Archivo de la categoría: Arqueología

Congreso CIAC 2013 en Mérida

El Museo Nacional de Arte Romano de Mérida acoge el próximo mes de Mayo el Congreso Internacional de Arqueología Clásica. Este evento se viene realizando desde mitad del Siglo pasado y se realiza cada 5 años. El de este año 2013 lleva el título de “Centro y periferia en el mundo clásico”, y para elo la AIAC (Asociación Internacional de Arqueología Clásica no ha podido elegir un lugar más adecuado.

cartel xviii ciac
Animar desde aquí a todas las personas que pudieran estar interesadas en el evento a que busquen la forma de no perdérselo. Os dejamos los enlaces de la AIAC y el blog del evento. Deseando que todo salga bien y que los asistentes y los ponentes disfruten al máximo de una experiencia de estas características.

Saqueadores arqueológicos: ladrones del patrimonio de todos

El pasado 2 de marzo aparecía en El País la noticia de que un jubilado había expoliado en los últimos veinte años más de 4.000 piezas de varios yacimientos de Castilla y León y de Aragón. El expolio de material arqueológico supone un delito contra el patrimonio nacional y la pérdida irremediable de valiosa información sobre nuestro pasado más remoto.

Piezas celtíberas incautadas. FUENTE: El País
Piezas celtíberas incautadas. FUENTE: El País

A principios de marzo salía a luz el saqueo sistemático que un individuo (me niego a darle otro nombre) había realizado en varios yacimientos en torno a su localidad de residencia. La Guardia Civil ha recuperado más de 4.000 piezas de todo tipo que estaban almacenadas en su vivienda de cualquier manera (en botes de café o cajas de bombones) y vincula a este saqueador con varios cascos celtíberos en venta por algunas subastas europeas. La operación, aparentemente, es un éxito y quizá permita reclamar los susodichos cascos. Que repiquen las campanas.

El problema es que, como ya he comentado anteriormente en las entradas relacionadas con el Caso Odyssey (ver artículo final aquí), las piezas producto de un saqueo, que han sido extraídas de los yacimientos sin los adecuados métodos y sin guardar registro detallado del contexto, pierden gran parte de su valor arqueológico. La mayor parte de la información que podría haberse sacado de estas piezas se ha perdido, puf, a tomar por saco, y ahora son poco más que objetos decorativos pintorescos. Sí, aun podrán hacerse algunos análisis, relacionarse con otro tipo de datos e inferir alguna información, pero donde eran realmente útiles era en las tumbas de las que han sido sacados. Gracias a este individuo hemos, esencialmente, perdido parte del pasado de la Península Ibérica. Mándenle una bonita postal de agradecimiento.

Concienciación: Una asignatura pendiente

Dejemos clara una cosa. Los restos arqueológicos son tan parte del patrimonio nacional como las iglesias y los castillos y el daño o apropiación del patrimonio nacional es un delito que puede ser castigado con la cárcel. El patrimonio arqueológico es un bien precioso que nos pertenece a todos y cuando alguien roba, saquea o expolia (llámenlo como quieran), nos están robando, saqueando y expoliando nuestro pasado a todos. Como si entraran en su casa y se llevaran todos los recuerdos familiares y éstos fueran la única manera de mantener viva su memoria.

Pero esta conciencia de que los restos arqueológicos no tienen valor si no se pueden estudiar en relación con el contexto en el que fueron encontrados es una asignatura pendiente y que debemos tratar de aprobar en el futuro.

La verdad es que los museos, los libros de arte, los periódicos y el cine no han ayudado a extender esta idea. Especialmente los museos (aunque ya se están modernizando mucho) dan más importancia a la pieza que al contexto en sus exposiciones y lo que el visitante recuerda al final es”lo bonita que era tal o cual vasija”, la “cantidad de monedas que había” o los “chulo que era ese broche”… De tal forma que el museo es recordado más como una extensión de la tienda de regalos.

Centro de Interpretación de Segóbriga en Saelices, Cuenca. FUENTE: Comunidad de Castilla la Mancha
Centro de Interpretación de Segóbriga en Saelices, Cuenca. FUENTE: Comunidad de Castilla la Mancha

Los “Centros de Interpretación Arqueológica” intentaban, además de generar turismo en los pueblos que albergaban yacimientos, atraer la atención sobre el contexto histórico y arqueológico de las piezas que normalmente vemos en los museos. Concienciar a la gente que los materiales arqueológicos no eran importantes por estar en un museo sino por dónde y cómo habían sido encontrados. Lamentablemente, fruto del boom económico, los centros también han sido víctimas de la crisis y languidecen vacíos e incluso cerrados a lo largo y ancho de la península.

Visita a Atapuerca. FUENTE: Fundación Atapuerca.
Visita a Atapuerca. FUENTE: Fundación Atapuerca.

En la actualidad, proliferan las exposiciones que intentan concienciar al público de la importancia de los yacimientos en sí mismos y de la existencia de un contexto. Algunos yacimientos han empezado a abrir sus puertas a grupos de visitantes (escolares y adultos) para enseñarles que lo que el arqueólogo hace en el campo no es un picnic sino trabajo científico y que el proceso es tan importante como los materiales que se encuentran.

Con un poco de suerte las futuras generaciones tendrán una idea más desarrollada de la importancia del patrimonio arqueológico de la península y casos como el de este saqueador serán motivo de escándalo nacional.

Mientras tanto, seguiremos confiando en que los pillen a tiempo… y no tras veinte años de actividad.

Canteras de Cusa, Sicilia: viaje a una fábrica de templos.

Para los locos por la arqueología, visitar un yacimiento o un buen museo puede ser algo casi místico: unos pocos objetos, unas ruinas, nos bastan para -con un poco de imaginación- evocar fragmentos de vidas pasadas, metiéndonos fugazmente en ellos como si fueran recuerdos lejanos de una vida nuestra. Y por si la imaginación no nos da para tanto, las carambolas de la historia nos regalan a veces lugares en que imaginar casi no hace falta.

Sección de un fuste de columna, abandonada mientras era transportada con la ayuda de cuñas. Es visible la cavidad destinada a la grapa de unión con otra sección.

Uno de esos lugares, fascinante tanto por el valor mismo del yacimiento como porque lo más probable es que no coincidamos con muchas otras personas al visitarlo, son las Cavas de Cusa, en Sicilia. De estas canteras se nutrían los grandiosos templos de la vecina Selinunte, y en ellas la expresión “parado en el tiempo” adquiere todo su sentido: esparcidos entre árboles de olivo y naranjos, encontramos fústeles y basamentos en todas las posibles fases de elaboración, desde aquellos que sólo con dificultad se distinguen del bloque de piedra original, hasta los que prácticamente se han fosilizado con el suelo mientras rodaban, transportados con palancas y cuñas. Todo está tal y como lo dejaron los obreros que trabajaban en Cusa cuando un día del 409 a.C el inesperado ataque de los cartagineses les obligó a abandonar la cantera para correr a defender la ciudad. Casi todos sus habitantes morirían o serían hechos prisioneros, y los templos a los que estaban destinados aquellas columnas nunca llegarían a construirse.

