Archivos de la categoría Historia de América

Imagen de un barco dañado durante la participación en la Guerra de Cuba, 1898

Idealismo y pragmatismo. America en el SXIX

“Su cultura, que está lejos de ser refinada ni espiritual, tiene una eficacia admirable siempre que se dirige prácticamente a realizar una finalidad inmediata […] Tienen el culto pagano de la salud, de la destreza, de la fuerza […] del acorde movimiento de su cultura, surge una dominante nota de optimismo, de confianza, de fe, que dilata los corazones, impulsándolos al porvenir bajo la sugestión de una esperanza terca y arrogante”

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Comunidad pehuenche de Quinquén

Viajando por la tierra del Gran Caupolicán

Seguramente más de un lector de Aquí Fue Troya haya leído alguna vez el poema al Gran Caupolicán. Lo escribió Rubén Darío allá por 1888  para recordar la fuerza de este  jefe militar mapuche del siglo XVI. Hubo otros grandes líderes guerreros (toquis, en lengua mapudungún) como él, pero un nombre como el de Caupolicán no se olvida fácilmente:  refleja bien la fuerza de este pueblo, el mapuche, que resistió a la llegada de los españoles y, poco antes, también a los incas de Túpac Yupanqui.

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Congreso Internacional Familias y Redes Sociales: etnicidad, movilidad y marginalidad en el Mundo Atlántico

El Seminario permanente Familias y Redes Sociales: etnicidad y movilidad en el mundo atlántico del Departamento de Historia de América de la Universidad de Sevilla está organizando un congreso científico  los días 12, 13 y 14 de Noviembre de este año 2014 en colaboración con la Universidad de Guadalajara (México) y la Universidad de Córdoba (Argentina).

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“Las deudas se pagan”: la crisis mexicana de los años 80

 

México era un país con una economía maravillosa durante el tercer cuarto del siglo XX o por lo menos tenía la apariencia de serlo. El crecimiento era sostenido y los datos de pobreza no eran excesivamente altos, pero todo ello se encontraba mantenido por una estructura estatal cerrada y sobredimensionada que ocultaba su mínima capacidad de maniobra ante un problema económico de índole externa o interna.

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El infierno cotidiano

Qué el infierno ni qué la chingada. El infierno es aquí mérito, ¿ya no se acuerda cuando éramos chavalos? ¿El hambre que teníamos, el canijo frío? ¿La miseria en que vivíamos? O como ahora mismo, que cabrones como nosotros anden matando así porque sí nomás porque no tienen una manera decente de vivir. Me cae que esta vida y no chingaderas es el infierno

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Gael Garcia Bernal, protagonista de la película, en un fotograba de la misma.

No [Cine Histórico]

NO (Chile, 2012) es una película inspirada por una obra de teatro inédita de Antonio Skármeta (El cartero de Neruda). La película está ambientada en 1988, cuando el régimen de Augusto Pinochet cedió a la presión internacional y convocó un plebiscito que decidiera la continuidad del régimen o el cambio. Un referéndum que se recogía en la Constitución Política de 1980, un intento de “democratizar” y legitimar el régimen.

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Iglesia argentina y dictadura: una barca en tiempos de zozobra

CRISTINA-BERGOGLIO

Bergoglio y los Kirchner, una relación no demasiado apasionada… por el momento.

Saltó la sorpresa en el cónclave (aunque, para desgracia de los llamados vaticanólogos, la verdadera sorpresa llegará cuando no haya sorpresa) y los cardenales con derecho a voto encontraron al nuevo Papa al otro lado del mundo, en Argentina, como señaló irónicamente el propio Jorge Mario Bergoglio nada más salir al balcón de la Plaza de San Pedro. “El primer Papa latinoamericano”, “el primer Papa argentino”, “el primer Papa jesuita”, fueron las primeras etiquetas que se le endosaron al tal Francisco; pero, una vez pasada la sorpresa inicial, la curiosidad por el personaje y la necesidad de más detalles sobre el perfil y la biografía del nuevo líder religioso (y político) fueron formulando nuevas preguntas sobre el presente y el pasado del nuevo obispo de Roma.

