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Una gran noticia

Seguro que muchos de vosotros os habréis dado cuenta de que quien esto escribe hace mucho que no se pasa por Aquí fue Troya. Doy por hecho que no hay una legión de fans esperándome a que salga por la calle para aclamarme, pero bueno, era importante aclarar el porqué de tan repentino silencio y, ya que estamos, el tono comedido con el que analicé Isabel (tan comedido que muchos me indicaron, en privado, que no era yo. O, al menos, que no era el yo que tantísima y tan merecida cera le dio a Toledo en su momento).

Durante varios meses he estado mordiéndome la lengua -o el teclado, mejor dicho- para no gafar el proyecto y reventar la exclusiva, si bien finalmente desde instancias superiores me han dado luz verde para comunicar la noticia: TVE producirá una serie sobre Fernando III y, si todo sale bien, seré el consultor histórico de la misma. No puedo dar más detalles del asunto por ahora, pero sí me han permitido explicar cómo se desarrollaron los acontecimientos.

Todo comenzó de la manera más idiota. Hace siete meses, el 30 de mayo, @silvi_ta me cedió en Twitter el espacio de los santos para que hablase de Fernando III, a la sazón San Fernando (huelga aclarar que no me gusta nada esa denominación, salvo cuando se celebra su/mi onomástica). Todo ello se saldó con el hashtag #FernandoIIIesTOP y comenzó a germinar en mi cabeza la posibilidad de dedicar unos artículos en Aquí fue Troya, planteando su vida a modo de serie. Sólo dos artículos vieron la luz, los referentes a la primera temporada y a la segunda eadem. La ficticia serie se detuvo en 1218 y, aunque en mi cabeza estaba todo el desarrollo de la misma -cinco temporadas, así a ojo-, no hubo continuación.

El milagro sucedió a principios de julio. Estaba trabajando en el tercer artículo (tercera temporada, aún inédita) cuando recibimos un correo electrónico de un productor televisivo interesándose por nosotros. Mejor dicho, por Fernando III y por los artículos publicados previamente. Superado el asombro inicial -que después tornó en reticencia y más tarde en pánico- y luego de un afanoso intercambio de correos, concertamos una entrevista en Madrid a mediados de agosto.

De tal entrevista poco podemos desvelar quienes allí estuvimos. Que si era viable la serie. Que si habíamos hablado con otras productoras o cadenas. Que si venderíamos la idea o si preferiríamos participar como asesores. Todo muy en el aire, sí, pero bien es cierto que las televisiones públicas tenían pendiente la aplicación de EREs en sus plantillas y de recortes en sus presupuestos. Era comprensible que no habría vía libre para avanzar en el proyecto hasta que no se aprobaran las cuentas estatales de 2013 para RTVE.

En otoño se fue redondeando la propuesta en diversas reuniones con el equipo. Tampoco debería revelar mucho al respecto, salvo que el espíritu original de los artículos ha sido tenido más en cuenta de lo esperado. Se han mantenido en esencia las líneas argumentales y el perfil de los personajes. Otra cosa será el trabajo que hagan los guionistas y las directrices impuestas por los productores ejecutivos (no de la productora, sino de la cadena) y será finalmente el público quien dicte sentencia a favor de unas u otras tramas. Y sí, los medios no son muchos y en España no tenemos nada como la HBO o la BBC, pero estoy seguro de que el esfuerzo será titánico para estar a la altura de las expectativas creadas.

Ojalá muy pronto pueda ofrecer más datos y concretar plazos, personajes o localizaciones. Hasta entonces sólo me queda esperar y, sobre todo, daros las gracias: el productor nos confesó que conocía los artículos gracias a que uno de nuestros lectores se los había enviado. Sea quien sea ese lector, le debo no ya una caña, sino la producción anual de Cruzcampo.

Isabel

En Aquí fue Troya somos así, señora. No nos mire mal. Sabemos de sobra que Isabel se estrenó hace bastante y que en su momento prometimos escudriñarla al límite, como hicimos con Toledo. De verdad que sí. Lo cumplimos a medias: quien esto escribe vio el primer capítulo y tomó notas al vuelo, pero hasta hoy no las ha publicado. Cosas del directo, señora, deje de mirarnos mal o la tendremos.

Pero seamos sinceros. La demora es achacable a una única causa de doble filo: Isabel no es tan mala y, por lo tanto, no había tantas ganas de despellejarla como sí sucedió con Toledo. Dios santo, es que Toledo era tan atroz que aún en artículos ajenos (como éste) me entran ganas de denunciar a sus creadores al Tribunal de La Haya.

Admitamos que Isabel, en general, es una serie que se deja ver. Al contrario que Toledo –sí, otra vez la infumable Toledo–, basada en personajes ficticios con presunto trasfondo real, Isabel bebe de asuntos más o menos históricos para desarrollar su trama, lo cual es muy de agradecer. Divulgar no divulga demasiado, vale, pero al menos se nutre de una época convulsa (y, por tanto, interesante) y unos protagonistas que conocen hasta los monetes de Gibraltar. Qué graciosos, los monetes, los jodíos.

El problema, cómo no, es que uno no es de piedra, sino de carne, huesos, vísceras y unos cuantos fluidos que no vienen al caso. Y siendo historiador es difícil no removerse en el sofá cuando observa algunos fallos de bulto que, lo avanzo ya, son responsabilidad última de la asesora histórica de la serie, una tal Teresa Cunillera con un único registro en Dialnet. Ni ella ni los guionistas (ojo, licenciados en Historia) pueden evitar lo peor.


