Archivo de la categoría: Historia de Roma

Un día en las carreras, III

No te pierdas tampoco la competición de los caballos famosos: el hipódromo con su amplio aforo ofrece muchas facilidades. No hay ninguna necesidad de dedos para con ellos hablar secretos, ni tendrás que recibir un mensaje con meneos de cabeza. Siéntate al lado de tu dueña, que nadie lo impide, junta enseguida tu costado a su costado por donde puedas. Y es estupendo que, aunque no quieras, la raya obligue a pegarse, que tengas que tocar a una moza por imperativos del sitio. Búscate aquí un motivo de amigable conversación y que empiecen por sonar cumplidos: arréglatelas para preguntar como aficionado de quién son los próximos caballos y sin tardanza anima a cualquiera que ella anime. Mas cuando pase el cortejo atestado de marfileños dioses, tú aplaude a Venus la Señora con animosa mano; y, como sucede, si por azar cae polvo en el regazo de la muchacha, habrá que sacudirlo con los dedos; y si no le cae polvo ninguno, ese ninguno tendrás que sacudirlo sin embargo: que a tu servicialidad cualquier razón le valga; si el manto demasiado suelto reposa en la tierra, recógelo y, atento, levántalo del sucio suelo. Al punto, recompensa de tu servicialidad, con el consentimiento de la muchacha, tropezarán con tu mirada piernas que has de ver. Fíjate además en quién viene a sentarse detrás de vosotros, no sea que le apriete sus delicadas espaldas dándole con la rodilla. Los pequeños detalles cautivan a los corazones fáciles: muchos sacaron provecho de disponer una almohadilla con hacendosa mano; les aprovechó también hacer aire con la delgada tablilla y poner bajo delicado pie huecos escabeles.
Ovidio, Arte de amar I, 134-161

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Sexualidad e incesto en la antigua Roma

Os escribo esto un poco con las prisas antes de irme de vacaciones de Semana Santa, porque he visto que lo comentábamos en Twitter y llama la atención. Ya os digo que no sé si es por las implicaciones morales, por lo que tiene de sorprendente para la mayoría o por la follambre que trae aparejada, pero el caso es que ha despertado interés.

Todo ha empezado con este tweet de Tom Holland:
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Un día en las carreras, II

(A lo mejor, qué sé yo, te has perdido la primera parte. La puedes encontrar aquí: Un día en las carreras, I).

En el capítulo anterior nos enteramos de: 1) los romanos robaron el corazón (y lo que no es el corazón) de las sabinas invitándolas a pasar una tarde en el circo, 2) las partes que componen un hipódromo a la romana (sin necesidad de que vaya rebozado y frito), 3) dónde están algunos de nuestros circos favoritos y 4) dónde ir a tomar un vermú si os coincide una mañana de domingo en Tarragona y alguien os obliga a ello a punta de pistola (¿hay, acaso, alguna otra razón por la que tomarse un vermú un domingo? Cof, cof).

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Un día en las carreras, I

…iam pridem, ex quo suffragia nulli
uendimus, effudit curas; nam qui dabat olim
imperium, fasces, legiones, omnia, nunc se
continet atque duas tantum res anxius optat,
panem et circenses.
Juvenal, Sátira X, 77-81

(…hace mucho tiempo ya de cuando no vendíamos nuestro voto a nadie, hemos abandonado nuestros deberes; los que hace tiempo ejercían alto cargo militar, importante cargo civil, legiones, todo, ahora se contienen y esperan con ansia sólo dos cosas: pan y circo.)

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Mujeres y medicina en Roma

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Cualquier persona que se haya acercado, aunque sea mínimamente, a la historia de la medicina en la Antigüedad Clásica, conocerá los nombres de Hipócrates y Galeno. Los dos médicos griegos fueron los pilares sobre los que se asentó toda la medicina occidental hasta el advenimiento de la Revolución Científica, ya bien entrado el siglo XVIII. No hace falta decir que, además de estas dos figuras fundamentales, existió toda una legión de médicos, cirujanos y otro tipo de practicantes de la medicina que mantuvieron en funcionamiento el, por así llamarlo, sistema sanitario existente en la época grecorromana. La actividad de todos estos profesionales sanitarios de la Antigüedad Clásica se conoce bastante bien gracias a los estudios que se han venido haciendo desde finales del siglo XIX.

