Archivos de la categoría Transición

Adolfo-Suarez solo

Adolfo Suárez: luces y sombras de un tahúr de Ávila

 Siempre he pensado que el oficio de historiador, como el de cualquier científico social, debe prescindir de opiniones y estar centrado en el análisis no sesgado, pero en ocasiones ello se torna harto difícil, como sucede en el caso del reciente fallecimiento del ex-presidente Adolfo Suárez. Pero, ¿quién fue Adolfo Suárez?

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Carrillo y el 23-F

Mucho se ha hablado del 23-F, el icónico 23 de febrero de 1981. Sobre él se han escrito cientos y cientos de ensayos y artículos repletos de lugares comunes: el mayor desafío al que se sometió nuestra (por entonces joven) democracia, la prueba de fuego para una sociedad española recién salida de una dictadura, el papel de sus diversos protagonistas u otras reacciones más mundanas, como el típico caso del sobrino de la vecina de un cuñado que planeó su fuga al extranjero mientras se zampaba con patatitas las octavillas marxistas impresas de manera clandestina porque total, aquí cada uno sacia el hambre lo mejor que puede y quiénes somos nosotros para juzgarlo.

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Después de… [VIDEO]

Comenzamos un nuevo curso, y con él me gustaría compartir con vosotros un documental que he conocido a través del blog Elearning de mi amigo @eraser. Es una recopilación de documentos de la época más crucial de la reciente Historia de España, la Tansición. En él podemos palpar cuál es el sentimiento de los miembros activos de la política española, pero sobre todo de los incorformistas de la transición tal y como estaba llevándose a cabo y de los nostálgicos del régimen anterior. Está grabado entre 1978 y 1981, y se termina de realizar justo antes del golpe de Tejero el 23 de Febrero de 1981.

Y es que la siempre llamada ejemplar transición española empieza a flaquear con el paso de los años. Una transición llevada a cabo por una parte de la antigua oligarquía que abría las puertas a una nueva, con la que se entiende bastante bien, una transición permitida por el miedo inculcado durante años a la desmembración de la nación y a una nueva guerra, y una transición con el visto bueno de la comunidad internacional conservadora. Una transición a la que se le empiezan a ver las vergüenzas y que comienza a ser cuestionada como proceso histórico ejemplar.

Temas tan de actualidad como el aborto, o la llamada conservadora a la familia [en este caso por el divorcio], la reforma laboral, la represión, las luchas sociales en materia de empleo [destacar el conflicto agrícola], se tratan en el vídeo, y en la calle.

El documental es largo, tiene dos partes de 90 minutos cada una, pero os lo recomiendo fervientemente. Las conclusiones y los debates, espero que podamos llevarlo a cabo en los comentarios. Sin más particular, los vídeos.

 

Cronicas de la “España Lampedusiana”

Portada del libro "La transición en Cuadernos de Ruedo Ibérico
Portada del libro “La transición en Cuadernos de Ruedo Ibérico

Que la transición no fue lo que gran parte de la sociedad española había deseado, es algo que venimos oyendo con harta frecuencia en los últimos años. Una sociedad civil anestesiada, una clase política cada vez más alejada de las demandas de la calle, partidos y sindicatos convertidos en estructuras burocráticas de nula representatividad, o profundos desequilibrios territoriales, son rémoras heredadas de los largos “años de paz” del franquismo o del proceso político de transición, que no hemos sabido, podido o querido revertir.

En un momento en que la revisión del modelo de Estado que tenemos es un debate cotidiano, fue cuando menos oportuno que la editorial barcelonesa BlackList publicase en fechas no muy lejanas una selección de artículos de una de las revistas señeras de la oposición antifranquista, bajo el título de La transición en Cuadernos de ruedo ibérico. Resulta sorprendente ver como mucho de los vicios políticos que actualmente padecemos ya habían sido predichos por una serie de autores, agrupados en torno a esta editorial, desde mediados de la década de 1960, ante la indiferencia y (en no pocas ocasiones) desprecio de otros medios, tanto cercanos al régimen como de oposición.

