Beethoven, Napoleón y la Tercera sinfonía

Ludwig van Beethoven (Bonn, 1770 – Viena, 1827) alumbró en los primeros años del siglo XIX una obra revolucionaria. Estrenada en un concierto privado a finales de 1804, su Tercera sinfonía abrió las puertas del romanticismo de forma estruendosa. El genio del tormentoso compositor construyó una obra maestra en uno de sus momentos más difíciles, con incipientes problemas de audición, pensamientos suicidas y alejado de la fastuosidad de Viena. Una sinfonía que trascendería lo musical por un nombre escrito en su primera página: Bonaparte.

Portada de la Tercera sinfonía con el nombre de 'Bonaparte' tachado

Portada de la Tercera sinfonía con el nombre de ‘Bonaparte’ tachado

Aquello dio lugar a uno de los mitos más interesantes del siglo; la admiración de Beethoven hacia Napoleón cuando este aún era Primer Cónsul, la dedicatoria de su revolucionaria composición y el desencanto sufrido cuando se hizo coronar Emperador. Un histórico testimonio nos llega a través de Ferndinand Ries, alumno de Beethoven:

“En aquel momento, Beethoven sentía la más alta estima hacia Napoleón y lo comparaba con los grandes cónsules de la antigua Roma. (…) Yo fui el primero en darle las noticias de que Bonaparte se había declarado Emperador, tras lo cual estalló en cólera y exclamó: “¡Así que no es más que un común mortal! Ahora también pisoteará los derechos del hombre y se abandonará únicamente a su ambición. ¡Se ensalzará a si mismo sobre los demás convirtiéndose en un tirano!” Beethoven fue a la mesa, arrancó la portada, la partió por la mitad y la lanzó al suelo”.

Una reacción impulsiva de aquel que ve sus ideales traicionados. Es curiosamente significativo que el compositor tenía en su escritorio un pequeño busto de Bruto, el asesino de Julio César, el más famoso cónsul convertido en dictador. Pero la historia de la Tercera sinfonía tiene ingredientes sobradamente interesantes que complementan el relato de Ries. Todo comienza en el año 1802, en el que Beethoven, aconsejado por su médico, se retiró a descansar a la villa campestre de Heiligenstadt, en la que escribió su famoso y sufrido testamento, dirigido a sus hermanos, traumatizado por los problemas de sordera que comenzaba a padecer. No se descubrió hasta después de su muerte.

Pero también fue allí donde Beethoven anotó los primeros esbozos de su Tercera sinfonía, ligándola para siempre a uno de sus momentos más tormentosos de su vida. Fue sin embargo un año después, en otro retiro estival, esta vez en Döbling, cuando el compositor alumbró definitivamente su gran obra, presentada en un concierto privado en el palacio del Príncipe Lobkowitz, mecenas de Beethoven, en el mes de diciembre de 1804.

'La Coronación de Napoleón', de Jacques-Louis David

‘La Coronación de Napoleón’, de Jacques-Louis David

Pocos antes, desveló en una carta que el nombre de la sinfonía sería ‘Bonaparte’. Pese a cultivar un aura de nobleza desde que se trasladó a Viena en el 1792 y relacionarse con las figuras más relevantes de la aristocracia austriaca, no ocultó sus simpatías republicanas y admiraba a Napoleón, no por sus victorias militares, sino por haber “puesto orden político en el caos de una sangrienta revolución”, según narra Antonio Schindler en la biografía que escribió sobre su amigo Beethoven.

En ella, además, relata que el embajador francés en Viena, Jean-Baptiste Bernadotte, futuro rey de Suecia, fue el que sugirió a Beethoven que podía honrar al futuro emperador con una gran composición. Sin embargo, las fechas hacen dudar de la veracidad de este pasaje, ya que Bernadotte tuvo que dejar Viena por los disturbios provocados cuando izó en la embajada la bandera tricolor revolucionaria en el 1798. Por aquel entonces Beethoven ni siquiera había creado su Primera sinfonía.

Más interesante incluso resulta el hecho de que rechazase alterado la propuesta del músico Franz Anton Hoffmeister de escribir una sonata en honor de Napoléon y de la revolución. “¿Es que todos ustedes, caballeros, han caído presas del demonio para sugerir que componga una sonata semejante?”, gritó Beethoven. Un año después le dedicó su gran sinfonía.

Planes en París 

¿Y si la razón para honrar al Primer Cónsul francés hubiese sido simplemente pragmática? Los musicólogos Maynard Solomon y William Kinderman proponen que detrás de todo se encontraban los planes del compositor por mudarse a París. Bautizar como ‘Bonaparte’ a su obra, sin duda alguna abriría todas las puertas de la capital francesa. Pero el viaje no llegó a materializarse, así que la idea de permanecer en Viena, capital del Imperio Austro-Húngaro, con una sinfonía dedicada a Napoleón parecía bastante mala. Beethoven desechó entonces su peligrosa ocurrencia. Dedicó su obra al Príncipe Lobkowitz y tacharía definitivamente del título la palabra ‘Bonaparte’ para sustituirlo después por ‘Heroica’.

Lo que parece innegable es que el nombre de Bonaparte figuró y fue borrado de la primera página de la obra. Varios son los factores que dibujan la historia, como el temperamento de Beethoven, su sordera, el testamento de Heiligenstadt, las posibles visitas a la embajada francesa, sus planes de viajar a París, su admiración hacia el primer cónsul, el simbólico relato de Ries o la enemistad entre Austria y Francia.

El estreno

Retrato de Ludwig van Beethoven en 1804

Retrato de Ludwig van Beethoven en 1804

Después de cuatro meses de conciertos privados y algunos retoques, la Tercera sinfonía se estrenó al público en el Teatro an Der Wien el 7 de abril de 1805. No dejó indiferente a nadie. La ‘Heroica’ no solamente era mucho más extensa que cualquier otra sinfonía creada hasta el momento, sino que rompía con el formalismo y el equilibrio del clasicismo. Era profundamente innovadora y poderosa. Era música romántica. Un primer movimiento de casi veinte minutos de duración que comenzaba con dos sólidos acordes anunciando uno de los temas. Una emotiva marcha fúnebre, composición de posible inspiración francesa y que pudo haber sustituido a una marcha triunfal que se convertiría años más tarde en el último movimiento de la Quinta sinfonía. Un Scherzo jovial en el tercer movimiento y un enérgico ‘finale’.

