Archivos de la categoría Historia de América

mercosur-San Juan

Mercosur: Un mito de la integración latinoamericana

Termina el Mundial de Brasil y las sensaciones para las dos grandes selecciones de América, Brasil y Argentina, son cuanto menos agridulces. Quizás con el tiempo se valoraran más los resultados, sobre todo con los recursos con los que ambos conjuntos enfocaban la competición, pero la finalización del Mundial también supone la vuelta a la normalidad de las sociedades argentina y brasileira.

Argentina y Brasil, Brasil y Argentina, no importa el orden de los factores de las dos tradicionales potencias de la región sudamericana, fronterizas y tradicionalmente en conflicto, no siempre del todo pacífico, por la hegemonía del subcontinente sudamericano, sobre todo durante unas dictaduras militares que buscaron enemigos fuera que focalizaran el fervor nacional (véase Malvinas).

En la década de los ochenta, con el fin de las llamadas “Dictaduras del Cono Sur” y en medio de una crisis económica brutal ligada a unos problemas de deuda externa que afectaban a la gran mayoría de la región, aunque a unos países más que otros, las dos principales potencias del subcontinente buscaron reorientar sus maltrechas economías con el fin no sólo de crecer y desarrollarse, sino también de crear una base de estabilidad económica para sus jóvenes y aún débiles sistemas democráticos.

La segunda mitad de dicha década estuvo marcada por el paulatino acercamiento de ambos países que firmaron varios tratados y actas de armonización progresiva de políticas económicas, una espiral que había comenzado el 30 de noviembre de 1985 con la firma por parte de los presidentes Raúl Alfonsín (Argentina) y Jose Sarney (Brasil) de la Declaración de Foz de Iguazú, cuyo valor simbólico fue inestimable, pero con un valor real en términos económicos aún muy limitado.

Alfonsín y Sarnay en noviembre de 1985, fecha de la firma de la Declaración de Foz de Iguazú
Alfonsín y Sarnay en noviembre de 1985, fecha de la firma de la Declaración de Foz de Iguazú

Ese proceso de acercamiento de las dos grandes potencias de la región que generaba un mercado potencial de alrededor de 200 millones de habitantes dentro de unas economías que se encontraban aún en desarrollo, unidas a la gratísima experiencia que suponía las Comunidad Económica Europea en el Viejo Continente y al shock que provocó el desmoronamiento de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría, generaron una serie de expectativas positivas acerca de la creación de una estructura económica fuerte en Sudamérica, generando un campo de fuerza importante sobre las pequeñas repúblicas fronterizas con ambos países, Uruguay y Paraguay, que observaron en Brasil y Argentina un ariete sobre el que reforzar su posición en la región y en el mundo, así como una forma de introducir capitales en sus países.

Este lento proceso acabó con la firma el 26 de marzo de 1991 del Tratado de Asunción por los presidentes de Argentina (Carlos Saúl Menem), Brasil (Fernando Collor de Mello), Paraguay (Andrés Rodríguez) y Uruguay (Luis Alberto Lacalle) que ponía la primera piedra sobre lo que sería llamado como Mercado Común del Sur/Mercado Comum do Sul, más conocido como MERCOSUR. El objetivo fundamental del acuerdo era formar en 1995, a través del llamado Protocolo de Ouro Preto, un mercado común entre los países miembros. Para conseguirlo se incluía en el Tratado la libre circulación de personas, capitales, servicios y mercancías, así como también se buscaba el establecimiento de una tarifa exterior común, la eliminación de los obstáculos arancelarios y no arancelarios, la coordinación de políticas sectoriales y macroeconómicas, una política común con respecto a terceros países y la armonización de la normativa interna de los países miembros. Como se puede observar, los objetivos no eran nimios pero, aunque había potencial de desarrollo, el optimismo reinante se dio de bruces rápidamente con la realidad nacionalista.

