Archivos de la categoría Historia Medieval

Panteón Real San Isidoro

De Cáliz de Doña Urraca a Santo Grial

Actualización.- El Museo de San Isidoro ha vuelto a exponer el Cáliz de Doña Urraca [1].

El 23 de marzo, además de morir Adolfo Suárez, la prensa leonesa recogía una asombrosa noticia bajo el titular “El Santo Grial está en León”. El hecho pasó ligeramente desapercibido hasta que ayer, día 26, todos los medios se hicieron eco y medio país quiso entender que sí, que el Santo Grial llevaba siglos en León y corrió a abrazarlo cual nuevo dogma irrefutable. Que esto es España y aquí todos somos expertos en reliquias, faltaría más.

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Muret, 1213

Cada 11 de septiembre se celebra la Diada en Cataluña en recuerdo del asalto final a Barcelona que en 1714 puso fin a la Guerra de Sucesión española. Sin embargo, cada 12 de septiembre, cuando políticos y medios escrutan los actos del día anterior, hay medievalistas que aprietan sus puñitos y se van al rincón de llorar al ver cómo repetida y obstinadamente se ignora una efeméride que, como el tan cacareado 11 de septiembre de 1714, cambio el curso de la Historia.

Me refiero a una batalla que ni vende ni acarrea connotaciones políticas, ergo no hay demasiado interés en recordarla y, menos aún, remarcarla como una fecha clave e identitaria. Me refiero a la batalla de Muret. Ya. Que no os suena mucho. Normal.

Si no queréis perder tiempo, leed sólo este párrafo por si os toca la pregunta en el quesito amarillo del Trivial: el 12 (o el 13, según otras fuentes) de septiembre de 1213 las tropas francesas y cruzadas derrotaron en el sur de Francia al ejército del rey Pedro II de Aragón y amigos, a raíz de lo cual murió el monarca y la Corona de Aragón vio interrumpida su vocación transpirenaica.

Ahora, si tenéis unos minutillos y gustáis, os cuento la versión larga. Con su contexto, su dramatis personae y sus rumbosas consecuencias en el resto de la Edad Media.


Lo que pasó antes de Muret:

Para entender lo ocurrido en Muret hay que explicar, antes de nada, qué pintaba Pedro II por esos andurriales. Y además hay que hacerlo de forma concisa y amena o si no me esperaréis a la salida de Internet dispuestos a partirme la cara. Con razón.

Pedro II de Aragón, el Hipster (fuente: Wikipedia).

Pedro II de Aragón, el Hipster (fuente: Wikipedia).

Como cualquier otro rey que se precie de serlo, Pedro II tenía un padre, Alfonso II, quien falleció en 1196 legándole la corona aragonesa. La herencia recibida, en este caso, implicaba asumir los intereses en el sur de Francia de los condados catalanes (recordemos que Pedro II era nieto de Petronila y Ramón Berenguer IV, la pizpireta pareja que tan gratos momentos nos deparó en este artículo y sus no menos jacarandosos comentarios). Así pues, como nietísimo de Ramón Berenguer IV e hijísimo de Alfonso II, Pedro II acumulaba poder a ambos lados de los Pirineos: además del Rosellón, la Cerdaña y la Provenza, obtuvo el condado de Montpellier -gracias a su matrimonio con María de Montpellier- y el vasallaje sobre varios señoríos occitanos.

Esos señoríos occitanos estaban en manos de los amigos anteriormente citados. Para no liarnos demasiado, hay dos Raimundos y un Bernardo: Raimundo VI, conde de Tolosa (la actual Toulouse, no la Tolosa de Xabi Alonso) y cuñado de Pedro II; Raimundo Roger, conde de Foix; y Bernardo IV, conde de Cominges. Todos estos condados se ubicaban en torno al núcleo duro de (peligro, puede contener trazas de Dan Brown) la herejía de los cátaros.

En este momento no es plan -”¡no, no lo es!, ¡ahórratelo!”, claman las masas- escribir un tractatus sobre el catarismo. Me limitaré a enlazar el artículo de la Wikipedia y dejar dos reflexiones: a) no hay guerras por religión, sino guerras con religión, y b) que tanto va el cátaro a la fuente que al final se acaba rompiendo Occitania.

Occitania en 1213 (fuente: Wikipedia).

Occitania en 1213 (fuente: Wikipedia).

Lo de guerras con religión no es nuevo. La religión es una excusa como cualquier otra para lograr poder, dinero, fama o acostarse con quien te haga tilín. En la Francia de los siglos XII y XIII el catarismo era el último grito en herejías y a Felipe II le pareció una razón fantástica para fortalecer aún más su posición frente a la aristocracia del reino y monarquías vecinas, a quienes jamás dudó en atacar para ampliar sus territorios. Al proclamar en 1209 el llamamiento a la cruzada (PLS RTcontra los cátaros, el papa Inocencio III le hizo un favor impagable a Felipe II al darle en bandeja el casus belli.

No obstante, y para velar por la pureza ideológica, el Vaticano envió al inquisidor Arnaldo Amalric, famoso por el conciliador “matadlos a todos: Dios reconocerá a los suyos” que legó para la posteridad tras arrasar los cruzados la ciudad cátara de Béziers. De las cuestiones militares de la cruzada se encargaba el noble Simón de Montfort, tan buen estratega como bestia sanguinaria. El típico salvaje al que nunca entregarías a tu hijo de tres años salvo si eres Pedro II de Aragón y ese hijo es el futuro Jaime I.

Un último inciso con líos de cama. Pedro II no le daba a su esposa María ni con un palo, de ahí que el cronista Bernard Desclot narrara cómo ella se hizo pasar por una amante del rey para engendrar al heredero. El sainete le hizo tan poca gracia a Pedro II que, en cuanto pudo, se quitó al niño de en medio enviándolo a Carcasona bajo la tutela de Simón de Montfort. El mismo Simón de Montfort que se plantó en Muret con ganas de moler a palos a Pedro II. Lo normal.


