

La acción de Corfú tuvo también el efecto propagandístico deseado en Italia. Alberoni había conseguido afianzar la presencia de la política exterior española en el área del Mediterráneo. Pero, claro, si haces mucho ruido se te quejan los vecinos e Inglaterra no tardaría en reactivar los juegos de alianzas primero con Holanda, luego con Francia y por último con Austria. No os engañéis, que no tardaron en darnos para el pelo. En 1718 una escuadra inglesa derrotaba a la española en el Cabo Passaro, Sicilia, y se nos torcían las cosas de nuevo. Pero eso, amigos, ya es otra historia.

El fin de la odisea: Nuestra Señora de las Mercedes vuelve a casa

Las ediciones digitales del ABC y de El País amanecían hoy con la noticia que pone fin definitivamente a la lucha entre el Estado Español y la empresa Odyssey por la propiedad de los restos arqueológicos del pecio Nuestra Señora de las Mercedes.

La fragata Nuestra Señora de las Mercedes se hunde tras explotar su santabárbara

Tras un largo proceso judicial, los tribunales estadounidenses han fallado en favor de España en la causa por la propiedad del material arqueológico que la empresa Odyssey Marine Exploration había extraído del lugar del hundimiento de la fragata española, Nuestra Señora de las Mercedes. La sentencia dictamina que el barco, hundido en 1804 frente a las costas del Algarve, en Portugal, era y es propiedad del Estado Español como “navío de pabellón” y “tumba de guerra”, dos figuras legales que aseguran a España la total jurisdicción y propiedad sobre el sitio del hundimiento, independientemente de las aguas en las que se encuentre.

En Aquí Fue Troya queremos dedicar este artículo a este lío. Aunque quiero avisar que este artículo está basado en los artículos de la prensa nacional. A lo largo de esta página habrá unos cuantos enlaces a distintos artículos de El País en su edición digital. No quiere decir que la noticia no haya sido cubierta por otros medios (como El Mundo, el ABC, etc.) pero ya es bastante embrollo ordenar unas cuantas noticias de un solo medio como para enlazar a más de un periódico. Espero que sepan perdonarme.

Breve historia de un hundimiento

Antes de meternos en el meollo, deberíamos hablar un poco del barco. Al principio de esta historia, la compañía Odyssey Marine Exploration se guardó muy mucho de compartir con la prensa y el gobierno español sus sospechas sobre la procedencia y nombre del pecio que habían encontrado. Por aquel entonces (2007), Odyssey decidió darle al hundimiento el nombre de Black Swan (“Cisne Negro”) y quedarse tan panchos.

Sin embargo, el barquito cuyos restos habían extraído con tanta diligencia pertenecían a la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, que se hundió el 5 de octubre de 1804.

La Mercedes formaba parte de un convoy compuesto por ésta, las fragata Clara, Medea y Fama, así como otras tres embarcaciones comerciales a las que protegían: El Castor, La Joaquina, El Astigarraga y Las Dos Amigas. La flotilla había salido de Montevideo el 9 de agosto de ese mismo año rumbo a puertos peninsulares. A bordo de las embarcaciones iban nuevos caudales americanos (sobre todo plata) fruto de las explotaciones mineras y la recaudación de la Corona, así como patrimonio de origen privado que se encomendaba a la protección de la armada por comerciantes y propietarios locales que repatriaban dineros rumbo a sus casas en la península o destinados a iniciar intercambios comerciales.

Los mares de entonces no eran especialmente seguros. A las acciones de  la piratería había que sumar la candente situación internacional. Ya saben,  los franceses habían revolucionado la política internacional con esa manía suya de “libertad, igualdad y fraternidad”, y Napoleón Buenaspartes estaba dando bien por el saco a los ingleses. Así que, aunque España en ese momento aún era una nación neutral, cuando la flota avistó velas en el horizonte aquel día de octubre de 1804, el comandante dio la orden de zafarrancho, que más valía prevenir que curar.

