Arqueología experimental: un espectáculo científico

La Arqueología experimental, nos dicen Colin Renfrew y Paul Bahn en Arqueología. Teorías, Métodos y Práctica, “constituye un medio eficaz de estudiar los procesos postdeposicionales a largo plazo”. Los autores se refieren al experimento de Overton Down, pero la arqueología experimental, mediante la simulación, la fabricación y la recreación también pueden aportar importante información sobre el pasado.

Montículo experimental de Overton Down

En 1960, se puso en marcha en Overton Down un proyecto de arqueología experimental de larga duración. El experimento consistía en la creación de un gran terraplén de creta y turba de 21 metros de longitud, 7 metros de anchura y 2 metros de altura, con un foso paralelo. El objetivo del experimento era establecer el modo en el que se altera el montículo y el foso con el paso del tiempo así como el modo en el que se comportan los materiales (cerámica, cuero y tejidos) que fueron sepultados en su interior. A fin de controlarlo, se estableció que se llevarían a cabo cortes de seguimiento en 1962, 1964, 1968, 1976, 1992, 2024 y 2088. Un experimento a largo plazo que ya ha arrojado información interesante: en 1964, por ejemplo, la cerámica permanecía inalterada, el cuero poco afectado y los tejidos ya se estaban debilitando y decolorando.

Sin embargo, y aunque el experimento de Overton Down se encuentra ya en los libros de texto, no es ni mucho menos el único ejemplo. De hecho, es, quizá, uno de los menos vistosos. No os aburriré con ejemplos a base de montoncitos de tierra: la arqueología experimental, además de una técnica muy interesante para probar o desmentir teorías sobre el pasado, es una de las variantes de la Arqueología con mayor capacidad para asombrar.

Arqueología experimental, todo un espectáculo
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Sobre libros, librerías y libreros. Unas recomendaciones

Una de las cosas en la que los profesores solían hacer mucho hincapié cuando cursaba la carrera de Historia era la importancia de las bibliografías en los estudios de cualquier investigador. Recuerdo con especial cariño una frase de uno de mis profesores de Arte Barroco: “Lo importante muchas veces, escúchenme, no es saber las respuestas a las preguntas: es saber dónde encontrarlas”. Curiosamente la verdad de esta afirmación la he entendido tiempo después, en los años que llevo trabajando como librera. Da la casualidad de que además me he formado en manos de otros compañeros de profesión también licenciados en Historia. Personas que, al principio, me abrumaban por su capacidad para encontrar la respuesta a cualquier necesidad de los clientes. “Cuando llegue una novedad, dedícale todo el tiempo necesario. Da igual el trabajo. Lee de qué va, abre sus páginas; disfruta”, solía decirme Pedro, el encargado.

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España partida en dos, del catedrático Julián Casanova

A veces, tengo la sensación de que he aprendido más de Historia como librera que con todos los trabajos que tuve que hacer en la universidad. Y no porque estos no sirvieran de formación, no me entendáis mal: es por el hecho de tener la enorme suerte de poder estar al día en todas las publicaciones de ensayo de este país. En Aquí fue Troya hemos pensado que no vendría nada mal recordar periódicamente las novedades más importantes que se están publicando en España para que podáis compartir con nosotros esa sensación. ¿Nos acompañáis en este viaje? Abramos entonces las puertas de la biblioteca. Una de las novedades más importantes de este principio de año es la publicación de España partida en dos, de Julián Casanova. No creo que haga falta presentar a Julián ni me puede el amor (que también) al decir que es, posiblemente, uno de los mejores catedráticos de Historia Contemporánea de este país. La labor de Casanova brilla especialmente por su interés en acercar la Historia al gran público: su don para plasmar su enorme conocimiento por escrito de una manera accesible es una lección de divulgación de la que muchos deberían aprender. Esta síntesis sobre la Guerra Civil Española que publica Debate llega en un momento en el que es necesaria una voz que acalle todas esas investigaciones revisionistas que sobre este periodo de nuestra reciente historia pululan, para nuestra desgracia, por todas partes.

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Augusto, nuevo título de la colección Biblioteca Estudios Clásicos de Gredos

Otro de los lanzamientos estrella de este trimestre es el tomo duodécimo de la colección “Historia de España” de Crítica. Con el título Las historias de España. Visiones del pasado y construcción de identidad, este volumen coordinado por José Álvarez Junco analiza las obras de los historiadores y la difusión y estudio de nuestra ciencia social. El libro está dividido en tres partes. En la primera, Álvarez Junco y Gregoria de la Fuente Mongehan firman “Las historias de España. Visiones del pasado y construcción de su identidad”. Carolyn Boyd investiga en la segunda la organización de la enseñanza de la historia en los planes oficiales de educación desde el siglo XVIII hasta la actualidad mientras que Edward Baker, por último, habla del cometido de las conmemoraciones y los monumentos en “La cultura conmemorativa”. Interesante sin duda, ¿no os parece?

Hablar de novedades de ensayo de historia sin nombrar alguna sobre la Segunda Guerra Mundial sería lo mismo que hablar del telar de Penélope sin nombrar a la mujer de Odiseo. Tal cual. Rara es la semana que no nos llega a las librerías un nuevo título sobre este periodo histórico, sin duda el número uno en ventas entre todos. Así que vamos a destacar un título algo diferente, con unas gotas de misterio. Hablamos de La historia secreta del Día D., del historiador Ben Macintyre, publicado en Crítica. Estamos ante una nueva revisión de la historia de los espías que engañaron a la Alemania nazi y contribuyeron al éxito del desembarco de Normandía. Ahora, buceando en los archivos del Servicio Secreto Británico, Macintyre está dispuesto a mostrarnos la verdad de estos agentes dobles que, al parecer, ni siquiera revelaron todo en sus memorias. ¿Nos gustan las aventuras del agente Smiley? Igual la realidad supera la ficción, como casi siempre. O igual no…

Vamos con una de las joyas de la corona. Gredos añade una nueva maravilla a su Biblioteca de Estudios Clásicos publicando Augusto de Pat Southern, una de las grandes especialistas inglesas en el mundo romano. Mucho se ha escrito sobre Augusto, un personaje decisivo para entender el paso de la república al imperio romano. Southern, sin embargo, va más allá: su exhaustiva investigación nos muestra al hombre que había detrás de cada acto, de cada obra. Estamos ante un libro que profundiza como ninguno en la personalidad de Augusto, en su manera de pensar. Me es totalmente imposible imaginar a alguien que ame Roma y no disfrute de este libro. Indispensable.

Uno de los títulos más curiosos que hemos recibido en los últimos tiempos es Últimas voluntades. Memorias de un historiador, de John Lukacs, editado por Turner. Creo que es una obra muy interesante porque Lukacs nos habla en ella de su idea de teoría de la Historia, así como de sus experiencias más personales. Y si estamos hablando de uno de los grandes expertos en las dos guerras mundiales y de uno de los historiadores más singulares (leed El futuro de la Historia o El Hitler de la Historia para haceros una idea de ello), es seguro que tenemos entre manos una curiosa biografía que merece la pena leer.

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María Estuardo, una de las joyas de Stefan Zweig

También algunas reediciones pueden alegrarnos la vida. Debate, por ejemplo, ha reeditado el polémico La Cía y la Guerra fría cultural, de Stonor Saunders. ¿Quedó la cultura al margen de la lucha de poderes en este periodo crucial de la historia más reciente? Lean y juzguen. Taurus, por otro lado, acaba de publicar El caballero, la mujer y el cura de Georges Duby. Que levante la mano quien no haya caído nunca rendido a la pluma de Duby porque si es así, queridos míos, igual tenéis un problema…

Para finalizar (espero no haberos aburrido, por lo menos no demasiado), no puedo olvidar a Acantilado y esa fantástica alegría que a muchos nos produjo la noticia de la publicación de María Estuardo de Stefan Zweig. Uno de los personajes más fascinantes y enigmáticos de la mano de la mejor pluma del siglo XX: una apuesta segura por la calidad y la belleza. Por supuesto, se me han quedado muchos libros en el tintero, pero intentaremos ir compartiendo títulos periódicamente. Porque ya sabéis como es esto: unos libros te llevan a otros y unas lecturas a otras lecturas. Y he aquí el mal del librero y el mal del buen lector. ¡Bienvenidos a la librería y disfrutad entre nuestros estantes!

