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Documental “El Triunfante”: Campaña de Microfunding en Arqueología Subacuática

El Centro de Arqueología Subacuática de Cataluña pone en marcha una campaña de microfunding para terminar el documental sobre “El Triunfante“, el primer barco de guerra español excavado con métodos científicos en nuestro país y una de las piezas más importantes de nuestro patrimonio.

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Muret, 1213

Cada 11 de septiembre se celebra la Diada en Cataluña en recuerdo del asalto final a Barcelona que en 1714 puso fin a la Guerra de Sucesión española. Sin embargo, cada 12 de septiembre, cuando políticos y medios escrutan los actos del día anterior, hay medievalistas que aprietan sus puñitos y se van al rincón de llorar al ver cómo repetida y obstinadamente se ignora una efeméride que, como el tan cacareado 11 de septiembre de 1714, cambio el curso de la Historia.

Me refiero a una batalla que ni vende ni acarrea connotaciones políticas, ergo no hay demasiado interés en recordarla y, menos aún, remarcarla como una fecha clave e identitaria. Me refiero a la batalla de Muret. Ya. Que no os suena mucho. Normal.

Si no queréis perder tiempo, leed sólo este párrafo por si os toca la pregunta en el quesito amarillo del Trivial: el 12 (o el 13, según otras fuentes) de septiembre de 1213 las tropas francesas y cruzadas derrotaron en el sur de Francia al ejército del rey Pedro II de Aragón y amigos, a raíz de lo cual murió el monarca y la Corona de Aragón vio interrumpida su vocación transpirenaica.

Ahora, si tenéis unos minutillos y gustáis, os cuento la versión larga. Con su contexto, su dramatis personae y sus rumbosas consecuencias en el resto de la Edad Media.


Lo que pasó antes de Muret:

Para entender lo ocurrido en Muret hay que explicar, antes de nada, qué pintaba Pedro II por esos andurriales. Y además hay que hacerlo de forma concisa y amena o si no me esperaréis a la salida de Internet dispuestos a partirme la cara. Con razón.

Pedro II de Aragón, el Hipster (fuente: Wikipedia).
Pedro II de Aragón, el Hipster (fuente: Wikipedia).

Como cualquier otro rey que se precie de serlo, Pedro II tenía un padre, Alfonso II, quien falleció en 1196 legándole la corona aragonesa. La herencia recibida, en este caso, implicaba asumir los intereses en el sur de Francia de los condados catalanes (recordemos que Pedro II era nieto de Petronila y Ramón Berenguer IV, la pizpireta pareja que tan gratos momentos nos deparó en este artículo y sus no menos jacarandosos comentarios). Así pues, como nietísimo de Ramón Berenguer IV e hijísimo de Alfonso II, Pedro II acumulaba poder a ambos lados de los Pirineos: además del Rosellón, la Cerdaña y la Provenza, obtuvo el condado de Montpellier -gracias a su matrimonio con María de Montpellier- y el vasallaje sobre varios señoríos occitanos.

Esos señoríos occitanos estaban en manos de los amigos anteriormente citados. Para no liarnos demasiado, hay dos Raimundos y un Bernardo: Raimundo VI, conde de Tolosa (la actual Toulouse, no la Tolosa de Xabi Alonso) y cuñado de Pedro II; Raimundo Roger, conde de Foix; y Bernardo IV, conde de Cominges. Todos estos condados se ubicaban en torno al núcleo duro de (peligro, puede contener trazas de Dan Brown) la herejía de los cátaros.

En este momento no es plan -“¡no, no lo es!, ¡ahórratelo!”, claman las masas- escribir un tractatus sobre el catarismo. Me limitaré a enlazar el artículo de la Wikipedia y dejar dos reflexiones: a) no hay guerras por religión, sino guerras con religión, y b) que tanto va el cátaro a la fuente que al final se acaba rompiendo Occitania.

Occitania en 1213 (fuente: Wikipedia).
Occitania en 1213 (fuente: Wikipedia).

Lo de guerras con religión no es nuevo. La religión es una excusa como cualquier otra para lograr poder, dinero, fama o acostarse con quien te haga tilín. En la Francia de los siglos XII y XIII el catarismo era el último grito en herejías y a Felipe II le pareció una razón fantástica para fortalecer aún más su posición frente a la aristocracia del reino y monarquías vecinas, a quienes jamás dudó en atacar para ampliar sus territorios. Al proclamar en 1209 el llamamiento a la cruzada (PLS RTcontra los cátaros, el papa Inocencio III le hizo un favor impagable a Felipe II al darle en bandeja el casus belli.

No obstante, y para velar por la pureza ideológica, el Vaticano envió al inquisidor Arnaldo Amalric, famoso por el conciliador “matadlos a todos: Dios reconocerá a los suyos” que legó para la posteridad tras arrasar los cruzados la ciudad cátara de Béziers. De las cuestiones militares de la cruzada se encargaba el noble Simón de Montfort, tan buen estratega como bestia sanguinaria. El típico salvaje al que nunca entregarías a tu hijo de tres años salvo si eres Pedro II de Aragón y ese hijo es el futuro Jaime I.

Un último inciso con líos de cama. Pedro II no le daba a su esposa María ni con un palo, de ahí que el cronista Bernard Desclot narrara cómo ella se hizo pasar por una amante del rey para engendrar al heredero. El sainete le hizo tan poca gracia a Pedro II que, en cuanto pudo, se quitó al niño de en medio enviándolo a Carcasona bajo la tutela de Simón de Montfort. El mismo Simón de Montfort que se plantó en Muret con ganas de moler a palos a Pedro II. Lo normal.