Sin embargo, el 5 de octubre de 1804 no sirvió de nada prevenir. Las velas en el horizonte eran las de una flota inglesa que, con ganas de gresca y presas jugosas (en tiempos de guerra hace falta dinero, ya saben), se liaron a cañonazos con la flota española hasta hacerlas rendir la bandera y poner rumbo a la Gran Bretaña, God save the King. Pero para aquel entonces, La Mercedes ya no estaba en situación de poner las velas mirando a ninguna parte. En medio del combate, pocos minutos después de comenzar, un disparo certero había hecho blanco en la santabárbara de la fragata. Este depósito de pólvora y munición hizo estallar por los aires el buque y se fue a pique con su cargamento y las 249 personas a bordo (el relato de uno de los supervivientes se publica hoy en El País).

El ataque a la flota española y su captura provocaron que el 14 de diciembre de 1804, España declarara la guerra a Inglaterra y todo se fue yendo poco a poco al traste. Pero ésa es otra historia.

Comienza el litigio

Después de poneros en antecedentes, estaréis deseando llegar al lío, ¿verdad? Esta que leéis no es la primera entrada que se publica en Aquí Fue Troya a raíz del caso Odyssey. Aquella vez, yo mismo me limitaba a dar un par de pinceladas a raíz de las últimas noticias. Ahora que parece que todo llega a su fin, es hora, quizá,  de detenernos un poco más.

El 18 de mayo de 2007, la empresa Odyssey Marine Exploration (Odyssey para los amigos y los que no lo son tanto) anunciaba el descubrimiento de un pecio de época moderna en algún punto indeterminado del Atlántico. Le dieron el nombre de Cisne Negro y se callaron como muertos sobre sus sospechas sobre la verdadera identidad del barquichuelo hasta que un juez en Florida les dijo que ya valía de rodeos.

El caso es que nuestras autoridades pusieron el grito en el cielo, se rasgaron las vestiduras e incluso detuvieron el barco de la empresa en puerto. Pero las monedas que Odyssey había sacado del barco terminaron rumbo a EE.UU. en un bonito avión fletado a tal efecto y el barco de la empresa terminó por dejar aguas españolas. Y aquí empezaba el proceso litigante.

El Estado Español denunció a la empresa Odyssey en lo que ellos consideraban un intento de expoliar nuestro patrimonio histórico. El juicio se iniciaba en Tampa Bay, Florida, bajo la instrucción del juez Mark Pizzo.

Con el proceso abierto, otros vinieron a sumarse a la empresa Odyssey en su afán por aprovechar el filón. El Gobierno de Perú decidió que “la historia no es agua pasada” y reclamó el 1 de agosto los reales de a 8 del cargamento. Perú alegaba que, puesto que habían sido acuñados en Lima en tiempos de Carlos IV, le pertenecían, aunque en ese momento Perú como nación no existiera. Además, Odyssey propuso que los descendientes de aquellos mercaderes que habían depositado su dinero en el barco, pudieran reclamar la parte proporcional. Odyssey no era un buen samaritano. En el caso de que la empresa lograra un veredicto favorable y los descendientes reclamaran con éxito las monedas, eso reduciría el impacto negativo que una venta de esa magnitud tendría en el valor de las monedas en el mercado de antigüedades.

No hay que ser cenizo

A pesar de las pocas esperanzas que la profesión tenía en un resultado favorable a España, debido a los diferentes acuerdos internacionales ratificados por los EE.UU, durante todo el proceso judicial hemos asistido a episodios que permitían albergar mejores expectativas. Expectativas que se han visto confirmadas el pasado día 30.

¿Por qué éramos tan negativos al principio? Pues porque entre España y EE.UU. existen dos diferencias fundamentales a nivel jurídico: la tradición y el tratado internacional de la Convención Unesco para la protección del patrimonio cultural subacuático.

En contra de lo que mucha gente piensa, el pecio de La Mercedes se encontraba hundido en aguas internacionales. Eso, hasta la Convención Unesco, dejaba el barco a merced de cualquiera que lo encontrara. Las aguas internacionales son de dominio internacional, un territorio de jauja donde se pueden hacer peleas de monos con cuchillos.

