Beethoven, Napoleón y la Tercera sinfonía

Ludwig van Beethoven (Bonn, 1770 – Viena, 1827) alumbró en los primeros años del siglo XIX una obra revolucionaria. Estrenada en un concierto privado a finales de 1804, su Tercera sinfonía abrió las puertas del romanticismo de forma estruendosa. El genio del tormentoso compositor construyó una obra maestra en uno de sus momentos más difíciles, con incipientes problemas de audición, pensamientos suicidas y alejado de la fastuosidad de Viena. Una sinfonía que trascendería lo musical por un nombre escrito en su primera página: Bonaparte.

Portada de la Tercera sinfonía con el nombre de 'Bonaparte' tachado

Portada de la Tercera sinfonía con el nombre de ‘Bonaparte’ tachado

Aquello dio lugar a uno de los mitos más interesantes del siglo; la admiración de Beethoven hacia Napoleón cuando este aún era Primer Cónsul, la dedicatoria de su revolucionaria composición y el desencanto sufrido cuando se hizo coronar Emperador. Un histórico testimonio nos llega a través de Ferndinand Ries, alumno de Beethoven:

“En aquel momento, Beethoven sentía la más alta estima hacia Napoleón y lo comparaba con los grandes cónsules de la antigua Roma. (…) Yo fui el primero en darle las noticias de que Bonaparte se había declarado Emperador, tras lo cual estalló en cólera y exclamó: “¡Así que no es más que un común mortal! Ahora también pisoteará los derechos del hombre y se abandonará únicamente a su ambición. ¡Se ensalzará a si mismo sobre los demás convirtiéndose en un tirano!” Beethoven fue a la mesa, arrancó la portada, la partió por la mitad y la lanzó al suelo”.

Una reacción impulsiva de aquel que ve sus ideales traicionados. Es curiosamente significativo que el compositor tenía en su escritorio un pequeño busto de Bruto, el asesino de Julio César, el más famoso cónsul convertido en dictador. Pero la historia de la Tercera sinfonía tiene ingredientes sobradamente interesantes que complementan el relato de Ries. Todo comienza en el año 1802, en el que Beethoven, aconsejado por su médico, se retiró a descansar a la villa campestre de Heiligenstadt, en la que escribió su famoso y sufrido testamento, dirigido a sus hermanos, traumatizado por los problemas de sordera que comenzaba a padecer. No se descubrió hasta después de su muerte.

Pero también fue allí donde Beethoven anotó los primeros esbozos de su Tercera sinfonía, ligándola para siempre a uno de sus momentos más tormentosos de su vida. Fue sin embargo un año después, en otro retiro estival, esta vez en Döbling, cuando el compositor alumbró definitivamente su gran obra, presentada en un concierto privado en el palacio del Príncipe Lobkowitz, mecenas de Beethoven, en el mes de diciembre de 1804.

'La Coronación de Napoleón', de Jacques-Louis David

‘La Coronación de Napoleón’, de Jacques-Louis David

Pocos antes, desveló en una carta que el nombre de la sinfonía sería ‘Bonaparte’. Pese a cultivar un aura de nobleza desde que se trasladó a Viena en el 1792 y relacionarse con las figuras más relevantes de la aristocracia austriaca, no ocultó sus simpatías republicanas y admiraba a Napoleón, no por sus victorias militares, sino por haber “puesto orden político en el caos de una sangrienta revolución”, según narra Antonio Schindler en la biografía que escribió sobre su amigo Beethoven.

En ella, además, relata que el embajador francés en Viena, Jean-Baptiste Bernadotte, futuro rey de Suecia, fue el que sugirió a Beethoven que podía honrar al futuro emperador con una gran composición. Sin embargo, las fechas hacen dudar de la veracidad de este pasaje, ya que Bernadotte tuvo que dejar Viena por los disturbios provocados cuando izó en la embajada la bandera tricolor revolucionaria en el 1798. Por aquel entonces Beethoven ni siquiera había creado su Primera sinfonía.

Más interesante incluso resulta el hecho de que rechazase alterado la propuesta del músico Franz Anton Hoffmeister de escribir una sonata en honor de Napoléon y de la revolución. “¿Es que todos ustedes, caballeros, han caído presas del demonio para sugerir que componga una sonata semejante?”, gritó Beethoven. Un año después le dedicó su gran sinfonía.

Planes en París 

¿Y si la razón para honrar al Primer Cónsul francés hubiese sido simplemente pragmática? Los musicólogos Maynard Solomon y William Kinderman proponen que detrás de todo se encontraban los planes del compositor por mudarse a París. Bautizar como ‘Bonaparte’ a su obra, sin duda alguna abriría todas las puertas de la capital francesa. Pero el viaje no llegó a materializarse, así que la idea de permanecer en Viena, capital del Imperio Austro-Húngaro, con una sinfonía dedicada a Napoleón parecía bastante mala. Beethoven desechó entonces su peligrosa ocurrencia. Dedicó su obra al Príncipe Lobkowitz y tacharía definitivamente del título la palabra ‘Bonaparte’ para sustituirlo después por ‘Heroica’.

Lo que parece innegable es que el nombre de Bonaparte figuró y fue borrado de la primera página de la obra. Varios son los factores que dibujan la historia, como el temperamento de Beethoven, su sordera, el testamento de Heiligenstadt, las posibles visitas a la embajada francesa, sus planes de viajar a París, su admiración hacia el primer cónsul, el simbólico relato de Ries o la enemistad entre Austria y Francia.

El estreno

Retrato de Ludwig van Beethoven en 1804

Retrato de Ludwig van Beethoven en 1804

Después de cuatro meses de conciertos privados y algunos retoques, la Tercera sinfonía se estrenó al público en el Teatro an Der Wien el 7 de abril de 1805. No dejó indiferente a nadie. La ‘Heroica’ no solamente era mucho más extensa que cualquier otra sinfonía creada hasta el momento, sino que rompía con el formalismo y el equilibrio del clasicismo. Era profundamente innovadora y poderosa. Era música romántica. Un primer movimiento de casi veinte minutos de duración que comenzaba con dos sólidos acordes anunciando uno de los temas. Una emotiva marcha fúnebre, composición de posible inspiración francesa y que pudo haber sustituido a una marcha triunfal que se convertiría años más tarde en el último movimiento de la Quinta sinfonía. Un Scherzo jovial en el tercer movimiento y un enérgico ‘finale’.

El periódico ‘The Allgemeine Musikalische Zeitung’ reseñó el concierto de la siguiente manera: “El nuevo trabajo de Beethoven tiene grandes y atrevidas ideas, y como podemos esperar del genio del compositor, está poderosamente llevado a cabo. Pero la sinfonía ganaría inmensamente si Beethoven hubiese decidido acortarla e introducir en ella más claridad y unidad”.

Tuvo que pasar otro año más para que titulase su obra ‘Sinfonía Heroica, compuesta para festejar el recuerdo de un gran hombre’, como finalmente ha pasado a la historia. Ese héroe había sido Napoleón y no dejó de interesar a Beethoven. En 1820, el compositor confesó que con el paso del tiempo había “llegado a un acuerdo con él” y al año siguiente, enterándose de su muerte en Santa Elena y aludiendo al segundo movimiento, la marcha fúnebre, comentó: “Yo ya escribí la música para este trágico momento”.

Y pese a todo, el héroe y protagonista de la Tercera sinfonía no es Napoleón, sino el propio Ludwig van Beethoven.


 

Los últimos juicios del franquismo

El 27 de septiembre de 1975, apenas dos meses antes de la muerte de Franco, fueron ejecutados en Madrid, Barcelona y Burgos, cinco personas por última vez, dándose la orden desde el consejo de ministros. Estas cinco personas fueron José Humberto Baena, Jose Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz del Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP); y Paredes Manot Txiki y Ángel Otaegui de ETA. Últimas ejecuciones donde se intentó demostrar que la España de Franco no estaba tan debilitada como se pensó después del proceso de Burgos donde se indultaron a seis miembros de ETA en sus respectivas condenas a muerte.

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Y es que, desde la perspectiva del franquismo, los juicios de Burgos, en diciembre de 1970, se vieron como una debilidad del régimen más que como una clemencia. Esta visión de debilidad se vio acrecentada cuando en 1973 se produjo la muerte de Carrero Blanco por un ataque terrorista. Este echo condujo a Franco a enjuiciar los ataques terroristas con la mayor pena posible, en este caso, la condena a muerte. De esta forma se pensó que se fortalecería el régimen franquista si se buscaba culpables de delitos y se les condenaba a la pena capital.