¿Era necesario?:

Isabel contiene fallos históricos, como cualquier otra serie. La cuestión es si eran necesarios. Porque puede haber gazapos sin importancia (ejemplo, ese violonchelo que aparece y que, como ya se apuntó en Twitter, no se inventó hasta un siglo más tarde), pero otros errores no aportan nada a la trama y, para colmo, se enfrentan tozudamente a la realidad. Porque es de traca, óiganme bien, de traca, que en la serie –sobre todo en su promoción– se insista machaconamente en que Isabel fue la primera reina de Castilla, como si a inicios del siglo XII no hubiese existido una tal Urraca I (sobrina, a su vez, de otra Urraca, reina en Zamora). Poco se farda en España de una reina con nombre de pájaro. Una lástima.

Tampoco era estrictamente necesario hacer de Isabel de Portugal, madre de los infantes Isabel y Alfonso, una señora fatal de lo suyo y loca de atar allá por 1461, cuando arranca la serie. Cierto es que fue recluida en Arévalo con sus hijos acusada de enajenación mental (algo que la serie no termina de explicar), pero encamarla para que parezca en las últimas carece de sentido si tenemos en cuenta que falleció en 1496. Treinta y cinco años agonizando, que se dice pronto.

Es comprensible que detalles como el anterior puedan pasarse por alto, dada la brutal cantidad de datos (personajes, fechas, lugares) que proporciona el primer capítulo. Despista a cualquiera, incluso a medievalistas irredentos. Aplaudiría esa profusión de datos si fueran ciertos, pero fastidia oír a Enrique IV ampararse en que Beltrán de la Cueva le salvó la vida en una batalla contra los musulmanes, de lo cual no hay constancia en las crónicas, como tampoco hay constancia de que Isabel fuese la madrina de Juana la Beltraneja o de que los nobles del reino cometieran la imprudencia de jurar ante notario que la recién nacida no era hija del monarca. Puede que Beltrán de la Cueva cayera mal –no era precisamente el tipo con más amigos en Facebook–, pero convertirle en el pim pam pum de la serie es una cabronada.

La serie también derrapa en aspectos protocolarios. En una escena vemos a la reina Juana ordenando limpiar el suelo a todo un arzobispo toledano, cabeza de la Iglesia castellana y pornochacho en sus ratos libres. No esperábamos menos de una corte tan cachonda en la que apenas hay que esforzarse para asistir en vivo a actos carnales con erótico resultado, siendo testigos de ello tanto Isabel como la propia reina, que en un encomiable arranque también se despelota ante Beltrán de la Cueva. Gracias, guionistas. Y aún más gracias, Bárbara Lennie.


Esas minucias (o no):

Isabel tiene aciertos. Que sí. Creedme. Verbigracia, el cuidado y precioso vestuario, al margen de la manía de vestir casi siempre de blanco a Isabel, como si viniese del futuro a anunciar lejía. O las localizaciones exteriores, incluyendo el quitarle al alcázar de Segovia sus característicos tejados de pizarra, mandados colocar en el siglo XVI por Felipe II.

Aún así, a servidor le chirrían determinadas minucias. Acabo de alabar los planos exteriores del alcázar, pero en esos mismos planos echo de menos la antigua catedral de Segovia, situada frente a él y derruida tras la Guerra de las Comunidades. Si seguimos con Segovia, tampoco comprendo que las escenas de la coronación de Isabel se rodaran en la concatedral de Cáceres, existiendo todavía la iglesia segoviana de San Miguel, donde se produjeron tales hechos. Los interiores, en cambio, sólo me sugieren una palabra: cartonpiedrismo. No pido a los decoradores que hagan un cursillo CCC de cantería medieval, pero al menos podrían haberse esmerado en imitar las estancias del mismísimo alcázar en el que se sitúan gran parte de los acontecimientos. Que no cuesta tanto (4’50 € la entrada), chavales.

Por cierto, tampoco es mucho pedir que Isabel mejore su caligrafía. O, mejor dicho, que la adapte a la realidad, que la haga gótica cortesana y no tan clarita y legible. Ah, y que aprenda a escribir bien su nombre, con i griega (“Ysabel”) en vez de i latina. Más que nada, para no joderse el futuro símbolo del yugo correspondiendo con su inicial.


Nota final:

Me enfrenté a Isabel con una mezcla de miedo y ganas de sangre, pero he de aceptar que el resultado, en general, es aceptable. No pasa del aprobado justo, aunque aprueba, que ya es decir para una serie histórica española que encima no cuenta con tramas para toda la familia ni con supuestas escenas jocosas basadas en equívocos de encefalograma plano, ambas dos cosas muy dignas de elogio.

En cuanto al reparto, reconozco que quizás la edad de los actores no se adecue a la de sus personajes, del mismo modo que reconozco que la elección de Michelle Jenner no me convenció cuando comenzó a rodarse la serie. Sostengo lo primero, pero me callo lo segundo: susurros al margen –¡los del fondo no te oyen!–, Michelle Jenner sale más que airosa de un papel enormemente complicado. Si hubo un personaje que me decepcionó fue Enrique IV (Pablo Derqui), pero su esposa en la ficción me hizo olvidarlo pronto.

Sí, por eso mismo que estáis pensando: #TETAS.

Las Navas de Tolosa, ocho siglos (y dos días) después

Un día como anteayer, hace ochocientos años, tuvo lugar la segunda batalla más decisiva de toda nuestra historia medieval. En ella, las huestes almohades comandadas por el califa Muhammad an-Nasir (Miramamolín para los amigos) fueron derrotadas por la coalición cristiana liderada por Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra, e integrada no sólo por sus respectivos ejércitos, sino también por tropas portuguesas -sin su rey, Alfonso II-, cruzados de toda Europa, diversas órdenes militares y numerosos caballeros del reino leonés que acudieron a título personal. En total, entre ciento cincuenta y doscientos mil combatientes (con amplia superioridad musulmana) congregados en Despeñaperros para zurrarse la badana bajo el bestial sol de julio. Melanoma para todos.