El periódico ‘The Allgemeine Musikalische Zeitung’ reseñó el concierto de la siguiente manera: “El nuevo trabajo de Beethoven tiene grandes y atrevidas ideas, y como podemos esperar del genio del compositor, está poderosamente llevado a cabo. Pero la sinfonía ganaría inmensamente si Beethoven hubiese decidido acortarla e introducir en ella más claridad y unidad”.

Tuvo que pasar otro año más para que titulase su obra ‘Sinfonía Heroica, compuesta para festejar el recuerdo de un gran hombre’, como finalmente ha pasado a la historia. Ese héroe había sido Napoleón y no dejó de interesar a Beethoven. En 1820, el compositor confesó que con el paso del tiempo había “llegado a un acuerdo con él” y al año siguiente, enterándose de su muerte en Santa Elena y aludiendo al segundo movimiento, la marcha fúnebre, comentó: “Yo ya escribí la música para este trágico momento”.

Y pese a todo, el héroe y protagonista de la Tercera sinfonía no es Napoleón, sino el propio Ludwig van Beethoven.


 

Adeste fideles

Adeste fideles, laeti triumphantes,
venite, venite in Bethlehem.

No, no me he equivocado, sé que no estamos en Navidad. De hecho, odio la Navidad. Pero me encanta Portugal y su historia, ésa que tenemos tan ignorada por una sencilla razón: en España somos tan paletos que preferimos conocer al dedillo el día a día de la Esteban que el nombre de los hijos de nuestros vecinos de escalera. Así que he aprovechado el villancico para hablaros de Juan IV, artífice de la restauración de la monarquía portuguesa en 1640.

Juan IV nació en 1604. Era hijo de los duques de Braganza, Teodosio II y la noble española Ana de Velasco y Girón, y entre sus ancestros se hallaban varios reyes lusos por esas cosillas de la endogamia que luego te habilitan para reclamar un trono. Sin embargo, en aquellos momentos Portugal era gobernada por los reyes de España (los Felipes II, III y IV nuestros, que para los portugueses son I, II y III) y la inquietud monárquica pendía del hilo del sebastianismo, tan irreal y absurdo que aún hoy sobrevive, si bien todo el embrollo de Sebastián I, el V Imperio y la chufa de línea sucesoria de la corona portuguesa bien merece un artículo propio que no será éste. Dicho queda.


Natum videte, Regem angelorum,
venite adoremus, venite adoremus, venite adoremus Dominum.

Un detalle del Castillo de Braganza (Foto del autor)

Un detalle del Castillo de Braganza (Foto del autor)

La casa ducal de Braganza, nacida en la Edad Media en la bella ciudad homónima y cuyo eje de poder se había trasladado a Vila Viçosa, fue desde el principio una de las mejor situadas para reemplazar a la extinta dinastía de Avis. Y bien por ellos, porque si querían oponerse a los españoles algo habría que hacer mientras Sebastián I se decidía o no a regresar, el señorito, que vaya horas y encima oliendo a tabaco negro y alcohol barato.

El abuelo de Juan IV, el también duque Juan I de Braganza, había intentado que se reconocieran tanto sus derechos como los de su esposa Catalina de Avis, nieta del rey Manuel I. No tuvo éxito, como tampoco lo tuvo su hijo, el citado Teodosio II, que había consumido su cuota de suerte en vida sobreviviendo con sus tiernos diez añitos a la desastrosa batalla de Alcazarquivir y posterior presidio en Marruecos.

Fue Juan IV, ya en 1640, quien logró ser designado rey de Portugal. Lo hizo, además, siguiendo la moda imperante aquel año en los dominios de Felipe IV, esto es, liándola bastante parda.

 

Sigue leyendo

Una, grande, libre… ¿e imperial?

A pesar de que estemos en pleno 2011 todavía hay aspectos de la política franquista que permanecen ocultos al gran público, esperando quizá una obra definitiva que los saque a la luz. Este artículo no será esa obra, por supuesto, pero tiene como objetivo primordial esbozar unas pinceladas de algo que muchos ignoran: las fallidas aventuras coloniales del franquismo. Para ello nos remontaremos a octubre de 1940.

Actas del encuentro de Franco y Hitler

Actas del encuentro de Franco y Hitler

En esa fecha, Hitler acude a Hendaya y negocia con Franco los términos y condiciones para que España entre como aliada en la II Guerra Mundial. Mientras el Führer sólo pedía las Canarias, una base naval y quizás la isla de Fernando Póo, Franco se descolgó exigiendo -según reza la tradición- Gibraltar, Marruecos, Guinea y gran parte del imperio colonial de una Francia en descomposición. Sin embargo, las actas del encuentro no recogieron una conversación que sí detalló en sus memorias Joachim von Ribbentrop, ministro de exteriores alemán:

“El Caudillo llevó aparte al Führer y le rogó que entretuviera a Pétain, convocándole con cualquier motivo, para así poder colmar una de las aspiraciones de Franco: invadir Andorra”.
(von Ribbentrop, J., “Zwischen London und Moskau“, 1953, p. 78).

Pétain había sido en 1939 embajador en España y, obviamente, conocía las cloacas del incipiente nacionalcatolicismo. Franco se amparaba en el apoyo de la Iglesia para reclamar para sí la posesión de Andorra, un principado cuyos jefes de Estado todavía hoy son el Presidente de la República Francesa y el obispo de La Seu d’Urgell. Para Franco resultaría muy sencillo que el obispo suplente de Urgell, Ricard Fornesa, cediese su mando sobre el pequeño país; contaba, asimismo, con la ayuda del también catalán Enrique Plá y Deniel, obispo salmantino, futuro arzobispo primado de España y amigo íntimo de los dos, quien mediaría para que el plan llegase a buen puerto.