En teoría, el MERCOSUR seguía más el “modelo europeo” de integración que los planteamientos más tradicionalmente comunes en la región. Al contrario que en el pasado, la sustitución de las importaciones no era el leitmotiv de la política económica latinoamericana, sino que se había producido un cambio en la mentalidad de las élites económicas de la región que querían su propio “milagro económico” como continuación de la ola industrializadora del sudeste asiático. El impulso liberalizador y desregulador había llegado a América Latina en los noventa con mucha fuerza, pero ese vigor no tardó mucho en desvanecerse.

A duras penas y con mucho esfuerzo, el proceso integrador comenzó a dar sus primeros pasos durante la segunda mitad de las década de los noventa y comienza a generar buenos resultados con un proceso de apertura perceptible, sobre todo en los dos grandes y Uruguay, pero entonces se viene la debacle.

La crisis económica de finales de siglo cuyo epicentro se encontraba en Rusia comenzaba a afectar a la región y esta no fue inmune a tal periodo crítico. Habiendo comenzado con la voluntad declarada de continuar con la práctica integracionista, la Alianza extrapoló hacia la región los significados y las causas de la crisis. La devaluación del real brasileño en 1999 por parte del gobierno de Cardoso, generó inconvenientes en el intercambio comercial bilateral, hundiendo de golpe las exportaciones de una Argentina que vivía en la ilusión de la “trampa de la convertibilidad”, una ilusión que le estallaría en las narices y se convertiría en la mayor crisis de su historia reciente. Poco a poco el malestar fue creciendo en el vínculo recíproco, ya que se exageró desde Argentina, la culpabilidad brasilera de su crisis, al punto de generar un desgaste en las relaciones diplomáticas y comerciales entre los principales socios del MERCOSUR.

La salida de la crisis y el retorno a la senda del crecimiento, lejos de alejar los fantasmas particularistas, reverdeció las rencillas internas. La llegada de Lula al poder fue un espejismo de esperanzador liderazgo por parte de un gobierno brasileño que entendía el MERCOSUR como una herramienta más de su política exterior y económica, en ese orden, pero no el eje sobre el que pivotar las mismas. La Argentina de Kirchner no se poseía la fuerza interna suficiente, ni tampoco el convencimiento ideológico, para liderar un proceso de fortalecimiento de las relaciones comerciales dentro del pacto. Paraguay nunca ha gozado de excesivo peso, debido a que es el “hermano pobre” y Uruguay decidió que si quería tener un sistema económico estable este se iba a lograr a través de la seriedad y la apertura económica, aunque ella supusiera hacerlo desde fuera del MERCOSUR.

Desde entonces esta unión camina en sentido contrario al que mostraban sus líneas maestras: Creada como un mecanismo de integración económica que posibilitara una estabilidad suficiente para un posible acercamiento político posterior, en la actualidad el orden de los factores se ha intercambiando modificando claramente el producto, sobre todo tras la adhesión de una Venezuela en 2006 que, prácticamente exige carnet y filiación política a los estados miembros y que se certifica con los procesos de incorporación abiertos para Ecuador y Bolivia. La politización creciente de MERCOSUR plantea una incógnita y es cómo reaccionaran los miembros (sobre todo los del Eje Bolivariano) si, por ejemplo, la derecha gana las elecciones en un país importante como Argentina o Brasil, ya que las tiranteces con el único presidente de derechas, el paraguayo Horacio Cartes, son notables.

Cumbre de mandatarios de Mercosur en Montevideo en el año 2005
Cumbre de mandatarios de Mercosur en Montevideo en el año 2005

Mientras los ejes de fundación del bloque basculaban en origen sobre la apertura, el MERCOSUR se ha cerrado sobre sí mismo consumido en sus propios conflictos. A pesar de los acuerdos firmados con terceros países e instancias, el proteccionismo se ha convertido en una de las claves para entender el poco dinamismo de sus economías incluso entre sí mismas. La realidad es que tampoco los gobiernos de Maduro y Fernández de Kirchner sean un reclamo para atraer inversión extranjera sobre el bloque y la región, ya que una de las claves de sus políticas no es precisamente la seguridad jurídica.

