Archivos de la categoría Anécdotas

El auriga Marcianus yendo a tomarse un vermut en su cuadriga. Aparece también el nombre de su caballo principal: Inluminator. Museo Nacional de Arte Romano (Mérida).

Un día en las carreras, II

(A lo mejor, qué sé yo, te has perdido la primera parte. La puedes encontrar aquí: Un día en las carreras, I).

En el capítulo anterior nos enteramos de: 1) los romanos robaron el corazón (y lo que no es el corazón) de las sabinas invitándolas a pasar una tarde en el circo, 2) las partes que componen un hipódromo a la romana (sin necesidad de que vaya rebozado y frito), 3) dónde están algunos de nuestros circos favoritos y 4) dónde ir a tomar un vermú si os coincide una mañana de domingo en Tarragona y alguien os obliga a ello a punta de pistola (¿hay, acaso, alguna otra razón por la que tomarse un vermú un domingo? Cof, cof).

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Hamish

Cuando las vacas salvaron a la Humanidad

Vaya por delante, si me perdonan la expresión, que a mí las vacas me caen de puta madre. Me es imposible ser objetivo con tan adorables rumiantes. Gracias a ellas obtenemos chuletones, leche, cachopos, bostas para abonar nuestros campos, quesos, mantequilla, cuero, entrecots, cecina, yogures y hasta pergaminos. Incluso, con suerte, puedes disfrutar de leche merengada si tu vaca lechera no es una vaca cualquiera. ¡Pardiez, pero si hasta hay vacas con club de fans propio!

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Paco de Lucía tocando la guitarra española

Historia de la Guitarra

Paco de Lucía tocando la guitarra española
Paco de Lucía tocando la guitarra española

El pasado 25 de febrero se nos fue el gran Paco de Lucía, maestro de la guitarra quien, incluso, fue nombrado por el New York Times como el Jimi Hendrix de la guitarra española. Ello me inspiró en realizarle un pequeño homenaje, pero que no fuese directo, es decir, que no fuese hablar de su vida. Intenté ir un poco más allá y rendirles homenaje a todos los maestros que han hecho posible que, un instrumento de segunda fila y considerado popular, se convirtiese en el icono de la música. Hoy, gracias a tantos grandes guitarristas, cada vez que se representa a la música, se hace con un dibujo de un pentagrama o de una guitarra. Vamos a analizar el porqué de esto con una breve historia de la guitarra.

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Panteón Real San Isidoro

De Cáliz de Doña Urraca a Santo Grial

Actualización.- El Museo de San Isidoro ha vuelto a exponer el Cáliz de Doña Urraca [1].

El 23 de marzo, además de morir Adolfo Suárez, la prensa leonesa recogía una asombrosa noticia bajo el titular “El Santo Grial está en León”. El hecho pasó ligeramente desapercibido hasta que ayer, día 26, todos los medios se hicieron eco y medio país quiso entender que sí, que el Santo Grial llevaba siglos en León y corrió a abrazarlo cual nuevo dogma irrefutable. Que esto es España y aquí todos somos expertos en reliquias, faltaría más.

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El Circo Máximo visto desde el Palatino

Un día en las carreras, I

…iam pridem, ex quo suffragia nulli
uendimus, effudit curas; nam qui dabat olim
imperium, fasces, legiones, omnia, nunc se
continet atque duas tantum res anxius optat,
panem et circenses.
Juvenal, Sátira X, 77-81

(…hace mucho tiempo ya de cuando no vendíamos nuestro voto a nadie, hemos abandonado nuestros deberes; los que hace tiempo ejercían alto cargo militar, importante cargo civil, legiones, todo, ahora se contienen y esperan con ansia sólo dos cosas: pan y circo.)

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Iglesia de San Juan de Duero (Soria)

El altar cristiano

El altar es el centro de la liturgia cristiana, siendo el lugar donde se encuentran Dios y el hombre. El altar es una mesa que representa la mesa, con perdón por la redundancia, donde Cristo partió el pan y tomó el vino durante la Última Cena. La liturgia de la misa cristiana gira en torno al altar porque a partir del altar Cristo comenzó a ejercer su sacerdocio. Por su misma naturaleza es la mesa peculiar del sacrificio y el convite pascual. Es el ara donde el sacrificio de la cruz se perpetúa sacramentalmente, siendo un signo del mismo Cristo. El altar es también un honor a los mártires, por eso se mantiene la costumbre de introducir en éste una reliquia sacra del mártir al que es honorado. El altar ha de ser único y fijo, sin estar adosado a la pared, ya que el sacerdote ha de dar vueltas alrededor de éste durante la liturgia.