Sin embargo, y como apunté el año pasado acerca de los trece siglos que se cumplían de la invasión de la Hispania visigoda y de la batalla de Guadalete, no parece que nadie esté por la labor de conmemorar la efeméride. Un congreso, un museo y va que chuta, no vaya a invocarse el “mejor no meneallo”. Como si doliese recordar uno de los acontecimientos capitales de nuestro pasado mientras se celebran aniversarios de mucha menor relevancia y a los que no quiero señalar, que tengo una educación y unos párrafos que escribir.


El porqué de Las Navas:

1195 se considera el culmen del dominio almohade en la Península Ibérica. En décadas anteriores, el imperio norteafricano había ido sometiendo los distintos reinos de taifas musulmanes, pero necesitaba un gran triunfo sobre los cristianos para ratificar su posición hegemónica. En este sentido, la batalla de Alarcos (1195) supuso ese golpe de efecto: Alfonso VIII de Castilla sufrió tal derrota que tardó años en recomponer no sólo su ejército, sino también la anterior política de relaciones entre reinos cristianos, en especial entre la noqueada Castilla y la pujante León de Alfonso IX.

Ruinas del castillo de Alarcos (Ciudad Real)

Ruinas del castillo de Alarcos (Ciudad Real)

Sin embargo, las divisiones en el seno de los almohades provocó que apenas pudiesen rentabilizar su victoria en Alarcos. Cierto es que se recuperaron para al-Andalus ciudades como Cáceres, Plasencia o Talavera, pero fracasó el asalto musulmán a Toledo. Se instauró entonces un tenso compás de espera, alargado durante años en los que, pese a las treguas y las parias, se sabía que tarde o temprano se volverían a dirimir los intereses territoriales a guantazo limpio.

De hecho, los grandes actores de Las Navas de Tolosa eran conscientes de que un éxito militar era imprescindible para asegurar su posición en el delicado tablero político ibérico de inicios del siglo XIII. No sólo se trataría de una guerra por religión, sino -sobre todo- de una guerra territorial. Verlo como un “Cristianismo vs Islam: ¡el combate del siglo!” es de mentecatos y supone obviar los conflictos existentes entre Portugal, León, Castilla, Navarra y Aragón, lo cual nos lleva a desmontar el mito de que los reinos cristianos fueron a la batalla juntitos de la mano y montados en unicornios que cabalgaban briosos sobre el arco iris. Más bien no.

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Fernando III, S02E00

Como decíamos ayer (en realidad el jueves, pero esto de citar a los clásicos con coherencia espaciotemporal aún no lo domino del todo), Fernando III bien merece una serie propia. La primera temporada de la misma, o al menos tal y como yo la había planeado, terminaba con una Castilla invadida por Alfonso IX de León, quien estaba dispuesto a ocupar los castillos fronterizos que tantos quebraderos de cabeza habían dado en décadas anteriores.

Mientras tanto, Castilla carecía de rey al haber fallecido Enrique I muy patéticamente y no aceptar buena parte del reino a Fernando y mamá Berenguela, quienes se encontraban cerradas las puertas de las ciudades y el corazón de sus súbditos. No es mal punto de partida para la…

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Fernando III, S01E00

No es la primera vez que trato sobre series en este espacio. Si me leéis a menudo sabréis que soy capaz de escribir sobre Juego de tronos sin haber leído ninguno de los libros o visto ningún capítulo, o que en la elaboración del artículo sobre Toledo, cruce de destinos sufrí y disfruté -a la vez- tanto como el marqués de Sade en una matanza típica haciendo él de cerdo protagonista. Pero lo de hoy es distinto. Es personal.

Fernando III

Fernando III’s seal of approval

De siempre me ha fascinado Fernando III. No ya porque sea mi santo (de hecho, jamás nadie me verá llamarlo “San Fernando III”, que es una catetada. Es más, si lo hago podéis hincharme a collejas hasta sangrar), sino porque creo que es uno de los reyes más importantes e infravalorados de nuestra Historia. Porque aquí todos conocen a tótems sagrados como Don Pelayo, Abderramán III, Sancho III, Alfonso X o Jaime I, pero Fernando III ha quedado en un segundo plano, discreto e incómodo a partes iguales.

Ya va siendo hora, digo yo, de recuperar a Fernando III para el gran público. Siempre pensé que su figura daría para una película, no una película épica sobre sus conquistas, qué va, sino una especie de thriller político que reflejase cómo se hizo con su doble corona. Sin embargo, hoy día se llevan más las series televisivas, de ahí que me disponga a publicar cinco artículos como cinco soles para otras tantas cinco temporadas. La idea es que todo ello sirva como una brevísima relación de la vida y milagros de Fernando III tomando como base un buen puñado de tuits que solté el 30 de mayo con el hashtag #FernandoIIIesTOP. Y si algún productor televisivo o cinematográfico lee esto, que me llame. Ya está tardando.


Primera temporada:

En esta primera temporada se presentarían los personajes más relevantes de la más que complicada trama. Esto es muy importante y lo subrayaría (mucho) si supiera cómo hacerlo en WordPress. No olvidemos que cuando Fernando vino al mundo en 1201 se le consideró el heredero, en un futuro no muy lejano, de los reinos de León y Castilla, puesto que sus padres eran Alfonso IX de León y la reina Berenguela, güigüigüí, hija de Alfonso VIII de Castilla. Si nos ponemos en plan mesiánico toca recordar que el nacimiento se produjo en el paraje de Valparaíso, en el camino entre Zamora y Salamanca, adonde la reina se dirigía. Sólo faltaba un portal con el buey y la mula.