Como siempre, ante un hecho de tal magnitud y tan sobrevenido, las historias reales y las leyendas se fueron mezclando sin que la voracidad informativa dejara mucho espacio a las comprobaciones. Se decía que el tipo era tan humilde que viajaba en metro o en bus, o que había regresado a su hotel a pagar lo que debía tras su estancia por el cónclave. Se supo pronto que era hincha de San Lorenzo de Almagro (un club porteño al que apodan “el santo” o “el cuervo”, lo que no podría ser más oportuno). Se dijo también que era peronista (condición que, tras la del equipo de fútbol, define a un argentino en un sentido o en otro), que estuvo ligado a la línea Guardia de Hierro (sin relación con los nazistas rumanos, pero no precisamente el ala más radical del justicialismo), si bien sus relaciones con el gobierno de Cristina Fernández han sido cuanto menos tirantes hasta el momento (no olvidemos, eso sí, que la principal característica del peronismo es, precisamente, su flexibilidad de cintura, así que podremos esperar cualquier cosa sobre esta relación en el futuro).

Pero si hay una pregunta que cae inevitablemente como una losa para cualquier argentino con canas es “¿y vos qué hiciste durante la dictadura?”. El país vivió un convulso siglo XX, lleno de golpes militares y de gobiernos autoritarios o de una democracia muy sui generis, pero ninguna dictadura produjo una marca tan profunda (y a tan distintos niveles) como la iniciada la noche del 24 de marzo de 1976. Así, las acciones u omisiones que se cometieron en esos años entre 1976 y 1983 han marcado para el resto de vida a una generación de argentinos.

Bergoglio era en aquel entonces el provincial (el jefe, por así decirlo) de los jesuitas en Argentina, lo que no dejaba de ser un lugar de responsabilidad en un contexto muy complicado. Casi inmediatamente después de que se conociera la identidad del nuevo papa, Horacio Verbitsky (un importante periodista, ahora afín a los Kirchner, que conoce de primera mano aquellos años de plomo) vinculó a Bergoglio con el secuestro y posterior tortura, por cinco meses, en el centro de detención clandestino de la ESMA -Escuela Suboficiales de Mecánica de la Armada- de los sacerdotes jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics. Por lo que se sabe de este espinoso tema, el pecado de Bergoglio tuvo que ver más con la omisión (con rebajar la protección hacia esos curas, con no hacer más por impedir su secuestro desde su importante posición) que con la acción (si bien algunos lanzan la acusación de delator y cómplice del secuestro). En contraste, se tiene constancia también de que el ahora Papa ayudó a varias personas a salir del país y a escapar de las garras de la implacable represión militar, por lo que se puede concluir (con los datos que tenemos por el momento) que Bergoglio fue un personaje gris, ni un ángel ni un demonio absoluto, como la gran mayoría que atravesó esos momentos tan difíciles de la historia argentina. Pero, ¿se trató de un personaje gris dentro de “la Iglesia que oscureció al país”, como ha calificado Estela de Carlotto a la Iglesia del Proceso?

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Videla y monseñor Tórtolo: uno di noi.

La pregunta es tramposa, en cuanto que es simplificadora y anuladora de los muchos matices que encierra la cuestión (y, a fin de cuentas, nuestro trabajo como historiadores es plantear todos los problemas en una escala de grises). Tanto la dictadura -es decir, los actores que se movían detrás de ese régimen- como la Iglesia católica (incluso circunscribiéndonos a la jerarquía de esos años) son conceptos abstractos que encierran dentro de ellos hombres distintos, con intereses y formas de actuar diferentes. Por supuesto, esa diversidad no quiere decir que necesariamente haya en esta historia buenos y malos: los militares que hicieron mundialmente famosa la palabra “desaparecidos” eran personajes deleznables y criminales, pero siempre resulta interesante rascar la superficie y ver que no todos remaban en la misma dirección, sino todo lo contrario.

En el caso de la Iglesia católica ocurría lo mismo. Estamos, en primer lugar, ante una institución que había vivido numerosos y muy rápidos cambios en las últimas décadas. La Iglesia, por ejemplo, había pasado de ser uno de los principales sostenes del primer gobierno peronista (un movimiento que se identificaba en esos años con el humanismo cristiano) a convertirse en uno de sus más feroces opositores. Sin embargo, los cambios más profundos llegarían desde el exterior, en los años 60, con el Concilio Vaticano II y sus aires renovadores, el Documento de Medellín y el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y su opción por los pobres. La convulsión que produjeron en Argentina todos estos cambios en la Iglesia se dejó sentir a todos los niveles: desde la relación con el mundo laico a lo ideológico, lo litúrgico, lo pastoral, lo social y, por supuesto, lo político. Y, obviamente, produjo una fractura, cada vez más visible, en los altos estamentos eclesiásticos. Martín Obregón, autor de un trabajo sobre el tema, diferencia, por ejemplo, un sector tradicionalista, prácticamente integrista, representado por monseñor Tórtolo y monseñor Bonamín; un sector conservador, con una mayor cintura que el anterior, en el que destacaban Aramburu y Quarrancino, y un sector renovador, en el que se encontraban los más entusiastas del Concilio Vaticano II.