Franco y Mussolini, en Bordighera

Franco y Mussolini, en Bordighera

Meses más tarde, en febrero de 1941, Franco se reunió con Mussolini en Bordighera. Il Duce trató de convencer a Franco para que participara en la guerra, pero el español se negó mientras no se le cediesen trigo, combustible, los territorios antes mencionados… ¿y algo más? No lo expuso abiertamente en sus Diarios, pero el conde Ciano, ministro de exteriores italiano, dejó al respecto unas curiosas notas:

En vez de solicitar la entrega de Juan de Borbón, quien desde Roma (bajo una eventual amenaza de Mussolini) se oponía al régimen y deseaba reinar en España, Franco insinuó durante la comida, tal vez de manera lacónica, que él era depositario de los derechos dinásticos de la monarquía hispana en tanto en cuanto Jefe de Estado. Días después, Il Duce me confesó sus temores: Franco podría presionar a Hitler y añadir el Milanesado y Cerdeña a sus pretensiones.
(Ciano, G. G., “Diario“, 1946, p. 371).

No obstante, los servicios secretos de Alemania e Italia abortaron la entrada en la II Guerra Mundial de España, que adoptó desde entonces el famoso término “no beligerancia”: esto es, Franco aguardaba el desarrollo de los acontecimientos con un apoyo nominal al Eje, aunque no dudaría en beneficiarse de una probable salida italogermana del norte de África. El devenir de la contienda, la victoria aliada y el ostracismo español, sin embargo, obligaron a Franco a posponer sus planes durante décadas.

Fueron ésas unas décadas (cuarenta, cincuenta y sesenta) en las que Franco encerró a España en sí misma, como un niño enfurruñado. Él era España y España era él. Milanesado y Cerdeña al margen, la herida abierta, sangrante, supurante, era la andorrana: Franco no entendía, por ejemplo, cómo Andorra prefería tener como copríncipe a un socialista como Léon Blum, ni cómo este socialista podía aceptar -si tan socialista se decía- semejante rango, de no ser por las ventajas para Francia de contar bajo su manto con un doble paraíso fiscal, Mónaco y Andorra, para evadir capitales. Asimismo, la idea de forzar al obispado de La Seu d’Urgell no gozaba del beneplácito del Vaticano y Franco renunció a contrariar a uno de sus pocos aliados internacionales: él, como otros tantos españoles, debería conformarse con la Andorra de Teruel y, como mucho, ahorrarse el IVA comprando radios en el país pirenaico.

Aún así, el sueño de Franco no se había extinguido. Los libros de texto de la época atestiguan el empecinamiento nacionalcatólico en recordar las glorias imperiales. Obligó a bautizar como “camiseta imperio” a dicha prenda, popularizada gracias al servicio militar obligatorio. Más aún, en alguna conversación informal alardeaba de que sólo necesitaba añadirle otra cabeza a su emblema del águila de San Juan, el hoy llamado “pollo”, para así convertirlo en el águila imperial de la Casa de Austria.

Fue en los años setenta cuando, habiendo garantizado (a trompicones y sui generis) el desarrollo económico español, Franco retomó su plan, en esta ocasión con más ambición todavía que treinta años atrás. Las circunstancias históricas así lo propiciaban, en realidad. El dictador había tutelado la formación del príncipe Juan Carlos, a quien incluso animó a casarse con Sofía de Grecia. La boda se celebró en 1962 y fue ampliamente recompensada por Franco cediéndole a Juan Carlos la sucesión en la jefatura estatal.

Boda de Juan Carlos y Sofía

Boda de Juan Carlos y Sofía

La decisión no era un gesto desprendido, sino un paso necesario para más altas miras. Franco estaba al tanto, gracias a subterfugios diplomáticos, de la inestabilidad de la monarquía helena, sujeta a la denominada Dictadura de los Coroneles desde 1967. De hecho, en la Fundación Francisco Franco se custodia un documento de Fernando María Castiella, ministro de exteriores por entonces, muy esclarecedor de las intenciones franquistas:

El Caudillo nunca desayuna, almuerza o cena sin saber antes qué es de Grecia, cuál es las (sic) situación de Constantino II y la disposición de la Armada griega. Como un moderno Alejandro Magno, sabe que es imposible controlar Grecia sin garantizar el dominio del Egeo.
(Archivo FNFF, sección Exteriores, leg. 118, doc. 14).

La estrategia de Franco era obvia. En caso de debilidad de la corona griega podría presentar a Juan Carlos y Sofía como los perfectos candidatos para reemplazar al impopular Constantino II. Todo había sido calculado por Franco: Sofía aportaba la legitimidad dinástica, pese a que sería reacia a suplir a su hermano, mientras que Juan Carlos ostentaba los títulos nobiliarios de los ducados de Atenas y Neopatria, región donde nuestro actual rey disponía de gran apoyo social. Sin embargo, el exilio de Constantino II y el derrumbe de la dictadura militar no fueron aprovechados por Franco, quien -como tanto ha repetido Pío Moa- “pecó de gallego y cauteloso. Pero sobre todo de gallego” (Moa, P., De un tiempo y de un país, 2002, p. 207).

Quedaba, no obstante, un último objetivo franquista: Portugal. Cierto es que Franco y Salazar siempre habían hecho buenas migas, pero la asunción del poder en el Estado Novo por Marcelo Caetano y, sobre todo, la muerte de Salazar rompieron esa bonita amistad. Asimismo, la Revolución de los Claveles (1974) asustó al gobierno franquista, temeroso de un contagio allende las fronteras, pero también reavivó viejas llamas.