Sección de un fuste de columna, abandonada mientras era transportada con la ayuda de cuñas. Es visible la cavidad destinada a la grapa de unión con otra sección.

Desde entonces, el esplendor de Selinunte no volvió a ser el mismo, aunque por suerte las ruinas de su Acrópolis nos cuentan aún hoy que allí estuvo uno de los más poderosos enclaves comerciales de la Magna Grecia.
Pero, pese a la magnificencia de sus templos -y aun a riesgo de desatar las iras de Zeus, Hera o Apolo, algunos de los dioses a quienes estuvieron consagrados- tengo que decir que son las Cavas de Cusa las que con más fuerza tejieron mi recuerdo de este extremo de Sicilia, que visité un verano de hace 4 años. De hecho admito que, mientras caminaba entre aquellos restos entre el fragor de las cigarras, escuchar de un momento a otro el martilleo de dinteles y la voz de alerta ante la llegada del invasor no sólo me pareció posible, sino perfectamente razonable.

 

 

Colombia aprueba una ley que permite la venta de su patrimonio subacuatico

El pasado día 11, Colombia aprobó una ley que permite la venta de su patrimonio subacuático por parte de las empresas Cazatesoros en contra de la opinión no sólo de sus arqueólogos nacionales sino de la comunidad científica internacional.

 

Arqueologos colombianos protestando en el Congres. Fuente, ABC

 

El pasado día 11 de Diciembre, el congreso de Colombia aprobó la ley 125 que permite a las empresas de cazatesoros, la venta del patrimonio cultural subacuático en sus aguas bajo un criterio de repetición. A la ley se han opuesto tanto políticos como arqueólogos colombianos, así como el conjunto de la comunidad científica internacional.

Hace unas horas, un buen amigo, José Mateos, de Golpes del Revés, me preguntaba “¿qué tiene de malo esto?” Como es una pregunta que se habrá hecho mucha gente, creo que podemos decidarle un ratito.

 

Patrimonio Arqueológico. ¿Cuál es su valor?

Desde que los hombres del  Renacimiento empezaran a mostrar interés por las obras de arte de la antigüedad, la arqueología ha evolucionado mucho. En los últimos 80 años los distintos países han empezado a proteger su patrimonio arqueológico y cultural como una parte importante, vital e irrepetible de su pasado. En tierra, las legislaciones para la protección de yacimientos arqueológicos se han implementado y mejorado, haciéndose cada vez más restrictivas, para asegurar que el patrimonio arqueológico se conserve y pueda ser disfrutado por todos los ciudadanos, hoy y en el futuro.

Objetos arqueológicos vs Yacimientos

La arqueología, como todas las ciencias, ha evolucionado mucho. Desde los coleccionistas de antiguedades, interesados sólo en las piezas consideradas de valor por sus materiales o sus cualidades estéticas, hasta una ciencia o una técnica, que, de una manera sistemática y cuidados intenta, através del estudio del conjunto del yacimiento, obtener información del pasado.

Para los anticuaristas, los coleccionistas y los cazatesoros que los suministran, el valor económico está en la pieza, la obra de arte, la moneda de oro. Para el arqueólogo, los elementos individuales carecen de valor si no forman parte de un conjunto, de un yacimiento. Y da igual que sea una moneda de plata que el craneo de un caballo. Si está descontextualizado, si se lo separa de su conjunto, no tiene ningún valor.

Caza de Tesoros vs Arqueología

Los caza tesoros tienen como objetivo el beneficio económico, enriquecerse, con la venta de piezas arqueológicas de valor (oro, plata, piedras preciosas, antiguedades en general) mientras que el objetivo de los arqueólogos es la investigación del pasado. Ambas profesiones, dirán algunos, son perfectamente legítimas, el problema es que la acción de unos, los cazatesoros, (que solo les beneficia a ellos), imposibilita que los arqueólogos puedan hacer su trabajo (que nos beneficia a todos).  ¿Por qué? Pues porque para el cazatesoro, ninguna otra parte del yacimiento tiene importancia y la intervención que realiza destruye todo el contexto en el que se encuentran los restos. Sólo le interesa la pieza.

Criterio de Repetición

Los objetos arqueológicos son únicos. Hasta el siglo XX, en el que se impone la producción encadena y la utomatización, la producción estaba sujeta a muchas variantes. Los objetos, incluso las monedas, aunque nos parezcan iguales no lo son. Y es precisamente cuando contamos con muchos ejemplos, cuando podemos empezar a extraer conclusiones. Una de las técnicas de análisis de materiales más utilizadas hoy por hoy es la estadística. Los arqueólogos miden, cuantifican, decenas de variables y las someten a estudios estadísticos. De tal forma que, cuantos más “objetos repetidos” tengamos, mejor serán nuestra comprensión de la producción de dichos objetos. Más es mejor y, en esencia, cada objeto es único e irrepetible.

Conservación

Bueno, pero encontes, si lo que hace falta es tener datos, pues cogemos los datos y luego ya vendemos el resto, ¿no? El problema de ese argumento es que las técnicas de análisis siguen mejorando cada año. Hoy en día un arqueólogo puede saber más de cómo, dónde y cuándo se hizo una pieza de lo que podía saber cualquier arqueólogo hace 40 años. Así que nuestro deber es guardar los materiales, asegurarnos de que en el futuro, con mejores técnicas de análisis, los arqueólogos que vengan tengan posibilidad de volver a estudiarlas. La arqueología, al contrario que la geología o la química, no puede salir al campo a por más granito, o generar más reacciones químicas a voluntad; los objetos arqueológicos son finitos, un día ya no habrá más que estudiar.

¿Y cómo afecta a esto la nueva ley colombiana?

La ley 125 permite que las empresas cazatesoros “recuperen” objetos de yacimientos sumergidos (barcos hundidos o cualquier otro tipo de yacimiento) y se les pague con una parte del botín. Algunos opinan que esto ayudará a aumentar el conocimiento de los yacimientos sumergidos colombianos, pero lo único que hace es abrir la puerta a su destrucción.

Por un lado, los cazatesoros, cuyo único objetivo es el beneficio, sólo están interesados en aquellos yacimientos que contengan elementos que ellos (y esta ley) consideran de valor: joyas, oro, plata, piedras preciosas, obras de arte… Cosas que se pueden vender. Bueno, la verdad es que el 90% de los yacimientos subacuáticos carecen de dichos materiales o su presencia es tan baja que su explotación económica es inviable (mover un barco, poner buceadores en el agua, etc, es muy caro). Pero eso no lo sabes hasta que excavas el barco. Cuando un cazatesoros encuentra un barco “vacío”, lo abandona a su suerte y se va en busca de otro.

