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Juego de Tronos a lo cañí

Los ingleses se aburren mucho. Algunas causas para respaldar tal afirmación serían una climatología adversa, una gastronomía definible como “muy presunta” y el aislamiento respecto a Europa. De hecho, ese aislamiento ha provocado que, desde la victoriosa arribada de los normandos en Hastings (1066), la isla no haya sufrido ninguna otra invasión en casi un milenio: que se lo digan a Felipe II, Napoleón o Hitler, que sólo lograron conquistarla en el Risk y no sin hartarse a lanzar dados y perder efectivos.

Ricardo Corazón de León, supuesto inventor del balconing cuando descubrió el Mediterráneo en las Cruzadas

Como decía, los ingleses se aburren mucho. Se les ve faltos de vidilla, lo cual conlleva una dedicación plena al desenfreno en cuanto abandonan su isla, acogiéndose muchos a la santísima trinidad que constituye la fusión de enrojecimiento dérmico, alcoholismo desatado y balconing. Pero en la Edad Media no existían ni los vuelos baratos ni la destrucción de nuestras costas, de ahí que (sorpresa) se aburrieran mucho más.


Lo que hace el aburrimiento:

Poniéndome simplón y reduccionista –como buen tertuliano–, aclararé que los ingleses medievales sólo se divirtieron durante siglo y medio. Y cuando escribo “divertir” me refiero a tener una historia movidita, como la de la Península Ibérica, con sus reconquistas, sus guerras entre cristianos, sus guerras entre musulmanes y sus Ramones Berengueres.

En cambio, y al margen de sus asuntillos dinásticos y sus puntuales excursioncitas a Tierra Santa, los ingleses se conformaron con enlazar la Guerra de los Cien Años (1337-1453) y la Guerra de las Dos Rosas (1455-1485). Les faltaba un algo, un no sé qué. Quizá por eso –e insisto: también por aburrirse mucho– el orbe anglosajón siempre ha tendido a buscar en la literatura la forja de una mitología donde realidad, leyenda, épica y magia fuesen tan cogidas de la mano como Hitler y Stalin en 1939.

Al famoso ciclo artúrico y al romanticismo del siglo XIX les siguió la extraordinaria obra de Tolkien (y la de C. S. Lewis, en menor medida) en el segundo tercio del siglo XX. Es más, resulta muy lógico pensar que Tolkien se aburría como una ostra, teniendo tiempo como tuvo para crear un universo propio, con sus razas, sus mitos, sus lenguas, sus mapas, sus historias, sus personajes empanados a los que no se les ocurre mandar a las águilas al Monte del Destino a destruir el anillo y ahorrarse tanto follón, etcétera.

Sea como fuere, en los últimos años ha revivido este interés literario relativo a la Albión medieval. El máximo exponente es el estadounidense George R. R. Martin, autor del conjunto de novelas fantásticas Canción de Hielo y Fuego, cuya ambientación recuerda a la Inglaterra de la Guerra de las Dos Rosas. Precisamente ayer se estrenó en España la serie que adapta el primero de dichos libros, Juego de Tronos, de ahí que publique este artículo: llámenme oportunista, aunque prefiero que me sigan llamando Fer.

 

Nuestro propio Juego de Tronos:

Lord Eddard Stark, uno de los personajes principales de Juego de Tronos (Fuente: Google Images)

De entrada confieso dos cosas: una, que ni he leído las novelas de Canción de Hielo y Fuego ni he visto nada de Juego de Tronos, salvo los casi quince minutos publicados como adelanto; y dos, que jamás se me pasaría por la cabeza una versión de Juego de Tronos realizada por ninguna televisión española. No, no, no y más NO, incluso en mayúsculas. Porque la serie, como en casi todas las demás series carpetovetónicas, removería a Clío en su tumba y haría girar el ochenta por ciento del argumento en torno a lo que sucediera en la taberna, al más descarado emplazamiento publicitario, a las andanzas sentimentales de sus protagonistas –sobre todo de los adolescentes y niños, que también montarían un grupo musical en plan mester de juglaría– y a los teóricamente jocosos malentendidos protagonizados por el Fiti, la Juani o el insoportable Javier Gutiérrez de turno.

Sin embargo, uno siente sana envidia cuando observa el cuidado depositado por la cadena yanqui HBO al rodar la serie. Sana envidia y, de paso, una mezcla de admiración por el trabajo bien hecho y de rabia por no encontrarse nada semejante en esta otra orilla del Atlántico. Y miren que material tenemos de sobra para emular las rivalidades entre bandos que nos muestra Juego de Tronos; si ésta se promociona con la frase “Se acerca el invierno”, la etapa medieval de nuestra más que curtida piel de toro (Portugal inclusive) debería publicitarse con el lema “Se acerca el infierno”.

Como expuse en algún sitio, no ha habido en nuestra convulsa Edad Media más de medio siglo sin una guerra civil, sin una crisis dinástica o sin una mala conspiración que echarnos a la boca. Los reinos medievales de las actuales España y Portugal se asomaron (y empujaron) a menudo al mayor de los abismos… para milagrosamente recuperarse casi sin saber cómo. Ejemplos hay muchos, desde la caída del reino visigodo hasta el ocaso del califato cordobés, desde los repetidos conflictos entre Castilla y León hasta la permanente amenaza –luego hecha realidad– de colapso de Navarra; un sinfín de argumentos, personajes y carnaza, que es lo que en verdad nos gusta a todos, historiadores incluidos.

Sí, por estos pagos podríamos montarnos tantos Juegos de Tronos que esto parecerían las olimpiadas del medievalismo y la mala leche. Así que, si no les importa, déjenme presentarles a los Banū Waraŷūl –desde ahora, Banu Warayul, que escribir acentos raritos es una tortura–, mis candidatos para protagonizar su propio culebrón.

