Archivos de la categoría Historia de la Medicina

Hamish

Cuando las vacas salvaron a la Humanidad

Vaya por delante, si me perdonan la expresión, que a mí las vacas me caen de puta madre. Me es imposible ser objetivo con tan adorables rumiantes. Gracias a ellas obtenemos chuletones, leche, cachopos, bostas para abonar nuestros campos, quesos, mantequilla, cuero, entrecots, cecina, yogures y hasta pergaminos. Incluso, con suerte, puedes disfrutar de leche merengada si tu vaca lechera no es una vaca cualquiera. ¡Pardiez, pero si hasta hay vacas con club de fans propio!

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La Terrible Historia de la Eugenesia

«60.000 marcos [aprox. 250.000 €] es lo que esta persona con defectos hereditarios le cuesta al Estado durante toda su vida. ¡También es su dinero, ciudadano! Lea Neues Volk, la revista mensual de la Oficina de políticas raciales del NSDAP.» Este cartel podría ser la ilustración perfecta para uno de los episodios más oscuros de la reciente historia de la ciencia: el abrumador éxito de la eugenesia desde finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX.

El padre de la teoría eugenésica moderna fue el científico inglés Francis Galton (1822-1909). Galton, que hizo investigaciones en diversos campos científicos, como la meteorología, la biología o la estadística, quedó profundamente marcado por la lectura de El origen de las especies, de Charles Darwin (quien, por cierto, era su primo), y llegó a la conclusión de que era necesario aplicar una selección artificial al ser humano para evitar la decadencia de la especie. Por extraño que nos parezca hoy día, las ideas de Galton tuvieron un éxito arrollador y fueron adoptadas por una gran parte de la población educada del mundo occidental, aunque de una manera bastante más radical que lo previsto inicialmente por Galton: era necesario impedir que los seres humanos inferiores (enfermos mentales, homosexuales, inmigrantes, judíos, extranjeros, etc.) se reprodujeran más rápido que los superiores, porque si eso ocurría, se produciría el colapso de la especie humana.

Hoy en día es evidente la carga de racismo que contiene la teoría de la eugenesia, pero eso no ocurría entonces. Estar a favor de ella era avanzado, era progresista, era preocuparse por el mundo que se iba a entregar a la generación siguiente. La eugenesia era la teoría científica del momento. Los científicos la aceptaron. Se investigaba en las universidades y en otros centros especializados, y esa investigación la financiaban tanto los estados como prestigiosas fundaciones privadas. Grandes personajes de la política y las artes afirmaron públicamente su importancia y la necesidad de ponerla en práctica para evitar una catástrofe. Entre sus defensores se encontraban políticos como Theodore Roosevelt, Winston Churchill y Salvador Allende, inventores como Alexander Graham Bell, o literatos como George Bernard Shaw y H.G. Wells.

Es de sobra conocido cuál fue el final de ese camino: el extermino masivo de judíos, homosexuales, discapacitados y enfermos mentales, entre otros, en los campos de concentración nazis. No lo son tanto sus etapas intermedias, como las brigadas de «Higiene social», las esterilizaciones forzosas o los programas de «defensa de la raza» que se desarrollaron durante la primera mitad del siglo XX en Estados Unidos, Escandinavia o Chile, entre otros países. En cualquier caso, las atrocidades nazis eliminaron todo el prestigio que tenía la eugenesia, aunque durante los años 60 y 70 se siguieron practicando esterilizaciones forzosas en los países escandinavos.

Para saber más:

M. Crichton, «¿Por qué es peligrosa la politización de la ciencia?», apéndice teórico a la novela Estado de miedo, Madrid 2004.

Fuentes de las imágenes:

1) Cartel de propaganda nazi a favor de la eugenesia, Wikipedia: http://upload.wikimedia.org/ wikipedia/commons/1/12/EnthanasiePropaganda.jpg.
2) Francis Galton, padre de las teorías eugenésicas, Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/ Archivo:Francis_Galton_1850s.jpg.
3) Judíos «inútiles para el trabajo», de El album de Auschwitz, la única colección de fotografías de la época que muestra el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau en funcionamiento: http://www1.yadvashem.org/exhibitions/album_auschwitz/index.html.