Por otro lado, las técnicas de los cazatesoros son altamente destructivas. Como al cazatesoros sólo le interesa aquello que pueda vender, la extracción se lleva a cabo con técnicas altamente dañinas para el resto de materiales. Por todo el planeta se han dado casos en los que los cazatesoros han utilizado taladros para separar el metal precioso de otros restos arqueológicos y han hecho agujeros en los cascos de los barcos para poder acceder a la carga, destrozando el maderamen (de cuya construcción sabemos bien poco y gracias a estas actividades no sabremos nada).

Por último, la idea de la repetición es una aberración científica. Como ya he dicho, cada objeto arqueológico (se un lingote de oro o un plato de cerámica) es irrepetible. Y es através del estudio de los conjuntos, de cuantos más elementos mejor, como aprendemos algo del pasado.

¿Y por qué debe importarnos?

Bueno, si el argumento de que el pasado es un bien común y que su conocimiento es útil para todo el mundo, tambi’en puede quedarse con un aspecto más pequeño de este gran conocimiento universal. El patrimonio arqueológico colombino al que esta ley afecta principalmente no es sólo suyo, sino que forma parte del pasado compartido por toda hispanoamérica. Su patrimonio cultural, su pasado, también es el nuestro y esta ley abre la puerta a que en el futuro, nuestro conocimiento del pasado sea menor o inexistente.

¿Quién tiene la culpa?

Bueno, es evidente que el Congreso de Colombia ha sido presionado, o sus congresistas coeccionados, para que esta ley salga adelante. No hay que ser muy mal pensado para pensar que el hecho de que al principio esta ley planteara un 12% de “compensación económica” para el cazatesoros, y se haya aprobado con un 50% está relacionado con intereses económicos privados más que el conocimiento del patrimonio subacuático colombiano, de hecho, el representante de varias “empresas rescatadoras” solicitaba al gobierno que la “compensacion” ascendiera hasta el 80%.

Pero, desengañémonos, los arqueólogos tenemos mucha culpa en esto. Mientras nuestras técnicas se modernizaban, y aprendíamos que la importancia no está en la pieza sino en el conjunto de ellas, no hemos sido capaces de enseñar al público general a ver el patrimonio arqueológico de una manera más moderna y la población sigue viendolo como lo veían los anticuarios del siglo XVIII.

 

Dos pecios descubiertos en Filipinas

Los pasados 2 y 3 de marzo, el Museo Nacional de Filipinas anunciaba el descubrimiento de dos pecios, un junco chino y un galeón español, en sus aguas.

Los pasados 2 y 3 de marzo la prensa nacional e internacional se hacía eco de dos noticias anunciadas por el Museo Nacional de Filipinas. El descubrimiento de un junco chino (un velero típico asiático) y un galeón español en sus aguas territoriales.

Un junco chino del siglo XVIII

El Museo Nacional de Filipinas ha anunciado el descubrimiento de un yacimiento subacuático que, según su opinión, pertenece a un junco chino del siglo XVIII. El pecio se encuentra en las aguas de la ciudad de Roxas, en la región de Cápiz, aunque, lamentablemente, según las autoridades, presenta ya claros indicios de haber sido expoliado.

Entre los pocos restos que han sido hallados en el lugar del hundimiento, debido al expolio, se encuentran algunas piezas de porcelana. Las autoridades guardacostas filipinas opinan que el expolio pudo haber sido llevado a cabo por buceadores que descubrieran el pecio de forma fortuita y que, sin informar de dicho descubrimiento, se aprovecharan del hallazgo.

El pecio fue hallado durante el desarrollo de tareas de exploración llevadas a cabo por el personal del Museo en el mes de febrero aunque no ha sido hasta ahora que se ha dado a conocer la noticia.

A pesar de la desaparición de la carga, las autoridades guardacostas y el Museo, han afirmado que se ha documentado el pecio y tienen la esperanza de poder preservarlo.

La documentación de la arquitectura naval del barco y su situación, su estado de conservación y la forma en la que se hundió, es aún fruto jugoso de estudio para conocer el pasado de la navegación. Aunque para los expoliadores y cazatesoros, el barco en sí carece de valor (sólo les interesa aquello que puede venderse), para los arqueólogos los restos de madera pueden arrojar valiosa información.

Un galeón español

Illustration from Peregrinationes" from T. de Bry, 1603 (copy in Boston Public Library)

El día anterior, el Museo Nacional de Filipinas hacía el anuncio del descubrimiento de un galeón español frente a las costas de la isla de Panay.

Según cuenta la noticia, un equipo de arqueólogos y buzos filipinos del Museo Nacional y de la Fundación de Extremo Oriente para la Arqueología Subacuática, encontraron los restos de un galeón español, de fecha aún por determinar, junto con parte de la carga hundido frente a las costas de Panay al oeste del archipiélago.

Los restos se encuentran a 33 metros de profundidad. La investigación está aún en una fase muy temprana y no se han podido datar ni identificar los restos (barco y carga) que yacen en el fondo parcialmente cubiertos por la arena.

Este pecio no es el primero de origen español que se encuentra en Filipinas. En 1992, frente a la isla Fortuna, un arqueólogo francés (el tristemente famoso Franck Goddio) localizó el galeón San Diego, situado a unos 50 metros de profundidad que fue hundido por el buque de guerra holandés Mauritius  en el año 1600. Los restos de la carga recuperada (porcelana china, sables japoneses, cañones portugueses y monedas mexicanas) fueron depositados (previo pago del estado español) en el Museo Naval de Madrid y en el Museo Nacional de Filipinas. Mientras que, en el lugar del naufragio, aun permanecen los restos del barco y la tripulación.

Filipinas, parada obligatoria

Las Filipinas entraron a formar parte de la monarquía de España en 1571, durante el reinado de Felipe II y tras un proceso de conquista llevado a cabo por Miguel López de Legazpi. Automáticamente, las islas se convirtieron en el acceso a los mercados orientales a través del mecanismo comercial denominado Galeón de Manila o Nao de Acapulco, que recibía dicho nombre al ser ambos puntos de partida y atraque de una de las grandes rutas comerciales ultramarinas del comercio español.

Los galeones españoles que unieron Manila y Acapulco entre 1565 y 1815 facilitaban el comercio entre Asia y Europa. Las naves llegaban a Manila cargadas de plata, chocolate o maíz traídos de México y se intercambiaban por especias, textiles y mercancías exóticas.

La ruta entre Manila y Acapulco se convirtió en la línea marítima de mayor duración de la historia. Y eso, pese a que la navegación era muy arriesgada: la ruta se cobró docenas de naves y miles de vidas. Los barcos eran presa jugosa para la piratería y el corso, los ingleses también hicieron de las suyas capturando la Santa Ana en 1587, la Encarnación en 1709 y la Covadonga en 1743.

Pero las dificultades no apagaron la prosperidad de Manila. La ciudad que el Padre Chirino definió como una imitación “de aquella Tyro tan elogiada por Ezequiel” vivía desastres y pérdidas que la postraban por un tiempo, pero sus habitantes recuperaban pronto el ánimo y reanudaban sus operaciones pues el galeón les proporcionaba, anualmente, riquezas y lujos incomparables. Aunque en 1762 el esplendor de la ciudad ya había decaído, cuando los ingleses tomaron la ciudad y se dispusieron al saqueo, aun esperaban encontrar las riquezas cuya fantástica imagen aun poblaba su imaginación.