La batalla de Muret:

Felipe II no puso un pie en Muret. Ni falta que hacía: para eso ya estaban los cruzados. Éstos ocupaban dicha ciudad cuando, a finales de agosto de 1213, el bando occitano le puso cerco tras fracasar los intentos pacificadores de Pedro II de Aragón; de hecho, el monarca había pactado con Simón de Montfort la boda de los hijos de ambos, Jaime y Amicia, en aras de sosegar los ánimos y apuntalar los dominios aragoneses más allá de los Pirineos.

Sin embargo, era bastante previsible que Felipe II y el Vaticano no dejarían que fuese Simón de Montfort el único que sacase tajada. Para evitar sustos ante semejante coalición, los nobles occitanos se fueron sometiendo a Pedro II, en buena parte gracias a su prestigio como reciente vencedor en la batalla de Las Navas de Tolosa (1212). Tras varios días de asedio, Pedro II llegó a Muret dispuesto a derrotar a los cruzados de Montfort a campo abierto. Su cuñado Raimundo VI de Tolosa, más cauto, optaba por mantener el cerco hasta rendir la ciudad, táctica que despreció Pedro II. Ya saben, señores: el gen peninsular nos obliga a desconfiar de todo lo que aconseje un cuñao.

Por su parte, Simón de Montfort era consciente de su debilidad. Frente a los miles de soldados del ejército rival (entre quince y veinte mil hombres, dependiendo de las fuentes), los cruzados apenas contaban con mil quinientos efectivos para los que sería casi imposible resistir un asedio de manera prolongada. El único recurso cruzado era, precisamente, romper el asedio por sorpresa y jugárselo todo en una batalla campal.

Batalla de Muret (fuente: Wikipedia).
Batalla de Muret (fuente: Wikipedia).

El arma principal de los cruzados era su caballería pesada. De madrugada, Simón de Montfort salió de Muret con sus novecientos jinetes, vadeó el río Louge y cargó contra aragoneses y occitanos, tan desprevenidos que no lograron frenar los arreones de los cruzados. Éstos, además, sabían que la victoria no dependía de prolongar durante horas las cabalgadas contra un ejército mucho mayor, sino de dar un golpe de efecto irreversible. Es decir, o matar a Pedro II o sembrar el pánico con la discografía de Juan Magán.

Dado que el electro latino aún no se había pergeñado (laus Deo), la opción más factible era acabar con el rey aragonés, quien -todo sea dicho- era tan osado como imprudente. De creer al trovador Guillermo de Tudela, en su Cançó de la Croada, Pedro II intercambió la armadura con otro caballero y, al ser éste abatido por los cruzados, el monarca les sacó del error al grito de “yo soy el rey”. Tres hurras por Pedro II, maestro del incógnito.


Lo que pasó después de Muret:

La muerte de Pedro II supuso la desbandada de aragoneses y occitanos, lo cual hizo aún más sencilla la victoria total cruzada y reorganizó el mapa político de la zona. La principal consecuencia fue que la Corona de Aragón, además de perder a su rey, hubo de renunciar a casi todas sus tierras ultrapirenaicas y aspiraciones sobre el Mediodía francés. Del antaño territorio natural de expansión (dentro de lo poco natural que resulta toda expansión política, huelga aclarar) sólo permanecieron en la corona aragonesa los condados de Montepellier, Rosellón y Cerdaña.

Simón de Montfort, el amigo de los niños (fuente: Wikipedia).
Simón de Montfort, el amigo de los niños (fuente: Wikipedia).

Al margen de Felipe II, quien vio aumentado su poder en detrimento de Aragón, el gran beneficiado por Muret fue Simón de Montfort. Éste añadió a sus títulos el condado de Tolosa y prosiguió su campaña militar por Occitania con un as en la manga: la custodia de Jaime I, convertido en nuevo rey de la corona aragonesa. No lo liberó hasta 1214, cuando la presión del Vaticano -“oye, Simón, que te encargamos una Cruzada, no una guardería”- al fin surtió efecto.

Devuelto Jaime I a este lado de los Pirineos se produjo la transformación definitiva de la política exterior de la Corona de Aragón. Al igual que otros monarcas coetáneos (Fernando III o el mismo Felipe II de Francia), Jaime I dedicó sus primeros años a imponerse sobre la nobleza antes de embarcarse en una fase de conquistas que incorporó a sus dominios los reinos musulmanes de Mallorca y Valencia. Puesto que a la corona aragonesa poco le quedaba por rascar en la Península Ibérica (el propio Jaime I rubricó en 1244 el Tratado de Almizra), todo acrecentamiento del reino pasaba por lanzarse al Mediterráneo. El primero en dedicarse a tales menesteres fue Pedro III, hijo de Jaime I, que en 1282 se coronó rey de Sicilia en la genialidad táctica que tan bien narró mi idolatrado Steven Runciman.

¿Y los cátaros? Ah. Los cátaros. Bueno, digamos que el frenesí cruzado aminoró tras Muret y hasta 1244, ya en tiempos de Luis IX, no se dio por finiquitada la cruzada albigense. Causalmente -digo “causalmente” y no “casualmente” porque nada es casual en este asunto- la cruzada solía reactivarse en aquellos momentos en los que los monarcas franceses deseaban ampliar sus posesiones y acabar con la resistencia de sus opositores en Occitania: a fin de cuentas, los cátaros nunca dejaron de ser una mera excusa para que la corona francesa y los señores feudales occitanos dirimieran sus diferencias mediante la diplomacia del mandoble.