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Plaza Mayor de Salamanca

Diez curiosidades de Salamanca

Salamanca, capital de la provincia del mismo nombre, cuenta con una población estimada de casi 150.000 habitantes. Uno de ellos -aunque se empeñe en no empadronarse- es quien esto escribe, que además ha podido estudiar e investigar en su universidad. Siempre queda bien escuchar eso de “ah, vives en Salamanca, qué suerte”, pero confieso que, al mismo tiempo, cansa leer la típica ristra de estereotipos facilones que pueblan guías, revistas y blogs de viajes. Culpa de ello también la tenemos los historiadores y la alergia de muchos a divulgar, de ahí el listado que viene a continuación.

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La ciudad olvidada y su poeta maldito

Llevo unos días pensando sobre qué escribir para Aquí Fue Troya, la verdad es que muchos temas se me pasaron por la cabeza en ese tiempo, algunos de ellos espero que puedan materializarse, mientras que con otros no sucederá lo mismo. Y sí, sé que os debo la segunda parte del post sobre el chavismo, pero ese llegará en la siguiente entrada.

Parece que la suerte o la inspiración se alió conmigo, pues en una de las noches en las que buscaba algo nuevo que leer tras haber terminado una novela, apareció ante mis ojos una versión de Nadja, de André Bretón (la cual recomiendo salvajemente, como casi todo lo que tenga que ver con el dadaísmo y el surrealismo) que poseía desde hace tiempo y que me hizo recordar que Bretón vino a Tenerife en los años treinta a una Exposición Surrealista, cuando venir a Canarias era casi como irse al fin del mundo.

En realidad no voy a hablar de André Bretón, sino del autor maldito que esa magnífica generación surrealista dejó en Canarias: Domingo López Torres.

Probablemente a la mayoría de personas que lean este pequeño post desde la Península u otros lados del globo jamás habían oído este nombre antes. No se preocupen, su figura en el ámbito canario no es excesivamente conocida, ha sido uno de esos personajes que se ha borrado (o se han encargado de borrar) del imaginario colectivo.

Domingo López Torres nació en 1907 en la capital de la isla de Tenerife, mostrando actitudes y aptitudes desde joven para el arte, ya que aún siendo autodidacta y de extracción social baja, supo hacerse un hueco entre los autores de vanguardia del archipiélago, siendo solamente un joven.

López Torres consiguió rápidamente y con sólo 25 años colarse en un grupo en el que estaban literatos como Domingo Pérez Minik, Agustín Espinosa, el gomero Pedro García Cabrera o Emeterio Gutiérrez Arbelo, pero en el que también habían artistas de otras ramas como el magnífico pintor Óscar Domínguez, por el cual tengo una predilección personal especial.

Marxista y revolucionario hasta las últimas consecuencias, vivió durante los años de la II República su época más dorada, a pesar de que ya desde finales de la década de los veinte, en plena dictadura de Primo de Rivera, había escrito su principal obra: Diario de un sol de verano.

Autor de literatura, también lo fue de artículos con una implicación política notable durante el período republicano en su edición Cartones, desde la cual lanzaba sus consignas revolucionarias, en una época en la que Santa Cruz tuvo el mayor despertar libertario que se recuerda con una importancia del componente anarquista que pudiera parecer sorprendente en la ciudad actual, la cual tiene una tendencia conservadora mayor que la mayoría de ciudades del archipiélago y, por qué no decirlo, del resto del estado.

Expos
Octavilla de la Exposición Surrealista de 1935 en el Ateneo de Santa Cruz de tenerife

Esa Santa Cruz fue la misma que acogió la Exposición Surrealista de 1935, a la cual acudieron los franceses André Bretón y Benjamin Peret y donde se expusieron obras de autores nacionales como Picasso, Dalí, Miró o el propio Óscar Domínguez, así como de artistas internacionales de la talla de Hans Arp, Ives Tanguy o Giacometti (la cual fue ofrecida al Cabildo por entonces y no quiso comprar). También esa fue la Santa Cruz donde se editó la famosa revista Gaceta de Arte entre 1932 y 1936, dirigida por el pintor y crítico de arte Eduardo Westerdahl y en la cual colaboraron no sólo los autores del círculo surrealista canario, entre los que se encontraba López Torres, sino también autores de renombre internacional como Le Corbusier, Gertrude Stein o el propio Tristan Tzara.