Una breve historia de la lobotomía

En uno de los especiales de Halloween de los Simpson, Homer Simpson viaja a través de varios universos temporales alternativos gracias a una tostadora estropeada a la que convierte involuntariamente en máquina del tiempo por medio de una desastrosa reparación. Uno de esos universos está dominado por Ned Flanders, convertido en una especie de Gran Hermano cursi y sonriente que no duda en practicar lobotomías frontales a los ciudadanos descontentos con el régimen. El método que se emplea al practicarlas consiste, en palabras del tabernero Moe Szyslak, en extraer un pedazo de cerebro a través de la nariz, sin necesidad de abrir el cráneo en una operación abierta.

Por surrealista que pueda parecer el método descrito en la famosa serie de dibujos animados, varios miles de personas fueron sometidas a operaciones similares entre los años treinta y sesenta de pasado siglo, aunque los orígenes de la lobotomía se remontan a finales del siglo XIX. Utilizando diferentes técnicas, a estas personas se les extraían pedazos enteros de sus lóbulos frontales, aunque lo más común era que los cirujanos se limitaran a cortar las vías nerviosas que comunican dichos lóbulos con el resto del cerebro. Al hacer esto, se pretendía curar enfermedades y desórdenes mentales como la esquizofrenia, la depresión o los trastornos obsesivo-compulsivos. Lo cual se conseguía en apariencia muchas veces, ya que los enfermos se volvían dóciles y tranquilos, aunque lo que en realidad ocurría es que quedaban básicamente catatónicos, gravemente incapacitados para el resto de sus vidas.

Picahielos adaptados para la lobotomía

Uno de los procedimientos más escalofriantes para practicar lobotomías fue el utilizado por el neurólogo y psiquiatra estadounidense Walter Freeman, que introducía un picahielos en los conductos lacrimales y lo golpeaba con un mazo de caucho hasta que penetraba en el cerebro del paciente y cortaba vías nerviosas aleatoriamente. Mediante este método lobotomizó a centenares de personas entre 1947 y 1967, incluyendo a una hermana del presidente John Fitzgerald Kennedy, Rosemary, que quedó infantilizada de por vida. Finalmente, le fue retirada la licencia después de que varios de sus pacientes murieran a causa de hemorragias cerebrales.

Por aterrador que nos parezca hoy día, lo cierto es que la práctica de la lobotomía estuvo ampliamente extendida y aceptada durante las décadas centrales del siglo XX. Se calcula que en ese plazo de tiempo fueron lobotomizadas varias decenas de miles de personas, no sólo en los Estados Unidos, sino en el Reino Unido y en Escandinavia. Se trata, en cualquier caso, de uno más de esos capítulos oscuros de la medicina en los que fue tan fecundo el siglo XX, quizá tan sólo superado por el enorme éxito de la eugenesia en esas mismas décadas. De esa terrible historia hablaremos otro día.

Para saber más:
C. George Boeree, «A Brief History of the Lobotomy», disponible en http://webspace.ship.edu/cgboer/lobotomy.html.
Annalee Newitz, «The Strange Past and Promising Future of the Lobotomy», Wired Science, 31/03/2011, disponible en http://www.wired.com/wiredscience/2011/03/lobotomy-history/

Fuentes de las imágenes:
Threehouse of Horror V, The Simpsons, episodio nº 109 (6×05), 1994.
Orbitoclastos (es decir: picahielos adaptados para practicar lobotomías).

La trepanación: Vivir con un agujero en la cabeza

 

En la película Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal, el héroe de la saga debe buscar a un antiguo colega desaparecido en el Perú. Durante esa búsqueda encuentra un misterioso cráneo deformado tallado en cristal de roca. No es cuestión de desvelar aquí el final de la película descubriendo quién es el dueño del cráneo. Lo que nos interesa es que, por muy extraño que parezca, la calavera de cristal se inspira en hechos reales. En concreto, en los cráneos deformados encontrados en las necrópolis de la llamada cultura de Paracas, que se desarrolló en el Antiguo Perú. En esta cultura, y por razones bastante oscuras, a algunos niños se les aplicaban vendajes opresivos en la cabeza antes de que se les hubieran endurecido los huesos del cráneo. El resultado era una cabeza deformada, generalmente en forma de melón, como la de la imagen inferior, aunque podían obtenerse otras formas según el modo en que se dispusieran los vendajes. Pero también practicaban otro tipo de intervenciones sobre el cráneo.