Hecho que ocurrió en verano de 1975, cuando se utilizó la legislación penal del código militar para utilizarlo en contra de los terrorista y poder así, de esta forma, ejecutar las órdenes de pena de muerte en Consejo de Guerra. Los Consejos de guerra comenzaron a reunirse el 28 de agosto de 1975 en Burgos. Aquí fueron condenados José Antonio Garmendia y Ángel Otaegui (ambos de ETA) por la muerte del cabo del Servicio de Información de la Guardia Civil, Gregorio Posadas. Garmendia fue condenado por ser el brazo ejecutor de los hechos y Otaegui por ser el planificador, finalmente Garmendia sería absuelto de la pena capital. El 19 de Septiembre de 1975 en Barcelona, fue juzgado Juan Paredes Manot, alias Txiki (ETA), por un atraco a una sucursal bancaria, donde fue herido de muerte el cabo primero de la policía armada Ovidio Díaz. A su vez, en Madrid, fueron enjuiciados y condenados a muerte, los días 11 y 12 de septiembre, los miembros del FRAP Manuel Blanco Chivite, Vladimiro Fernández Tovar y José Humberto Baena. Los dos primeros se les conmutaría la pena capital, pero no así a José Humberto Baena. También en Madrid, el día 18 de Septiembre de 1975 fueron condenados Ramón García Sanz, José Sánchez Bravo, Concepción Tristán, María Jesús Dasca y Manuel Cañavera. Los tres últimos serían indultados a la muerte, pero no a García Sanz y Sánchez Bravo. Por último, el Consejo de Ministros, presidido por Francisco Franco, se reunió el 26 de septiembre de 1975 para indultar a seis de los once condenados a muerte. Sin embargo, se les dio el “enterado” (la denegación del indulto y, por lo tanto, la orden de ejecución inmediata) a las cinco últimas personas que fueron condenadas a muerte en la historia de España, por un Consejo de Ministros. Las ejecuciones se llevaron a cabo al día siguiente.

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Los intentos para evitar los fusilamientos fueron muchos tanto dentro, como fuera del país. En España se realizaron gestiones desde el Colegio de Abogados de Barcelona con el Vaticano, la madre de Otaegui visitó a los cardenales Jubani y Tarancón y al obispo Iniesta. Incluso Nicolás Franco, el hermano de Franco, le escribió a éste para que lo reconsiderase. Fuera de nuestras fronteras, el Papa Pablo IV pidió clemencia, el primer ministro sueco, Olof Palme, salió a la calle en forma de protesta. El presidente Mexicano, Luis Echeverría, pidió la expulsión de España de las Naciones Unidas y 12 países occidentales retiraron sus embajadas de Madrid. Las embajadas españolas de diversos países fueron atacadas.

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La respuesta del régimen frente a ésta oleada de protestas en contra del régimen y de las ejecuciones fue el último discurso de Franco y su última aparición, donde volvió a reiterar que las protestas acaecidas contra España se debían a un complot masónico-izquierdista.

Las ejecuciones fueron realizadas el 27 de septiembre de 1975. En Barcelona se ejecutó a Juan Paredes Manot, Txiki, de 21 años. En Burgos fue ejecutado Ángel Otaegui, de 33. En Hoyo de Manzanares, en Madrid, fueron ejecutados los miembros de FRAP Ramón García Sanz, José Luis Sánchez Bravo y Humberto Baena.entre las 9 y las 10 de la mañana. A pesar de ser una ejecuión pública, sólo pudo acudir el párroco de la localidad madrileña.

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De estas muertes se han escrito varios libros como “27 de septiembre de 1975. Cinco héroes del pueblo”, se han realizado documentos visuales como “La plataforma Memoria, Dignidad y Lucha” de 2005. Varias películas como “La noche más larga” de García Sánchez de 1991. Pero, uno de los documentos más interesantes, lo podemos encontrar en la canción de Luis Eduardo Aute, “Al alba”, canción que fue capaz de pasar la censura y fue dedicada a estas cinco personas.

Iglesia argentina y dictadura: una barca en tiempos de zozobra

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Bergoglio y los Kirchner, una relación no demasiado apasionada… por el momento.

Saltó la sorpresa en el cónclave (aunque, para desgracia de los llamados vaticanólogos, la verdadera sorpresa llegará cuando no haya sorpresa) y los cardenales con derecho a voto encontraron al nuevo Papa al otro lado del mundo, en Argentina, como señaló irónicamente el propio Jorge Mario Bergoglio nada más salir al balcón de la Plaza de San Pedro. “El primer Papa latinoamericano”, “el primer Papa argentino”, “el primer Papa jesuita”, fueron las primeras etiquetas que se le endosaron al tal Francisco; pero, una vez pasada la sorpresa inicial, la curiosidad por el personaje y la necesidad de más detalles sobre el perfil y la biografía del nuevo líder religioso (y político) fueron formulando nuevas preguntas sobre el presente y el pasado del nuevo obispo de Roma.

Como siempre, ante un hecho de tal magnitud y tan sobrevenido, las historias reales y las leyendas se fueron mezclando sin que la voracidad informativa dejara mucho espacio a las comprobaciones. Se decía que el tipo era tan humilde que viajaba en metro o en bus, o que había regresado a su hotel a pagar lo que debía tras su estancia por el cónclave. Se supo pronto que era hincha de San Lorenzo de Almagro (un club porteño al que apodan “el santo” o “el cuervo”, lo que no podría ser más oportuno). Se dijo también que era peronista (condición que, tras la del equipo de fútbol, define a un argentino en un sentido o en otro), que estuvo ligado a la línea Guardia de Hierro (sin relación con los nazistas rumanos, pero no precisamente el ala más radical del justicialismo), si bien sus relaciones con el gobierno de Cristina Fernández han sido cuanto menos tirantes hasta el momento (no olvidemos, eso sí, que la principal característica del peronismo es, precisamente, su flexibilidad de cintura, así que podremos esperar cualquier cosa sobre esta relación en el futuro).

Pero si hay una pregunta que cae inevitablemente como una losa para cualquier argentino con canas es “¿y vos qué hiciste durante la dictadura?”. El país vivió un convulso siglo XX, lleno de golpes militares y de gobiernos autoritarios o de una democracia muy sui generis, pero ninguna dictadura produjo una marca tan profunda (y a tan distintos niveles) como la iniciada la noche del 24 de marzo de 1976. Así, las acciones u omisiones que se cometieron en esos años entre 1976 y 1983 han marcado para el resto de vida a una generación de argentinos.

Bergoglio era en aquel entonces el provincial (el jefe, por así decirlo) de los jesuitas en Argentina, lo que no dejaba de ser un lugar de responsabilidad en un contexto muy complicado. Casi inmediatamente después de que se conociera la identidad del nuevo papa, Horacio Verbitsky (un importante periodista, ahora afín a los Kirchner, que conoce de primera mano aquellos años de plomo) vinculó a Bergoglio con el secuestro y posterior tortura, por cinco meses, en el centro de detención clandestino de la ESMA -Escuela Suboficiales de Mecánica de la Armada- de los sacerdotes jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics. Por lo que se sabe de este espinoso tema, el pecado de Bergoglio tuvo que ver más con la omisión (con rebajar la protección hacia esos curas, con no hacer más por impedir su secuestro desde su importante posición) que con la acción (si bien algunos lanzan la acusación de delator y cómplice del secuestro). En contraste, se tiene constancia también de que el ahora Papa ayudó a varias personas a salir del país y a escapar de las garras de la implacable represión militar, por lo que se puede concluir (con los datos que tenemos por el momento) que Bergoglio fue un personaje gris, ni un ángel ni un demonio absoluto, como la gran mayoría que atravesó esos momentos tan difíciles de la historia argentina. Pero, ¿se trató de un personaje gris dentro de “la Iglesia que oscureció al país”, como ha calificado Estela de Carlotto a la Iglesia del Proceso?

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Videla y monseñor Tórtolo: uno di noi.

La pregunta es tramposa, en cuanto que es simplificadora y anuladora de los muchos matices que encierra la cuestión (y, a fin de cuentas, nuestro trabajo como historiadores es plantear todos los problemas en una escala de grises). Tanto la dictadura -es decir, los actores que se movían detrás de ese régimen- como la Iglesia católica (incluso circunscribiéndonos a la jerarquía de esos años) son conceptos abstractos que encierran dentro de ellos hombres distintos, con intereses y formas de actuar diferentes. Por supuesto, esa diversidad no quiere decir que necesariamente haya en esta historia buenos y malos: los militares que hicieron mundialmente famosa la palabra “desaparecidos” eran personajes deleznables y criminales, pero siempre resulta interesante rascar la superficie y ver que no todos remaban en la misma dirección, sino todo lo contrario.

En el caso de la Iglesia católica ocurría lo mismo. Estamos, en primer lugar, ante una institución que había vivido numerosos y muy rápidos cambios en las últimas décadas. La Iglesia, por ejemplo, había pasado de ser uno de los principales sostenes del primer gobierno peronista (un movimiento que se identificaba en esos años con el humanismo cristiano) a convertirse en uno de sus más feroces opositores. Sin embargo, los cambios más profundos llegarían desde el exterior, en los años 60, con el Concilio Vaticano II y sus aires renovadores, el Documento de Medellín y el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y su opción por los pobres. La convulsión que produjeron en Argentina todos estos cambios en la Iglesia se dejó sentir a todos los niveles: desde la relación con el mundo laico a lo ideológico, lo litúrgico, lo pastoral, lo social y, por supuesto, lo político. Y, obviamente, produjo una fractura, cada vez más visible, en los altos estamentos eclesiásticos. Martín Obregón, autor de un trabajo sobre el tema, diferencia, por ejemplo, un sector tradicionalista, prácticamente integrista, representado por monseñor Tórtolo y monseñor Bonamín; un sector conservador, con una mayor cintura que el anterior, en el que destacaban Aramburu y Quarrancino, y un sector renovador, en el que se encontraban los más entusiastas del Concilio Vaticano II.