 

¿Los Banu Qué?:

Creo que muy pocos de ustedes conocerán a los Banu Warayul. Total, Google (¡Google, pardiez!) apenas sabe quiénes son, ni ellos ni los Banu Furaniq, que es como también se les suele denominar en algunos textos. Que no cunda el pánico: aquí estoy yo para hablar de los Banu Warayul y, si hace falta, para ponerles a parir, que están muertos y no pueden defenderse.

Siendo breve, los Banu Warayul eran los líderes de un clan de la tribu bereber de Nafza –con raíces también muladíes– y dominaron, desde inicios del siglo IX hasta el año 928, todo el tercio oriental del Guadiana extremeño. Su sede se ubicaba en el hişn Umm Ŷa’far (dejémoslo en Umm Yafar, se lo ruego), el desaparecido castillo de Mojáfar de las crónicas cristianas, en las cercanías de la pacense Villanueva de la Serena. Eso, siendo breve.

Siendo más explícito y sincero, me gusta definir a los Banu Warayul como unos pequeños cabroncetes, dicho siempre desde el cariño y la fascinación. Porque los cinco Banu Warayul de cuyas andanzas estamos enterados eran muy de apuntarse a todos los saraos posibles, a lo Massiel altomedieval. Y se atrevían a hacerlo, de paso, en la turbulenta fase de la fitna o crisis del emirato de fines del siglo IX e inicios del siguiente, no sólo enzarzándose contra otros clanes y saqueando sus territorios o sublevándose contra los emires cordobeses, sino también yéndose a Zamora en plan yihad o aguantando la cabalgadas de los reyes leoneses por tierras extremeñas.

 

Vida y milagros de los Banu Warayul:

Alfonso III muestra su hastío en el Libro de los Testamentos (Fuente: Wikipedia)

Por desgracia, a mí me faltaría espacio –y a ustedes paciencia– para narrar todos los jaleos en los cuales estuvieron involucrados los Banu Warayul. Si pudiera, les relataría cómo Lubb b. Jalid, en torno al 826, asesinó a Marwan al-Yilliqí, a quien el emir Abderramán II le había ordenado sofocar a los rebeldes emeritenses. O cómo, al estallar la fitna, regresó el prestigioso Furaniq b. Lubb (hijo de Lubb b. Jalid) a Mojáfar desde Córdoba, reclamado por su clan para oponer resistencia a Alfonso III en sus sucesivas irrupciones en las tierras de los Nafza y no precisamente para venderles enciclopedias; o cómo más tarde hubo de soportar las correrías de Ibn Marwan, fundador/repoblador de Badajoz e hijo de Marwan al-Yilliqí, cuya muerte quiso vengar atacando las posesiones de los Banu Warayul.

Ojalá pudiese explicarles, con todo lujo de detalles, cómo el discreto Isà b. Qutí legó la jefatura de los Banu Warayul al nieto de Furaniq b. Lubb, el impetuoso Zual b. Yais b. Furaniq, quien en el Muqtabis –tal vez la mayor crónica andalusí, obra de Ibn Hayyan– fue tildado de temeroso, conspirador, envidioso, lleno de odio, malvado y traidor. Y todo ello por minucias, sólo por declararse en rebeldía frente al emir cordobés Abdalá I, por ser uno de los comandantes de la desastrosa yihad que quiso arrebatar Zamora en el 901 a los cristianos y por sembrar cizaña entre las tropas islámicas contra el falso profeta Ibn al-Qitt (quien guiaba la campaña) por un mero arranque de celos, traicionándole y provocando así una deserción masiva en el campo de batalla justo cuando los musulmanes se disponían a tomar la ciudad. Minucias, ya digo.

De veras que me encantaría contarles cómo se descompuso el cadáver de Ibn al-Qitt, con su cabeza colgada a las puertas de Zamora, mientras Zual b. Yais b. Furaniq retornaba al sur, tranquilo, a su aire, como si nada hubiese pasado, para luego firmar la paz con Abdalá I, que tampoco estaba el emir para ponerse escrupuloso. O cómo Zual b. Yais b. Furaniq, esa joyita, hubo de plantarle cara en el sufrido verano del 915 al nieto del citado Ibn Marwan y, acto seguido, a Ordoño II de León, emperrados como estaban en depredarle las tierras y pisarle lo sembrado.

Y, cómo no, querría cerrar la saga hablándoles de Abdalá b. Isà b. Qutí, hijo de Isà b. Qutí, y de cómo le preparó otra buena insurrección al emir cordobés, en este caso a un tal Abderramán III, quien en el 928, y decidido como estaba a acabar con tanta tontería para poder proclamarse califa en condiciones, le envió un poco amigable ejército para obligarle a entregar Mojáfar de una vez por todas… cosa que consiguió, no sin antes tenérselas tiesas ambos bandos y rubricándose después un ventajoso tratado de paz que le supuso al último de los Banu Warayul un jugoso indulto y un retiro dorado en al-Ruşāfa d’Or, arrabal de vacaciones.

Pero no, no hay espacio ni paciencia. Ni tiempo, además. Ni dinero para llevar a la pantalla estas aventuras y desventuras de los más que peculiares Banu Warayul. Así que, si me lo permiten, ahogaré mis penas contentándome con Juego de Tronos y que sea lo que MegaUpload quiera.

Incierto se presenta el reinado de Rodrigo

No me gusta el mus. No me llama en absoluto la atención. E incluso una vez intentaron enseñarme a jugarlo con desquiciantes resultados. Yo es que soy mucho de cuatrola, pero confieso que ganas no me faltan de aprender a jugar al mus sólo para soltar el mítico dicho de “incierto se presenta el reinado de Witiza”. O, en su defecto, farfullar un “incierto se presenta el reinado de Rodrigo”, que es igual de válido, sobre todo en meses como éste.

