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María Antonieta, ideas tontas y zombis

Detestada por la corte y el pueblo -hasta llegar al odio puro- María Antonieta es conocida también como «L’autrechienne/L’autrichienne» -un retruécano que significa algo así como «La otra perra/La austríaca»- y «Madame Déficit» -aquí no hace falta aclarar nada-. Durante la Revolución francesa se difunde una frase que pronuncia; cuando el pueblo, falto de harina y trigo para preparar pan, se encara con ella, ésta responde: «Que coman pasteles».

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La frase de María Antonieta es apócrifa: Rousseau afirma que es una versión de algo que dice María Teresa de Austria -esposa de Luis XIV-. Lo seguro es que refleja lo que no viene a ser una respuesta muy acertada. No si uno es consciente de lo que viene a continuación. Aquello de «it´s in the air». O aquello otro de «se ve, se ve y el burro no lo ve».
Sea cómo sea la fama está otorgada. Y muestra la percepción equivocada -o hasta nula- de una élite sobre los problemas reales de la ciudadanía.

Un artículo publicado recientemente en el Financial Times revela una gran disfunción de nuestro sistema: la incapacidad de quienes lo dirigen de tomar las decisiones correctas. En El momento Maria Antonieta de las élites, Wolfgang Münchau señala la ceguera de quienes toman las decisiones, que acaba instigando aquello de lo que quieren defenderse. Algo que, como vemos en el caso de María Antonieta, no es infrecuente en la historia. Y hoy, subraya el autor, estamos en uno de esos instantes: el aumento del populismo, las tensiones económicas y sociales, las dudas sobre la inmigración y demás elementos de actualidad obligan a un giro en las políticas; sin embargo la capacidad de autocorrección del sistema, algo básico en cualquier régimen político y económico para su supervivencia, parece estar bajo mínimos.

Hay un sentimiento antiestablishment, que se agarra a las fórmulas del pasado y trata de generar miedo en la población. En un entorno en el que hay menos empleo, salarios más bajos, menos prestaciones sociales y una perspectiva de futuro débil, ha crecido una forma de entender la sociedad que se apoya en una idea clave: «Nuestro país, para sus nacionales». En sus distintas formas, este núcleo ideológico, al que se suma la recuperación de un pasado económicamente mejor y un futuro nacional al que se pueda mirar con orgullo, está reorientando la política; el Brexit y Trump son buenos ejemplos.
Este rechazo al stablishment tiene forma de movimiento social contestatario y no opera con racionalidad, sino como un complejo impulso desde las pasiones individuales que se hacen fuertes en la multitud. Esta pasión desbordante y las ideas sobre una alternativa están al alcance de la mano de cualquier individuo lo bastante hábil como para usarla a su favor; un líder que se hará eco de las reclamaciones.
Sí, resulta familiar.

Este sentimiento popular y su líder despliegan su poder de masas y se contraponen a un estado que les ha defraudado y dejado de lado. Y aunque rechacen la política, saben que han de entrar en juego y convertirse en un poder institucional. La atracción mediática contribuye a que su voz llegue a más individuos descontentos quienes, aunque no compartan del todo los mensajes, terminan por unirse. Y no hay nada mejor que crear un show mediático de polémicas para llamar la atención: así se logra que sus temas y tópicos se incluyan en las agendas mediáticas y políticas.
Este es el telón de fondo y esta es la clase de sentimientos y aspiraciones a los que las élites políticas y económicas no saben dar salida. En gran medida, porque sus formas de reaccionar resultan sorprendentemente torpes.

