Archivos de la categoría II República

Escuela

¿El sí de las niñas?

En 1940, Pablo Picasso visitó las recién descubiertas cuevas de Lascaux en la Dordoña francesa. Allí contempló pasmado la interpretación que nuestros prehistóricos antepasados habían hecho de diversos animales –ciervos, caballos y toros, entre otros- y se dio cuenta de que, en realidad, no eran tan diferentes de los que habían protagonizado, apenas tres años antes, su inmortal Guernica. De modo que Picasso, perplejo, no tuvo más remedio que concluir que “nous n’avons rien inventé”. Vamos, que no hemos inventado nada.

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La ciudad olvidada y su poeta maldito

Llevo unos días pensando sobre qué escribir para Aquí Fue Troya, la verdad es que muchos temas se me pasaron por la cabeza en ese tiempo, algunos de ellos espero que puedan materializarse, mientras que con otros no sucederá lo mismo. Y sí, sé que os debo la segunda parte del post sobre el chavismo, pero ese llegará en la siguiente entrada.

Parece que la suerte o la inspiración se alió conmigo, pues en una de las noches en las que buscaba algo nuevo que leer tras haber terminado una novela, apareció ante mis ojos una versión de Nadja, de André Bretón (la cual recomiendo salvajemente, como casi todo lo que tenga que ver con el dadaísmo y el surrealismo) que poseía desde hace tiempo y que me hizo recordar que Bretón vino a Tenerife en los años treinta a una Exposición Surrealista, cuando venir a Canarias era casi como irse al fin del mundo.

En realidad no voy a hablar de André Bretón, sino del autor maldito que esa magnífica generación surrealista dejó en Canarias: Domingo López Torres.

Probablemente a la mayoría de personas que lean este pequeño post desde la Península u otros lados del globo jamás habían oído este nombre antes. No se preocupen, su figura en el ámbito canario no es excesivamente conocida, ha sido uno de esos personajes que se ha borrado (o se han encargado de borrar) del imaginario colectivo.

Domingo López Torres nació en 1907 en la capital de la isla de Tenerife, mostrando actitudes y aptitudes desde joven para el arte, ya que aún siendo autodidacta y de extracción social baja, supo hacerse un hueco entre los autores de vanguardia del archipiélago, siendo solamente un joven.

López Torres consiguió rápidamente y con sólo 25 años colarse en un grupo en el que estaban literatos como Domingo Pérez Minik, Agustín Espinosa, el gomero Pedro García Cabrera o Emeterio Gutiérrez Arbelo, pero en el que también habían artistas de otras ramas como el magnífico pintor Óscar Domínguez, por el cual tengo una predilección personal especial.

Marxista y revolucionario hasta las últimas consecuencias, vivió durante los años de la II República su época más dorada, a pesar de que ya desde finales de la década de los veinte, en plena dictadura de Primo de Rivera, había escrito su principal obra: Diario de un sol de verano.

Autor de literatura, también lo fue de artículos con una implicación política notable durante el período republicano en su edición Cartones, desde la cual lanzaba sus consignas revolucionarias, en una época en la que Santa Cruz tuvo el mayor despertar libertario que se recuerda con una importancia del componente anarquista que pudiera parecer sorprendente en la ciudad actual, la cual tiene una tendencia conservadora mayor que la mayoría de ciudades del archipiélago y, por qué no decirlo, del resto del estado.

Expos
Octavilla de la Exposición Surrealista de 1935 en el Ateneo de Santa Cruz de tenerife

Esa Santa Cruz fue la misma que acogió la Exposición Surrealista de 1935, a la cual acudieron los franceses André Bretón y Benjamin Peret y donde se expusieron obras de autores nacionales como Picasso, Dalí, Miró o el propio Óscar Domínguez, así como de artistas internacionales de la talla de Hans Arp, Ives Tanguy o Giacometti (la cual fue ofrecida al Cabildo por entonces y no quiso comprar). También esa fue la Santa Cruz donde se editó la famosa revista Gaceta de Arte entre 1932 y 1936, dirigida por el pintor y crítico de arte Eduardo Westerdahl y en la cual colaboraron no sólo los autores del círculo surrealista canario, entre los que se encontraba López Torres, sino también autores de renombre internacional como Le Corbusier, Gertrude Stein o el propio Tristan Tzara.