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Toledo, cruce de destinos

Muy señores míos, siendo sincero he de admitir que hubiese preferido titular este artículo Toledo, cruce de desatinos o ¿Quién me devuelve esta hora y media de vida? Pero el posicionamiento en Google es el posicionamiento en Google y bueno, ya me entienden. Así que si han llegado hasta aquí gracias a Google o de cualquier otra manera, pasen, relájense y déjenme explicarles por qué Toledo, cruce de destinos (en adelante, Toledo) es una serie mala. Pero mala, mala. Mala con avaricia, de sentarse en un sillón con sonrisa malévola mientras se acaricia a un gato.

El punto de partida de la serie, de entrada, tenía su interés. La segunda mitad del siglo XIII es quizás el periodo que mejor ejemplifica esa España de las tres culturas, la idealizada pacífica convivencia y colaboración de cristianos, musulmanes y judíos. Además, Alfonso X es un rey bastante conocido -sobrevalorado, en mi opinión- por el gran público, aunque sólo sea de oídas. Y no sé de nadie a quien no le guste una ciudad tan extraordinaria como Toledo. Los tres factores citados, unidos a un guión coherente y a una cuidada ambientación, podrían hacer de Toledo una serie atractiva.

 

Pero no:

Sin embargo, eso no ha sido así. Por muy ambicioso que haya sido su creador, Emilio Díez, por mucho que se haya esforzado la productora Boomerang TV o por mucha confianza que haya depositado Antena 3 en una serie española de temática medieval, el resultado es muy decepcionante, como mínimo desde el punto de vista histórico.

Toledo

Panorámica de Toledo, según Antena 3

Comencemos por el envoltorio. Por un lado es de aplaudir que se haya trabajado en diversas localizaciones tratando de buscar la mayor verosimilitud sin abusar demasiado del croma; de hecho, tengo la impresión de que sólo se ha modificado por ordenador la vista general de Toledo, con un alcázar que no es el actual, pese a que el aspecto de su torre principal chirríe. No obstante, edificios, atrezo, vestuario y mobiliario no parecen auténticos: algunos, pese a su inspiración medieval, se presentan perfectos e inmaculados en una apoteosis del cartón piedra, mientras que otros recuerdan más a siglos posteriores, como un crucifijo que tenía poco del siglo XIII, construcciones renacentistas y barrocas o el escudo de los Reyes Católicos que se observa en el toledano puente de Alcántara.

Esos fallos son apreciables por la mayoría, por supuesto. Pero al meterme en harina histórica es cuando me entran todos los males, de uno en uno y no en fila india, sino en una avalancha nivel “El Corte Inglés un 7 de enero”. Porque una cosa es distorsionar una miaja la realidad para ajustarla a la ficción y otra es saltársela sin venir a cuento, de modo gratuito, y sin que el cambio aporte absolutamente nada a la trama.

 

La harina histórica en sí:

Pongamos que Toledo se desarrolla entre 1270 y 1274. El capítulo arranca con una razzia musulmana, impensable por entonces, y muestra a los cristianos una década después sitiando Consuegra tras haber tomado Maqueda poco antes. Olvidemos que el castillo que aparece no es el de Consuegra -¿qué les costaría, pardiez?- y, a cambio, señalemos que Consuegra y Maqueda llevaban en manos cristianas, como mínimo, desde hacía más de un siglo.

Según la serie, en Consuegra se hallaba refugiado un tal Abu Bark (sic) cuya dignidad desconocemos, pero que se antoja tan peligrosísimo para Castilla que Alfonso X le ofrece la paz. Al arribar a Toledo, Abu Bark precisa de un traductor para comunicarse con los cristianos, pero acto seguido habla en un perfecto castellano sin ningún tipo de acento. Ya quisiéramos saber quién es ese inteligente Abu Bark, dado que no hay ningún rey nazarí que conste con ese nombre. Habría que preguntárselo a la atrevida musulmana que se bañaba completamente desnuda, al aire libre, en una alberca de su palacio… y no en uno de los hammam o baños árabes. El destape viaja al siglo XIII, señores.

¿Alfonso X o Theoden?

¿Alfonso X o Theoden?

Pasemos al bando cristiano. En Toledo, la gran cuita de Alfonso X es alcanzar la paz: se apunta que Castilla lleva décadas en guerra y medio arruinada, cuando el perfil político de Alfonso X no fue tan militar como el de su padre, Fernando III, sino que se benefició de una etapa económica expansiva. Aún así, se sugiere que la paz entre cristianos y musulmanes es un avance hasta entonces inédito, si bien la tónica de la Reconquista es que eran menos las fases de guerra que de paz, caracterizadas éstas por las parias que en la serie se ignoran porque interesa más vender equívocos culturales, amoríos interétnicos y prejuicios que combatir en pos del bien común y el buen rollo universal, pero procurando dejar claro que, en caso de duda, los malos son los musulmanes y/o quienes quieran alterar la paz mundial.

Por otro lado, al rey se le denomina “Alfonso X” en vez de Alfonso, a secas, cuando ni en documentos ni de forma oral se le llamaría así. Aunque al Alfonso X de Toledo le martiriza un problema más grave que el onomástico: el familiar. Lo cierto es que su hijo Sancho, el futuro Sancho IV, le dio más de un disgusto, guerra civil incluida. Pero los guionistas (Emilio Díez y Alberto Úcar, responsables de subproductos como Los Serrano, El Internado o Los Hombres de Paco), lejos de aprovechar esa tensión, han preferido mancillar la Historia y mearse sobre su cadáver sin que ello, repito, redunde en una mejora del argumento.