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Civilización occidental y cristiana

La llegada del golpe de 1976 ahondará estas divisiones. Hasta cierto punto, claro, porque el retorno de los militares al poder (apenas tres años después de abandonarlo) apenas produjo críticas en la jerarquía de la Iglesia argentina. Personajes como Tórtolo, como era casi obvio, recibieron a los uniformados con júbilo, entusiasmados ante un golpe que llevaría a la “restauración del espíritu nacional” y a una suerte de cruzada por restaurar el orden, pero incluso los obispos más aperturistas como Zazpe dieron su beneplácito al nuevo régimen.

Tampoco es de extrañar este apoyo unánime: militares y eclesiásticos compartían una cosmovisión similar desde hacía décadas y el Proceso, que afirmaba que luchaba para que Argentina siguiera siendo occidental y cristiana, parecía la barrera perfecta para frenar la ola radicalizadora que, según ellos, se extendía por el país. Los obispos, a cambio, daban un muy necesario (no es fácil justificar miles de asesinatos en la sombra) soporte ideológico y legitimador al cruel régimen. Incluso en el tema de los Derechos Humanos, en esos años más oscuros de la dictadura, las voces que salían de la Iglesia eran débiles o ambiguas y sólo obispos como Angelelli, Hesayne o Novak se mostraban verdaderamente críticos. Algunos miembros de la Iglesia, por supuesto, iban más allá de lo ideológico y abrazaban el nuevo orden hasta las últimas consecuencias: se conocen casos de capellanes militares que ejercían de delatores y que incluso llegaban a participar en las sesiones de tortura.

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Monseñor Angelelli, obispo de La Rioja, muerto en muy extrañas circunstancias durante la dictadura.

La Iglesia, su jerarquía, estuvo por tanto en la vereda oscura en los años de la dictadura. Pero también fue víctima de ella. En julio de 1976 la ciudad de Buenos Aires despertó con la noticia del asesinato de tres sacerdotes y dos seminaristas de la orden de los palotinos, acribillados por uno de los siniestros grupos de tareas de los militares. Se les acusaba de zurdos y de adoctrinar mentes vírgenes. Poco más tarde, monseñor Angelelli, obispo de La Rioja y una de las pocas voces críticas que partían de la Iglesia, moría en un extraño incidente automovilístico. Tan extraño que un testigo señaló que su vehículo había sido seguido y acorralado por otro y que en el cuello de Angelelli aparecieron extrañas marcas, como si hubiera sido previamente golpeado. Hasta hoy no ha podido demostrarse judicialmente la tesis del asesinato (la posición oficial de la Iglesia fue, por otra parte, el silencio), pero la dictadura se alivió con su muerte de un elemento muy incómodo.

Y, por supuesto, la Iglesia, como el resto de la sociedad, evolucionó a lo largo de los años de Proceso y cambió su posición respecto a los militares. Nunca encontraremos una oposición frontal, ni siquiera en sus sectores más aperturistas (en su descargo, también es difícil encontrar algo así en los partidos políticos de la época), pero ya en 1977, todavía en la etapa más cruda del régimen, la Conferencia Episcopal lanzó un documento en el que empezaba a subrayar la importancia del respeto a los Derechos Humanos. Lo hacía de una forma tibia y velada, pero pocos textos críticos similares encontraremos en esos años por parte de otras instituciones. El alejamiento de la Iglesia con los militares, relativo, por supuesto, se acentuará conforme avanzaba el régimen y el Proceso se iba enfangando cada vez en sus propias contradicciones y luchas internas, hasta llegar a la debacle final de Malvinas. No veremos tampoco a la Iglesia capitaneando el proceso de transición a la democracia, ni encabezando las manifestaciones contra la dictadura: la legitimidad de la lucha contra los militares la atesorarían principalmente las organizaciones de Derechos Humanos y la iniciativa política la tomarían, a partir de 1982 (y con pinzas) los partidos, pero sí veremos en esos años a una Iglesia en diálogo con estos sectores prodemocráticos y alentando el final de la dictadura, aunque al mismo tiempo colocando un colchón para amortiguar su caída.

Bergoglio formó, por tanto, parte (y en una posición con altas responsabilidades) de esa Iglesia oscura de los años de la dictadura, en la que el nuncio papal solía jugar al tenis semanalmente con el almirante Massera. Pero, como vemos, incluso en los momentos más oscuros se pueden distinguir algunos grises.

Cronicas de la “España Lampedusiana”

Portada del libro "La transición en Cuadernos de Ruedo Ibérico

Portada del libro “La transición en Cuadernos de Ruedo Ibérico

Que la transición no fue lo que gran parte de la sociedad española había deseado, es algo que venimos oyendo con harta frecuencia en los últimos años. Una sociedad civil anestesiada, una clase política cada vez más alejada de las demandas de la calle, partidos y sindicatos convertidos en estructuras burocráticas de nula representatividad, o profundos desequilibrios territoriales, son rémoras heredadas de los largos “años de paz” del franquismo o del proceso político de transición, que no hemos sabido, podido o querido revertir.

En un momento en que la revisión del modelo de Estado que tenemos es un debate cotidiano, fue cuando menos oportuno que la editorial barcelonesa BlackList publicase en fechas no muy lejanas una selección de artículos de una de las revistas señeras de la oposición antifranquista, bajo el título de La transición en Cuadernos de ruedo ibérico. Resulta sorprendente ver como mucho de los vicios políticos que actualmente padecemos ya habían sido predichos por una serie de autores, agrupados en torno a esta editorial, desde mediados de la década de 1960, ante la indiferencia y (en no pocas ocasiones) desprecio de otros medios, tanto cercanos al régimen como de oposición.

Pero no adelantemos acontecimientos. La editorial Ruedo Ibérico nace en París en 1961, por impulso de, entre otros, José Martínez Guerricabeitia, Nicolás Sánchez Albornoz o Elena Romo. Nace bajo la creencia de que únicamente en el exilio es posible el ejercicio pleno de la libertad de expresión. Ya en 1963 la editorial cuenta con un gran número de artículos y ensayos breves, cuya publicación bajo la forma de monografía no se entendió como apropiada, por lo que Martínez Guerricabeitia, con el apoyo de los disidentes comunistas Fernando Claudín y Jorge Semprún, lanzan Cuadernos de ruedo ibérico en marzo de 1965. En la nueva revista tendrán un lugar especialmente relevante las obras de jóvenes estudiantes españoles que visitaban París por motivos académicos. La vida de la revista será azarosa, con múltiples problemas económicos. Se publicó en tres etapas: 1965-1973, 1974-1977 y 1978-1979, las dos primeras en París y la tercera y última en Barcelona. A sus dificultades no fue ajena su desconexión con el exilio republicano “oficial”, especialmente de un PSOE embarcado en disputas bizantinas, y su proximidad a la oposición interior, donde, por otro lado, no podía financiarse. Los libros y revistas de Ruedo Ibérico no serán legales en España hasta 1977. Ideológicamente próxima al marxismo durante gran parte de su trayectoria, en su etapa barcelonesa, aislada de los relatos oficiales y oficializados de la Transición, Cuadernos primará el enfoque anarquista, en un momento de grave crisis interna de la CNT.

Con prólogo y selección crítica del historiador Xavier Díez, La transición en Cuadernos de ruedo ibérico se articula en torno a cinco bloques, dedicados respectivamente a las características económicas de la España franquista, los elementos que pudieran condicionar el proceso de transición, los principales actores políticos del mismo, y los dos últimos a las continuidades entre el franquismo y el régimen democrático. Esta pervivencia del franquismo más allá de la muerte de Franco es el eje articulador de la obra, puesto que la idea fundamental, que nos presenta Díez en el prólogo, es la de “la España lampedusiana”. Es decir, una España en la que el cambio de sistema político no habría significado una renovación de los poderes fácticos, sino su permanencia, con la connivencia de una oposición “en rebajas” y de unos sindicatos “neocorporativos”. Un país en el que la promesa de Franco de que todo quedaba “atado y bien atado” no es una demencia senil, sino una realidad constatable, con un Estado intacto y liderado por las mismas fuerzas de antaño.

Juan Carlos I

La denuncia de esta continuidad se pondrá de manifiesto, especialmente con el rechazo a las sucesivas leyes de amnistía promulgadas por el gobierno de Adolfo Suárez entre julio de 1976 y octubre de 1977. La tesis de Cuadernos será, en líneas generales, que no es asumible ninguna amnistía otorgada por las élites políticas procedentes del franquismo precisamente a quienes habían sufrido la dura represión de la guerra y la posguerra. Así, la Ley de Amnistía de 1977 sería equivalente a una ley de “olvido” y de “punto final”, a semejanza de las promulgadas en Argentina y Uruguay en los años 1980, y actualmente derogadas. Esta posición distanciará definitivamente Cuadernos de otros medios de oposición, más moderados, como El País o Triunfo, que saludaron el perdón de los delitos de intencionalidad política. Esta posición, liderada especialmente por Joan Martínez Alier, alejó a la revista de muchos de sus colaboradores durante sus primeros años de andadura en París, como Pasqual Maragall, Juan Goytisolo o Joaquín Leguina.