Escudada en esa ley, Odyssey dio comienzo al expolio y el gobierno español tuvo que acudir a juicio en EE.UU., bajo cuyo pabellón se encontraba la empresa Odyssey.

El juicio en EE.UU. planteaba dos grandes problemas: una tradición jurídica en la que, como en Inglaterra, está muy asentado el derecho de búsqueda y rescate (el que lo encuentra se lo queda y si quieres recuperarlo, tienes que pagarle una parte de su valor); y el hecho de que EE.UU. no ha firmado la Convención Unesco.

De tal forma que el Estado Español tenía que convencer a la justicia americana de que La Mercedes era un barco militar, protegido por leyes internacionales que sí han sido firmadas por EE.UU., anulando así los posibles derechos de búsqueda y rescate de la empresa Odyssey.

Y por su parte Odyssey alegaba que La Mercedes estaba, en el momento del hundimiento, llevando a cabo tareas civiles y que por tanto no estaba protegida por la legislación internacional para barcos de pabellón y tumbas de guerra. Más aún, Odyssey alegaba que el Estado Español había perdido sus derechos sobre La Mercedes al considerar que habían “abandonado” el barco. Esto es, que tras su hundimiento se había “dado por perdida” y se había renunciado a la fragata.

La luz al final del túnel

A pesar de que parecía complicado que los jueces estadounidenses dieran la razón a España, lo cierto es que, como he mencionado, durante todo el proceso se asistió a acontecimientos que permitían albergar esperanzas (aunque en los foros de la profesión era muy común escuchar aquella expresión de prudencia de “no empecemos a chuparnos las pollas todavía”).

En Tampa Bay, el juez Mark Pizzo, el 04 de junio del 2009, tras dos años de comerse las uñas, recomendaba que la carga extraída de La Mercedes fuera devuelta a España. Odyssey, como era de esperar, no estaba de acuerdo con la decisión del juez y recalcaba el supuesto aspecto civil del trabajo de La Mercedes y los posibles derechos de los descendientes de aquellos amables comerciantes criollos.

A la espera de que la justicia se volviera a pronunciar, recibimos otra noticia esperanzadora: el Gobierno Federal se pronunciaba en favor de los intereses españoles en octubre de ese mismo año. Evidentemente, gracias a la separación de poderes este hecho no tenía por qué tener repercusiones en la decisión judicial, pero era de agradecer. Además ponía de manifiesto dos cosas: la primera, que la diplomacia española daba sus frutos; y la segunda, que EE.UU. estaba dispuesto a cumplir aquella promesa informal de respetar la Convención Unesco aun sin haberla firmado. O quizá fuera sólo que tenían muy claro que era un barco militar y que “las tumbas de guerra no se han de menear”.

Unos meses después, el 23 de diciembre, como si de un regalo de Navidad se tratara, otro juez, Steven D. Merryday, de la corte de apelaciones de Tampa, ratificaba la sentencia de Mark Pizzo. Otro golpe para Odyssey que, pese a todo, no daba su brazo a torcer y el 21 de enero de 2010, recurría de nuevo la sentencia aunque esta vez en el Undécimo Tribunal de Apelaciones de EE.UU. en  Atlanta (Georgia), el siguiente nivel en la escala judicial.

Les volvieron a decir que no. El 21 de octubre del 2011, el Undécimo Tribunal recogía, esta vez, un tratado firmado entre EE.UU. y España en 1902 que aseguraba los derechos españoles sobre el pecio y la carga. Pero Odyssey volvió a reafirmarse diciendo que solicitaría una audiencia ante el tribunal para volver a exponer sus argumentos con la esperanza de hacerle cambiar de opinión. “Victoria por desgaste”, lo llaman algunos.

Y los jueces volvieron a decirles que no. El 30 de noviembre del 2011, el Undécimo Tribunal de Apelaciones de Atlanta, tras haber escuchado a Odyssey en audiencia previa y meditar sus reiterativas afirmaciones, desestimaba nuevamente su recurso. “Oiga, que no, que ya le hemos dicho que devuelva el cargamento”.