occidental y cristiana

Civilización occidental y cristiana

La llegada del golpe de 1976 ahondará estas divisiones. Hasta cierto punto, claro, porque el retorno de los militares al poder (apenas tres años después de abandonarlo) apenas produjo críticas en la jerarquía de la Iglesia argentina. Personajes como Tórtolo, como era casi obvio, recibieron a los uniformados con júbilo, entusiasmados ante un golpe que llevaría a la “restauración del espíritu nacional” y a una suerte de cruzada por restaurar el orden, pero incluso los obispos más aperturistas como Zazpe dieron su beneplácito al nuevo régimen.

Tampoco es de extrañar este apoyo unánime: militares y eclesiásticos compartían una cosmovisión similar desde hacía décadas y el Proceso, que afirmaba que luchaba para que Argentina siguiera siendo occidental y cristiana, parecía la barrera perfecta para frenar la ola radicalizadora que, según ellos, se extendía por el país. Los obispos, a cambio, daban un muy necesario (no es fácil justificar miles de asesinatos en la sombra) soporte ideológico y legitimador al cruel régimen. Incluso en el tema de los Derechos Humanos, en esos años más oscuros de la dictadura, las voces que salían de la Iglesia eran débiles o ambiguas y sólo obispos como Angelelli, Hesayne o Novak se mostraban verdaderamente críticos. Algunos miembros de la Iglesia, por supuesto, iban más allá de lo ideológico y abrazaban el nuevo orden hasta las últimas consecuencias: se conocen casos de capellanes militares que ejercían de delatores y que incluso llegaban a participar en las sesiones de tortura.

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Monseñor Angelelli, obispo de La Rioja, muerto en muy extrañas circunstancias durante la dictadura.

La Iglesia, su jerarquía, estuvo por tanto en la vereda oscura en los años de la dictadura. Pero también fue víctima de ella. En julio de 1976 la ciudad de Buenos Aires despertó con la noticia del asesinato de tres sacerdotes y dos seminaristas de la orden de los palotinos, acribillados por uno de los siniestros grupos de tareas de los militares. Se les acusaba de zurdos y de adoctrinar mentes vírgenes. Poco más tarde, monseñor Angelelli, obispo de La Rioja y una de las pocas voces críticas que partían de la Iglesia, moría en un extraño incidente automovilístico. Tan extraño que un testigo señaló que su vehículo había sido seguido y acorralado por otro y que en el cuello de Angelelli aparecieron extrañas marcas, como si hubiera sido previamente golpeado. Hasta hoy no ha podido demostrarse judicialmente la tesis del asesinato (la posición oficial de la Iglesia fue, por otra parte, el silencio), pero la dictadura se alivió con su muerte de un elemento muy incómodo.

Y, por supuesto, la Iglesia, como el resto de la sociedad, evolucionó a lo largo de los años de Proceso y cambió su posición respecto a los militares. Nunca encontraremos una oposición frontal, ni siquiera en sus sectores más aperturistas (en su descargo, también es difícil encontrar algo así en los partidos políticos de la época), pero ya en 1977, todavía en la etapa más cruda del régimen, la Conferencia Episcopal lanzó un documento en el que empezaba a subrayar la importancia del respeto a los Derechos Humanos. Lo hacía de una forma tibia y velada, pero pocos textos críticos similares encontraremos en esos años por parte de otras instituciones. El alejamiento de la Iglesia con los militares, relativo, por supuesto, se acentuará conforme avanzaba el régimen y el Proceso se iba enfangando cada vez en sus propias contradicciones y luchas internas, hasta llegar a la debacle final de Malvinas. No veremos tampoco a la Iglesia capitaneando el proceso de transición a la democracia, ni encabezando las manifestaciones contra la dictadura: la legitimidad de la lucha contra los militares la atesorarían principalmente las organizaciones de Derechos Humanos y la iniciativa política la tomarían, a partir de 1982 (y con pinzas) los partidos, pero sí veremos en esos años a una Iglesia en diálogo con estos sectores prodemocráticos y alentando el final de la dictadura, aunque al mismo tiempo colocando un colchón para amortiguar su caída.