Saqueadores arqueológicos: ladrones del patrimonio de todos

El pasado 2 de marzo aparecía en El País la noticia de que un jubilado había expoliado en los últimos veinte años más de 4.000 piezas de varios yacimientos de Castilla y León y de Aragón. El expolio de material arqueológico supone un delito contra el patrimonio nacional y la pérdida irremediable de valiosa información sobre nuestro pasado más remoto.

Piezas celtíberas incautadas. FUENTE: El País

Piezas celtíberas incautadas. FUENTE: El País

A principios de marzo salía a luz el saqueo sistemático que un individuo (me niego a darle otro nombre) había realizado en varios yacimientos en torno a su localidad de residencia. La Guardia Civil ha recuperado más de 4.000 piezas de todo tipo que estaban almacenadas en su vivienda de cualquier manera (en botes de café o cajas de bombones) y vincula a este saqueador con varios cascos celtíberos en venta por algunas subastas europeas. La operación, aparentemente, es un éxito y quizá permita reclamar los susodichos cascos. Que repiquen las campanas.

El problema es que, como ya he comentado anteriormente en las entradas relacionadas con el Caso Odyssey (ver artículo final aquí), las piezas producto de un saqueo, que han sido extraídas de los yacimientos sin los adecuados métodos y sin guardar registro detallado del contexto, pierden gran parte de su valor arqueológico. La mayor parte de la información que podría haberse sacado de estas piezas se ha perdido, puf, a tomar por saco, y ahora son poco más que objetos decorativos pintorescos. Sí, aun podrán hacerse algunos análisis, relacionarse con otro tipo de datos e inferir alguna información, pero donde eran realmente útiles era en las tumbas de las que han sido sacados. Gracias a este individuo hemos, esencialmente, perdido parte del pasado de la Península Ibérica. Mándenle una bonita postal de agradecimiento.

Concienciación: Una asignatura pendiente

Dejemos clara una cosa. Los restos arqueológicos son tan parte del patrimonio nacional como las iglesias y los castillos y el daño o apropiación del patrimonio nacional es un delito que puede ser castigado con la cárcel. El patrimonio arqueológico es un bien precioso que nos pertenece a todos y cuando alguien roba, saquea o expolia (llámenlo como quieran), nos están robando, saqueando y expoliando nuestro pasado a todos. Como si entraran en su casa y se llevaran todos los recuerdos familiares y éstos fueran la única manera de mantener viva su memoria.

Pero esta conciencia de que los restos arqueológicos no tienen valor si no se pueden estudiar en relación con el contexto en el que fueron encontrados es una asignatura pendiente y que debemos tratar de aprobar en el futuro.

La verdad es que los museos, los libros de arte, los periódicos y el cine no han ayudado a extender esta idea. Especialmente los museos (aunque ya se están modernizando mucho) dan más importancia a la pieza que al contexto en sus exposiciones y lo que el visitante recuerda al final es”lo bonita que era tal o cual vasija”, la “cantidad de monedas que había” o los “chulo que era ese broche”… De tal forma que el museo es recordado más como una extensión de la tienda de regalos.

Centro de Interpretación de Segóbriga en Saelices, Cuenca. FUENTE: Comunidad de Castilla la Mancha

Centro de Interpretación de Segóbriga en Saelices, Cuenca. FUENTE: Comunidad de Castilla la Mancha

Los “Centros de Interpretación Arqueológica” intentaban, además de generar turismo en los pueblos que albergaban yacimientos, atraer la atención sobre el contexto histórico y arqueológico de las piezas que normalmente vemos en los museos. Concienciar a la gente que los materiales arqueológicos no eran importantes por estar en un museo sino por dónde y cómo habían sido encontrados. Lamentablemente, fruto del boom económico, los centros también han sido víctimas de la crisis y languidecen vacíos e incluso cerrados a lo largo y ancho de la península.

Visita a Atapuerca. FUENTE: Fundación Atapuerca.

Visita a Atapuerca. FUENTE: Fundación Atapuerca.

En la actualidad, proliferan las exposiciones que intentan concienciar al público de la importancia de los yacimientos en sí mismos y de la existencia de un contexto. Algunos yacimientos han empezado a abrir sus puertas a grupos de visitantes (escolares y adultos) para enseñarles que lo que el arqueólogo hace en el campo no es un picnic sino trabajo científico y que el proceso es tan importante como los materiales que se encuentran.

Con un poco de suerte las futuras generaciones tendrán una idea más desarrollada de la importancia del patrimonio arqueológico de la península y casos como el de este saqueador serán motivo de escándalo nacional.

Mientras tanto, seguiremos confiando en que los pillen a tiempo… y no tras veinte años de actividad.

Colombia aprueba una ley que permite la venta de su patrimonio subacuatico

El pasado día 11, Colombia aprobó una ley que permite la venta de su patrimonio subacuático por parte de las empresas Cazatesoros en contra de la opinión no sólo de sus arqueólogos nacionales sino de la comunidad científica internacional.

 

Arqueologos colombianos protestando en el Congres. Fuente, ABC

 

El pasado día 11 de Diciembre, el congreso de Colombia aprobó la ley 125 que permite a las empresas de cazatesoros, la venta del patrimonio cultural subacuático en sus aguas bajo un criterio de repetición. A la ley se han opuesto tanto políticos como arqueólogos colombianos, así como el conjunto de la comunidad científica internacional.

Hace unas horas, un buen amigo, José Mateos, de Golpes del Revés, me preguntaba “¿qué tiene de malo esto?” Como es una pregunta que se habrá hecho mucha gente, creo que podemos decidarle un ratito.

 

Patrimonio Arqueológico. ¿Cuál es su valor?

Desde que los hombres del  Renacimiento empezaran a mostrar interés por las obras de arte de la antigüedad, la arqueología ha evolucionado mucho. En los últimos 80 años los distintos países han empezado a proteger su patrimonio arqueológico y cultural como una parte importante, vital e irrepetible de su pasado. En tierra, las legislaciones para la protección de yacimientos arqueológicos se han implementado y mejorado, haciéndose cada vez más restrictivas, para asegurar que el patrimonio arqueológico se conserve y pueda ser disfrutado por todos los ciudadanos, hoy y en el futuro.

Objetos arqueológicos vs Yacimientos

La arqueología, como todas las ciencias, ha evolucionado mucho. Desde los coleccionistas de antiguedades, interesados sólo en las piezas consideradas de valor por sus materiales o sus cualidades estéticas, hasta una ciencia o una técnica, que, de una manera sistemática y cuidados intenta, através del estudio del conjunto del yacimiento, obtener información del pasado.

Para los anticuaristas, los coleccionistas y los cazatesoros que los suministran, el valor económico está en la pieza, la obra de arte, la moneda de oro. Para el arqueólogo, los elementos individuales carecen de valor si no forman parte de un conjunto, de un yacimiento. Y da igual que sea una moneda de plata que el craneo de un caballo. Si está descontextualizado, si se lo separa de su conjunto, no tiene ningún valor.

Caza de Tesoros vs Arqueología

Los caza tesoros tienen como objetivo el beneficio económico, enriquecerse, con la venta de piezas arqueológicas de valor (oro, plata, piedras preciosas, antiguedades en general) mientras que el objetivo de los arqueólogos es la investigación del pasado. Ambas profesiones, dirán algunos, son perfectamente legítimas, el problema es que la acción de unos, los cazatesoros, (que solo les beneficia a ellos), imposibilita que los arqueólogos puedan hacer su trabajo (que nos beneficia a todos).  ¿Por qué? Pues porque para el cazatesoro, ninguna otra parte del yacimiento tiene importancia y la intervención que realiza destruye todo el contexto en el que se encuentran los restos. Sólo le interesa la pieza.