Menos se ha sabido del rol que jugaron las mujeres en la medicina grecorromana. En los últimos años, sin embargo, se ha avanzado en ese conocimiento, gracias a numerosos trabajos de investigación en campos como la arqueología, la historia de la medicina y, también, las disciplinas de corte filológico. En este artículo nos centraremos precisamente en la contribución que la filología clásica ha hecho a la comprensión del papel que desempeñaron las mujeres en la medicina de la época romana. En ese sentido, es importante saber que existen textos, si bien no muy numerosos, que nos informan sobre la existencia de mujeres dedicadas al ejercicio de la medicina en la Roma de la Antigüedad. Esos testimonios escritos se encuentran generalmente en tratados médicos y textos jurídicos, pero también en obras literarias, y en inscripciones funerarias.

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En cualquier caso, el estudio detallado de esos testimonios nos ha permitido descubrir la existencia de tres grandes categorías en las que se encuadraban las mujeres que practicaban la medicina en Roma:

La primera categoría es la de las obstetrices, a las que podemos considerar una especie de comadronas. Se encargaban de asistir a las mujeres durante el parto, aunque en los casos difíciles tenían que ser ayudadas por los médicos especializados. También administraban drogas para provocar abortos o lograr la fertilidad. Además jugaban un papel muy importante en ciertas disputas legales. Por ejemplo, en los casos de divorcio en los que las mujeres negaban estar embarazadas para privar a sus ex maridos de un heredero legítimo, ellas eran las encargadas de demostrar sí existía o no ese embarazo. También comprobaban que las esclavas vendidas como vírgenes lo eran efectivamente.

En la segunda categoría encontramos a las medicae, cuya función es muy difícil de diferenciar de la de las obstetrices. Generalmente se considera que desempeñaban el mismo papel que aquéllas, pero que sin embargo tenían un nivel de instrucción teórica muy superior. Una segunda diferencia, más importante, es que no sólo se ocupaban de labores ginecológicas y obstétricas, sino también de otras disciplinas médicas. Además, las medicae solían ser mujeres libres, que gozaban de cierta consideración social, y que podían incluso hacer fortuna gracias al ejercicio de la medicina. Por el contrario, las obstetrices eran normalmente esclavas o libertas, esto es, esclavas que habían sido liberadas por sus amos pero que seguían estando bastante mal consideradas socialmente. Así, en los textos literarios suelen presentarlas como incompetentes, borrachas y supersticiosas. Además, se las acusaba frecuentemente de tráfico de niños o de administrar abortivos prohibidos.

La última categoría es la de la iatromea, una figura borrosa a la que se supone o bien medio camino entre las obstetrices y las medicae, o bien en un peldaño más arriba, como una especialista que combinara los saberes de ambas.

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Antes de poner fin a nuestro artículo, es importante dejar claro que estas distinciones sólo valen para la época posterior a la introducción de la medicina griega en Roma. Antes de eso, las únicas mujeres que practicaban la medicina en Roma eran las comadres, es decir, mujeres sin ningún tipo de instrucción profesional y cuyas prácticas se acercaban más a la magia que a la medicina. Por el contrario, después de la llegada a Roma de la medicina griega, surgieron estas figuras de las obstetrices, las medicae y las iatromeae, que sí contaban con una cierta formación profesional, aunque no fuera científica, ya que no es posible hablar estrictamente de ciencia médica con anterioridad al siglo XIX, aunque en la medicina griega sí podamos hallar algunos rasgos que apuntan la existencia de una cierta mentalidad científica.

* * *

Una versión más puramente académica de este artículo puede encontrarse en:

J.P. Barragán Nieto, “El espacio de la mujer en la medicina romana”, en F. Oliveira, C. Teixeira y P. Barata Dias. (coords.). Espaços e Paisagens (Proccedings of the VII Congresso da Asociaçao Portuguesa de Estudos Clássicos). Coimbra: APEC; 2009. vol. I, pp. 83-88.  Accesible en http://es.scribd.com/doc/137852933/Barragan-Nieto-2009-El-espacio-de-la-mujer

Imágenes:

1)     Mosaico procedente de Centocelle, siglo I d.C.

2)     Relieve procedente de Isola Dell’ Sacra, Ostia, siglo I a.C.

3)     Imagen de Juno, siglos I-II d.C.