Las operaciones en Manila eran sencillas. Anualmente recibían a los chinos y otros orientales que llegaban con sus cargamentos, compraban las mercancías, lo registraban en la Hacienda Real y embalaban el género. La nao partía para Acapulco y a su regreso, se obtenía una parte de la ganancia de la venta en Acapulco y recibían nuevos metales para continuar con el mercadeo que cerraba y reiniciaba el ciclo.

La ruta del Galeón de Manila jugó un importante papel. Transportaba colonos, enriquecía hombres, hacía de buque correo con el confín más alejado de la monarquía de España y, en definitiva, mediatizaba la vida de Manila desde su conquista y población por gentes españolas.

¿Por qué Turismo Responsable? Algunas reflexiones para nómadas errantes

El turismo se ha convertido en una de las actividades económicas más potentes a nivel mundial, moviendo nada menos que a casi mil millones de personas cada año, y generando un volumen de negocio que convierte al sector turístico en uno de los más importantes a nivel global. Yacimientos arqueológicos, museos, lugares de interés etnológico y, en general, todo aquello que tiene cabida en el amplísimo -aunque difícilmente manejable- cajón de sastre que es “lo cultural”, son recursos fundamentales sin los que la actividad turística no sería posible.

El turismo responsable de yacimientos arqueológicos puede ser una herramienta muy efectiva para combatir la pobreza.

Soy totalmente consciente del hecho de que “lo cultural” tiene un valor que va mucho más allá de su potencial como recurso turístico, si bien en el panorama actual que describo brevemente más arriba, poblado de ceros y de beneficios millonarios, parece lógico que nos planteemos algunos interrogantes: ¿cómo es posible que muchos yacimientos arqueológicos de inestimable valor, que sin duda podrían atraer a algunos de esos tantos millones de turistas, permanezcan olvidados, con el consecuente deterioro y riesgo de expolio que esto conlleva? Además, muchas de las regiones más pobres del mundo poseen un riquísimo patrimonio cultural, tangible e intangible. Entonces, ¿cómo es que no se logra poner en valor y preparar para el disfrute turístico dicho patrimonio, generando puestos de trabajo dignos para los habitantes de esos territorios y ofreciéndoles una alternativa al saqueo, la venta ilegal, o el simple desconocimiento –e incluso desprecio- por un patrimonio que hasta ahora no ha sabido o no ha podido contribuir a mejorar las condiciones de vida de estas personas?

Probablemente, más de un lector estará pensando en las consecuencias dudosamente positivas que ha tenido el uso turístico de sitios arqueológicos que ahora mismo podríamos calificar de muchas maneras, excepto de olvidados o desconocidos… Pero no todos los turismos son iguales: el Turismo Responsable se presenta, de hecho, como una manera de viajar capaz de contribuir a la puesta en marcha de un turismo más justo y sostenible, en lugar de alimentar una actividad turística invasiva, homogeneizadora y de alto impacto.

Niños camboyanos jugando en el templo de Beng Mealea.

El Turismo Responsable comparte y hace suyos los fundamentos del desarrollo sostenible, asumiendo la necesidad de prestar atención a las tres dimensiones sin las que dicho desarrollo no es posible: la dimensión económica, la medioambiental y la sociocultural. Pero ya decíamos al principio que lo cultural es un inmenso cajón de sastre, y si bien esto podría explicarse en parte por la amplitud del concepto mismo de cultura, también es cierto que resulta cómodo, cuando se trata de poner en marcha proyectos de turismo reales, concretos, confinar en esta casilla a todos aquellos elementos con los que no se sabe muy bien qué hacer, cómo usarlos -léase “cómo venderlos”-, de modo que “lo cultural” termina reduciéndose en demasiados casos a la compra de una artesanía supuestamente tradicional y local, a la contemplación de alguna manifestación más o menos espectacularizada y adaptada a las expectativas atribuidas al turista, o a una excursión relámpago al yacimiento que todas las guías dicen que no podemos dejar de ver.

De lo anterior podemos deducir que conciliar patrimonio cultural y turismo resulta complejo, y que aún para las iniciativas y proyectos turísticos que desean realmente presentarse como una alternativa sostenible al turismo de masas, el aspecto cultural sigue siendo uno de los puntos que más desafíos plantea: equilibrio entre conservación y número de visitantes, apropiación social del patrimonio por parte de las comunidades locales, distribución equitativa de los beneficios… A que existan tales dificultades contribuye también, muy probablemente, el hecho de que se trate de crear un punto de encuentro equilibrado entre dos mundos –el de los profesionales de la cultura y los del turismo- profundamente separados aún por la convicción mutua de que cualquier intento de entendimiento y colaboración con el otro sería vano, pues existe toda una serie de prejuicios de los que a unos y otros aún les sigue costando mucho deshacerse. Como consecuencia, sigue siendo difícil encontrar buenos profesionales formados en ambos campos, aunque por fortuna esto está empezando a cambiar.

Quizás la fuerza del Turismo Responsable, lo que explica que cada vez más personas veamos en esta forma de hacer turismo una posibilidad real de hacer mejor las cosas, también en lo que se refiere a lo cultural, esté en el hecho de que nos involucra a todos: a las autoridades encargadas de la planificación del destino, al sector privado que conforma la oferta turística, al mundo académico, a los gestores culturales, los guías y los intérpretes del patrimonio, y sobre todo, y ésta es la novedad, a cada uno de esos mil millones de personas que, por citar un ejemplo, fuimos turistas en 2008.

También nosotros somos responsables, con nuestro comportamiento antes, durante y después de cada viaje, de cómo y en qué medida contribuya el turismo a conservar y promover el patrimonio cultural, valorizando así elementos clave para la identidad de los pueblos, y por tanto, para un desarrollo menos economicista y más humano, orientado a la continuidad.

El fin de la odisea: Nuestra Señora de las Mercedes vuelve a casa

Las ediciones digitales del ABC y de El País amanecían hoy con la noticia que pone fin definitivamente a la lucha entre el Estado Español y la empresa Odyssey por la propiedad de los restos arqueológicos del pecio Nuestra Señora de las Mercedes.

La fragata Nuestra Señora de las Mercedes se hunde tras explotar su santabárbara

Tras un largo proceso judicial, los tribunales estadounidenses han fallado en favor de España en la causa por la propiedad del material arqueológico que la empresa Odyssey Marine Exploration había extraído del lugar del hundimiento de la fragata española, Nuestra Señora de las Mercedes. La sentencia dictamina que el barco, hundido en 1804 frente a las costas del Algarve, en Portugal, era y es propiedad del Estado Español como “navío de pabellón” y “tumba de guerra”, dos figuras legales que aseguran a España la total jurisdicción y propiedad sobre el sitio del hundimiento, independientemente de las aguas en las que se encuentre.

