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Las Navas de Tolosa, ocho siglos (y dos días) después

Un día como anteayer, hace ochocientos años, tuvo lugar la segunda batalla más decisiva de toda nuestra historia medieval. En ella, las huestes almohades comandadas por el califa Muhammad an-Nasir (Miramamolín para los amigos) fueron derrotadas por la coalición cristiana liderada por Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra, e integrada no sólo por sus respectivos ejércitos, sino también por tropas portuguesas -sin su rey, Alfonso II-, cruzados de toda Europa, diversas órdenes militares y numerosos caballeros del reino leonés que acudieron a título personal. En total, entre ciento cincuenta y doscientos mil combatientes (con amplia superioridad musulmana) congregados en Despeñaperros para zurrarse la badana bajo el bestial sol de julio. Melanoma para todos.

Sin embargo, y como apunté el año pasado acerca de los trece siglos que se cumplían de la invasión de la Hispania visigoda y de la batalla de Guadalete, no parece que nadie esté por la labor de conmemorar la efeméride. Un congreso, un museo y va que chuta, no vaya a invocarse el “mejor no meneallo”. Como si doliese recordar uno de los acontecimientos capitales de nuestro pasado mientras se celebran aniversarios de mucha menor relevancia y a los que no quiero señalar, que tengo una educación y unos párrafos que escribir.


El porqué de Las Navas:

1195 se considera el culmen del dominio almohade en la Península Ibérica. En décadas anteriores, el imperio norteafricano había ido sometiendo los distintos reinos de taifas musulmanes, pero necesitaba un gran triunfo sobre los cristianos para ratificar su posición hegemónica. En este sentido, la batalla de Alarcos (1195) supuso ese golpe de efecto: Alfonso VIII de Castilla sufrió tal derrota que tardó años en recomponer no sólo su ejército, sino también la anterior política de relaciones entre reinos cristianos, en especial entre la noqueada Castilla y la pujante León de Alfonso IX.

Ruinas del castillo de Alarcos (Ciudad Real)
Ruinas del castillo de Alarcos (Ciudad Real)

Sin embargo, las divisiones en el seno de los almohades provocó que apenas pudiesen rentabilizar su victoria en Alarcos. Cierto es que se recuperaron para al-Andalus ciudades como Cáceres, Plasencia o Talavera, pero fracasó el asalto musulmán a Toledo. Se instauró entonces un tenso compás de espera, alargado durante años en los que, pese a las treguas y las parias, se sabía que tarde o temprano se volverían a dirimir los intereses territoriales a guantazo limpio.

De hecho, los grandes actores de Las Navas de Tolosa eran conscientes de que un éxito militar era imprescindible para asegurar su posición en el delicado tablero político ibérico de inicios del siglo XIII. No sólo se trataría de una guerra por religión, sino -sobre todo- de una guerra territorial. Verlo como un “Cristianismo vs Islam: ¡el combate del siglo!” es de mentecatos y supone obviar los conflictos existentes entre Portugal, León, Castilla, Navarra y Aragón, lo cual nos lleva a desmontar el mito de que los reinos cristianos fueron a la batalla juntitos de la mano y montados en unicornios que cabalgaban briosos sobre el arco iris. Más bien no.

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La fallida Yihad de Ibn al-Qitt contra Zamora

Me piden que escriba unas líneas -más de tres y menos de mil quinientas- para presentarme. Que digo yo que resulta raro presentarse uno a sí mismo, aunque yo ya lo haya hecho… a mi manera. Pero bueno, haré el sacrificio e introduciré el vídeo de cierta comunicación en la que (oh, cielos) yo mismo salgo hablando sobre un tal Ibn al-Qitt y su campaña para arrebatarle Zamora a los cristianos.

Vayámonos a los umbrales del siglo X, cuando el emirato cordobés estaba hecho unos zorros y capeaba como podía la fitna o crisis interna. En ese contexto, un pseudoprofeta llamado Ibn al-Qitt se intituló Mahdī (profeta para los amigos) y comenzó a predicar la renovación del Islam y el refuerzo de al-Andalus, para lo cual era requetenecesario levantarse contra Abdalá I y zurrarle también a los cristianos. ¿Cómo? Organizando un movimiento mesiánico y declarando una yihad que recuperara Zamora, repoblada por Alfonso III de Asturias años atrás.

Todo parecía irle bien para Ibn al-Qitt. Al éxito político y religioso estaba a punto de unírsele el militar. Hasta que se topó con los bereberes y, más concretamente, con los Banu Warayul y su líder, Zual b. Yais b. Furaniq, quien primero acogió a Ibn al-Qitt en su castillo de Mojáfar o Umm Ŷa’far, segundo se convirtió en su lugarteniente y tercero le traicionó a las puertas de Zamora: gran persona este Zual b. Yais b. Furaniq, amigo de sus amigos.

Metidos en harina, les dejo con el vídeo en cuestión. Que lo disfruten más que el propio Ibn al-Qitt.