Bergoglio formó, por tanto, parte (y en una posición con altas responsabilidades) de esa Iglesia oscura de los años de la dictadura, en la que el nuncio papal solía jugar al tenis semanalmente con el almirante Massera. Pero, como vemos, incluso en los momentos más oscuros se pueden distinguir algunos grises.

Hugo Chávez I: La formación del Mesías

Hugo Rafael Chávez Frías nace Sabaneta, un pequeño pueblo del estado llanero de Barinas, durante la etapa de gobierno de Marcos Pérez Jiménez. Hijo de una familia humilde de maestros, aunque criado por su abuela (“la Mama Rosa” a la cual ha hecho referencia en más de una ocasión) es su amor por el béisbol el que le hace ingresar en la Academia Militar de Venezuela, donde el nivel de los entrenadores era excelso.

Primera toma de posesión de Chavez. Archivo fotográfico de la cadena Capriles

Primera toma de posesión de Chavez. Archivo fotográfico de la cadena Capriles

Se consideraba un patriota y, por lo tanto, el nacionalismo fue uno de los pilares de sus discursos políticos. Dominaba algunos de los textos de Simón Bolívar a la perfección (Discurso de Angostura, Carta de Jamaica,…) y fue en la Academia Militar donde comenzó su camino hacia la Presidencia de Venezuela, fundando con otros jóvenes capitanes del ejército el Movimiento Revolucionario Bolivariano; que buscaba rescatar los valores patrióticos, dignificar la carrera militar y luchar contra la corrupción, aunque con el paso del tiempo y el peso de la difícil realidad política, social y económica del país, hicieron que este movimiento saliera de las puertas de la Academia Militar y adquiriera nuevos objetivos de carácter general. Profundamente cristiano y cercano a las Teologías de la Liberación (se duda que conscientemente), se posicionó muy rápidamente a la izquierda de los partidos ya existentes, remarcando esa posición tras posgraduarse en Ciencias Políticas.

Quizás el primer gran paso de la persona, el militar, al ídolo de masas tiene fecha y lugar de ubicación: el 4 de febrero en Caracas. La economía del país había colapsado durante los ochenta y la llegada de nuevo al poder del adeco Carlos Andrés Pérez, trajo consigo medidas de ajuste de marcado signo neoliberal en un proceso que se conoció como “El gran viraje” y que sólo empeoró las condiciones de vida de la población. La sacudida que supuso el Caracazo de 1989 y el malestar que éste dejó en las instancias medias y bajas de las Fuerzas Armadas, que no deseaban actuar contra su población, generaron que el alejamiento entre éstos y el ejecutivo fuera total. Todo ese descontento se materializó en 1991 cuando varios militares encabezados por Chávez desarrollaron el llamado Plan Ezequiel Zamora.

Rueda de prensa de Hugo Chávez tras la intentona golpista fallida de 1992

Éste Plan buscaba tomar el poder en las principales ciudades venezolanas el 4 de febrero de 1992. Algunas ciudades cayeron bajo el mando de los insurgentes como la zuliana Maracaibo, segunda ciudad del país, pero Chávez no pudo tomar el Palacio de Miraflores, residencia del Presidente. Hugo Chávez decide entregarse a las fuerzas del gobierno y por la televisión, muy al estilo de Fidel Castro tras el asalto al Cuartel Moncada dirige un mensaje mítico a sus compañeros de armas y al pueblo de Venezuela: “Primero que nada, quiero dar buenos días a todo el pueblo de Venezuela… Compañeros, lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital. Es decir, nosotros acá en Caracas no logramos controlar el poder. Ustedes los hicieron muy bien por allá, pero ya es tiempo de evitar más derramamiento de sangre…” Nacía con estas palabras el gran mito político de la Venezuela contemporánea.

El golpe de estado de 1992 era la crónica de una muerte anunciada, durante todo el año se oían “ruidos de sables” dentro de una estructura militar que se encontraba muy a disgusto, de hecho en noviembre de ese mismo año hubo otra intentona fallida para deponer al presidente Pérez, Chávez sólo fue la cabeza visible y el líder carismático de una rebelión que contaba con un apoyo importante dentro de la estructura del ejército y fuera del mismo.