Parece que ya está, ¿no? Bueno, no exactamente: aun queda una posibilidad. Aunque la noticia da por bueno que está todo el pescado vendido y los expertos consideran que esto está hecho, Odyssey ha recurrido ante el Tribunal Supremo. Sin embargo, los abogados coinciden en que éste no suele aceptar a recurso casos en los que varios tribunales han emitido fallos en la misma dirección. Así que sí, quizá podamos ir “vendiendo” ya la piel del oso.

ULTIMA HORA: Que sí, que era evidente, pero deberíais saber que Odyssey ha gastado el último cartucho.

ACTUALIZACIÓN (09/02/2012): El tribunal Supremo rechaza el recurso de urgencia. Tampa ejecutará la sentencia de forma normal. Odyssey aun puede recurrir al Supremo pero mientras Tampa seguirá el proceso para cerrar el caso.

¿Y ahora qué?

Bueno, lo obvio es que la carga de plata y oro que la empresa Odyssey extrajo del pecio de La Mercedes, será repatriada a España. ¿Pero qué se hará con ella?

He mencionado un par de veces la Convención Unesco para la protección del patrimonio cultural subacuático. Esta Convención, firmada e impulsada en gran medida por España, tiene un valor legal que coloca sus disposiciones justo por debajo de nuestra Constitución y es de obligado cumplimiento. La Convención establece que se considere “Patrimonio Cultural Subacuático”, todo resto producido por el hombre que haya permanecido total o parcialmente sumergido de forma continua o discontinua durante al menos 100 años.

El Patrimonio Cultural Subacuático está sujeto a protección. Entre otras cosas, está prohibida su venta. Por tanto, la carga de La Mercedes, desengáñense si lo pensaban, no puede venderse para sacarnos de la crisis. Los restos acabarán en museos nacionales (el Arqueológico Nacional y el ARQUA, entre otros) para ser fruto de estudios científicos. He leído por ahí que deberían guardarse en el Archivo General de Indias en Sevilla. A esos ansiosos Sevillanos, les diré que no. Que el Archivo de Indias no es un museo. Que se lo pregunten a sus archiveros y ya verás como están de acuerdo conmigo.

¿Entonces por qué hemos gastado tanto tiempo y dinero en esto? Pues porque el cargamento de La Mercedes puede ser utilizado para ampliar nuestro conocimiento de la historia de nuestro país. Por enumerar alguna posibilidad: conocer la producción de las minas de Lima en función de las fechas de acuñación; el nivel de fraude en el manifiesto de estas flotas; analíticas estadísticas sobre la pureza de la plata; etc.

Un daño irreparable

Sin embargo, para mí y seguro que para otros muchos arqueólogos subacuáticos, esta será una victoria amarga. Las acciones de Odyssey nos han impedido para siempre obtener valiosa información que, si no fuera por su afán por el beneficio, habría podido ser recabada en el transcurso de una excavación arqueológica.

Algunos opinarán que de no ser por Odyssey no se habría localizado el barco. Pero el precio que se ha pagado es demasiado alto: recuperar el cargamento de monedas tiene muy poco valor científico en comparación con el potencial de una excavación científica.

De una excavación subacuática se puede obtener muchísima información. Un barco hundido puede darnos mucha información si sabemos hacerle las preguntas apropiadas: los restos de madera hablan de las técnicas constructivas y de las reparaciones llevadas a cabo durante la vida del barco; la toma de medidas pormenorizadas nos permite reconstruir el barco sobre el papel y estudiar su forma (ya que se cuentan con pocos planos de época); la distribución de la carga también nos habla de técnicas y formas de proceder; restos tales como cueros, botones, y vajillas nos cuentan cosas de la vida a bordo que no pueden encontrarse en las grandes crónicas de guerra…

Pero a empresas como Odyssey, cuyo beneficio está enfocado a recuperar piezas de valor económico para los mercados de antigüedades, no prestan atención a estos detalles y la información queda rápidamente destruida ante técnicas invasivas que sólo buscan la extracción con el mínimo coste de tiempo y materiales.

[ULTIMA HORA: 21 de Febrero 2011, Las autoridades españolas se preparan para retornar los restos arqueológicos de La Mercedes a finales de semana.