Las Navas de Tolosa, ocho siglos (y dos días) después

Un día como anteayer, hace ochocientos años, tuvo lugar la segunda batalla más decisiva de toda nuestra historia medieval. En ella, las huestes almohades comandadas por el califa Muhammad an-Nasir (Miramamolín para los amigos) fueron derrotadas por la coalición cristiana liderada por Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra, e integrada no sólo por sus respectivos ejércitos, sino también por tropas portuguesas -sin su rey, Alfonso II-, cruzados de toda Europa, diversas órdenes militares y numerosos caballeros del reino leonés que acudieron a título personal. En total, entre ciento cincuenta y doscientos mil combatientes (con amplia superioridad musulmana) congregados en Despeñaperros para zurrarse la badana bajo el bestial sol de julio. Melanoma para todos.

Sin embargo, y como apunté el año pasado acerca de los trece siglos que se cumplían de la invasión de la Hispania visigoda y de la batalla de Guadalete, no parece que nadie esté por la labor de conmemorar la efeméride. Un congreso, un museo y va que chuta, no vaya a invocarse el “mejor no meneallo”. Como si doliese recordar uno de los acontecimientos capitales de nuestro pasado mientras se celebran aniversarios de mucha menor relevancia y a los que no quiero señalar, que tengo una educación y unos párrafos que escribir.


El porqué de Las Navas:

1195 se considera el culmen del dominio almohade en la Península Ibérica. En décadas anteriores, el imperio norteafricano había ido sometiendo los distintos reinos de taifas musulmanes, pero necesitaba un gran triunfo sobre los cristianos para ratificar su posición hegemónica. En este sentido, la batalla de Alarcos (1195) supuso ese golpe de efecto: Alfonso VIII de Castilla sufrió tal derrota que tardó años en recomponer no sólo su ejército, sino también la anterior política de relaciones entre reinos cristianos, en especial entre la noqueada Castilla y la pujante León de Alfonso IX.

Ruinas del castillo de Alarcos (Ciudad Real)
Ruinas del castillo de Alarcos (Ciudad Real)

Sin embargo, las divisiones en el seno de los almohades provocó que apenas pudiesen rentabilizar su victoria en Alarcos. Cierto es que se recuperaron para al-Andalus ciudades como Cáceres, Plasencia o Talavera, pero fracasó el asalto musulmán a Toledo. Se instauró entonces un tenso compás de espera, alargado durante años en los que, pese a las treguas y las parias, se sabía que tarde o temprano se volverían a dirimir los intereses territoriales a guantazo limpio.

De hecho, los grandes actores de Las Navas de Tolosa eran conscientes de que un éxito militar era imprescindible para asegurar su posición en el delicado tablero político ibérico de inicios del siglo XIII. No sólo se trataría de una guerra por religión, sino -sobre todo- de una guerra territorial. Verlo como un “Cristianismo vs Islam: ¡el combate del siglo!” es de mentecatos y supone obviar los conflictos existentes entre Portugal, León, Castilla, Navarra y Aragón, lo cual nos lleva a desmontar el mito de que los reinos cristianos fueron a la batalla juntitos de la mano y montados en unicornios que cabalgaban briosos sobre el arco iris. Más bien no.

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La armada ficticia de Baltasar de Guevara

En 1716, un marino español, Baltasar de Guevara (Madrid, 1673 – Puerto Rico, 1724), hijo natural del Duque de Nájera, protagonizó uno de esos episodios de la Historia Naval que, por su ingenio, debería ser recordado.

La isla de Corfú

La guerra Turco-Veneciana y las conquistas del emperador

Durante el año 1716, el emperador Carlos VI se encontraba liberando la porción de Hungría en manos turcas. Un conflicto muy productivo que se desarrollaría entre 1716 y 1718 y del que el emperador saldría con incrementos territoriales en Serbia y Hungría, alcanzando por fin el Danubio. Ocupada como estaba la soberana cabeza de Carlos VI en tales menesteres, dejó desguarnecidos sus nuevos dominios en Italia.

Un poco antes, en diciembre de 1714 se había iniciado la última Guerra Veneciana o Turco-Veneciana. Los Turcos habían tomado las islas de Tinos y Egina, cruzado el itsmo y tomado Corinto. El almirante de la flota veneciana, Dolfin, juzgó entonces conveniente salvaguardar la flota en vez de proteger Morea y cuando quisieron llegar allí, Nauplia, Modon, Corono y Malvasia habían caído y las bases de Levkas (en el Egeo) y Spinalonga y Suda en Creta habían sido abandonadas. Los turcos entraron en el Adriático y desembarcaron en Corfú, aunque sus defensores lograron rechazarlos.

Como hemos dicho, a los turcos les fue mal en el continente. En agosto de 1716, sufrirían una gran derrota en la Batalla de Petrovaradin. Pero en el mar, en el Egeo y Dardanelos, 1717 y 1718 serían bastante más satisfactorios.

Las cosas terminaron en julio de 1718 con el Tratado de Passarowitz en el que el Imperio Otomano renunció a los territorios que habían caído en manos de Carlos VI mientras que Italia perdía Morea a cambio de pequeñas compensaciones en Albania y Dalmacia. La gran armada veneciana había comenzado su declive.

El papel de España

En España acabábamos de salir de la Guerra de Sucesión. Felipe V, nieto del Rey Sol, se sentaba en el trono español con el reconocimiento de sus pares europeos desde la Paz de Utrecht en 1713; aunque a costa de perder los territorios europeos de la Corona entre los que hacía especial daño la pérdida de los italianos, pues Sicilia había pasado a manos de los Saboya mientras que Nápoles y Cerdeña pasaban a manos austriacas.

Giulio Alberoni

Aunque sentado, Felipe V no estaba cómodo. Desde 1714, tenía una segunda esposa, Isabel de Farnesio, y nuevos hijos a los que debía dar un lugar en el mundo. Así que el hombre de confianza de la nueva reina, Giulio Alberoni, un abate cincuentón, llevaría a cabo entre 1716 y 1719 varios intentos de revisar el Tratado de Utrecht. Primero con el beneplácito de Inglaterra y luego sin él (si no me hacen caso, bueno soy yo para darme por vencido, y buena es la Reina – debió decir el signore Alberoni).