Ustedes quizás no anden al tanto porque ningún calendario ni medio de comunicación se ha encargado de recordárselo gracias a un vergonzoso y analfabeto silencio, pero ahora que nos despedimos de abril se cumplen 1.300 años del desembarco de Ṭāriq ibn Ziyād al-Layti (dejémoslo en Tariq, por su bien y por el nuestro) en las costas gaditanas. Trece siglos desde el año que cambió para siempre la Península Ibérica, un 711 que siempre se me ha antojado como la fecha más decisiva de nuestra Historia.


Rodericus Rex
:

Grabado con la efigie del rey Don Rodrigo (Fuente: Wikipedia)

En el año 710 el reinado de Witiza pasó de incierto a extinto: Witiza había fallecido, no sin antes abonar el terreno para que germinara una guerra civil. El propio Witiza había enchufado al trono a su hijo Agila (pueden llamarle Agila II si se ponen ortodoxos) en 708 y le había nombrado heredero. Pero los visigodos, que no sólo eran muy suyos, sino suyísimos y encima andaban a la gresca entre ellos, preferían una monarquía electiva, por antagónicos que hoy nos parezcan ambos conceptos. Así pues, un grupo de nobles visigodos contrarios al bando witizano designaron rey a Rodrigo, duque de la Bética. Háganse una idea del embrollo.

La realidad recibió a Rodrigo con un guantazo. A la oposición de los witizanos, sublevados en sus provincias del noreste del reino, se le unía la revuelta de los vascones, auténticos especialistas en fastidiar a los monarcas toledanos. Para colmo, añádasele al cóctel de Rodrigo una legendaria polémica acerca de cómo quiso camelarse y terminó ultrajando a una tal Florinda, hija del conde Julián, gobernador de Ceuta; un asuntillo tan turbio que hoy día hubiera hecho las delicias de Jorge Javier Vázquez y resto de carroñeros del corazón. Ya lo dijo el mismísimo Julián: “yo por mi hija MA-TO”.


Cosillas que pasaron antes de dicho 711:

Miniatura donde se representa a Tariq (Fuente: Wikipedia)

Bueno, en teoría Julián no mató por su hija. Tampoco es que sepamos mucho de Julián, salvo que dominaba el territorio ceutí, que sus relaciones con Rodrigo eran asaz tormentosas y que le abrió su corazón y sus costas a las huestes islámicas, las cuales ya regían buena parte del Magreb tras haberse expandido con velocísimo y rotundo éxito por todo el África septentrional en unas décadas. Según Ibn al-Kardabūs, Julián (Yulyān en las crónicas árabes) lanzó en 710 una algara sobre Algeciras, permitiendo poco después que Tariq, como gobernador de Tánger, organizara ese mismo año una expedición musulmana de reconocimiento que cruzase el Estrecho: su comandante, Tarif, se embarcó con tres mil hombres y puso pie en la Península Ibérica en el lugar donde se asienta Tarifa, ciudad que hoy lleva su nombre.

Al margen de los daños producidos y el botín alcanzado, ambas incursiones se inscriben en un contexto que no resultaba nada fuera de lo común. No por entonces, al menos. Las relaciones a ambos lados de las antiguas Columnas de Hércules siempre fueron bastante fluidas y en varias ocasiones, pese a la prohibición expresa en los concilios toledanos, los visigodos recurrieron a quienes moraban el Magreb para que les ayudaran a dirimir sus más que frecuentes disputas. De ahí que los witizanos buscaran atraerse el favor de los musulmanes para derrocar a Rodrigo.

Por cierto, que nadie de nuestro siglo XXI se preocupe por las cuestiones religiosas de unos y otros. La gran mayoría de visigodos e hispanos, pese a la adopción del catolicismo por Recaredo I en el 589, tenían una formación teológica tan escasa como los bereberes norteafricanos, escasamente cristianizados y/o islamizados. En verdad la frontera entre unas creencias y otras era un borrón difuso. como bien apuntó Eduardo Manzano, “en una época de inacabables querellas cristológicas, trinitarias y dogmáticas, el lema «No hay más Dios que Dios» […] no venía a ser más que una variedad de otras creencias que reclamaban la custodia de la auténtica revelación divina” (MANZANO MORENO, Eduardo, Conquistadores, emires y califas. Madrid: Crítica, 2006, p. 116).


La excursión de Tariq:

Otra cosa muy distinta es preguntarnos por las verdaderas intenciones de los musulmanes al aceptar acudir en ayuda de los witizanos. Es aquí donde la comunidad historiográfica, imitando a los simpáticos visigodos, presenta disparidad de opiniones, mas sin llegar al asesinato indiscriminado de los disidentes, otra costumbre muy goda ella. Por un lado están quienes afirman que Tariq llegó a Hispania con la más que meditada idea de conquistarla, aprovechando que el reino estaba hecho unos zorros; por otro lado, hay quienes sostienen que Tariq vino sólo como mercenario y que la cosa se le fue de las manos tanto como a Sergio Ramos la Copa del Rey.

Lo más probable es que nos hallemos ante la primera opción. Para Pierre Guichard (léase su clásico Al-Andalus: estructura antropológica de una sociedad islámica en Occidente), el desarrollo del asalto y posterior conquista islámica de la Península Ibérica refleja el choque entre dos modelos sociales confrontados: el musulmán invasor, oriental y dinámico, contra el visigodo invadido, occidental y estático, casi en vías de cristalizar en un sistema de corte prefeudal.

Los testimonios son a menudo contradictorios, aunque no nos desvían demasiado de la trama principal del relato. Según parece, tras efectuar lo que hoy algunos modernos llamarían brainstorming –esto es, un examen de datos y propuestas–, Mūsā ibn Nuşayr (gobernador de Ifriqiya y Muza para los amigos) escribió al califa Walid I informándole sobre la posibilidad de invadir Hispania. Éste respondió que leche en plancha, que como mucho mandara alguna de las expediciones citadas, si bien Muza se pasó la negativa por el arco mediterráneo que recorrió tal misiva y ordenó a Tariq que fuese preparando los avíos, que se iba a dar un garbeo por la Bética.