Condenado a prisión por rebelión militar y encarcelado durante dos años en una prisión en el Estado Miranda, Chávez nunca cesó en su actividad política, pidiendo la abstención para las elecciones de 1993, convocadas debido a la destitución de Carlos Andrés Pérez del cargo tras ser acusado de corrupción y finalmente condenado. La victoria de Rafael Caldera en esas elecciones y los intentos de éste de ganarse a la izquierda para tener una mayor estabilidad gubernativa, hicieron que sobreseyera el caso de los militares golpistas y tanto Chávez, el cual había visto su popularidad aumentar de manera exponencial, como sus compañeros salían de prisión, comenzando así la carrera por llegar a Miraflores.

Tras ser liberado, comenzó una “campaña electoral blanda” de varios años hasta las elecciones de 1998 a las que se postuló como candidato de la coalición Polo Patriótico, que aglutinaba a casi todos los partidos de la izquierda venezolana desde el Partido Comunista de Venezuela hasta el Movimiento al Socialismo y encabezado por el partido que él mismo había fundado: el Movimiento V República.

Es cierto que reunió a gran parte de la izquierda venezolana tras su figura, pero no es menos cierto que el discurso radical de Chávez y la posterior metodología de gobierno hicieron que las fisuras en la coalición no tardaran mucho en aparecer, nombres importantes como el de Teodoro Pettkoff no tardaron en salirse de la coalición por no compartir el apoyo de sus partidos a un Chávez que era observado como demasiado radical.

Chávez siempre manejó un discurso popular y populista, a la vez que revolucionario, ya que su principal proyecto de gobierno era una refundación de la propia República de Venezuela, cambiando la estructura del poder y la articulación de los mismos, así como añadiendo una nueva constitución e, incluso, una nueva nomenclatura para el estado. Las referencias a Bolívar y el nacionalismo exacerbado fueron algunos de los pilares de la campaña presidencial y los que vieron en el de Sabaneta un intruso con posibilidades reales de ocupar un poder que no le pertenecía no tardaron en aparecer y los grandes medios de comunicación venezolanos no tardaron en hacer campaña implícita por el candidato de los dos partidos tradicionales venezolanos (Acción Democrática y COPEI) que se habían presentado bajo el nombre de Primero Venezuela: Herique Salas Römer, pero el desgaste que habían sufrido los mismos y la popularidad de Chávez hicieron posible una derrota chavista.

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Chávez con la banda presidencial tras ganar las primeras elecciones presidenciales en 1998

La elecciones presidenciales del 6 de diciembre de 1998 marcaron un antes y un después en la historia de Venezuela, en ellas, Hugo Rafael Chávez Frías se convertía en el cuadragésimo séptimo presidente de la República de Venezuela, siendo elegido con más del 56% de los votos. Comenzando así un proceso de refundación en el país, así como una de las épocas más controvertidas de la historia del país caribeño.

La realidad es que el chavismo fue tanto una sacudida como una anomalía dentro de la dinámica de los modelos democráticos. Imposible de entender en otro lugar que no fuera la América Latina de los 90-2000, se tuvieron que dar una serie de condiciones muy específicas para que ello fuera posible: altos índices de pobreza, una economía dependiente, agotamiento de un sistema político basado en el bipartidismo y la corrupción y basado en la exaltación de figuras individuales llegando en algunos casos como en el del propio Chávez a los límites del “culto al líder”, una fractura social importante que generaba la existencia de facto de ciudadanos de primera y de segunda, etc. Y todo rebozado por el carisma descomunal de un hombre que supo supo tocar la fibra política de esa gran mayoría de ciudadanos de segunda así como atraer en sus primeras elecciones a un componente importante de una clase media cansada de una corrupción política de la que era partícipe en buena parte.

Foto de un grupo de militares venelozanos entre los que vemos a Hugo Chavez. Fecha desconocida para nosotros.

Foto de un grupo de militares venelozanos entre los que vemos a Hugo Chavez. Fecha desconocida para nosotros.