 

Esta comunicación se realizó en el I Foro de jóvenes historiadores de Castilla y León, donde tuvimos el enorme gusto de participar, ofrecerlo en directo y grabar algunas de las comunicaciones.

Incierto se presenta el reinado de Rodrigo: La Venganza

Si hace tres meses les puse en antecedentes contándoles la llegada de los musulmanes a Hispania, qué menos que cerrar el círculo con unos parrafillos acerca de la batalla de Guadalete, que acaba de cumplir 1.300 años y, según parece, se conserva tan fatalmente que nadie se ha hecho eco de su efeméride. En fin, y esto lo escribo remangándome, tendré que hacerlo yo.

Habíamos dejado a Tariq y sus tropas aguardando a Rodrigo, cuyas dotes como vidente eran más que dudosas. Como ya apunté, no está claro si Tariq había venido solamente a luchar para los witizanos (o agilenses, siendo estrictos, aunque todos nos refiramos a ellos como witizanos), a invadir Hispania o a hablar de su libro. Sí sabemos que recibió cinco mil soldados de refuerzo enviados por su superior, Muza, y que muy probablemente entabló conversaciones con los rivales del rey visigodo porque -uh, vaya lío- los enemigos de sus enemigos eran sus amigos, más aún cuando la Hispania visigoda vivía en un verdadero clima de guerra civil.

 

Maniobras visigóticas:

"Don Rodrigo en la Batalla de Guadalete" de Marcelino de Unceta y López (1858)
"Don Rodrigo en la Batalla de Guadalete", de Marcelino de Unceta y López (Fuente: "El País")

El desembarco de Tariq en las costas gaditanas pilló a Rodrigo en Pamplona, donde trataba de sofocar la enésima revuelta de los vascones. De hecho, no se enteró de la invasión hasta muchos días después, tal vez por culpa de la huelga de palomas mensajeras o la falta de cobertura en el móvil. Sea como fuere, el monarca no pudo encaminarse hacia el sur hasta finales de la primavera, fijando en Córdoba el lugar de reunión de su ejército.

El problema para Rodrigo no estribaba únicamente en los miles de mocetones que comandaba Tariq, sino en los puñales, cuchillos y machetes que volaban a sus espaldas. Porque los witizanos habrían llamado a los musulmanes y facilitado su entrada en la Península Ibérica, pero la mayoría de esos mismos witizanos, al mismo tiempo, habían acudido a Córdoba para mostrarle a Rodrigo su apoyo en un paripé tan fastuoso que dejaba lo del beso de Judas en una simple traición nivel usuario.

Al menos hubo un witizano que fue de frente sin perder la dignidad. La dignidad eclesiástica, digo, porque se trataba de Oppas, el arzobispo de Sevilla, hermano del difunto rey Witiza y tío de Agila, candidato fracasado al trono visigodo. Supuestamente Oppas habría mediado entre el sector witizano y los musulmanes, si bien Rodrigo no estaba al tanto de eso. O no quería estarlo. O no era muy despierto y no parecía enterarse de qué estaba sucediendo a su alrededor, puesto que ordenó a los hijos de Witiza que comandaran los flancos del ejército visigodo.

Un aplauso para Rodrigo, por favor: pocos reyes han sido más tontos en la Historia.

 

La batalla de Guadalete. En sí. Propiamente dicha:

De entrada, y para ahorrarnos tiempo, aceptemos dos hechos más o menos establecidos por el colectivo medievalista: que la batalla se libró entre los días 19 y 26 de julio y el choque se produjo cerca del río Guadalete, el Wadi Lakkah de las fuentes islámicas. Allí esperaba Tariq con unos doce o quince mil soldados, siendo los visigodos unos cuarenta mil -con un tal Don Pelayo por allí-, aunque todas estas cifras no son más que unas estimaciones aproximadas y matizando los cálculos de las crónicas, bastante tendentes a la exageración.

El orgullo del ejército godo era su caballería pesada, quizás la más poderosa de la época. Confiado, Rodrigo ordenó atacar a los musulmanes, previendo un rápido desenlace. Y no. Entre las dudosas capacidades militares del monarca visigodo (recordemos que no había podido sofocar a los vascones), su relativa escasez de carisma y las conspiraciones witizanas la batalla se alargó más de lo deseado para Rodrigo y sus partidarios.

En el otro bando, no obstante, estaban encantados con el devenir de los acontecimientos. La caballería musulmana, más ligera y muy inferior en número, había logrado resistir el embate inicial y, de paso, aprovechó su movilidad -sobre todo, la de sus arqueros a caballo- para hostigar a los godos con pequeñas escaramuzas que no inclinarían la balanza de la victoria hacia ningún lado pero que, como decía Gila, “hombre, no matan, pero desmoralizan”.

"La Batalla de Guadalete", de Salvador Martínez Cubelles
"La Batalla de Guadalete", de Salvador Martínez Cubelles (Fuente: Ministerio de Cultura)

Faltaba, por tanto, un punto de inflexión que decantara la batalla. Las alas del ejército godo, que hasta entonces habían pasado desapercibidas y apenas habían participado, resolvieron pasar a la Historia y no precisamente por su ardor bélico. Más bien al contrario. Las tropas lideradas por Agila y su hermano Sisberto, donde también se hallaba el núcleo duro witizano, Oppas inclusive, ejercieron una práctica tan antigua como expresiva es su palabra: defección. Que suena a cagar, vale, pero que realmente significa salir pitando y dejar a Rodrigo con el culo al aire, nunca mejor dicho.

