Todas las entradas de: Iris Pascual

La Historia que aprendemos, la Historia que enseñamos. Dos ejemplos.

Dice la sabiduría popular que no hay nada como sentarse al otro lado de la mesa para apreciar la realidad con nuevos ojos. Que la empatía, el ponerse en el lugar del otro, hace milagros a la hora entender el mundo que te rodea y valorarlo de una forma más justa. Igualmente, es sabido que dar clase es algo muy, muy difícil. Doy fe. No hay nada como subirse a un estrado delante de, pongamos por caso, cincuenta chavales (ojo, les llamamos chavales, pero antes de ayer éramos como ellos) para que todas las gracias, chistes y chascarrillos que rodaban, ruedan y rodarán por un aula te parezcan bastante menos graciosos que antes.

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Memorias del Subsuelo. [Underground, Kusturica, 1995]

 

Si hay un lugar en el que se han vivido con especial fuerza los acontecimientos cruciales para la historia europea del siglo XX, ese ha sido los Balcanes. Precisamente este año se conmemora el centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial, tras el asesinato del heredero del trono del Imperio de Austria-Hungría en Sarajevo, y que ha generado una interesantísima “avalancha” bibliográfica en torno al tema, sus causas y sus consecuencias. El “corto siglo XX” iniciado en 1914, del que habló Hobsbawm, va a resultar especialmente trágico para esta región europea, con una sucesión de dictaduras, crisis y guerras civiles e internacionales Pero noción de tragedia es inconcebible sin la de comedia, y ambas frecuentemente están indisolublemente unidas. Éste pareció ser el punto de vista de Emir Kusturica, cuando se enfrentó a principios de los años 1990 a la historia de su tierra natal con Underground. Además de una película monumental, en la que el sueño y la realidad, la representación y la escena aparecen constantemente entreverados, es una reflexión histórica de primer orden acerca de la sociedad yugoslava, las décadas de comunismo y, en última instancia, la cruda guerra civil de los años 1990.

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Idealismo y pragmatismo. America en el SXIX

“Su cultura, que está lejos de ser refinada ni espiritual, tiene una eficacia admirable siempre que se dirige prácticamente a realizar una finalidad inmediata […] Tienen el culto pagano de la salud, de la destreza, de la fuerza […] del acorde movimiento de su cultura, surge una dominante nota de optimismo, de confianza, de fe, que dilata los corazones, impulsándolos al porvenir bajo la sugestión de una esperanza terca y arrogante”

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El infierno cotidiano

Qué el infierno ni qué la chingada. El infierno es aquí mérito, ¿ya no se acuerda cuando éramos chavalos? ¿El hambre que teníamos, el canijo frío? ¿La miseria en que vivíamos? O como ahora mismo, que cabrones como nosotros anden matando así porque sí nomás porque no tienen una manera decente de vivir. Me cae que esta vida y no chingaderas es el infierno

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Cronicas de la “España Lampedusiana”

Portada del libro "La transición en Cuadernos de Ruedo Ibérico
Portada del libro “La transición en Cuadernos de Ruedo Ibérico

Que la transición no fue lo que gran parte de la sociedad española había deseado, es algo que venimos oyendo con harta frecuencia en los últimos años. Una sociedad civil anestesiada, una clase política cada vez más alejada de las demandas de la calle, partidos y sindicatos convertidos en estructuras burocráticas de nula representatividad, o profundos desequilibrios territoriales, son rémoras heredadas de los largos “años de paz” del franquismo o del proceso político de transición, que no hemos sabido, podido o querido revertir.

En un momento en que la revisión del modelo de Estado que tenemos es un debate cotidiano, fue cuando menos oportuno que la editorial barcelonesa BlackList publicase en fechas no muy lejanas una selección de artículos de una de las revistas señeras de la oposición antifranquista, bajo el título de La transición en Cuadernos de ruedo ibérico. Resulta sorprendente ver como mucho de los vicios políticos que actualmente padecemos ya habían sido predichos por una serie de autores, agrupados en torno a esta editorial, desde mediados de la década de 1960, ante la indiferencia y (en no pocas ocasiones) desprecio de otros medios, tanto cercanos al régimen como de oposición.