La tercera gran aportación de la obra, o mejor dicho, de los Cuadernos, es una visión profundamente renovada del capitalismo español. Martínez Alier, con formación en ciencias agrónomas, analiza el latifundio cordobés, del cual extrae interesantes conclusiones. Alier considera en iguales términos el latifundio “rentista” y el latifundio “empresarial”, entendiendo que la diferencia entre ellos en el arrendamiento a terceros o la explotación directa respectivamente. Sostiene que la historiografía española, incluso en la de tradición marxista, con autores como Ramón Tamames o Manuel Tuñón de Lara, está arraigada una concepción de la contemporaneidad como la lucha entre el liberalismo y el Antiguo Régimen, cuyo exponente sería la nobleza terrateniente, y que habría triunfado en la Guerra Civil. Por ello, a la altura de los años 1970, España aún tendría como asignatura pendiente una revolución liberal, a semejanza de las revoluciones atlánticas. Sin embargo, para Alier, no existiría apenas fuerzas antiguorregimentales en España desde los procesos desamortizadores de mediados del siglo XIX. La mayor parte del latifundio sería empresarial, apenas existiría nobleza rentista. El discurso histórico que incide en la necesidad de una revolución liberal escondería, para este autor, otros presupuestos ideológicos: el arrendamiento de tierras podría mostrar, mediante la explotación autogestionaria de la tierra, la irrelevancia del propietario como factor económico. Sería una burguesía empresarial, capitalista y moderna, no una rancia nobleza, la que vire políticamente hacia soluciones políticas autoritarias desde la década de 1920: para Martínez Alier el liberalismo no habría fracasado frente al Antiguo Régimen, sino que habría propiciado el franquismo.

Se trata, en definitiva, de una obra difícil de leer, a veces árida, profundamente impregnada del lenguaje estructuralista propio de la sociología de las décadas de 1960 y 1970. No se trata, por otro lado, de una obra apta para todas las sensibilidades. Su ataque a partidos de izquierda y sindicatos es duro y tajante, a lo que se une un enfoque marcadamente catalanista. Para un lector no catalán le resultarán quizá complicadas de asimilar afirmaciones como que los actuales medios de comunicación catalanes son “eficientes y responsables”, frente a la desinformación y el control de los medios “de Madrid”, cuando es bien sabido que la única diferencia entre ambos es que responden a intereses contrapuestos. O la consideración recogida en el prólogo de que la Ley de Memoria Histórica es absolutamente justa, y alejada de prejuicios ideológicos. Sin embargo, como obra comprometida que es, pero no dogmática, no aspira en absoluto a la unanimidad, ni rehúye el debate. Se trata de una lectura (no me atrevería a calificarla de “imprescindible”), útil y recomendable. Especialmente en los tiempos que corren. Aunque tan sólo sea para que no podamos decir que no estábamos advertidos.

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Adolfo Suarez en 1995 recibiendo el I premio Alfonso X en Toledo.

VVAA: La transición en Cuadernos de Ruedo ibérico. Edición crítica de Xavier Díez. Barcelona, Ed. BlackList, 2011. 458 páginas.

www.ruedoiberico.org

Hugo Chávez I: La formación del Mesías

Hugo Rafael Chávez Frías nace Sabaneta, un pequeño pueblo del estado llanero de Barinas, durante la etapa de gobierno de Marcos Pérez Jiménez. Hijo de una familia humilde de maestros, aunque criado por su abuela (“la Mama Rosa” a la cual ha hecho referencia en más de una ocasión) es su amor por el béisbol el que le hace ingresar en la Academia Militar de Venezuela, donde el nivel de los entrenadores era excelso.

Primera toma de posesión de Chavez. Archivo fotográfico de la cadena Capriles

Primera toma de posesión de Chavez. Archivo fotográfico de la cadena Capriles

Se consideraba un patriota y, por lo tanto, el nacionalismo fue uno de los pilares de sus discursos políticos. Dominaba algunos de los textos de Simón Bolívar a la perfección (Discurso de Angostura, Carta de Jamaica,…) y fue en la Academia Militar donde comenzó su camino hacia la Presidencia de Venezuela, fundando con otros jóvenes capitanes del ejército el Movimiento Revolucionario Bolivariano; que buscaba rescatar los valores patrióticos, dignificar la carrera militar y luchar contra la corrupción, aunque con el paso del tiempo y el peso de la difícil realidad política, social y económica del país, hicieron que este movimiento saliera de las puertas de la Academia Militar y adquiriera nuevos objetivos de carácter general. Profundamente cristiano y cercano a las Teologías de la Liberación (se duda que conscientemente), se posicionó muy rápidamente a la izquierda de los partidos ya existentes, remarcando esa posición tras posgraduarse en Ciencias Políticas.

Quizás el primer gran paso de la persona, el militar, al ídolo de masas tiene fecha y lugar de ubicación: el 4 de febrero en Caracas. La economía del país había colapsado durante los ochenta y la llegada de nuevo al poder del adeco Carlos Andrés Pérez, trajo consigo medidas de ajuste de marcado signo neoliberal en un proceso que se conoció como “El gran viraje” y que sólo empeoró las condiciones de vida de la población. La sacudida que supuso el Caracazo de 1989 y el malestar que éste dejó en las instancias medias y bajas de las Fuerzas Armadas, que no deseaban actuar contra su población, generaron que el alejamiento entre éstos y el ejecutivo fuera total. Todo ese descontento se materializó en 1991 cuando varios militares encabezados por Chávez desarrollaron el llamado Plan Ezequiel Zamora.

Rueda de prensa de Hugo Chávez tras la intentona golpista fallida de 1992

Éste Plan buscaba tomar el poder en las principales ciudades venezolanas el 4 de febrero de 1992. Algunas ciudades cayeron bajo el mando de los insurgentes como la zuliana Maracaibo, segunda ciudad del país, pero Chávez no pudo tomar el Palacio de Miraflores, residencia del Presidente. Hugo Chávez decide entregarse a las fuerzas del gobierno y por la televisión, muy al estilo de Fidel Castro tras el asalto al Cuartel Moncada dirige un mensaje mítico a sus compañeros de armas y al pueblo de Venezuela: “Primero que nada, quiero dar buenos días a todo el pueblo de Venezuela… Compañeros, lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital. Es decir, nosotros acá en Caracas no logramos controlar el poder. Ustedes los hicieron muy bien por allá, pero ya es tiempo de evitar más derramamiento de sangre…” Nacía con estas palabras el gran mito político de la Venezuela contemporánea.

El golpe de estado de 1992 era la crónica de una muerte anunciada, durante todo el año se oían “ruidos de sables” dentro de una estructura militar que se encontraba muy a disgusto, de hecho en noviembre de ese mismo año hubo otra intentona fallida para deponer al presidente Pérez, Chávez sólo fue la cabeza visible y el líder carismático de una rebelión que contaba con un apoyo importante dentro de la estructura del ejército y fuera del mismo.

Condenado a prisión por rebelión militar y encarcelado durante dos años en una prisión en el Estado Miranda, Chávez nunca cesó en su actividad política, pidiendo la abstención para las elecciones de 1993, convocadas debido a la destitución de Carlos Andrés Pérez del cargo tras ser acusado de corrupción y finalmente condenado. La victoria de Rafael Caldera en esas elecciones y los intentos de éste de ganarse a la izquierda para tener una mayor estabilidad gubernativa, hicieron que sobreseyera el caso de los militares golpistas y tanto Chávez, el cual había visto su popularidad aumentar de manera exponencial, como sus compañeros salían de prisión, comenzando así la carrera por llegar a Miraflores.

Tras ser liberado, comenzó una “campaña electoral blanda” de varios años hasta las elecciones de 1998 a las que se postuló como candidato de la coalición Polo Patriótico, que aglutinaba a casi todos los partidos de la izquierda venezolana desde el Partido Comunista de Venezuela hasta el Movimiento al Socialismo y encabezado por el partido que él mismo había fundado: el Movimiento V República.

Es cierto que reunió a gran parte de la izquierda venezolana tras su figura, pero no es menos cierto que el discurso radical de Chávez y la posterior metodología de gobierno hicieron que las fisuras en la coalición no tardaran mucho en aparecer, nombres importantes como el de Teodoro Pettkoff no tardaron en salirse de la coalición por no compartir el apoyo de sus partidos a un Chávez que era observado como demasiado radical.