Expuesto en el campo de batalla y abandonado por los mismos enemigos a quienes -otro aplauso- les había otorgado amplios poderes, Rodrigo no pudo evitar el mayor de los descalabros. Eso, lógicamente, implicaba perder su caballo, su reino y su vida, pese a que jamás se encontró su cuerpo y se rumoreó que logró huir a Viseu; la leyenda, más morbosa, cuenta que se metió en la tumba de la violada Florinda recitando los versos “ya me comen, ya me comen / por do más pecado había” para aludir a esos gusanillos que le estaban devorando sus reales gónadas.

 

El rey ha muerto. ¿Viva el rey?:

Monedas acuñadas por Agila II
Monedas acuñadas por Agila II (Fuente: www.maravedis.net)

Con Rodrigo desaparecido, la corona visigótica recaía sobre Agila (ahora sí, Agila II), que por algo liaron la que liaron él y sus partidarios. Ésa era la teoría y, como rey, Agila II llegó a acuñar moneda en el noreste de Hispania. Hasta ahí bien, gracias.

La práctica, en cambio, introdujo en el plan elementos no deseados. Ya comenté que, lejos de limitarse a ser unos mercenarios cualesquiera, los musulmanes tenían más que meditada la invasión de Hispania como mera continuación de su avance por el Magreb. Y entre que el ejército visigodo había sido desmantelado y que sí, oye, que ellos habían venido a jugar y no querían la Ruperta, qué menos que intentar rematar la faena, de ahí que se encaminaran hacia la capital visigótica, Toledo.

Tariq alcanzó Toledo con la batalla de Écija como único escollo, donde derrotó a las recompuestas milicias que habían defendido a Rodrigo. Una vez en Toledo, Tariq hizo tiempo hasta que Muza cruzara el Estrecho para ejemplificar los clásicos “donde hay patrón no manda marinero” o “unos cardan la lana y otros se llevan la fama”. La llegada de Muza se produjo en el 712, acompañado por casi veinte mil hombres que tomaron la mayoría del sur peninsular sin apenas esforzarse (obviando los meses que Mérida resistió el asedio islámico). En el 713 por fin Muza se reunió con Tariq para trazar las líneas generales de la conquista de Hispania, que se había basado y basaría en dos pilares: los favorables pactos con las más que dispuestas oligarquías locales -caso del tratado de Tudmir- y, en mucha menor medida, las armas.

Pero volvamos a nuestros godos. A esas alturas de la película, a Agila II no se le quitaría de la cara un rictus de estupefacción permanente; no sólo los musulmanes se habían excedido en las capitulaciones iniciales, sino que encima sus súbditos no dudaban en aprovechar las ventajosas condiciones ofrecidas por los invasores. Se cree que Agila II marchó a Toledo para que Tariq y Muza le explicaran qué estaba pasando, pero éstos le remitieron a Damasco, por lo que a Damasco se fue Agila II a hablar con el califa Walid I, el mismo que tiempo atrás les advirtió a Tariq y Muza de que ni se les ocurriera invadir Hispania. Imagínense ustedes la conversación y añádanle insultos y jocosos malentendidos.

Tariq y Muza, sabedores de la bronca que les espera en Damasco
Tariq y Muza, sabedores de la bronca que les espera en Damasco

Esta charla acarreó dos consecuencias. En primer lugar, Agila II renunció al trono de Hispania nada más volver, recayendo éste en un Ardón que se atrincheró sin mucho éxito en la Septimania. Por otro lado, el chivatazo provocó que Walid I llamara a consultas a Muza y Tariq, que para el 714 ya habían incorporado al califato buena parte de la Península Ibérica. Tariq regresó a Damasco de inmediato, pero Muza remoloneó durante un año para poder fundar un emirato que gobernara al-Andalus: con capital en Córdoba, lo hizo depender del califato omeya y nombró emir a Abd al-Aziz, su propio hijo, a quien (buscando mayor legitimidad, recochineo y deleite de la prensa rosa) casó con Egilona, la viuda de Rodrigo.

No hay mejor forma para terminar, ni tampoco para ilustrar el fin de una época que enlaza con el inicio de otra, quizás la que más haya marcado el resto de nuestra Historia.

Juego de Tronos a lo cañí

Los ingleses se aburren mucho. Algunas causas para respaldar tal afirmación serían una climatología adversa, una gastronomía definible como “muy presunta” y el aislamiento respecto a Europa. De hecho, ese aislamiento ha provocado que, desde la victoriosa arribada de los normandos en Hastings (1066), la isla no haya sufrido ninguna otra invasión en casi un milenio: que se lo digan a Felipe II, Napoleón o Hitler, que sólo lograron conquistarla en el Risk y no sin hartarse a lanzar dados y perder efectivos.