Pero no adelantemos acontecimientos. La editorial Ruedo Ibérico nace en París en 1961, por impulso de, entre otros, José Martínez Guerricabeitia, Nicolás Sánchez Albornoz o Elena Romo. Nace bajo la creencia de que únicamente en el exilio es posible el ejercicio pleno de la libertad de expresión. Ya en 1963 la editorial cuenta con un gran número de artículos y ensayos breves, cuya publicación bajo la forma de monografía no se entendió como apropiada, por lo que Martínez Guerricabeitia, con el apoyo de los disidentes comunistas Fernando Claudín y Jorge Semprún, lanzan Cuadernos de ruedo ibérico en marzo de 1965. En la nueva revista tendrán un lugar especialmente relevante las obras de jóvenes estudiantes españoles que visitaban París por motivos académicos. La vida de la revista será azarosa, con múltiples problemas económicos. Se publicó en tres etapas: 1965-1973, 1974-1977 y 1978-1979, las dos primeras en París y la tercera y última en Barcelona. A sus dificultades no fue ajena su desconexión con el exilio republicano “oficial”, especialmente de un PSOE embarcado en disputas bizantinas, y su proximidad a la oposición interior, donde, por otro lado, no podía financiarse. Los libros y revistas de Ruedo Ibérico no serán legales en España hasta 1977. Ideológicamente próxima al marxismo durante gran parte de su trayectoria, en su etapa barcelonesa, aislada de los relatos oficiales y oficializados de la Transición, Cuadernos primará el enfoque anarquista, en un momento de grave crisis interna de la CNT.

Con prólogo y selección crítica del historiador Xavier Díez, La transición en Cuadernos de ruedo ibérico se articula en torno a cinco bloques, dedicados respectivamente a las características económicas de la España franquista, los elementos que pudieran condicionar el proceso de transición, los principales actores políticos del mismo, y los dos últimos a las continuidades entre el franquismo y el régimen democrático. Esta pervivencia del franquismo más allá de la muerte de Franco es el eje articulador de la obra, puesto que la idea fundamental, que nos presenta Díez en el prólogo, es la de “la España lampedusiana”. Es decir, una España en la que el cambio de sistema político no habría significado una renovación de los poderes fácticos, sino su permanencia, con la connivencia de una oposición “en rebajas” y de unos sindicatos “neocorporativos”. Un país en el que la promesa de Franco de que todo quedaba “atado y bien atado” no es una demencia senil, sino una realidad constatable, con un Estado intacto y liderado por las mismas fuerzas de antaño.

Juan Carlos I

La denuncia de esta continuidad se pondrá de manifiesto, especialmente con el rechazo a las sucesivas leyes de amnistía promulgadas por el gobierno de Adolfo Suárez entre julio de 1976 y octubre de 1977. La tesis de Cuadernos será, en líneas generales, que no es asumible ninguna amnistía otorgada por las élites políticas procedentes del franquismo precisamente a quienes habían sufrido la dura represión de la guerra y la posguerra. Así, la Ley de Amnistía de 1977 sería equivalente a una ley de “olvido” y de “punto final”, a semejanza de las promulgadas en Argentina y Uruguay en los años 1980, y actualmente derogadas. Esta posición distanciará definitivamente Cuadernos de otros medios de oposición, más moderados, como El País o Triunfo, que saludaron el perdón de los delitos de intencionalidad política. Esta posición, liderada especialmente por Joan Martínez Alier, alejó a la revista de muchos de sus colaboradores durante sus primeros años de andadura en París, como Pasqual Maragall, Juan Goytisolo o Joaquín Leguina.

La tercera gran aportación de la obra, o mejor dicho, de los Cuadernos, es una visión profundamente renovada del capitalismo español. Martínez Alier, con formación en ciencias agrónomas, analiza el latifundio cordobés, del cual extrae interesantes conclusiones. Alier considera en iguales términos el latifundio “rentista” y el latifundio “empresarial”, entendiendo que la diferencia entre ellos en el arrendamiento a terceros o la explotación directa respectivamente. Sostiene que la historiografía española, incluso en la de tradición marxista, con autores como Ramón Tamames o Manuel Tuñón de Lara, está arraigada una concepción de la contemporaneidad como la lucha entre el liberalismo y el Antiguo Régimen, cuyo exponente sería la nobleza terrateniente, y que habría triunfado en la Guerra Civil. Por ello, a la altura de los años 1970, España aún tendría como asignatura pendiente una revolución liberal, a semejanza de las revoluciones atlánticas. Sin embargo, para Alier, no existiría apenas fuerzas antiguorregimentales en España desde los procesos desamortizadores de mediados del siglo XIX. La mayor parte del latifundio sería empresarial, apenas existiría nobleza rentista. El discurso histórico que incide en la necesidad de una revolución liberal escondería, para este autor, otros presupuestos ideológicos: el arrendamiento de tierras podría mostrar, mediante la explotación autogestionaria de la tierra, la irrelevancia del propietario como factor económico. Sería una burguesía empresarial, capitalista y moderna, no una rancia nobleza, la que vire políticamente hacia soluciones políticas autoritarias desde la década de 1920: para Martínez Alier el liberalismo no habría fracasado frente al Antiguo Régimen, sino que habría propiciado el franquismo.