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«Este es el momento de mayor peligro para nuestro planeta» dice Stephen Hawking en una carta publicada recientemente, donde apunta que se considera parte de esta élite: «Dentro de la comunidad científica podría sentirme tentado de considerarme como la cima del mundo. Con el asilamiento que mi enfermedad me ha impuesto, siento como si mi torre de marfil se estuviese haciendo más alta». Y, como élite, siente que este rechazo también se dirige a él.
Sin embargo Hawking no reacciona como María Antonieta; en ningún momento dice «Que coman pasteles»; tampoco se pregunta sobre lo que sucede realmente. Él es consciente de que los votantes -ese pueblo de la Revolución francesa- encuentran otras voces y rechazan el consejo y la orientación que les da la élite: «Lo que importa es cómo reaccionan las élites. ¿Deberíamos rechazar estos votos de populismo crudo que no tienen en cuenta los hechos, mientras intentamos eludir o circunscribir las decisiones que representan? Yo diría que este sería un terrible error».
Lo que Hawking quiere es que esta élite reconozca sus fracasos, sus fallos, sus errores. Y que sea consciente de que, a buen seguro, los repetirá. Para empezar tiene que saber que las preocupaciones de los votantes son comprensibles: «Nos enfrentamos a desafíos impresionantes: el cambio climático, la producción de alimentos, la superpoblación, la desaparición de especies, las enfermedades epidémicas, la acidificación de los océanos. Tal vez en unos cuantos cientos de años, habremos establecido colonias humanas entre las estrellas, pero en este momento sólo tenemos un planeta, y tenemos que trabajar juntos para protegerlo». También presta atención a la desaparición no sólo de empleos, sino de industrias enteras, y se siente responsable para ayudar a la gente a capacitarse para un nuevo mundo y apoyarlos financieramente mientras lo hacen: «Si las comunidades y las economías no pueden hacer frente, debemos hacer más para fomentar el desarrollo global».
Sin embargo Dick Morris -asesor del matrimonio Clinton durante veinte años- dice: «Los políticos se limitan a dar golpes de efecto y los medios sólo cubren la retórica más negativa, simplista, distorsionada y partidaria posible. Las elecciones son una carrera a lo más bajo, una competencia para ver quién puede hundirse más. Y esto no sólo es mal gobierno; es política estúpida».
Parece que la élite va a la suya y juega a otra cosa distinta y en otra liga. Y es que la naturaleza del cambio al que asistimos contiene una paradoja: inmersos en los procesos de cambio a nuestro alrededor, no alcanzamos a ver ni comprender la dimensión de este.

«Un fantasma recorre Europa» enuncian Marx y Engels en el Manifiesto del Partido Comunista; «Un fantasma recorre el mundo: el fantasma del populismo» podemos decir nosotros ahora. Nos asombra su emergencia por el mundo, la reacción absurda de los votantes a favor del sí en el Brexit al día siguiente, o la elección en EE.UU. de un personaje como Donald Trump. ¿Cómo es posible? ¿Cómo se explica que un negro vote a un supremacista blanco, una mujer a un misógino, un extranjero a un xenófobo o un pobre a un multimillonario que se vanagloria de no pagar impuestos? «Es de locos» decimos. Y pensamos que, al fin y al cabo, no se le pueden pedir peras al olmo; no podemos pedir un voto inteligente a un red-neck del Medio Oeste. O a un hooligan de Manchester. Claro. No pasamos nuestro tiempo mascando tabaco junto a nuestra mujer -y prima- Mary Jean. Tampoco nuestro plan para el fin de semana es ir a pegar a hinchas rivales y ponernos ciegos de pintas.
«No existe mayor perversión que aquella que niega la realidad asumiéndola como si ella misma no estuviera siendo negada, dándole una pátina superficial que la camufla de lo contrario». Alguien dijo esto y estoy bastante seguro de que lleva razón y significa que todos nosotros somos tontos.

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El individuo es tonto. Maticemos: el individuo es más tonto de lo que cree. Sea como sea cualquier tontería se vuelve invisible para la mente cuando ésta se comparte con un número suficiente de individuos. Es decir, que la gente, colectivamente, suele ser tonta sin matices: las principales fuerzas de las más grandes tonterías son las muchedumbres, el provincianismo, las tradiciones, la xenofobia… Y el sesgo endrogrupal. ¿Cómo es posible que una idea falsa y tóxica, que hace daño a los demás e incluso nos daña a nosotros mismo, puede propagarse con tanta facilidad? ¿Por qué ideas ridículas anidan en grandes grupos de personas? Quema de brujas, ejecución de judíos, sospecha en los intelectuales, considerar enfermos a homosexuales… Una lista que avergonzaría a cualquier individuo que se enfrentara a nuestra cultura desde fuera, como venido de otro planeta.

Esto es lo que llamamos Historia.
También es Historia la Batalla de Frankenhausen, punto culminante de la Guerra de los campesinos alemanes y el último enfrentamiento de este episodio: el 15 de mayo de 1525 las tropas de Felipe de Hesse y Jorge de Sajonia aniquilan a los diez mil sublevados dirigidos por Thomas Müntzer. Diez años más tarde los Anabaptistas en Münster ven el fin de su reino comunista de sueño. Los revolucionarios de 1789, miembros de las clases sociales más bajas, constituyen el ejército revolucionario durante el inicio de la Revolución francesa; su mote, sans-culotte, es usado de forma despectiva y exhibido por ellos con orgullo.
Algunos ven a estos como víctimas de la demagogia y el populismo. Otros como gente con ideales y esperanzas. ¿Estúpidos red-necks o idealistas engreídos?