Criterio de Repetición

Los objetos arqueológicos son únicos. Hasta el siglo XX, en el que se impone la producción encadena y la utomatización, la producción estaba sujeta a muchas variantes. Los objetos, incluso las monedas, aunque nos parezcan iguales no lo son. Y es precisamente cuando contamos con muchos ejemplos, cuando podemos empezar a extraer conclusiones. Una de las técnicas de análisis de materiales más utilizadas hoy por hoy es la estadística. Los arqueólogos miden, cuantifican, decenas de variables y las someten a estudios estadísticos. De tal forma que, cuantos más “objetos repetidos” tengamos, mejor serán nuestra comprensión de la producción de dichos objetos. Más es mejor y, en esencia, cada objeto es único e irrepetible.

Conservación

Bueno, pero encontes, si lo que hace falta es tener datos, pues cogemos los datos y luego ya vendemos el resto, ¿no? El problema de ese argumento es que las técnicas de análisis siguen mejorando cada año. Hoy en día un arqueólogo puede saber más de cómo, dónde y cuándo se hizo una pieza de lo que podía saber cualquier arqueólogo hace 40 años. Así que nuestro deber es guardar los materiales, asegurarnos de que en el futuro, con mejores técnicas de análisis, los arqueólogos que vengan tengan posibilidad de volver a estudiarlas. La arqueología, al contrario que la geología o la química, no puede salir al campo a por más granito, o generar más reacciones químicas a voluntad; los objetos arqueológicos son finitos, un día ya no habrá más que estudiar.

¿Y cómo afecta a esto la nueva ley colombiana?

La ley 125 permite que las empresas cazatesoros “recuperen” objetos de yacimientos sumergidos (barcos hundidos o cualquier otro tipo de yacimiento) y se les pague con una parte del botín. Algunos opinan que esto ayudará a aumentar el conocimiento de los yacimientos sumergidos colombianos, pero lo único que hace es abrir la puerta a su destrucción.

Por un lado, los cazatesoros, cuyo único objetivo es el beneficio, sólo están interesados en aquellos yacimientos que contengan elementos que ellos (y esta ley) consideran de valor: joyas, oro, plata, piedras preciosas, obras de arte… Cosas que se pueden vender. Bueno, la verdad es que el 90% de los yacimientos subacuáticos carecen de dichos materiales o su presencia es tan baja que su explotación económica es inviable (mover un barco, poner buceadores en el agua, etc, es muy caro). Pero eso no lo sabes hasta que excavas el barco. Cuando un cazatesoros encuentra un barco “vacío”, lo abandona a su suerte y se va en busca de otro.

Por otro lado, las técnicas de los cazatesoros son altamente destructivas. Como al cazatesoros sólo le interesa aquello que pueda vender, la extracción se lleva a cabo con técnicas altamente dañinas para el resto de materiales. Por todo el planeta se han dado casos en los que los cazatesoros han utilizado taladros para separar el metal precioso de otros restos arqueológicos y han hecho agujeros en los cascos de los barcos para poder acceder a la carga, destrozando el maderamen (de cuya construcción sabemos bien poco y gracias a estas actividades no sabremos nada).

Por último, la idea de la repetición es una aberración científica. Como ya he dicho, cada objeto arqueológico (se un lingote de oro o un plato de cerámica) es irrepetible. Y es através del estudio de los conjuntos, de cuantos más elementos mejor, como aprendemos algo del pasado.

¿Y por qué debe importarnos?

Bueno, si el argumento de que el pasado es un bien común y que su conocimiento es útil para todo el mundo, tambi’en puede quedarse con un aspecto más pequeño de este gran conocimiento universal. El patrimonio arqueológico colombino al que esta ley afecta principalmente no es sólo suyo, sino que forma parte del pasado compartido por toda hispanoamérica. Su patrimonio cultural, su pasado, también es el nuestro y esta ley abre la puerta a que en el futuro, nuestro conocimiento del pasado sea menor o inexistente.

¿Quién tiene la culpa?

Bueno, es evidente que el Congreso de Colombia ha sido presionado, o sus congresistas coeccionados, para que esta ley salga adelante. No hay que ser muy mal pensado para pensar que el hecho de que al principio esta ley planteara un 12% de “compensación económica” para el cazatesoros, y se haya aprobado con un 50% está relacionado con intereses económicos privados más que el conocimiento del patrimonio subacuático colombiano, de hecho, el representante de varias “empresas rescatadoras” solicitaba al gobierno que la “compensacion” ascendiera hasta el 80%.

Pero, desengañémonos, los arqueólogos tenemos mucha culpa en esto. Mientras nuestras técnicas se modernizaban, y aprendíamos que la importancia no está en la pieza sino en el conjunto de ellas, no hemos sido capaces de enseñar al público general a ver el patrimonio arqueológico de una manera más moderna y la población sigue viendolo como lo veían los anticuarios del siglo XVIII.

 

Discurso de Martha C. Nussbaum. Principe de Asturias 2012

Os dejamos el discurso de Martha C. Nussbaum en la recogida de su premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales. Un auténtico alegato a la necesidad de una educación basada en las ciencias humanas y no en la creación de meras herramientas de trabajo.

Dos pecios descubiertos en Filipinas

Los pasados 2 y 3 de marzo, el Museo Nacional de Filipinas anunciaba el descubrimiento de dos pecios, un junco chino y un galeón español, en sus aguas.

Los pasados 2 y 3 de marzo la prensa nacional e internacional se hacía eco de dos noticias anunciadas por el Museo Nacional de Filipinas. El descubrimiento de un junco chino (un velero típico asiático) y un galeón español en sus aguas territoriales.

Un junco chino del siglo XVIII

El Museo Nacional de Filipinas ha anunciado el descubrimiento de un yacimiento subacuático que, según su opinión, pertenece a un junco chino del siglo XVIII. El pecio se encuentra en las aguas de la ciudad de Roxas, en la región de Cápiz, aunque, lamentablemente, según las autoridades, presenta ya claros indicios de haber sido expoliado.

Entre los pocos restos que han sido hallados en el lugar del hundimiento, debido al expolio, se encuentran algunas piezas de porcelana. Las autoridades guardacostas filipinas opinan que el expolio pudo haber sido llevado a cabo por buceadores que descubrieran el pecio de forma fortuita y que, sin informar de dicho descubrimiento, se aprovecharan del hallazgo.

El pecio fue hallado durante el desarrollo de tareas de exploración llevadas a cabo por el personal del Museo en el mes de febrero aunque no ha sido hasta ahora que se ha dado a conocer la noticia.

A pesar de la desaparición de la carga, las autoridades guardacostas y el Museo, han afirmado que se ha documentado el pecio y tienen la esperanza de poder preservarlo.

La documentación de la arquitectura naval del barco y su situación, su estado de conservación y la forma en la que se hundió, es aún fruto jugoso de estudio para conocer el pasado de la navegación. Aunque para los expoliadores y cazatesoros, el barco en sí carece de valor (sólo les interesa aquello que puede venderse), para los arqueólogos los restos de madera pueden arrojar valiosa información.

Un galeón español

Illustration from Peregrinationes" from T. de Bry, 1603 (copy in Boston Public Library)

El día anterior, el Museo Nacional de Filipinas hacía el anuncio del descubrimiento de un galeón español frente a las costas de la isla de Panay.

Según cuenta la noticia, un equipo de arqueólogos y buzos filipinos del Museo Nacional y de la Fundación de Extremo Oriente para la Arqueología Subacuática, encontraron los restos de un galeón español, de fecha aún por determinar, junto con parte de la carga hundido frente a las costas de Panay al oeste del archipiélago.

Los restos se encuentran a 33 metros de profundidad. La investigación está aún en una fase muy temprana y no se han podido datar ni identificar los restos (barco y carga) que yacen en el fondo parcialmente cubiertos por la arena.

Este pecio no es el primero de origen español que se encuentra en Filipinas. En 1992, frente a la isla Fortuna, un arqueólogo francés (el tristemente famoso Franck Goddio) localizó el galeón San Diego, situado a unos 50 metros de profundidad que fue hundido por el buque de guerra holandés Mauritius  en el año 1600. Los restos de la carga recuperada (porcelana china, sables japoneses, cañones portugueses y monedas mexicanas) fueron depositados (previo pago del estado español) en el Museo Naval de Madrid y en el Museo Nacional de Filipinas. Mientras que, en el lugar del naufragio, aun permanecen los restos del barco y la tripulación.