Chávez siempre manejó un discurso popular y populista, a la vez que revolucionario, ya que su principal proyecto de gobierno era una refundación de la propia República de Venezuela, cambiando la estructura del poder y la articulación de los mismos, así como añadiendo una nueva constitución e, incluso, una nueva nomenclatura para el estado. Las referencias a Bolívar y el nacionalismo exacerbado fueron algunos de los pilares de la campaña presidencial y los que vieron en el de Sabaneta un intruso con posibilidades reales de ocupar un poder que no le pertenecía no tardaron en aparecer y los grandes medios de comunicación venezolanos no tardaron en hacer campaña implícita por el candidato de los dos partidos tradicionales venezolanos (Acción Democrática y COPEI) que se habían presentado bajo el nombre de Primero Venezuela: Herique Salas Römer, pero el desgaste que habían sufrido los mismos y la popularidad de Chávez hicieron posible una derrota chavista.

chavez 1998

Chávez con la banda presidencial tras ganar las primeras elecciones presidenciales en 1998

La elecciones presidenciales del 6 de diciembre de 1998 marcaron un antes y un después en la historia de Venezuela, en ellas, Hugo Rafael Chávez Frías se convertía en el cuadragésimo séptimo presidente de la República de Venezuela, siendo elegido con más del 56% de los votos. Comenzando así un proceso de refundación en el país, así como una de las épocas más controvertidas de la historia del país caribeño.

La realidad es que el chavismo fue tanto una sacudida como una anomalía dentro de la dinámica de los modelos democráticos. Imposible de entender en otro lugar que no fuera la América Latina de los 90-2000, se tuvieron que dar una serie de condiciones muy específicas para que ello fuera posible: altos índices de pobreza, una economía dependiente, agotamiento de un sistema político basado en el bipartidismo y la corrupción y basado en la exaltación de figuras individuales llegando en algunos casos como en el del propio Chávez a los límites del “culto al líder”, una fractura social importante que generaba la existencia de facto de ciudadanos de primera y de segunda, etc. Y todo rebozado por el carisma descomunal de un hombre que supo supo tocar la fibra política de esa gran mayoría de ciudadanos de segunda así como atraer en sus primeras elecciones a un componente importante de una clase media cansada de una corrupción política de la que era partícipe en buena parte.

Foto de un grupo de militares venelozanos entre los que vemos a Hugo Chavez. Fecha desconocida para nosotros.

Foto de un grupo de militares venelozanos entre los que vemos a Hugo Chavez. Fecha desconocida para nosotros.

Este post es sólo el pequeño análisis de como un humilde militar de un pequeño pueblo del lejano Barinas se convierte primero, en la esperanza de que puede existir una realidad mejor para millones de personas y como a partir de ahí comienza el camino hacia el más alto cargo institucional de Venezuela. Estas líneas no buscan emitir una opinión sobre si esas esperanzas fueron luego correspondidas o no, y en que medida. Es cierto que bien se podría realizar otro análisis de como fueron los años de gobierno de un Chávez que no dejó indiferente a nadie o, incluso hubiera resultado más sencillo emitir una opinión sobre los años de gobierno del mandatario venezolano, pero el estilo de este autor no va por esos caminos, mi trabajo como historiador, mejor dicho, como científico social es el de analizar procesos con el mayor grado de rigurosidad posibles, para emitir opiniones y juicios de valor más o menos fundamentados, cerrad este post y poned cualquier psuedoprograma de debate en vuestra televisión.

Una de tópicos sobre nacionalismos…

Antes de comenzar con el post me gustaría dar las gracias a la gente que dirige Aquí fue Troya por dejarme participar en este bello proyecto de divulgación histórica en Internet. Como historiador considero que por muy poco que sea lo que yo haya podido aprender durante la carrera y mis investigaciones, ese trabajo y conocimiento debe revertir en la sociedad aunque sea de una pequeña manera.

Muchas veces, cuando en España se habla de nacionalismos, se hace de una manera excesivamente simplista, utilizando aquella manida frase que afirma que “el nacionalismo catalán es cívico y el vasco étnico” (añadimos también que el gallego es romántico y los demás absurdos, obviando muchas veces la existencia del nacionalismo por antonomasia dentro del país: el español), pero en realidad nos preguntamos si ello se corresponde con la realidad de estas dos tendencias políticas.

Antes de continuar habría que definir qué entendemos como nacionalismo cívico (también llamado político) y nacionalismo étnico. El nacionalismo cívico es aquel que construye la nación a través de un pacto implícito entre sus individuos, sin necesidad alguna de características previas. Podríamos decir que dicho contrato se basa en la unión de individuo, territorio y voluntad. El nacionalismo étnico, en cambio, es aquel que excluye en el amplio sentido de la palabra, debido a que dentro del mismo sólo pueden adscribirse individuos que poseen una serie de características culturales o étnicas comunes (lazos de sangre, religión, lengua, raza…) obviando el pacto anteriormente mencionado. Entonces, ¿es cierta la forma de definir a los dos nacionalismos periféricos?

Enric Prat de la Riba: “La lengua catalana es nuestra patria, indestructible, vigorosa. Es el pasado y el futuro de los Países Catalanes [...] No han entendido aún que no se puede destruir, anihilar una patria”

La respuesta a ésta pregunta es un rotundo NO. Nombres tan importantes para la historia del nacionalismo catalán como Enric Prat de la Riba (amante del romanticismo alemán) igualaron los términos de lengua y nación. En cambio, en Euskadi dicha diferencia en los últimos años no ha sido utilizada, además de que la construcción nacional de los partidos políticos vasquistas, dónde podemos incluso meter sin miedo a errar a la coalición Partido Socialista de Euskadi-Euskadiko Ezkerra, han desarrollado un discurso nacionalista integrador, no sabemos si por la modernización de las estructuras de pensamiento en los mismos o, simplemente por un afán de protagonismo político debido a que Euskadi se convirtió en las últimas décadas del siglo XX en un territorio receptor de emigración extranjera y estatal, generando esto una realidad y unas sensibilidades diferentes.

La cuestión es por qué se tiende a realizar esta distinción entre uno y otro. El primer motivo es que la historiografía catalana y española siempre han resaltado al sector mayoritario de los movimientos nacionalistas que son claramente cívicos al igual que colaboracionistas con el gobierno central (es la lectura del “hombre, después de décadas aguantándonos, ¿te vas a ir ahora?, pero si estamos en lo mejor de la fiesta”) en un relato en el que las similitudes son mayores que las diferencias.

El caso vasco es diferente debido a que hace demasiado hincapié en la figura de Arana. La idea que demasiada gente tiene de la génesis del nacionalismo vasco es que al amigo Sabino un día le dio por subir al Monte Aitxurri y Dios le entregó las tablas de la Ley cual Moisés euskaldún (muy al estilo del algún sketch de Vaya Semanita) y éste que era algo racista (en el sentido romántico de la palabra) creó la identidad de los vascos sobre valores étnicos.

¿Cuál es el problema de esta lectura? El exceso de simpleza de la misma, ya que partimos obviando que la construcción del ideario nacionalista vasco comienza antes del aranismo y la edificación del mismo le sobrepasa en el tiempo, llegando incluso hasta nuestros días. Esto es algo que a una parte importante de la historiografía le cuesta ver: algunos autores no dudan un ápice en considerar el catalanismo proveniente del federalismo como parte de la historia del nacionalismo catalán, mientras que existen componentes muy similares en el tardocarlismo de la zona vasca que no se ligan con el discurso nacionalista, lo que antes mencionábamos acerca del carácter mesiánico de Arana.

Artículo 7 del Estatuto de Autonomía de Euskadi:
1.- A los efectos del presente Estatuto tendrán la condición política de vascos quienes tengan la vecindad administrativa, de acuerdo con las Leyes generales del Estado, en cualquiera de los municipios integrados en el territorio de la Comunidad Autónoma.
2.- Los residentes en el extranjero, así como sus descendientes, si así lo solicitaren, gozarán de idénticos derechos políticos que los residentes en el País Vasco, si hubieran tenido su última vecindad administrativa en Euskadi, siempre que conserven la nacionalidad española.

El segundo de los motivos por los que esta distinción se produce es más cercano en el tiempo y son las expresiones de grandes nombres de ambos “movimientos”. Esto puede resultar más difuso, pero no es lo mismo decir que “Es catalán quien vive y trabaja en Cataluña y quiere serlo”, como mencionaba Pujol, que la continua obsesión de Xabier Arzalluz con la sangre cual Conde Drácula: léase “En Europa, étnicamente hablando, si hay una nación, ésa es Euskal Herria” o “No estoy diciendo que los vascos tengan derecho a quién sabe qué supremacía. La cuestión de la sangre con el RH negativo confirma sólo que este pueblo antiguo tiene raíces propias, identificables desde la prehistoria como sostienen investigaciones de célebres genetistas”. Puede parecer una simplificación asimilar todo un movimiento a las opiniones de pocas personas, es cierto, pero hay dos cosas irrefutables: la primera es que Arzalluz (al igual que Pujol) no pertenecía precisamente a un partido pequeño, sino al que más resonancia tiene en la sociedad vasca y uno de los más influyentes en el territorio estatal, teniendo una importancia notable en la generación de opinión pública. La segunda es que cuando eres presidente de un partido (lo fue durante 24 años de nada) una persona debe medir sus palabras.

En mi debut en este espacio de divulgación no he querido afrontar un tema excesivamente profundo, pero sí realizar una serie de pequeñas aclaraciones dentro de una temática siempre en boca de todos como es el caso del nacionalismo. Con estas líneas no quiero “acusar” al nacionalismo catalán de excluyente, ni “limpiar las conciencias” del vasco, sólo aportar un poco de luz a un tema que se aborda con demasiadas ideas preconcebidas según mi parecer.