Esa isla de Tenerife era uno de los centros de la cultura no sólo del país, sino también a nivel internacional, donde este grupo surrealista se desvincula de las líneas principales nacionales existentes en la península, las cuales seguían líneas editoriales favorables al señorío hispano y la inteligencia nacional. Este grupo no era tan “provinciano” en ese sentido, su vocación era internacionalista y universalista. Como exponía Westerdahl en la editorial de la primera editorial Gaceta de Arte allá por 1932:

Conectados a la Cultura Occidental, queremos tendernos sobre todos los problemas, en el contagio universal de la época. Sin huir el pensamiento, sin buscar refugio en tratamientos históricos para los fenómenos contemporáneos. Nuestra mirada llena de luz intelectualista de la época. Recorrerá todos los procesos artísticos que tengan un carácter histórico formal. Nuestra posición de isla aislará los problemas a través de esta soledad propia para la meditación y el estudio procuraremos hacer el perfil de los grandes temas, descongestionándolos para buscarles una expresión. Creemos movernos entre naciones. Ser isla en el mar Atlántico (Mar de la Cultura) es apresar una idea occidental y gustaría, hacerla propia despacio, convertirla en sentimiento. Queremos ayudar a una posición occidentalista de España. Seres Atentos, amplios, jóvenes. Y cumplirá en la isla, en la nación, en Europa, la hora universal de la Cultura. Esta será nuestra política.”

En esa época, López Torres crecía como persona y como artista. La influencia personal y directa de autores como Breton hizo que su forma de ver la vida y el arte se modificara. En 1935, seguía escribiendo, en su mayoría poemas; mientras regentaba una librería-estanco donde se reunían en ocasiones no sólo la élite del pensamiento canario, sino también grupos revolucionarios.

Llegó entonces 1936, el famoso año, y con él llegaron los militares, las iglesias y los nacionalistas. También con él se fueron los bretones, el libertarismo y las exposiciones. La amplitud cromática se tornó en un monocolor ideológico donde no cabían los autores del círculo surrealista canario, ni Gaceta de Arte.

LopezTorresRetrato
Diego López Torres con Jacqueline, Peret y Breton en un camello

La mayoría de los autores consigue superar, aunque con dificultades, la férrea actitud franquista contra este círculo. No es así el caso de Domingo López Torres, el más humilde de todos, el cual es recluido nada más empezar la posguerra y la represión (la cual se puede decir que en Canarias empezó desde el mismo día de 18 de julio, debido a la práctica ausencia de enfrentamiento directo) en el tristemente famoso “horror de Fyffes”, antiguo almacén de frutas el cual era el lugar donde eran encerrados los presos esperando una decisión sobre su futuro.

De noche ya, gritando mis ausencias,

buscaba yo en las playas las formas

que dejaban las chicas en la arena.”

En Fyffes siguió escribiendo sus poemas, que se hacían cada vez más tristes y sombríos debido a su penosa situación. Aunque también seguía evocando a su principal amor: el mar. Un mar que no sólo fue digno receptor de sus mejores poemas sino que también, en última instancia, recibió su cuerpo encerrado dentro de un saco en los primeros meses de 1937. No hubo suerte que permitiera la libertad que otros compañeros sí tuvieron, ni lágrimas en una ciudad que nunca más supo de su “hijo maldito”. Su ideología, pero también sus ansias de libertad y su extracción social le condenaron no sólo a la muerte, sino también al olvido. Sólo quedaron unos versos de su amigo García Cabrera como epitafio en una tumba inexistente:

“… si quieres quedarte con la verdad de sus sonrisas,

devuélveme su muerte al menos,

su muerte es mía y no te pertenece”

Beethoven, Napoleón y la Tercera sinfonía

Ludwig van Beethoven (Bonn, 1770 – Viena, 1827) alumbró en los primeros años del siglo XIX una obra revolucionaria. Estrenada en un concierto privado a finales de 1804, su Tercera sinfonía abrió las puertas del romanticismo de forma estruendosa. El genio del tormentoso compositor construyó una obra maestra en uno de sus momentos más difíciles, con incipientes problemas de audición, pensamientos suicidas y alejado de la fastuosidad de Viena. Una sinfonía que trascendería lo musical por un nombre escrito en su primera página: Bonaparte.