¿Se puede hablar de un fracaso del MERCOSUR como bloque supranacional? Es aventurado hablar rotundamente, ya que es un organismo vivo y como tal puede mutar, pero las expectativas no van hacia esa dirección, por lo que se puede decir que sí.

Ha fracasado en varios sentidos: el primero es interno porque no ha cumplido los objetivos para los que nació o sus logros son muy tímidos, producir una apertura notable en las economías firmantes y generar un mercado común fuerte que pudiera competir con otros ejes como la Unión Europea. Pero más allá de los propios objetivos internos, también se puede decir que el MERCOSUR ha fracasado desde otros puntos de vista.

Desde luego el bloque no se ha convertido en una referencia de integración ni económica, ni política, ni social en la región, prueba de ello es la multiplicidad de organismos de este tipo existentes (Alianza del Pacífico, Comunidad Andina de Naciones, Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, etc.) y que hablan de la inestabilidad de este tipo de iniciativas y la región, y no sólo eso, sino que corre el riesgo de sucumbir (si es que no lo ha hecho ya) como primer y más importante proyecto económico de América Latina a favor de una Alianza del Pacífico que se ha convertido en un nuevo motor económico y de desarrollo en América Latina y el Caribe.

populismo

Cómo conocí a vuestro padre (político): Definiendo el populismo.

En el análisis político actual se han generado una serie de términos-comodín los cuales el tertuliano o el político de turno se encuentra muy acostumbrado a repetir una y otra vez cuando lo que dice el oponente no le gusta. Frases como: “su argumento es una falacia…”, “eso que usted dice es demagógico…” o “esa medida es populista…” son normales en cualquier confrontación política, el problema es que una gran parte de los que las utilizan desconocen los significados de dichos términos. Sigue leyendo

Imagen de un barco dañado durante la participación en la Guerra de Cuba, 1898

Idealismo y pragmatismo. America en el SXIX

“Su cultura, que está lejos de ser refinada ni espiritual, tiene una eficacia admirable siempre que se dirige prácticamente a realizar una finalidad inmediata […] Tienen el culto pagano de la salud, de la destreza, de la fuerza […] del acorde movimiento de su cultura, surge una dominante nota de optimismo, de confianza, de fe, que dilata los corazones, impulsándolos al porvenir bajo la sugestión de una esperanza terca y arrogante”

Sigue leyendo

Comunidad pehuenche de Quinquén

Viajando por la tierra del Gran Caupolicán

Seguramente más de un lector de Aquí Fue Troya haya leído alguna vez el poema al Gran Caupolicán. Lo escribió Rubén Darío allá por 1888  para recordar la fuerza de este  jefe militar mapuche del siglo XVI. Hubo otros grandes líderes guerreros (toquis, en lengua mapudungún) como él, pero un nombre como el de Caupolicán no se olvida fácilmente:  refleja bien la fuerza de este pueblo, el mapuche, que resistió a la llegada de los españoles y, poco antes, también a los incas de Túpac Yupanqui.

Sigue leyendo

logo

Congreso Internacional Familias y Redes Sociales: etnicidad, movilidad y marginalidad en el Mundo Atlántico

El Seminario permanente Familias y Redes Sociales: etnicidad y movilidad en el mundo atlántico del Departamento de Historia de América de la Universidad de Sevilla está organizando un congreso científico  los días 12, 13 y 14 de Noviembre de este año 2014 en colaboración con la Universidad de Guadalajara (México) y la Universidad de Córdoba (Argentina).

Sigue leyendo

photoEscudo_ciudad_de_mexico_header_cd_de_mexico

“Las deudas se pagan”: la crisis mexicana de los años 80

 

México era un país con una economía maravillosa durante el tercer cuarto del siglo XX o por lo menos tenía la apariencia de serlo. El crecimiento era sostenido y los datos de pobreza no eran excesivamente altos, pero todo ello se encontraba mantenido por una estructura estatal cerrada y sobredimensionada que ocultaba su mínima capacidad de maniobra ante un problema económico de índole externa o interna.