Esa isla de Tenerife era uno de los centros de la cultura no sólo del país, sino también a nivel internacional, donde este grupo surrealista se desvincula de las líneas principales nacionales existentes en la península, las cuales seguían líneas editoriales favorables al señorío hispano y la inteligencia nacional. Este grupo no era tan “provinciano” en ese sentido, su vocación era internacionalista y universalista. Como exponía Westerdahl en la editorial de la primera editorial Gaceta de Arte allá por 1932:

Conectados a la Cultura Occidental, queremos tendernos sobre todos los problemas, en el contagio universal de la época. Sin huir el pensamiento, sin buscar refugio en tratamientos históricos para los fenómenos contemporáneos. Nuestra mirada llena de luz intelectualista de la época. Recorrerá todos los procesos artísticos que tengan un carácter histórico formal. Nuestra posición de isla aislará los problemas a través de esta soledad propia para la meditación y el estudio procuraremos hacer el perfil de los grandes temas, descongestionándolos para buscarles una expresión. Creemos movernos entre naciones. Ser isla en el mar Atlántico (Mar de la Cultura) es apresar una idea occidental y gustaría, hacerla propia despacio, convertirla en sentimiento. Queremos ayudar a una posición occidentalista de España. Seres Atentos, amplios, jóvenes. Y cumplirá en la isla, en la nación, en Europa, la hora universal de la Cultura. Esta será nuestra política.”

En esa época, López Torres crecía como persona y como artista. La influencia personal y directa de autores como Breton hizo que su forma de ver la vida y el arte se modificara. En 1935, seguía escribiendo, en su mayoría poemas; mientras regentaba una librería-estanco donde se reunían en ocasiones no sólo la élite del pensamiento canario, sino también grupos revolucionarios.

Llegó entonces 1936, el famoso año, y con él llegaron los militares, las iglesias y los nacionalistas. También con él se fueron los bretones, el libertarismo y las exposiciones. La amplitud cromática se tornó en un monocolor ideológico donde no cabían los autores del círculo surrealista canario, ni Gaceta de Arte.

LopezTorresRetrato
Diego López Torres con Jacqueline, Peret y Breton en un camello

La mayoría de los autores consigue superar, aunque con dificultades, la férrea actitud franquista contra este círculo. No es así el caso de Domingo López Torres, el más humilde de todos, el cual es recluido nada más empezar la posguerra y la represión (la cual se puede decir que en Canarias empezó desde el mismo día de 18 de julio, debido a la práctica ausencia de enfrentamiento directo) en el tristemente famoso “horror de Fyffes”, antiguo almacén de frutas el cual era el lugar donde eran encerrados los presos esperando una decisión sobre su futuro.

De noche ya, gritando mis ausencias,

buscaba yo en las playas las formas

que dejaban las chicas en la arena.”

En Fyffes siguió escribiendo sus poemas, que se hacían cada vez más tristes y sombríos debido a su penosa situación. Aunque también seguía evocando a su principal amor: el mar. Un mar que no sólo fue digno receptor de sus mejores poemas sino que también, en última instancia, recibió su cuerpo encerrado dentro de un saco en los primeros meses de 1937. No hubo suerte que permitiera la libertad que otros compañeros sí tuvieron, ni lágrimas en una ciudad que nunca más supo de su “hijo maldito”. Su ideología, pero también sus ansias de libertad y su extracción social le condenaron no sólo a la muerte, sino también al olvido. Sólo quedaron unos versos de su amigo García Cabrera como epitafio en una tumba inexistente:

“… si quieres quedarte con la verdad de sus sonrisas,

devuélveme su muerte al menos,

su muerte es mía y no te pertenece”

Citando a . . . Paul Preston

Paul Preston "poniéndose fino" en alguno de los -miles de- grandes centros gastronómicos de la Península Ibérica

 

Innecesario es decir que esta es una obra científica y que los hechos del pasado pertenecen a la Historia. La divulgación documentada y veraz de los innumerables casos mencionados de personas responsables de actos de violencia durante la represión no puede ofender el honor de los allegados, cuyos sentimientos respetamos. La misión del historiador estriba en buscar la verdad, con independencia de los sentimientos que su trabajo pueda despertar.

 

Paul  Preston, en el prólogo de su  obra “El holocausto español”, 2011, editorial Debate.

Foto | El País