La batalla de Muret:

Felipe II no puso un pie en Muret. Ni falta que hacía: para eso ya estaban los cruzados. Éstos ocupaban dicha ciudad cuando, a finales de agosto de 1213, el bando occitano le puso cerco tras fracasar los intentos pacificadores de Pedro II de Aragón; de hecho, el monarca había pactado con Simón de Montfort la boda de los hijos de ambos, Jaime y Amicia, en aras de sosegar los ánimos y apuntalar los dominios aragoneses más allá de los Pirineos.

Sin embargo, era bastante previsible que Felipe II y el Vaticano no dejarían que fuese Simón de Montfort el único que sacase tajada. Para evitar sustos ante semejante coalición, los nobles occitanos se fueron sometiendo a Pedro II, en buena parte gracias a su prestigio como reciente vencedor en la batalla de Las Navas de Tolosa (1212). Tras varios días de asedio, Pedro II llegó a Muret dispuesto a derrotar a los cruzados de Montfort a campo abierto. Su cuñado Raimundo VI de Tolosa, más cauto, optaba por mantener el cerco hasta rendir la ciudad, táctica que despreció Pedro II. Ya saben, señores: el gen peninsular nos obliga a desconfiar de todo lo que aconseje un cuñao.

Por su parte, Simón de Montfort era consciente de su debilidad. Frente a los miles de soldados del ejército rival (entre quince y veinte mil hombres, dependiendo de las fuentes), los cruzados apenas contaban con mil quinientos efectivos para los que sería casi imposible resistir un asedio de manera prolongada. El único recurso cruzado era, precisamente, romper el asedio por sorpresa y jugárselo todo en una batalla campal.

Batalla de Muret (fuente: Wikipedia).

Batalla de Muret (fuente: Wikipedia).

El arma principal de los cruzados era su caballería pesada. De madrugada, Simón de Montfort salió de Muret con sus novecientos jinetes, vadeó el río Louge y cargó contra aragoneses y occitanos, tan desprevenidos que no lograron frenar los arreones de los cruzados. Éstos, además, sabían que la victoria no dependía de prolongar durante horas las cabalgadas contra un ejército mucho mayor, sino de dar un golpe de efecto irreversible. Es decir, o matar a Pedro II o sembrar el pánico con la discografía de Juan Magán.

Dado que el electro latino aún no se había pergeñado (laus Deo), la opción más factible era acabar con el rey aragonés, quien -todo sea dicho- era tan osado como imprudente. De creer al trovador Guillermo de Tudela, en su Cançó de la Croada, Pedro II intercambió la armadura con otro caballero y, al ser éste abatido por los cruzados, el monarca les sacó del error al grito de “yo soy el rey”. Tres hurras por Pedro II, maestro del incógnito.


Lo que pasó después de Muret:

La muerte de Pedro II supuso la desbandada de aragoneses y occitanos, lo cual hizo aún más sencilla la victoria total cruzada y reorganizó el mapa político de la zona. La principal consecuencia fue que la Corona de Aragón, además de perder a su rey, hubo de renunciar a casi todas sus tierras ultrapirenaicas y aspiraciones sobre el Mediodía francés. Del antaño territorio natural de expansión (dentro de lo poco natural que resulta toda expansión política, huelga aclarar) sólo permanecieron en la corona aragonesa los condados de Montepellier, Rosellón y Cerdaña.

Simón de Montfort, el amigo de los niños (fuente: Wikipedia).

Simón de Montfort, el amigo de los niños (fuente: Wikipedia).

Al margen de Felipe II, quien vio aumentado su poder en detrimento de Aragón, el gran beneficiado por Muret fue Simón de Montfort. Éste añadió a sus títulos el condado de Tolosa y prosiguió su campaña militar por Occitania con un as en la manga: la custodia de Jaime I, convertido en nuevo rey de la corona aragonesa. No lo liberó hasta 1214, cuando la presión del Vaticano -”oye, Simón, que te encargamos una Cruzada, no una guardería”- al fin surtió efecto.

Devuelto Jaime I a este lado de los Pirineos se produjo la transformación definitiva de la política exterior de la Corona de Aragón. Al igual que otros monarcas coetáneos (Fernando III o el mismo Felipe II de Francia), Jaime I dedicó sus primeros años a imponerse sobre la nobleza antes de embarcarse en una fase de conquistas que incorporó a sus dominios los reinos musulmanes de Mallorca y Valencia. Puesto que a la corona aragonesa poco le quedaba por rascar en la Península Ibérica (el propio Jaime I rubricó en 1244 el Tratado de Almizra), todo acrecentamiento del reino pasaba por lanzarse al Mediterráneo. El primero en dedicarse a tales menesteres fue Pedro III, hijo de Jaime I, que en 1282 se coronó rey de Sicilia en la genialidad táctica que tan bien narró mi idolatrado Steven Runciman.

¿Y los cátaros? Ah. Los cátaros. Bueno, digamos que el frenesí cruzado aminoró tras Muret y hasta 1244, ya en tiempos de Luis IX, no se dio por finiquitada la cruzada albigense. Causalmente -digo “causalmente” y no “casualmente” porque nada es casual en este asunto- la cruzada solía reactivarse en aquellos momentos en los que los monarcas franceses deseaban ampliar sus posesiones y acabar con la resistencia de sus opositores en Occitania: a fin de cuentas, los cátaros nunca dejaron de ser una mera excusa para que la corona francesa y los señores feudales occitanos dirimieran sus diferencias mediante la diplomacia del mandoble.

Arqueología experimental: un espectáculo científico

La Arqueología experimental, nos dicen Colin Renfrew y Paul Bahn en Arqueología. Teorías, Métodos y Práctica, “constituye un medio eficaz de estudiar los procesos postdeposicionales a largo plazo”. Los autores se refieren al experimento de Overton Down, pero la arqueología experimental, mediante la simulación, la fabricación y la recreación también pueden aportar importante información sobre el pasado.