Pero no adelantemos acontecimientos. La editorial Ruedo Ibérico nace en París en 1961, por impulso de, entre otros, José Martínez Guerricabeitia, Nicolás Sánchez Albornoz o Elena Romo. Nace bajo la creencia de que únicamente en el exilio es posible el ejercicio pleno de la libertad de expresión. Ya en 1963 la editorial cuenta con un gran número de artículos y ensayos breves, cuya publicación bajo la forma de monografía no se entendió como apropiada, por lo que Martínez Guerricabeitia, con el apoyo de los disidentes comunistas Fernando Claudín y Jorge Semprún, lanzan Cuadernos de ruedo ibérico en marzo de 1965. En la nueva revista tendrán un lugar especialmente relevante las obras de jóvenes estudiantes españoles que visitaban París por motivos académicos. La vida de la revista será azarosa, con múltiples problemas económicos. Se publicó en tres etapas: 1965-1973, 1974-1977 y 1978-1979, las dos primeras en París y la tercera y última en Barcelona. A sus dificultades no fue ajena su desconexión con el exilio republicano “oficial”, especialmente de un PSOE embarcado en disputas bizantinas, y su proximidad a la oposición interior, donde, por otro lado, no podía financiarse. Los libros y revistas de Ruedo Ibérico no serán legales en España hasta 1977. Ideológicamente próxima al marxismo durante gran parte de su trayectoria, en su etapa barcelonesa, aislada de los relatos oficiales y oficializados de la Transición, Cuadernos primará el enfoque anarquista, en un momento de grave crisis interna de la CNT.

Con prólogo y selección crítica del historiador Xavier Díez, La transición en Cuadernos de ruedo ibérico se articula en torno a cinco bloques, dedicados respectivamente a las características económicas de la España franquista, los elementos que pudieran condicionar el proceso de transición, los principales actores políticos del mismo, y los dos últimos a las continuidades entre el franquismo y el régimen democrático. Esta pervivencia del franquismo más allá de la muerte de Franco es el eje articulador de la obra, puesto que la idea fundamental, que nos presenta Díez en el prólogo, es la de “la España lampedusiana”. Es decir, una España en la que el cambio de sistema político no habría significado una renovación de los poderes fácticos, sino su permanencia, con la connivencia de una oposición “en rebajas” y de unos sindicatos “neocorporativos”. Un país en el que la promesa de Franco de que todo quedaba “atado y bien atado” no es una demencia senil, sino una realidad constatable, con un Estado intacto y liderado por las mismas fuerzas de antaño.

Juan Carlos I

La denuncia de esta continuidad se pondrá de manifiesto, especialmente con el rechazo a las sucesivas leyes de amnistía promulgadas por el gobierno de Adolfo Suárez entre julio de 1976 y octubre de 1977. La tesis de Cuadernos será, en líneas generales, que no es asumible ninguna amnistía otorgada por las élites políticas procedentes del franquismo precisamente a quienes habían sufrido la dura represión de la guerra y la posguerra. Así, la Ley de Amnistía de 1977 sería equivalente a una ley de “olvido” y de “punto final”, a semejanza de las promulgadas en Argentina y Uruguay en los años 1980, y actualmente derogadas. Esta posición distanciará definitivamente Cuadernos de otros medios de oposición, más moderados, como El País o Triunfo, que saludaron el perdón de los delitos de intencionalidad política. Esta posición, liderada especialmente por Joan Martínez Alier, alejó a la revista de muchos de sus colaboradores durante sus primeros años de andadura en París, como Pasqual Maragall, Juan Goytisolo o Joaquín Leguina.

La tercera gran aportación de la obra, o mejor dicho, de los Cuadernos, es una visión profundamente renovada del capitalismo español. Martínez Alier, con formación en ciencias agrónomas, analiza el latifundio cordobés, del cual extrae interesantes conclusiones. Alier considera en iguales términos el latifundio “rentista” y el latifundio “empresarial”, entendiendo que la diferencia entre ellos en el arrendamiento a terceros o la explotación directa respectivamente. Sostiene que la historiografía española, incluso en la de tradición marxista, con autores como Ramón Tamames o Manuel Tuñón de Lara, está arraigada una concepción de la contemporaneidad como la lucha entre el liberalismo y el Antiguo Régimen, cuyo exponente sería la nobleza terrateniente, y que habría triunfado en la Guerra Civil. Por ello, a la altura de los años 1970, España aún tendría como asignatura pendiente una revolución liberal, a semejanza de las revoluciones atlánticas. Sin embargo, para Alier, no existiría apenas fuerzas antiguorregimentales en España desde los procesos desamortizadores de mediados del siglo XIX. La mayor parte del latifundio sería empresarial, apenas existiría nobleza rentista. El discurso histórico que incide en la necesidad de una revolución liberal escondería, para este autor, otros presupuestos ideológicos: el arrendamiento de tierras podría mostrar, mediante la explotación autogestionaria de la tierra, la irrelevancia del propietario como factor económico. Sería una burguesía empresarial, capitalista y moderna, no una rancia nobleza, la que vire políticamente hacia soluciones políticas autoritarias desde la década de 1920: para Martínez Alier el liberalismo no habría fracasado frente al Antiguo Régimen, sino que habría propiciado el franquismo.