Por un lado, Franco envidiaba que un país como Portugal, pequeño y arrinconado, conservara aún colonias en África y Asia, huellas de su esplendor pretérito. Por otro lado, Arias Navarro, recién llegado a la presidencia nacional, buscaba un gesto firme que le asentara y despejara su fama de blandito en comparación con el asesinado Carrero Blanco. No hacía falta mucha más excusa que esta conjunción astral de hambre y ganas de comer, aunque en caso de conflicto internacional la dictadura franquista planteó esgrimir otro título del príncipe Juan Carlos: a él le correspondía, por legítimo derecho, el reino del Algarve, que aún hoy le pertenece.

Así pues, España invadiría Portugal, la conquistaría con facilidad (sin plan alguno, eso sí, para la cuestión de un Juan de Borbón afincado en Estoril) y cumpliría el nunca extinto proyecto de una Unión Ibérica que campeara, imperial y colonial, de nuevo por el mundo. Un reflejo de aquella España -y Portugal- de Felipe II, donde nunca se ponía el sol. No se preveía demasiada resistencia lusa, pero para evitar disgustos, Arias Navarro le comunicó a Kissinger las intenciones de ir a la guerra contra Portugal. Los miembros del Departamento de Estado yanqui se llevaron las manos a la cabeza (¿más tensiones aún en la Europa de la Guerra Fría?) y sutilmente fueron retrasando el visto bueno a las operaciones.

Tanto lo retrasaron que Franco murió, en su cama, sin concretar ninguna de sus ilusiones imperiales. Ni siquiera reconquistando Gibraltar… y hasta perdiendo el Sáhara Occidental.

Un rey sin corazón

Braveheart es una de las pocas películas que esquivan mis recelos hacia el denominado “cine histórico”. Es más, hasta diría que es mi película favorita, si por favorita entendemos haberla visto unas veinte veces y saber de memoria los diálogos en español e inglés. Admito que tiene fallos históricos imperdonables, pero las filias y fobias dependen mucho de los estados de ánimo y hace años que Braveheart se ganó mi corazoncito.

Angus Macfadyen como Roberto I ("Braveheart").

Muy heroico no es que se retratara a Roberto I en "Braveheart", las cosas como son.

Braveheart y corazoncito. De eso quería escribir hoy, no os quejéis de cómo he hilado temas. Porque hay una historia que no muchos conocen relacionada con uno de los personajes de dicha película. No, no es William Wallace, tampoco es que haya demasiada información sobre él; y no, tampoco es Eduardo I, el apodado Longshanks, aunque pocos sepáis que era el cuñado de nuestro Alfonso X y que se casó en el monasterio burgalés de Las Huelgas. Me refiero a Robert the Bruce, a quien -lo aclaro desde ya, para ahorrarnos líos- de ahora en adelante llamaré Roberto I.

En Braveheart se presenta a Roberto I como alguien sin mucha iniciativa política, como un traidor a Wallace al luchar junto a los ingleses en Falkirk (1298) y como un ser torturado por el remordimiento que se corona rey de una Escocia independiente tras la batalla de Bannockburn (1314). Un curriculum completito que, como cualquier otro curriculum, enmascara la realidad. Que miente, vamos.

Cierto es que Roberto I y su padre juraron lealtad al poderoso Eduardo I de Inglaterra, pero lo hicieron para defender sus derechos familiares al trono escocés. Sí, trono escocés, del que apenas hablan en la película: éste lo ocupaba Juan I, del clan Balliol, rival de los Bruce; al principio, allá por 1292, Juan I fue apoyado por el propio Eduardo I, pero terminaron tan a mal que Eduardo I no sólo le borró del Facebook, sino que invadió Escocia y se la anexionó, deponiendo a Juan I después de derrotarlo en la batalla de Dunbar (1296).

Fue entonces cuando Roberto I y su padre, en plan carroñero, se ofrecieron para cubrir la vacante de la corona escocesa. Ya que Eduardo I no quería desprenderse de Escocia y que varios nobles escoceses, liderados por Wallace, habían comenzado una nueva insurrección, los Bruce oscilaron entre ambos bandos durante un tiempo. Así, mientras se sucedían las batallas de Stirling (1297) y la mencionada de Falkirk, los Bruce se mantuvieron al margen. Y sí, con esto insinúo que Roberto I no luchó contra los escoceses en Falkirk: sencillamente no acudió al llamamiento de Wallace por tener cosas mejores que hacer.

Como, por ejemplo, suceder al mismísimo Wallace como Guardián de Escocia, el título que recibían sus máximos mandatarios en épocas de interregno. Vamos, que Roberto I no estaría tan mal visto entre sus paisanos si éstos le concedían tal honor. Roberto I abandonó el cargo dos años después, pero continuó ejerciendo gran influencia sobre los nobles escoceses, quienes en 1304 se rindieron a Eduardo I. ¿Todos? No: Wallace, que había regresado de su exilio en Francia e Italia, no cejó en su empeño y acabó como acabó, es decir, capturado y descuartizado en 1305. Como apuntó el sabio (?): “que naprenguin!“.

Pero el problema de Roberto I -huérfano desde 1304- no era ya Wallace, sino John Comyn, quien también se postulaba como candidato al trono de Escocia. Tras dimes, diretes y un presunto incumplimiento de contrato, Roberto I asesinó a Comyn en la iglesia de Greyfriars de Dumfries en febrero de 1306. Sólo había dos salidas: o convertirse en un proscrito excomulgado o en monarca escocés, libre ya de toda competencia, de perdidos al río y que salga el sol por Antequera.

Estatua de Roberto I en Bannockburn

Estatua de Roberto I en Bannockburn: aquí sí que se pusieron épicos de verdad, qué menos.

Mes y medio después Roberto I fue coronado rey de Escocia. Sí, en 1306, no justo antes de Bannockburn (1314), pese a lo narrado en Braveheart. Hasta Bannockburn pasaron ocho añitos (aquí me tenéis, demostrando que sé restar) en los que Roberto I trató de imponer su precaria autoridad sobre el resto de clanes escoceses. Por suerte, Eduardo I había fallecido en 1307, heredando el trono inglés su hijo, el débil Eduardo II; no había color y, obviamente, Roberto I quiso aprovecharlo para desafiar a los ingleses mediante unas escaramuzas a las que sería difícil incluir en la categoría de “batalla campal”.