Sólo dos hijos de Alfonso X se citan. Para mal, claro. En un rincón tenemos a Sancho, a quien en la serie se le considera el primogénito -hijo de un matrimonio de conveniencia anterior, ejem- y se le otorga el título de príncipe. En la otra esquina, Fernando, supuestamente su hermanastro, hijo de la reina Violante, y de quien se comenta que “no es una opción como heredero” dado que es el hijo menor y sólo un infante. Tracatrá, señores, tracatrá. Y en párrafo aparte les explico el porqué.

Una corte de cartón piedra

Una corte de cartón piedra

Alfonso X sólo tuvo una esposa, Violante de Aragón. Tuvieron por descendencia once vástagos, de los cuales, y en este orden, los varones fueron Fernando, Sancho, Pedro, Juan y Jaime, todos vivos en los años en los que se desarrolla Toledo. Esto es, que Fernando de hijo menor no tenía nada, sino que hasta su muerte en 1275 fue el heredero al trono de la Corona de Castilla. Sancho, obviamente, no pudo ser fruto de un matrimonio de conveniencia -¿cómo?, ¿Alfonso X casándose por conveniencia?, melospliquen, por favor-, ni mucho menos ser príncipe, título que no ostentó heredero alguno hasta la creación, en 1388, del título de príncipe de Asturias.

Si se deshiciera semejante entuerto no se alteraría la esencia de Toledo. Sancho seguiría siendo un conspirador y un broncas (más aún cuando no podría acceder al trono), mientras que Fernando dejaría de ser el niño mimado. ¿Niño? Calculando que la trama oscila entre 1270 y 1274 nos topamos con otro problema: para esa fecha el conocido como Fernando de la Cerda ya había pisado altar y bautizado un hijo, Alfonso. Pero en la serie prefieren un Sancho que, pese a ser primogénito aún no es heredero (?), y a un Fernando púber que se trajina a la joven esposa de un comerciante. Ajá.

Claro, que estas cosas se arreglarían consultando no ya libros de Historia, sino la Wikipedia. En una escena, Violante le asegura al infante Fernando que Jaime I, su abuelo, fue rey de Aragón a los tres años. Se da por hecho que Jaime I ya estaba muerto, cuando falleció en 1276, poco después que su nieto, y para colmo resulta que fue coronado no a los tres, sino a los cinco años. ¿Cambiaría la verdad el sentido del diálogo? No, pero quizás les hubiese provocado alergia a los guionistas.

 

Lo llaman alergia y no lo es:

Comprobemos otros síntomas de tal alergia a los libros. Un personaje principal es Rodrigo Pérez de Ayala, presunto conquistador de Maqueda, un noble que se tiró una década seguida guerreando contra los musulmanes sin poder ver a sus hijos; más aún, es nombrado magistrado de la ciudad de Toledo por el rey, quien afirma de Rodrigo que es “mi mano derecha, mi voluntad y el representante de mi justicia en todo el reino”, algo que no es obstáculo para que, según se sugiere en un determinado momento, Rodrigo hubiese vivido un romance con la reina Violante. Ole y ole.

Vale, toleramos la invención de ese tal Rodrigo Pérez de Ayala e incluso lo del revolcón con la reina, pero de ahí a que en diez años no viera a sus criaturas por hallarse luchando y que conquistara Maqueda cuando ya hemos dejado claro que ni lo uno ni lo otro… Por no hablar, de paso, de esa magistratura que en la serie es ambicionada como si de una vicepresidencia se tratara, a pesar de que hubiera que compartirla con un judío y un musulmán, algo inconcebible para un cargo que, en efecto, es más falso que la aventura colonial de Franco.

"Vaya, «Las Siete Partidas» no es la «Hobby Consolas» medieval"

"Vaya, «Las Siete Partidas» no es la «Hobby Consolas» medieval"

El asunto es que Rodrigo tiene dos nenes, guapísimos ellos; el mayor, Martín, es nombrado asistente (aceptamos barco) del infante Fernando. Martín se niega, pues anhela ser caballero, cosa que enoja a su padre, quien aduce que ésa no es una opción para él, siendo la corte lo mejor para un noble. Como si ser noble no te habilitara para ser caballero, más aún si eras asistente (aceptamos flotador de patitos) de un infante y sales en una escena peleando con espada frente al público en una suerte de Operación Triunfo de la esgrima.

Es fácil intuir el porvenir de Martín en Toledo: el Justin Bieber del siglo XIII. Sobre todo porque le toca defender al infante de una conspiración para derrocarle, asesinándole si hiciera falta. En la sombra acechan dos influyentes prohombres de la corte, el conde de Miranda y el arzobispo Oliva, partidarios del príncipe (sic) Sancho y tan pérfidos que, a su lado, Bin Laden tiene la medalla al mérito civil.

¿De veras eran tan malvados? No se sabe, más que nada porque son ficticios. Insisto: no pongo pegas a que haya personajes ficticios, sino a que se creen sin motivo alguno y sin añadir valor a la historia, habiendo otros reales más válidos. Lo del conde de Miranda tendría un pase, aunque lo más parecido a ese condado sea el salmantino de Miranda del Castañar, fundado en 1457. Sin embargo, no se entiende el personaje del arzobispo Oliva, quien, como es obvio, no figura en lista arzobispal alguna; de hecho, entre 1266 y 1275 el arzobispo de Toledo era Sancho de Aragón, jovencísimo (nacido en 1250) y hermanísimo de la reina Violante. Ya me dirán ustedes si no daría más juego un arzobispo en la edad del pavo que otro que, al referirse a la Reconquista, indica que “es una guerra santa, como la que libran nuestros hermanos en Jerusalén”… cuando las tropas cristianas habían abandonado Jerusalén casi treinta años atrás.