Se trata, en definitiva, de una obra difícil de leer, a veces árida, profundamente impregnada del lenguaje estructuralista propio de la sociología de las décadas de 1960 y 1970. No se trata, por otro lado, de una obra apta para todas las sensibilidades. Su ataque a partidos de izquierda y sindicatos es duro y tajante, a lo que se une un enfoque marcadamente catalanista. Para un lector no catalán le resultarán quizá complicadas de asimilar afirmaciones como que los actuales medios de comunicación catalanes son “eficientes y responsables”, frente a la desinformación y el control de los medios “de Madrid”, cuando es bien sabido que la única diferencia entre ambos es que responden a intereses contrapuestos. O la consideración recogida en el prólogo de que la Ley de Memoria Histórica es absolutamente justa, y alejada de prejuicios ideológicos. Sin embargo, como obra comprometida que es, pero no dogmática, no aspira en absoluto a la unanimidad, ni rehúye el debate. Se trata de una lectura (no me atrevería a calificarla de “imprescindible”), útil y recomendable. Especialmente en los tiempos que corren. Aunque tan sólo sea para que no podamos decir que no estábamos advertidos.

Suarez
Adolfo Suarez en 1995 recibiendo el I premio Alfonso X en Toledo.

VVAA: La transición en Cuadernos de Ruedo ibérico. Edición crítica de Xavier Díez. Barcelona, Ed. BlackList, 2011. 458 páginas.

www.ruedoiberico.org

20-N o el inevitable fin del franquismo

Soy historiadora, así que tal vez a algunos les pueda parecer, por lo pronto, una locura lo que estoy a punto de decir, pero me gustan los riesgos. Allá va: no soy muy de fechas. Vamos, que incluso tengo una memoria atroz. Historiadora con mala memoria, ésa soy yo. Si no me acuerdo de lo que comí ayer o de lo que hice este verano, ¿alguien pretende que me acuerde de las fechas de inicio y final de la Guerra de los Treinta años? ¿En serio? ¿Duró de verdad treinta años? Ah, pues sí, lo pone en la Wikipedia.

Portada del diario Arriba (21-XI-1975)
Por si alguien no se había enterado.

A pesar de esta horrible confesión, espero ganarme el favor de los historiadores que lean estas líneas porque, tranquilos, aún soy capaz de jugar al Trivial de manera bastante resuelta, así que no todo está perdido. Debo aclarar que no soy un desastre total: no es que no “crea” en las fechas -comillas, comillas, imaginen que pongo los deditos a ambos lados de mi cabeza, teatralizando mucho el gesto-, simplemente no confío mi vida a ellas como si fueran mi tabla de salvación o mi religión particular. Sucede que soy más de procesos, de estructuras, de coyunturas, del trinomio causas-desarrollo-consecuencias… Y sí, ya sé que hago unas frases muy largas, pero mejor se me van acostumbrando, que todavía me queda para rato.

Volviendo al tema que nos ocupa, debo decir que, como amante de la historia social, del estudio de los procesos y los cambios que llevan a un hecho concreto y no a otro, etcétera, no puede importarme menos que las próximas e inminentes elecciones se sitúen en un 20-N. No me importa más allá de la curiosa casualidad o de la manía que tenemos los humanos por “aniversalizarlo” todo, si me permiten este palabro que me acabo de sacar de la manga. Que es un veinte de noviembre… pues bueno, pues vale, pues me parece que es el día que cae entre el 19 y el 21 y que, casualmente, es domingo, que es el día en el que tengo entendido plantan las elecciones para fastidiarnos muy convenientemente el fin de semana. Más allá de eso y sobre las idas y venidas en torno a los “¿lo habrán hecho a propósito?”, “¿querrán desvirtuar el sagrado significado de tan importante onomástica?” o “¿es que no habrán encontrado más fines de semana en noviembre, los muy capullos?”, no entro ni salgo.