Billete de Gibraltar con retrato de Tariq ibn Ziyad

Fue a finales de abril de 711 cuando Tariq alcanzó las costas gaditanas acompañado de otros siete mil animosos excursionistas con los barcos que Julián le había proporcionado. La tradición cuenta que desembarcó en Gibraltar, que le debe su actual nombre –Ŷabal āriq o “monte de Tariq”– y no sin toparse con cierta resistencia de los cristianos, lo cual demostraría que éstos estaban al tanto de lo que se cocía más allá del Estrecho sin necesidad de haber consultado en Facebook el estado de Tariq (“Embarcando a la conquista de Hispania” > A Muza le gusta esto).


Fin (de la primera parte):

Un soldado le cuenta a Tariq que protagoniza un artículo de "Aquí fue Troya"

Sea como fuere, Tariq tomó posiciones tras ocupar Carteia. Y las tomó bien tomadas, dado que apenas avanzó hacia el norte en los meses siguientes. Quizás recibió ayuda y promesas de los partidarios del sector witizano, como sería el caso del polémico arzobispo hispalense Oppas. Recabó informaciones sobre los movimientos de las tropas de Rodrigo, que descendían hacia el sur a su encuentro, y a su vez aguardó la llegada de otros cinco mil soldados –y algunos cuantos tuppers con las sobras– que le había pedido a Muza.

Pero la larga espera, al igual que este artículo, tuvo un final. En julio de ese 711, las tropas lideradas por Tariq derrotaron al bando de Rodrigo en la batalla de Guadalete, dictando la sentencia de muerte del reino visigodo. Así que, como ustedes comprenderán, les remito a julio de 2011 para el estreno de la segunda temporada de las andanzas de Tariq por la piel de toro… a no ser que antes la cuelguen en Series Yonkis.

La condición humana: Federación SISEVA

Aunque no suene muy historiográficamente correcto he de confesar que no soy muy amigo de los congresos a gran escala. Hay congresos que reúnen a lo mejor de cada casa y/o suponen un inmejorable escaparate para quienes empezamos a dar nuestros pasos agarrados a la mano de la Historia. Qué duda cabe, me resultan experiencias gratas, pero también me saturan. Demasiada información, demasiadas ponencias y comunicaciones, demasiada actividad concentrada en tan poco tiempo, demasiado que aprender mientras el cerebro te pide un descanso y la mano te ruega que dejes de tomar nota de absolutamente todo lo que escuchas.

Lo anterior no quiere decir que esté en contra de la celebración de congresos, encuentros, jornadas y similares, faltaría más. Pero ser historiador es un trabajo, no una vida, como suelo decir; por eso mismo entenderán el título de este artículo y me van a permitir -eso espero- que haga un poco de publicidad más que merecida de los IV Encuentros de Estudios Comarcales que la Federación SISEVA celebrará en Siruela los días 8 y 9 de abril.

IV Encuentros de Estudios Comarcales

La Federación SISEVA nació en 2008 y debe su nombre a las tres grandes comarcas extremeñas que engloba: La Siberia, La Serena y las Vegas Altas. Se trata de la unión de varias asociaciones culturales de diversos municipios de dichas comarcas (en mi caso particular, la Asociación Cultural Torres y Tapia). Una unión que, huelga decirlo pero yo lo digo, es fruto de un esfuerzo institucional y, sobre todo, personal. Un fruto que, además, ha logrado germinar gracias al apoyo y trabajo desinteresado de decenas de miembros movidos únicamente por la querencia a sus raíces, su tierra y su cultura. Y, aún así, SISEVA no es ni causa originaria ni última consecuencia, sino un fenómeno más de una corriente consolidada en España desde la democracia: el auge de la historia regional y local.

Siendo sinceros, hace dos décadas a nadie se le habría ocurrido imaginar que la Historia, a menudo marginada, fuese a alcanzar tantos rincones de la sociedad. No sólo me refiero a la cuestión de la memoria histórica. Centrándonos en el ámbito de SISEVA, se han publicado numerosos documentos, artículos y monografías de la más variada temática, se han creado diversos premios y se ha asistido a una saludable proliferación de reuniones, conferencias, congresos y, lo que considero más relevante, de pausas e intermedios en los mismos, que es donde verdaderamente se forjan amistades y proyectos al amor de un café con perrunillas.

De Villanueva a Medellín, de Don Benito al Valle de la Serena, de Magacela a La Coronada, año a año se ha trazado una geografía, una historia y un patrimonio del afecto. De ahí que este año vaya a seguir la tradición y acuda a Siruela a reencontrarme con amigos, a descubrir mi tierra y sí, a hablar sobre algo de Historia, pero lo justo, para no aburrir.

A todo ello quedan ustedes gustosamente invitados.

La Corona… ¿de dónde?

Uno de los objetivos de Aquí fue Troya es la divulgación de la Historia dentro del contexto del dospuntocerismo. Adaptar a Clío a los nuevos tiempos, vestirla con ropa más actual y no con túnicas griegas, salvo que el emporio Inditex las vuelva a poner de moda. Y hablando de trapitos y dospuntocerismo, fue @bydiox quien nos lanzó un guante al hilo de un vídeo medianamente polémico que, como mandan los cánones, tuvo amplio calado en Menéame.

En el vídeo, que está justo bajo este párrafo, el zaragozano Miguel Cortés expone su queja ante Elena Sánchez, defensora del espectador de RTVE, quien se la traslada a Esteve Crespo, editor del Telediario. La queja es sencilla: ¿por qué se le llama corona catalano-aragonesa y no Corona de Aragón?

Quizás en el vídeo parezca que se ha dado una respuesta satisfactoria, pero los historiadores somos muy puntillosos y puñeteros. O al revés. Así que intentaré aclarar el asunto de la mejor manera posible o, en su defecto, de forma entretenida, que lo mismo ni ustedes ni yo nos enteraremos de nada, pero al menos habremos echado el rato tan ricamente.