A modo de conclusión sería oportuno preguntarnos dónde englobar a estos dos movimientos y la respuesta sería “en ninguna parte”. El primero de los motivos es la amplia heterogeneidad de los mismos: no hay un nacionalismo catalán o vasco siendo estrictos, pero si aún aceptáramos que son un eje monolítico (cosa harto difícil en la realidad) nos encontramos con que ambos poseen en su interior realidades y deseos que van haciendo que los discursos y las prioridades cambien y, sobre todo, que ambos han atravesado diversos procesos en los que los argumentos utilizados para legitimarse necesitaban de una reforma o un cambio. Lo cierto de todo esto es que ambos viven en un contexto determinado que les hace modificar y readaptar sus discursos.

 

Septiembre Chileno (1973)

Hoy, 11 de Septiembre, os dejo en el blog el documental Septiembre Chileno (1973). Dirigido por los franceses Bruno Muel y Thèo Robichet . Hoy se cumple la efeméride del asesinato de Salvador Allende a manos de los militares chilenos.

Septiembre chileno (1973) from Chile desde fuera on Vimeo.

Vals con Bashir – Análisis histórico de una película

Con este artículo, Iris Pascual nos propone un análisis desde el punto de vista histórico de la película de animación Vals con Bashir (Vals im Bashir), del director Ari Folman (Haifa, Israel, 1962); coproducida con la participación de Francia, Alemania, Suiza, EEUU, Finlandia, Australia, Bélgica, e Israel, estrenada en el año 2008.

Vals con Bashir – Análisis histórico de una película

Cartel de Vals con Bashir

Vals con Bashir es al mismo tiempo un profundo relato sobre el sinsentido de la guerra y un ejemplo sobresaliente de investigación histórica.

Esta película es un relato autobiográfico en la cual su protagonista, el propio director, indaga en su participación en la invasión israelí de Líbano (iniciada en junio de 1982) y especialmente en el papel desempeñado en la matanza de refugiados palestinos de los campos de Sabra y Shatila (16 y 17 de septiembre de 1982). Espoleado por las pesadillas de su camarada Boaz Rein, Folman se lanza a investigar su papel en la guerra, para lo cual contactará con antiguos compañeros de armas y especialistas. Con ellos (y a través de ellos) una imagen recurrente (el protagonista y otros dos jóvenes flotando en una playa en un paseo marítimo bombardeado) se convierte en un estudio no sólo de un acontecimiento histórico, sino del significado de todo un periodo y, más aún, del impacto de la guerra en diferentes colectivos.

El momento histórico de la película

La inestabilidad político-social en la que se encontraba inmerso Líbano desde su independencia de Francia (1943) estalla de forma definitiva en 1975. Este país de Oriente Próximo había sido incapaz de crear una estructura estatal integrada, más allá de las comunidades. Estas entidades, hasta el siglo XIX relativamente armonizadas, se configuran a partir de este momento como entidades cerradas, religiosamente homogéneas y lideradas por caudillos tradicionales. El reconocimiento durante el protectorado francés (1936) de 18 “comunidades históricas” imposibilitó la formación de partidos políticos nacionales y desarrolló una nacionalidad atrofiada, en la que el individuo se identifica en exclusiva con su comunidad, identificada a su vez con un credo religioso.

Cuando en abril de 1975 comienzan los disturbios en Beirut, Siria ocupó el país llamada por el parlamento libanés; paralelamente, en 1977 Israel ocupó una franja de terreno al sur del país. Este hecho fue fuertemente contestado por la población y el ejército libanés y, especialmente, por los palestinos asentados en el país (tras la Guerra de los Seis Días y la ocupación israelí de Cisjordania en 1967 la cúpula de la OLP y miles de civiles palestinos se refugiaron en Jordania; su posición inestable llevó a choques entre la OLP y el ejército jordano en 1970, por lo que este grupo humano fue reasentado en el sur de Líbano, creando una estructura paraestatal profundamente desestabilizante). La presencia palestina llevó a Israel a invadir Líbano en junio de 1982. El primer ministro israelí Menahem Begin justificó esta acción tanto en la defensa de su país como en la protección que Israel debía dispensar a la comunidad cristiana: el 23 de agosto Bashir Gemayel, líder del Partido Falangista y exponente de la comunidad cristiana, alcanza la presidencia del país. Sin embargo, el 14 de septiembre es asesinado. En un primer momento se culpó a Siria, sin embargo investigaciones más recientes apuntan a sectores del propio falangismo, descontentas con el acercamiento del presidente electo hacia las comunidades musulmanas. La respuesta del falangismo hacia este hecho, hacia la muerte de una estrella, un ídolo, un príncipe, alguien admirable (así define Carmi Cna´an, antiguo compañero de Folman cómo los falangistas percibían a su líder) será las matanza de civiles palestinos en los campos de refugiados de Sabra y Shatila.

La Guerra Civil libanesa supone la combinación de multitudes influencias, tanto a nivel nacional como externo, en permanente interrelación. Sin embargo, teniendo en cuenta que el hecho fundamental de la película este asesinato masivo, el aspecto fundamental a tener en cuenta de este conflicto es, siguiendo al economista y politólogo libanés Georges Corm, la guerra miliciana. Sería una guerra en la que no hay objetivos militares, sino que se fundamentará en la masacre indiscriminada de población civil. Para Corm no es una guerra que persiga el control de los resortes estatales, sino la desintegración de los mismos en unidades religiosas homogéneas. La violencia solía ejercerse en las áreas periféricas de las comunidades y buscaba impedir la interrelación entre de las mismas para que sus miembros se aglutinen en torno a las milicias adscritas a cada comunidad. Sabra y Shatila no son ni mucho menos un episodio aislado, sino una expresión paradigmática de un proceso iniciado anteriormente: en el llamado Sábado Sangriento (6 de diciembre de 1975) doscientos musulmanes fueron asesinados por falangistas. En la región de Quarantaine los cristianos perpetraron una nueva matanza en enero de 1976 y en la región de Damour unos cinco mil cristianos fueron asesinados por la OLP. Y en la región de Chouf cristianos y drusos practicaron una auténtica limpieza étnica en los años 1982 y 1983. La Guerra Civil en Líbano no finalizará hasta los Acuerdos de Taif (22 de octubre de 1989).

La visión de Ari Folman

La conclusión fundamental a la que llega Ari Folman en esta cinta es que la masacre de Sabra y Shatila fue perpetrada por las milicias falangistas libanesas, respaldadas en lo material y lo logístico por el ejército israelí. La película recoge testimonios (del periodista Ron Ben-Yishai y el militar Dror Harazi) que permiten pensar que las élites políticas israelíes estaban al corriente de los hechos. En varias escenas aparece el primer ministro Menahem Begin y el ministro de defensa Ariel Sharon en televisión o manteniendo conversaciones telefónicas, lo que les sitúa como unos “cerebros grises” que manejan los hilos de los acontecimientos, en los que personajes colectivos (tanto israelíes como palestinos) serían unas víctimas más o menos equivalentes. Esta perspectiva, junto con la visión maniquea de las milicias cristianas, enfocadas esencialmente en su fanatismo y crueldad, no sólo es la constatación de una investigación, sino una necesidad metafísica del director. Perteneciente a una familia afectada por el Holocausto, afirma sentirse aterrado al considerarse posible ejecutor de un genocidio. Aun cuando históricamente sea cierta la perspectiva sobre la matanza que Folman ofrece, no podemos olvidar que su perspectiva incide en otro aspecto: en presentarse a sí mismo y a su círculo (Carmi Cna´an, Boaz Rein, etc.) como exponente de otro protagonista colectivo: toda una generación de jóvenes israelíes criados en la abundancia y no sometidos a sacrificios, participantes de la cultura de su generación, y que de repente son lanzados hacia una guerra de proporciones que claramente les superan. Esta superación se manifestará en pesadillas y alucinaciones y entronca esta película directamente con el alegato antimilitar de Erich María Remarque, en el sentido de presentar una generación amargada y truncada por la guerra, aunque aparentemente ilesa.

Alcanzamos así la segunda conclusión fundamental de la película, que va más allá de la pura exégesis de un acontecimiento o un proceso: la guerra como absurdo. La importancia dada al subconsciente incide en presentar la guerra como un acontecimiento antihumano y demencial, con un gran potencial desequilibrante. El vehículo para transmitir este enfoque es la imagen. Los dibujos animados permiten una reconstrucción a la vez irreal y tremendamente realista no sólo de los acontecimientos, sino especialmente de las percepciones, las alucinaciones, los recuerdos y las pesadillas. Será el medio más adecuado para expresar los profundos temores, esperanzas, etc de toda una generación marcada por la guerra. Elementos como la pesadilla con los perros de Boaz Rein, la alucinación en la barca de Carmi Cna´an o la imagen recurrente del propio director serían inimaginables en el caso de haberse rodado, y si así hubiera sido, su capacidad expresiva hubiera sido indudablemente menor. Otro recurso al servicio de esta tesis y en relación con la imagen es la elaboración de las propias animaciones. Los primeros planos y las figuras más cercanas presentan un trazo en cierto modo rápido y descuidado, simplificador (aunque en absoluto naïf). Mientras que los fondos, los escenarios, son mucho más concretos, y en ocasiones casi indistinguibles de una imagen tomada en un exterior, real, con un juego de luces hiperrealista. Esta disparidad podría deberse a una necesidad de acentuar lo que la guerra supuso para estos individuos: la disolución de la personalidad, la pérdida de los límites del yo, la implicación en la masa, y el desasosiego y los conflictos interiores que esto provocará. Esta imagen, en combinación con una música envolvente, crea una atmósfera asfixiante que nos retrotrae al delirio bélico de Apocalypse Now.