Este post es sólo el pequeño análisis de como un humilde militar de un pequeño pueblo del lejano Barinas se convierte primero, en la esperanza de que puede existir una realidad mejor para millones de personas y como a partir de ahí comienza el camino hacia el más alto cargo institucional de Venezuela. Estas líneas no buscan emitir una opinión sobre si esas esperanzas fueron luego correspondidas o no, y en que medida. Es cierto que bien se podría realizar otro análisis de como fueron los años de gobierno de un Chávez que no dejó indiferente a nadie o, incluso hubiera resultado más sencillo emitir una opinión sobre los años de gobierno del mandatario venezolano, pero el estilo de este autor no va por esos caminos, mi trabajo como historiador, mejor dicho, como científico social es el de analizar procesos con el mayor grado de rigurosidad posibles, para emitir opiniones y juicios de valor más o menos fundamentados, cerrad este post y poned cualquier psuedoprograma de debate en vuestra televisión.

Colombia aprueba una ley que permite la venta de su patrimonio subacuatico

El pasado día 11, Colombia aprobó una ley que permite la venta de su patrimonio subacuático por parte de las empresas Cazatesoros en contra de la opinión no sólo de sus arqueólogos nacionales sino de la comunidad científica internacional.

 

Arqueologos colombianos protestando en el Congres. Fuente, ABC

 

El pasado día 11 de Diciembre, el congreso de Colombia aprobó la ley 125 que permite a las empresas de cazatesoros, la venta del patrimonio cultural subacuático en sus aguas bajo un criterio de repetición. A la ley se han opuesto tanto políticos como arqueólogos colombianos, así como el conjunto de la comunidad científica internacional.

Hace unas horas, un buen amigo, José Mateos, de Golpes del Revés, me preguntaba “¿qué tiene de malo esto?” Como es una pregunta que se habrá hecho mucha gente, creo que podemos decidarle un ratito.

 

Patrimonio Arqueológico. ¿Cuál es su valor?

Desde que los hombres del  Renacimiento empezaran a mostrar interés por las obras de arte de la antigüedad, la arqueología ha evolucionado mucho. En los últimos 80 años los distintos países han empezado a proteger su patrimonio arqueológico y cultural como una parte importante, vital e irrepetible de su pasado. En tierra, las legislaciones para la protección de yacimientos arqueológicos se han implementado y mejorado, haciéndose cada vez más restrictivas, para asegurar que el patrimonio arqueológico se conserve y pueda ser disfrutado por todos los ciudadanos, hoy y en el futuro.

Objetos arqueológicos vs Yacimientos

La arqueología, como todas las ciencias, ha evolucionado mucho. Desde los coleccionistas de antiguedades, interesados sólo en las piezas consideradas de valor por sus materiales o sus cualidades estéticas, hasta una ciencia o una técnica, que, de una manera sistemática y cuidados intenta, através del estudio del conjunto del yacimiento, obtener información del pasado.

Para los anticuaristas, los coleccionistas y los cazatesoros que los suministran, el valor económico está en la pieza, la obra de arte, la moneda de oro. Para el arqueólogo, los elementos individuales carecen de valor si no forman parte de un conjunto, de un yacimiento. Y da igual que sea una moneda de plata que el craneo de un caballo. Si está descontextualizado, si se lo separa de su conjunto, no tiene ningún valor.

Caza de Tesoros vs Arqueología

Los caza tesoros tienen como objetivo el beneficio económico, enriquecerse, con la venta de piezas arqueológicas de valor (oro, plata, piedras preciosas, antiguedades en general) mientras que el objetivo de los arqueólogos es la investigación del pasado. Ambas profesiones, dirán algunos, son perfectamente legítimas, el problema es que la acción de unos, los cazatesoros, (que solo les beneficia a ellos), imposibilita que los arqueólogos puedan hacer su trabajo (que nos beneficia a todos).  ¿Por qué? Pues porque para el cazatesoro, ninguna otra parte del yacimiento tiene importancia y la intervención que realiza destruye todo el contexto en el que se encuentran los restos. Sólo le interesa la pieza.

Criterio de Repetición

Los objetos arqueológicos son únicos. Hasta el siglo XX, en el que se impone la producción encadena y la utomatización, la producción estaba sujeta a muchas variantes. Los objetos, incluso las monedas, aunque nos parezcan iguales no lo son. Y es precisamente cuando contamos con muchos ejemplos, cuando podemos empezar a extraer conclusiones. Una de las técnicas de análisis de materiales más utilizadas hoy por hoy es la estadística. Los arqueólogos miden, cuantifican, decenas de variables y las someten a estudios estadísticos. De tal forma que, cuantos más “objetos repetidos” tengamos, mejor serán nuestra comprensión de la producción de dichos objetos. Más es mejor y, en esencia, cada objeto es único e irrepetible.