De entrada, ¿qué se entiende por “corona”? La RAE la define, para el caso que nos atañe, como “dignidad real” y “reino o monarquía” en sus acepciones decimocuarta y decimoquinta, respectivamente. Y es a partir de aquí donde arranca el inicio de la explicación.


El inicio de la explicación:

Miento. En realidad el inicio de todo esto se remonta a 1134, cuando el fallecimiento de un rey revolvió toda la Península, y a 1137, cuando tuvo lugar un enlace conyugal tan enrevesado como… miren, no encuentro una palabra que suavice el tan contemporáneo concepto subyacente de pederastia. Porque en 2011 es muy difícil comprender que un padre entregue a su hija de un año en santo matrimonio a un veinteañero. Pero la ecuación cuadra si cambiamos 2011 por 1137, padre por Ramiro II de Aragón, hija de un año por Petronila de Aragón y veinteañero por Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona.

Retrato de Ramiro II (Manuel Aguirre y Monsalbe, 1885)

A Ramiro II no le apetecía en absoluto ser rey. Fatiguita le daba. Que le asparan si así lo quería, feliz como era siendo obispo de Roda-Barbastro (curiosidad: Roda de Isábena, con una cincuentena de habitantes, es la sede catedralicia más pequeña del país). Pero a su hermano mayor, Alfonso I de Aragón y Pamplona, de quien podríamos estar hablando horas porque además de “el Batallador” era una buena pieza, le dio por morirse sin descendencia en 1134 y, peor aún, a nombrar como herederas de sus dominios a las órdenes militares del Hospital, del Temple y del Santo Sepulcro.

De inmediato, el nieto de El Cid, García V Ramírez el Restaurador -sin nada que ver con la hostelería, por otro lado- fue proclamado rey de Pamplona por nobleza y clero locales; por su parte, Alfonso VII de Castilla y León ocupó Zaragoza exigiendo vasallaje; mientras que el papa Inocencio II presionaba para que templarios, hospitalarios y caballeros del Santo Sepulcro recibieran su porción del pastel. La aristocracia aragonesa, atrapada entre esos frentes, reconoció como su monarca al citado Ramiro II.

Así pues, Ramiro II hubo de abandonar su obispado para subir al trono. Quiso mantener el celibato, pero los nobles no le permitieron apadrinar a García V de Pamplona y le obligaron a casarse de muy mala gana con la viuda Inés de Poitou o de Aquitania. Ambos tuvieron en 1136 una hija, Petronila, e Inés se volvió a Francia de inmediato, cual común vientre de alquiler.

Y si a estas alturas del artículo ustedes están maldiciéndome por haberlo escrito, imaginen qué no habría maldecido Ramiro II contra su hermano por morírsele y meterle en todo este embolado.


El meollo del artículo:

Petronila I de Aragón y Ramón Berenguer IV (copia de1634, original de Filippo Ariosto, 1586-87)

Ramiro II había cedido ya demasiado, o eso pensaría él. Sin embargo, con una heredera podría negociar con esa nobleza que tantos quebraderos de cabeza le había dado y retirarse para huir, al fin, del mundanal ruido. Pero para ello necesitaba encontrar un candidato idóneo a quien otorgarle la mano (y el reino) de su hija, cuestión nada sencilla dado lo renuentes que eran nuestros ancestros medievales a ser gobernados por una mujer.

Ciertamente, el joven y animoso Ramón Berenguer IV no era un mal partido. Su padre, Ramón Berenguer III, había fallecido en 1131 y dividió sus dominios entre sus hijos gemelos: Ramón Berenguer IV se quedó con el condado de Barcelona, mientras que Berenguer Ramón I fue nombrado conde de Provenza. Y si piensan que ya han tenido demasiados Ramones y Berengueres, recuerden que los abuelos de estos jovenzuelos también fueron gemelos, con los mismos nombres, y que uno ordenó matar al otro, lo cual demuestra que la onomástica condal barcelonesa era limitadísima y que los asesinatos son muy perjudiciales para la salud.

Maticemos, de paso, que ser conde de Barcelona no era lo mismo que ser conde de Peñaflor de Argamasilla, por poner un ejemplo. No, ser conde de Barcelona significaba liderar una confederación de más de diez condados, los llamados “condados catalanes”, cuyos orígenes se remontaban a la Marca Hispánica carolingia. Por tanto, Ramón Berenguer IV contaba con una fuerza más que respetable y, sobre todo, podría brindarle a Aragón el apoyo necesario frente al poderoso Alfonso VII de Castilla y León, quien desde 1135 se hacía llamar Imperator totius Hispaniae tras serle reconocido dicho título honorífico por el resto de fuerzas políticas peninsulares. Y ello, qué duda cabe, podría suponer una amenaza sobre la independencia aragonesa si Ramiro II -como anhelaba- dejaba a su recién nacida hija al mando del reino.

Así pues, entre agosto y noviembre de 1137 se redactaron las capitulaciones matrimoniales entre Ramón Berenguer IV y Petronila, cuyo enlace no tuvo lugar hasta 1150. No esperaría tanto Ramiro II: apenas hubo solucionado el futuro de su niña, salió por peteneras de la escena política para profesar en el monasterio oscense de San Pedro el Viejo. A ver quién se atreve a culparle por ello, habida cuenta de lo demencialmente complejo que resulta entender el acuerdo nupcial entre ambos tortolitos.

Digamos, para resumir mucho, que Ramón Berenguer IV le juró homenaje a Ramiro II y que mediante la fórmula del “matrimonio en casa” Ramón Berenguer IV asumiría la potestad regia, pero no con el título de rey -título que mantendría Ramiro II-, sino con el de príncipe; de hecho, la reina sería siempre Petronila y sólo a ella le pertenecerían los derechos al trono y al territorio. Puntualizaciones jurídicas al margen, la consecuencia última y crucial de esta unión fue el nacimiento (de cinco hijos y) de la Corona de Aragón, entidad que logró poner coto a la superioridad que hasta entonces había ostentado el núcleo castellano-leonés, dándose en cambio un equilibrio entre ambos reinos. Y todo esto entra en el examen.