Quizás todo esto no sea alergia, sino atrevida ignorancia de los guionistas sobredichos. Pero también hay que señalar la teórica labor de los consultores históricos que se citan en los títulos de crédito: José Miguel Merino de Cáceres y María José Martínez Ruiz, catedrático de Historia de la Arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid y profesora de Historia del Arte en la Universidad de Valladolid. Imagino que ambos habrán “asesorado” y dado el visto bueno, por encima, a lo que se cocía, pero que no habrían aguantado tanta tontería en el guión si hubiesen llegado a leerlo detenidamente.

 

Despedida y cierre:

"Al salir de la Escuela de Traductores"

"Al salir de la Escuela de Traductores"

Con todo, ni guionistas ni consultores ni productores tienen la culpa de las mediocres interpretaciones de su elenco. Ya, no es para tirar cohetes, pero uno esperaría algo más de actores de la talla de Juan Diego o Álex Angulo. O que el reparto supiera vocalizar y entonar de otro modo que no fuera el de siempre: en castellano estándar, todos con deje de Madrid, y a correr. Que sí, que no van a hablar como en el siglo XIII, que musulmanes y judíos usen también el castellano, pero oigan, un acento pido. Algo que te demuestre que son actores y no la megafonía del Mercadona glosando las ofertas del día.

¿Quiere todo esto decir que recomiendo encarecidamente ver Toledo? ¿Y todavía hay alguien que se lo pregunte?, ¿qué han estado vuesas mercedes haciendo todos estos párrafos, maldita sea? No, claro que no. Les ruego que no vean la serie, so pena de perder hora y media de su vida cada miércoles. Hora y media que nadie les va a devolver y que mejor harían ahorrando para poder visitar la maravillosa Toledo, cuyo nombre aparecerá desde ahora asociado a semejante bodrio.

Un rey sin corazón

Braveheart es una de las pocas películas que esquivan mis recelos hacia el denominado “cine histórico”. Es más, hasta diría que es mi película favorita, si por favorita entendemos haberla visto unas veinte veces y saber de memoria los diálogos en español e inglés. Admito que tiene fallos históricos imperdonables, pero las filias y fobias dependen mucho de los estados de ánimo y hace años que Braveheart se ganó mi corazoncito.

Angus Macfadyen como Roberto I ("Braveheart").

Muy heroico no es que se retratara a Roberto I en "Braveheart", las cosas como son.

Braveheart y corazoncito. De eso quería escribir hoy, no os quejéis de cómo he hilado temas. Porque hay una historia que no muchos conocen relacionada con uno de los personajes de dicha película. No, no es William Wallace, tampoco es que haya demasiada información sobre él; y no, tampoco es Eduardo I, el apodado Longshanks, aunque pocos sepáis que era el cuñado de nuestro Alfonso X y que se casó en el monasterio burgalés de Las Huelgas. Me refiero a Robert the Bruce, a quien -lo aclaro desde ya, para ahorrarnos líos- de ahora en adelante llamaré Roberto I.

En Braveheart se presenta a Roberto I como alguien sin mucha iniciativa política, como un traidor a Wallace al luchar junto a los ingleses en Falkirk (1298) y como un ser torturado por el remordimiento que se corona rey de una Escocia independiente tras la batalla de Bannockburn (1314). Un curriculum completito que, como cualquier otro curriculum, enmascara la realidad. Que miente, vamos.

Cierto es que Roberto I y su padre juraron lealtad al poderoso Eduardo I de Inglaterra, pero lo hicieron para defender sus derechos familiares al trono escocés. Sí, trono escocés, del que apenas hablan en la película: éste lo ocupaba Juan I, del clan Balliol, rival de los Bruce; al principio, allá por 1292, Juan I fue apoyado por el propio Eduardo I, pero terminaron tan a mal que Eduardo I no sólo le borró del Facebook, sino que invadió Escocia y se la anexionó, deponiendo a Juan I después de derrotarlo en la batalla de Dunbar (1296).

Fue entonces cuando Roberto I y su padre, en plan carroñero, se ofrecieron para cubrir la vacante de la corona escocesa. Ya que Eduardo I no quería desprenderse de Escocia y que varios nobles escoceses, liderados por Wallace, habían comenzado una nueva insurrección, los Bruce oscilaron entre ambos bandos durante un tiempo. Así, mientras se sucedían las batallas de Stirling (1297) y la mencionada de Falkirk, los Bruce se mantuvieron al margen. Y sí, con esto insinúo que Roberto I no luchó contra los escoceses en Falkirk: sencillamente no acudió al llamamiento de Wallace por tener cosas mejores que hacer.

Como, por ejemplo, suceder al mismísimo Wallace como Guardián de Escocia, el título que recibían sus máximos mandatarios en épocas de interregno. Vamos, que Roberto I no estaría tan mal visto entre sus paisanos si éstos le concedían tal honor. Roberto I abandonó el cargo dos años después, pero continuó ejerciendo gran influencia sobre los nobles escoceses, quienes en 1304 se rindieron a Eduardo I. ¿Todos? No: Wallace, que había regresado de su exilio en Francia e Italia, no cejó en su empeño y acabó como acabó, es decir, capturado y descuartizado en 1305. Como apuntó el sabio (?): “que naprenguin!“.