En Aquí Fue Troya queremos dedicar este artículo a este lío. Aunque quiero avisar que este artículo está basado en los artículos de la prensa nacional. A lo largo de esta página habrá unos cuantos enlaces a distintos artículos de El País en su edición digital. No quiere decir que la noticia no haya sido cubierta por otros medios (como El Mundo, el ABC, etc.) pero ya es bastante embrollo ordenar unas cuantas noticias de un solo medio como para enlazar a más de un periódico. Espero que sepan perdonarme.

Breve historia de un hundimiento

Antes de meternos en el meollo, deberíamos hablar un poco del barco. Al principio de esta historia, la compañía Odyssey Marine Exploration se guardó muy mucho de compartir con la prensa y el gobierno español sus sospechas sobre la procedencia y nombre del pecio que habían encontrado. Por aquel entonces (2007), Odyssey decidió darle al hundimiento el nombre de Black Swan (“Cisne Negro”) y quedarse tan panchos.

Sin embargo, el barquito cuyos restos habían extraído con tanta diligencia pertenecían a la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, que se hundió el 5 de octubre de 1804.

La Mercedes formaba parte de un convoy compuesto por ésta, las fragata Clara, Medea y Fama, así como otras tres embarcaciones comerciales a las que protegían: El Castor, La Joaquina, El Astigarraga y Las Dos Amigas. La flotilla había salido de Montevideo el 9 de agosto de ese mismo año rumbo a puertos peninsulares. A bordo de las embarcaciones iban nuevos caudales americanos (sobre todo plata) fruto de las explotaciones mineras y la recaudación de la Corona, así como patrimonio de origen privado que se encomendaba a la protección de la armada por comerciantes y propietarios locales que repatriaban dineros rumbo a sus casas en la península o destinados a iniciar intercambios comerciales.

Los mares de entonces no eran especialmente seguros. A las acciones de  la piratería había que sumar la candente situación internacional. Ya saben,  los franceses habían revolucionado la política internacional con esa manía suya de “libertad, igualdad y fraternidad”, y Napoleón Buenaspartes estaba dando bien por el saco a los ingleses. Así que, aunque España en ese momento aún era una nación neutral, cuando la flota avistó velas en el horizonte aquel día de octubre de 1804, el comandante dio la orden de zafarrancho, que más valía prevenir que curar.

Sin embargo, el 5 de octubre de 1804 no sirvió de nada prevenir. Las velas en el horizonte eran las de una flota inglesa que, con ganas de gresca y presas jugosas (en tiempos de guerra hace falta dinero, ya saben), se liaron a cañonazos con la flota española hasta hacerlas rendir la bandera y poner rumbo a la Gran Bretaña, God save the King. Pero para aquel entonces, La Mercedes ya no estaba en situación de poner las velas mirando a ninguna parte. En medio del combate, pocos minutos después de comenzar, un disparo certero había hecho blanco en la santabárbara de la fragata. Este depósito de pólvora y munición hizo estallar por los aires el buque y se fue a pique con su cargamento y las 249 personas a bordo (el relato de uno de los supervivientes se publica hoy en El País).

El ataque a la flota española y su captura provocaron que el 14 de diciembre de 1804, España declarara la guerra a Inglaterra y todo se fue yendo poco a poco al traste. Pero ésa es otra historia.

Comienza el litigio

Después de poneros en antecedentes, estaréis deseando llegar al lío, ¿verdad? Esta que leéis no es la primera entrada que se publica en Aquí Fue Troya a raíz del caso Odyssey. Aquella vez, yo mismo me limitaba a dar un par de pinceladas a raíz de las últimas noticias. Ahora que parece que todo llega a su fin, es hora, quizá,  de detenernos un poco más.

El 18 de mayo de 2007, la empresa Odyssey Marine Exploration (Odyssey para los amigos y los que no lo son tanto) anunciaba el descubrimiento de un pecio de época moderna en algún punto indeterminado del Atlántico. Le dieron el nombre de Cisne Negro y se callaron como muertos sobre sus sospechas sobre la verdadera identidad del barquichuelo hasta que un juez en Florida les dijo que ya valía de rodeos.

El caso es que nuestras autoridades pusieron el grito en el cielo, se rasgaron las vestiduras e incluso detuvieron el barco de la empresa en puerto. Pero las monedas que Odyssey había sacado del barco terminaron rumbo a EE.UU. en un bonito avión fletado a tal efecto y el barco de la empresa terminó por dejar aguas españolas. Y aquí empezaba el proceso litigante.

El Estado Español denunció a la empresa Odyssey en lo que ellos consideraban un intento de expoliar nuestro patrimonio histórico. El juicio se iniciaba en Tampa Bay, Florida, bajo la instrucción del juez Mark Pizzo.

Con el proceso abierto, otros vinieron a sumarse a la empresa Odyssey en su afán por aprovechar el filón. El Gobierno de Perú decidió que “la historia no es agua pasada” y reclamó el 1 de agosto los reales de a 8 del cargamento. Perú alegaba que, puesto que habían sido acuñados en Lima en tiempos de Carlos IV, le pertenecían, aunque en ese momento Perú como nación no existiera. Además, Odyssey propuso que los descendientes de aquellos mercaderes que habían depositado su dinero en el barco, pudieran reclamar la parte proporcional. Odyssey no era un buen samaritano. En el caso de que la empresa lograra un veredicto favorable y los descendientes reclamaran con éxito las monedas, eso reduciría el impacto negativo que una venta de esa magnitud tendría en el valor de las monedas en el mercado de antigüedades.

No hay que ser cenizo

A pesar de las pocas esperanzas que la profesión tenía en un resultado favorable a España, debido a los diferentes acuerdos internacionales ratificados por los EE.UU, durante todo el proceso judicial hemos asistido a episodios que permitían albergar mejores expectativas. Expectativas que se han visto confirmadas el pasado día 30.

¿Por qué éramos tan negativos al principio? Pues porque entre España y EE.UU. existen dos diferencias fundamentales a nivel jurídico: la tradición y el tratado internacional de la Convención Unesco para la protección del patrimonio cultural subacuático.

En contra de lo que mucha gente piensa, el pecio de La Mercedes se encontraba hundido en aguas internacionales. Eso, hasta la Convención Unesco, dejaba el barco a merced de cualquiera que lo encontrara. Las aguas internacionales son de dominio internacional, un territorio de jauja donde se pueden hacer peleas de monos con cuchillos.

Escudada en esa ley, Odyssey dio comienzo al expolio y el gobierno español tuvo que acudir a juicio en EE.UU., bajo cuyo pabellón se encontraba la empresa Odyssey.

El juicio en EE.UU. planteaba dos grandes problemas: una tradición jurídica en la que, como en Inglaterra, está muy asentado el derecho de búsqueda y rescate (el que lo encuentra se lo queda y si quieres recuperarlo, tienes que pagarle una parte de su valor); y el hecho de que EE.UU. no ha firmado la Convención Unesco.