Montículo experimental de Overton Down

En 1960, se puso en marcha en Overton Down un proyecto de arqueología experimental de larga duración. El experimento consistía en la creación de un gran terraplén de creta y turba de 21 metros de longitud, 7 metros de anchura y 2 metros de altura, con un foso paralelo. El objetivo del experimento era establecer el modo en el que se altera el montículo y el foso con el paso del tiempo así como el modo en el que se comportan los materiales (cerámica, cuero y tejidos) que fueron sepultados en su interior. A fin de controlarlo, se estableció que se llevarían a cabo cortes de seguimiento en 1962, 1964, 1968, 1976, 1992, 2024 y 2088. Un experimento a largo plazo que ya ha arrojado información interesante: en 1964, por ejemplo, la cerámica permanecía inalterada, el cuero poco afectado y los tejidos ya se estaban debilitando y decolorando.

Sin embargo, y aunque el experimento de Overton Down se encuentra ya en los libros de texto, no es ni mucho menos el único ejemplo. De hecho, es, quizá, uno de los menos vistosos. No os aburriré con ejemplos a base de montoncitos de tierra: la arqueología experimental, además de una técnica muy interesante para probar o desmentir teorías sobre el pasado, es una de las variantes de la Arqueología con mayor capacidad para asombrar.

Arqueología experimental, todo un espectáculo
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Las neveras de la Antiguedad

Reconstrucción en 3D de una cocina romana. Fuente: Víctor Lozano Lázaro

Reconstrucción en 3D de una cocina romana. Fuente: Víctor Lozano Lázaro

Hoy día no podemos concebir la idea de no tener un lugar donde mantener los alimentos frescos, ya que se estropean, como es lógico. Pero esto es un hecho que viene desde la antigüedad: prácticamente todas las civilizaciones tenían un sistema con el que mantener los alimentos y así poder consumirlos durante un largo tiempo.

Los sistemas más comunes para ello eran el acopio de los productos como el vino, aceite o grano en grandes recipientes de barro. Los romanos los conocían por dolia y los griegos por pithoi. Aunque aquí podemos nombrar las conocidas ánforas que servían para comerciar y transportar los alimentos a los lugares de venta, y por otro lado para conservarlos.

Pithois de Cnosos

Pithois de Cnosos

Dolium de Ostia

Dolium de Ostia

Estos recipientes venían siendo empleados desde la Edad del Bronce, cuando el cultivo de alimentos comienza a ser abundante. Esta clase de vasijas podían ser de varios tamaños, algunos eran pequeños y se tenían en las cocinas o estancias de almacenaje y otros eran enterrados en el suelo por sus grandes dimensiones, como ocurría en Ostia, Herculano o Cnosos llegando a medir hasta 2 metros de altura.

Silos edad del bronce La Villeta, Ciudad Real.

Silos edad del bronce La Villeta, Ciudad Real.

Hórreo gallego. Fuente: Pepe Medina.

Hórreo gallego. Fuente: Pepe Medina.

Otro de los sistemas de almacenamiento y mantenimiento de los alimentos eran los silos y hórreos. Los silos son muy usados en la Península Ibérica desde el inicio de la agricultura, pero no solamente se da este tipo aquí, existen otros muchos lugares como en Roma o incluso en África, siendo constatada su existencia por autores clásicos como Varrón o Columela. Son agujeros excavados en el subsuelo de forma más o menos circular, siendo las paredes interiores enlucidas con estiércol, arcilla e incluso quemadas para que los animales y hongos no penetren. Una vez repleto de alimentos era sellado bien con piedras o algún elemento que los cubriese para que no pudieran entrar ni la luz ni el agua y así evitar que se pudriesen. Este tipo de construcciones eran características de zonas cálidas donde el clima era seco: Sumer, Oriente Medio o las costas mediterráneas. Pero estas estructuras podían ser también sobreelevadas, como el caso de los hórreos de Galicia, en zonas donde el clima es húmedo. Son edificios rectangulares, con muros paralelos realizados con piedras, y servían como soporte para el suelo de la estancia que era de madera y donde se depositaba el alimento (grano, paja,….).

Se han encontrado diferentes modelos en estas últimas estancias de conservación de los alimentos. Por ejemplo, en época medieval y con la llegada de los musulmanes a la Península Ibérica, se construyeron en la roca blanda de las montañas. El uso era doble, por un lado como sistema defensivo y por otro como lugar de almacenamiento del grano y alimentos. Estas construcciones reciben varios nombres: batimoras, matimoras, cuevas moras o covarones, un ejemplo de ello lo encontramos en Melilla.

Cuevas moras. Fuente: Enrique Delgado.

Cuevas moras. Fuente: Enrique Delgado.

 

 

Una gran noticia

Seguro que muchos de vosotros os habréis dado cuenta de que quien esto escribe hace mucho que no se pasa por Aquí fue Troya. Doy por hecho que no hay una legión de fans esperándome a que salga por la calle para aclamarme, pero bueno, era importante aclarar el porqué de tan repentino silencio y, ya que estamos, el tono comedido con el que analicé Isabel (tan comedido que muchos me indicaron, en privado, que no era yo. O, al menos, que no era el yo que tantísima y tan merecida cera le dio a Toledo en su momento).

Durante varios meses he estado mordiéndome la lengua -o el teclado, mejor dicho- para no gafar el proyecto y reventar la exclusiva, si bien finalmente desde instancias superiores me han dado luz verde para comunicar la noticia: TVE producirá una serie sobre Fernando III y, si todo sale bien, seré el consultor histórico de la misma. No puedo dar más detalles del asunto por ahora, pero sí me han permitido explicar cómo se desarrollaron los acontecimientos.