Pero el problema de Roberto I -huérfano desde 1304- no era ya Wallace, sino John Comyn, quien también se postulaba como candidato al trono de Escocia. Tras dimes, diretes y un presunto incumplimiento de contrato, Roberto I asesinó a Comyn en la iglesia de Greyfriars de Dumfries en febrero de 1306. Sólo había dos salidas: o convertirse en un proscrito excomulgado o en monarca escocés, libre ya de toda competencia, de perdidos al río y que salga el sol por Antequera.

Estatua de Roberto I en Bannockburn

Estatua de Roberto I en Bannockburn: aquí sí que se pusieron épicos de verdad, qué menos.

Mes y medio después Roberto I fue coronado rey de Escocia. Sí, en 1306, no justo antes de Bannockburn (1314), pese a lo narrado en Braveheart. Hasta Bannockburn pasaron ocho añitos (aquí me tenéis, demostrando que sé restar) en los que Roberto I trató de imponer su precaria autoridad sobre el resto de clanes escoceses. Por suerte, Eduardo I había fallecido en 1307, heredando el trono inglés su hijo, el débil Eduardo II; no había color y, obviamente, Roberto I quiso aprovecharlo para desafiar a los ingleses mediante unas escaramuzas a las que sería difícil incluir en la categoría de “batalla campal”.

Una batalla campal se antojaba necesaria, puesto que tales escaramuzas se habían saldado con tantas victorias como derrotas. Bannockburn tendría que ser esa batalla y como tal la preparó Eduardo II, quien invadió Escocia en junio de 1314 con un ejército que doblaba y casi triplicaba el de Roberto I. Aún así, los escoceses se impusieron con facilidad y Eduardo II hubo de escapar a duras penas tras ser perseguido por el furibundo sir James Douglas, uno de los más fieles compañeros de Roberto I.

El triunfo de Bannockburn le garantizó a Roberto I la supremacía definitiva sobre todos los clanes escoceses, la estabilidad del reino y un estremecedor estribillo para un himno oficioso. Sin embargo, Roberto I no fue reconocido como monarca por los ingleses hasta 1328, un año después de haber derrocado Eduardo III a su padre. De poco le sirvió a Roberto I, quien fallecería en 1329 dejando una última voluntad de lo más absurda: en su lecho de muerte le pidió a James Douglas que llevara su corazón de Cruzada, dado que él nunca había podido cumplir ese sueño.

La cara del pobre Douglas tuvo que ser un poema, épico para más señas, aunque obedeció el deseo de su rey y amigo. Antes de enterrar a Roberto I se le sacó el corazón para embalsamarlo e introducirlo en una urna de plata. En 1330, Douglas se colgó al cuello dicha urna y partió con una treintena de acompañantes hacia el único lugar donde se encontraba lo más parecido a una Cruzada: ni Jerusalén, ni Acre, ni Damasco, sino la frontera del reino de Granada, inaugurando así la tradicional querencia británica por el sur de la Península Ibérica y la Santísima Trinidad de sol, sangría y playa.

Douglas, el corazón de Roberto I y el resto de la expedición escocesa llegaron a Sevilla, donde Alfonso XI les recibió -no sabemos con qué cara- antes de marchar hacia Teba, plaza fuerte nazarí en la actual provincia de Málaga. Las tropas castellanas cercaron el lugar a principios de agosto y poco después comenzaron las refriegas contra los soldados del temido Ozmín, quien prefería hostigar a los cristianos y evitar un desfavorable enfrentamiento a campo abierto.

Monumento en Teba a James Douglas.

Monumento en memoria de James Douglas en Teba.

Con todo, Douglas y sus escoceses, que no estarían muy acostumbrados ni a las tácticas de la Reconquista ni al sofocante calor andaluz, pagaron la novatada y cayeron en una emboscada. Según la leyenda, Douglas se vio cabalgando solo detrás de los musulmanes, con apenas un puñado de sus hombres, rodeados todos tras un fugaz contraataque del enemigo. Douglas, desesperado, lanzó la urna con el corazón de Roberto I gritando: “¡ve primero, como hubieras querido, y Douglas te seguirá o morirá!”.

Douglas y sus compañeros murieron, como era de esperar, aunque los cristianos lograron conquistar Teba a finales de ese mes. De paso, recuperaron el cadáver de Douglas y, lo que era aún más importante, el corazón de Roberto I, que a saber qué excusa daban en Escocia si regresaban diciendo que sí, que lo habían llevado de Cruzada, que mucho frenesí cristiano, expiación de pecados y ardor guerrero, pero que no sabían dónde se lo habían dejado.

Uno de los pocos escoceses supervivientes -se libró de luchar por culpa de un brazo roto- fue sir William Keith, quien se encargó de volver a Escocia con los huesos de Douglas (sólo los huesos: imaginad semanas de viaje con carne putrefacta) y la urna con el corazón real. Éste fue depositado en la abadía de Melrose, pese a que Roberto I estaba sepultado a unos 80 kilómetros, en la abadía de Dunfermline.

Que no nos parezca tan raro: al cuerpo de Felipe el Hermoso, enterrado en la Capilla Real de Granada, también le falta su corazón… que está a más de 1.600 kilómetros, en la iglesia de Nuestra Señora de Brujas. Y sin arriesgarse a perderlo en una Cruzada.

Sobre la Reconquista: el exabrupto final

Yo les pregunto: ¿quién dijo que algo de tan rancia consideración como la Historia debía llevarse mal con las modernísimas redes sociales?
Yo les respondo: no lo sé, pero no podía estar más lejos de la realidad.
Y yo les explico: tras cierto tüit escrito por un servidor hace año y pico se desató en mi Féisbuq una pequeña tormenta metodológico-historiográfica que requeriría mayor atención y una reflexión tirando a profunda. Pero, por desgracia, sólo me ha salido lo que viene a continuación.