Portada de la Tercera sinfonía con el nombre de 'Bonaparte' tachado
Portada de la Tercera sinfonía con el nombre de ‘Bonaparte’ tachado

Aquello dio lugar a uno de los mitos más interesantes del siglo; la admiración de Beethoven hacia Napoleón cuando este aún era Primer Cónsul, la dedicatoria de su revolucionaria composición y el desencanto sufrido cuando se hizo coronar Emperador. Un histórico testimonio nos llega a través de Ferndinand Ries, alumno de Beethoven:

“En aquel momento, Beethoven sentía la más alta estima hacia Napoleón y lo comparaba con los grandes cónsules de la antigua Roma. (…) Yo fui el primero en darle las noticias de que Bonaparte se había declarado Emperador, tras lo cual estalló en cólera y exclamó: “¡Así que no es más que un común mortal! Ahora también pisoteará los derechos del hombre y se abandonará únicamente a su ambición. ¡Se ensalzará a si mismo sobre los demás convirtiéndose en un tirano!” Beethoven fue a la mesa, arrancó la portada, la partió por la mitad y la lanzó al suelo”.

Una reacción impulsiva de aquel que ve sus ideales traicionados. Es curiosamente significativo que el compositor tenía en su escritorio un pequeño busto de Bruto, el asesino de Julio César, el más famoso cónsul convertido en dictador. Pero la historia de la Tercera sinfonía tiene ingredientes sobradamente interesantes que complementan el relato de Ries. Todo comienza en el año 1802, en el que Beethoven, aconsejado por su médico, se retiró a descansar a la villa campestre de Heiligenstadt, en la que escribió su famoso y sufrido testamento, dirigido a sus hermanos, traumatizado por los problemas de sordera que comenzaba a padecer. No se descubrió hasta después de su muerte.

Pero también fue allí donde Beethoven anotó los primeros esbozos de su Tercera sinfonía, ligándola para siempre a uno de sus momentos más tormentosos de su vida. Fue sin embargo un año después, en otro retiro estival, esta vez en Döbling, cuando el compositor alumbró definitivamente su gran obra, presentada en un concierto privado en el palacio del Príncipe Lobkowitz, mecenas de Beethoven, en el mes de diciembre de 1804.

'La Coronación de Napoleón', de Jacques-Louis David
‘La Coronación de Napoleón’, de Jacques-Louis David

Pocos antes, desveló en una carta que el nombre de la sinfonía sería ‘Bonaparte’. Pese a cultivar un aura de nobleza desde que se trasladó a Viena en el 1792 y relacionarse con las figuras más relevantes de la aristocracia austriaca, no ocultó sus simpatías republicanas y admiraba a Napoleón, no por sus victorias militares, sino por haber “puesto orden político en el caos de una sangrienta revolución”, según narra Antonio Schindler en la biografía que escribió sobre su amigo Beethoven.

En ella, además, relata que el embajador francés en Viena, Jean-Baptiste Bernadotte, futuro rey de Suecia, fue el que sugirió a Beethoven que podía honrar al futuro emperador con una gran composición. Sin embargo, las fechas hacen dudar de la veracidad de este pasaje, ya que Bernadotte tuvo que dejar Viena por los disturbios provocados cuando izó en la embajada la bandera tricolor revolucionaria en el 1798. Por aquel entonces Beethoven ni siquiera había creado su Primera sinfonía.

Más interesante incluso resulta el hecho de que rechazase alterado la propuesta del músico Franz Anton Hoffmeister de escribir una sonata en honor de Napoléon y de la revolución. “¿Es que todos ustedes, caballeros, han caído presas del demonio para sugerir que componga una sonata semejante?”, gritó Beethoven. Un año después le dedicó su gran sinfonía.

Planes en París 

¿Y si la razón para honrar al Primer Cónsul francés hubiese sido simplemente pragmática? Los musicólogos Maynard Solomon y William Kinderman proponen que detrás de todo se encontraban los planes del compositor por mudarse a París. Bautizar como ‘Bonaparte’ a su obra, sin duda alguna abriría todas las puertas de la capital francesa. Pero el viaje no llegó a materializarse, así que la idea de permanecer en Viena, capital del Imperio Austro-Húngaro, con una sinfonía dedicada a Napoleón parecía bastante mala. Beethoven desechó entonces su peligrosa ocurrencia. Dedicó su obra al Príncipe Lobkowitz y tacharía definitivamente del título la palabra ‘Bonaparte’ para sustituirlo después por ‘Heroica’.

Lo que parece innegable es que el nombre de Bonaparte figuró y fue borrado de la primera página de la obra. Varios son los factores que dibujan la historia, como el temperamento de Beethoven, su sordera, el testamento de Heiligenstadt, las posibles visitas a la embajada francesa, sus planes de viajar a París, su admiración hacia el primer cónsul, el simbólico relato de Ries o la enemistad entre Austria y Francia.