De tal forma que el Estado Español tenía que convencer a la justicia americana de que La Mercedes era un barco militar, protegido por leyes internacionales que sí han sido firmadas por EE.UU., anulando así los posibles derechos de búsqueda y rescate de la empresa Odyssey.

Y por su parte Odyssey alegaba que La Mercedes estaba, en el momento del hundimiento, llevando a cabo tareas civiles y que por tanto no estaba protegida por la legislación internacional para barcos de pabellón y tumbas de guerra. Más aún, Odyssey alegaba que el Estado Español había perdido sus derechos sobre La Mercedes al considerar que habían “abandonado” el barco. Esto es, que tras su hundimiento se había “dado por perdida” y se había renunciado a la fragata.

La luz al final del túnel

A pesar de que parecía complicado que los jueces estadounidenses dieran la razón a España, lo cierto es que, como he mencionado, durante todo el proceso se asistió a acontecimientos que permitían albergar esperanzas (aunque en los foros de la profesión era muy común escuchar aquella expresión de prudencia de “no empecemos a chuparnos las pollas todavía”).

En Tampa Bay, el juez Mark Pizzo, el 04 de junio del 2009, tras dos años de comerse las uñas, recomendaba que la carga extraída de La Mercedes fuera devuelta a España. Odyssey, como era de esperar, no estaba de acuerdo con la decisión del juez y recalcaba el supuesto aspecto civil del trabajo de La Mercedes y los posibles derechos de los descendientes de aquellos amables comerciantes criollos.

A la espera de que la justicia se volviera a pronunciar, recibimos otra noticia esperanzadora: el Gobierno Federal se pronunciaba en favor de los intereses españoles en octubre de ese mismo año. Evidentemente, gracias a la separación de poderes este hecho no tenía por qué tener repercusiones en la decisión judicial, pero era de agradecer. Además ponía de manifiesto dos cosas: la primera, que la diplomacia española daba sus frutos; y la segunda, que EE.UU. estaba dispuesto a cumplir aquella promesa informal de respetar la Convención Unesco aun sin haberla firmado. O quizá fuera sólo que tenían muy claro que era un barco militar y que “las tumbas de guerra no se han de menear”.

Unos meses después, el 23 de diciembre, como si de un regalo de Navidad se tratara, otro juez, Steven D. Merryday, de la corte de apelaciones de Tampa, ratificaba la sentencia de Mark Pizzo. Otro golpe para Odyssey que, pese a todo, no daba su brazo a torcer y el 21 de enero de 2010, recurría de nuevo la sentencia aunque esta vez en el Undécimo Tribunal de Apelaciones de EE.UU. en  Atlanta (Georgia), el siguiente nivel en la escala judicial.

Les volvieron a decir que no. El 21 de octubre del 2011, el Undécimo Tribunal recogía, esta vez, un tratado firmado entre EE.UU. y España en 1902 que aseguraba los derechos españoles sobre el pecio y la carga. Pero Odyssey volvió a reafirmarse diciendo que solicitaría una audiencia ante el tribunal para volver a exponer sus argumentos con la esperanza de hacerle cambiar de opinión. “Victoria por desgaste”, lo llaman algunos.

Y los jueces volvieron a decirles que no. El 30 de noviembre del 2011, el Undécimo Tribunal de Apelaciones de Atlanta, tras haber escuchado a Odyssey en audiencia previa y meditar sus reiterativas afirmaciones, desestimaba nuevamente su recurso. “Oiga, que no, que ya le hemos dicho que devuelva el cargamento”.

Parece que ya está, ¿no? Bueno, no exactamente: aun queda una posibilidad. Aunque la noticia da por bueno que está todo el pescado vendido y los expertos consideran que esto está hecho, Odyssey ha recurrido ante el Tribunal Supremo. Sin embargo, los abogados coinciden en que éste no suele aceptar a recurso casos en los que varios tribunales han emitido fallos en la misma dirección. Así que sí, quizá podamos ir “vendiendo” ya la piel del oso.

ULTIMA HORA: Que sí, que era evidente, pero deberíais saber que Odyssey ha gastado el último cartucho.

ACTUALIZACIÓN (09/02/2012): El tribunal Supremo rechaza el recurso de urgencia. Tampa ejecutará la sentencia de forma normal. Odyssey aun puede recurrir al Supremo pero mientras Tampa seguirá el proceso para cerrar el caso.

¿Y ahora qué?

Bueno, lo obvio es que la carga de plata y oro que la empresa Odyssey extrajo del pecio de La Mercedes, será repatriada a España. ¿Pero qué se hará con ella?

He mencionado un par de veces la Convención Unesco para la protección del patrimonio cultural subacuático. Esta Convención, firmada e impulsada en gran medida por España, tiene un valor legal que coloca sus disposiciones justo por debajo de nuestra Constitución y es de obligado cumplimiento. La Convención establece que se considere “Patrimonio Cultural Subacuático”, todo resto producido por el hombre que haya permanecido total o parcialmente sumergido de forma continua o discontinua durante al menos 100 años.

El Patrimonio Cultural Subacuático está sujeto a protección. Entre otras cosas, está prohibida su venta. Por tanto, la carga de La Mercedes, desengáñense si lo pensaban, no puede venderse para sacarnos de la crisis. Los restos acabarán en museos nacionales (el Arqueológico Nacional y el ARQUA, entre otros) para ser fruto de estudios científicos. He leído por ahí que deberían guardarse en el Archivo General de Indias en Sevilla. A esos ansiosos Sevillanos, les diré que no. Que el Archivo de Indias no es un museo. Que se lo pregunten a sus archiveros y ya verás como están de acuerdo conmigo.

¿Entonces por qué hemos gastado tanto tiempo y dinero en esto? Pues porque el cargamento de La Mercedes puede ser utilizado para ampliar nuestro conocimiento de la historia de nuestro país. Por enumerar alguna posibilidad: conocer la producción de las minas de Lima en función de las fechas de acuñación; el nivel de fraude en el manifiesto de estas flotas; analíticas estadísticas sobre la pureza de la plata; etc.

Un daño irreparable

Sin embargo, para mí y seguro que para otros muchos arqueólogos subacuáticos, esta será una victoria amarga. Las acciones de Odyssey nos han impedido para siempre obtener valiosa información que, si no fuera por su afán por el beneficio, habría podido ser recabada en el transcurso de una excavación arqueológica.

Algunos opinarán que de no ser por Odyssey no se habría localizado el barco. Pero el precio que se ha pagado es demasiado alto: recuperar el cargamento de monedas tiene muy poco valor científico en comparación con el potencial de una excavación científica.