Se trata, en definitiva, de una obra difícil de leer, a veces árida, profundamente impregnada del lenguaje estructuralista propio de la sociología de las décadas de 1960 y 1970. No se trata, por otro lado, de una obra apta para todas las sensibilidades. Su ataque a partidos de izquierda y sindicatos es duro y tajante, a lo que se une un enfoque marcadamente catalanista. Para un lector no catalán le resultarán quizá complicadas de asimilar afirmaciones como que los actuales medios de comunicación catalanes son “eficientes y responsables”, frente a la desinformación y el control de los medios “de Madrid”, cuando es bien sabido que la única diferencia entre ambos es que responden a intereses contrapuestos. O la consideración recogida en el prólogo de que la Ley de Memoria Histórica es absolutamente justa, y alejada de prejuicios ideológicos. Sin embargo, como obra comprometida que es, pero no dogmática, no aspira en absoluto a la unanimidad, ni rehúye el debate. Se trata de una lectura (no me atrevería a calificarla de “imprescindible”), útil y recomendable. Especialmente en los tiempos que corren. Aunque tan sólo sea para que no podamos decir que no estábamos advertidos.

Suarez
Adolfo Suarez en 1995 recibiendo el I premio Alfonso X en Toledo.

VVAA: La transición en Cuadernos de Ruedo ibérico. Edición crítica de Xavier Díez. Barcelona, Ed. BlackList, 2011. 458 páginas.

www.ruedoiberico.org

Vals con Bashir – Análisis histórico de una película

Con este artículo, Iris Pascual nos propone un análisis desde el punto de vista histórico de la película de animación Vals con Bashir (Vals im Bashir), del director Ari Folman (Haifa, Israel, 1962); coproducida con la participación de Francia, Alemania, Suiza, EEUU, Finlandia, Australia, Bélgica, e Israel, estrenada en el año 2008.

Vals con Bashir – Análisis histórico de una película

Cartel de Vals con Bashir

Vals con Bashir es al mismo tiempo un profundo relato sobre el sinsentido de la guerra y un ejemplo sobresaliente de investigación histórica.

Esta película es un relato autobiográfico en la cual su protagonista, el propio director, indaga en su participación en la invasión israelí de Líbano (iniciada en junio de 1982) y especialmente en el papel desempeñado en la matanza de refugiados palestinos de los campos de Sabra y Shatila (16 y 17 de septiembre de 1982). Espoleado por las pesadillas de su camarada Boaz Rein, Folman se lanza a investigar su papel en la guerra, para lo cual contactará con antiguos compañeros de armas y especialistas. Con ellos (y a través de ellos) una imagen recurrente (el protagonista y otros dos jóvenes flotando en una playa en un paseo marítimo bombardeado) se convierte en un estudio no sólo de un acontecimiento histórico, sino del significado de todo un periodo y, más aún, del impacto de la guerra en diferentes colectivos.

El momento histórico de la película

La inestabilidad político-social en la que se encontraba inmerso Líbano desde su independencia de Francia (1943) estalla de forma definitiva en 1975. Este país de Oriente Próximo había sido incapaz de crear una estructura estatal integrada, más allá de las comunidades. Estas entidades, hasta el siglo XIX relativamente armonizadas, se configuran a partir de este momento como entidades cerradas, religiosamente homogéneas y lideradas por caudillos tradicionales. El reconocimiento durante el protectorado francés (1936) de 18 “comunidades históricas” imposibilitó la formación de partidos políticos nacionales y desarrolló una nacionalidad atrofiada, en la que el individuo se identifica en exclusiva con su comunidad, identificada a su vez con un credo religioso.

