Todas las entradas de: Sergio Martinez

Una noche para reconquistar Tebas

Atenas y Esparta fueron las dos grandes protagonistas de la Grecia clásica. Polis que marcaron el paso durante siglos; dos modelos opuestos que acabaron colisionando en la Guerra del Peloponeso. Pero este conflicto las debilitó profundamente, incluso a Esparta, su ganadora, dibujando un incierto panorama que otra ciudad, hasta el momento siempre a la sombra aprovechó para convertirse, durante apenas una década, en la potencia hegemónica: Tebas. Seguir leyendo Una noche para reconquistar Tebas

Los días después de Alejandro Magno

Alejandro Magno es una de las figuras más idealizadas y populares de la historia. Estratega, idealista, visionario, genio, lunático, sabio, salvaje. Un personaje controvertido, con marcadas luces y sombras y al que se sigue intentando interpretar. Su personalidad es compleja. Hijo de Filipo II, el rey macedonio que sometió Grecia, y de Olimpia, una mujer de carácter de la que se sospecha que ordenó matar a su marido, que ya se entretenía con otra. Alejandro creía ser hijo de Zeus y no era para menos. A su muerte había logrado conquistar buena parte del mundo conocido, de Grecia a la India, derribando al poderoso Imperio Persa y dejando a sus sucesores un legado ingobernable. Seguir leyendo Los días después de Alejandro Magno

El desastre de Sicilia (III): El sitiador sitiado

Nicias recibió sus ansiados caballos en la primavera del 414 a.C. Ahora sí, todo estaba dispuesto para poner el cerco sobre Siracusa. Los atenienses comenzaron a levantar un muro que encerraría por tierra la ciudad, ya dominada por mar, con la seguridad que aportaba a sus labores la vigilancia de la caballería. Pero en Siracusa no se quedaron de brazos cruzados, sino que decidieron evitar la mordaza con varios contramuros que les otorgasen una momentánea vía de escape y suministro así como un preciado tiempo. Hermócrates, aquel hombre que avisó a sus incrédulos vecinos de la expedición ateniense, era el encargado de dirigir la defensa.  Seguir leyendo El desastre de Sicilia (III): El sitiador sitiado

El desastre de Sicilia (I): Nicias versus Alcibíades

La Guerra del Peloponeso (431-404 a. C.) fue el gran conflicto de la Grecia clásica. Atenas contra Esparta a la cabeza de sus dos grandes alianzas, la Confederación de Delos y la Liga del Peloponeso. Dos polis disputándose la hegemonía, sus espacios de influencia y defendiendo diferentes modelos de entender la sociedad y la política. La democrática y moderna Atenas frente a la oligárquica y tradicional Esparta. Un periodo de la historia griega que conocemos con tantos detalles gracias a Tucídides, un militar ateniense que vivió en primera persona el conflicto y lo plasmó en su obra ‘Historia de la Guerra del Peloponeso’.

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Beethoven, Napoleón y la Tercera sinfonía

Ludwig van Beethoven (Bonn, 1770 – Viena, 1827) alumbró en los primeros años del siglo XIX una obra revolucionaria. Estrenada en un concierto privado a finales de 1804, su Tercera sinfonía abrió las puertas del romanticismo de forma estruendosa. El genio del tormentoso compositor construyó una obra maestra en uno de sus momentos más difíciles, con incipientes problemas de audición, pensamientos suicidas y alejado de la fastuosidad de Viena. Una sinfonía que trascendería lo musical por un nombre escrito en su primera página: Bonaparte.