Una batalla campal se antojaba necesaria, puesto que tales escaramuzas se habían saldado con tantas victorias como derrotas. Bannockburn tendría que ser esa batalla y como tal la preparó Eduardo II, quien invadió Escocia en junio de 1314 con un ejército que doblaba y casi triplicaba el de Roberto I. Aún así, los escoceses se impusieron con facilidad y Eduardo II hubo de escapar a duras penas tras ser perseguido por el furibundo sir James Douglas, uno de los más fieles compañeros de Roberto I.

El triunfo de Bannockburn le garantizó a Roberto I la supremacía definitiva sobre todos los clanes escoceses, la estabilidad del reino y un estremecedor estribillo para un himno oficioso. Sin embargo, Roberto I no fue reconocido como monarca por los ingleses hasta 1328, un año después de haber derrocado Eduardo III a su padre. De poco le sirvió a Roberto I, quien fallecería en 1329 dejando una última voluntad de lo más absurda: en su lecho de muerte le pidió a James Douglas que llevara su corazón de Cruzada, dado que él nunca había podido cumplir ese sueño.

La cara del pobre Douglas tuvo que ser un poema, épico para más señas, aunque obedeció el deseo de su rey y amigo. Antes de enterrar a Roberto I se le sacó el corazón para embalsamarlo e introducirlo en una urna de plata. En 1330, Douglas se colgó al cuello dicha urna y partió con una treintena de acompañantes hacia el único lugar donde se encontraba lo más parecido a una Cruzada: ni Jerusalén, ni Acre, ni Damasco, sino la frontera del reino de Granada, inaugurando así la tradicional querencia británica por el sur de la Península Ibérica y la Santísima Trinidad de sol, sangría y playa.

Douglas, el corazón de Roberto I y el resto de la expedición escocesa llegaron a Sevilla, donde Alfonso XI les recibió -no sabemos con qué cara- antes de marchar hacia Teba, plaza fuerte nazarí en la actual provincia de Málaga. Las tropas castellanas cercaron el lugar a principios de agosto y poco después comenzaron las refriegas contra los soldados del temido Ozmín, quien prefería hostigar a los cristianos y evitar un desfavorable enfrentamiento a campo abierto.

Monumento en Teba a James Douglas.

Monumento en memoria de James Douglas en Teba.

Con todo, Douglas y sus escoceses, que no estarían muy acostumbrados ni a las tácticas de la Reconquista ni al sofocante calor andaluz, pagaron la novatada y cayeron en una emboscada. Según la leyenda, Douglas se vio cabalgando solo detrás de los musulmanes, con apenas un puñado de sus hombres, rodeados todos tras un fugaz contraataque del enemigo. Douglas, desesperado, lanzó la urna con el corazón de Roberto I gritando: “¡ve primero, como hubieras querido, y Douglas te seguirá o morirá!”.

Douglas y sus compañeros murieron, como era de esperar, aunque los cristianos lograron conquistar Teba a finales de ese mes. De paso, recuperaron el cadáver de Douglas y, lo que era aún más importante, el corazón de Roberto I, que a saber qué excusa daban en Escocia si regresaban diciendo que sí, que lo habían llevado de Cruzada, que mucho frenesí cristiano, expiación de pecados y ardor guerrero, pero que no sabían dónde se lo habían dejado.

Uno de los pocos escoceses supervivientes -se libró de luchar por culpa de un brazo roto- fue sir William Keith, quien se encargó de volver a Escocia con los huesos de Douglas (sólo los huesos: imaginad semanas de viaje con carne putrefacta) y la urna con el corazón real. Éste fue depositado en la abadía de Melrose, pese a que Roberto I estaba sepultado a unos 80 kilómetros, en la abadía de Dunfermline.

Que no nos parezca tan raro: al cuerpo de Felipe el Hermoso, enterrado en la Capilla Real de Granada, también le falta su corazón… que está a más de 1.600 kilómetros, en la iglesia de Nuestra Señora de Brujas. Y sin arriesgarse a perderlo en una Cruzada.

Los “contentamientos” de Felipe II

Retrato de Felipe II

Cuando uno lee biografías acerca de reyes y príncipes, una de las cosas más llamativas que encuentra en su lectura, al menos en mi opinión, son los detalles de la infancia, el cómo se educa a un rey para su puesto o qué cuidados tienen con él.Felipe II, de pequeño, era un apasionado de la caza, una de sus actividades favoritas, y entre las cuentas de palacio se encontraban gastos enormes en ballestas, jabalinas y flechas. Preocupados por que le gustara más la caza que cualquier otra cosa, y sobre todo, por encima de las lecciones de “leer y escribir”, que llevaba con mucho retraso, mandó Carlos I que se le dieran al ayuda de cámara “30 ducados que cobra él cada mes para las cosas que dan contentamiento a su Alteza”Con esos treinta ducados, el mencionado ayuda de cámara debía comprar objetos que entretuvieran al niño, principalmente juguetes. Entre estos juguetes se hallaban un par de cajas con caballos de plata, un soldado, también de plata, con todas las piezas y un caballo más, seis piezas pequeñas de artillería en oro, y una pieza grande en bronce encabalgada en el carretón. Juguetes estos que tenían por objetivo encender el espíritu militar en el muchacho.

También aparecen entre los documentos objetos únicamente lúdicos: una marioneta, unos “trucos que son dos paletas labradas de burxe y un puente y dos bolos y un birlo”, además de objetos llamativos llegados de América y una baraja de cartas.

Se le regaló al chico una gran pajarera (aviario) ya que tenía muchos pájaros, de los que se cegaba a algunos para que mejoraran en su canto, y existe una xilografía que muestra al príncipe con un pájaro atado a un cordel, a modo de juego. El joven heredero tenía entre sus mascotas otros animales: un perro, una mona, cobayas y un papagayo.