Cuando en abril de 1975 comienzan los disturbios en Beirut, Siria ocupó el país llamada por el parlamento libanés; paralelamente, en 1977 Israel ocupó una franja de terreno al sur del país. Este hecho fue fuertemente contestado por la población y el ejército libanés y, especialmente, por los palestinos asentados en el país (tras la Guerra de los Seis Días y la ocupación israelí de Cisjordania en 1967 la cúpula de la OLP y miles de civiles palestinos se refugiaron en Jordania; su posición inestable llevó a choques entre la OLP y el ejército jordano en 1970, por lo que este grupo humano fue reasentado en el sur de Líbano, creando una estructura paraestatal profundamente desestabilizante). La presencia palestina llevó a Israel a invadir Líbano en junio de 1982. El primer ministro israelí Menahem Begin justificó esta acción tanto en la defensa de su país como en la protección que Israel debía dispensar a la comunidad cristiana: el 23 de agosto Bashir Gemayel, líder del Partido Falangista y exponente de la comunidad cristiana, alcanza la presidencia del país. Sin embargo, el 14 de septiembre es asesinado. En un primer momento se culpó a Siria, sin embargo investigaciones más recientes apuntan a sectores del propio falangismo, descontentas con el acercamiento del presidente electo hacia las comunidades musulmanas. La respuesta del falangismo hacia este hecho, hacia la muerte de una estrella, un ídolo, un príncipe, alguien admirable (así define Carmi Cna´an, antiguo compañero de Folman cómo los falangistas percibían a su líder) será las matanza de civiles palestinos en los campos de refugiados de Sabra y Shatila.

La Guerra Civil libanesa supone la combinación de multitudes influencias, tanto a nivel nacional como externo, en permanente interrelación. Sin embargo, teniendo en cuenta que el hecho fundamental de la película este asesinato masivo, el aspecto fundamental a tener en cuenta de este conflicto es, siguiendo al economista y politólogo libanés Georges Corm, la guerra miliciana. Sería una guerra en la que no hay objetivos militares, sino que se fundamentará en la masacre indiscriminada de población civil. Para Corm no es una guerra que persiga el control de los resortes estatales, sino la desintegración de los mismos en unidades religiosas homogéneas. La violencia solía ejercerse en las áreas periféricas de las comunidades y buscaba impedir la interrelación entre de las mismas para que sus miembros se aglutinen en torno a las milicias adscritas a cada comunidad. Sabra y Shatila no son ni mucho menos un episodio aislado, sino una expresión paradigmática de un proceso iniciado anteriormente: en el llamado Sábado Sangriento (6 de diciembre de 1975) doscientos musulmanes fueron asesinados por falangistas. En la región de Quarantaine los cristianos perpetraron una nueva matanza en enero de 1976 y en la región de Damour unos cinco mil cristianos fueron asesinados por la OLP. Y en la región de Chouf cristianos y drusos practicaron una auténtica limpieza étnica en los años 1982 y 1983. La Guerra Civil en Líbano no finalizará hasta los Acuerdos de Taif (22 de octubre de 1989).

La visión de Ari Folman

La conclusión fundamental a la que llega Ari Folman en esta cinta es que la masacre de Sabra y Shatila fue perpetrada por las milicias falangistas libanesas, respaldadas en lo material y lo logístico por el ejército israelí. La película recoge testimonios (del periodista Ron Ben-Yishai y el militar Dror Harazi) que permiten pensar que las élites políticas israelíes estaban al corriente de los hechos. En varias escenas aparece el primer ministro Menahem Begin y el ministro de defensa Ariel Sharon en televisión o manteniendo conversaciones telefónicas, lo que les sitúa como unos “cerebros grises” que manejan los hilos de los acontecimientos, en los que personajes colectivos (tanto israelíes como palestinos) serían unas víctimas más o menos equivalentes. Esta perspectiva, junto con la visión maniquea de las milicias cristianas, enfocadas esencialmente en su fanatismo y crueldad, no sólo es la constatación de una investigación, sino una necesidad metafísica del director. Perteneciente a una familia afectada por el Holocausto, afirma sentirse aterrado al considerarse posible ejecutor de un genocidio. Aun cuando históricamente sea cierta la perspectiva sobre la matanza que Folman ofrece, no podemos olvidar que su perspectiva incide en otro aspecto: en presentarse a sí mismo y a su círculo (Carmi Cna´an, Boaz Rein, etc.) como exponente de otro protagonista colectivo: toda una generación de jóvenes israelíes criados en la abundancia y no sometidos a sacrificios, participantes de la cultura de su generación, y que de repente son lanzados hacia una guerra de proporciones que claramente les superan. Esta superación se manifestará en pesadillas y alucinaciones y entronca esta película directamente con el alegato antimilitar de Erich María Remarque, en el sentido de presentar una generación amargada y truncada por la guerra, aunque aparentemente ilesa.