En este contexto, la brillante intervención de Don Baltasar podría verse como una primera acción en el Mediterráneo para hacernos notar allí donde queríamos recuperar ciertos territorios (naderías, un par de islas grandes aquí y allá y unos cuantos acres de tierra).

La isla de Corfú y Baltasar de Guevara

Así las cosas, el emperador Carlos VI dándole estopa al Imperio Otomano, el Imperio Otomano dándole estopa a la Serenísima República de Venecia y los españoles penando por volver a Italia, 1716 brindaba una bonita oportunidad para el mejor postor.

Como hemos dicho, los turcos entraron en el Adriático y desembarcaron en Corfú. Los venecianos estaban en horas bajas y los austriacos no estaban por la labor de echar una mano. Así que Alberoni, la Farnesio y nuestro primer Borbón aprovecharon la situación para entrar en Italia. Nunca se recibe mejor a un ejército que cuando viene a salvarte el culo.

España envió en 1716 al marino español don Baltasar de Guevara con una pequeña flota de 5 galeras y 6 navíos de la escuadra del Marqués don Esteban de Mari a fin de liberar Corfú de las manos del Turco. Guevara tenía órdenes de acudir en auxilio de Venecia, socorriendo a la isla de Corfú. Los turcos habían desembarcado allí a treinta mil hombres y tres mil caballos, bajo el mando del bajá Dianum Codgi, que ya había intentado un primer asalto a la ciudad aunque sin éxito.

La verdad es que había mucha tela que cortar y 5 galeras y 6 navíos no parecían suficientes para echar de la isla a tanto soldado turco. Sin embargo, don Baltasar resultó ser una caja de sorpresas. Consciente de la debilidad de su armada, Baltasar de Guevara, durante la travesía hasta la isla y con la ayuda de Venecia, se aplicó a la tarea de requisar cuantos barcos mercantes encontró en el trayecto. De tal forma que a su llegada a Corfú, la flotilla inicial de 5 galeras y 6 navíos había aumentado hasta conformar una armada ficticia de imponente apariencia.

Cuando el bajá turco se encontraba a punto de lanzar su segundo ataque a la ciudad, los vigías de la costa anunciaron la presencia de multitud de velas. La imponencia de esta fuerza presentada de improviso llevó al general otomano a abandonar la isla con su flota de 22 navíos, dejando atrás, en el campo de batalla, cincuenta y seis cañones, ocho morteros, los hospitales, las tiendas y las provisiones.

Baltasar de Guevara, al mando de 5 galeras, 6 navíos y mercantes de todo tipo, había puesto en fuga a una armada mucho más poderosa con un ingenioso ardid basado en la mera apariencia.

La acción traería a Alberoni la gratitud del Papa Clemente XI, que le otorgó el capelo cadenalicio, al tiempo que se reconciliaba con Felipe V y recomendaba a la iglesia española la ayuda económica al rey.

La acción de Corfú tuvo también el efecto propagandístico deseado en Italia. Alberoni había conseguido afianzar la presencia de la política exterior española en el área del Mediterráneo. Pero, claro, si haces mucho ruido se te quejan los vecinos e Inglaterra no tardaría en reactivar los juegos de alianzas primero con Holanda, luego con Francia y por último con Austria. No os engañéis, que no tardaron en darnos para el pelo. En 1718 una escuadra inglesa derrotaba a la española en el Cabo Passaro, Sicilia, y se nos torcían las cosas de nuevo. Pero eso, amigos, ya es otra historia.

Un rey sin corazón

Braveheart es una de las pocas películas que esquivan mis recelos hacia el denominado “cine histórico”. Es más, hasta diría que es mi película favorita, si por favorita entendemos haberla visto unas veinte veces y saber de memoria los diálogos en español e inglés. Admito que tiene fallos históricos imperdonables, pero las filias y fobias dependen mucho de los estados de ánimo y hace años que Braveheart se ganó mi corazoncito.

Angus Macfadyen como Roberto I ("Braveheart").
Muy heroico no es que se retratara a Roberto I en "Braveheart", las cosas como son.

Braveheart y corazoncito. De eso quería escribir hoy, no os quejéis de cómo he hilado temas. Porque hay una historia que no muchos conocen relacionada con uno de los personajes de dicha película. No, no es William Wallace, tampoco es que haya demasiada información sobre él; y no, tampoco es Eduardo I, el apodado Longshanks, aunque pocos sepáis que era el cuñado de nuestro Alfonso X y que se casó en el monasterio burgalés de Las Huelgas. Me refiero a Robert the Bruce, a quien -lo aclaro desde ya, para ahorrarnos líos- de ahora en adelante llamaré Roberto I.

En Braveheart se presenta a Roberto I como alguien sin mucha iniciativa política, como un traidor a Wallace al luchar junto a los ingleses en Falkirk (1298) y como un ser torturado por el remordimiento que se corona rey de una Escocia independiente tras la batalla de Bannockburn (1314). Un curriculum completito que, como cualquier otro curriculum, enmascara la realidad. Que miente, vamos.

Cierto es que Roberto I y su padre juraron lealtad al poderoso Eduardo I de Inglaterra, pero lo hicieron para defender sus derechos familiares al trono escocés. Sí, trono escocés, del que apenas hablan en la película: éste lo ocupaba Juan I, del clan Balliol, rival de los Bruce; al principio, allá por 1292, Juan I fue apoyado por el propio Eduardo I, pero terminaron tan a mal que Eduardo I no sólo le borró del Facebook, sino que invadió Escocia y se la anexionó, deponiendo a Juan I después de derrotarlo en la batalla de Dunbar (1296).