El naufragio del Batavia

Corría el año 1629 cuando el Batavia, uno de los grandes barcos de la holandesa Compañía de las Indias Orientales, chocó mortalmente con los arrecifes de las islas Abrolhos frente a la costa oriental de Australia. Mientras el sobrecargo, el patrón y algunos hombres leales intentaban alcanzar las costas de Java para reclamar la ayuda de la Compañía, los supervivientes restantes quedarían a merced de la perversa voluntad del ayudante de sobrecargo, Jeronimus Cornelisz.

La Compañía de las Indias Orientales era una compañía por acciones creada en  1602 por los Estados Generales de Holanda que centralizaba bajo un monopolio el comercio de esta nación con las Indias. Durante dos siglos, la Compañía experimentó un crecimiento e importancia enormes tanto económica como políticamente. Tal era su poder que llegó a adquirir poderes cuasi gubernamentales  como declaraciones de guerra, prisión y ejecución de convictos, negociación de tratados, acuñación de moneda y establecimiento de colonias.

El viaje de la doncella

El Batavia fue construido por encargo de la Compañía en 1628 en los alrededores de Amsterdam. Su primer viaje, lo que los marineros llaman “Viaje de Doncella”, se inició a finales de octubre de ese año. Bajo el mando del sobrecargo Francisco Pelsaert y el patrón Ariaen Jacobsz, el Batavia iniciaba su larga ruta de 8 meses hasta Java, donde cargaría sus bodegas con especias y otras mercancías de valor. En sus cubiertas se hacinaban casi trescientas personas, casi 200 marineros a los que había que sumar un puñado de pasajeros distinguidos (un predicador calvinista, una joven que iba al encuentro de su esposo y otros personajes), un grupo de mercenarios alemanes contratados por la Compañía para proteger sus intereses en Java, y unas quince mujeres, algunas con niños de pecho, que habían sido subidas a bordo como polizones  y que engrosarían las listas de pasajeros con dos bebés nacidos a bordo.

El sobrecargo contaba con un ayudante, un ex boticario llamado Jeronimus Cornelisz, que se había enrolado con la intención de, se sabría más tarde, huir de la justicia holandesa por su relación con un herético pintor llamado Torrentius.

La noche del 3 al 4 de Junio de 1629, el largo viaje del Batavia llegó prematuramente a su fin. Debido a los problemas de la época para determinar la posición en el mar (determinar la longitud no fue posible hasta el siglo XVIII), el barco se empotró contra el arrecife de las islas Abrolhos frente a la costa oriental de Australia, un conjunto de 122 islas (islotes apenas) muy lejos de la ruta que pretendían seguir.

Las primeras horas de naufragio fueron un caos. Aunque el barco no se había hundido, gran parte de la tripulación se sumergió en una espiral de excesos fruto de la desesperación. Se asaltaron las reservas de alcohol y se disfrazaron con la ropa elegante de sus pasajeros. Sin embargo al despuntar el día, la situación pareció inspirar al menos un mínimo de esperanza. Llegar a los islotes de Abrolhos era tarea fácil con las dos embarcaciones auxiliares con las que contaba el Batavia y a ello se entregaron el Patrón y el Sobrecargo, desembarcando a las algo más de 180 personas supervivientes. Aunque 70 personas se resistirían a abandonar el barco y varias de ellas morirían cuando finalmente este se hundiera al cabo de unos días.

La situación, sin embargo no dejaba de ser desesperada. Un examen rápido y superficial del “archipiélago” les llevó a creer que las islas no contaban con agua potable de tal forma que Pelsaert y Jacobsz decidieron tomar a los marineros más experimentados y las dos embarcaciones (que a duras penas habrían podido transportar a 50 personas) y emprender una dura travesía hasta Java en busca de ayuda. Cuando quisieron darse cuenta, el grueso de los supervivientes veían cómo este grupo se marchaba sin ellos 4 días después del naufragio.