Prefacio:
Hasta que murió Franco, año arriba año abajo, se entendía por Reconquista ese trabajillo que, a tiempo parcial, caracterizó la Edad Media peninsular. Pero los historiadores, que tienen (tenemos) la bendita y puta manía de dudar de todo, replantearon (aquí no me incluyo porque ni había nacido ni había profesado aún) el concepto y la etimología del vocablo en sí.
[No hubo agallas, si me permiten la expresión y el inciso, de renegar de la propia acción de la Reconquista, factor que habría conllevado titánicos denuedos y más de una maldición para reescribir ocho siglos de nuestra historia borrados de un plumazo].
Así pues, dos grandes tendencias se pusieron muy de moda entre los medievalistas: una, cuestionar el uso de la palabra “Reconquista”, y dos, estigmatizar todo aquello relacionado con la misma para no intoxicar al resto del gremio. Como si la madre Clío nos estuviese regañando: “Reconquista, caca, niño, eso no se toca”.
Abogando por un simplismo ramplón -valga la redundancia-, el meollo de la Reconquista se habría solucionado sin la propia Reconquista. Vamos, que si Tariq no se hubiera marcado la excursioncita nos habríamos ahorrado, ustedes y yo, todo este asunto. Pero la culpa no fue ni de Tariq, ni de Musa, ni de godo alguno, ni del incipiente feudalismo (o no) que brotaba en aquella Hispania y que tantos debates ha hecho proliferar al respecto.
La culpa, muy señores míos, es de los mozárabes. Así, como lo leen.

Estatua de Alfonso II, Plaza de la Catedral, Oviedo

Estatua de Alfonso II el Casto, Plaza de la Catedral, Oviedo. Foto: ferdiazgil (Flickr, licencia Creative Commons)

La culpa es de los mozárabes:
Claro que sí. Los mozárabes podrían haberse quedado quietecitos en al-Andalus, pero su obstinado afán de protagonismo les condujo, entre jornadas del foso y revueltas del arrabal, a la más y mejor directa represión. Ciertamente escarmentados, algunos pusieron rumbo al norte y se toparon con una monarquía astur a la que le vino a ver la virgen (en sentido figurado).
El reino de Asturias, por aquel entonces, era un ente del chichinabo, con perdón. Pelayo fue el jefecillo de unos asnos salvajes (sic), lo de Covadonga fue una piltrafa de batalla, al memo de Favila nos lo mata un oso y Alfonso I fue un yernísimo enchufado: tres hurras por este pedazo de mito fundacional.
Y en éstas arribaron los mozárabes. Alfonso II, que sería casto pero no cortito de miras y precisaba de una ideología a módico precio, tiró de estos Goebbels de baratillo. Como el cliente siempre tiene la razón y los mozárabes eran de todo menos escrupulosos, el resultado fue destrozar la Historia y la genealogía entera para alegar que los reyes astures eran descendientes de los visigodos; de propina, además, se descubrieron los presuntos restos del apóstol Santiago (que ya es casualidad, oigan), una prueba más del detallazo de Dios para con estos cristianos irredentos.
Puede que, en pleno siglo XXI, nos sorprenda que una falsedad tan burda como manifiesta alcanzase rango de “versión oficial”, pero cometemos el error de no pensar como alguien del siglo IX, el error de no ponernos en su escasamente aseada piel. La cosa, no obstante, es que en el siglo IX tampoco habría gente que se tragara tal mentira, mas dicha mentira les convenía sobremanera.
Por tanto, Alfonso III, que de magno sólo tenía el jabón, promovió la redacción de semejante programa político en forma de crónicas. Ya estaba el lío montado.

Verba volant, scripta manent:
Si Alfonso III hubiese encargado un tratado de horticultura, hoy quizás seríamos todos musulmanes y expertos en acelgas. Pero a Alfonso III le dio por defender tan peculiar sagrada providencia reflejada en las crónicas, justificando así sus decisiones.
El paso de las centurias, el frenesí bélico y las miserias cotidianas no lograron discutir lo apropiado del término “Reconquista”. Para las gentes del Medievo la tiranía de lo escrito se impuso sobre el pertinente bulo y/o mentirijilla piadosa. Y ya metidos en la harina de la pseudocruzada -sustantivo válido en 1212-, no placía mucho que te viniese un tiquismiquis y te soltara “no me desuelles al agareno, por favor, que estás luchando por un concepto más falso que un maravedí de cartón piedra”.

A modo de conclusión:
Yendo al grano, lo que un servidor pretende expresar respecto a tan espinoso tema es que no somos nadie para negarles a estas criaturitas medievales el uso de la palabra “Reconquista”. Ellos se lo creían (o querían hacerlo, por venirles como anillo al dedo), mientras que nosotros, acomodaticios medievalistas e historiadores en general, nos ponemos espléndidos y pretendemos rebautizar el asunto sin pedirles permiso en una clamorosa falta de respeto.
Somos bien capaces de distinguir mito y realidad, leyenda e historia. De todos es sabido que, a la más mínima, la Historia es despojada de toda veracidad sin miramiento alguno para acomodarla a intereses particulares. Y es verdad que el tratamiento que se le ha dado a la Reconquista -ahora sin comillas- ha sido irregular y sospechosamente subjetivo en muchas ocasiones. Pero todo ello no debe conducirnos a revisar sólo este caso. O sea, y nunca mejor dicho, o todos moros o todos cristianos.
Porque si ninguna guerra civil puede ser civil, ni nadie habla de la Guerra de los Ciento Dieciséis Años, ¿qué derechos podemos esgrimir para desterrar la maldita palabra “Reconquista” de nuestra Historia?