Como se puede apreciar, los entretenimientos del príncipe eran los que cualquier niño soñaría, rodeado de animales de compañía, y con muñecos, típicos y extraños, con los que jugar a la guerra. Todo esto venía a intentar acabar con las travesuras del muchacho, que se creía rey mucho antes de que le tocara y que metió en más de un lío a algún paje de la corte por sus jueguecitos.

Pero “Felipito” -así lo llamaba el bufón-, también se hacía mayor y sus juegos fueron cambiando. Entre las cuentas de palacio aparecen entonces compras de bolos, pelotas, guantes para jugar a la pelota, ajedrez o tejos. También contratan a su primer bufón personal -el anteriormente referido era el bufón de la corte- y se crea una auténtica cámara de música con dos tenores, dos sopranos, dos contraltos, dos contrabajos y dos organistas -casi nada-. Se contaban entre su corte profesores de danza y canto, e incluso él mismo pidió un libro grande en blanco para dibujar.

Todas las citas aparecen en el libro “Felipe II. La biografía definitiva” de Geoffrey Parker, pp.51-52 y 62-64 relativas a la educación del príncipe. También es más que recomendable toda la obra relativa al príncipe escrita por Gonzalo Sánchez – Melero.

Culpable de licantropía

Algunas noches, lo único que queda en la televisión es Cuarto Milenio. No suelo aguantar mucho en el salón cuando empieza el programa de Iker Jiménez porque me pone del hígado todo el paripé y la jerga pseudocientífica. En el último programa que vi (desconozco el horario), Jiménez hablaba del caso de Manuel Blanco Romasanta (1809-1854), el asesino múltiple gallego condenado a muerte primero y a cadena perpetua después por licantropía.

Se trataba de la reposición de un programa en el que se afirmaba que el caso de Romasanta tenía el interés especial de ser el primer individuo en todo el mundo juzgado como hombre lobo, incluso el primer asesino en serie. Desconozco si el señor Francisco Pérez Abellán hace esa afirmación a la ligera (minuto 2:29 de este clip) o si de verdad se ha documentado pero, en cualquier caso, es errónea.

Un enciclopedista francés llamado Pierre Bayle (1647-1706), recoge en su obra Dictionnaire historique et critique el siguiente extracto a raíz de la biografía de Daniel d’Auge, letrado:

 

Dictionnaire historique et critique, Pierre Bayle (1647-1706)

De todas las obras de Daniel d’Auge la que me parece más digna de curiosidad es el Discurso sobre el fallo que condenó al hombre-lobo. Sé por Bodin que este fallo fue dictado por el Tribunal de Dole, el 18 de enero de 1583, contra Gilles Garnier, lyonés, y que fue impreso en Orleáns, París y Sens. Cita sus principales puntos. “Sucedió que el tal Garnier, encontrándose el día de San Miguel bajo la forma de hombre-lobo, agarró a una joven de diez o doce años de edad cerca del bosque de la Serre, en unas viñas del viñedo de Chastenoy a un cuarto de legua de Dole, y que la mató y asesinó, tanto con sus manos semejantes a patas, como con los dientes, y que se comió la carne de sus muslos y sus brazos, parte de los cuales llevó a su mujer. Y por haber cogido un mes después y de la misma forma a otra niña, a la que mató con intención de comérsela de no habérselo impedido tres personas, tal y como ha confesado. Y por haber, quince días después, estrangulado a un niño de diez años en el viñedo de Gredisans, del que se comió la carne de muslos, piernas y vientre. Y por haber matado más tarde, bajo la forma de hombre y no de lobo, a otro chico de doce o trece años de edad, en el bosque del pueblo de Perouse, con la intención de comérselo, si no se lo hubieran impedido, tal y como confesó sin que se le hiciera fuerza o constricción alguna, fue condenado a ser quemado vivo, y la sentencia fue ejecutada.”

[Traducción de Juan María Supiot Ripoll; la enciclopedia en formato digital y de consulta íntegra via web se encuentra en la Universidad de Chicago]

El caso de Romasanta, lejos de ser motivo de orgullo de la historia jurídica española, hablaría más bien de las dificultades que tuvieron las ideas de la ilustración para terminar con los procesos judiciales derivados de la superstición. Ya Voltaire (1694-1778) hablaba en su Tratado sobre la Tolerancia (1767), de la caza de brujas y de cómo éstas debían provocar más compasión que miedo ante su ingenuidad e ignorancia al creer que podían influir mágicamente en el mundo que les rodeaba:

Hubo un tiempo en que se creyó obligatorio promulgar decretos contra los que enseñaban una doctrina contraria a las categorías de Aristóteles, al horror al vacío, a las quintaesen­cias y al universal de la parte de la cosa. Tenemos en Europa más de cien volúmenes de jurisprudencia sobre la brujería, y sobre la manera de distinguir los falsos brujos de los verda deros. La excomunión de los saltamontes y de los insectos nocivos para las cosechas ha sido empleada profusamente y todavía subsiste en algunos rituales. La costumbre ha caducado; se deja en paz a Aristóteles, a los brujos y a los saltamontes. Los ejemplos de esas graves locuras, en otros tiempos tan importantes, son incontables: se producen otras de vez en cuando; pero cuando han producido su efecto, cuando se está harto de ellas, mueren por sí mismas. Si a alguien se le ocurriese hoy día ser carpocrático, o eutiquiano, o monotelita, o monofisita, o nestoriano, o maniqueo, etc., ¿qué sucedería? Se reirían de él, como de un hombre vestido a la antigua, con gola y jubón.