La hora más cruel

Tras la marcha de los dos jefes de la embarcación tan sólo quedaba en la isla un miembro de la Compañía, el ayudante del sobrecargo, Jeronimus Cornelisz. Los supervivientes que habían quedado atrás, pronto tomaron al ex boticario como la única figura de autoridad ofreciéndole el puesto de presidente del consejo formado para dirigir a la improvisada comunidad.

A medida que pasaba el tiempo, se iba desvelando la personalidad cruel de Jeronimus Cornelisz. Junto con una veintena de hombres a los que había ido ganando para su causa, se hizo con el control de la comunidad. Para ello, no dudó en repartir a los supervivientes por varios islotes con la excusa de mejorar sus condiciones de vida, limitar el acceso a los botes y balsas construídos improvisadamente por los carpinteros que aun había entre los náufragos, guardar para sí y los suyos las escasas armas de fuego rescatadas del pecio y controlar los suministros con los que contaban.

En realidad, Cornelisz fraguaba en su mente una idea: crear un grupo que tomara el control de un hipotético barco de rescate. Y para llevar a cabo esta idea, el número de supervivientes debía reducirse, asegurando así, que los que quedaran le fueran fieles. Para ello, trabajo con denuedo: montó farsas de juicios sumarios y ejecuciones bajo acusaciones de robo de los suministros, y separó a grupos enteros con la intención de que murieran de hambre y de sed.

A medida que se sentía más seguro de su poder, disminuía su recato. Los hombres de Cornelisz comenzaron a llevar a cabo asesinatos de forma descarada. Las mujeres supervivientes eran violadas y obligadas a ejercer de concubinas. Los débiles y los heridos fueron ejecutados. El resto de supervivientes, atemorizados, se convirtieron en marionetas cómplices y la cuadrilla de Cornelisz los obligaba a cometer asesinatos so pena de ser víctimas ellos de su violencia. Como ejemplo, el predicador que mencionabamos antes, servía la mesa de Cornelisz a pesar de que éste había matado a sus hijos y su subalterno amancebaba a su hija.

Algunos hombres buenos

El terror se había instalado en la isla en la que la mayoría de los supervivientes aun estaba refugiados. Pero uno de los grupos separados por los hombres de Cornelisz se transformó en un faro de esperanza.

Un grupo de soldados y marineros, liderados por un soldado raso llamado Wiebbe Hayes, que había sido abandonado por el ex boticario en la llamada Isla Alta, había descubierto en lo que parecía ser una isla hostil, una profusión de pozos de agua. Además, la isla contaba con un gran número de canguros de una especie dócil y cuya carne les aportó una cantidad indispensable de nutrientes.

El grupo de Hayes se convirtió, amen de su situación privilegiada, en un foco de atracción para el resto de personas que se encontraban bajo el yugo de Cornelisz. Y aunque los hombres de Cornelizs intentaron tomar al asalto la isla con las pocas armas de fuego que les contaban, la buena dirección de Hayes, pese a no contar más que con primitivas armas improvisadas, les permitió rechazar sus ataques. No sé dejarlo claro de otra manera: Este tipo era un héroe.

El 17 de septiembre de 1629, tras haber sido capturado ya Cornelisz en uno de esos ataques, los sádicos de la isla principal intentaron un nuevo ataque. Esta vez, bajo una nueva dirección, el ataque se llevó a cabo de forma más sistemática y parecía que podría haber tenido éxito. Tan sólo la llegada de un barco de rescate puso fin al terror que se había instalado en Albrohos.

El final de la pesadilla

Mientras la gente de las islas Albrohos sufrían el yugo del ex boticario Cornelisz, los hombres del sobrecargo Francisco Pelsaert y el patrón Ariaen Jacobsz alcanzaron la costa de Java tras un mes de penosa navegación en el que, pese a haber padecido hambre y sed, todos sobrevivieron.

Pelsaert hizo el viaje de vuelta rumbo al naufragio del Batavia en el balandro Sardam aunque, una vez más, las dificultades de la época para situar la posición de un barco en el mar, complicó el viaje. El Sardam tardó 20 días en llegar a las Albrohos y otro mes en localizar las islas en las que habían encallado.