Sigue leyendo

fotograma infierno 1

El infierno cotidiano

Qué el infierno ni qué la chingada. El infierno es aquí mérito, ¿ya no se acuerda cuando éramos chavalos? ¿El hambre que teníamos, el canijo frío? ¿La miseria en que vivíamos? O como ahora mismo, que cabrones como nosotros anden matando así porque sí nomás porque no tienen una manera decente de vivir. Me cae que esta vida y no chingaderas es el infierno

Sigue leyendo

Gael Garcia Bernal, protagonista de la película, en un fotograba de la misma.

No [Cine Histórico]

NO (Chile, 2012) es una película inspirada por una obra de teatro inédita de Antonio Skármeta (El cartero de Neruda). La película está ambientada en 1988, cuando el régimen de Augusto Pinochet cedió a la presión internacional y convocó un plebiscito que decidiera la continuidad del régimen o el cambio. Un referéndum que se recogía en la Constitución Política de 1980, un intento de “democratizar” y legitimar el régimen.

Sigue leyendo

Iglesia argentina y dictadura: una barca en tiempos de zozobra

CRISTINA-BERGOGLIO
Bergoglio y los Kirchner, una relación no demasiado apasionada… por el momento.

Saltó la sorpresa en el cónclave (aunque, para desgracia de los llamados vaticanólogos, la verdadera sorpresa llegará cuando no haya sorpresa) y los cardenales con derecho a voto encontraron al nuevo Papa al otro lado del mundo, en Argentina, como señaló irónicamente el propio Jorge Mario Bergoglio nada más salir al balcón de la Plaza de San Pedro. “El primer Papa latinoamericano”, “el primer Papa argentino”, “el primer Papa jesuita”, fueron las primeras etiquetas que se le endosaron al tal Francisco; pero, una vez pasada la sorpresa inicial, la curiosidad por el personaje y la necesidad de más detalles sobre el perfil y la biografía del nuevo líder religioso (y político) fueron formulando nuevas preguntas sobre el presente y el pasado del nuevo obispo de Roma.

Como siempre, ante un hecho de tal magnitud y tan sobrevenido, las historias reales y las leyendas se fueron mezclando sin que la voracidad informativa dejara mucho espacio a las comprobaciones. Se decía que el tipo era tan humilde que viajaba en metro o en bus, o que había regresado a su hotel a pagar lo que debía tras su estancia por el cónclave. Se supo pronto que era hincha de San Lorenzo de Almagro (un club porteño al que apodan “el santo” o “el cuervo”, lo que no podría ser más oportuno). Se dijo también que era peronista (condición que, tras la del equipo de fútbol, define a un argentino en un sentido o en otro), que estuvo ligado a la línea Guardia de Hierro (sin relación con los nazistas rumanos, pero no precisamente el ala más radical del justicialismo), si bien sus relaciones con el gobierno de Cristina Fernández han sido cuanto menos tirantes hasta el momento (no olvidemos, eso sí, que la principal característica del peronismo es, precisamente, su flexibilidad de cintura, así que podremos esperar cualquier cosa sobre esta relación en el futuro).

Pero si hay una pregunta que cae inevitablemente como una losa para cualquier argentino con canas es “¿y vos qué hiciste durante la dictadura?”. El país vivió un convulso siglo XX, lleno de golpes militares y de gobiernos autoritarios o de una democracia muy sui generis, pero ninguna dictadura produjo una marca tan profunda (y a tan distintos niveles) como la iniciada la noche del 24 de marzo de 1976. Así, las acciones u omisiones que se cometieron en esos años entre 1976 y 1983 han marcado para el resto de vida a una generación de argentinos.