Ricardo Corazón de León, supuesto inventor del balconing cuando descubrió el Mediterráneo en las Cruzadas

Como decía, los ingleses se aburren mucho. Se les ve faltos de vidilla, lo cual conlleva una dedicación plena al desenfreno en cuanto abandonan su isla, acogiéndose muchos a la santísima trinidad que constituye la fusión de enrojecimiento dérmico, alcoholismo desatado y balconing. Pero en la Edad Media no existían ni los vuelos baratos ni la destrucción de nuestras costas, de ahí que (sorpresa) se aburrieran mucho más.


Lo que hace el aburrimiento:

Poniéndome simplón y reduccionista –como buen tertuliano–, aclararé que los ingleses medievales sólo se divirtieron durante siglo y medio. Y cuando escribo “divertir” me refiero a tener una historia movidita, como la de la Península Ibérica, con sus reconquistas, sus guerras entre cristianos, sus guerras entre musulmanes y sus Ramones Berengueres.

En cambio, y al margen de sus asuntillos dinásticos y sus puntuales excursioncitas a Tierra Santa, los ingleses se conformaron con enlazar la Guerra de los Cien Años (1337-1453) y la Guerra de las Dos Rosas (1455-1485). Les faltaba un algo, un no sé qué. Quizá por eso –e insisto: también por aburrirse mucho– el orbe anglosajón siempre ha tendido a buscar en la literatura la forja de una mitología donde realidad, leyenda, épica y magia fuesen tan cogidas de la mano como Hitler y Stalin en 1939.

Al famoso ciclo artúrico y al romanticismo del siglo XIX les siguió la extraordinaria obra de Tolkien (y la de C. S. Lewis, en menor medida) en el segundo tercio del siglo XX. Es más, resulta muy lógico pensar que Tolkien se aburría como una ostra, teniendo tiempo como tuvo para crear un universo propio, con sus razas, sus mitos, sus lenguas, sus mapas, sus historias, sus personajes empanados a los que no se les ocurre mandar a las águilas al Monte del Destino a destruir el anillo y ahorrarse tanto follón, etcétera.

Sea como fuere, en los últimos años ha revivido este interés literario relativo a la Albión medieval. El máximo exponente es el estadounidense George R. R. Martin, autor del conjunto de novelas fantásticas Canción de Hielo y Fuego, cuya ambientación recuerda a la Inglaterra de la Guerra de las Dos Rosas. Precisamente ayer se estrenó en España la serie que adapta el primero de dichos libros, Juego de Tronos, de ahí que publique este artículo: llámenme oportunista, aunque prefiero que me sigan llamando Fer.

 

Nuestro propio Juego de Tronos:

Lord Eddard Stark, uno de los personajes principales de Juego de Tronos (Fuente: Google Images)

De entrada confieso dos cosas: una, que ni he leído las novelas de Canción de Hielo y Fuego ni he visto nada de Juego de Tronos, salvo los casi quince minutos publicados como adelanto; y dos, que jamás se me pasaría por la cabeza una versión de Juego de Tronos realizada por ninguna televisión española. No, no, no y más NO, incluso en mayúsculas. Porque la serie, como en casi todas las demás series carpetovetónicas, removería a Clío en su tumba y haría girar el ochenta por ciento del argumento en torno a lo que sucediera en la taberna, al más descarado emplazamiento publicitario, a las andanzas sentimentales de sus protagonistas –sobre todo de los adolescentes y niños, que también montarían un grupo musical en plan mester de juglaría– y a los teóricamente jocosos malentendidos protagonizados por el Fiti, la Juani o el insoportable Javier Gutiérrez de turno.

Sin embargo, uno siente sana envidia cuando observa el cuidado depositado por la cadena yanqui HBO al rodar la serie. Sana envidia y, de paso, una mezcla de admiración por el trabajo bien hecho y de rabia por no encontrarse nada semejante en esta otra orilla del Atlántico. Y miren que material tenemos de sobra para emular las rivalidades entre bandos que nos muestra Juego de Tronos; si ésta se promociona con la frase “Se acerca el invierno”, la etapa medieval de nuestra más que curtida piel de toro (Portugal inclusive) debería publicitarse con el lema “Se acerca el infierno”.

Como expuse en algún sitio, no ha habido en nuestra convulsa Edad Media más de medio siglo sin una guerra civil, sin una crisis dinástica o sin una mala conspiración que echarnos a la boca. Los reinos medievales de las actuales España y Portugal se asomaron (y empujaron) a menudo al mayor de los abismos… para milagrosamente recuperarse casi sin saber cómo. Ejemplos hay muchos, desde la caída del reino visigodo hasta el ocaso del califato cordobés, desde los repetidos conflictos entre Castilla y León hasta la permanente amenaza –luego hecha realidad– de colapso de Navarra; un sinfín de argumentos, personajes y carnaza, que es lo que en verdad nos gusta a todos, historiadores incluidos.