De una excavación subacuática se puede obtener muchísima información. Un barco hundido puede darnos mucha información si sabemos hacerle las preguntas apropiadas: los restos de madera hablan de las técnicas constructivas y de las reparaciones llevadas a cabo durante la vida del barco; la toma de medidas pormenorizadas nos permite reconstruir el barco sobre el papel y estudiar su forma (ya que se cuentan con pocos planos de época); la distribución de la carga también nos habla de técnicas y formas de proceder; restos tales como cueros, botones, y vajillas nos cuentan cosas de la vida a bordo que no pueden encontrarse en las grandes crónicas de guerra…

Pero a empresas como Odyssey, cuyo beneficio está enfocado a recuperar piezas de valor económico para los mercados de antigüedades, no prestan atención a estos detalles y la información queda rápidamente destruida ante técnicas invasivas que sólo buscan la extracción con el mínimo coste de tiempo y materiales.

[ULTIMA HORA: 21 de Febrero 2011, Las autoridades españolas se preparan para retornar los restos arqueológicos de La Mercedes a finales de semana.

A vueltas con Odyssey

El pasado día 21 de Septiembre, el undécimo tribunal del circuito de apelación de Atlanta, determinó dar por buena la decisión del tribunal de Tampa por la cual se obligaba a la empresa Odyssey a devolver a España los restos encontrados en el pecio de “Nuestra Señora de las Mercedes”.

La fragata Nuestra Señora de las Mercedes se hunde tras explotar su santabárbara

El día 21 de Septiembre, el caso Odyssey quemó una nueva etapa en lo que parece ser el camino hacia la recuperación de los restos arqueológicos sustraídos por la empresa de cazatesoros Odyssey en el pecio de Nuestra Señora de las Mercedes. El 11º tribunal del circuito de Apelación de Atlanta daba por buena la sentencia del tribunal de Tampa en la que se declaraba no competente y daba por buena la tesis de que la fragata Nuestra Señora de las Mercedes era un buque de estado a cuya propiedad el Estado Español no había renunciado.

Un buque de estado o un buque mercante

Los principales argumentos de una y otra parte en el caso Odyssey se desarrolla en torno a la naturaleza del buque Nuestra Señora de las Mercedes. Mientras la empresa Odyssey reclama que el buque se encontraba realizando operaciones mercantiles y por tanto debe ser considerado un mercante, el estado español sostiene que la fragata era un buque de guerra, esto es, de estado y que su misión no anulaba su naturaleza beligerante. ¿Por qué es importante la naturaleza del buque?

La legislación internacional establece una distición en lo que a barcos hundidos se refiere: barcos privados (mercantes, pesqueros, de paseo…) y barcos de estado. Si se trata del primero, la legislación internacional bajo la que estaría amparado el descubrimiento del pecio en aguas internacionales favorecería a la empresa Odissey pues imperaría el derecho de “búsqueda y rescate” que, resumido, viene a decir: quien lo encuentra se lo queda. Por el contrario, si se trata de un “buque de estado”, el barco está protegido por una doble consideración: la de buque de estado y la de cementerio militar en cuyo caso, Odissey habría realizado una acción ilegal bajo una legislación ratificada por los EE.UU. y se vería obligado a devolver todos los restos extraídos del pecio. Para que un barco sea considerado bajo la protección de esta denominación debe haber sido un barco militar y el estado al que pertenece no puede haber renunciado jamás a su propiedad (cosa que sí hizo España en el caso de Nuestra Señora de Atocha).

Las sentencias hasta el momento dan la razón a España y consideran a la fragata como buque de estado, por tanto, protegida por la legislación internacional que ambos estados (EE.UU. y España) ratificaron en su momento. Odyssey, parece, lo tiene crudo para cambiar las tornas a su favor, aunque el tribunal aun podría reconsiderar su último fallo y la empresa aun podría apelar al Tribunal Supremo de los EE.UU.

Miembros de la empresa Odyssey muestran la carga de monedas

¿Un tesoro en monedas?

Los medios de comunicación han seguido recalcando el “valor” de la carga de monedas extraída por la empresa Odyssey del pecio de Nuestra Señora de las Mercedes. Desde Aquí Fue Troya nos gustaría, para terminar, dejar claro un aspecto de nuestra legislación.

Tanto las leyes de protección del patrimonio como los tratados internacionales firmados por nuestro país (en concreto la Convención Unesco sobre la Protección del Patrimonio Cultural Subacuático), prohíben expresamente la venta y comercialización del patrimonio histórico español. Es decir, la vuelta de los miles de monedas de plata de la fragata hundida, no suponen ningún tipo de panacea para salir de la crisis económica que nos agobia. Esto no quiere decir que una rentabilización del descubrimiento no sea posible. La creación de exposiciones, museos y eventos culturales, si son bien gestionados pueden suponer un gran impulso económico. Ejemplos como el del Vasa en Suecia o Roskilde en Dinamarca son modelos en los que la inversión en patrimonio han tenido una buena amortización económica.

Enlaces relacionados:

– 21 de Septiembre de 2011: El tribunal de apelación ratifica la decisión de Tampa (El País, El Mundo, ABC, Miami Herald)

- 24 de Diciembre de 2009: El Tribunal de Tampa falla a favor de España (El País)

- Convención Unesco sobre la Protección del Patrimonio Cultural Subacuático (Unesco, 2001)

La arqueología de empresa: entrevista a un arqueólogo 3ª Parte

Tras dos entregas espaciadas en estos meses de verano (julio y agosto), llegamos al final de nuestra particular entrevista con Roberto. Esperamos que esta entrevista os haya servido par conocer más y mejor el mundo de la arqueología en España y avanzamos que, seguramente, esta no será la última entrevista que publiquemos en Aquí Fue Troya.

Roberto González Jiménez, arqueólogo y gestor de patrimonio

P. En la segunda parte de esta entrevista, hablamos de la relación entre la arqueología y el mundo de la construcción; así como de la parte más mercantil de vuestro trabajo. Si te parece, podemos dedicar esta última parte a hablar del proceso de trabajo en sí mismo. ¿Estais todo el día haciendo trabajo de campo o hay más tiempo de documentación que otra cosa?

Podemos decir que el trabajo de campo es la punta del iceberg. Es el más visible y el más espectacular pero no ocupa la mayor parte del tiempo. Detrás del trabajo de campo, existe un gran trabajo previo y posterior de laboratorio, que incluye documentación, inventario, estudio y análisis de restos arqueológicos, redacción de informes y memorias, tratamiento de planimetrías, etc.

P. Sin embargo la parte más visible suele ser la que se realiza a pie de “obra”. ¿Cuantas personas trabajan a pie de campo? ¿de cuantos componentes hablamos en total?

Esta pregunta es muy difícil de contestar. El trabajo arqueológico es muy fluctuante y depende mucho del tipo de intervención a la que te enfrentes. El número de personas a pie de campo es tan variable como intervenciones se puedan desarrollar. Cada intervención tendrá un equipo asignado en función de los objetivos, la metodología, el terreno, las herramientas disponibles, el horario, el calendario, etc. Tampoco podemos hacer una relación exacta entre los arqueólogos que participan a pie de campo y los que lo hacen en laboratorio, ya que esto, de nuevo, variará con cada una de las intervenciones.