Las conclusiones a las que llega Folman son producto de una particular percepción de la investigación del pasado. Acuciado por un recuerdo que no puede explicar, se lanza a investigar acerca de su experiencia en Líbano, y para ello interrogará a amigos, antiguos camaradas e investigadores, periodistas, etc. A medida que avanza en la investigación de su propio yo ésta se entremezcla con la explicación de Sabra y Shatila. Es decir, un interés meramente particular da lugar a una investigación histórica. Es especialmente reseñable como su amigo Ori Sivan anima al protagonista a la búsqueda de datos. En un momento dado, el director se halla en un punto muerto: nadie que conozca puede ayudarle a reconstruir su participación en la masacre de los campos de refugiados palestinos. Será su amigo director quien le estimule a la búsqueda de datos concretos, detalles y más detalles, como dirá, que permitirán reconstruir un hecho concreto pero con vocación de exégesis general. Este planteamiento denota un enfoque de la investigación histórica sumamente particular e interesante. Vals con Bashir tendría aspectos de “reconstitución histórica”, ya que se esforzará por reconstruir fielmente y explicar un acontecimiento histórico y, sin embargo, empleará una estética absolutamente irreal y alucinante para lograrlo.

Conclusiones finales

Vals con Bashir no sólo es el análisis de un acontecimiento histórico (bastante esclarecido y asumido por Israel desde su ejecución) sino especialmente un relato colectivo del sinsentido de la guerra y de su impacto en toda una sociedad, más aún, en una sociedad que, como la israelí, se identifica profundamente con los patrones mentales occidentales y que suele percibirse desde fuera como un conjunto hermético, arrogante y con un aura de invencibilidad ajeno al sufrimiento.

Como nota final sólo decir que esta película ha abierto una nueva tendencia en el cine israelí, en el sentido de profundizar en la crítica de la acción exterior de su país y de la gestión de sus gobernantes. Líbano (Samuel Maoz, 2009), ganadora de la Palma de Oro de la Mostra de Venecia ha seguido esta senda. Esta vía ha sido practicable quizá por la concatenación de dos factores: la reanudación de la tensión militar entre Israel y Líbano (con momentos de extrema tensión en julio-agosto de 2006 y agosto de 2010) y la desaparición de la vida pública de Ariel Sharon, en estado vegetativo tras un infarto cerebral en enero de 2006.

Una, grande, libre… ¿e imperial?

A pesar de que estemos en pleno 2011 todavía hay aspectos de la política franquista que permanecen ocultos al gran público, esperando quizá una obra definitiva que los saque a la luz. Este artículo no será esa obra, por supuesto, pero tiene como objetivo primordial esbozar unas pinceladas de algo que muchos ignoran: las fallidas aventuras coloniales del franquismo. Para ello nos remontaremos a octubre de 1940.

Actas del encuentro de Franco y Hitler

Actas del encuentro de Franco y Hitler

En esa fecha, Hitler acude a Hendaya y negocia con Franco los términos y condiciones para que España entre como aliada en la II Guerra Mundial. Mientras el Führer sólo pedía las Canarias, una base naval y quizás la isla de Fernando Póo, Franco se descolgó exigiendo -según reza la tradición- Gibraltar, Marruecos, Guinea y gran parte del imperio colonial de una Francia en descomposición. Sin embargo, las actas del encuentro no recogieron una conversación que sí detalló en sus memorias Joachim von Ribbentrop, ministro de exteriores alemán:

“El Caudillo llevó aparte al Führer y le rogó que entretuviera a Pétain, convocándole con cualquier motivo, para así poder colmar una de las aspiraciones de Franco: invadir Andorra”.
(von Ribbentrop, J., “Zwischen London und Moskau“, 1953, p. 78).

Pétain había sido en 1939 embajador en España y, obviamente, conocía las cloacas del incipiente nacionalcatolicismo. Franco se amparaba en el apoyo de la Iglesia para reclamar para sí la posesión de Andorra, un principado cuyos jefes de Estado todavía hoy son el Presidente de la República Francesa y el obispo de La Seu d’Urgell. Para Franco resultaría muy sencillo que el obispo suplente de Urgell, Ricard Fornesa, cediese su mando sobre el pequeño país; contaba, asimismo, con la ayuda del también catalán Enrique Plá y Deniel, obispo salmantino, futuro arzobispo primado de España y amigo íntimo de los dos, quien mediaría para que el plan llegase a buen puerto.

Franco y Mussolini, en Bordighera

Franco y Mussolini, en Bordighera

Meses más tarde, en febrero de 1941, Franco se reunió con Mussolini en Bordighera. Il Duce trató de convencer a Franco para que participara en la guerra, pero el español se negó mientras no se le cediesen trigo, combustible, los territorios antes mencionados… ¿y algo más? No lo expuso abiertamente en sus Diarios, pero el conde Ciano, ministro de exteriores italiano, dejó al respecto unas curiosas notas:

En vez de solicitar la entrega de Juan de Borbón, quien desde Roma (bajo una eventual amenaza de Mussolini) se oponía al régimen y deseaba reinar en España, Franco insinuó durante la comida, tal vez de manera lacónica, que él era depositario de los derechos dinásticos de la monarquía hispana en tanto en cuanto Jefe de Estado. Días después, Il Duce me confesó sus temores: Franco podría presionar a Hitler y añadir el Milanesado y Cerdeña a sus pretensiones.
(Ciano, G. G., “Diario“, 1946, p. 371).

No obstante, los servicios secretos de Alemania e Italia abortaron la entrada en la II Guerra Mundial de España, que adoptó desde entonces el famoso término “no beligerancia”: esto es, Franco aguardaba el desarrollo de los acontecimientos con un apoyo nominal al Eje, aunque no dudaría en beneficiarse de una probable salida italogermana del norte de África. El devenir de la contienda, la victoria aliada y el ostracismo español, sin embargo, obligaron a Franco a posponer sus planes durante décadas.

Fueron ésas unas décadas (cuarenta, cincuenta y sesenta) en las que Franco encerró a España en sí misma, como un niño enfurruñado. Él era España y España era él. Milanesado y Cerdeña al margen, la herida abierta, sangrante, supurante, era la andorrana: Franco no entendía, por ejemplo, cómo Andorra prefería tener como copríncipe a un socialista como Léon Blum, ni cómo este socialista podía aceptar -si tan socialista se decía- semejante rango, de no ser por las ventajas para Francia de contar bajo su manto con un doble paraíso fiscal, Mónaco y Andorra, para evadir capitales. Asimismo, la idea de forzar al obispado de La Seu d’Urgell no gozaba del beneplácito del Vaticano y Franco renunció a contrariar a uno de sus pocos aliados internacionales: él, como otros tantos españoles, debería conformarse con la Andorra de Teruel y, como mucho, ahorrarse el IVA comprando radios en el país pirenaico.

Aún así, el sueño de Franco no se había extinguido. Los libros de texto de la época atestiguan el empecinamiento nacionalcatólico en recordar las glorias imperiales. Obligó a bautizar como “camiseta imperio” a dicha prenda, popularizada gracias al servicio militar obligatorio. Más aún, en alguna conversación informal alardeaba de que sólo necesitaba añadirle otra cabeza a su emblema del águila de San Juan, el hoy llamado “pollo”, para así convertirlo en el águila imperial de la Casa de Austria.

Fue en los años setenta cuando, habiendo garantizado (a trompicones y sui generis) el desarrollo económico español, Franco retomó su plan, en esta ocasión con más ambición todavía que treinta años atrás. Las circunstancias históricas así lo propiciaban, en realidad. El dictador había tutelado la formación del príncipe Juan Carlos, a quien incluso animó a casarse con Sofía de Grecia. La boda se celebró en 1962 y fue ampliamente recompensada por Franco cediéndole a Juan Carlos la sucesión en la jefatura estatal.

Boda de Juan Carlos y Sofía

Boda de Juan Carlos y Sofía

La decisión no era un gesto desprendido, sino un paso necesario para más altas miras. Franco estaba al tanto, gracias a subterfugios diplomáticos, de la inestabilidad de la monarquía helena, sujeta a la denominada Dictadura de los Coroneles desde 1967. De hecho, en la Fundación Francisco Franco se custodia un documento de Fernando María Castiella, ministro de exteriores por entonces, muy esclarecedor de las intenciones franquistas:

El Caudillo nunca desayuna, almuerza o cena sin saber antes qué es de Grecia, cuál es las (sic) situación de Constantino II y la disposición de la Armada griega. Como un moderno Alejandro Magno, sabe que es imposible controlar Grecia sin garantizar el dominio del Egeo.
(Archivo FNFF, sección Exteriores, leg. 118, doc. 14).