Fue entonces cuando Roberto I y su padre, en plan carroñero, se ofrecieron para cubrir la vacante de la corona escocesa. Ya que Eduardo I no quería desprenderse de Escocia y que varios nobles escoceses, liderados por Wallace, habían comenzado una nueva insurrección, los Bruce oscilaron entre ambos bandos durante un tiempo. Así, mientras se sucedían las batallas de Stirling (1297) y la mencionada de Falkirk, los Bruce se mantuvieron al margen. Y sí, con esto insinúo que Roberto I no luchó contra los escoceses en Falkirk: sencillamente no acudió al llamamiento de Wallace por tener cosas mejores que hacer.

Como, por ejemplo, suceder al mismísimo Wallace como Guardián de Escocia, el título que recibían sus máximos mandatarios en épocas de interregno. Vamos, que Roberto I no estaría tan mal visto entre sus paisanos si éstos le concedían tal honor. Roberto I abandonó el cargo dos años después, pero continuó ejerciendo gran influencia sobre los nobles escoceses, quienes en 1304 se rindieron a Eduardo I. ¿Todos? No: Wallace, que había regresado de su exilio en Francia e Italia, no cejó en su empeño y acabó como acabó, es decir, capturado y descuartizado en 1305. Como apuntó el sabio (?): “que naprenguin!“.

Pero el problema de Roberto I -huérfano desde 1304- no era ya Wallace, sino John Comyn, quien también se postulaba como candidato al trono de Escocia. Tras dimes, diretes y un presunto incumplimiento de contrato, Roberto I asesinó a Comyn en la iglesia de Greyfriars de Dumfries en febrero de 1306. Sólo había dos salidas: o convertirse en un proscrito excomulgado o en monarca escocés, libre ya de toda competencia, de perdidos al río y que salga el sol por Antequera.

Estatua de Roberto I en Bannockburn
Estatua de Roberto I en Bannockburn: aquí sí que se pusieron épicos de verdad, qué menos.

Mes y medio después Roberto I fue coronado rey de Escocia. Sí, en 1306, no justo antes de Bannockburn (1314), pese a lo narrado en Braveheart. Hasta Bannockburn pasaron ocho añitos (aquí me tenéis, demostrando que sé restar) en los que Roberto I trató de imponer su precaria autoridad sobre el resto de clanes escoceses. Por suerte, Eduardo I había fallecido en 1307, heredando el trono inglés su hijo, el débil Eduardo II; no había color y, obviamente, Roberto I quiso aprovecharlo para desafiar a los ingleses mediante unas escaramuzas a las que sería difícil incluir en la categoría de “batalla campal”.

Una batalla campal se antojaba necesaria, puesto que tales escaramuzas se habían saldado con tantas victorias como derrotas. Bannockburn tendría que ser esa batalla y como tal la preparó Eduardo II, quien invadió Escocia en junio de 1314 con un ejército que doblaba y casi triplicaba el de Roberto I. Aún así, los escoceses se impusieron con facilidad y Eduardo II hubo de escapar a duras penas tras ser perseguido por el furibundo sir James Douglas, uno de los más fieles compañeros de Roberto I.

El triunfo de Bannockburn le garantizó a Roberto I la supremacía definitiva sobre todos los clanes escoceses, la estabilidad del reino y un estremecedor estribillo para un himno oficioso. Sin embargo, Roberto I no fue reconocido como monarca por los ingleses hasta 1328, un año después de haber derrocado Eduardo III a su padre. De poco le sirvió a Roberto I, quien fallecería en 1329 dejando una última voluntad de lo más absurda: en su lecho de muerte le pidió a James Douglas que llevara su corazón de Cruzada, dado que él nunca había podido cumplir ese sueño.

La cara del pobre Douglas tuvo que ser un poema, épico para más señas, aunque obedeció el deseo de su rey y amigo. Antes de enterrar a Roberto I se le sacó el corazón para embalsamarlo e introducirlo en una urna de plata. En 1330, Douglas se colgó al cuello dicha urna y partió con una treintena de acompañantes hacia el único lugar donde se encontraba lo más parecido a una Cruzada: ni Jerusalén, ni Acre, ni Damasco, sino la frontera del reino de Granada, inaugurando así la tradicional querencia británica por el sur de la Península Ibérica y la Santísima Trinidad de sol, sangría y playa.

Douglas, el corazón de Roberto I y el resto de la expedición escocesa llegaron a Sevilla, donde Alfonso XI les recibió -no sabemos con qué cara- antes de marchar hacia Teba, plaza fuerte nazarí en la actual provincia de Málaga. Las tropas castellanas cercaron el lugar a principios de agosto y poco después comenzaron las refriegas contra los soldados del temido Ozmín, quien prefería hostigar a los cristianos y evitar un desfavorable enfrentamiento a campo abierto.

Monumento en Teba a James Douglas.
Monumento en memoria de James Douglas en Teba.

Con todo, Douglas y sus escoceses, que no estarían muy acostumbrados ni a las tácticas de la Reconquista ni al sofocante calor andaluz, pagaron la novatada y cayeron en una emboscada. Según la leyenda, Douglas se vio cabalgando solo detrás de los musulmanes, con apenas un puñado de sus hombres, rodeados todos tras un fugaz contraataque del enemigo. Douglas, desesperado, lanzó la urna con el corazón de Roberto I gritando: “¡ve primero, como hubieras querido, y Douglas te seguirá o morirá!”.

Douglas y sus compañeros murieron, como era de esperar, aunque los cristianos lograron conquistar Teba a finales de ese mes. De paso, recuperaron el cadáver de Douglas y, lo que era aún más importante, el corazón de Roberto I, que a saber qué excusa daban en Escocia si regresaban diciendo que sí, que lo habían llevado de Cruzada, que mucho frenesí cristiano, expiación de pecados y ardor guerrero, pero que no sabían dónde se lo habían dejado.