Los tres triunfos de Pompeyo

Cneo Pompeyo Magno vencedor sobre Mitrídates

Cuenta el historiador romano Dion Casio que el día que cumplía 58 años, Cneo Pompeyo ‘Magno’ llegó a Egipto con la última esperanza de fortalecer su débil posición en la guerra civil contra Julio César, pero allí, a manos de veteranos soldados romanos instigados por el faraón Ptolomeo XIII, encontró la muerte en un fatídico 29 de septiembre. Esa fecha, principio y fin de Pompeyo, también significó su momento de mayor gloria, pues en ese mismo día del 61 a.C., festejó en las calles de Roma su tercer triunfo, aclamado como conquistador del mundo. Por siempre estaría asociado el triunfo en la memoria colectiva romana a toda su vida, desde el nacimiento hasta la muerte, dibujando a través de sus celebraciones un brillante cuadro que ilustra su trayectoria como militar y su popularidad como político.

La celebración del triunfo se convirtió en un emblema único de la grandeza de Roma, en un motivo de admiración a lo largo de toda la historia hacia una ciudad que ensalzó a sus más brillantes generales en una liturgia incomparable, repleta de símbolos. La llegada a la ciudad del vencedor sobre el carro, el paseo de la vergüenza de los derrotados, los despojos de la batalla, la efímera gloria de los soldados, el encuentro con Júpiter en el monte Capitolino. Seguir leyendo Los tres triunfos de Pompeyo

Qué y cómo comían los romanos [III]

Seguimos con nuestra serie dedicada a la alimentación en Roma, y aunque lo normal en los restaurantes sea servir primero los pescados y después las carnes, aquí vamos a hacerlo al revés, y una vez terminado el repaso a lo que de la tierra comían en Roma, le toca el turno a los alimentos que proceden del mar.

Lo primero que hay que decir al respecto es que el pescado era un alimento esencial en la antigua Roma. Los romanos conocían aproximadamente 150 especies de pescados comestibles, tanto de mar como de río, pero resulta muy difícil identificarlos. Las especies más apreciadas eran, quizá, el esturión, el atún (como el que vemos en la imagen superior) y los salmonetes. Por estos últimos se llegaban a pagar precios descomunales, porque su hígado hervido con vino servía para elaborar una salsa utilizada como condimento de lujo. Pero consumían otras muchas especies, como lampreas y rayas, anguilas y morenas, truchas y salmones (que se conocieron tarde, ya que proceden de los ríos del norte de Europa), gobios, percas o barbos.

En cuanto a su conservación, lo más común era conservar el pescado en salazón, pero utilizaban otros métodos, como el secado, aunque estaba poco extendido y sólo se utilizaba cuando la preparación del plato lo exigía. No hay noticias, sin embargo, de que conocieran uno de los métodos más extendidos hoy: el ahumado. Quizá lo más destacable es que también acostumbraban a conservar el pescado vivo, introduciéndolo en grandes vasijas de arcilla o vidrio a fin de mantenerlo fresco hasta el mismo momento de consumirlo. Seguir leyendo Qué y cómo comían los romanos [III]

Qué y cómo comían los romanos [II]

La imagen superior, procedente de una cerámica griega, nos muestra a un joven dispuesto a cortar una cabeza de cerdo, probablemente para prepararla para su consumo. No es exactamente romana, pero nos puede servir para ilustrar esta entrada, la segunda de nuestra serie dedicada a la alimentación en la época romana. Después de hablar de cereales, frutas y verduras en la entrada anterior, llega ahora el turno ahora de las carnes. Seguir leyendo Qué y cómo comían los romanos [II]

Qué y cómo comían los romanos [I]

Lenguas de ruiseñor, morros de nutria, ojos de arenque en gelatina … Los cómics de Astérix y las películas de romanos nos han transmitido una imagen de la cocina romana extremadamente sofisticada y bastante desagradable para nuestros gustos actuales. Es cierto que se nos han conservado numerosas recetas de la época romana que avalan en parte esa imagen, pero desde luego, y como puede imaginarse fácilmente, la dieta de un romano medio no se  basaba en esas «exquisiteces» (ni siquiera la de un romano noble medio). Con esta entrada iniciamos una serie en la que intentaremos explicar de una manera un poco más realista cómo era la alimentación típica de la época romana.

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