Filipinas, parada obligatoria

Las Filipinas entraron a formar parte de la monarquía de España en 1571, durante el reinado de Felipe II y tras un proceso de conquista llevado a cabo por Miguel López de Legazpi. Automáticamente, las islas se convirtieron en el acceso a los mercados orientales a través del mecanismo comercial denominado Galeón de Manila o Nao de Acapulco, que recibía dicho nombre al ser ambos puntos de partida y atraque de una de las grandes rutas comerciales ultramarinas del comercio español.

Los galeones españoles que unieron Manila y Acapulco entre 1565 y 1815 facilitaban el comercio entre Asia y Europa. Las naves llegaban a Manila cargadas de plata, chocolate o maíz traídos de México y se intercambiaban por especias, textiles y mercancías exóticas.

La ruta entre Manila y Acapulco se convirtió en la línea marítima de mayor duración de la historia. Y eso, pese a que la navegación era muy arriesgada: la ruta se cobró docenas de naves y miles de vidas. Los barcos eran presa jugosa para la piratería y el corso, los ingleses también hicieron de las suyas capturando la Santa Ana en 1587, la Encarnación en 1709 y la Covadonga en 1743.

Pero las dificultades no apagaron la prosperidad de Manila. La ciudad que el Padre Chirino definió como una imitación “de aquella Tyro tan elogiada por Ezequiel” vivía desastres y pérdidas que la postraban por un tiempo, pero sus habitantes recuperaban pronto el ánimo y reanudaban sus operaciones pues el galeón les proporcionaba, anualmente, riquezas y lujos incomparables. Aunque en 1762 el esplendor de la ciudad ya había decaído, cuando los ingleses tomaron la ciudad y se dispusieron al saqueo, aun esperaban encontrar las riquezas cuya fantástica imagen aun poblaba su imaginación.

Las operaciones en Manila eran sencillas. Anualmente recibían a los chinos y otros orientales que llegaban con sus cargamentos, compraban las mercancías, lo registraban en la Hacienda Real y embalaban el género. La nao partía para Acapulco y a su regreso, se obtenía una parte de la ganancia de la venta en Acapulco y recibían nuevos metales para continuar con el mercadeo que cerraba y reiniciaba el ciclo.

La ruta del Galeón de Manila jugó un importante papel. Transportaba colonos, enriquecía hombres, hacía de buque correo con el confín más alejado de la monarquía de España y, en definitiva, mediatizaba la vida de Manila desde su conquista y población por gentes españolas.

¿Por qué Turismo Responsable? Algunas reflexiones para nómadas errantes

El turismo se ha convertido en una de las actividades económicas más potentes a nivel mundial, moviendo nada menos que a casi mil millones de personas cada año, y generando un volumen de negocio que convierte al sector turístico en uno de los más importantes a nivel global. Yacimientos arqueológicos, museos, lugares de interés etnológico y, en general, todo aquello que tiene cabida en el amplísimo -aunque difícilmente manejable- cajón de sastre que es “lo cultural”, son recursos fundamentales sin los que la actividad turística no sería posible.

El turismo responsable de yacimientos arqueológicos puede ser una herramienta muy efectiva para combatir la pobreza.

Soy totalmente consciente del hecho de que “lo cultural” tiene un valor que va mucho más allá de su potencial como recurso turístico, si bien en el panorama actual que describo brevemente más arriba, poblado de ceros y de beneficios millonarios, parece lógico que nos planteemos algunos interrogantes: ¿cómo es posible que muchos yacimientos arqueológicos de inestimable valor, que sin duda podrían atraer a algunos de esos tantos millones de turistas, permanezcan olvidados, con el consecuente deterioro y riesgo de expolio que esto conlleva? Además, muchas de las regiones más pobres del mundo poseen un riquísimo patrimonio cultural, tangible e intangible. Entonces, ¿cómo es que no se logra poner en valor y preparar para el disfrute turístico dicho patrimonio, generando puestos de trabajo dignos para los habitantes de esos territorios y ofreciéndoles una alternativa al saqueo, la venta ilegal, o el simple desconocimiento –e incluso desprecio- por un patrimonio que hasta ahora no ha sabido o no ha podido contribuir a mejorar las condiciones de vida de estas personas?

Probablemente, más de un lector estará pensando en las consecuencias dudosamente positivas que ha tenido el uso turístico de sitios arqueológicos que ahora mismo podríamos calificar de muchas maneras, excepto de olvidados o desconocidos… Pero no todos los turismos son iguales: el Turismo Responsable se presenta, de hecho, como una manera de viajar capaz de contribuir a la puesta en marcha de un turismo más justo y sostenible, en lugar de alimentar una actividad turística invasiva, homogeneizadora y de alto impacto.

Niños camboyanos jugando en el templo de Beng Mealea.

El Turismo Responsable comparte y hace suyos los fundamentos del desarrollo sostenible, asumiendo la necesidad de prestar atención a las tres dimensiones sin las que dicho desarrollo no es posible: la dimensión económica, la medioambiental y la sociocultural. Pero ya decíamos al principio que lo cultural es un inmenso cajón de sastre, y si bien esto podría explicarse en parte por la amplitud del concepto mismo de cultura, también es cierto que resulta cómodo, cuando se trata de poner en marcha proyectos de turismo reales, concretos, confinar en esta casilla a todos aquellos elementos con los que no se sabe muy bien qué hacer, cómo usarlos -léase “cómo venderlos”-, de modo que “lo cultural” termina reduciéndose en demasiados casos a la compra de una artesanía supuestamente tradicional y local, a la contemplación de alguna manifestación más o menos espectacularizada y adaptada a las expectativas atribuidas al turista, o a una excursión relámpago al yacimiento que todas las guías dicen que no podemos dejar de ver.

De lo anterior podemos deducir que conciliar patrimonio cultural y turismo resulta complejo, y que aún para las iniciativas y proyectos turísticos que desean realmente presentarse como una alternativa sostenible al turismo de masas, el aspecto cultural sigue siendo uno de los puntos que más desafíos plantea: equilibrio entre conservación y número de visitantes, apropiación social del patrimonio por parte de las comunidades locales, distribución equitativa de los beneficios… A que existan tales dificultades contribuye también, muy probablemente, el hecho de que se trate de crear un punto de encuentro equilibrado entre dos mundos –el de los profesionales de la cultura y los del turismo- profundamente separados aún por la convicción mutua de que cualquier intento de entendimiento y colaboración con el otro sería vano, pues existe toda una serie de prejuicios de los que a unos y otros aún les sigue costando mucho deshacerse. Como consecuencia, sigue siendo difícil encontrar buenos profesionales formados en ambos campos, aunque por fortuna esto está empezando a cambiar.

Quizás la fuerza del Turismo Responsable, lo que explica que cada vez más personas veamos en esta forma de hacer turismo una posibilidad real de hacer mejor las cosas, también en lo que se refiere a lo cultural, esté en el hecho de que nos involucra a todos: a las autoridades encargadas de la planificación del destino, al sector privado que conforma la oferta turística, al mundo académico, a los gestores culturales, los guías y los intérpretes del patrimonio, y sobre todo, y ésta es la novedad, a cada uno de esos mil millones de personas que, por citar un ejemplo, fuimos turistas en 2008.

También nosotros somos responsables, con nuestro comportamiento antes, durante y después de cada viaje, de cómo y en qué medida contribuya el turismo a conservar y promover el patrimonio cultural, valorizando así elementos clave para la identidad de los pueblos, y por tanto, para un desarrollo menos economicista y más humano, orientado a la continuidad.

Vals con Bashir – Análisis histórico de una película

Con este artículo, Iris Pascual nos propone un análisis desde el punto de vista histórico de la película de animación Vals con Bashir (Vals im Bashir), del director Ari Folman (Haifa, Israel, 1962); coproducida con la participación de Francia, Alemania, Suiza, EEUU, Finlandia, Australia, Bélgica, e Israel, estrenada en el año 2008.