Todo comenzó de la manera más idiota. Hace siete meses, el 30 de mayo, @silvi_ta me cedió en Twitter el espacio de los santos para que hablase de Fernando III, a la sazón San Fernando (huelga aclarar que no me gusta nada esa denominación, salvo cuando se celebra su/mi onomástica). Todo ello se saldó con el hashtag #FernandoIIIesTOP y comenzó a germinar en mi cabeza la posibilidad de dedicar unos artículos en Aquí fue Troya, planteando su vida a modo de serie. Sólo dos artículos vieron la luz, los referentes a la primera temporada y a la segunda eadem. La ficticia serie se detuvo en 1218 y, aunque en mi cabeza estaba todo el desarrollo de la misma -cinco temporadas, así a ojo-, no hubo continuación.

El milagro sucedió a principios de julio. Estaba trabajando en el tercer artículo (tercera temporada, aún inédita) cuando recibimos un correo electrónico de un productor televisivo interesándose por nosotros. Mejor dicho, por Fernando III y por los artículos publicados previamente. Superado el asombro inicial -que después tornó en reticencia y más tarde en pánico- y luego de un afanoso intercambio de correos, concertamos una entrevista en Madrid a mediados de agosto.

De tal entrevista poco podemos desvelar quienes allí estuvimos. Que si era viable la serie. Que si habíamos hablado con otras productoras o cadenas. Que si venderíamos la idea o si preferiríamos participar como asesores. Todo muy en el aire, sí, pero bien es cierto que las televisiones públicas tenían pendiente la aplicación de EREs en sus plantillas y de recortes en sus presupuestos. Era comprensible que no habría vía libre para avanzar en el proyecto hasta que no se aprobaran las cuentas estatales de 2013 para RTVE.

En otoño se fue redondeando la propuesta en diversas reuniones con el equipo. Tampoco debería revelar mucho al respecto, salvo que el espíritu original de los artículos ha sido tenido más en cuenta de lo esperado. Se han mantenido en esencia las líneas argumentales y el perfil de los personajes. Otra cosa será el trabajo que hagan los guionistas y las directrices impuestas por los productores ejecutivos (no de la productora, sino de la cadena) y será finalmente el público quien dicte sentencia a favor de unas u otras tramas. Y sí, los medios no son muchos y en España no tenemos nada como la HBO o la BBC, pero estoy seguro de que el esfuerzo será titánico para estar a la altura de las expectativas creadas.

Ojalá muy pronto pueda ofrecer más datos y concretar plazos, personajes o localizaciones. Hasta entonces sólo me queda esperar y, sobre todo, daros las gracias: el productor nos confesó que conocía los artículos gracias a que uno de nuestros lectores se los había enviado. Sea quien sea ese lector, le debo no ya una caña, sino la producción anual de Cruzcampo.

Isabel

En Aquí fue Troya somos así, señora. No nos mire mal. Sabemos de sobra que Isabel se estrenó hace bastante y que en su momento prometimos escudriñarla al límite, como hicimos con Toledo. De verdad que sí. Lo cumplimos a medias: quien esto escribe vio el primer capítulo y tomó notas al vuelo, pero hasta hoy no las ha publicado. Cosas del directo, señora, deje de mirarnos mal o la tendremos.

Pero seamos sinceros. La demora es achacable a una única causa de doble filo: Isabel no es tan mala y, por lo tanto, no había tantas ganas de despellejarla como sí sucedió con Toledo. Dios santo, es que Toledo era tan atroz que aún en artículos ajenos (como éste) me entran ganas de denunciar a sus creadores al Tribunal de La Haya.

Admitamos que Isabel, en general, es una serie que se deja ver. Al contrario que Toledo –sí, otra vez la infumable Toledo–, basada en personajes ficticios con presunto trasfondo real, Isabel bebe de asuntos más o menos históricos para desarrollar su trama, lo cual es muy de agradecer. Divulgar no divulga demasiado, vale, pero al menos se nutre de una época convulsa (y, por tanto, interesante) y unos protagonistas que conocen hasta los monetes de Gibraltar. Qué graciosos, los monetes, los jodíos.

El problema, cómo no, es que uno no es de piedra, sino de carne, huesos, vísceras y unos cuantos fluidos que no vienen al caso. Y siendo historiador es difícil no removerse en el sofá cuando observa algunos fallos de bulto que, lo avanzo ya, son responsabilidad última de la asesora histórica de la serie, una tal Teresa Cunillera con un único registro en Dialnet. Ni ella ni los guionistas (ojo, licenciados en Historia) pueden evitar lo peor.


¿Era necesario?:

Isabel contiene fallos históricos, como cualquier otra serie. La cuestión es si eran necesarios. Porque puede haber gazapos sin importancia (ejemplo, ese violonchelo que aparece y que, como ya se apuntó en Twitter, no se inventó hasta un siglo más tarde), pero otros errores no aportan nada a la trama y, para colmo, se enfrentan tozudamente a la realidad. Porque es de traca, óiganme bien, de traca, que en la serie –sobre todo en su promoción– se insista machaconamente en que Isabel fue la primera reina de Castilla, como si a inicios del siglo XII no hubiese existido una tal Urraca I (sobrina, a su vez, de otra Urraca, reina en Zamora). Poco se farda en España de una reina con nombre de pájaro. Una lástima.

Tampoco era estrictamente necesario hacer de Isabel de Portugal, madre de los infantes Isabel y Alfonso, una señora fatal de lo suyo y loca de atar allá por 1461, cuando arranca la serie. Cierto es que fue recluida en Arévalo con sus hijos acusada de enajenación mental (algo que la serie no termina de explicar), pero encamarla para que parezca en las últimas carece de sentido si tenemos en cuenta que falleció en 1496. Treinta y cinco años agonizando, que se dice pronto.