Uno de los pocos escoceses supervivientes -se libró de luchar por culpa de un brazo roto- fue sir William Keith, quien se encargó de volver a Escocia con los huesos de Douglas (sólo los huesos: imaginad semanas de viaje con carne putrefacta) y la urna con el corazón real. Éste fue depositado en la abadía de Melrose, pese a que Roberto I estaba sepultado a unos 80 kilómetros, en la abadía de Dunfermline.

Que no nos parezca tan raro: al cuerpo de Felipe el Hermoso, enterrado en la Capilla Real de Granada, también le falta su corazón… que está a más de 1.600 kilómetros, en la iglesia de Nuestra Señora de Brujas. Y sin arriesgarse a perderlo en una Cruzada.

O General sem Medo

Los perros son unos animales simpatiquísimos y admito que ganas no me faltan de tener uno. Sólo me lo impide mi casero y dos cuestiones: los residuos que genera (cacotas varias, claro) y su manía por remover la tierra sin saber qué narices van a encontrarse. El cadáver de un opositor portugués, por ejemplo, lo típico que te sucede si eres un pastor de Villanueva del Fresno en 1965 y a tu perro le da por comportarse como un perro.

Humberto Delgado posa con la bandera portuguesa
Humberto Delgado posa con la bandera portuguesa (Fuente: http://humbertodelgado.pt)

Pongámonos en antecedentes, porque un cadáver no llega así por así al hocico de tu perro. El cadáver en cuestión era el de Humberto Delgado (1906-1965), controvertido general del ejército portugués, y estaba acompañado por el de su secretaria y amante. Obviamente, tal descubrimiento fue reseñado en los telediarios portugueses tras pasar la pertinente censura.

Pero en Aquí fue Troya no estamos para censurar nada, sino para contarlo todo: a Salazar, dictador del país vecino, no le hacía demasiada gracia la mera existencia de Humberto Delgado, con lo amigos que ambos habían sido. El propio Delgado había participado en el golpe de Estado que el 28 de mayo de 1926 acabó con la I República de Portugal e instauró la dictadura militar; es más, durante casi tres décadas este general de las fuerzas aéreas desempeñó importantes cargos al servicio de la misma y del Estado Novo. Un hombre leal al régimen… hasta que se le rompió el amor de tanto usarlo.

 

O General nas Eleições

Humberto Delgado, aclamado en Oporto
Humberto Delgado, aclamado en Oporto (Fuente: http://humbertodelgado.pt)

De ese hastío y del ofrecimiento de la oposición democrática al régimen surgió la candidatura de Humberto Delgado a la presidencia republicana portuguesa, cuyas funciones eran meramente ceremoniales. No obstante, recordemos que el humildísimo Salazar sólo -institucional y nominalmente hablando- era primer ministro. Ya, claro, sólo primer ministro. Había que ser muy inocente para creérselo. O eso o ser Humberto Delgado, quien, tras preguntársele qué haría con Salazar si venciese en las elecciones, respondió “Obviamente, demito-o!” (“¡obviamente, lo destituyo!”).

La cosa es que Salazar, por si alguien no lo había adivinado, no era un primer ministro cualquiera. De entrada, y pese al gran apoyo popular dado a Delgado allá donde acudía, la duda del pucherazo sobrevoló los comicios del 8 de junio de 1958, donde Delgado obtuvo un mísero 25% frente al rotundo 75% del candidato oficialista, Américo Tomás.

Delgado, tan optimista como ingenuo
Humberto Delgado, tan optimista como ingenuo (Fuente: http://praestantia1.blogspot.com)

Por si no bastara, a los delegados demócratas no se les permitió inspeccionar el voto, cambiando Salazar la ley para evitar futuros sustos y chapuzas electorales: del sufragio directo se pasó a uno indirecto -un colegio electoral designado a dedo- que perpetuara al nada intervencionista Américo Tomás en la presidencia. Y aprovechando que el Dão pasa por Viseu, Humberto Delgado fue despedido de las fuerzas armadas portuguesas. Se evitaba así cualquier resistencia interna al régimen y, sobre todo, se le despojaba de la inmunidad militar ante la PIDE (Polícia Internacional e de Defesa do Estado).

 

O General no Exilio

Dado que el ambiente estaba calentito en Portugal, Humberto Delgado solicitó asilo en la embajada de Brasil en Lisboa a principios de 1959, huyendo meses después a Río de Janeiro. Una vez allí concluyó que, si un clavo saca a otro clavo, el golpe de Estado era la única forma de derrocar a un Salazar que andaba con la mosca detrás de la oreja tras sofocar la tentativa del golpe Botelho Moniz, liderado en abril de 1961 por militares hasta entonces afines a -y miembros de- su gobierno.

Ese mismo 1961 fue calentito para Humberto Delgado. Comenzó el año asumiendo la responsabilidad del secuestro del trasatlántico Santa María en aguas brasileñas, continuó convenciendo a varios militares para efectuar un nuevo golpe de Estado y terminó entrando clandestinamente en Portugal para coordinar desde Beja las operaciones del mismo en cuanto arrancara 1962. Sin embargo, la conspiración fue descubierta y Delgado tuvo que escapar, primero a Madrid (donde ridiculizó a la PIDE fotografiándose con el Ya) y después fuera de Europa, primero a Brasil y después a Argelia.

Pese al fracaso, Humberto Delgado maduró la idea del golpe de Estado en Argelia, donde se le reconocía como líder de una Frente Patriótica de Libertação Nacional fragmentada en diversas corrientes de opinión. La división de opiniones propició que ninguno de sus planes saliese adelante y que, de paso, la PIDE le devolviera el gol por la escuadra.