Vals con Bashir – Análisis histórico de una película

Cartel de Vals con Bashir

Vals con Bashir es al mismo tiempo un profundo relato sobre el sinsentido de la guerra y un ejemplo sobresaliente de investigación histórica.

Esta película es un relato autobiográfico en la cual su protagonista, el propio director, indaga en su participación en la invasión israelí de Líbano (iniciada en junio de 1982) y especialmente en el papel desempeñado en la matanza de refugiados palestinos de los campos de Sabra y Shatila (16 y 17 de septiembre de 1982). Espoleado por las pesadillas de su camarada Boaz Rein, Folman se lanza a investigar su papel en la guerra, para lo cual contactará con antiguos compañeros de armas y especialistas. Con ellos (y a través de ellos) una imagen recurrente (el protagonista y otros dos jóvenes flotando en una playa en un paseo marítimo bombardeado) se convierte en un estudio no sólo de un acontecimiento histórico, sino del significado de todo un periodo y, más aún, del impacto de la guerra en diferentes colectivos.

El momento histórico de la película

La inestabilidad político-social en la que se encontraba inmerso Líbano desde su independencia de Francia (1943) estalla de forma definitiva en 1975. Este país de Oriente Próximo había sido incapaz de crear una estructura estatal integrada, más allá de las comunidades. Estas entidades, hasta el siglo XIX relativamente armonizadas, se configuran a partir de este momento como entidades cerradas, religiosamente homogéneas y lideradas por caudillos tradicionales. El reconocimiento durante el protectorado francés (1936) de 18 “comunidades históricas” imposibilitó la formación de partidos políticos nacionales y desarrolló una nacionalidad atrofiada, en la que el individuo se identifica en exclusiva con su comunidad, identificada a su vez con un credo religioso.

Cuando en abril de 1975 comienzan los disturbios en Beirut, Siria ocupó el país llamada por el parlamento libanés; paralelamente, en 1977 Israel ocupó una franja de terreno al sur del país. Este hecho fue fuertemente contestado por la población y el ejército libanés y, especialmente, por los palestinos asentados en el país (tras la Guerra de los Seis Días y la ocupación israelí de Cisjordania en 1967 la cúpula de la OLP y miles de civiles palestinos se refugiaron en Jordania; su posición inestable llevó a choques entre la OLP y el ejército jordano en 1970, por lo que este grupo humano fue reasentado en el sur de Líbano, creando una estructura paraestatal profundamente desestabilizante). La presencia palestina llevó a Israel a invadir Líbano en junio de 1982. El primer ministro israelí Menahem Begin justificó esta acción tanto en la defensa de su país como en la protección que Israel debía dispensar a la comunidad cristiana: el 23 de agosto Bashir Gemayel, líder del Partido Falangista y exponente de la comunidad cristiana, alcanza la presidencia del país. Sin embargo, el 14 de septiembre es asesinado. En un primer momento se culpó a Siria, sin embargo investigaciones más recientes apuntan a sectores del propio falangismo, descontentas con el acercamiento del presidente electo hacia las comunidades musulmanas. La respuesta del falangismo hacia este hecho, hacia la muerte de una estrella, un ídolo, un príncipe, alguien admirable (así define Carmi Cna´an, antiguo compañero de Folman cómo los falangistas percibían a su líder) será las matanza de civiles palestinos en los campos de refugiados de Sabra y Shatila.

La Guerra Civil libanesa supone la combinación de multitudes influencias, tanto a nivel nacional como externo, en permanente interrelación. Sin embargo, teniendo en cuenta que el hecho fundamental de la película este asesinato masivo, el aspecto fundamental a tener en cuenta de este conflicto es, siguiendo al economista y politólogo libanés Georges Corm, la guerra miliciana. Sería una guerra en la que no hay objetivos militares, sino que se fundamentará en la masacre indiscriminada de población civil. Para Corm no es una guerra que persiga el control de los resortes estatales, sino la desintegración de los mismos en unidades religiosas homogéneas. La violencia solía ejercerse en las áreas periféricas de las comunidades y buscaba impedir la interrelación entre de las mismas para que sus miembros se aglutinen en torno a las milicias adscritas a cada comunidad. Sabra y Shatila no son ni mucho menos un episodio aislado, sino una expresión paradigmática de un proceso iniciado anteriormente: en el llamado Sábado Sangriento (6 de diciembre de 1975) doscientos musulmanes fueron asesinados por falangistas. En la región de Quarantaine los cristianos perpetraron una nueva matanza en enero de 1976 y en la región de Damour unos cinco mil cristianos fueron asesinados por la OLP. Y en la región de Chouf cristianos y drusos practicaron una auténtica limpieza étnica en los años 1982 y 1983. La Guerra Civil en Líbano no finalizará hasta los Acuerdos de Taif (22 de octubre de 1989).

La visión de Ari Folman

La conclusión fundamental a la que llega Ari Folman en esta cinta es que la masacre de Sabra y Shatila fue perpetrada por las milicias falangistas libanesas, respaldadas en lo material y lo logístico por el ejército israelí. La película recoge testimonios (del periodista Ron Ben-Yishai y el militar Dror Harazi) que permiten pensar que las élites políticas israelíes estaban al corriente de los hechos. En varias escenas aparece el primer ministro Menahem Begin y el ministro de defensa Ariel Sharon en televisión o manteniendo conversaciones telefónicas, lo que les sitúa como unos “cerebros grises” que manejan los hilos de los acontecimientos, en los que personajes colectivos (tanto israelíes como palestinos) serían unas víctimas más o menos equivalentes. Esta perspectiva, junto con la visión maniquea de las milicias cristianas, enfocadas esencialmente en su fanatismo y crueldad, no sólo es la constatación de una investigación, sino una necesidad metafísica del director. Perteneciente a una familia afectada por el Holocausto, afirma sentirse aterrado al considerarse posible ejecutor de un genocidio. Aun cuando históricamente sea cierta la perspectiva sobre la matanza que Folman ofrece, no podemos olvidar que su perspectiva incide en otro aspecto: en presentarse a sí mismo y a su círculo (Carmi Cna´an, Boaz Rein, etc.) como exponente de otro protagonista colectivo: toda una generación de jóvenes israelíes criados en la abundancia y no sometidos a sacrificios, participantes de la cultura de su generación, y que de repente son lanzados hacia una guerra de proporciones que claramente les superan. Esta superación se manifestará en pesadillas y alucinaciones y entronca esta película directamente con el alegato antimilitar de Erich María Remarque, en el sentido de presentar una generación amargada y truncada por la guerra, aunque aparentemente ilesa.

Alcanzamos así la segunda conclusión fundamental de la película, que va más allá de la pura exégesis de un acontecimiento o un proceso: la guerra como absurdo. La importancia dada al subconsciente incide en presentar la guerra como un acontecimiento antihumano y demencial, con un gran potencial desequilibrante. El vehículo para transmitir este enfoque es la imagen. Los dibujos animados permiten una reconstrucción a la vez irreal y tremendamente realista no sólo de los acontecimientos, sino especialmente de las percepciones, las alucinaciones, los recuerdos y las pesadillas. Será el medio más adecuado para expresar los profundos temores, esperanzas, etc de toda una generación marcada por la guerra. Elementos como la pesadilla con los perros de Boaz Rein, la alucinación en la barca de Carmi Cna´an o la imagen recurrente del propio director serían inimaginables en el caso de haberse rodado, y si así hubiera sido, su capacidad expresiva hubiera sido indudablemente menor. Otro recurso al servicio de esta tesis y en relación con la imagen es la elaboración de las propias animaciones. Los primeros planos y las figuras más cercanas presentan un trazo en cierto modo rápido y descuidado, simplificador (aunque en absoluto naïf). Mientras que los fondos, los escenarios, son mucho más concretos, y en ocasiones casi indistinguibles de una imagen tomada en un exterior, real, con un juego de luces hiperrealista. Esta disparidad podría deberse a una necesidad de acentuar lo que la guerra supuso para estos individuos: la disolución de la personalidad, la pérdida de los límites del yo, la implicación en la masa, y el desasosiego y los conflictos interiores que esto provocará. Esta imagen, en combinación con una música envolvente, crea una atmósfera asfixiante que nos retrotrae al delirio bélico de Apocalypse Now.