Bergoglio era en aquel entonces el provincial (el jefe, por así decirlo) de los jesuitas en Argentina, lo que no dejaba de ser un lugar de responsabilidad en un contexto muy complicado. Casi inmediatamente después de que se conociera la identidad del nuevo papa, Horacio Verbitsky (un importante periodista, ahora afín a los Kirchner, que conoce de primera mano aquellos años de plomo) vinculó a Bergoglio con el secuestro y posterior tortura, por cinco meses, en el centro de detención clandestino de la ESMA -Escuela Suboficiales de Mecánica de la Armada- de los sacerdotes jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics. Por lo que se sabe de este espinoso tema, el pecado de Bergoglio tuvo que ver más con la omisión (con rebajar la protección hacia esos curas, con no hacer más por impedir su secuestro desde su importante posición) que con la acción (si bien algunos lanzan la acusación de delator y cómplice del secuestro). En contraste, se tiene constancia también de que el ahora Papa ayudó a varias personas a salir del país y a escapar de las garras de la implacable represión militar, por lo que se puede concluir (con los datos que tenemos por el momento) que Bergoglio fue un personaje gris, ni un ángel ni un demonio absoluto, como la gran mayoría que atravesó esos momentos tan difíciles de la historia argentina. Pero, ¿se trató de un personaje gris dentro de “la Iglesia que oscureció al país”, como ha calificado Estela de Carlotto a la Iglesia del Proceso?

tortolo-videla
Videla y monseñor Tórtolo: uno di noi.

La pregunta es tramposa, en cuanto que es simplificadora y anuladora de los muchos matices que encierra la cuestión (y, a fin de cuentas, nuestro trabajo como historiadores es plantear todos los problemas en una escala de grises). Tanto la dictadura -es decir, los actores que se movían detrás de ese régimen- como la Iglesia católica (incluso circunscribiéndonos a la jerarquía de esos años) son conceptos abstractos que encierran dentro de ellos hombres distintos, con intereses y formas de actuar diferentes. Por supuesto, esa diversidad no quiere decir que necesariamente haya en esta historia buenos y malos: los militares que hicieron mundialmente famosa la palabra “desaparecidos” eran personajes deleznables y criminales, pero siempre resulta interesante rascar la superficie y ver que no todos remaban en la misma dirección, sino todo lo contrario.

En el caso de la Iglesia católica ocurría lo mismo. Estamos, en primer lugar, ante una institución que había vivido numerosos y muy rápidos cambios en las últimas décadas. La Iglesia, por ejemplo, había pasado de ser uno de los principales sostenes del primer gobierno peronista (un movimiento que se identificaba en esos años con el humanismo cristiano) a convertirse en uno de sus más feroces opositores. Sin embargo, los cambios más profundos llegarían desde el exterior, en los años 60, con el Concilio Vaticano II y sus aires renovadores, el Documento de Medellín y el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y su opción por los pobres. La convulsión que produjeron en Argentina todos estos cambios en la Iglesia se dejó sentir a todos los niveles: desde la relación con el mundo laico a lo ideológico, lo litúrgico, lo pastoral, lo social y, por supuesto, lo político. Y, obviamente, produjo una fractura, cada vez más visible, en los altos estamentos eclesiásticos. Martín Obregón, autor de un trabajo sobre el tema, diferencia, por ejemplo, un sector tradicionalista, prácticamente integrista, representado por monseñor Tórtolo y monseñor Bonamín; un sector conservador, con una mayor cintura que el anterior, en el que destacaban Aramburu y Quarrancino, y un sector renovador, en el que se encontraban los más entusiastas del Concilio Vaticano II.

occidental y cristiana
Civilización occidental y cristiana

La llegada del golpe de 1976 ahondará estas divisiones. Hasta cierto punto, claro, porque el retorno de los militares al poder (apenas tres años después de abandonarlo) apenas produjo críticas en la jerarquía de la Iglesia argentina. Personajes como Tórtolo, como era casi obvio, recibieron a los uniformados con júbilo, entusiasmados ante un golpe que llevaría a la “restauración del espíritu nacional” y a una suerte de cruzada por restaurar el orden, pero incluso los obispos más aperturistas como Zazpe dieron su beneplácito al nuevo régimen.