Sí, por estos pagos podríamos montarnos tantos Juegos de Tronos que esto parecerían las olimpiadas del medievalismo y la mala leche. Así que, si no les importa, déjenme presentarles a los Banū Waraŷūl –desde ahora, Banu Warayul, que escribir acentos raritos es una tortura–, mis candidatos para protagonizar su propio culebrón.

 

¿Los Banu Qué?:

Creo que muy pocos de ustedes conocerán a los Banu Warayul. Total, Google (¡Google, pardiez!) apenas sabe quiénes son, ni ellos ni los Banu Furaniq, que es como también se les suele denominar en algunos textos. Que no cunda el pánico: aquí estoy yo para hablar de los Banu Warayul y, si hace falta, para ponerles a parir, que están muertos y no pueden defenderse.

Siendo breve, los Banu Warayul eran los líderes de un clan de la tribu bereber de Nafza –con raíces también muladíes– y dominaron, desde inicios del siglo IX hasta el año 928, todo el tercio oriental del Guadiana extremeño. Su sede se ubicaba en el hişn Umm Ŷa’far (dejémoslo en Umm Yafar, se lo ruego), el desaparecido castillo de Mojáfar de las crónicas cristianas, en las cercanías de la pacense Villanueva de la Serena. Eso, siendo breve.

Siendo más explícito y sincero, me gusta definir a los Banu Warayul como unos pequeños cabroncetes, dicho siempre desde el cariño y la fascinación. Porque los cinco Banu Warayul de cuyas andanzas estamos enterados eran muy de apuntarse a todos los saraos posibles, a lo Massiel altomedieval. Y se atrevían a hacerlo, de paso, en la turbulenta fase de la fitna o crisis del emirato de fines del siglo IX e inicios del siguiente, no sólo enzarzándose contra otros clanes y saqueando sus territorios o sublevándose contra los emires cordobeses, sino también yéndose a Zamora en plan yihad o aguantando la cabalgadas de los reyes leoneses por tierras extremeñas.

 

Vida y milagros de los Banu Warayul:

Alfonso III muestra su hastío en el Libro de los Testamentos (Fuente: Wikipedia)

Por desgracia, a mí me faltaría espacio –y a ustedes paciencia– para narrar todos los jaleos en los cuales estuvieron involucrados los Banu Warayul. Si pudiera, les relataría cómo Lubb b. Jalid, en torno al 826, asesinó a Marwan al-Yilliqí, a quien el emir Abderramán II le había ordenado sofocar a los rebeldes emeritenses. O cómo, al estallar la fitna, regresó el prestigioso Furaniq b. Lubb (hijo de Lubb b. Jalid) a Mojáfar desde Córdoba, reclamado por su clan para oponer resistencia a Alfonso III en sus sucesivas irrupciones en las tierras de los Nafza y no precisamente para venderles enciclopedias; o cómo más tarde hubo de soportar las correrías de Ibn Marwan, fundador/repoblador de Badajoz e hijo de Marwan al-Yilliqí, cuya muerte quiso vengar atacando las posesiones de los Banu Warayul.

Ojalá pudiese explicarles, con todo lujo de detalles, cómo el discreto Isà b. Qutí legó la jefatura de los Banu Warayul al nieto de Furaniq b. Lubb, el impetuoso Zual b. Yais b. Furaniq, quien en el Muqtabis –tal vez la mayor crónica andalusí, obra de Ibn Hayyan– fue tildado de temeroso, conspirador, envidioso, lleno de odio, malvado y traidor. Y todo ello por minucias, sólo por declararse en rebeldía frente al emir cordobés Abdalá I, por ser uno de los comandantes de la desastrosa yihad que quiso arrebatar Zamora en el 901 a los cristianos y por sembrar cizaña entre las tropas islámicas contra el falso profeta Ibn al-Qitt (quien guiaba la campaña) por un mero arranque de celos, traicionándole y provocando así una deserción masiva en el campo de batalla justo cuando los musulmanes se disponían a tomar la ciudad. Minucias, ya digo.

De veras que me encantaría contarles cómo se descompuso el cadáver de Ibn al-Qitt, con su cabeza colgada a las puertas de Zamora, mientras Zual b. Yais b. Furaniq retornaba al sur, tranquilo, a su aire, como si nada hubiese pasado, para luego firmar la paz con Abdalá I, que tampoco estaba el emir para ponerse escrupuloso. O cómo Zual b. Yais b. Furaniq, esa joyita, hubo de plantarle cara en el sufrido verano del 915 al nieto del citado Ibn Marwan y, acto seguido, a Ordoño II de León, emperrados como estaban en depredarle las tierras y pisarle lo sembrado.

Y, cómo no, querría cerrar la saga hablándoles de Abdalá b. Isà b. Qutí, hijo de Isà b. Qutí, y de cómo le preparó otra buena insurrección al emir cordobés, en este caso a un tal Abderramán III, quien en el 928, y decidido como estaba a acabar con tanta tontería para poder proclamarse califa en condiciones, le envió un poco amigable ejército para obligarle a entregar Mojáfar de una vez por todas… cosa que consiguió, no sin antes tenérselas tiesas ambos bandos y rubricándose después un ventajoso tratado de paz que le supuso al último de los Banu Warayul un jugoso indulto y un retiro dorado en al-Ruşāfa d’Or, arrabal de vacaciones.