Cráneo deformado de la cultura de Paracas

La trepanación era, sin duda alguna, la más extendida de dichas prácticas. Es una operación quirúrgica que consiste, literalmente, en hacer agujeros en el cráneo. Era practicada por los paracas, como acabamos de decir, pero también por otros muchos pueblos, tanto en América como en el resto del mundo. En Europa se han encontrado cientos de cráneos trepanados provenientes de épocas prehistóricas. Es más, la trepanación fue una práctica bastante habitual en la medicina occidental hasta el Renacimiento, como atestigua, por ejemplo, el famoso cuadro de El Bosco La extracción de la piedra de la locura.

 

La extracción de la piedra de la locura, El Bosco

Existían diversas maneras de practicar una trepanación. La forma más primitiva consistía en golpear repetidamente el cráneo con una piedra afilada hasta agujerearlo. Con el tiempo se fueron utilizando instrumentos más precisos, como punzones, cuchillos, sierras y taladros.
¿Cuáles eran las razones para practicar la trepanación? Es difícil de saber, pero se suele apuntar a que las primeras trepanaciones se llevaron a cabo por razones rituales. En épocas posteriores se practicaron generalmente por razones médicas. Así, entre los pueblos de cazadores y recolectores, de creencias animistas, se pensaba que las enfermedades estaban producidas por espíritus malignos que se introducían en el cuerpo de las personas y las hacían enfermar. Una de las formas de expulsar a esos espíritus malignos era hacer un agujero en el cráneo del enfermo para que el espíritu pudiera salir del cuerpo más fácilmente. En la medicina grecorromana, más científica, la trepanación se practicaba principalmente para aliviar la presión intracraneal después de un golpe en la cabeza, algo muy común en el ejército.
Quizá lo más sorprendente a nuestros ojos es que una gran parte de los pacientes sobrevivían a las trepanaciones. Esto se deduce del hecho de que muchos de los cráneos trepanados que se conservan muestran los huesos volvieron a crecer tras la operación.
Por último, es de destacar que un extraño paralelo de la trepanación alcanzó un éxito enorme como tratamiento médico durante la primera mitad del siglo XX. Se trata de la lobotomía, de cuya oscura historia hablaremos otro día.

Fuentes de las imágenes: Calavera de cristal, Cráneo deformado.

Sangre menstrual y mujeres venenosas

El cuadro que encabeza esta entrada, titulado Seeing Through Other Eyes, pertenece a la serie Menstrala, una colección de ochenta y ocho pinturas elaborada a lo largo de tres años de trabajo por Vanessa Tiegs. La principal particularidad de esos cuadros es que están pintados con sangre menstrual de la propia artista.

Independientemente de lo que uno opine sobre los límites del arte, lo cierto es que la sangre menstrual es una de las sustancias que más ha fascinado a la imaginación humana desde la Antigüedad. Esto es relativamente fácil de comprender. El hecho de que las mujeres pudieran sangrar todos los meses durante varios días sin que su salud se viera demasiado afectada debió de convencer a los antiguos de que esa sangre poseía virtudes especiales que la diferenciaban de la sangre normal, que ya de por sí era considerada la base de la vida.