Las conclusiones a las que llega Folman son producto de una particular percepción de la investigación del pasado. Acuciado por un recuerdo que no puede explicar, se lanza a investigar acerca de su experiencia en Líbano, y para ello interrogará a amigos, antiguos camaradas e investigadores, periodistas, etc. A medida que avanza en la investigación de su propio yo ésta se entremezcla con la explicación de Sabra y Shatila. Es decir, un interés meramente particular da lugar a una investigación histórica. Es especialmente reseñable como su amigo Ori Sivan anima al protagonista a la búsqueda de datos. En un momento dado, el director se halla en un punto muerto: nadie que conozca puede ayudarle a reconstruir su participación en la masacre de los campos de refugiados palestinos. Será su amigo director quien le estimule a la búsqueda de datos concretos, detalles y más detalles, como dirá, que permitirán reconstruir un hecho concreto pero con vocación de exégesis general. Este planteamiento denota un enfoque de la investigación histórica sumamente particular e interesante. Vals con Bashir tendría aspectos de “reconstitución histórica”, ya que se esforzará por reconstruir fielmente y explicar un acontecimiento histórico y, sin embargo, empleará una estética absolutamente irreal y alucinante para lograrlo.

Conclusiones finales

Vals con Bashir no sólo es el análisis de un acontecimiento histórico (bastante esclarecido y asumido por Israel desde su ejecución) sino especialmente un relato colectivo del sinsentido de la guerra y de su impacto en toda una sociedad, más aún, en una sociedad que, como la israelí, se identifica profundamente con los patrones mentales occidentales y que suele percibirse desde fuera como un conjunto hermético, arrogante y con un aura de invencibilidad ajeno al sufrimiento.

Como nota final sólo decir que esta película ha abierto una nueva tendencia en el cine israelí, en el sentido de profundizar en la crítica de la acción exterior de su país y de la gestión de sus gobernantes. Líbano (Samuel Maoz, 2009), ganadora de la Palma de Oro de la Mostra de Venecia ha seguido esta senda. Esta vía ha sido practicable quizá por la concatenación de dos factores: la reanudación de la tensión militar entre Israel y Líbano (con momentos de extrema tensión en julio-agosto de 2006 y agosto de 2010) y la desaparición de la vida pública de Ariel Sharon, en estado vegetativo tras un infarto cerebral en enero de 2006.

La armada ficticia de Baltasar de Guevara

En 1716, un marino español, Baltasar de Guevara (Madrid, 1673 – Puerto Rico, 1724), hijo natural del Duque de Nájera, protagonizó uno de esos episodios de la Historia Naval que, por su ingenio, debería ser recordado.

La isla de Corfú

La guerra Turco-Veneciana y las conquistas del emperador

Durante el año 1716, el emperador Carlos VI se encontraba liberando la porción de Hungría en manos turcas. Un conflicto muy productivo que se desarrollaría entre 1716 y 1718 y del que el emperador saldría con incrementos territoriales en Serbia y Hungría, alcanzando por fin el Danubio. Ocupada como estaba la soberana cabeza de Carlos VI en tales menesteres, dejó desguarnecidos sus nuevos dominios en Italia.

Un poco antes, en diciembre de 1714 se había iniciado la última Guerra Veneciana o Turco-Veneciana. Los Turcos habían tomado las islas de Tinos y Egina, cruzado el itsmo y tomado Corinto. El almirante de la flota veneciana, Dolfin, juzgó entonces conveniente salvaguardar la flota en vez de proteger Morea y cuando quisieron llegar allí, Nauplia, Modon, Corono y Malvasia habían caído y las bases de Levkas (en el Egeo) y Spinalonga y Suda en Creta habían sido abandonadas. Los turcos entraron en el Adriático y desembarcaron en Corfú, aunque sus defensores lograron rechazarlos.

Como hemos dicho, a los turcos les fue mal en el continente. En agosto de 1716, sufrirían una gran derrota en la Batalla de Petrovaradin. Pero en el mar, en el Egeo y Dardanelos, 1717 y 1718 serían bastante más satisfactorios.

Las cosas terminaron en julio de 1718 con el Tratado de Passarowitz en el que el Imperio Otomano renunció a los territorios que habían caído en manos de Carlos VI mientras que Italia perdía Morea a cambio de pequeñas compensaciones en Albania y Dalmacia. La gran armada veneciana había comenzado su declive.

El papel de España

En España acabábamos de salir de la Guerra de Sucesión. Felipe V, nieto del Rey Sol, se sentaba en el trono español con el reconocimiento de sus pares europeos desde la Paz de Utrecht en 1713; aunque a costa de perder los territorios europeos de la Corona entre los que hacía especial daño la pérdida de los italianos, pues Sicilia había pasado a manos de los Saboya mientras que Nápoles y Cerdeña pasaban a manos austriacas.

Giulio Alberoni

Aunque sentado, Felipe V no estaba cómodo. Desde 1714, tenía una segunda esposa, Isabel de Farnesio, y nuevos hijos a los que debía dar un lugar en el mundo. Así que el hombre de confianza de la nueva reina, Giulio Alberoni, un abate cincuentón, llevaría a cabo entre 1716 y 1719 varios intentos de revisar el Tratado de Utrecht. Primero con el beneplácito de Inglaterra y luego sin él (si no me hacen caso, bueno soy yo para darme por vencido, y buena es la Reina – debió decir el signore Alberoni).

En este contexto, la brillante intervención de Don Baltasar podría verse como una primera acción en el Mediterráneo para hacernos notar allí donde queríamos recuperar ciertos territorios (naderías, un par de islas grandes aquí y allá y unos cuantos acres de tierra).

La isla de Corfú y Baltasar de Guevara

Así las cosas, el emperador Carlos VI dándole estopa al Imperio Otomano, el Imperio Otomano dándole estopa a la Serenísima República de Venecia y los españoles penando por volver a Italia, 1716 brindaba una bonita oportunidad para el mejor postor.

Como hemos dicho, los turcos entraron en el Adriático y desembarcaron en Corfú. Los venecianos estaban en horas bajas y los austriacos no estaban por la labor de echar una mano. Así que Alberoni, la Farnesio y nuestro primer Borbón aprovecharon la situación para entrar en Italia. Nunca se recibe mejor a un ejército que cuando viene a salvarte el culo.

España envió en 1716 al marino español don Baltasar de Guevara con una pequeña flota de 5 galeras y 6 navíos de la escuadra del Marqués don Esteban de Mari a fin de liberar Corfú de las manos del Turco. Guevara tenía órdenes de acudir en auxilio de Venecia, socorriendo a la isla de Corfú. Los turcos habían desembarcado allí a treinta mil hombres y tres mil caballos, bajo el mando del bajá Dianum Codgi, que ya había intentado un primer asalto a la ciudad aunque sin éxito.

La verdad es que había mucha tela que cortar y 5 galeras y 6 navíos no parecían suficientes para echar de la isla a tanto soldado turco. Sin embargo, don Baltasar resultó ser una caja de sorpresas. Consciente de la debilidad de su armada, Baltasar de Guevara, durante la travesía hasta la isla y con la ayuda de Venecia, se aplicó a la tarea de requisar cuantos barcos mercantes encontró en el trayecto. De tal forma que a su llegada a Corfú, la flotilla inicial de 5 galeras y 6 navíos había aumentado hasta conformar una armada ficticia de imponente apariencia.

Cuando el bajá turco se encontraba a punto de lanzar su segundo ataque a la ciudad, los vigías de la costa anunciaron la presencia de multitud de velas. La imponencia de esta fuerza presentada de improviso llevó al general otomano a abandonar la isla con su flota de 22 navíos, dejando atrás, en el campo de batalla, cincuenta y seis cañones, ocho morteros, los hospitales, las tiendas y las provisiones.

Baltasar de Guevara, al mando de 5 galeras, 6 navíos y mercantes de todo tipo, había puesto en fuga a una armada mucho más poderosa con un ingenioso ardid basado en la mera apariencia.