Arias Navarro anunciando la muerte de Franco.
¿Saben aquel que diu? Ah, que ya se lo saben...

Dejando de lado esta parrafada introductoria y antes de irme por los cerros de cierta ciudad jienense en la que ni siquiera he estado (pero que me han dicho que es asaz hermosa, oiga), alquilemos un DeLorean y viajemos a cierta noche que cambió para siempre la historia de este pedacito del mundo en el que nos encontramos. Me refiero a la noche en la que un Arias Navarro tembloroso y compungido se asomó a millones de saloncitos españoles, bajo la sevillana que vive por defecto encima de cada televisor, y dijo cuatro palabras que están grabadas a fuego en nuestro inconsciente colectivo: “Españoles… Franco ha muerto”. Estas palabras, pronunciadas la noche del 20 de noviembre de 1975, supusieron el final de un ciclo que se había extendido durante casi cuarenta años.

¿Pero era este momento concreto realmente el final de un ciclo o sólo una parada más en una inevitable cadena de acontecimientos? Y es aquí donde quería llegar yo. Me ha costado, ¿verdad? ¿Todavía hay alguien ahí, llegados a este punto? Espero que sí. No me malinterpreten, que no digo que el 20-N no sea una fecha crucial de nuestra historia, pero no está de más constatar que una fecha o un único acontecimiento, aunque puede ser un desencadenante de un fenómeno mayor, las más de las veces es parte de algo más grande que no termina de entenderse del todo hasta que no se ve desde fuera, a vista de pájaro. Vamos, una muesca más en la rueda interminable de la Historia, tal y como la veían los griegos, unos tipos muy listos, según me han dicho, que entendieron muy pronto que la Historia está entretejida por medio de ciclos y no es absolutamente lineal (igual que la economía, ¡qué casualidad!).

¿Y dónde podría decirse que encontramos el “principio” y el “final” de esta trascendental etapa de nuestra historia? El final, parece claro, debemos situarlo en la conclusión de la Transición. Pero no me hagan dar vueltas sobre este punto, que no es el tema y unos dirán que es el ’77, otros me saldrán con el ’78, luego protestarán los de allá con el ’81 y los de acullá con el ’82; empezarán los tirones de pelo, los “no sabe usted con quién está hablando” y ya la tenemos liada. Pero el principio, el principio es otra cosa…

Cuando Franco agonizaba en su cama de hospital en ese frío noviembre de 1975, apenas una sombra de lo que fue, ajeno a los tejemanejes de su entorno de familiares, políticos y chupópteros varios, lo cierto es que ya no estaba en la España o paraíso del nacionalsindicalismo que él creía gobernar con mano de hierro. No era la misma España que celebrara los veinticinco años de paz en 1964, no se parecía apenas a la que suprimiera las cartillas de racionamiento en 1952 y ni siquiera saludaría a su prima de 1940 si la viera por la calle. Franco moría dejando una España distinta, que cambió con él y a pesar de él. Una España cuyo cambio era un alud que no habría conseguido detener ni una veintena de Arias Navarro y, me temo, tampoco un Carrero Blanco. Y si no me creen a mí, crean al menos al insigne Tusell cuando decía que “la sensación predominante que produce el Franco de los últimos diez años de su vida es la de un gobernante que experimenta un creciente desconcierto ante una realidad que ya no le resulta fácil de captar y de dirigir” [1].

Si algún día les da por montar una dictadura –que no sé si venden kits en el IKEA–, sepan que es relativamente sencillo controlar a un pueblo por medio del miedo, cuando no tiene más salidas que el hambre, la cárcel, el exilio o la muerte. Más aún si vive aislado del mundo exterior (que ni Facebook tenían, se ve). Pero esta tarea se vuelve poco menos que hercúlea en España a partir de finales de los ‘50 y, sobre todo, en la década de los ’60. El desarrollo económico despierta a un país en coma y atrae al turismo de corte industrial y masificado. Y si las fronteras se abren para dejar entrar a los turistas que venían por millones, también lo hacen para el gran éxodo de emigrantes, que no se marchan ya por razones políticas, sino económicas. Ende, el mundo se hace más pequeño y las nuevas ideas viajan más rápido. En ese momento el país ya no muere de hambre –a grandes rasgos- y nos lanzamos en masa tras la máxima Primum vivere deinde philosophari: la oposición se reorganiza y, por primera vez, los que no se marcharon allende nuestras fronteras, sino que se quedaron aguantando el chaparrón, tienen más fuerza que las cúpulas de sus partidos instaladas en el extranjero y que, todavía en algún caso, ven a España desde el prisma añejo y descolorido de 1939. Los estudiantes y los sindicatos hacen lo propio y, desde la clandestinidad y esos secretos que no son tan secretos, se mueven deprisa. No, desde luego que España no era la misma.