Pero no, no hay espacio ni paciencia. Ni tiempo, además. Ni dinero para llevar a la pantalla estas aventuras y desventuras de los más que peculiares Banu Warayul. Así que, si me lo permiten, ahogaré mis penas contentándome con Juego de Tronos y que sea lo que MegaUpload quiera.

Incierto se presenta el reinado de Rodrigo

No me gusta el mus. No me llama en absoluto la atención. E incluso una vez intentaron enseñarme a jugarlo con desquiciantes resultados. Yo es que soy mucho de cuatrola, pero confieso que ganas no me faltan de aprender a jugar al mus sólo para soltar el mítico dicho de “incierto se presenta el reinado de Witiza”. O, en su defecto, farfullar un “incierto se presenta el reinado de Rodrigo”, que es igual de válido, sobre todo en meses como éste.

Ustedes quizás no anden al tanto porque ningún calendario ni medio de comunicación se ha encargado de recordárselo gracias a un vergonzoso y analfabeto silencio, pero ahora que nos despedimos de abril se cumplen 1.300 años del desembarco de Ṭāriq ibn Ziyād al-Layti (dejémoslo en Tariq, por su bien y por el nuestro) en las costas gaditanas. Trece siglos desde el año que cambió para siempre la Península Ibérica, un 711 que siempre se me ha antojado como la fecha más decisiva de nuestra Historia.


Rodericus Rex
:

Grabado con la efigie del rey Don Rodrigo (Fuente: Wikipedia)

En el año 710 el reinado de Witiza pasó de incierto a extinto: Witiza había fallecido, no sin antes abonar el terreno para que germinara una guerra civil. El propio Witiza había enchufado al trono a su hijo Agila (pueden llamarle Agila II si se ponen ortodoxos) en 708 y le había nombrado heredero. Pero los visigodos, que no sólo eran muy suyos, sino suyísimos y encima andaban a la gresca entre ellos, preferían una monarquía electiva, por antagónicos que hoy nos parezcan ambos conceptos. Así pues, un grupo de nobles visigodos contrarios al bando witizano designaron rey a Rodrigo, duque de la Bética. Háganse una idea del embrollo.

La realidad recibió a Rodrigo con un guantazo. A la oposición de los witizanos, sublevados en sus provincias del noreste del reino, se le unía la revuelta de los vascones, auténticos especialistas en fastidiar a los monarcas toledanos. Para colmo, añádasele al cóctel de Rodrigo una legendaria polémica acerca de cómo quiso camelarse y terminó ultrajando a una tal Florinda, hija del conde Julián, gobernador de Ceuta; un asuntillo tan turbio que hoy día hubiera hecho las delicias de Jorge Javier Vázquez y resto de carroñeros del corazón. Ya lo dijo el mismísimo Julián: “yo por mi hija MA-TO”.


Cosillas que pasaron antes de dicho 711:

Miniatura donde se representa a Tariq (Fuente: Wikipedia)

Bueno, en teoría Julián no mató por su hija. Tampoco es que sepamos mucho de Julián, salvo que dominaba el territorio ceutí, que sus relaciones con Rodrigo eran asaz tormentosas y que le abrió su corazón y sus costas a las huestes islámicas, las cuales ya regían buena parte del Magreb tras haberse expandido con velocísimo y rotundo éxito por todo el África septentrional en unas décadas. Según Ibn al-Kardabūs, Julián (Yulyān en las crónicas árabes) lanzó en 710 una algara sobre Algeciras, permitiendo poco después que Tariq, como gobernador de Tánger, organizara ese mismo año una expedición musulmana de reconocimiento que cruzase el Estrecho: su comandante, Tarif, se embarcó con tres mil hombres y puso pie en la Península Ibérica en el lugar donde se asienta Tarifa, ciudad que hoy lleva su nombre.

Al margen de los daños producidos y el botín alcanzado, ambas incursiones se inscriben en un contexto que no resultaba nada fuera de lo común. No por entonces, al menos. Las relaciones a ambos lados de las antiguas Columnas de Hércules siempre fueron bastante fluidas y en varias ocasiones, pese a la prohibición expresa en los concilios toledanos, los visigodos recurrieron a quienes moraban el Magreb para que les ayudaran a dirimir sus más que frecuentes disputas. De ahí que los witizanos buscaran atraerse el favor de los musulmanes para derrocar a Rodrigo.

Por cierto, que nadie de nuestro siglo XXI se preocupe por las cuestiones religiosas de unos y otros. La gran mayoría de visigodos e hispanos, pese a la adopción del catolicismo por Recaredo I en el 589, tenían una formación teológica tan escasa como los bereberes norteafricanos, escasamente cristianizados y/o islamizados. En verdad la frontera entre unas creencias y otras era un borrón difuso. como bien apuntó Eduardo Manzano, “en una época de inacabables querellas cristológicas, trinitarias y dogmáticas, el lema «No hay más Dios que Dios» [...] no venía a ser más que una variedad de otras creencias que reclamaban la custodia de la auténtica revelación divina” (MANZANO MORENO, Eduardo, Conquistadores, emires y califas. Madrid: Crítica, 2006, p. 116).