La estrategia de Franco era obvia. En caso de debilidad de la corona griega podría presentar a Juan Carlos y Sofía como los perfectos candidatos para reemplazar al impopular Constantino II. Todo había sido calculado por Franco: Sofía aportaba la legitimidad dinástica, pese a que sería reacia a suplir a su hermano, mientras que Juan Carlos ostentaba los títulos nobiliarios de los ducados de Atenas y Neopatria, región donde nuestro actual rey disponía de gran apoyo social. Sin embargo, el exilio de Constantino II y el derrumbe de la dictadura militar no fueron aprovechados por Franco, quien -como tanto ha repetido Pío Moa- “pecó de gallego y cauteloso. Pero sobre todo de gallego” (Moa, P., De un tiempo y de un país, 2002, p. 207).

Quedaba, no obstante, un último objetivo franquista: Portugal. Cierto es que Franco y Salazar siempre habían hecho buenas migas, pero la asunción del poder en el Estado Novo por Marcelo Caetano y, sobre todo, la muerte de Salazar rompieron esa bonita amistad. Asimismo, la Revolución de los Claveles (1974) asustó al gobierno franquista, temeroso de un contagio allende las fronteras, pero también reavivó viejas llamas.

Por un lado, Franco envidiaba que un país como Portugal, pequeño y arrinconado, conservara aún colonias en África y Asia, huellas de su esplendor pretérito. Por otro lado, Arias Navarro, recién llegado a la presidencia nacional, buscaba un gesto firme que le asentara y despejara su fama de blandito en comparación con el asesinado Carrero Blanco. No hacía falta mucha más excusa que esta conjunción astral de hambre y ganas de comer, aunque en caso de conflicto internacional la dictadura franquista planteó esgrimir otro título del príncipe Juan Carlos: a él le correspondía, por legítimo derecho, el reino del Algarve, que aún hoy le pertenece.

Así pues, España invadiría Portugal, la conquistaría con facilidad (sin plan alguno, eso sí, para la cuestión de un Juan de Borbón afincado en Estoril) y cumpliría el nunca extinto proyecto de una Unión Ibérica que campeara, imperial y colonial, de nuevo por el mundo. Un reflejo de aquella España -y Portugal- de Felipe II, donde nunca se ponía el sol. No se preveía demasiada resistencia lusa, pero para evitar disgustos, Arias Navarro le comunicó a Kissinger las intenciones de ir a la guerra contra Portugal. Los miembros del Departamento de Estado yanqui se llevaron las manos a la cabeza (¿más tensiones aún en la Europa de la Guerra Fría?) y sutilmente fueron retrasando el visto bueno a las operaciones.

Tanto lo retrasaron que Franco murió, en su cama, sin concretar ninguna de sus ilusiones imperiales. Ni siquiera reconquistando Gibraltar… y hasta perdiendo el Sáhara Occidental.

Kim Jong-Il, el hombre bajo el cardado

ADVERTENCIA PREVIA: Lo que vais a leer a continuación es una ida de olla y también la adaptación de un artículo que escribí hace mucho tiempo para otro blog, el malogrado proyecto Gran Dictador (que nadie lo busque, por favor), en el que también participaba otro de los miembros de Aquí fue Troya, Fer Díaz. Con la reciente muerte de Kim Jong-Il, se me ha ocurrido reciclarlo como si de un monólogo se tratara.

Hola-muy-buenas, me llamo Kim Jong-Il y soy un chicarrón del norte… de Corea del Norte, concretamente. Es una tierra sencilla y acogedora donde todo el mundo se conoce. A mí de hecho me conocen por ser el Secretario General del Partido de los Trabajadores que, casualmente, es el único que tenemos. Y fíjense ustedes qué cosas, porque también soy el Presidente de la Comisión de Defensa Nacional y el Comandante Supremo del Ejército… vamos, el que corta el bacalao. Tampoco es para tanto, no es que quiera darme importancia, ni dármelas de “líder supremo”, ni nada de eso… ah, que lo de “Líder Supremo” ya está incluido en la Constitución. Pues ya ven, ni me acordaba. Creo que ese día me pasé con la langosta y se me subió el ácido úrico, pero oigan, me gusta como suena.

Kim Jong-Il

Kim Jong-Il, muy natural.

Les pongo una foto mía para que luego nadie diga que soy como esos tíos raros que ligan por Internet y no van con la verdad por delante. Yo creo que he quedado muy bien y muy natural, ¿no? Tuvo razón mi chiquillo cuando me dijo “ponte de cara a un ventilador, papa, que queda un efecto guapo, ¿que no?”.

Pero centrémonos, centrémonos sobre todo en mí. Si tuviera que definirme con unas pocas palabras, diría que soy una persona sencilla, tradicional y con una gran altura moral. El caos me aterra y los cambios me ponen nervioso… y cuando me pongo muy nervioso por algo, se vuelve todo rojo, pierdo la conciencia por unos minutos… y cuando despierto la gente me mira raro, no sé por qué. ¡Igual hablo en sueños!

También soy una persona muy casera. ¡Para qué salir de Corea si lo tengo todo aquí! De hecho, me siento muy unido a mi familia, especialmente a mi padre. Es cierto que era un hombre autoritario… ¡a veces hasta podría decirse que dictatorial!  Aunque nos tratara con mano dura, lo hacía por nuestro bien. Pero bueno, ¿no es eso lo que se supone que debe hacer un padre? Además, él me enseñó valores: la tradición, el orden, la disciplina… las típicas cosas que pasan de padres a hijos. También heredé de él otras cosas que no vienen al caso. ¡Cómo echo de menos a ese cabronazo!

Y es que mi padre era un gran tipo. La gente le adoraba, lo juro. Ésta es una foto de una fruslería que le regaló nuestro pueblo, eternamente agradecido por sus desvelos. Una cosa muy discreta y muy elegante, como debe ser:

Kim Il-Sung

Kim Il-Sung: "La mano arriba, cintura sola, da media vuelta...".

Tengo que reconocer que yo no he sido tan buen padre como él. El mayor, Kim Jong-Nam, me ha salido rana y el del medio, Kim Jong-Chul, es un poco… “rarito”. Menos mal que me queda el pequeño, Kim Jong-Un. No tiene cara de ser muy despierto, pero lo mandé a un colegio en Suiza y siempre me ha traído unas notas de escándalo, así que me parece que lo voy a dejar a cargo del negocio familiar país, que seguro que lo hace muy bien.

Kim Jong-Un

¡Qué guapo, mi chaval! ¡Se va a llevar a las mozas de calle!

Pero no todo en mi vida es trabajo y preocupaciones familiares, porque he llegado a un momento en el que también disfruto de las pequeñas cosas, como los viajes en tren (blindado), vacilar a los surcoreanos con un invierno nuclear o pasear por el campo al atardecer. Es un momento de comunión con el cosmos porque te sientes pequeño… ante la contemplación del mundo que te rodea. Cuando puedo, también escribo libros –llevo un par o mil quinientos, no estoy seguro, creo que le estoy pagando a alguien para que me lleve la cuenta de esas menudencias–, invento cosas, realizo hazañas extraordinarias sin despeinarme y, no es que quiera presumir, pero el golf se me da de muerte… hablando de eso, necesito un caddie nuevo, que el que tenía antes ha desaparecido misteriosamente después de aquel partidillo al que le reté y que casi ganó. Afortunadamente, sigo siendo imbatible.

También soy aficionado a los puzzles y a las miniaturas. Es que me encanta hacer cosas con las manos y crear pequeños mundos, jugar con mis soldaditos y mis trenes… ¡Adoro mis maquetas! Todas esas piezas y personajitos tan manejables… una vez un tipo del partido rompió sin querer uno de mis trenecitos… luego se volvió todo rojo y no he vuelto a ver a ese cretino. La verdad es que era un auténtico peñazo, siempre discutiendo mis decisiones: “Kim, que yo creo que deberíamos pensar en la apertura económica”, “Kim, retoma relaciones con Corea del Sur, que no son mala gente”, “Kim, que tu hijo el mayor es un bala perdida”, “Kim, que esta habitación estaría mejor en tonos salmón”, “Kim, no me gusta tu peinado, enano ridículo”… ¡Será posible! Si es que soy demasiado bueno, ya me lo decía mi madre…

Pero bueno, no me gustaría que los lectores se sintieran avasallados por mi grandeza, así que vamos a dejarlo por hoy. Ya si eso se pasan otro día, nos tomamos unos güisquises y seguimos hablando de cosas interesantes. O sea, de mí. Además, acaba de venir el ayuda de cámara para comentarme que ya tengo aparcado el tren a la puerta, que por lo visto me tengo que ir a echar un vistazo a unas cosillas y ya se me está haciendo tarde. Y no se crean que tengo yo muchas ganas, que ando con un regomello desde que me tomé la langosta del desayuno que no se puede aguantar. Sin embargo amigos, el deber es el deber y se ve que esta gente no puede vivir sin mí. Angelicos…