Conservación

Bueno, pero encontes, si lo que hace falta es tener datos, pues cogemos los datos y luego ya vendemos el resto, ¿no? El problema de ese argumento es que las técnicas de análisis siguen mejorando cada año. Hoy en día un arqueólogo puede saber más de cómo, dónde y cuándo se hizo una pieza de lo que podía saber cualquier arqueólogo hace 40 años. Así que nuestro deber es guardar los materiales, asegurarnos de que en el futuro, con mejores técnicas de análisis, los arqueólogos que vengan tengan posibilidad de volver a estudiarlas. La arqueología, al contrario que la geología o la química, no puede salir al campo a por más granito, o generar más reacciones químicas a voluntad; los objetos arqueológicos son finitos, un día ya no habrá más que estudiar.

¿Y cómo afecta a esto la nueva ley colombiana?

La ley 125 permite que las empresas cazatesoros “recuperen” objetos de yacimientos sumergidos (barcos hundidos o cualquier otro tipo de yacimiento) y se les pague con una parte del botín. Algunos opinan que esto ayudará a aumentar el conocimiento de los yacimientos sumergidos colombianos, pero lo único que hace es abrir la puerta a su destrucción.

Por un lado, los cazatesoros, cuyo único objetivo es el beneficio, sólo están interesados en aquellos yacimientos que contengan elementos que ellos (y esta ley) consideran de valor: joyas, oro, plata, piedras preciosas, obras de arte… Cosas que se pueden vender. Bueno, la verdad es que el 90% de los yacimientos subacuáticos carecen de dichos materiales o su presencia es tan baja que su explotación económica es inviable (mover un barco, poner buceadores en el agua, etc, es muy caro). Pero eso no lo sabes hasta que excavas el barco. Cuando un cazatesoros encuentra un barco “vacío”, lo abandona a su suerte y se va en busca de otro.

Por otro lado, las técnicas de los cazatesoros son altamente destructivas. Como al cazatesoros sólo le interesa aquello que pueda vender, la extracción se lleva a cabo con técnicas altamente dañinas para el resto de materiales. Por todo el planeta se han dado casos en los que los cazatesoros han utilizado taladros para separar el metal precioso de otros restos arqueológicos y han hecho agujeros en los cascos de los barcos para poder acceder a la carga, destrozando el maderamen (de cuya construcción sabemos bien poco y gracias a estas actividades no sabremos nada).

Por último, la idea de la repetición es una aberración científica. Como ya he dicho, cada objeto arqueológico (se un lingote de oro o un plato de cerámica) es irrepetible. Y es através del estudio de los conjuntos, de cuantos más elementos mejor, como aprendemos algo del pasado.

¿Y por qué debe importarnos?

Bueno, si el argumento de que el pasado es un bien común y que su conocimiento es útil para todo el mundo, tambi’en puede quedarse con un aspecto más pequeño de este gran conocimiento universal. El patrimonio arqueológico colombino al que esta ley afecta principalmente no es sólo suyo, sino que forma parte del pasado compartido por toda hispanoamérica. Su patrimonio cultural, su pasado, también es el nuestro y esta ley abre la puerta a que en el futuro, nuestro conocimiento del pasado sea menor o inexistente.

¿Quién tiene la culpa?

Bueno, es evidente que el Congreso de Colombia ha sido presionado, o sus congresistas coeccionados, para que esta ley salga adelante. No hay que ser muy mal pensado para pensar que el hecho de que al principio esta ley planteara un 12% de “compensación económica” para el cazatesoros, y se haya aprobado con un 50% está relacionado con intereses económicos privados más que el conocimiento del patrimonio subacuático colombiano, de hecho, el representante de varias “empresas rescatadoras” solicitaba al gobierno que la “compensacion” ascendiera hasta el 80%.

Pero, desengañémonos, los arqueólogos tenemos mucha culpa en esto. Mientras nuestras técnicas se modernizaban, y aprendíamos que la importancia no está en la pieza sino en el conjunto de ellas, no hemos sido capaces de enseñar al público general a ver el patrimonio arqueológico de una manera más moderna y la población sigue viendolo como lo veían los anticuarios del siglo XVIII.