La excursión de Tariq:

Otra cosa muy distinta es preguntarnos por las verdaderas intenciones de los musulmanes al aceptar acudir en ayuda de los witizanos. Es aquí donde la comunidad historiográfica, imitando a los simpáticos visigodos, presenta disparidad de opiniones, mas sin llegar al asesinato indiscriminado de los disidentes, otra costumbre muy goda ella. Por un lado están quienes afirman que Tariq llegó a Hispania con la más que meditada idea de conquistarla, aprovechando que el reino estaba hecho unos zorros; por otro lado, hay quienes sostienen que Tariq vino sólo como mercenario y que la cosa se le fue de las manos tanto como a Sergio Ramos la Copa del Rey.

Lo más probable es que nos hallemos ante la primera opción. Para Pierre Guichard (léase su clásico Al-Andalus: estructura antropológica de una sociedad islámica en Occidente), el desarrollo del asalto y posterior conquista islámica de la Península Ibérica refleja el choque entre dos modelos sociales confrontados: el musulmán invasor, oriental y dinámico, contra el visigodo invadido, occidental y estático, casi en vías de cristalizar en un sistema de corte prefeudal.

Los testimonios son a menudo contradictorios, aunque no nos desvían demasiado de la trama principal del relato. Según parece, tras efectuar lo que hoy algunos modernos llamarían brainstorming –esto es, un examen de datos y propuestas–, Mūsā ibn Nuşayr (gobernador de Ifriqiya y Muza para los amigos) escribió al califa Walid I informándole sobre la posibilidad de invadir Hispania. Éste respondió que leche en plancha, que como mucho mandara alguna de las expediciones citadas, si bien Muza se pasó la negativa por el arco mediterráneo que recorrió tal misiva y ordenó a Tariq que fuese preparando los avíos, que se iba a dar un garbeo por la Bética.

Billete de Gibraltar con retrato de Tariq ibn Ziyad

Fue a finales de abril de 711 cuando Tariq alcanzó las costas gaditanas acompañado de otros siete mil animosos excursionistas con los barcos que Julián le había proporcionado. La tradición cuenta que desembarcó en Gibraltar, que le debe su actual nombre –Ŷabal āriq o “monte de Tariq”– y no sin toparse con cierta resistencia de los cristianos, lo cual demostraría que éstos estaban al tanto de lo que se cocía más allá del Estrecho sin necesidad de haber consultado en Facebook el estado de Tariq (“Embarcando a la conquista de Hispania” > A Muza le gusta esto).


Fin (de la primera parte):

Un soldado le cuenta a Tariq que protagoniza un artículo de "Aquí fue Troya"

Sea como fuere, Tariq tomó posiciones tras ocupar Carteia. Y las tomó bien tomadas, dado que apenas avanzó hacia el norte en los meses siguientes. Quizás recibió ayuda y promesas de los partidarios del sector witizano, como sería el caso del polémico arzobispo hispalense Oppas. Recabó informaciones sobre los movimientos de las tropas de Rodrigo, que descendían hacia el sur a su encuentro, y a su vez aguardó la llegada de otros cinco mil soldados –y algunos cuantos tuppers con las sobras– que le había pedido a Muza.

Pero la larga espera, al igual que este artículo, tuvo un final. En julio de ese 711, las tropas lideradas por Tariq derrotaron al bando de Rodrigo en la batalla de Guadalete, dictando la sentencia de muerte del reino visigodo. Así que, como ustedes comprenderán, les remito a julio de 2011 para el estreno de la segunda temporada de las andanzas de Tariq por la piel de toro… a no ser que antes la cuelguen en Series Yonkis.

Sobre la Reconquista: el exabrupto final

Yo les pregunto: ¿quién dijo que algo de tan rancia consideración como la Historia debía llevarse mal con las modernísimas redes sociales?
Yo les respondo: no lo sé, pero no podía estar más lejos de la realidad.
Y yo les explico: tras cierto tüit escrito por un servidor hace año y pico se desató en mi Féisbuq una pequeña tormenta metodológico-historiográfica que requeriría mayor atención y una reflexión tirando a profunda. Pero, por desgracia, sólo me ha salido lo que viene a continuación.