 

O General enganado

Sabedores del peligro que entrañaba un Humberto Delgado haciendo amigos por África, agentes de la PIDE se infiltraron en la oposición a Salazar y se ganaron la confianza de Delgado. Éste viajó a Badajoz junto a su secretaria y amante, Arajaryr Campos, para reunirse con los agentes el 13 de febrero de 1965. Estando en Badajoz los agentes, comandados por António Rosa Casaco y Casimiro Monteiro, les invitaron a acercarse a Olivenza, una reclamación clásica del nacionalismo portugués más recalcitrante y a cuyo ayuntamiento Delgado ya había propuesto quemar como medida propagandística ante la comunidad internacional.

Aún así, no hubo forma ni de pisar Olivenza ni mucho menos de sacar a pasear el mechero. Delgado y Campos fueron trasladados a las cercanías de Villanueva del Fresno, donde fueron asesinados sin dejar rastro por los agentes de la PIDE. De hecho, y tras un par de meses sin noticias de Delgado, miembros de la Federación Internacional de Derechos Humanos buscaron, sin éxito, el cuerpo del general.

Hasta que llegó el perro del principio. Y hablando del principio, ya va tocando el final.

 

O General após de morto

Estatua de Delgado en Oporto
Estatua de Delgado en Oporto (Fuente: http://humbertodelgado.pt)

Salazar se desentendió del asesinato de Delgado. Se desentendió tanto que sus palabras al respecto fueron “uma maçada” (“un rollo”). El franquismo, por su parte e intentando no enturbiar las relaciones con Portugal, se limitó a juzgar a Casimiro Monteiro, quien no cumplió la condena de diecinueve años por hallarse ausente.

Un golpe de Estado triunfante (la Revolución de los Claveles) y veinticinco años después, a Humberto Delgado se le restituyeron honores y dignidad ascendiéndole a mariscal y depositando su cadáver en el más que selecto Panteón Nacional portugués.

 

Incierto se presenta el reinado de Rodrigo: La Venganza

Si hace tres meses les puse en antecedentes contándoles la llegada de los musulmanes a Hispania, qué menos que cerrar el círculo con unos parrafillos acerca de la batalla de Guadalete, que acaba de cumplir 1.300 años y, según parece, se conserva tan fatalmente que nadie se ha hecho eco de su efeméride. En fin, y esto lo escribo remangándome, tendré que hacerlo yo.

Habíamos dejado a Tariq y sus tropas aguardando a Rodrigo, cuyas dotes como vidente eran más que dudosas. Como ya apunté, no está claro si Tariq había venido solamente a luchar para los witizanos (o agilenses, siendo estrictos, aunque todos nos refiramos a ellos como witizanos), a invadir Hispania o a hablar de su libro. Sí sabemos que recibió cinco mil soldados de refuerzo enviados por su superior, Muza, y que muy probablemente entabló conversaciones con los rivales del rey visigodo porque -uh, vaya lío- los enemigos de sus enemigos eran sus amigos, más aún cuando la Hispania visigoda vivía en un verdadero clima de guerra civil.

 

Maniobras visigóticas:

"Don Rodrigo en la Batalla de Guadalete" de Marcelino de Unceta y López (1858)
"Don Rodrigo en la Batalla de Guadalete", de Marcelino de Unceta y López (Fuente: "El País")

El desembarco de Tariq en las costas gaditanas pilló a Rodrigo en Pamplona, donde trataba de sofocar la enésima revuelta de los vascones. De hecho, no se enteró de la invasión hasta muchos días después, tal vez por culpa de la huelga de palomas mensajeras o la falta de cobertura en el móvil. Sea como fuere, el monarca no pudo encaminarse hacia el sur hasta finales de la primavera, fijando en Córdoba el lugar de reunión de su ejército.

El problema para Rodrigo no estribaba únicamente en los miles de mocetones que comandaba Tariq, sino en los puñales, cuchillos y machetes que volaban a sus espaldas. Porque los witizanos habrían llamado a los musulmanes y facilitado su entrada en la Península Ibérica, pero la mayoría de esos mismos witizanos, al mismo tiempo, habían acudido a Córdoba para mostrarle a Rodrigo su apoyo en un paripé tan fastuoso que dejaba lo del beso de Judas en una simple traición nivel usuario.

Al menos hubo un witizano que fue de frente sin perder la dignidad. La dignidad eclesiástica, digo, porque se trataba de Oppas, el arzobispo de Sevilla, hermano del difunto rey Witiza y tío de Agila, candidato fracasado al trono visigodo. Supuestamente Oppas habría mediado entre el sector witizano y los musulmanes, si bien Rodrigo no estaba al tanto de eso. O no quería estarlo. O no era muy despierto y no parecía enterarse de qué estaba sucediendo a su alrededor, puesto que ordenó a los hijos de Witiza que comandaran los flancos del ejército visigodo.

Un aplauso para Rodrigo, por favor: pocos reyes han sido más tontos en la Historia.

 

La batalla de Guadalete. En sí. Propiamente dicha:

De entrada, y para ahorrarnos tiempo, aceptemos dos hechos más o menos establecidos por el colectivo medievalista: que la batalla se libró entre los días 19 y 26 de julio y el choque se produjo cerca del río Guadalete, el Wadi Lakkah de las fuentes islámicas. Allí esperaba Tariq con unos doce o quince mil soldados, siendo los visigodos unos cuarenta mil -con un tal Don Pelayo por allí-, aunque todas estas cifras no son más que unas estimaciones aproximadas y matizando los cálculos de las crónicas, bastante tendentes a la exageración.

