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Comunidad pehuenche de Quinquén

Viajando por la tierra del Gran Caupolicán

Seguramente más de un lector de Aquí Fue Troya haya leído alguna vez el poema al Gran Caupolicán. Lo escribió Rubén Darío allá por 1888  para recordar la fuerza de este  jefe militar mapuche del siglo XVI. Hubo otros grandes líderes guerreros (toquis, en lengua mapudungún) como él, pero un nombre como el de Caupolicán no se olvida fácilmente:  refleja bien la fuerza de este pueblo, el mapuche, que resistió a la llegada de los españoles y, poco antes, también a los incas de Túpac Yupanqui.

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La Última Cena [Cine histórico]

Acostumbramos a ver en televisión por estas fechas todo tipo de películas relacionadas con la pasión de Cristo, incluso vemos películas que la parodian, tales como la obra maestra de los Monty Python, La Vida de Brian. La película de la que os quiero hablar hoy es de un estilo completamente diferente.

La Última Cena de la que hablamos no se realiza en Jerusalén, sino en un ingenio cubano, y no en la contemporaneidad del hijo de Dios, sino en el siglo XVIII. Es la Semana Santa de un año sin identificar de ese siglo. En Cuba el azúcar es la primera explotación agrícola, y los esclavos negros la primera fuerza de trabajo.

En esta Semana Santa del siglo XVIII, el señor dueño del ingenio se pasa por allí para hacer una visita de rigor. Al llegar intenta ponerse al corriente del día a día del ingenio, habla con el mayoral y con el cura, principales autoridades en su ausencia, amén del químico del ingenio, que se encarga del laboratorio. Le enseñan las instalaciones y le describen las novedades. Y es en este momento cuando comienza la peculiar interpretación de la Pasión de Cristo.

Hablando con el cura, éste le explica que no va bien el asunto de la instrucción religiosa de los negros y esto se eleva a caso práctico cuando se encuentra que los guardas están dedicados en pleno a la búsqueda de un cimarrón. Ante esta tesitura, al señor se le ocurre una idea genial, organizar una cena, a imitación de la cena que Cristo tuvo con sus discípulos, con doce esclavos elegidos (aunque no se dice, uno de cada tipo de negro, procedencia, cultura, estatus, etc.), entre ellos el cimarrón, que representaría la traición de Judas. El objetivo de la cena no es otro que instruirlos en la religión católica, y especialmente en el mensaje de que Dios, en su divina providencia, ha hecho con los hombres unas distinciones, les ha dado a cada uno un lugar y una labor, y aceptar eso con resignación abrirá las puertas de un cielo en el que todos se igualarían y vivirían felices.

Durante la cena, sin embargo, además de esto, se vienen explicando todos y cada uno de los tipos de esclavos, cómo los cogieron, a qué se dedicaban, sus culturas, etc. Además, se ven claramente diferentes actitudes ante la situación. El vino corre, al señor se le va soltando la legua y a partir de ahí os haría spoilers de la película.

El Señor hablando con el esclavo cimarrón durante la cena. Toda la escena de la cena se rodó únicamente con la iluminación que procedía de los candelabros situados en la mesa.

La película está dirigida por el cubano Tomás Gutiérrez Alea, y se engloba dentro de un cine exigido por el gobierno revolucionario en los 70. Este cine debería ser pedagógico y se dedicaría a explicar que la vida en la colonia era lo peor de lo peor. Dentro de estas exigencias del gobierno revolucionario, Gutiérrez Alea realiza dos películas, Una pelea cubana contra los demonios (1972) y la referida La Última Cena (1976). Ambas hablan sobre la esclavitud en la Cuba colonial y, aunque la situación en la que se hace la película pueda suponer otra cosa, son dos ejemplos de muy buen cine histórico. Con una excepcional ambientación y una mejor documentación, se aprecia cómo Alea se inspira en los libros de Fernando Ortiz, Una pelea cubana contra los demonios para la película homónima, y en El Ingenio de Manuel Moreno Fraginals, para La Última Cena. Además, en ambas películas se documenta con una las mejores monografías escritas sobre la esclavitud en el Caribe, Los negros esclavos de Fernando Ortiz.

Tomás Gutierrez Alea, director de la película, conocido como el Berlanga cubano por su film "Muerte de un burócrata", de un estilo muy parecido al de Berlanga. Ambos directores han reconocido la influencia que en ellos tuvo Luis Buñuel.

En la película de Alea, amén de una excelente calidad cinematográfica con los medios con los que se contaba entonces, podemos destacar varias cosas muy interesantes que nos ayudarán a entender el periodo:

  • Por una parte tenemos las relaciones de poder, del señor como autoridad máxima, el mayoral, el cura, el hombre de ciencia, los esclavos del  ingenio y los del servicio doméstico. Durante la película vemos cómo el mayoral tiene problemas con el cura, puesto que los días de catequismo o de culto no siempre responden a intereses comunes. Vemos cómo el cura y el químico se enzarzan en un par de debates morales. Y, por último, un auténtico detalle es cuando el señor le cuenta al esclavo que le hace de criado personal su intención de organizar la cena, éste le pregunta si tiene que asistir y le responde, “por supuesto que no, tú eres mi esclavo”.
  • Apreciamos, durante la cena, la relación de los esclavos entre ellos, sus historias del camino que recorren desde que son hombres libres hasta que llegan a Cuba como esclavos, y los que son nacidos ya esclavos en la misma hacienda. Nos trasmite muy bien cuál sería el pensamiento de esos esclavos y cómo digieren esa situación.
  • Otra de las cosas maravillosas de la película es cómo Gutierrez Alea nos trasmite una cuestión muy actual: cómo la incompetencia de una persona que no tiene ni idea de lo que ocurre en el lugar, pero que tiene todo el poder, puede llevar al desastre todo con una decisión desafortunada.  

Una auténtica maravilla de película, altamente recomendable para todo aquel que esté interesado en el tema de la esclavitud, y por la que los años han pasado estupendamente bien.