"Poca coña conmigo" (Berenguela de Castilla, apócrifo).

Fernando III, S04E00

Lunes, 30 de mayo. Otra vez lunes. Otra vez a quitarse las legañas mientras mojamos en el café las magdalenas, en busca del tiempo perdido durante el fin de semana. Recordamos lo del sábado (¡la Undécima!), sonreímos y nos remontamos al sábado anterior (¡que me he casado, señores!) para sonreír más aún.

Y, de repente, caemos en la cuenta: ya hay nuevo capítulo de Juego de Tronos, la serie de donde unos quieren extraer lecciones de política actual y otros, más mundanos, sólo esperan (esperamos) ver hostias finas, sangre, sexo y futuros GIFs.

Lamentablemente no podemos ofreceros nada de lo anterior, pero sí una auténtica lección magistral de politiqueo aprovechando que hoy es San Fernando -felicidades a todos los portadores del nombre más molón del orbe- y que se estrena la cuarta temporada de Fernando III.

(Sí, han pasado dos años desde la tercera temporada, casi cuatro desde la segunda y la primera. Y aún nos falta la quinta, que quizás estrenemos antes del fin del mundo. Pero vayamos ya al grano).


Cuarta temporada:

Nuestro protagonista había sido visto por última vez lanzándose a un frenesí conquistador al sur del Guadiana. Cualquier cosa, incluso hacerse churrero en Écija, con tal de zafarse de la ultrainfluyente sombra de su madre, Berenguela de Castilla.

Sin embargo, en septiembre de 1230 se produjo un giro de los acontecimientos que, hablando en plata, dejó a más de uno con el culo torcido: Alfonso IX, rey de León y padre de Fernando III, fallecía en plena peregrinación a Compostela -eso es ironía- y desencadenaba un pollo sucesorio de proporciones bíblicas.

"LOL la voy a liar pardísima LOL".
“LOL la voy a liar pardísima LOL”.

El difunto rey leonés se había casado en dos ocasiones. Del primer matrimonio con Teresa de Portugal (hija del rey luso Sancho I) le sobrevivieron sus hijas Sancha y Dulce. Del segundo enlace, ya con Berenguela de Castilla, quedaban vivitos y coleando dos varones, Fernando III y Alfonso, y dos mujeres, Constanza y Berenguela, a quien ya habíamos dejado casada con el rey de Jerusalén. Y para terminar de complicar el asunto de la herencia aún faltarían por consignar otros nueve hijos de diversas relaciones de Alfonso IX, al cual habría que verle cargadito de corbatas el Día del Padre.

El gran problema radicaba en que todos esos hijos, los quince, eran ilegítimos. Un pleno al quince de la ilegitimidad que le debemos al Vaticano, que anuló los dos bodorrios alegando proximidad de parentesco, farfullando no sé qué de hijos tontos y declarándolos ilegítimos a todos. Obviamente, los otros hijos habidos fuera del matrimonio eran incluso más ilegítimos (¿se puede ser muy ilegítimo o sólo ilegítimo a secas?) y, por supuesto, no podrían acceder a un trono leonés que, sí o sí, debía acabar en manos de alguien repudiado por la Santa Madre Iglesia.

Aunque había prometido cederle a Fernando III la corona leonesa, Alfonso IX acabó de embrollar el percal ibérico al cambiar de opinión en el último momento y entregarle el reino a sus hijas Sancha y Dulce. Como garantes de tal decisión quedaron los miembros de la Orden de Santiago y su exmujer Teresa de Portugal, que hubo de salirse de su reclusión en el monasterio de Lorvão. Imaginad qué final de capítulo nos quedaría. Precioso. Monísimo. Aprende, HBO.

Berenguela, que ya había hecho bastante en 1217 reclamando el trono de Castilla para sí y cediéndoselo a su chiquillo (recordemos la primera temporada), regresó triunfalmente del olvido a lo Han Solo en el Episodio VII. Nada más conocer la muerte de su ex, escribió a Fernando III ordenándole que volviera cagando leches del sur y “que fuese tomar el reyno de su padre e que non tardase […] que por ventura en la tardanza se podría levantar alboroço en la tierra“.
[Esto no lo digo yo, lo dice Jiménez de Rada, que solía acompañar al rey en sus correrías].