Es comprensible que detalles como el anterior puedan pasarse por alto, dada la brutal cantidad de datos (personajes, fechas, lugares) que proporciona el primer capítulo. Despista a cualquiera, incluso a medievalistas irredentos. Aplaudiría esa profusión de datos si fueran ciertos, pero fastidia oír a Enrique IV ampararse en que Beltrán de la Cueva le salvó la vida en una batalla contra los musulmanes, de lo cual no hay constancia en las crónicas, como tampoco hay constancia de que Isabel fuese la madrina de Juana la Beltraneja o de que los nobles del reino cometieran la imprudencia de jurar ante notario que la recién nacida no era hija del monarca. Puede que Beltrán de la Cueva cayera mal –no era precisamente el tipo con más amigos en Facebook–, pero convertirle en el pim pam pum de la serie es una cabronada.

La serie también derrapa en aspectos protocolarios. En una escena vemos a la reina Juana ordenando limpiar el suelo a todo un arzobispo toledano, cabeza de la Iglesia castellana y pornochacho en sus ratos libres. No esperábamos menos de una corte tan cachonda en la que apenas hay que esforzarse para asistir en vivo a actos carnales con erótico resultado, siendo testigos de ello tanto Isabel como la propia reina, que en un encomiable arranque también se despelota ante Beltrán de la Cueva. Gracias, guionistas. Y aún más gracias, Bárbara Lennie.


Esas minucias (o no):

Isabel tiene aciertos. Que sí. Creedme. Verbigracia, el cuidado y precioso vestuario, al margen de la manía de vestir casi siempre de blanco a Isabel, como si viniese del futuro a anunciar lejía. O las localizaciones exteriores, incluyendo el quitarle al alcázar de Segovia sus característicos tejados de pizarra, mandados colocar en el siglo XVI por Felipe II.

Aún así, a servidor le chirrían determinadas minucias. Acabo de alabar los planos exteriores del alcázar, pero en esos mismos planos echo de menos la antigua catedral de Segovia, situada frente a él y derruida tras la Guerra de las Comunidades. Si seguimos con Segovia, tampoco comprendo que las escenas de la coronación de Isabel se rodaran en la concatedral de Cáceres, existiendo todavía la iglesia segoviana de San Miguel, donde se produjeron tales hechos. Los interiores, en cambio, sólo me sugieren una palabra: cartonpiedrismo. No pido a los decoradores que hagan un cursillo CCC de cantería medieval, pero al menos podrían haberse esmerado en imitar las estancias del mismísimo alcázar en el que se sitúan gran parte de los acontecimientos. Que no cuesta tanto (4’50 € la entrada), chavales.

Por cierto, tampoco es mucho pedir que Isabel mejore su caligrafía. O, mejor dicho, que la adapte a la realidad, que la haga gótica cortesana y no tan clarita y legible. Ah, y que aprenda a escribir bien su nombre, con i griega (“Ysabel”) en vez de i latina. Más que nada, para no joderse el futuro símbolo del yugo correspondiendo con su inicial.


Nota final:

Me enfrenté a Isabel con una mezcla de miedo y ganas de sangre, pero he de aceptar que el resultado, en general, es aceptable. No pasa del aprobado justo, aunque aprueba, que ya es decir para una serie histórica española que encima no cuenta con tramas para toda la familia ni con supuestas escenas jocosas basadas en equívocos de encefalograma plano, ambas dos cosas muy dignas de elogio.

En cuanto al reparto, reconozco que quizás la edad de los actores no se adecue a la de sus personajes, del mismo modo que reconozco que la elección de Michelle Jenner no me convenció cuando comenzó a rodarse la serie. Sostengo lo primero, pero me callo lo segundo: susurros al margen –¡los del fondo no te oyen!–, Michelle Jenner sale más que airosa de un papel enormemente complicado. Si hubo un personaje que me decepcionó fue Enrique IV (Pablo Derqui), pero su esposa en la ficción me hizo olvidarlo pronto.

Sí, por eso mismo que estáis pensando: #TETAS.

Las Navas de Tolosa, ocho siglos (y dos días) después

Un día como anteayer, hace ochocientos años, tuvo lugar la segunda batalla más decisiva de toda nuestra historia medieval. En ella, las huestes almohades comandadas por el califa Muhammad an-Nasir (Miramamolín para los amigos) fueron derrotadas por la coalición cristiana liderada por Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra, e integrada no sólo por sus respectivos ejércitos, sino también por tropas portuguesas -sin su rey, Alfonso II-, cruzados de toda Europa, diversas órdenes militares y numerosos caballeros del reino leonés que acudieron a título personal. En total, entre ciento cincuenta y doscientos mil combatientes (con amplia superioridad musulmana) congregados en Despeñaperros para zurrarse la badana bajo el bestial sol de julio. Melanoma para todos.

Sin embargo, y como apunté el año pasado acerca de los trece siglos que se cumplían de la invasión de la Hispania visigoda y de la batalla de Guadalete, no parece que nadie esté por la labor de conmemorar la efeméride. Un congreso, un museo y va que chuta, no vaya a invocarse el “mejor no meneallo”. Como si doliese recordar uno de los acontecimientos capitales de nuestro pasado mientras se celebran aniversarios de mucha menor relevancia y a los que no quiero señalar, que tengo una educación y unos párrafos que escribir.


El porqué de Las Navas:

1195 se considera el culmen del dominio almohade en la Península Ibérica. En décadas anteriores, el imperio norteafricano había ido sometiendo los distintos reinos de taifas musulmanes, pero necesitaba un gran triunfo sobre los cristianos para ratificar su posición hegemónica. En este sentido, la batalla de Alarcos (1195) supuso ese golpe de efecto: Alfonso VIII de Castilla sufrió tal derrota que tardó años en recomponer no sólo su ejército, sino también la anterior política de relaciones entre reinos cristianos, en especial entre la noqueada Castilla y la pujante León de Alfonso IX.