Portada de la Tercera sinfonía con el nombre de 'Bonaparte' tachado
Portada de la Tercera sinfonía con el nombre de ‘Bonaparte’ tachado

Aquello dio lugar a uno de los mitos más interesantes del siglo; la admiración de Beethoven hacia Napoleón cuando este aún era Primer Cónsul, la dedicatoria de su revolucionaria composición y el desencanto sufrido cuando se hizo coronar Emperador. Un histórico testimonio nos llega a través de Ferndinand Ries, alumno de Beethoven:

“En aquel momento, Beethoven sentía la más alta estima hacia Napoleón y lo comparaba con los grandes cónsules de la antigua Roma. (…) Yo fui el primero en darle las noticias de que Bonaparte se había declarado Emperador, tras lo cual estalló en cólera y exclamó: “¡Así que no es más que un común mortal! Ahora también pisoteará los derechos del hombre y se abandonará únicamente a su ambición. ¡Se ensalzará a si mismo sobre los demás convirtiéndose en un tirano!” Beethoven fue a la mesa, arrancó la portada, la partió por la mitad y la lanzó al suelo”.

Una reacción impulsiva de aquel que ve sus ideales traicionados. Es curiosamente significativo que el compositor tenía en su escritorio un pequeño busto de Bruto, el asesino de Julio César, el más famoso cónsul convertido en dictador. Pero la historia de la Tercera sinfonía tiene ingredientes sobradamente interesantes que complementan el relato de Ries. Todo comienza en el año 1802, en el que Beethoven, aconsejado por su médico, se retiró a descansar a la villa campestre de Heiligenstadt, en la que escribió su famoso y sufrido testamento, dirigido a sus hermanos, traumatizado por los problemas de sordera que comenzaba a padecer. No se descubrió hasta después de su muerte.

Pero también fue allí donde Beethoven anotó los primeros esbozos de su Tercera sinfonía, ligándola para siempre a uno de sus momentos más tormentosos de su vida. Fue sin embargo un año después, en otro retiro estival, esta vez en Döbling, cuando el compositor alumbró definitivamente su gran obra, presentada en un concierto privado en el palacio del Príncipe Lobkowitz, mecenas de Beethoven, en el mes de diciembre de 1804.

'La Coronación de Napoleón', de Jacques-Louis David
‘La Coronación de Napoleón’, de Jacques-Louis David

Pocos antes, desveló en una carta que el nombre de la sinfonía sería ‘Bonaparte’. Pese a cultivar un aura de nobleza desde que se trasladó a Viena en el 1792 y relacionarse con las figuras más relevantes de la aristocracia austriaca, no ocultó sus simpatías republicanas y admiraba a Napoleón, no por sus victorias militares, sino por haber “puesto orden político en el caos de una sangrienta revolución”, según narra Antonio Schindler en la biografía que escribió sobre su amigo Beethoven.

En ella, además, relata que el embajador francés en Viena, Jean-Baptiste Bernadotte, futuro rey de Suecia, fue el que sugirió a Beethoven que podía honrar al futuro emperador con una gran composición. Sin embargo, las fechas hacen dudar de la veracidad de este pasaje, ya que Bernadotte tuvo que dejar Viena por los disturbios provocados cuando izó en la embajada la bandera tricolor revolucionaria en el 1798. Por aquel entonces Beethoven ni siquiera había creado su Primera sinfonía.

Más interesante incluso resulta el hecho de que rechazase alterado la propuesta del músico Franz Anton Hoffmeister de escribir una sonata en honor de Napoléon y de la revolución. “¿Es que todos ustedes, caballeros, han caído presas del demonio para sugerir que componga una sonata semejante?”, gritó Beethoven. Un año después le dedicó su gran sinfonía.

Planes en París 

¿Y si la razón para honrar al Primer Cónsul francés hubiese sido simplemente pragmática? Los musicólogos Maynard Solomon y William Kinderman proponen que detrás de todo se encontraban los planes del compositor por mudarse a París. Bautizar como ‘Bonaparte’ a su obra, sin duda alguna abriría todas las puertas de la capital francesa. Pero el viaje no llegó a materializarse, así que la idea de permanecer en Viena, capital del Imperio Austro-Húngaro, con una sinfonía dedicada a Napoleón parecía bastante mala. Beethoven desechó entonces su peligrosa ocurrencia. Dedicó su obra al Príncipe Lobkowitz y tacharía definitivamente del título la palabra ‘Bonaparte’ para sustituirlo después por ‘Heroica’.