Tampoco es de extrañar este apoyo unánime: militares y eclesiásticos compartían una cosmovisión similar desde hacía décadas y el Proceso, que afirmaba que luchaba para que Argentina siguiera siendo occidental y cristiana, parecía la barrera perfecta para frenar la ola radicalizadora que, según ellos, se extendía por el país. Los obispos, a cambio, daban un muy necesario (no es fácil justificar miles de asesinatos en la sombra) soporte ideológico y legitimador al cruel régimen. Incluso en el tema de los Derechos Humanos, en esos años más oscuros de la dictadura, las voces que salían de la Iglesia eran débiles o ambiguas y sólo obispos como Angelelli, Hesayne o Novak se mostraban verdaderamente críticos. Algunos miembros de la Iglesia, por supuesto, iban más allá de lo ideológico y abrazaban el nuevo orden hasta las últimas consecuencias: se conocen casos de capellanes militares que ejercían de delatores y que incluso llegaban a participar en las sesiones de tortura.

ange
Monseñor Angelelli, obispo de La Rioja, muerto en muy extrañas circunstancias durante la dictadura.

La Iglesia, su jerarquía, estuvo por tanto en la vereda oscura en los años de la dictadura. Pero también fue víctima de ella. En julio de 1976 la ciudad de Buenos Aires despertó con la noticia del asesinato de tres sacerdotes y dos seminaristas de la orden de los palotinos, acribillados por uno de los siniestros grupos de tareas de los militares. Se les acusaba de zurdos y de adoctrinar mentes vírgenes. Poco más tarde, monseñor Angelelli, obispo de La Rioja y una de las pocas voces críticas que partían de la Iglesia, moría en un extraño incidente automovilístico. Tan extraño que un testigo señaló que su vehículo había sido seguido y acorralado por otro y que en el cuello de Angelelli aparecieron extrañas marcas, como si hubiera sido previamente golpeado. Hasta hoy no ha podido demostrarse judicialmente la tesis del asesinato (la posición oficial de la Iglesia fue, por otra parte, el silencio), pero la dictadura se alivió con su muerte de un elemento muy incómodo.

Y, por supuesto, la Iglesia, como el resto de la sociedad, evolucionó a lo largo de los años de Proceso y cambió su posición respecto a los militares. Nunca encontraremos una oposición frontal, ni siquiera en sus sectores más aperturistas (en su descargo, también es difícil encontrar algo así en los partidos políticos de la época), pero ya en 1977, todavía en la etapa más cruda del régimen, la Conferencia Episcopal lanzó un documento en el que empezaba a subrayar la importancia del respeto a los Derechos Humanos. Lo hacía de una forma tibia y velada, pero pocos textos críticos similares encontraremos en esos años por parte de otras instituciones. El alejamiento de la Iglesia con los militares, relativo, por supuesto, se acentuará conforme avanzaba el régimen y el Proceso se iba enfangando cada vez en sus propias contradicciones y luchas internas, hasta llegar a la debacle final de Malvinas. No veremos tampoco a la Iglesia capitaneando el proceso de transición a la democracia, ni encabezando las manifestaciones contra la dictadura: la legitimidad de la lucha contra los militares la atesorarían principalmente las organizaciones de Derechos Humanos y la iniciativa política la tomarían, a partir de 1982 (y con pinzas) los partidos, pero sí veremos en esos años a una Iglesia en diálogo con estos sectores prodemocráticos y alentando el final de la dictadura, aunque al mismo tiempo colocando un colchón para amortiguar su caída.

Bergoglio formó, por tanto, parte (y en una posición con altas responsabilidades) de esa Iglesia oscura de los años de la dictadura, en la que el nuncio papal solía jugar al tenis semanalmente con el almirante Massera. Pero, como vemos, incluso en los momentos más oscuros se pueden distinguir algunos grises.