[Texto completo aquí]

Algo que por otra parte ya hiciera Cervantes en su Quijote (1605), en el capítulo XXII, en el que se produce el encuentro con los galeotes:

 

Grabado de Gustave Dore para una edición de 1875

“bien sé que no hay hechizos en el mundo que puedan mover y forzar la voluntad, como algunos simples piensan; que es libre nuestro albedrío, y no hay yerba ni encanto que le fuerce: lo que suelen hacer algunas mujercillas simples y algunos embusteros bellacos, son algunas misturas y venenos con que vuelven locos a los hombres, dando a entender que tienen fuerza para hacer querer bien, siendo, como digo, cosa imposible forzar la voluntad”

Pero, claro, cómo se puede esperar que alguien hiciera caso a estos señores en el siglo XIX cuando en el XXI aun seguimos a vueltas con programas como el de Iker Jiménez.

El voto femenino y las derechas

Iba a escribir un post para el día de la mujer sobre el voto femenino y la figura de Clara Campoamor. Lo pensé antes de ver la repercusión que tuvo la película que emitió RTVE y que, por circunstancias del destino, no pude ver.

Dicho esto, voy a pasar al anecdotario, ese que tanto me gusta, y a las contradicciones de las ideologías. Nos situamos en la II República, es el primer periodo democrático, liberal, occidental, o cómo queráis llamarlo, en la historia de España. Instaurado el nuevo sistema administrativo y de gobierno, se plantean cuestiones de gran calado, que suponían debates a sangre y fuego como la reforma agraria, la reforma educativa, la colaboración de la Iglesia y el Estado,…

Uno de los grandes debates era el papel de la mujer, los derechos de las féminas, representados por dos figuras muy atrayentes para la historia como son Victoria Kent y Clara Campoamor. La primera, situada a la izquierda del hemiciclo, y la segunda, más a la derecha.

El debate se inicia, y hemos de suponer que fue la izquierda, los progresistas, los que abogaban por el avance social de España los que defendían este derecho, alegando para elo el sufragio universal y el igualitarismo de los seres humanos, pues, en este caso, sucedió lo contrario.

El debate que se llevó a cabo en Octubre de 1931, contó con un factor curioso, la izquierda se negaba a conceder el voto a las señoras, y la derecha luchaba por él como si no hubiera mañana ¿porqué? Para la izquierda progresista de la España de los años 30, el voto de la mujer significaba que por cada papeleta introducida en la urna por una mano femenina, era en realidad el párroco el que votaba. La derecha conservadora sería así la beneficiaria de este voto. Así de sencillo, como siempre, la política española , fiel a sus ideologías, arañaban escaños de donde podían, y como siempre, los grandes medios son los que os ayudan a dilucidar el debate.

Para ello, traigo unas muestras, son tres artículos, uno de El Heraldo de Madrid, otro del Diluvio, y otro del Deate, tres periódicos de la época.

Heraldo de Madrid,

Heraldo de Madrid, 2 de Octubre de 1931

En el Diario La Voz, aparecen dos artículos, el 1 y el 2 de Octubre:

El voto hoy en la mujer es absurdo, porque en la inmensa mayoría de los pueblos el elemento femenino, en su mayor parte, está en manos de los curas, que dirigen a la opinión femenina, se introducen en los hogares e imperan en todas partes. La mujer española, especialmente la campesina, no está capacitada para hacer uso del derecho del sufragio de una manera libre y sin consejos de nadie. Con lo que hoy ha acordado el Parlamento, la República ha sufrido un daño enorme y sus resultados se verán muy pronto.

Diario “La Voz, de 1 de Octubre de 1931″

No somos enemigos de la concesión del voto a la mujer; estimamos que debe concedérsele ese derecho de ciudadanía, pero a su tiempo, pasados cinco años, diez, veinte, los que sean necesarios para la total transformación de la sociedad española, cuando nuestras mujeres se hallen redimidas de la vida de esclavitud a que hoy están sometidas, cuando libres de prejuicios, de escrúpulos, de supersticiones, de sugestiones, dejen de ser sumisas penitentes, temerosas de Dios y de sus representantes en la tierra, y vean independizada su conciencia

Diario “La Voz” , 2 de Octubre de 1931″.

Los textos anteriormente citados son de periódicos con una clara tendencia a la izquierda, son diarios progresistas. Ahora,veamos lo que aparece en el El Diluvio, un periódico de derechas, el mismo día 2 de octubre:

Estos 160 diputados que han concedido el voto a las mujeres deben ser unos doctrinarios puritanos, pero son unos torpes republicanos. Nosotros no negamos el voto a la mujer en nombre de su derecho a la libertad sino en nombre de la defensa de la República. Las mujeres pueden ser dentro de la República abogadas, catedráticas, diputadas y hasta ministras, pero electoras, no. Nada más unos cuantos pueblos han concedido el voto a las mujeres y la República española no es cosa que por quijotismo idealista defienda o confíe en el voto femenino que durante unos cuantos años será canalizado por curas, frailes y monjas.

Diario “El Diluvio”, 2 de Ocubre de 1931″.

Como podemos observar, la política española ha estado siempre al servicio de su propia ideología, defendiendo sus principios a muerte, y siendo totalmente consecuentes con sus  preceptos ideológicos.

Si no hay lomo…

Antes de comenzar, querría pedirles perdón por algo bien sencillo: no son contemporaneísta. También pediría perdón por escribir contemporaneísta en cursiva, porque es una palabra de plena aceptación en el mundillo de los historiadores, pero se ve que nuestro mundillo es pequeño porque la RAE no ha oído hablar de él. Y si la RAE no admite una palabra, servidor que la pone en cursiva, así de estricto soy.

El asunto es que, pese a no ser contemporaneísta, tengo un papelito que certifica que soy licenciado en Historia. En toda la Historia. Es como los diplomas de los cursos de natación, que pregonaban que estabas capacitado para nadar, pero no decían donde y se lavaban las manos si con ocho años querías cruzar el Atlántico. Así que, si me permiten el símil, me disfrazaré de contemporaneísta y, con todo el cuidado del mundo, evitaré irme a lo hondo, donde no me cubra.