Ruinas del castillo de Alarcos (Ciudad Real)

Ruinas del castillo de Alarcos (Ciudad Real)

Sin embargo, las divisiones en el seno de los almohades provocó que apenas pudiesen rentabilizar su victoria en Alarcos. Cierto es que se recuperaron para al-Andalus ciudades como Cáceres, Plasencia o Talavera, pero fracasó el asalto musulmán a Toledo. Se instauró entonces un tenso compás de espera, alargado durante años en los que, pese a las treguas y las parias, se sabía que tarde o temprano se volverían a dirimir los intereses territoriales a guantazo limpio.

De hecho, los grandes actores de Las Navas de Tolosa eran conscientes de que un éxito militar era imprescindible para asegurar su posición en el delicado tablero político ibérico de inicios del siglo XIII. No sólo se trataría de una guerra por religión, sino -sobre todo- de una guerra territorial. Verlo como un “Cristianismo vs Islam: ¡el combate del siglo!” es de mentecatos y supone obviar los conflictos existentes entre Portugal, León, Castilla, Navarra y Aragón, lo cual nos lleva a desmontar el mito de que los reinos cristianos fueron a la batalla juntitos de la mano y montados en unicornios que cabalgaban briosos sobre el arco iris. Más bien no.

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Fernando III, S02E00

Como decíamos ayer (en realidad el jueves, pero esto de citar a los clásicos con coherencia espaciotemporal aún no lo domino del todo), Fernando III bien merece una serie propia. La primera temporada de la misma, o al menos tal y como yo la había planeado, terminaba con una Castilla invadida por Alfonso IX de León, quien estaba dispuesto a ocupar los castillos fronterizos que tantos quebraderos de cabeza habían dado en décadas anteriores.

Mientras tanto, Castilla carecía de rey al haber fallecido Enrique I muy patéticamente y no aceptar buena parte del reino a Fernando y mamá Berenguela, quienes se encontraban cerradas las puertas de las ciudades y el corazón de sus súbditos. No es mal punto de partida para la…

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Fernando III, S01E00

No es la primera vez que trato sobre series en este espacio. Si me leéis a menudo sabréis que soy capaz de escribir sobre Juego de tronos sin haber leído ninguno de los libros o visto ningún capítulo, o que en la elaboración del artículo sobre Toledo, cruce de destinos sufrí y disfruté -a la vez- tanto como el marqués de Sade en una matanza típica haciendo él de cerdo protagonista. Pero lo de hoy es distinto. Es personal.

Fernando III

Fernando III’s seal of approval

De siempre me ha fascinado Fernando III. No ya porque sea mi santo (de hecho, jamás nadie me verá llamarlo “San Fernando III”, que es una catetada. Es más, si lo hago podéis hincharme a collejas hasta sangrar), sino porque creo que es uno de los reyes más importantes e infravalorados de nuestra Historia. Porque aquí todos conocen a tótems sagrados como Don Pelayo, Abderramán III, Sancho III, Alfonso X o Jaime I, pero Fernando III ha quedado en un segundo plano, discreto e incómodo a partes iguales.

Ya va siendo hora, digo yo, de recuperar a Fernando III para el gran público. Siempre pensé que su figura daría para una película, no una película épica sobre sus conquistas, qué va, sino una especie de thriller político que reflejase cómo se hizo con su doble corona. Sin embargo, hoy día se llevan más las series televisivas, de ahí que me disponga a publicar cinco artículos como cinco soles para otras tantas cinco temporadas. La idea es que todo ello sirva como una brevísima relación de la vida y milagros de Fernando III tomando como base un buen puñado de tuits que solté el 30 de mayo con el hashtag #FernandoIIIesTOP. Y si algún productor televisivo o cinematográfico lee esto, que me llame. Ya está tardando.


Primera temporada:

En esta primera temporada se presentarían los personajes más relevantes de la más que complicada trama. Esto es muy importante y lo subrayaría (mucho) si supiera cómo hacerlo en WordPress. No olvidemos que cuando Fernando vino al mundo en 1201 se le consideró el heredero, en un futuro no muy lejano, de los reinos de León y Castilla, puesto que sus padres eran Alfonso IX de León y la reina Berenguela, güigüigüí, hija de Alfonso VIII de Castilla. Si nos ponemos en plan mesiánico toca recordar que el nacimiento se produjo en el paraje de Valparaíso, en el camino entre Zamora y Salamanca, adonde la reina se dirigía. Sólo faltaba un portal con el buey y la mula.

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Toledo, cruce de destinos

Muy señores míos, siendo sincero he de admitir que hubiese preferido titular este artículo Toledo, cruce de desatinos o ¿Quién me devuelve esta hora y media de vida? Pero el posicionamiento en Google es el posicionamiento en Google y bueno, ya me entienden. Así que si han llegado hasta aquí gracias a Google o de cualquier otra manera, pasen, relájense y déjenme explicarles por qué Toledo, cruce de destinos (en adelante, Toledo) es una serie mala. Pero mala, mala. Mala con avaricia, de sentarse en un sillón con sonrisa malévola mientras se acaricia a un gato.

El punto de partida de la serie, de entrada, tenía su interés. La segunda mitad del siglo XIII es quizás el periodo que mejor ejemplifica esa España de las tres culturas, la idealizada pacífica convivencia y colaboración de cristianos, musulmanes y judíos. Además, Alfonso X es un rey bastante conocido -sobrevalorado, en mi opinión- por el gran público, aunque sólo sea de oídas. Y no sé de nadie a quien no le guste una ciudad tan extraordinaria como Toledo. Los tres factores citados, unidos a un guión coherente y a una cuidada ambientación, podrían hacer de Toledo una serie atractiva.

 

Pero no:

Sin embargo, eso no ha sido así. Por muy ambicioso que haya sido su creador, Emilio Díez, por mucho que se haya esforzado la productora Boomerang TV o por mucha confianza que haya depositado Antena 3 en una serie española de temática medieval, el resultado es muy decepcionante, como mínimo desde el punto de vista histórico.