El orgullo del ejército godo era su caballería pesada, quizás la más poderosa de la época. Confiado, Rodrigo ordenó atacar a los musulmanes, previendo un rápido desenlace. Y no. Entre las dudosas capacidades militares del monarca visigodo (recordemos que no había podido sofocar a los vascones), su relativa escasez de carisma y las conspiraciones witizanas la batalla se alargó más de lo deseado para Rodrigo y sus partidarios.

En el otro bando, no obstante, estaban encantados con el devenir de los acontecimientos. La caballería musulmana, más ligera y muy inferior en número, había logrado resistir el embate inicial y, de paso, aprovechó su movilidad -sobre todo, la de sus arqueros a caballo- para hostigar a los godos con pequeñas escaramuzas que no inclinarían la balanza de la victoria hacia ningún lado pero que, como decía Gila, “hombre, no matan, pero desmoralizan”.

"La Batalla de Guadalete", de Salvador Martínez Cubelles
"La Batalla de Guadalete", de Salvador Martínez Cubelles (Fuente: Ministerio de Cultura)

Faltaba, por tanto, un punto de inflexión que decantara la batalla. Las alas del ejército godo, que hasta entonces habían pasado desapercibidas y apenas habían participado, resolvieron pasar a la Historia y no precisamente por su ardor bélico. Más bien al contrario. Las tropas lideradas por Agila y su hermano Sisberto, donde también se hallaba el núcleo duro witizano, Oppas inclusive, ejercieron una práctica tan antigua como expresiva es su palabra: defección. Que suena a cagar, vale, pero que realmente significa salir pitando y dejar a Rodrigo con el culo al aire, nunca mejor dicho.

Expuesto en el campo de batalla y abandonado por los mismos enemigos a quienes -otro aplauso- les había otorgado amplios poderes, Rodrigo no pudo evitar el mayor de los descalabros. Eso, lógicamente, implicaba perder su caballo, su reino y su vida, pese a que jamás se encontró su cuerpo y se rumoreó que logró huir a Viseu; la leyenda, más morbosa, cuenta que se metió en la tumba de la violada Florinda recitando los versos “ya me comen, ya me comen / por do más pecado había” para aludir a esos gusanillos que le estaban devorando sus reales gónadas.

 

El rey ha muerto. ¿Viva el rey?:

Monedas acuñadas por Agila II
Monedas acuñadas por Agila II (Fuente: www.maravedis.net)

Con Rodrigo desaparecido, la corona visigótica recaía sobre Agila (ahora sí, Agila II), que por algo liaron la que liaron él y sus partidarios. Ésa era la teoría y, como rey, Agila II llegó a acuñar moneda en el noreste de Hispania. Hasta ahí bien, gracias.

La práctica, en cambio, introdujo en el plan elementos no deseados. Ya comenté que, lejos de limitarse a ser unos mercenarios cualesquiera, los musulmanes tenían más que meditada la invasión de Hispania como mera continuación de su avance por el Magreb. Y entre que el ejército visigodo había sido desmantelado y que sí, oye, que ellos habían venido a jugar y no querían la Ruperta, qué menos que intentar rematar la faena, de ahí que se encaminaran hacia la capital visigótica, Toledo.

Tariq alcanzó Toledo con la batalla de Écija como único escollo, donde derrotó a las recompuestas milicias que habían defendido a Rodrigo. Una vez en Toledo, Tariq hizo tiempo hasta que Muza cruzara el Estrecho para ejemplificar los clásicos “donde hay patrón no manda marinero” o “unos cardan la lana y otros se llevan la fama”. La llegada de Muza se produjo en el 712, acompañado por casi veinte mil hombres que tomaron la mayoría del sur peninsular sin apenas esforzarse (obviando los meses que Mérida resistió el asedio islámico). En el 713 por fin Muza se reunió con Tariq para trazar las líneas generales de la conquista de Hispania, que se había basado y basaría en dos pilares: los favorables pactos con las más que dispuestas oligarquías locales -caso del tratado de Tudmir- y, en mucha menor medida, las armas.

Pero volvamos a nuestros godos. A esas alturas de la película, a Agila II no se le quitaría de la cara un rictus de estupefacción permanente; no sólo los musulmanes se habían excedido en las capitulaciones iniciales, sino que encima sus súbditos no dudaban en aprovechar las ventajosas condiciones ofrecidas por los invasores. Se cree que Agila II marchó a Toledo para que Tariq y Muza le explicaran qué estaba pasando, pero éstos le remitieron a Damasco, por lo que a Damasco se fue Agila II a hablar con el califa Walid I, el mismo que tiempo atrás les advirtió a Tariq y Muza de que ni se les ocurriera invadir Hispania. Imagínense ustedes la conversación y añádanle insultos y jocosos malentendidos.

Tariq y Muza, sabedores de la bronca que les espera en Damasco
Tariq y Muza, sabedores de la bronca que les espera en Damasco

Esta charla acarreó dos consecuencias. En primer lugar, Agila II renunció al trono de Hispania nada más volver, recayendo éste en un Ardón que se atrincheró sin mucho éxito en la Septimania. Por otro lado, el chivatazo provocó que Walid I llamara a consultas a Muza y Tariq, que para el 714 ya habían incorporado al califato buena parte de la Península Ibérica. Tariq regresó a Damasco de inmediato, pero Muza remoloneó durante un año para poder fundar un emirato que gobernara al-Andalus: con capital en Córdoba, lo hizo depender del califato omeya y nombró emir a Abd al-Aziz, su propio hijo, a quien (buscando mayor legitimidad, recochineo y deleite de la prensa rosa) casó con Egilona, la viuda de Rodrigo.

No hay mejor forma para terminar, ni tampoco para ilustrar el fin de una época que enlaza con el inicio de otra, quizás la que más haya marcado el resto de nuestra Historia.