A fin de cuentas, a cualquiera le gusta la Historia Contemporánea, al menos la del siglo XX (a mí es que el XIX, quitando momentos puntuales, me parece de un tedio magnífico). Y yo tuve mis escarceos con ella, interesado como estoy en el tema de la memoria histórica, de lo cual hablaré en otro día si mis jefes en este blog me lo permiten y si termino de arrancar con este artículo.

Retrocedamos en el tiempo en busca de la mina de oro del cine español, esto es, hasta la Guerra Civil y anexos, una época más turbulenta que la política de alcoba de Isabel II (de España, de la del Reino Unido prefiero no preguntar). Sin embargo, hay anécdotas capaces de romper la infinita rutina de salvajadas y atropellos cometidos en aquellos años y, en menor medida, de sacar una sonrisa a quienes se hallen investigando sobre la materia.

Aceuchal, 1922 (Fondo Fotográfico Fernando Garrorena, Diputación de Badajoz)

Aceuchal, 1922 (Fondo Fotográfico Fernando Garrorena, Diputación de Badajoz)

El hambre, ese jinete del apocalipsis que antaño cabalgaba por nuestros campos, agudiza el ingenio. Pero cuando uno se comería hasta los baldosines de las calles una cosa es ser ingenioso y otra bien distinta es ser un idiota redomado: prueba de ello es el documento que hoy traigo a colación, y nunca mejor dicho, encontrado por quien esto escribe en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, antiguo Archivo de la Guerra Civil.

Estamos en febrero de 1936, en el pueblo de Aceuchal (Badajoz), famoso no por sus vinos -y eso que pertenece a la Tierra de Barros-, sino por sus ajos. Tras ganar las elecciones el Frente Popular, cohortes milicianas recorren la región causando tumultos en diversas localidades, entre ellas Aceuchal: mil cien milicianos irrumpen en una población de cinco mil habitantes y, a su manera, la lían parda, tal y como demuestra el informe que expongo a continuación.

“Qué han destruidos (sic):
Iglesias: Ninguna.
Conventos: Ninguno.
PUENTE: Intentaron volar el que existe en esta carretera a Badajoz, entre esta villa y Villalba de los Barros y por falta de pericia dinamitera, sólo consiguieron ligeros desperfectos.
Domicilios particulares: Ninguno.
Comercios y almacenes: Ninguno asaltaron en masa. Sí se dedicaron algunos a exigir en los establecimientos alpargatas, gorras, calcetines, pañuelos y otros útiles. En casas particulares, varias veces exigieron comida prefiriendo siempre con exigencia jamón, lomo etc., rechazando cuando alguien les facilitaba chorizo, morcilla o tocino“.
(Archivo de la Guerra Civil, P. S. Extremadura, leg. 24, nº 54, fol. 1; la cursiva es mía).

A situaciones tan delirantes como la anterior conducía la jambre a los extremeños. ¿Hambrientos? Como Carpanta. ¿Pobres? De solemnidad. ¿Cafres? Y garrulos, si nos ponemos. Pero con una moraleja para la infancia: si no hay lomo… asaltad a quienes lo tengan.

Historia en carnaval: Los Pavos Reales

Llega Febrero y el viento de levante sopla con una especial dedicación sobre la tacita de plata. Es una locura especial la que trae desde oriente,la locura de Febrero, la locura del Gran Teatro Falla. El sentimiento hecho copla que recorre los rincones donde los fenicios fundaron aquel bendito rincón. Vuelve el gentío a las calles, a recorrer las plazas, barrio a barrio, escenario a escenario, o sin escenario. Vuelven los pasodobles, los cuplés y popurrís cargados e humor, crítica y sentimiento, los coros, chirigotas y comparsas inundan las calles como un Tsunami arrollador.

Y como en los carnavales de Cádiz hay de todo,  hace unos años, en 2004, aparece una chirigota muy monárquica: “Los pavos reales, una especie en extinción”. Su popurrit, la pieza que cantan al final de cada actuación es una auténtica lección de historia, un repaso a todos los monarcas que han pasado por España desde los Reyes Católicos pasados por el filtro de las tablas del Gran Teatro Falla. A algún puritano de la Historia no le gusta esta chirigota, pero yo he de reconocer que para algún examen me ha servido repasar este popurrit.

Seiscientas reinas

En las sociedades, en general, y en todas las épocas, los grupos en desarrollo hacia la ostentación del poder siempre han imitado la forma y el estilo de la clase dominante. De este modo, el nacimiento de los grupos de comerciantes acaudalados, los primeros burgueses, no iban a ser menos, y en el S. XV ya nos encontramos con una reflexión curiosa.

” La reina de Francia, Juana, esposa de Felipe el Hermoso, llegada a Brujas, se sorprende del lujo de los ricos burgueses: “Creía ser aquí la única reina, habría dicho, y descubro seiscientas.” *

Modelo de imitación éste que se va repitiendo. En muchos casos consiguen matrimonios de conveniencia con familias nobles para ascender fácilmente en esta sociedad cerrada. En otros ni siquiera hace falta porque el poder de facto que daba el dinero lo hacía innecesario y se ennoblecían apellidos con documentos emanados directamente. En cualquier caso, es llamativo el ennoblecimiento de los burgueses, que llegan a hacer auténticas filigranas para entrar en el selecto grupo de los privilegiados. Siguiendo el párrafo del que saqué la cita: ” Sus maridos eran soldados y servían en la milicia urbana; para ellos, el vocabulario jurídico inventa la fórmula de milites burgueses. Estos señores se hacían llamar doncel y sire [fórmulas de respeto utilizadas con los nobles en la zona de Flandes]; sus escudos de armas estaban pintados, con sus divisas, a las puertas de sus steenen.” *

Y es que no sólo era una cuestión de prestigio, el privilegio, la ley privada, era un buen motivo para ennoblecer a la familia.

* Uñas azules, Jacques y Ciompi. Las revoluciones populares europeas en los siglos XIV-XV. M.Mollat y Ph. Wolff; SXXI editores, 1976. pp – 22

Imagen: Wikipedia