Lo que parece innegable es que el nombre de Bonaparte figuró y fue borrado de la primera página de la obra. Varios son los factores que dibujan la historia, como el temperamento de Beethoven, su sordera, el testamento de Heiligenstadt, las posibles visitas a la embajada francesa, sus planes de viajar a París, su admiración hacia el primer cónsul, el simbólico relato de Ries o la enemistad entre Austria y Francia.

El estreno

Retrato de Ludwig van Beethoven en 1804
Retrato de Ludwig van Beethoven en 1804

Después de cuatro meses de conciertos privados y algunos retoques, la Tercera sinfonía se estrenó al público en el Teatro an Der Wien el 7 de abril de 1805. No dejó indiferente a nadie. La ‘Heroica’ no solamente era mucho más extensa que cualquier otra sinfonía creada hasta el momento, sino que rompía con el formalismo y el equilibrio del clasicismo. Era profundamente innovadora y poderosa. Era música romántica. Un primer movimiento de casi veinte minutos de duración que comenzaba con dos sólidos acordes anunciando uno de los temas. Una emotiva marcha fúnebre, composición de posible inspiración francesa y que pudo haber sustituido a una marcha triunfal que se convertiría años más tarde en el último movimiento de la Quinta sinfonía. Un Scherzo jovial en el tercer movimiento y un enérgico ‘finale’.

El periódico ‘The Allgemeine Musikalische Zeitung’ reseñó el concierto de la siguiente manera: “El nuevo trabajo de Beethoven tiene grandes y atrevidas ideas, y como podemos esperar del genio del compositor, está poderosamente llevado a cabo. Pero la sinfonía ganaría inmensamente si Beethoven hubiese decidido acortarla e introducir en ella más claridad y unidad”.

Tuvo que pasar otro año más para que titulase su obra ‘Sinfonía Heroica, compuesta para festejar el recuerdo de un gran hombre’, como finalmente ha pasado a la historia. Ese héroe había sido Napoleón y no dejó de interesar a Beethoven. En 1820, el compositor confesó que con el paso del tiempo había “llegado a un acuerdo con él” y al año siguiente, enterándose de su muerte en Santa Elena y aludiendo al segundo movimiento, la marcha fúnebre, comentó: “Yo ya escribí la música para este trágico momento”.

Y pese a todo, el héroe y protagonista de la Tercera sinfonía no es Napoleón, sino el propio Ludwig van Beethoven.


 

Los tres triunfos de Pompeyo

Cneo Pompeyo Magno vencedor sobre Mitrídates

Cuenta el historiador romano Dion Casio que el día que cumplía 58 años, Cneo Pompeyo ‘Magno’ llegó a Egipto con la última esperanza de fortalecer su débil posición en la guerra civil contra Julio César, pero allí, a manos de veteranos soldados romanos instigados por el faraón Ptolomeo XIII, encontró la muerte en un fatídico 29 de septiembre. Esa fecha, principio y fin de Pompeyo, también significó su momento de mayor gloria, pues en ese mismo día del 61 a.C., festejó en las calles de Roma su tercer triunfo, aclamado como conquistador del mundo. Por siempre estaría asociado el triunfo en la memoria colectiva romana a toda su vida, desde el nacimiento hasta la muerte, dibujando a través de sus celebraciones un brillante cuadro que ilustra su trayectoria como militar y su popularidad como político.

La celebración del triunfo se convirtió en un emblema único de la grandeza de Roma, en un motivo de admiración a lo largo de toda la historia hacia una ciudad que ensalzó a sus más brillantes generales en una liturgia incomparable, repleta de símbolos. La llegada a la ciudad del vencedor sobre el carro, el paseo de la vergüenza de los derrotados, los despojos de la batalla, la efímera gloria de los soldados, el encuentro con Júpiter en el monte Capitolino. Seguir leyendo Los tres triunfos de Pompeyo