Teresa de Portugal, exreina, monja y beata.
Teresa de Portugal, exreina, monja y beata.

Con Berenguela echando humo y blasfemando contra toallas, bacalao y bigotes, las hermanas Sancha y Dulce iniciaron una campaña regulera de captación de apoyos. Aunque la Orden de Santiago era una firme aliada -no obstante, ya había cobrado la recompensa del castillo de Castrotorafe-, la aristocracia leonesa estaba dividida.
A falta de marionetas, simplifiquémoslo con guioncitos:
– nobleza optimista que respeta la voluntad del difunto Alfonso IX porque a Sancha y Dulce se les puede mangonear y bueno, mejor relacionarse con Portugal que con Castilla;
– nobleza pesimista que teme que Berenguela y Fernando III acaben haciendo la trece-catorce y les castigue a posteriori, así que mejor no pringarse mucho no vayamos a lamentarlo luego;
– nobleza realista que directamente apoya a Fernando III porque a la larga la monarquía es como el Carrefour y premia la fidelidad con descuentos y un programa de puntos (?).

Aquí las fuentes divergen, pero como ésta es nuestra serie y nos la follamos como queremtenemos libertad creativa, haremos caso a las que señalan que Fernando III entró en León y allí fue coronado sin demasiada oposición. Ni siquiera el rey Sancho II de Portugal (primo de Sancha y Dulce y, por tanto, supuesto defensor de los derechos familiares) quiso meterse en el berenjenal. Por su parte, la Orden de Santiago no movió ficha, muy posiblemente por intuir que Berenguela tramaba algo.

Mientras Fernando III se quedaba en León vigilando a la muchachada, Berenguela se citó en Valencia de Don Juan con la madre de Sancha y Dulce, Teresa de Portugal. Las conversaciones no trascendieron, pero es de suponer que ambas pusieron a parir a su difunto ex: que si no bajaba la tapa del WC, que si apenas se lavaba los bajos, que si no tenía detalles románticos…
[Inciso: esta charleta quizás no superaría el Test de Bechdel, pero qué demonios, son dos mujeres repartiéndose un reino y decidiendo el equilibrio de fuerzas peninsular].

"Poca coña conmigo" (Berenguela de Castilla, apócrifo).
“Poca coña conmigo” (Berenguela de Castilla, apócrifo).

Teresa bajaría la guardia porque de todos es sabido que poner verde a una tercera persona une mucho y genera una sana camaradería. Es entonces, en diciembre de 1230, cuando Berenguela logra que la portuguesa firme la Concordia de Benavente. Resumido, el tratado ratifica que Fernando III es quien se queda con León, mientras que Sancha y Dulce (según acordó su propia madre) aparcan sus pretensiones sobre el reino y sólo reciben una compensación de tierras y maravedíes que, además, perderían si se casaban y que retornarían a Castilla a su muerte. Un hacha la monjita negociando.

En pleno 2016 seguimos sin ser capaces de entender o explicar cómo se pudo firmar voluntariamente algo tan chapucero y desigual. Es como ir a un concurso de televisión, renunciar queriendo al apartamento en Torrevieja y conformarse con el juego de mesa del programa.

Sin resistencia de la aristocracia leonesa, de la Orden de Santiago o de la vecina Portugal, Fernando III consiguió unir para siempre los reinos de Castilla y León. Gran parte de este mérito se debe a Berenguela de Castilla, un animal político tal que haría palidecer a la ya de por sí blanquecina Isabel la Católica.

Y recordad que a Isabel se le dedicó una serie. No sé a qué esperan en RTVE para rodar el spin-off de Berenguela. Quizás lo mismo que nosotros para publicar la quinta y última temporada de Fernando III.

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