Parece que está fundando una corona. ¿Necesita ayuda?:

Mapa de los orígenes de la Corona de Aragón (Fuente: Gran Enciclopedia Aragonesa)

Para los rezagados: quede claro que Ramón Berenguer IV ni fue rey de Aragón, ni Aragón se subordinó al condado de Barcelona, ni que ambas entidades se fusionaron en igualdad de condiciones. No. Ya hemos visto que Ramón Berenguer IV le juró homenaje a Ramiro II; repito, en cursiva y todo, le juró homenaje. Ése es el quid de la cuestión, puesto que jurar homenaje implicaba acatar y reconocer la supremacía de un poder sobre otro. Por si ello no fuera suficiente, Ramón Berenguer IV también aceptó ser únicamente príncipe y dejar la dignidad regia al bebé que sería su señora, depositaria absoluta de los derechos asociados a la naciente corona aragonesa, cuyo primer rey fue el hijo de ambos, Alfonso II.

Habrá quienes sostengan que la Corona de Aragón supuso una fusión bajo similares condiciones jurídicas y políticas, amén de conservarse las instituciones propias de cada territorio. Que la Corona de Aragón era un ente democratiquísimo e igualitario. Pues sí y no eran tan especiales, oigan. Pues sí, porque no se eliminaron leyes ni ningún otro órgano de gobierno ni de justicia, mientras que Cataluña cobró vital y creciente relevancia dentro de la nueva corona. Pues no, porque en la España medieval no sólo había una jurisdicción, sino decenas de ellas, y no sólo se respetaban esas peculiaridades en la Corona de Aragón.

Esto es, la Corona de Aragón englobaba y englobaría diversos dominios -reinos de Aragón, Valencia y Mallorca, condados catalanes y demás posesiones mediterráneas-, con sus particulares normas y órganos políticos, pero también lo haría la Corona de Castilla (conformada por numerosos reinos) desde 1230 hasta 1348, cuando el Ordenamiento de Alcalá impusiera el derecho monárquico sobre todas las tierras de realengo, exceptuando las tierras vascas. E insisto, tierras de realengo: órdenes militares y señoríos laicos mantendrían sus diferentes normativas siempre que aceptaran someterse a la corona, fuese ésta castellana o aragonesa.


Cómo no usar una corona:

Si me excedo en la explicación es debido a la necesidad de desmontar cierto andamiaje mitológico. El nacionalismo catalán, surgido en el siglo XIX (como otros tantos, al amparo de la burguesía), tiró de la Historia para apoyar sus teorías. Pero la Historia no siempre casa con los intereses propios, de ahí la querencia de todos los nacionalismos por reescribir el pasado según y cómo para hacer comulgar a sus adeptos con descomunales e indigeribles ruedas de molino.

Que nadie me malinterprete. Cada uno puede tener las ideas políticas que mejor le parezcan, pero la Historia es la que es y, por desgracia para muchos, no debería prostituirse por muchos billetes que se le pongan sobre la mesa. Por eso mismo es inaceptable que se hable de un reino de Cataluña, de una corona catalanoaragonesa o de los Països Catalans como herederos políticos de la misma. De hecho, son afirmaciones con el mismo fundamento histórico que la existencia del dragón derrotado por san Jorge, esto es, ninguno.

No, no hay fundamento histórico posible para ambos casos. Pero nunca faltarán las mentiras mientras haya ignorantes dispuestos a creérselas.

Si no hay lomo…

Antes de comenzar, querría pedirles perdón por algo bien sencillo: no son contemporaneísta. También pediría perdón por escribir contemporaneísta en cursiva, porque es una palabra de plena aceptación en el mundillo de los historiadores, pero se ve que nuestro mundillo es pequeño porque la RAE no ha oído hablar de él. Y si la RAE no admite una palabra, servidor que la pone en cursiva, así de estricto soy.

El asunto es que, pese a no ser contemporaneísta, tengo un papelito que certifica que soy licenciado en Historia. En toda la Historia. Es como los diplomas de los cursos de natación, que pregonaban que estabas capacitado para nadar, pero no decían donde y se lavaban las manos si con ocho años querías cruzar el Atlántico. Así que, si me permiten el símil, me disfrazaré de contemporaneísta y, con todo el cuidado del mundo, evitaré irme a lo hondo, donde no me cubra.

A fin de cuentas, a cualquiera le gusta la Historia Contemporánea, al menos la del siglo XX (a mí es que el XIX, quitando momentos puntuales, me parece de un tedio magnífico). Y yo tuve mis escarceos con ella, interesado como estoy en el tema de la memoria histórica, de lo cual hablaré en otro día si mis jefes en este blog me lo permiten y si termino de arrancar con este artículo.

Retrocedamos en el tiempo en busca de la mina de oro del cine español, esto es, hasta la Guerra Civil y anexos, una época más turbulenta que la política de alcoba de Isabel II (de España, de la del Reino Unido prefiero no preguntar). Sin embargo, hay anécdotas capaces de romper la infinita rutina de salvajadas y atropellos cometidos en aquellos años y, en menor medida, de sacar una sonrisa a quienes se hallen investigando sobre la materia.

Aceuchal, 1922 (Fondo Fotográfico Fernando Garrorena, Diputación de Badajoz)
Aceuchal, 1922 (Fondo Fotográfico Fernando Garrorena, Diputación de Badajoz)

El hambre, ese jinete del apocalipsis que antaño cabalgaba por nuestros campos, agudiza el ingenio. Pero cuando uno se comería hasta los baldosines de las calles una cosa es ser ingenioso y otra bien distinta es ser un idiota redomado: prueba de ello es el documento que hoy traigo a colación, y nunca mejor dicho, encontrado por quien esto escribe en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, antiguo Archivo de la Guerra Civil.