Generalmente la sangre menstrual ha sido considerada una sustancia tóxica, incluso venenosa. Se trata de una idea muy antigua y que está presente no sólo en Occidente sino también en el resto del mundo. El enciclopedista romano Plinio el Viejo (ca. 23-79) da testimonio de ello en su Naturalis Historia, donde recoge la creencia, extendida en su época, de que la sangre menstrual era capaz de agriar el mosto, secar plantas, árboles y frutos, enturbiar los espejos o embotar el filo del acero. Otro ejemplo de esta creencia lo encontramos en el Levítico, el libro que recoge la regulación de los ritos, ceremonias y sacrificios de los israelitas. En él se estipula que la mujer debe quedar separada del grupo mientras tiene la regla, porque es impura y toda persona que la toque quedará contaminada. Algunos restos de esas creencias han sobrevivido incluso hasta hoy día. Todos hemos oído (directamente o por referencias) esos consejos de abuela que advierten a las chicas de que mientras tienen la regla no pueden ducharse, ni lavarse la cabeza, ni preparar mahonesa (porque se corta), etc.

Una de las ramificaciones más interesante de esa creencia tuvo lugar en la Edad Media: en algunos textos médicos bajomedievales se pone en relación la sangre menstrual con el mal de ojo, la creencia de que algunas personas pueden dañar a los demás con su mirada. Según dichos tratados, cuando las mujeres llegan a la menopausia no dejan de producir sangre menstrual, sino que simplemente pierden la capacidad de expulsarla. Esa sangre menstrual se acumula en sus vientres y de ella nacen unos vapores venenosos invisibles e inodoros que van ascendiendo por los canales del cuerpo hasta los ojos, por donde finalmente se expulsan. Por eso no debe permitirse que las ancianas miren a los niños pequeños, porque pueden infectarlos con esos vapores venenosos y causarles la muerte.

A pesar de las apariencias, estas explicaciones suponen un avance muy importante para la época, ya que muestran un cierto espíritu científico, una clara vocación de explicar los fenómenos extraños acudiendo a sus causas materiales, y no a la religión, la superstición o la magia. Y si no que se lo pregunten a todas las pobres viejas a las que colgaron el sambenito de brujas sólo por no tener la regla.

 

Para saber más:

J. L. Canet, «La mujer venenosa en la época medieval», Lemir. Revista de Literatura Española Medieval y del Renacimiento 1 (1996-1997). Es una revista electrónica. El artículo está disponible en: http://parnaseo.uv.es/Lemir/Revista/Revista1/Mujer_venenosa.pdf

J. P. Barragán Nieto, «Secretos de las mujeres: Sangre menstrual y mujer venenosa en la Baja Edad Media», en C. Rosa Cubo (ed.), Innovación educativa e Historia de las Relaciones de Género, Valladolid 2010, 91-102. Se puede consultar en: http://es.scribd.com/doc/51712397/Barragan-Nieto-2010-Sangre-menstrual.

La Peste Negra: El Triunfo de la Muerte

El extraño personaje que preside esta entrada no ha salido de una película de Shyamalan ni de un baile de disfraces de Halloween. Es un médico medieval, vestido con el uniforme preceptivo para protegerse de la peste negra, la monstruosa pandemia que asoló Europa en el siglo XVI. El extraño pico de su máscara está relleno de sustancias aromáticas, ya que se pensaba que funcionaban como un agente protector contra las infecciones.

Generalmente se acepta que la peste negra fue una epidemia de peste bubónica, causada por la bacteria Yersinia pestis, transmitida por las pulgas de las ratas. Habría comenzado en algún lugar de Asia y los mongoles la habrían llevado a Europa oriental en el curso de sus campañas guerreras. Desde allí se fue extendiendo por toda Europa, en varias oleadas, hasta llegar a la Península Ibérica y las Islas Británicas. La más grave de esas oleadas tuvo lugar en el año 1348, y se calcula que a lo largo del siglo XIV la peste negra mató en Europa a unos 25 millones de personas, aproximadamente un tercio de la población, cantidad a la que habría que añadir otros 30 o 40 millones de muertos en Asia y África. En términos relativos, ha sido la epidemia más grave jamás sufrida por la Humanidad.