La acción traería a Alberoni la gratitud del Papa Clemente XI, que le otorgó el capelo cadenalicio, al tiempo que se reconciliaba con Felipe V y recomendaba a la iglesia española la ayuda económica al rey.

La acción de Corfú tuvo también el efecto propagandístico deseado en Italia. Alberoni había conseguido afianzar la presencia de la política exterior española en el área del Mediterráneo. Pero, claro, si haces mucho ruido se te quejan los vecinos e Inglaterra no tardaría en reactivar los juegos de alianzas primero con Holanda, luego con Francia y por último con Austria. No os engañéis, que no tardaron en darnos para el pelo. En 1718 una escuadra inglesa derrotaba a la española en el Cabo Passaro, Sicilia, y se nos torcían las cosas de nuevo. Pero eso, amigos, ya es otra historia.

El fin de la odisea: Nuestra Señora de las Mercedes vuelve a casa

Las ediciones digitales del ABC y de El País amanecían hoy con la noticia que pone fin definitivamente a la lucha entre el Estado Español y la empresa Odyssey por la propiedad de los restos arqueológicos del pecio Nuestra Señora de las Mercedes.

La fragata Nuestra Señora de las Mercedes se hunde tras explotar su santabárbara

Tras un largo proceso judicial, los tribunales estadounidenses han fallado en favor de España en la causa por la propiedad del material arqueológico que la empresa Odyssey Marine Exploration había extraído del lugar del hundimiento de la fragata española, Nuestra Señora de las Mercedes. La sentencia dictamina que el barco, hundido en 1804 frente a las costas del Algarve, en Portugal, era y es propiedad del Estado Español como “navío de pabellón” y “tumba de guerra”, dos figuras legales que aseguran a España la total jurisdicción y propiedad sobre el sitio del hundimiento, independientemente de las aguas en las que se encuentre.

En Aquí Fue Troya queremos dedicar este artículo a este lío. Aunque quiero avisar que este artículo está basado en los artículos de la prensa nacional. A lo largo de esta página habrá unos cuantos enlaces a distintos artículos de El País en su edición digital. No quiere decir que la noticia no haya sido cubierta por otros medios (como El Mundo, el ABC, etc.) pero ya es bastante embrollo ordenar unas cuantas noticias de un solo medio como para enlazar a más de un periódico. Espero que sepan perdonarme.

Breve historia de un hundimiento

Antes de meternos en el meollo, deberíamos hablar un poco del barco. Al principio de esta historia, la compañía Odyssey Marine Exploration se guardó muy mucho de compartir con la prensa y el gobierno español sus sospechas sobre la procedencia y nombre del pecio que habían encontrado. Por aquel entonces (2007), Odyssey decidió darle al hundimiento el nombre de Black Swan (“Cisne Negro”) y quedarse tan panchos.

Sin embargo, el barquito cuyos restos habían extraído con tanta diligencia pertenecían a la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, que se hundió el 5 de octubre de 1804.

La Mercedes formaba parte de un convoy compuesto por ésta, las fragata Clara, Medea y Fama, así como otras tres embarcaciones comerciales a las que protegían: El Castor, La Joaquina, El Astigarraga y Las Dos Amigas. La flotilla había salido de Montevideo el 9 de agosto de ese mismo año rumbo a puertos peninsulares. A bordo de las embarcaciones iban nuevos caudales americanos (sobre todo plata) fruto de las explotaciones mineras y la recaudación de la Corona, así como patrimonio de origen privado que se encomendaba a la protección de la armada por comerciantes y propietarios locales que repatriaban dineros rumbo a sus casas en la península o destinados a iniciar intercambios comerciales.

Los mares de entonces no eran especialmente seguros. A las acciones de  la piratería había que sumar la candente situación internacional. Ya saben,  los franceses habían revolucionado la política internacional con esa manía suya de “libertad, igualdad y fraternidad”, y Napoleón Buenaspartes estaba dando bien por el saco a los ingleses. Así que, aunque España en ese momento aún era una nación neutral, cuando la flota avistó velas en el horizonte aquel día de octubre de 1804, el comandante dio la orden de zafarrancho, que más valía prevenir que curar.

Sin embargo, el 5 de octubre de 1804 no sirvió de nada prevenir. Las velas en el horizonte eran las de una flota inglesa que, con ganas de gresca y presas jugosas (en tiempos de guerra hace falta dinero, ya saben), se liaron a cañonazos con la flota española hasta hacerlas rendir la bandera y poner rumbo a la Gran Bretaña, God save the King. Pero para aquel entonces, La Mercedes ya no estaba en situación de poner las velas mirando a ninguna parte. En medio del combate, pocos minutos después de comenzar, un disparo certero había hecho blanco en la santabárbara de la fragata. Este depósito de pólvora y munición hizo estallar por los aires el buque y se fue a pique con su cargamento y las 249 personas a bordo (el relato de uno de los supervivientes se publica hoy en El País).

El ataque a la flota española y su captura provocaron que el 14 de diciembre de 1804, España declarara la guerra a Inglaterra y todo se fue yendo poco a poco al traste. Pero ésa es otra historia.

Comienza el litigio

Después de poneros en antecedentes, estaréis deseando llegar al lío, ¿verdad? Esta que leéis no es la primera entrada que se publica en Aquí Fue Troya a raíz del caso Odyssey. Aquella vez, yo mismo me limitaba a dar un par de pinceladas a raíz de las últimas noticias. Ahora que parece que todo llega a su fin, es hora, quizá,  de detenernos un poco más.

El 18 de mayo de 2007, la empresa Odyssey Marine Exploration (Odyssey para los amigos y los que no lo son tanto) anunciaba el descubrimiento de un pecio de época moderna en algún punto indeterminado del Atlántico. Le dieron el nombre de Cisne Negro y se callaron como muertos sobre sus sospechas sobre la verdadera identidad del barquichuelo hasta que un juez en Florida les dijo que ya valía de rodeos.

El caso es que nuestras autoridades pusieron el grito en el cielo, se rasgaron las vestiduras e incluso detuvieron el barco de la empresa en puerto. Pero las monedas que Odyssey había sacado del barco terminaron rumbo a EE.UU. en un bonito avión fletado a tal efecto y el barco de la empresa terminó por dejar aguas españolas. Y aquí empezaba el proceso litigante.

El Estado Español denunció a la empresa Odyssey en lo que ellos consideraban un intento de expoliar nuestro patrimonio histórico. El juicio se iniciaba en Tampa Bay, Florida, bajo la instrucción del juez Mark Pizzo.

Con el proceso abierto, otros vinieron a sumarse a la empresa Odyssey en su afán por aprovechar el filón. El Gobierno de Perú decidió que “la historia no es agua pasada” y reclamó el 1 de agosto los reales de a 8 del cargamento. Perú alegaba que, puesto que habían sido acuñados en Lima en tiempos de Carlos IV, le pertenecían, aunque en ese momento Perú como nación no existiera. Además, Odyssey propuso que los descendientes de aquellos mercaderes que habían depositado su dinero en el barco, pudieran reclamar la parte proporcional. Odyssey no era un buen samaritano. En el caso de que la empresa lograra un veredicto favorable y los descendientes reclamaran con éxito las monedas, eso reduciría el impacto negativo que una venta de esa magnitud tendría en el valor de las monedas en el mercado de antigüedades.

No hay que ser cenizo

A pesar de las pocas esperanzas que la profesión tenía en un resultado favorable a España, debido a los diferentes acuerdos internacionales ratificados por los EE.UU, durante todo el proceso judicial hemos asistido a episodios que permitían albergar mejores expectativas. Expectativas que se han visto confirmadas el pasado día 30.

¿Por qué éramos tan negativos al principio? Pues porque entre España y EE.UU. existen dos diferencias fundamentales a nivel jurídico: la tradición y el tratado internacional de la Convención Unesco para la protección del patrimonio cultural subacuático.

En contra de lo que mucha gente piensa, el pecio de La Mercedes se encontraba hundido en aguas internacionales. Eso, hasta la Convención Unesco, dejaba el barco a merced de cualquiera que lo encontrara. Las aguas internacionales son de dominio internacional, un territorio de jauja donde se pueden hacer peleas de monos con cuchillos.