Imagen de "Cuéntame".
Y ahora nos vamos a quedar sin ver la pinícula de la noche…

De hecho, a España ya no la conocía ni su padre y decir lo contrario era negar la evidencia. El régimen o lo que quedaba de él en los últimos años, era como un sillón orejero en una casa de diseño, que será de la abuela y tal, pero no pega con el resto de la decoración. Para eso Dios inventó los guardamuebles. Lo que quiero decir con esta metáfora tan burda es que la España del milagro económico, la emergente clase media, los 600, las hordas de turistas, los universitarios que leían El Libro Rojo de Mao con avidez –sin admitir que en realidad era un tostón- o escuchaban a Lluís Llach cantando no sé qué de una estaca… no encajaba con la envoltura obsoleta de la dictadura franquista. Primum vivere deinde philosophari, amigos, había llegado el momento de filosofar. Más si cabe en el contexto en el que vivíamos –¡no olvidemos nunca el contexto, pardiez!-, rodeados de países masones democráticos o en vías de serlo, como el Portugal de la inolvidable Revolución de los Claveles, demasiado cerca como para alarmar a más de uno. Una Europa democrática que nos mira por encima del hombro y nos restriega por la cara el embrión de la futura UE, a cuyo acceso estábamos completamente vetados por el insignificante detallito de ser una dictadura.

En estos últimos y agónicos estertores del franquismo, hay, sin embargo, dos momentos clave. Primero, en 1969, la definición de un futuro que hasta ese momento permanecía en suspenso por expreso deseo del dictador: la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, que ponía al actual Juan Carlos I en la mira de todos los que constataban la evidencia de que, en efecto, el Caudillo no era inmortal y pasaría a mejor vida más tarde o temprano. Y segundo, la muerte de Luis Carrero Blanco en 1973, dinamitando (sin segundas, lo juro) en principio la posibilidad de que un Franco 2.0 heredara España, como si fuera un jersey de ochos que pasa del hermano mayor al pequeño, aunque a priori le quede un poco mal de la sisa.

Renqueante y apolillada, la dictadura se precipitaba hacia su final, de eso no había duda. Y aunque no quiero abusar, creo que aquí me viene de perlas la siguiente cita de Fusi y Palafox, Dios bendiga su manual de Historia Contemporánea: “El hecho era –aciertos o desaciertos gubernamentales aparte- que desde 1969 había una verdadera crisis de régimen. España era un Estado católico en donde la Iglesia condenaba al régimen; un Estado que prohibía las huelgas y donde éstas se producían por miles; una Dictadura que buscaba legitimarse en nombre de la democracia; un Reino sin Rey, donde el jefe de la Casa Real, don Juan, padre del futuro Rey, condenaba desde el exilio al régimen, […] recibía a la oposición […] y al que incluso se le prohibía pisar suelo español” [2]. Por mucho que España haya sido siempre un mar de contradicciones, cuando tiras mucho de la cuerda, la cuerda se acaba rompiendo.

Nuestra dictadura estaba cimentada en torno a la figura del no tan eterno Caudillo, quien le había insuflado vida y sentido (o sinsentido). De hecho, podríamos decir que dictador y dictadura conformaban una relación casi simbiótica; por eso siempre he pensado que el término franquismo es más adecuado incluso que dictadura, por todo lo que ello implica. Dictador y régimen se marchitaron casi simultáneamente, pero cuando Francisco Franco Bahamonde murió el 20 de noviembre de 1975, su gran obra política estaba bajo tierra mucho antes, aunque entonces no pudiéramos ver el final del túnel con claridad. Habría de pasar algún tiempo todavía, pero las piezas ya se estaban moviendo. Eso, sin embargo, es otra historia.

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1 TUSELL, Javier, Dictadura franquista y democracia, 1939-2004. Barcelona: Crítica, 2005. Pp. 195 y 196.

2 FUSI, Juan Pablo y PALAFOX, Jordi, España: 1808-1996. El desafío de la modernidad. Madrid: Espasa Calpe, 1998. Pp. 322 y 323.