Prefacio:
Hasta que murió Franco, año arriba año abajo, se entendía por Reconquista ese trabajillo que, a tiempo parcial, caracterizó la Edad Media peninsular. Pero los historiadores, que tienen (tenemos) la bendita y puta manía de dudar de todo, replantearon (aquí no me incluyo porque ni había nacido ni había profesado aún) el concepto y la etimología del vocablo en sí.
[No hubo agallas, si me permiten la expresión y el inciso, de renegar de la propia acción de la Reconquista, factor que habría conllevado titánicos denuedos y más de una maldición para reescribir ocho siglos de nuestra historia borrados de un plumazo].
Así pues, dos grandes tendencias se pusieron muy de moda entre los medievalistas: una, cuestionar el uso de la palabra “Reconquista”, y dos, estigmatizar todo aquello relacionado con la misma para no intoxicar al resto del gremio. Como si la madre Clío nos estuviese regañando: “Reconquista, caca, niño, eso no se toca”.
Abogando por un simplismo ramplón -valga la redundancia-, el meollo de la Reconquista se habría solucionado sin la propia Reconquista. Vamos, que si Tariq no se hubiera marcado la excursioncita nos habríamos ahorrado, ustedes y yo, todo este asunto. Pero la culpa no fue ni de Tariq, ni de Musa, ni de godo alguno, ni del incipiente feudalismo (o no) que brotaba en aquella Hispania y que tantos debates ha hecho proliferar al respecto.
La culpa, muy señores míos, es de los mozárabes. Así, como lo leen.

Estatua de Alfonso II, Plaza de la Catedral, Oviedo
Estatua de Alfonso II el Casto, Plaza de la Catedral, Oviedo. Foto: ferdiazgil (Flickr, licencia Creative Commons)

La culpa es de los mozárabes:
Claro que sí. Los mozárabes podrían haberse quedado quietecitos en al-Andalus, pero su obstinado afán de protagonismo les condujo, entre jornadas del foso y revueltas del arrabal, a la más y mejor directa represión. Ciertamente escarmentados, algunos pusieron rumbo al norte y se toparon con una monarquía astur a la que le vino a ver la virgen (en sentido figurado).
El reino de Asturias, por aquel entonces, era un ente del chichinabo, con perdón. Pelayo fue el jefecillo de unos asnos salvajes (sic), lo de Covadonga fue una piltrafa de batalla, al memo de Favila nos lo mata un oso y Alfonso I fue un yernísimo enchufado: tres hurras por este pedazo de mito fundacional.
Y en éstas arribaron los mozárabes. Alfonso II, que sería casto pero no cortito de miras y precisaba de una ideología a módico precio, tiró de estos Goebbels de baratillo. Como el cliente siempre tiene la razón y los mozárabes eran de todo menos escrupulosos, el resultado fue destrozar la Historia y la genealogía entera para alegar que los reyes astures eran descendientes de los visigodos; de propina, además, se descubrieron los presuntos restos del apóstol Santiago (que ya es casualidad, oigan), una prueba más del detallazo de Dios para con estos cristianos irredentos.
Puede que, en pleno siglo XXI, nos sorprenda que una falsedad tan burda como manifiesta alcanzase rango de “versión oficial”, pero cometemos el error de no pensar como alguien del siglo IX, el error de no ponernos en su escasamente aseada piel. La cosa, no obstante, es que en el siglo IX tampoco habría gente que se tragara tal mentira, mas dicha mentira les convenía sobremanera.
Por tanto, Alfonso III, que de magno sólo tenía el jabón, promovió la redacción de semejante programa político en forma de crónicas. Ya estaba el lío montado.

Verba volant, scripta manent:
Si Alfonso III hubiese encargado un tratado de horticultura, hoy quizás seríamos todos musulmanes y expertos en acelgas. Pero a Alfonso III le dio por defender tan peculiar sagrada providencia reflejada en las crónicas, justificando así sus decisiones.
El paso de las centurias, el frenesí bélico y las miserias cotidianas no lograron discutir lo apropiado del término “Reconquista”. Para las gentes del Medievo la tiranía de lo escrito se impuso sobre el pertinente bulo y/o mentirijilla piadosa. Y ya metidos en la harina de la pseudocruzada -sustantivo válido en 1212-, no placía mucho que te viniese un tiquismiquis y te soltara “no me desuelles al agareno, por favor, que estás luchando por un concepto más falso que un maravedí de cartón piedra”.

A modo de conclusión:
Yendo al grano, lo que un servidor pretende expresar respecto a tan espinoso tema es que no somos nadie para negarles a estas criaturitas medievales el uso de la palabra “Reconquista”. Ellos se lo creían (o querían hacerlo, por venirles como anillo al dedo), mientras que nosotros, acomodaticios medievalistas e historiadores en general, nos ponemos espléndidos y pretendemos rebautizar el asunto sin pedirles permiso en una clamorosa falta de respeto.
Somos bien capaces de distinguir mito y realidad, leyenda e historia. De todos es sabido que, a la más mínima, la Historia es despojada de toda veracidad sin miramiento alguno para acomodarla a intereses particulares. Y es verdad que el tratamiento que se le ha dado a la Reconquista -ahora sin comillas- ha sido irregular y sospechosamente subjetivo en muchas ocasiones. Pero todo ello no debe conducirnos a revisar sólo este caso. O sea, y nunca mejor dicho, o todos moros o todos cristianos.
Porque si ninguna guerra civil puede ser civil, ni nadie habla de la Guerra de los Ciento Dieciséis Años, ¿qué derechos podemos esgrimir para desterrar la maldita palabra “Reconquista” de nuestra Historia?