El psicólogo evolutivo David Sloan Wilson cree que las ideas falsas no sólo se perpetúan a través de la cultura, sino también de la herencia genética. Para describir el éxito de la xenofobia, el racismo, el fanatismo y el provincianismo, escribe el siguiente ejemplo en su artículo Species of Thought: «Se presenta un gen mutante que hace que su portador crea sinceramente en cierta imagen distorsionada de la realidad. Podría suponer que sus rivales son gentes despreciables cuando, en realidad, son personas como él -y por lo tanto lo tienen a él por detestable- y sólo son enemigos suyos porque compiten por los mismos recursos restrictivos. Aun así, el miedo y el odio que se profesa a las gentes aborrecibles resulta más motivador que la percepción acertada de que los enemigos de uno son idénticos a uno mismo».

Así las ideas tontas se propagan porque promueven la supervivencia de quienes las enarbolan, aunque sean falsas, inmorales o delirantes, de hecho las ideas más delirantes son las que mejor sobreviven y acaban por desaparecer las ideas que más se acomodan al progreso social. Por si parece poco la psicología social explica que las personas que individualmente no serían crueles lo pueden llegar a ser según el contexto, o si otras personas son también crueles.
En resumidas cuentas, que somos tontos, muy tontos, pero nos volvemos profundamente tontos si nos coordinamos con otros tontos y ninguno instrumento externo pone orden. Los colectivos, si no poseen de un instrumento externo que monitorice el grado de tontería generalizada y zumbe en alerta roja cuando el nivel supera lo permitido, seguirán siendo tontos, tontos hasta la médula.
El estudio de los movimentos sociales pretende analizarlos describiendo contenidos, aspiraciones, organización y relación con el poder. Esta lectura interdisciplinar integra categorías de análisis y permite comprender el momento actual y su futura dirección. La sociología actual sugiere que estos movimientos son polos gravitacionales que concentran y orientan grupos bajo un mensaje significativo. La Ciencia política los entiende y define como corrientes ideológicas en donde la cuestión identitaria es básica: la identidad colectiva es compartida por varios y así anula a la individual.
Y si algo hay de moda que refleje esta tontería común son los zombis.

El cine ha sido el género más destacado en este sentido: en la primera mitad del siglo XX se estrenan producciones cinematográficas -White Zombie (1932) o Revenge of the Zombies (1943)- que tienen como protagonistas a zombis, que suelen obedecer órdenes de un líder vudú. Tras esto la teoría cinematográfica empieza a entender el género como una estructura donde analizar metáforas relacionadas con los comportamientos, miedos o deseos de la sociedad, como formula Kracauer en su estudio sobre el cine de terror de la República de Weimar: «Las hordas de monstruos, hipnotizadores o dictadores que el cine alemán de los años veinte y principios de los treinta crea eran la consecuencia de una sociedad que se sentía manipulada y engañada y que en su fuero interno deseaba y a la vez temía a un dictador que impusiera seguridad y orden en la nación». Kracauer desarrolla así una nueva lectura del fenómeno: las obras cinematográficas son el lugar adecuado donde reflexionar sobre estas cuestiones ya que, entre otras razones, el cine extrae su material de la realidad y es el resultado de un proceso de producción colectiva. Para Jameson el cine es el medio que mejor representa nuestra cultura: «Es producto de las formas más refinadas de producción industrial posmoderna, pues une de forma muy singular economía, política, cultura, etc., razón por lo que se puede analizar en él de manera más fructífera el actual inconsciente político».

El monstruo, que desde una visión psicoanalítica lo definimos como la representación de lo que nos asusta, posee unas características concretas según los miedos existentes. Conforme el zombi se asienta en nuestro imaginario cultural observamos un proceso por el cual las relaciones sociales, políticas, étnicas, de género o económicas se convierten en historias de terror donde exponer nuestros temores, críticas e incluso deseos. Así el zombi es una forma de expresión, un subterfugio donde mostrar y analizar toda una serie de cuestiones; representa también un totalitarismo absoluto que, como tal, no puede existir aislado. Es un monstruo transnacional, globalizado, y por eso mismo tan pertinente para hablar sobre la situación actual.