Estamos en febrero de 1936, en el pueblo de Aceuchal (Badajoz), famoso no por sus vinos -y eso que pertenece a la Tierra de Barros-, sino por sus ajos. Tras ganar las elecciones el Frente Popular, cohortes milicianas recorren la región causando tumultos en diversas localidades, entre ellas Aceuchal: mil cien milicianos irrumpen en una población de cinco mil habitantes y, a su manera, la lían parda, tal y como demuestra el informe que expongo a continuación.

“Qué han destruidos (sic):
Iglesias: Ninguna.
Conventos: Ninguno.
PUENTE: Intentaron volar el que existe en esta carretera a Badajoz, entre esta villa y Villalba de los Barros y por falta de pericia dinamitera, sólo consiguieron ligeros desperfectos.
Domicilios particulares: Ninguno.
Comercios y almacenes: Ninguno asaltaron en masa. Sí se dedicaron algunos a exigir en los establecimientos alpargatas, gorras, calcetines, pañuelos y otros útiles. En casas particulares, varias veces exigieron comida prefiriendo siempre con exigencia jamón, lomo etc., rechazando cuando alguien les facilitaba chorizo, morcilla o tocino“.
(Archivo de la Guerra Civil, P. S. Extremadura, leg. 24, nº 54, fol. 1; la cursiva es mía).

A situaciones tan delirantes como la anterior conducía la jambre a los extremeños. ¿Hambrientos? Como Carpanta. ¿Pobres? De solemnidad. ¿Cafres? Y garrulos, si nos ponemos. Pero con una moraleja para la infancia: si no hay lomo… asaltad a quienes lo tengan.

Sobre la Reconquista: el exabrupto final

Yo les pregunto: ¿quién dijo que algo de tan rancia consideración como la Historia debía llevarse mal con las modernísimas redes sociales?
Yo les respondo: no lo sé, pero no podía estar más lejos de la realidad.
Y yo les explico: tras cierto tüit escrito por un servidor hace año y pico se desató en mi Féisbuq una pequeña tormenta metodológico-historiográfica que requeriría mayor atención y una reflexión tirando a profunda. Pero, por desgracia, sólo me ha salido lo que viene a continuación.

Prefacio:
Hasta que murió Franco, año arriba año abajo, se entendía por Reconquista ese trabajillo que, a tiempo parcial, caracterizó la Edad Media peninsular. Pero los historiadores, que tienen (tenemos) la bendita y puta manía de dudar de todo, replantearon (aquí no me incluyo porque ni había nacido ni había profesado aún) el concepto y la etimología del vocablo en sí.
[No hubo agallas, si me permiten la expresión y el inciso, de renegar de la propia acción de la Reconquista, factor que habría conllevado titánicos denuedos y más de una maldición para reescribir ocho siglos de nuestra historia borrados de un plumazo].
Así pues, dos grandes tendencias se pusieron muy de moda entre los medievalistas: una, cuestionar el uso de la palabra “Reconquista”, y dos, estigmatizar todo aquello relacionado con la misma para no intoxicar al resto del gremio. Como si la madre Clío nos estuviese regañando: “Reconquista, caca, niño, eso no se toca”.
Abogando por un simplismo ramplón -valga la redundancia-, el meollo de la Reconquista se habría solucionado sin la propia Reconquista. Vamos, que si Tariq no se hubiera marcado la excursioncita nos habríamos ahorrado, ustedes y yo, todo este asunto. Pero la culpa no fue ni de Tariq, ni de Musa, ni de godo alguno, ni del incipiente feudalismo (o no) que brotaba en aquella Hispania y que tantos debates ha hecho proliferar al respecto.
La culpa, muy señores míos, es de los mozárabes. Así, como lo leen.

Estatua de Alfonso II, Plaza de la Catedral, Oviedo
Estatua de Alfonso II el Casto, Plaza de la Catedral, Oviedo. Foto: ferdiazgil (Flickr, licencia Creative Commons)

La culpa es de los mozárabes:
Claro que sí. Los mozárabes podrían haberse quedado quietecitos en al-Andalus, pero su obstinado afán de protagonismo les condujo, entre jornadas del foso y revueltas del arrabal, a la más y mejor directa represión. Ciertamente escarmentados, algunos pusieron rumbo al norte y se toparon con una monarquía astur a la que le vino a ver la virgen (en sentido figurado).
El reino de Asturias, por aquel entonces, era un ente del chichinabo, con perdón. Pelayo fue el jefecillo de unos asnos salvajes (sic), lo de Covadonga fue una piltrafa de batalla, al memo de Favila nos lo mata un oso y Alfonso I fue un yernísimo enchufado: tres hurras por este pedazo de mito fundacional.
Y en éstas arribaron los mozárabes. Alfonso II, que sería casto pero no cortito de miras y precisaba de una ideología a módico precio, tiró de estos Goebbels de baratillo. Como el cliente siempre tiene la razón y los mozárabes eran de todo menos escrupulosos, el resultado fue destrozar la Historia y la genealogía entera para alegar que los reyes astures eran descendientes de los visigodos; de propina, además, se descubrieron los presuntos restos del apóstol Santiago (que ya es casualidad, oigan), una prueba más del detallazo de Dios para con estos cristianos irredentos.
Puede que, en pleno siglo XXI, nos sorprenda que una falsedad tan burda como manifiesta alcanzase rango de “versión oficial”, pero cometemos el error de no pensar como alguien del siglo IX, el error de no ponernos en su escasamente aseada piel. La cosa, no obstante, es que en el siglo IX tampoco habría gente que se tragara tal mentira, mas dicha mentira les convenía sobremanera.
Por tanto, Alfonso III, que de magno sólo tenía el jabón, promovió la redacción de semejante programa político en forma de crónicas. Ya estaba el lío montado.