Toledo

Panorámica de Toledo, según Antena 3

Comencemos por el envoltorio. Por un lado es de aplaudir que se haya trabajado en diversas localizaciones tratando de buscar la mayor verosimilitud sin abusar demasiado del croma; de hecho, tengo la impresión de que sólo se ha modificado por ordenador la vista general de Toledo, con un alcázar que no es el actual, pese a que el aspecto de su torre principal chirríe. No obstante, edificios, atrezo, vestuario y mobiliario no parecen auténticos: algunos, pese a su inspiración medieval, se presentan perfectos e inmaculados en una apoteosis del cartón piedra, mientras que otros recuerdan más a siglos posteriores, como un crucifijo que tenía poco del siglo XIII, construcciones renacentistas y barrocas o el escudo de los Reyes Católicos que se observa en el toledano puente de Alcántara.

Esos fallos son apreciables por la mayoría, por supuesto. Pero al meterme en harina histórica es cuando me entran todos los males, de uno en uno y no en fila india, sino en una avalancha nivel “El Corte Inglés un 7 de enero”. Porque una cosa es distorsionar una miaja la realidad para ajustarla a la ficción y otra es saltársela sin venir a cuento, de modo gratuito, y sin que el cambio aporte absolutamente nada a la trama.

 

La harina histórica en sí:

Pongamos que Toledo se desarrolla entre 1270 y 1274. El capítulo arranca con una razzia musulmana, impensable por entonces, y muestra a los cristianos una década después sitiando Consuegra tras haber tomado Maqueda poco antes. Olvidemos que el castillo que aparece no es el de Consuegra -¿qué les costaría, pardiez?- y, a cambio, señalemos que Consuegra y Maqueda llevaban en manos cristianas, como mínimo, desde hacía más de un siglo.

Según la serie, en Consuegra se hallaba refugiado un tal Abu Bark (sic) cuya dignidad desconocemos, pero que se antoja tan peligrosísimo para Castilla que Alfonso X le ofrece la paz. Al arribar a Toledo, Abu Bark precisa de un traductor para comunicarse con los cristianos, pero acto seguido habla en un perfecto castellano sin ningún tipo de acento. Ya quisiéramos saber quién es ese inteligente Abu Bark, dado que no hay ningún rey nazarí que conste con ese nombre. Habría que preguntárselo a la atrevida musulmana que se bañaba completamente desnuda, al aire libre, en una alberca de su palacio… y no en uno de los hammam o baños árabes. El destape viaja al siglo XIII, señores.

¿Alfonso X o Theoden?

¿Alfonso X o Theoden?

Pasemos al bando cristiano. En Toledo, la gran cuita de Alfonso X es alcanzar la paz: se apunta que Castilla lleva décadas en guerra y medio arruinada, cuando el perfil político de Alfonso X no fue tan militar como el de su padre, Fernando III, sino que se benefició de una etapa económica expansiva. Aún así, se sugiere que la paz entre cristianos y musulmanes es un avance hasta entonces inédito, si bien la tónica de la Reconquista es que eran menos las fases de guerra que de paz, caracterizadas éstas por las parias que en la serie se ignoran porque interesa más vender equívocos culturales, amoríos interétnicos y prejuicios que combatir en pos del bien común y el buen rollo universal, pero procurando dejar claro que, en caso de duda, los malos son los musulmanes y/o quienes quieran alterar la paz mundial.

Por otro lado, al rey se le denomina “Alfonso X” en vez de Alfonso, a secas, cuando ni en documentos ni de forma oral se le llamaría así. Aunque al Alfonso X de Toledo le martiriza un problema más grave que el onomástico: el familiar. Lo cierto es que su hijo Sancho, el futuro Sancho IV, le dio más de un disgusto, guerra civil incluida. Pero los guionistas (Emilio Díez y Alberto Úcar, responsables de subproductos como Los Serrano, El Internado o Los Hombres de Paco), lejos de aprovechar esa tensión, han preferido mancillar la Historia y mearse sobre su cadáver sin que ello, repito, redunde en una mejora del argumento.

Sólo dos hijos de Alfonso X se citan. Para mal, claro. En un rincón tenemos a Sancho, a quien en la serie se le considera el primogénito -hijo de un matrimonio de conveniencia anterior, ejem- y se le otorga el título de príncipe. En la otra esquina, Fernando, supuestamente su hermanastro, hijo de la reina Violante, y de quien se comenta que “no es una opción como heredero” dado que es el hijo menor y sólo un infante. Tracatrá, señores, tracatrá. Y en párrafo aparte les explico el porqué.

Una corte de cartón piedra

Una corte de cartón piedra

Alfonso X sólo tuvo una esposa, Violante de Aragón. Tuvieron por descendencia once vástagos, de los cuales, y en este orden, los varones fueron Fernando, Sancho, Pedro, Juan y Jaime, todos vivos en los años en los que se desarrolla Toledo. Esto es, que Fernando de hijo menor no tenía nada, sino que hasta su muerte en 1275 fue el heredero al trono de la Corona de Castilla. Sancho, obviamente, no pudo ser fruto de un matrimonio de conveniencia -¿cómo?, ¿Alfonso X casándose por conveniencia?, melospliquen, por favor-, ni mucho menos ser príncipe, título que no ostentó heredero alguno hasta la creación, en 1388, del título de príncipe de Asturias.

Si se deshiciera semejante entuerto no se alteraría la esencia de Toledo. Sancho seguiría siendo un conspirador y un broncas (más aún cuando no podría acceder al trono), mientras que Fernando dejaría de ser el niño mimado. ¿Niño? Calculando que la trama oscila entre 1270 y 1274 nos topamos con otro problema: para esa fecha el conocido como Fernando de la Cerda ya había pisado altar y bautizado un hijo, Alfonso. Pero en la serie prefieren un Sancho que, pese a ser primogénito aún no es heredero (?), y a un Fernando púber que se trajina a la joven esposa de un comerciante. Ajá.