Los estudios enfatizan esta dimensión crítica, pues hay un reconocimiento evidente de que el zombi, como metáfora, es una expresión humana que no puede desvincularse de esos aspectos culturales, económicos o políticos. Si a ello añadimos que ahora las crisis -políticas, económicas, climáticas, sanitarias- son fenómenos globales y que hay una cierta disposición a tratarlas como permanentes e inevitables, tenemos el caldo de cultivo perfecto para un sinfín de apocalipsis zombis. Es interesante observar cómo el zombi, mediante una figura que explota la alienación social intenta justamente todo lo contrario: ser conscientes de esa alienación. Los zombis representan una imagen distorsionada de las masas, sobretodo de la clase trabajadora, que ha sido engañada por el estado y que ha perdido su capacidad crítica. Su individualidad es siempre negada: rara vez piensan o tienen nombre propio. Como señala un personaje de The Walking Dead, «de uno en uno no son peligrosos, el problema es cuando aparecen en grupo».

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Históricamente, las clases bajas son representadas como una masa desordenada de individuos desagradables, depravada, sedienta de sangre y fuera de toda civilización. Estas representaciones se hacen frecuentes después de la Revolución francesa y se repiten desde entonces, especialmente tras los estallidos revolucionarios. Antoni Domènech recopila algunos de los ejemplos literarios de demofobia posterior a la Primavera de los pueblos de 1848, la Comuna de París de 1871 y la victoria del Frente Popular en la España republicana de 1936. Hay otros que aportan su visión: «Que el público es de una ralea sucia y fastidiosamente repulsiva. Que el pueblo es estúpido, una eterna raza de esclavos que no puede vivir sin yugo ni bastón», Leconte de Lisle. «Cabezas piojosas, cuellos grasientos, pelo embetunado, los chiflados, los domadores de caracoles, los sabiondos de pueblo, todos los descontentos, los desclasados, los tristes, los retrasados, los incapaces», Téophile Gautier. «Pasaban las masas ya revueltas; mujerzuelas feas, jorobadas, con lazos rojos en las greñas, niños anémicos y sucios, gitanos, cojos, negros de los cabarets, rizosos estudiantes mal alimentados, obreros de mirada estúpida, poceros, maestritos amargados y biliosos. Toda la hez de los fracasos, los torpes, los enfermos, los feos; el mundo inferior y terrible, removido por aquellas banderas siniestras», Agustín de Foxá. Una ilustración de James Gillray, titulada Un Petit Souper a la Parisienne, lo ilustra perfectamente: en un infecto piso de París vemos a una familia de sans-culottes -mujeres y niños semidesnudos incluidos- sentados sobre restos humanos, alimentándose bestialmente de un aristócrata descuartizado. Años atrás es Durero quién retrata en orgías caníbales a los Anabaptistas del Reino de Münster.

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La zombificación del pensamiento ha evolucionado gracias a las ideas tontas. Los pensamientos elaborados y todo aquel que no se adhiera al ideario propio es un enemigo al que hay que combatir. El pensamiento zombi se nutre de la polarización y no atiende a matices, sino que posee un imaginario cercano a la religión que no acepta razones que contraríen los prejuicios. Se construye reduciendo al absurdo cualquier crítica para acercarla a los polos; no hay grises. No hay escapatoria al argumentario zombi. El psicólogo Leon Festinger crea la teoría de la disonancia cognitiva, un concepto que alude a la tensión que surge en un individuo al tener que afrontar dos ideas que están en conflicto y que afectan a sus creencias y valores poniendo en cuestión su coherencia interna: la manera en la que el cerebro asume esas incoherencias es atribuir a un enemigo externo un ataque a sus valores o ideas; proyectar en el adversario la capacidad de destruir nuestra realidad ayuda a reforzar más aún los posicionamientos previos.

La zombificación puede ser una estrategia a corto plazo que otorgue réditos, pero está abonando el terreno para una ciudadanía acrítica que empobrezca el debate público hasta hacerlo inexistente. Fomentar el pensamiento zombi con un mensaje simplista puede servir para ganar una batalla, pero sin pensamiento crítico la guerra la perdemos todos. Uno de los motivos fundamentales de la existencia del pensamiento zombi es la incomprensión de la realidad desde una vergonzante soberbia intelectual. «Que coman pasteles», dijo María Antonieta. «Son paletos del KKK; fundamentalistas idiotas», decimos nosotros.

En su carta Stephen Hawking termina: «Podemos hacerlo, soy tremendamente optimista con mi especie; pero requerirá que las élites, de Londres a Harvard, de Cambridge a Hollywood, aprendan las lecciones de este año. Aprender, sobre todo, una porción de humildad». Esta última es la palabra clave para Stephen Hawking: humildad; una cualidad de la que la élite no anda muy sobrada.

«Que coman pasteles»; ojalá siga siendo sólo una anécdota falsa.

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