Verba volant, scripta manent:
Si Alfonso III hubiese encargado un tratado de horticultura, hoy quizás seríamos todos musulmanes y expertos en acelgas. Pero a Alfonso III le dio por defender tan peculiar sagrada providencia reflejada en las crónicas, justificando así sus decisiones.
El paso de las centurias, el frenesí bélico y las miserias cotidianas no lograron discutir lo apropiado del término “Reconquista”. Para las gentes del Medievo la tiranía de lo escrito se impuso sobre el pertinente bulo y/o mentirijilla piadosa. Y ya metidos en la harina de la pseudocruzada -sustantivo válido en 1212-, no placía mucho que te viniese un tiquismiquis y te soltara “no me desuelles al agareno, por favor, que estás luchando por un concepto más falso que un maravedí de cartón piedra”.

A modo de conclusión:
Yendo al grano, lo que un servidor pretende expresar respecto a tan espinoso tema es que no somos nadie para negarles a estas criaturitas medievales el uso de la palabra “Reconquista”. Ellos se lo creían (o querían hacerlo, por venirles como anillo al dedo), mientras que nosotros, acomodaticios medievalistas e historiadores en general, nos ponemos espléndidos y pretendemos rebautizar el asunto sin pedirles permiso en una clamorosa falta de respeto.
Somos bien capaces de distinguir mito y realidad, leyenda e historia. De todos es sabido que, a la más mínima, la Historia es despojada de toda veracidad sin miramiento alguno para acomodarla a intereses particulares. Y es verdad que el tratamiento que se le ha dado a la Reconquista -ahora sin comillas- ha sido irregular y sospechosamente subjetivo en muchas ocasiones. Pero todo ello no debe conducirnos a revisar sólo este caso. O sea, y nunca mejor dicho, o todos moros o todos cristianos.
Porque si ninguna guerra civil puede ser civil, ni nadie habla de la Guerra de los Ciento Dieciséis Años, ¿qué derechos podemos esgrimir para desterrar la maldita palabra “Reconquista” de nuestra Historia?

Historiador

“Hola, soy Fulanito y soy… historiador”.

Así me presento (nos presentamos) a menudo, sin saber si obtendremos del otro una mirada neutra, de respeto o de conmiseración; en muchos casos, nos encontramos con un compañero de fatigas que nos responde: “yo también”. Pero para eso, para recibir la mirada neutra, de respeto o de conmiseración, hay que presentarse, que es lo que estoy haciendo ahora mismo. Y qué mejor manera de presentarme, ahora que comienza mi andadura en Aquí fue Troya, que exponer mi peculiar visión del historiador y de su oficio mediante un articulillo que ya escribí hace meses en mi blog.

Para empezar, justo es admitir que un historiador es eso, historiador, no un “licenciado en Historia”, que es lo que rezan muchos títulos y currículos. Pero no es menos justo admitir que, sintiéndolo mucho, los historiadores no somos prohombres que cambian eras: no vamos a hacer historia porque ya la hicimos –la carrera, claro– y porque nuestro objetivo es todavía más modesto. Desde un punto de vista cinematográfico, es como si Indiana Jones se olvidase del arca perdida y se contentara con buscar el alambre del pan de molde.

Citándome a mí mismo (que es algo que queda fatal, cierto), “la Historia no debe ser, sino sólo ser”. El historiador debe siempre limitarse a contar lo sucedido, investigarlo, rescatarlo, analizarlo, hacerlo comprensible, transferirlo al futuro y, en la medida de lo posible, de una manera amena y didáctica. Y sí, en mi opinión eso incluye la inserción de ese tipo de comentarios vulgarmente conocidos como “morcillas”.

Pero todo eso no es Historia, es historiografía (buena o mala, rancia o renovadora, soporífera o interesante) y ahí entran escuelas, métodos, tendencias, enfoques y los más íntimos vicios y corruptelas personales. Sin embargo, me resulta altamente tedioso valorar cuestiones historiográficas: a menudo un asunto así se convierte en una competición de egos a la que sólo falta añadir una piscina de barro y bikinis. Los historiadores también somos humanos y como tales tendemos a comportarnos.

Para bien o para mejor, los historiadores disfrutamos de uno de los oficios más bellos del mundo. No salvamos vidas ni rescatamos gatitos, pero en nuestras manos está enseñar. Porque un historiador que no enseña, que no transmite conocimiento alguno a la sociedad –y no sólo al resto de historiadores, ojo–, no es más que un mero erudito que quizás sea el mayor experto mundial en la cría de zarigüeyas en las colonias británicas norteamericanas del siglo XVIII, si es que a eso se le puede llamar erudición…

Ser historiador es un trabajo, no una vida. El resto del tiempo somos personas exactamente iguales a quienes nos rodean y, por tanto (y, al menos en mi caso), prefiero ser mejor persona que historiador. Pero, aunque sea en este espacio cuya cesión agradezco, dejadme ser historiador y permitidme que, en adelante, ejerza mi derecho a daros la tabarra.

“Hola, soy Fer y soy… historiador”.

Y aún más: “hola, soy Fer, soy historiador y esto de abajo es mi credo”:

“La historiografía de hoy se encuentra en una época alejandrina, en la que la creación está supeditada al eruditismo. Enfrentado con verdaderas montañas de minucias del saber y atemorizado por la severidad alerta de sus colegas, el historiador moderno se refugia demasiado a menudo en artículos eruditos o en trabajos estrechamente especializados, pequeñas fortalezas fáciles de defender contra un ataque. Su obra puede tener un valor muy notable; sin embargo, no es un fin en sí misma.
Yo creo que el deber supremo del historiador es el de escribir historia, es decir, intentar registrar en una extensa sucesión los hechos y movimientos más importantes que han dominado, con su vaivén, los destinos del hombre”.

(RUNCIMAN, sir Steven, Historia de las Cruzadas. Madrid: Alianza, 2008, pp. 18 y 19, la cursiva es mía).