P. Cada vez se ven en los medios de comunicación y en la ficción, nuevos y más complejos aparatos aplicados a la arqueología ¿en qué medida ayuda la tecnología a vuestro día a día? ¿hay mucha diferencia en las herramientas y utensilios que usáis hoy día respecto a lo que se usaban en los años 80, por ejemplo?

Las herramientas que se usaban en los 80, se siguen utilizando hoy en día, aunque esto no quiere decir que no se incorporen nuevas tecnologías a la práctica de la arqueología. En este sentido podemos indicar que cada vez es más habitual apoyarse en maquinaria pesada para realizar parte de las excavaciones arqueológicas.
Las nuevas tecnologías que pueden ayudar al registro arqueológico se incorporan a la práctica diaria. En este apartado podemos incluir todo lo relativo a la fotografía digital, los sistemas de posicionamiento GPS, los escáneres 3D, aplicaciones informáticas aplicadas al registro arqueológico, etc.

P. Y para terminar, aunque esta entrega será mucho más breve que las anteriores, me gustaría que nos dejaras una pequeña reflexión personal ¿cómo ves el futuro del patrimonio? ¿Y de la arqueología de empresa?

Creo que todas las actividades relacionadas con el patrimonio están en una fase muy inicial y que les queda mucho por recorrer. En ese sentido, creo que el futuro es prometedor. Pero para que se desarrollen de manera correcta estas actividades en torno al patrimonio, se debería avanzar en la normativa y en la legislación al respecto, así como creando algunas figuras y administraciones que puedan liderar estas actividades.

Hasta aquí la tercera y última parte de la entrevista. Desde Aqui Fue Troya queremos agradecer a Roberto su buena disposición y el tiempo dedicado a contestar a nuestras preguntas. Una vez más, esperamos que os haya resultado interesante y os invitamos a exponer vuestras dudas y opiniones en los comentarios.

La arqueología de empresa: entrevista a un arqueólogo 2ª Parte

El pasado julio, comenzábamos a publicar la primera parte de una entrevista que Aquí Fue Troya realizó al arqueólogo Roberto González Jiménez. La intención con dicha entrevista era acercar al público una profesión mal conocida. Este mes, publicaremos la segunda y penúltima entrega de esta entrevista que, por razones de longitud, hemos preferido fragmentar.

Roberto González Jiménez, arqueólogo y gestor de patrimonio

P. En la primera parte, comentabas que la arqueología de urgencia se caracteriza por ocuparse de aquellas intervenciones arqueológicas relacionadas con obras de construcción con las que tiene que convivir y a las que tiene que adaptarse. Pese a todo, vuestra presencia influye mucho en el ritmo de la obra, ¿cómo os lleváis con los arquitectos y empresarios ?

En este caso volvemos a tener una situación similar al caso institucional. Hay un necesario entendimiento y colaboración por todas las partes para beneficio y logro de los objetivos de todos los participantes.
Si bien es cierto que en determinados momentos o en los inicios del desarrollo de las legislaciones sobre protección del patrimonio arqueológico, existieron grandes conflictos entre arqueólogos y constructores y/o promotores, cada vez más existe una colaboración entre todos que redunda en unas mejores condiciones de trabajo y un mayor logro de los objetivos. A este hecho ha contribuido en gran medida el desarrollo por parte de los municipios de normativas específicas y catálogos e inventarios de patrimonio. El disponer de estas herramientas hace que la previsión del hallazgo de restos arqueológicos en determinadas obras sea muy fácil y por tanto, la programación de actividades arqueológicas en relación al desarrollo de la obra también se vea favorecida.

P. Entonces, en ese entorno de trabajo, ¿crees que la ley actual cumple sus objetivos de protección?

Si, creo que cumple con los objetivos de protección. En lo que no estaría tan de acuerdo es en si cumple los objetivos de promoción de la investigación arqueológica. Creo que esa parcela está abandonada por la ley y por las diferentes administraciones y quizás sería el siguiente paso que debería trabajar la legislación.

P. Si te parece, vamos a cambiar de tercio. Ahora que sabemos a qué os dedicáis, podríamos hablar de cómo funcionáis. Muchos se preguntarán quién paga vuestro trabajo y cómo los conseguís.

La financiación de nuestros trabajos suele ser diversa. Una gran parte de la financiación es de capital privado. Los constructores y promotores de obras, que deben desarrollar actividades arqueológicas sufragan el coste de las mismas, que dependiendo de la legislación que se aplique a cada territorio podrán recuperar en forma de subvención o de exención.
En el caso de obras públicas, son los promotores públicos los que soportan el coste de las actividades arqueológicas.
También existe la financiación pública a través de subvenciones de distintas administraciones, desde nivel local a nivel europeo.
Así mismo podemos destacar la financiación a través de la obra social de distintas entidades, el patrocinio y el mecenazgo, aunque no suelen ser la fuente de financiación principal de los proyectos.

P. Y una vez que habéis encontrado financiación ¿en base a qué se os paga?, ¿funcionáis por obra o por resultados? Es decir, ¿lo importante es buscar o encontrar algo?

Una empresa arqueológica no mide su éxito o fracaso en función de lo que encuentra o no encuentra. Consecuentemente, la actividad arqueológica se programa por obra. El resultado de la intervención arqueológica relacionado con esa obra podrá resultar positivo o negativo, pero ello no implica que el trabajo arqueológico se haya desarrollado de manera correcta o incorrecta.

P. Varios de los que han colaborado con nosotros sugiriendo preguntas, coinciden en una duda: ¿Si os encontrais algo de valor la ley dice que tenéis que entregarlo a las autoridades, no? ¿no os llevais nada de nada como gratificación?

No. En el objetivo de la investigación arqueológica prima el contexto sobre el objeto. Cuando se realiza una intervención arqueológica los materiales que se recuperan se convierten en herramientas para el estudio de la historia. Con esto quiero decir, que en la mayoría de los casos, los arqueólogos, ante un objeto no observan su valor económico sino su valor cultural y/o histórico.

P. Pero, entonces, ¿se puede vivir de eso o solo es para unos pocos privilegiados?

Se puede vivir de esto. Evidentemente, y como en cualquier otra profesión, existe un número limitado de personas que puede absorber el mercado laboral, aunque éste es mayor de lo que muchos pueden pensar. En los últimos años hemos vivido un “boom” de la arqueología profesional y han sido muchas las personas que se han incorporado a la arqueología de manera laboral. Debido a la crisis económica que afecta a todos los ámbitos y, sobretodo, al decrecimiento de la construcción, el número de arqueólogos profesionales ha caído en picado. Soy de la opinión, que existe la posibilidad de dedicarse laboralmente a la arqueología, pero que el mercado laboral en este ámbito todavía se está acomodando. Ni era lógica la situación de la arqueología laboral, antes de la crisis, ni es lógica la situación actual.

Hasta aquí la segunda parte de la entrevista. Dentro de poco publicaremos la última parte. Esperamos que os esté resultando interesante. Como siempre, nos vemos en los comentarios.