Al llegar a las islas, Pelsaert y los hombres que traía con él ajusticiaron a Cornelisz (al que le cortaron las manos y ahorcaron) y a algunos de sus hombres más exaltados (a los que sólo ahorcaron) tras someterlos al procedimiento habitual de pesquisas de la justicia holandesa: el tormento en la rueda; después encadenó al resto, rescató a los supervivientes y trabajó con esfuerzo para recuperar la preciada carga del Batavia.

El 15 de noviembre de 1629, el Sardam puso finalmente rumbo a Java con 70 supervivientes entre los que se contaban 16 de los criminales del grupo de Cornelisz. La noticia de los horrores del Batavia tuvieron una gran repercusión en Europa y la historia se publicó en un panfleto con el título de “El infortunado viaje del velero Batavia (Ongeluckige voyagie van ‘t schip Batavia) en 1647.

¿Deseas saber más?

Leys, Simon: Los náufragos del Batavia. Anatomía de una masacre. Editorial Acantilado, Barcelona, 2011.

Dash, Mike: La tragedia del Batavia. Lumen, Barcelona, 2003.

Los “contentamientos” de Felipe II

Retrato de Felipe II

Cuando uno lee biografías acerca de reyes y príncipes, una de las cosas más llamativas que encuentra en su lectura, al menos en mi opinión, son los detalles de la infancia, el cómo se educa a un rey para su puesto o qué cuidados tienen con él.Felipe II, de pequeño, era un apasionado de la caza, una de sus actividades favoritas, y entre las cuentas de palacio se encontraban gastos enormes en ballestas, jabalinas y flechas. Preocupados por que le gustara más la caza que cualquier otra cosa, y sobre todo, por encima de las lecciones de “leer y escribir”, que llevaba con mucho retraso, mandó Carlos I que se le dieran al ayuda de cámara “30 ducados que cobra él cada mes para las cosas que dan contentamiento a su Alteza”Con esos treinta ducados, el mencionado ayuda de cámara debía comprar objetos que entretuvieran al niño, principalmente juguetes. Entre estos juguetes se hallaban un par de cajas con caballos de plata, un soldado, también de plata, con todas las piezas y un caballo más, seis piezas pequeñas de artillería en oro, y una pieza grande en bronce encabalgada en el carretón. Juguetes estos que tenían por objetivo encender el espíritu militar en el muchacho.

También aparecen entre los documentos objetos únicamente lúdicos: una marioneta, unos “trucos que son dos paletas labradas de burxe y un puente y dos bolos y un birlo”, además de objetos llamativos llegados de América y una baraja de cartas.

Se le regaló al chico una gran pajarera (aviario) ya que tenía muchos pájaros, de los que se cegaba a algunos para que mejoraran en su canto, y existe una xilografía que muestra al príncipe con un pájaro atado a un cordel, a modo de juego. El joven heredero tenía entre sus mascotas otros animales: un perro, una mona, cobayas y un papagayo.

Como se puede apreciar, los entretenimientos del príncipe eran los que cualquier niño soñaría, rodeado de animales de compañía, y con muñecos, típicos y extraños, con los que jugar a la guerra. Todo esto venía a intentar acabar con las travesuras del muchacho, que se creía rey mucho antes de que le tocara y que metió en más de un lío a algún paje de la corte por sus jueguecitos.

Pero “Felipito” -así lo llamaba el bufón-, también se hacía mayor y sus juegos fueron cambiando. Entre las cuentas de palacio aparecen entonces compras de bolos, pelotas, guantes para jugar a la pelota, ajedrez o tejos. También contratan a su primer bufón personal -el anteriormente referido era el bufón de la corte- y se crea una auténtica cámara de música con dos tenores, dos sopranos, dos contraltos, dos contrabajos y dos organistas -casi nada-. Se contaban entre su corte profesores de danza y canto, e incluso él mismo pidió un libro grande en blanco para dibujar.

Todas las citas aparecen en el libro “Felipe II. La biografía definitiva” de Geoffrey Parker, pp.51-52 y 62-64 relativas a la educación del príncipe. También es más que recomendable toda la obra relativa al príncipe escrita por Gonzalo Sánchez – Melero.