Claro, que estas cosas se arreglarían consultando no ya libros de Historia, sino la Wikipedia. En una escena, Violante le asegura al infante Fernando que Jaime I, su abuelo, fue rey de Aragón a los tres años. Se da por hecho que Jaime I ya estaba muerto, cuando falleció en 1276, poco después que su nieto, y para colmo resulta que fue coronado no a los tres, sino a los cinco años. ¿Cambiaría la verdad el sentido del diálogo? No, pero quizás les hubiese provocado alergia a los guionistas.

 

Lo llaman alergia y no lo es:

Comprobemos otros síntomas de tal alergia a los libros. Un personaje principal es Rodrigo Pérez de Ayala, presunto conquistador de Maqueda, un noble que se tiró una década seguida guerreando contra los musulmanes sin poder ver a sus hijos; más aún, es nombrado magistrado de la ciudad de Toledo por el rey, quien afirma de Rodrigo que es “mi mano derecha, mi voluntad y el representante de mi justicia en todo el reino”, algo que no es obstáculo para que, según se sugiere en un determinado momento, Rodrigo hubiese vivido un romance con la reina Violante. Ole y ole.

Vale, toleramos la invención de ese tal Rodrigo Pérez de Ayala e incluso lo del revolcón con la reina, pero de ahí a que en diez años no viera a sus criaturas por hallarse luchando y que conquistara Maqueda cuando ya hemos dejado claro que ni lo uno ni lo otro… Por no hablar, de paso, de esa magistratura que en la serie es ambicionada como si de una vicepresidencia se tratara, a pesar de que hubiera que compartirla con un judío y un musulmán, algo inconcebible para un cargo que, en efecto, es más falso que la aventura colonial de Franco.

"Vaya, «Las Siete Partidas» no es la «Hobby Consolas» medieval"

"Vaya, «Las Siete Partidas» no es la «Hobby Consolas» medieval"

El asunto es que Rodrigo tiene dos nenes, guapísimos ellos; el mayor, Martín, es nombrado asistente (aceptamos barco) del infante Fernando. Martín se niega, pues anhela ser caballero, cosa que enoja a su padre, quien aduce que ésa no es una opción para él, siendo la corte lo mejor para un noble. Como si ser noble no te habilitara para ser caballero, más aún si eras asistente (aceptamos flotador de patitos) de un infante y sales en una escena peleando con espada frente al público en una suerte de Operación Triunfo de la esgrima.

Es fácil intuir el porvenir de Martín en Toledo: el Justin Bieber del siglo XIII. Sobre todo porque le toca defender al infante de una conspiración para derrocarle, asesinándole si hiciera falta. En la sombra acechan dos influyentes prohombres de la corte, el conde de Miranda y el arzobispo Oliva, partidarios del príncipe (sic) Sancho y tan pérfidos que, a su lado, Bin Laden tiene la medalla al mérito civil.

¿De veras eran tan malvados? No se sabe, más que nada porque son ficticios. Insisto: no pongo pegas a que haya personajes ficticios, sino a que se creen sin motivo alguno y sin añadir valor a la historia, habiendo otros reales más válidos. Lo del conde de Miranda tendría un pase, aunque lo más parecido a ese condado sea el salmantino de Miranda del Castañar, fundado en 1457. Sin embargo, no se entiende el personaje del arzobispo Oliva, quien, como es obvio, no figura en lista arzobispal alguna; de hecho, entre 1266 y 1275 el arzobispo de Toledo era Sancho de Aragón, jovencísimo (nacido en 1250) y hermanísimo de la reina Violante. Ya me dirán ustedes si no daría más juego un arzobispo en la edad del pavo que otro que, al referirse a la Reconquista, indica que “es una guerra santa, como la que libran nuestros hermanos en Jerusalén”… cuando las tropas cristianas habían abandonado Jerusalén casi treinta años atrás.

Quizás todo esto no sea alergia, sino atrevida ignorancia de los guionistas sobredichos. Pero también hay que señalar la teórica labor de los consultores históricos que se citan en los títulos de crédito: José Miguel Merino de Cáceres y María José Martínez Ruiz, catedrático de Historia de la Arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid y profesora de Historia del Arte en la Universidad de Valladolid. Imagino que ambos habrán “asesorado” y dado el visto bueno, por encima, a lo que se cocía, pero que no habrían aguantado tanta tontería en el guión si hubiesen llegado a leerlo detenidamente.

 

Despedida y cierre:

"Al salir de la Escuela de Traductores"

"Al salir de la Escuela de Traductores"

Con todo, ni guionistas ni consultores ni productores tienen la culpa de las mediocres interpretaciones de su elenco. Ya, no es para tirar cohetes, pero uno esperaría algo más de actores de la talla de Juan Diego o Álex Angulo. O que el reparto supiera vocalizar y entonar de otro modo que no fuera el de siempre: en castellano estándar, todos con deje de Madrid, y a correr. Que sí, que no van a hablar como en el siglo XIII, que musulmanes y judíos usen también el castellano, pero oigan, un acento pido. Algo que te demuestre que son actores y no la megafonía del Mercadona glosando las ofertas del día.

¿Quiere todo esto decir que recomiendo encarecidamente ver Toledo? ¿Y todavía hay alguien que se lo pregunte?, ¿qué han estado vuesas mercedes haciendo todos estos párrafos, maldita sea? No, claro que no. Les ruego que no vean la serie, so pena de perder hora y media de su vida cada miércoles. Hora y media que nadie les va a devolver y que mejor harían ahorrando para poder visitar la maravillosa Toledo, cuyo nombre aparecerá desde ahora asociado a semejante bodrio.