Alcanzamos así la segunda conclusión fundamental de la película, que va más allá de la pura exégesis de un acontecimiento o un proceso: la guerra como absurdo. La importancia dada al subconsciente incide en presentar la guerra como un acontecimiento antihumano y demencial, con un gran potencial desequilibrante. El vehículo para transmitir este enfoque es la imagen. Los dibujos animados permiten una reconstrucción a la vez irreal y tremendamente realista no sólo de los acontecimientos, sino especialmente de las percepciones, las alucinaciones, los recuerdos y las pesadillas. Será el medio más adecuado para expresar los profundos temores, esperanzas, etc de toda una generación marcada por la guerra. Elementos como la pesadilla con los perros de Boaz Rein, la alucinación en la barca de Carmi Cna´an o la imagen recurrente del propio director serían inimaginables en el caso de haberse rodado, y si así hubiera sido, su capacidad expresiva hubiera sido indudablemente menor. Otro recurso al servicio de esta tesis y en relación con la imagen es la elaboración de las propias animaciones. Los primeros planos y las figuras más cercanas presentan un trazo en cierto modo rápido y descuidado, simplificador (aunque en absoluto naïf). Mientras que los fondos, los escenarios, son mucho más concretos, y en ocasiones casi indistinguibles de una imagen tomada en un exterior, real, con un juego de luces hiperrealista. Esta disparidad podría deberse a una necesidad de acentuar lo que la guerra supuso para estos individuos: la disolución de la personalidad, la pérdida de los límites del yo, la implicación en la masa, y el desasosiego y los conflictos interiores que esto provocará. Esta imagen, en combinación con una música envolvente, crea una atmósfera asfixiante que nos retrotrae al delirio bélico de Apocalypse Now.

Las conclusiones a las que llega Folman son producto de una particular percepción de la investigación del pasado. Acuciado por un recuerdo que no puede explicar, se lanza a investigar acerca de su experiencia en Líbano, y para ello interrogará a amigos, antiguos camaradas e investigadores, periodistas, etc. A medida que avanza en la investigación de su propio yo ésta se entremezcla con la explicación de Sabra y Shatila. Es decir, un interés meramente particular da lugar a una investigación histórica. Es especialmente reseñable como su amigo Ori Sivan anima al protagonista a la búsqueda de datos. En un momento dado, el director se halla en un punto muerto: nadie que conozca puede ayudarle a reconstruir su participación en la masacre de los campos de refugiados palestinos. Será su amigo director quien le estimule a la búsqueda de datos concretos, detalles y más detalles, como dirá, que permitirán reconstruir un hecho concreto pero con vocación de exégesis general. Este planteamiento denota un enfoque de la investigación histórica sumamente particular e interesante. Vals con Bashir tendría aspectos de “reconstitución histórica”, ya que se esforzará por reconstruir fielmente y explicar un acontecimiento histórico y, sin embargo, empleará una estética absolutamente irreal y alucinante para lograrlo.

Conclusiones finales

Vals con Bashir no sólo es el análisis de un acontecimiento histórico (bastante esclarecido y asumido por Israel desde su ejecución) sino especialmente un relato colectivo del sinsentido de la guerra y de su impacto en toda una sociedad, más aún, en una sociedad que, como la israelí, se identifica profundamente con los patrones mentales occidentales y que suele percibirse desde fuera como un conjunto hermético, arrogante y con un aura de invencibilidad ajeno al sufrimiento.

Como nota final sólo decir que esta película ha abierto una nueva tendencia en el cine israelí, en el sentido de profundizar en la crítica de la acción exterior de su país y de la gestión de sus gobernantes. Líbano (Samuel Maoz, 2009), ganadora de la Palma de Oro de la Mostra de Venecia ha seguido esta senda. Esta vía ha sido practicable quizá por la concatenación de dos factores: la reanudación de la tensión militar entre Israel y Líbano (con momentos de extrema tensión en julio-agosto de 2006 y agosto de 2010) y la desaparición de la vida pública de Ariel Sharon, en estado vegetativo tras un infarto cerebral en enero de 2006.