Para protegerse contra la peste, los hombres de la época ensayaron diversas medidas preventivas, pues sabían muy bien que, una vez infectados por la peste, sanar era imposible, o casi casi. La manera más fácil de prevenir las infecciones era impedir que los infectados llegasen a los territorios libres de la enfermedad, así que las ciudades establecieron guardas a sus puertas que sólo permitían entrar a quienes presentaran salvoconductos que demostraran que estaban sanos. Los mendigos fueron expulsados, pues se suponía que su deficiente alimentación les debilitaba ante la epidemia. Se prohibió a los médicos abandonar las ciudades, bajo pena de muerte. También hubo precauciones de carácter higiénico: se obligaba a los vecinos a limpiar las calles, a encerrar a los animales que tuvieran, y a quemar la ropa de los muertos, entre otras cosas. Algunas de las medidas que se tomaron nos resultan chocantes, como el uso de sustancias aromáticas o la prescripción de regímenes basados en alimentos no perecederos. Así, se usaban sustancias aromáticas para luchar contra los malos olores causados por la putrefacción y la enfermedad, confundiendo síntoma con causa, y se evitaba comer pescado o fruta en la creencia de que resultaban menos sanos que el resto de alimentos, cuando la realidad era que cualquier alimento que hubiera sido tocado por las ratas infectadas era un agente transmisor de la peste.

Las repercusiones de la pandemia de peste fueron enormes. En el terreno del arte, provocó una obsesión con la muerte que duró hasta bien entrado el siglo XV y que se plasmó, por ejemplo, en la Danza de la muerte castellana o en los cuadros terribles de El Bosco y Pieter Brueghel. Desde un punto de vista histórico, se suele considerar la peste negra como uno de los factores que contribuyó a acelerar la crisis del sistema feudal y, con ello, el final de la época medieval y el paso a la modernidad.

Paleopatología: CSI Atapuerca

La escena nos resulta casi familiar: un hombre vestido con bata blanca inclinado ante un cadáver y, frente a él, un auditorio expectante. El hombre de la bata blanca se incorpora y ofrece su dictamen: la muerte se produjo por una incisión realizada con un objeto punzante a la altura del corazón, o en el cráneo se aprecia un orificio de bala de entrada pero sin salida, o se observan numerosos hematomas en el pecho y la espalda que probablemente hayan causado lesiones internas, etc.

La proliferación de series policíacas como CSI o Castle nos ha habituado a la figura del médico forense. Quien más quien menos ha visto algún capítulo y puede hacerse a una idea –simplificada y esquemática, sí, pero esencialmente cierta— de cómo trabajan estos profesionales.

Cráneo trepanado de la Edad del Bronce, fuente: Wikipedia Commons

Lo que no resulta tan conocido es que esas técnicas forenses se pueden utilizar para estudiar restos humanos con miles o incluso millones de años de antigüedad. Aunque la carne y el resto de tejidos que forman parte de nuestros cuerpos se descomponen rápidamente después de la muerte, los huesos sobreviven mucho tiempo. El conjunto de técnicas y conocimientos que sirven para realizar esa labor se conoce con el nombre de Paleopatología.

La Paleopatología se sirve sobre todo del análisis de los restos óseos, aunque también se sirve de otras fuentes, como las momias (en estudios de épocas relativamente muy recientes) y las enfermedades de los primates superiores.

El estudio de los huesos prehistóricos nos permite conocer los problemas de salud tanto de los grupos como de los individuos. Así, por ejemplo, si nos encontramos con un grupo de esqueletos que presentan una talla baja y los dientes apiñados, podemos concluir que ese grupo tuvo muchos problemas para sobrevivir, ya que ni sus cuerpos en general ni sus mandíbulas en particular pudieron crecer adecuadamente. A nivel individual, hay lesiones y enfermedades que se pueden detectar con el estudio de los huesos. Los golpes y las fracturas dejan huellas, por supuesto, pero también lo hacen enfermedades como la sífilis, que excava pequeños surcos en espiral sobre el hueso de la frente; o la tuberculosis, que provoca que las vértebras se suelden entre sí y nazca una joroba.

Así, la Paleopatología proporciona gran cantidad de datos que ayudan a tener una visión global de las sociedades humanas en los tiempos primitivos.

Para saber más:

LAÍN ENTRALGO, P., Historia de la medicina, múltiples ediciones desde 1977
VALDEZ-GARCÍA, J.E. et alia, Introducción a la historia de la medicina, México 2008