Escudada en esa ley, Odyssey dio comienzo al expolio y el gobierno español tuvo que acudir a juicio en EE.UU., bajo cuyo pabellón se encontraba la empresa Odyssey.

El juicio en EE.UU. planteaba dos grandes problemas: una tradición jurídica en la que, como en Inglaterra, está muy asentado el derecho de búsqueda y rescate (el que lo encuentra se lo queda y si quieres recuperarlo, tienes que pagarle una parte de su valor); y el hecho de que EE.UU. no ha firmado la Convención Unesco.

De tal forma que el Estado Español tenía que convencer a la justicia americana de que La Mercedes era un barco militar, protegido por leyes internacionales que sí han sido firmadas por EE.UU., anulando así los posibles derechos de búsqueda y rescate de la empresa Odyssey.

Y por su parte Odyssey alegaba que La Mercedes estaba, en el momento del hundimiento, llevando a cabo tareas civiles y que por tanto no estaba protegida por la legislación internacional para barcos de pabellón y tumbas de guerra. Más aún, Odyssey alegaba que el Estado Español había perdido sus derechos sobre La Mercedes al considerar que habían “abandonado” el barco. Esto es, que tras su hundimiento se había “dado por perdida” y se había renunciado a la fragata.

La luz al final del túnel

A pesar de que parecía complicado que los jueces estadounidenses dieran la razón a España, lo cierto es que, como he mencionado, durante todo el proceso se asistió a acontecimientos que permitían albergar esperanzas (aunque en los foros de la profesión era muy común escuchar aquella expresión de prudencia de “no empecemos a chuparnos las pollas todavía”).

En Tampa Bay, el juez Mark Pizzo, el 04 de junio del 2009, tras dos años de comerse las uñas, recomendaba que la carga extraída de La Mercedes fuera devuelta a España. Odyssey, como era de esperar, no estaba de acuerdo con la decisión del juez y recalcaba el supuesto aspecto civil del trabajo de La Mercedes y los posibles derechos de los descendientes de aquellos amables comerciantes criollos.

A la espera de que la justicia se volviera a pronunciar, recibimos otra noticia esperanzadora: el Gobierno Federal se pronunciaba en favor de los intereses españoles en octubre de ese mismo año. Evidentemente, gracias a la separación de poderes este hecho no tenía por qué tener repercusiones en la decisión judicial, pero era de agradecer. Además ponía de manifiesto dos cosas: la primera, que la diplomacia española daba sus frutos; y la segunda, que EE.UU. estaba dispuesto a cumplir aquella promesa informal de respetar la Convención Unesco aun sin haberla firmado. O quizá fuera sólo que tenían muy claro que era un barco militar y que “las tumbas de guerra no se han de menear”.

Unos meses después, el 23 de diciembre, como si de un regalo de Navidad se tratara, otro juez, Steven D. Merryday, de la corte de apelaciones de Tampa, ratificaba la sentencia de Mark Pizzo. Otro golpe para Odyssey que, pese a todo, no daba su brazo a torcer y el 21 de enero de 2010, recurría de nuevo la sentencia aunque esta vez en el Undécimo Tribunal de Apelaciones de EE.UU. en  Atlanta (Georgia), el siguiente nivel en la escala judicial.

Les volvieron a decir que no. El 21 de octubre del 2011, el Undécimo Tribunal recogía, esta vez, un tratado firmado entre EE.UU. y España en 1902 que aseguraba los derechos españoles sobre el pecio y la carga. Pero Odyssey volvió a reafirmarse diciendo que solicitaría una audiencia ante el tribunal para volver a exponer sus argumentos con la esperanza de hacerle cambiar de opinión. “Victoria por desgaste”, lo llaman algunos.

Y los jueces volvieron a decirles que no. El 30 de noviembre del 2011, el Undécimo Tribunal de Apelaciones de Atlanta, tras haber escuchado a Odyssey en audiencia previa y meditar sus reiterativas afirmaciones, desestimaba nuevamente su recurso. “Oiga, que no, que ya le hemos dicho que devuelva el cargamento”.

Parece que ya está, ¿no? Bueno, no exactamente: aun queda una posibilidad. Aunque la noticia da por bueno que está todo el pescado vendido y los expertos consideran que esto está hecho, Odyssey ha recurrido ante el Tribunal Supremo. Sin embargo, los abogados coinciden en que éste no suele aceptar a recurso casos en los que varios tribunales han emitido fallos en la misma dirección. Así que sí, quizá podamos ir “vendiendo” ya la piel del oso.

ULTIMA HORA: Que sí, que era evidente, pero deberíais saber que Odyssey ha gastado el último cartucho.

ACTUALIZACIÓN (09/02/2012): El tribunal Supremo rechaza el recurso de urgencia. Tampa ejecutará la sentencia de forma normal. Odyssey aun puede recurrir al Supremo pero mientras Tampa seguirá el proceso para cerrar el caso.

¿Y ahora qué?

Bueno, lo obvio es que la carga de plata y oro que la empresa Odyssey extrajo del pecio de La Mercedes, será repatriada a España. ¿Pero qué se hará con ella?

He mencionado un par de veces la Convención Unesco para la protección del patrimonio cultural subacuático. Esta Convención, firmada e impulsada en gran medida por España, tiene un valor legal que coloca sus disposiciones justo por debajo de nuestra Constitución y es de obligado cumplimiento. La Convención establece que se considere “Patrimonio Cultural Subacuático”, todo resto producido por el hombre que haya permanecido total o parcialmente sumergido de forma continua o discontinua durante al menos 100 años.

El Patrimonio Cultural Subacuático está sujeto a protección. Entre otras cosas, está prohibida su venta. Por tanto, la carga de La Mercedes, desengáñense si lo pensaban, no puede venderse para sacarnos de la crisis. Los restos acabarán en museos nacionales (el Arqueológico Nacional y el ARQUA, entre otros) para ser fruto de estudios científicos. He leído por ahí que deberían guardarse en el Archivo General de Indias en Sevilla. A esos ansiosos Sevillanos, les diré que no. Que el Archivo de Indias no es un museo. Que se lo pregunten a sus archiveros y ya verás como están de acuerdo conmigo.

¿Entonces por qué hemos gastado tanto tiempo y dinero en esto? Pues porque el cargamento de La Mercedes puede ser utilizado para ampliar nuestro conocimiento de la historia de nuestro país. Por enumerar alguna posibilidad: conocer la producción de las minas de Lima en función de las fechas de acuñación; el nivel de fraude en el manifiesto de estas flotas; analíticas estadísticas sobre la pureza de la plata; etc.

Un daño irreparable

Sin embargo, para mí y seguro que para otros muchos arqueólogos subacuáticos, esta será una victoria amarga. Las acciones de Odyssey nos han impedido para siempre obtener valiosa información que, si no fuera por su afán por el beneficio, habría podido ser recabada en el transcurso de una excavación arqueológica.

Algunos opinarán que de no ser por Odyssey no se habría localizado el barco. Pero el precio que se ha pagado es demasiado alto: recuperar el cargamento de monedas tiene muy poco valor científico en comparación con el potencial de una excavación científica.

De una excavación subacuática se puede obtener muchísima información. Un barco hundido puede darnos mucha información si sabemos hacerle las preguntas apropiadas: los restos de madera hablan de las técnicas constructivas y de las reparaciones llevadas a cabo durante la vida del barco; la toma de medidas pormenorizadas nos permite reconstruir el barco sobre el papel y estudiar su forma (ya que se cuentan con pocos planos de época); la distribución de la carga también nos habla de técnicas y formas de proceder; restos tales como cueros, botones, y vajillas nos cuentan cosas de la vida a bordo que no pueden encontrarse en las grandes crónicas de guerra…

Pero a empresas como Odyssey, cuyo beneficio está enfocado a recuperar piezas de valor económico para los mercados de antigüedades, no prestan atención a estos detalles y la información queda rápidamente destruida ante técnicas invasivas que sólo buscan la extracción con el mínimo coste de tiempo y materiales.

[ULTIMA HORA: 21 de Febrero 2011, Las autoridades españolas se preparan para retornar los restos arqueológicos de La Mercedes a finales de semana.