El estreno

Retrato de Ludwig van Beethoven en 1804
Retrato de Ludwig van Beethoven en 1804

Después de cuatro meses de conciertos privados y algunos retoques, la Tercera sinfonía se estrenó al público en el Teatro an Der Wien el 7 de abril de 1805. No dejó indiferente a nadie. La ‘Heroica’ no solamente era mucho más extensa que cualquier otra sinfonía creada hasta el momento, sino que rompía con el formalismo y el equilibrio del clasicismo. Era profundamente innovadora y poderosa. Era música romántica. Un primer movimiento de casi veinte minutos de duración que comenzaba con dos sólidos acordes anunciando uno de los temas. Una emotiva marcha fúnebre, composición de posible inspiración francesa y que pudo haber sustituido a una marcha triunfal que se convertiría años más tarde en el último movimiento de la Quinta sinfonía. Un Scherzo jovial en el tercer movimiento y un enérgico ‘finale’.

El periódico ‘The Allgemeine Musikalische Zeitung’ reseñó el concierto de la siguiente manera: “El nuevo trabajo de Beethoven tiene grandes y atrevidas ideas, y como podemos esperar del genio del compositor, está poderosamente llevado a cabo. Pero la sinfonía ganaría inmensamente si Beethoven hubiese decidido acortarla e introducir en ella más claridad y unidad”.

Tuvo que pasar otro año más para que titulase su obra ‘Sinfonía Heroica, compuesta para festejar el recuerdo de un gran hombre’, como finalmente ha pasado a la historia. Ese héroe había sido Napoleón y no dejó de interesar a Beethoven. En 1820, el compositor confesó que con el paso del tiempo había “llegado a un acuerdo con él” y al año siguiente, enterándose de su muerte en Santa Elena y aludiendo al segundo movimiento, la marcha fúnebre, comentó: “Yo ya escribí la música para este trágico momento”.

Y pese a todo, el héroe y protagonista de la Tercera sinfonía no es Napoleón, sino el propio Ludwig van Beethoven.


 

Adeste fideles

Adeste fideles, laeti triumphantes,
venite, venite in Bethlehem.

No, no me he equivocado, sé que no estamos en Navidad. De hecho, odio la Navidad. Pero me encanta Portugal y su historia, ésa que tenemos tan ignorada por una sencilla razón: en España somos tan paletos que preferimos conocer al dedillo el día a día de la Esteban que el nombre de los hijos de nuestros vecinos de escalera. Así que he aprovechado el villancico para hablaros de Juan IV, artífice de la restauración de la monarquía portuguesa en 1640.

Juan IV nació en 1604. Era hijo de los duques de Braganza, Teodosio II y la noble española Ana de Velasco y Girón, y entre sus ancestros se hallaban varios reyes lusos por esas cosillas de la endogamia que luego te habilitan para reclamar un trono. Sin embargo, en aquellos momentos Portugal era gobernada por los reyes de España (los Felipes II, III y IV nuestros, que para los portugueses son I, II y III) y la inquietud monárquica pendía del hilo del sebastianismo, tan irreal y absurdo que aún hoy sobrevive, si bien todo el embrollo de Sebastián I, el V Imperio y la chufa de línea sucesoria de la corona portuguesa bien merece un artículo propio que no será éste. Dicho queda.


Natum videte, Regem angelorum,
venite adoremus, venite adoremus, venite adoremus Dominum.

Un detalle del Castillo de Braganza (Foto del autor)
Un detalle del Castillo de Braganza (Foto del autor)

La casa ducal de Braganza, nacida en la Edad Media en la bella ciudad homónima y cuyo eje de poder se había trasladado a Vila Viçosa, fue desde el principio una de las mejor situadas para reemplazar a la extinta dinastía de Avis. Y bien por ellos, porque si querían oponerse a los españoles algo habría que hacer mientras Sebastián I se decidía o no a regresar, el señorito, que vaya horas y encima oliendo a tabaco negro y alcohol barato.

El abuelo de Juan IV, el también duque Juan I de Braganza, había intentado que se reconocieran tanto sus derechos como los de su esposa Catalina de Avis, nieta del rey Manuel I. No tuvo éxito, como tampoco lo tuvo su hijo, el citado Teodosio II, que había consumido su cuota de suerte en vida sobreviviendo con sus tiernos diez añitos a la desastrosa batalla de Alcazarquivir y posterior presidio en Marruecos.

Fue Juan IV, ya en 1640, quien logró ser designado rey de Portugal. Lo hizo, además, siguiendo la moda imperante aquel año en los dominios de Felipe IV, esto es, liándola bastante parda.

 

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